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c) La explosión dionisíaca frente a la opresión de la razón
El intento de trazar una construcción de la cultura más allá del principio de actuación es «irrazonable» en un sentido estricto. La razón es la racionalidad del principio de actuación. Inclusive al comienzo de la civilización occidental, mucho antes de que este principio fuera institucionalizado, la razón fue definida como un instrumento de restricción, de supresión instintiva: el dominio de los instintos. La sexualidad fue considerada eternamente hostil y contraria a la razón. Las categorías dentro de las que la filosofía ha comprendido la existencia humana han mantenido la conexión entre la razón y la supresión. Todo lo que pertenece a la esfera de la sexualidad, el placer, el impulso tiene la connotación de ser antagonista a la razón. Se ve como algo que tiene que ser subyugado, restringido. El lenguaje de todos los días ha preservado esta valoración. Las palabras que se aplican a esta esfera llevan consigo el sonido del sermón o el de la hostilidad. Desde Platón hasta las Schund und Schmutz, leyes del mundo moderno, la difamación del principio del placer ha demostrado su poder irresistible.
Sin embargo, el dominio de la razón represiva (teórico y práctico) nunca fue completo. Su monopolio del conocimiento nunca quedó sin respuesta. Cuando Freud subrayó el hecho fundamental de que la fantasía (la imaginación) guarda una verdad que es incompatible con la razón, estaba siguiendo una larga tradición histórica. La fantasía es cognoscitiva en tanto que preserva la verdad del gran rechazo, o, positivamente en tanto que protege, contra toda razón, las aspiraciones de una realización integral del hombre y la naturaleza que son reprimidas por la razón. La cultura del principio de actuación se inclina ante las extrañas verdades que la imaginación mantiene vivas en el arte popular y los cuentos de hadas, en la literatura y el arte; ellas han sido interpretadas con aptitud y han encontrado su lugar en el mundo popular y el académico. Sin embargo, el esfuerzo por derivar de estas verdades el contenido de un principio de la realidad válido que sobrepasara al prevaleciente ha sido enteramente inconsecuente. La declaración de Novalis acerca de que «todas las facultades y fuerzas externas deben ser deducidas de la imaginación productiva» (22) ha permanecido como una curiosidad, del mismo modo que el programa surrealista de pratiquer la poésie. La insistencia en que la imaginación provee medidas para las actitudes existenciales, para practicarlas y para utilizar sus posibilidades históricas, aparece como una actitud infantil. Sólo los arquetipos, sólo los símbolos han sido aceptados, y su significación se interpreta usualmente en términos de estados filogenéticos u ontogenéticos superados hace mucho tiempo, antes que en términos de madurez individual y cultural.
El héroe cultural predominante es el embaucador y (sufriente) rebelde contra los dioses, que crea la cultura al precio del dolor perpetuo. Simboliza la productividad, el incesante esfuerzo por dominar la vida, pero en su productividad, la bendición y la movilización, el progreso y la fatiga están indiscutiblemente mezclados. Prometeo es el héroe arquetípico del principio de actuación. Y en el mundo de Prometeo, Pandora, el principio femenino, la sexualidad y el placer, aparece como una maldición, es destructiva, destructora. ¿Por qué son tal maldición las mujeres? La denuncia del sexo con la que la sección (en El Prometeo de Hesíodo) concluye, subraya sobre todas las cosas su improductividad; ellas son zánganos inútiles; «un objeto de lujo en el presupuesto de un pobre» (22). La belleza de la mujer, y la felicidad que promete son fatales en el mundo del trabajo de la civilización.
Si Prometeo es el héroe cultural del esfuerzo y la fatiga, la productividad y el progreso a través de la represión, los símbolos de otro principio de la realidad deben ser buscados en el polo opuesto. Orfeo y Narciso (como Dionisos, el antagonista del dios que sanciona la lógica de la dominación y el campo de la razón, con el que están emparentados) defienden una realidad muy diferente. Ellos no han llegado a ser los héroes culturales del mundo occidental. Su imagen es la del gozo y la realización; la voz que no ordena, sino que canta; el gesto que ofrece y recibe; el acto que trae la paz y concluye el trabajo de conquistar; la liberación del tiempo que une al hombre con Dios, al hombre con la naturaleza. La canción de Orfeo pacifica al mundo animal, reconcilia al león con el cordero y al león con el hombre. El mundo de la naturaleza es un mundo de opresión, crueldad y dolor, como hoy es el mundo humano; como éste, espera su liberación. Esta liberación es la obra de eros. La canción de Orfeo rompe la petrificación, mueve a los bosques y las rocas, pero los mueve para participar del placer (24).
