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a) Modularismo superindustrial
La técnica y la libertad. La revolución industrial exige un nuevo concepto de la libertad, un reconocimiento de que la libertad, llevada a su último extremo, se niega a sí misma. El salto de la sociedad a un nuevo nivel de diferenciación acarrea necesariamente nuevas oportunidades de individualización, y la nueva tecnología, las nuevas formas de organización temporal, claman por una nueva raza de hombres. Por esto, a pesar de los «retrocesos» y de las inversiones temporales, la dirección del avance social nos conduce a una mayor tolerancia, a una más presta aceptación de los cada vez más diversos tipos humanos.
La súbita popularidad del eslogan «haga lo suyo» (o sea, realícese a sí mismo) es un reflejo de este movimiento histórico. Pues, cuanto más fragmentada o diferenciada se presenta una sociedad, mayor es el número de diversos estilos de vida que promueve. Y, cuanto mayor es la aceptación social de los modelos de estilos de vida lanzados por la sociedad, tanto más se acerca esta sociedad a la condición en que, de hecho, cada hombre hace lo suyo, lo único que le corresponde hacer.
Así, a pesar de toda la retórica antitecnológica de los Ellul y los Fromm, de los Munford y los Marcuse, es precisamente la sociedad super industrial, la sociedad tecnológica más avanzada de todos los tiempos, la que extiende el campo de la libertad. La gente del futuro disfruta de mayores oportunidades de autorrealización que cualquier grupo anterior de la historia.
La nueva sociedad ofrece pocas raíces, en el sentido de relaciones auténticamente duraderas. Pero brinda más refugios vitales, más libertad para entrar y salir de estos refugios, más oportunidades para construir el propio refugio que todas las sociedades anteriores juntas. También ofrece el supremo estímulo de cabalgar en el cambio, de encaramarse encima de él, de cambiar y crecer con él, proceso infinitamente más emocionante que pelear con los toros, disputar carreras a toda velocidad y consumir determinados productos farmacéuticos. Brinda al individuo una lid que requiere maestría y mucha inteligencia. Para el individuo que acude armado con estas dos cualidades y que hace el esfuerzo necesario para comprender la estructura social super industrial que se eleva rápidamente, para la persona que encuentra el ritmo vital «adecuado», la serie «adecuada» de subcultos a los que adherirse y de modelos de estilo de vida que emular, el triunfo debe de ser algo exquisito.
Desde luego estas grandilocuentes palabras no se aplican a la mayoría de los hombres. La mayoría de la gente del pasado y del presente permanece presa en unos refugios que no ha hecho, ni tiene, en las actuales circunstancias, grandes esperanzas de poder salir de ellos. Para la mayoría de los seres humanos, las opciones siguen siendo muy pocas.
Esta prisión tiene que ser abierta y lo será. Pero no con parrafadas contra la tecnología. No con llamamientos en pro de una vuelta a la pasividad, al misticismo o a lo irracional. No por un «sentimiento» o «intuición» de nuestro camino hacia el futuro, si al mismo tiempo rechazamos el estudio empírico, el análisis y el esfuerzo racional. Más que arremeter contra la máquina, los que desean sinceramente romper las cadenas del pasado y del presente deberían apresurar la llegada controlada –y selectiva– de las tecnologías del mañana. Pero para conseguirlo no bastan la intuición y las «visiones místicas». Se necesitará un exacto conocimiento científico, expertamente aplicado a los puntos más cruciales y sensibles del control social. Tampoco sirve de gran cosa ofrecer, como clave de la libertad el principio de elevación al máximo de la opción. Debemos considerar la posibilidad, indicada aquí, de que la opción pueda convertirse en excesiva, y la libertad en falta de libertad (36).
Revolución familiar
El alud de novedades que está a punto de caer sobre nosotros al penetrar profundamente en nuestras vidas privadas, provocará tensiones sin precedentes en la propia familia.
La familia ha sido llamada «gigantesco amortiguador» de la sociedad; el sitio al que vuelven los individuos magullados y maltrechos después de enfrentarse con el mundo; único lugar estable en un medio cada vez más lleno de avatares. Al desarrollarse la revolución super industrial, este «refugio contra las sacudidas» recibirá no pocas en su propio ser.
Los críticos sociales no se dan punto de reposo especulando sobre la familia. La familia «se acerca al momento de su completa extinción» dice F. Lundberg (37). Y el psicoanalista W. Wolf declara que «la familia está muerta, salvo durante el primero o los dos primeros años de la crianza del hijo. Esta será su única función». Los pesimistas nos dicen que la familia corre hacia el olvido... pero pocas veces aclaran cuándo ocurrirá.
En cambio, los optimistas de la familia sostienen que si ésta ha existido tanto tiempo, seguirá existiendo. Algunos llegan a decir que la familia se está acercando a su edad de oro. Al aumentar los ratos de ocio, argumentan, las familias pasarán más tiempo juntas y obtendrán mayor satisfacción de la actividad común. «La familia que juega junta, permanece junta», etc.