3) Posibilidades de la revolución sexual de cara al futuro
La relación antagonista entre el principio del placer y el principio de la realidad sería alterada en beneficio del primero. Eros, los instintos de la vida, serían liberados hasta un grado imprecedente.
¿Significaría esto que la civilización explotaría y regresaría al salvajismo prehistórico, que los individuos morirían como resultado del agotamiento de los medios disponibles de gratificación y de su propia energía, que la ausencia de la necesidad y la represión agotarían toda la energía que puede promover la producción material e intelectual en un nivel más alto y en más larga escala? Freud responde afirmativamente. Su respuesta se basa en su aceptación más o menos silenciosa de una serie de suposiciones que las relaciones libidinales libres son esencialmente antagonistas a las relaciones de trabajo, que la energía tiene que ser extraída de las primeras para instituir las segundas, que sólo la ausencia de la gratificación total sostiene la organización social del trabajo. Inclusive, bajo condiciones óptimas en la organización racional de la sociedad, la gratificación de las necesidades humanas requerirá trabajo, y este solo hecho reforzaría la restricción instintiva cualitativa y cuantitativa y por tanto numerosos tabúes sociales. Sin que importe cuán rica sea, la civilización depende del trabajo firme y metódico, y por tanto del desagradable retraso de la satisfacción. Puesto que los instintos primarios se revelan «por naturaleza» contra tal retraso, su modificación represiva permanece, por tanto, como una necesidad de la civilización.
Para refutar este argumento, tendremos que mostrar que la correlación de Freud «represión» instintiva­-trabajo socialmente útil-civilización puede ser trasformada significativamente en la correlación «liberación instintiva-trabajo socialmente útil-civilización». Hemos sugerido que la represión instintiva prevaleciente es el resultado, no tanto de la necesidad del trabajo, como de su específica organización social, impuesta por los intereses de dominación –por esto, la represión es su mayor parte represión excedente–. Consecuentemente, la eliminación de la represión excedente tenderá per se no a eliminar el trabajo en sino a la organización de la existencia humana como un instrumento de trabajo. Si esto es verdad, la aparición de un principio de la realidad no represiva alteraría antes que destruiría la organización social del trabajo: la liberación de eros podría crear nuevas y durables relaciones de trabajo.
La productividad expresa quizás con mayor claridad que ninguna otra idea la actitud existencial en la civilización industrial. El hombre es valorizado de acuerdo con su habilidad para hacer, aumentar y mejorar cosas socialmente útiles. La productividad designa así el grado en el dominio y la trasformación de la naturaleza: el reemplazamiento progresivo de un ambiente natural incontrolado por un ambiente técnico controlado. Sin embargo, mientras más es unida la división del trabajo a la utilidad para el aparato productivo establecido antes que para los individuos ­–o en otras palabras, más se apartan las necesidades sociales de las individuales– más tiende la productividad a contradecir el principio del placer y a llegar a ser un fin en sí misma. La misma palabra llegar a tener el olor de la represión o de su glorificación filistea. Connota la resentida difamación del descanso, la indulgencia, la receptividad, el triunfo sobre los «bajos fondos» de la mente y el cuerpo, la domesticación de los instintos por la razón explotadora. La eficacia y la represión convergen: elevar la productividad del trabajo es el ideal sacrosanto tanto del capitalismo, como del stalinismo stajanovista. Más allá de este dominio, la productividad tiene otro contenido y otra relación con el principio del placer: este contenido y esta relación se anticipan en el proceso de la imaginación que se conserva libre del principio de actuación y mantiene la aspiración de un nuevo principio de la realidad. Una nueva experiencia básica del ser cambiaría la existencia humana en su totalidad (25).
b) Reich
Wilhelm Reich, centroeuropeo americanizado como H. Marcuse, sostiene, desbordando plenamente a Freud, que una revolución cultural sin revolución sexual no puede ser una revolución a fondo.
1) Crítica a la moral sexual tradicional
Estamos asistiendo a una rápida superación de esta moral. Cierto que todavía se recluye en los correccionales a los adolescentes normales por ejercer sus funciones amorosas normales,

pero son cada vez más los jueces que consideran anormal una legislación de este tipo. Cierto que existe todavía un fuerte moralismo de carácter inquisitorial que condena las relaciones sexuales fuera del matrimonio como cosa del diablo, pero son cada vez más los teólogos que hacen un servicio social a la humanidad liberándose de este moralismo. Cierto que existen todavía leyes coercitivas que obligan a una fidelidad matrimonial sin libertad y sin amor, pero aumenta cada día el malestar provocado por este tipo de legislación y de procedimientos en relación al matrimonio y al divorcio.
Estamos viviendo una verdadera revolución cultural en el campo del sexo, una revolución sin desfiles, bandas de música o artillería, pero no por eso menos profunda. La sexualidad humana se está despertando después de un sueño milenario en que ha estado conformada por un tipo de familia autoritaria y opresiva. Y esta revolución está afectando a las raíces más profundas de nuestra existencia afectiva, social y económica (26).
2) No al acorazamiento moral
A causa del conflicto entre el instinto y la moral, entre el yo y el mundo exterior, el psiquismo se ve obligado a acorazarse (panzern) contra el instinto y contra el mundo en torno (solicitaciones). El hombre tiende así a hacerse frío. Este acorazamiento del psiquismo tiene como consecuencia una limitación más o menos acusada de la capacidad y las ganas de vivir. Puede afirmarse, sin miedo a equivocarnos, que la mayor parte de los hombres y de las mujeres tienen que soportar esta coraza que les impide moverse a su gusto y que es la causa principal de la soledad que padecen tantos hombres de nuestro tiempo en el seno de la colectividad (27).
3) Crítica a Freud
El problema fundamental que plantea la revolución sexual desde el punto de vista psicoanalítico es el de decidir entre represión (refoulement) sexual o renuncia a la sexualidad, es decir, entre el no inconsciente o consciente a lo sexual.
Freud ha insistido siempre en que la cultura debe su existencia a la represión del instinto. Las realizaciones culturales se han producido gracias a una sublimación de la energía sexual. De ahí se deduce lógicamente que la represión sexual es un factor indispensable dentro del proceso cultural.
Esta teoría así formulada es incorrecta por razones históricas evidentes, ya que existen sociedades de una gran cultura que no practican ninguna clase de represión sexual (28). Lo que esta teoría tiene de cierto es simplemente que la represión sexual crea las bases de una determinada cultura, a saber, la cultura patriarcal en sus diversas formas. Lo que es inexacto es que la represión sexual sea el fundamento de la cultura en general.
¿Cómo llega Freud a esta idea? Ciertamente no por razones conscientes de orden político o filosófico. Por el contrario, sus primeros estudios, como el de «la moral sexual cultural», están claramente orientados hacia una crítica de la cultura en el sentido propuesto por la revolución sexual. Pero Freud abandona esta vía y termina por oponerse a estos intentos, que considera al margen del psicoanálisis. «Fueron precisamente –dice Reich– mis primeras tentativas de política sexual en cuanto implicaban una crítica de la cultura, las que me condujeron a las primeras divergencias en serio entre Freud y yo» (29).
Por medio del análisis de los mecanismos psíquicos, Freud descubrió que el inconsciente está lleno de impulsos antisociales. Los niños, para poder subsistir y adaptarse a nuestra cultura deben suprimir sus impulsos. El precio que han de pagar para eso es la adquisición de una neurosis, lo que supone la reducción de su capacidad de trabajo y de su potencia social.
El descubrimiento de la naturaleza antisocial del inconsciente es exacto, lo mismo que el de la necesidad de renunciar al instinto sexual para adaptarnos a nuestra sociedad. Sin embargo, esto crea una verdadera antinomia. Por un lado, el niño debe suprimir sus pulsiones para adaptarse a nuestra cultura, y, por otro, adquiere, a causa de esta represión, una neurosis que le hace incapaz de progreso cultural y de nuevas adaptaciones y, por lo mismo, antisocial.
¿Cómo salir de esta encrucijada? Los psicoanalistas ortodoxos en esta materia, como Anna Freud, sostienen que hay que sustituir la represión inconsciente (refoulement) del instinto sexual por su reprobación consciente y libre. De ese modo el hombre se hace capaz de cultura. De esta manera Freud logró acallar la fuerte reacción que provocaron sus primeros descubrimientos del inconsciente y de la necesidad de terminar con la represión sexual. Su idea de sustituir represión inconsciente e infantil por represión consciente y adulta tranquilizó a los defensores de nuestra cultura.
Siendo así que la moral tradicional no condena el instinto sexual como tal, sino el dejarse llevar libremente de él, hasta los moralistas más ortodoxos podrían aceptar fácilmente las tesis de Freud, lo que ha ocurrido de hecho en estos últimos años (30). De esta manera el psicoanálisis terminaba por renunciar desgraciadamente a su propia teoría de los instintos (31).
4) La autonomía moral
Desde el punto de vista socioeconómico y político son cada vez más los que luchan por un nuevo tipo de sociedad autogestionada desde la base de la comunidad. Pero esta tendencia a la autonomía social no lleva consigo en muchos casos una autonomía paralela desde el punto de vista biopsíquico. El objetivo de la revolución cultural es el del desarrollo en los individuos de una estructura psíquica que les haga capaces de autonomía. A nivel de principios esto lo aceptan muchos contemporáneos nuestros atraídos por la revolución sociocultural en marcha.
Pero en la práctica la mayoría no llega a una verdadera madurez y autonomía en cuestión sexual, por culpa de la educación represiva que hemos tenido la mayor parte de nosotros. No es fácil la conquista, con retraso, de esta autonomía sexual. Unos la logran mejor que otros, pero todos con dificultad (32).
3. Revolución sexual sociológica
Las teorías sobre la revolución sexual que acabamos de estudiar, han tenido una enorme influencia sobre todo en el mundo occidental (33) y especialmente en Estados Unidos, Escandinavia y la Unión Soviética, de donde la revolución sexual se ha propagado a otros muchos países.
a) Revolución sexual y Estados Unidos
No cabe duda que Estados Unidos ha sido el país de la libertad desde sus comienzos y que «los peregrinos» trataron de empezar de nuevo sus vidas rompiendo con todo lo anterior. Esto, a pesar de un cierto puritanismo ancestral en el pueblo norteamericano, explica que la revolución sexual encontrara en Estados Unidos de Norteamérica un clima más propicio que en otras latitudes para echar raíces.
1) No sabemos a dónde vamos
Por primera vez en la historia de Estados Unidos los norteamericanos empiezan a dar señales de incertidumbre.
Nadie, ni siquiera los más brillantes científicos actuales saben realmente a dónde nos lleva la ciencia. Viajamos en un tren que está adquiriendo velocidad, deslizándose por una vía donde un número ignorado de agujas conducen a puntos de destino desconocidos. No hay un solo científico en la locomotora, y puede haber demonios en las agujas. La mayoría de la sociedad va en el furgón de cola mirando hacia atrás (30). Los extremistas acusan con frecuencia a la «clase gobernante», al establishment, o simplemente a «ellos», de controlar la sociedad de un modo contrario al bienestar de las masas. Estas acusaciones pueden tener algún fundamento. Sin embargo hoy nos enfrentamos con una realidad aún más peligrosa. Muchos males de la sociedad se deben, más que a un control opresor, a una opresora falta de control. La horrible verdad es que en lo concerniente a buena parte de la tecnología, nadie la gobierna (31).
2) Revolución sexual norteamericana
Las formas características norteamericanas de vivir la revolución sexual han sido el modularismo, de una parte, y, de otra, el fenómeno hippie, que aunque, en apariencia, se encuentra en los antípodas del modularismo, tiene con él en común su actitud antimoralista de ver el amor.

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