Es posible que ambos contendientes se equivoquen. Puede ser que la familia se rompa, que salte hecha añicos, pero que vuelva a juntarse de un modo nuevo y fantástico.
Parece evidente que la fuerza trasformadora que conmoverá la familia en los próximos decenios será la nueva tecnología de la generación. Cuando puedan cultivarse niños en un frasco de laboratorio ¿qué será de la noción misma de maternidad? y ¿qué será de la imagen de la mujer en unas sociedades que, desde que el hombre existe, consideraron que su misión primaria es la propagación y conservación de la especie?
La misión de la mujer no dependerá ya de que sólo ella puede parir hijos. En el mejor de los casos, estamos a punto de matar la mística de la maternidad.
Y no sólo la maternidad, sino también el concepto mismo de paternidad sufrirá, tal vez, una revisión radical. En efecto; quizás no está lejos el día en que un niño pueda tener más de dos padres biológicos. La doctora Beatriz Mintz, biólogo del «Instituto de Estudio del Cáncer» de Filadelfia, ha criado los que empiezan a conocerse por el nombre de «multirratones», ratoncillos cada uno de los cuales tiene un número de padres superior al normal. Se toman embriones de dos ratitas preñadas. Estos embriones se colocan en un frasco de laboratorio y son alimentados hasta que forman una sola masa en crecimiento. El ratón que nace presenta, ostensiblemente, las características genéticas de ambas estirpes. Si se ha criado ya el multirratón, ¿puede estar ya muy lejos el multihombre? En estas circunstancias, ¿a qué o a quién puede llamarse padre?
Sería absurdo seguir pensando en la familia en términos puramente convencionales. Frente al rápido cambio social y a las pasmosas consecuencias de la revolución científica, el hombre superindustrial puede verse obligado a experimentar con nuevas formas familiares. Hay que esperar que las minorías innovadoras ensayarán una gran variedad de estructuras de familia. Y empezarán manipulando las formas ya existentes.
La típica familia preindustrial no sólo tenía muchos hijos, sino también otros muchos miembros dependientes de ella: abuelos, tíos, tías y primos. Estas familias tan «numerosas» podían sobrevivir en sociedades de ritmo agrícola lento. Pero son difíciles de trasladar o trasplantar. Son inmóviles.
El industrialismo requería masas de trabajadores disponibles y capaces de trasladarse cuando el empleo lo requería, y de mudarse de nuevo en caso necesario. Por esto la familia numerosa se desprendió gradualmente de su exceso de carga y surgió la llamada familia «nuclear»: una unidad familiar reducida y portátil, compuesta solamente de los padres y un pequeño número de hijos.
Sin embargo, el superindustrialismo, nueva fase del desarrollo tecnológico, exige una movilidad aún mayor. Por esto cabe esperar que muchas personas del futuro avancen un paso más en el proceso de restricción, evitando los hijos. La antropólogo Margaret Mead señaló que tal vez avanzamos ya hacia un sistema en el que, según dice, «la paternidad estará limitada a un pequeño número de familias cuya principal función será la procreación», dejando al resto de la población «en libertad de funcionar –por primera vez en la historia– como individuos».
Una solución de compromiso podría ser un retraso en la procreación, más que la supresión de los hijos (Skinner propone una anticipación). Actualmente, los hombres y las mujeres se enfrentan a menudo con un conflicto entre las exigencias de su carrera y la de los hijos. En el futuro, muchas parejas eludirán este problema aplazando la tarea de criar hijos hasta después del retiro. Pero, si sólo unas cuantas familias crían hijos, ¿Por qué tienen éstos que ser suyos? ¿Por qué no inventar un sistema en que unos «padres profesionales» asuman las funciones de crianza por cuenta ajena?
Al fin de cuentas, la crianza de los niños requiere una competencia que no está en modo alguno al alcance de todos. Nosotros no permitimos que «cualquiera» practique cirugía del cerebro. En cambio, permitimos que cualquiera, con independencia de sus cualidades mentales o morales, trate de criar jóvenes seres humanos, con tal de que éstos procedan biológicamente de él. A pesar de la creciente complejidad de la labor, la crianza de los hijos sigue siendo el mayor privilegio del aficionado.
Al resquebrajarse el sistema actual y producirse la revolución super industrial, al aumentar los ejércitos de delincuentes juveniles, al huir del hogar cientos de miles de jóvenes, al crecer el alboroto estudiantil en las universidades de todas las sociedades tecnológicas, sólo podemos esperar estentóreas peticiones de que se ponga fin al «dilectantismo» de los padres. No cabe duda de que se propondrá la paternidad profesional, aunque sólo sea porque se adapta perfectamente al impulso total de la sociedad hacia la especialización. Millares de padres renunciarían, si pudieran, a las responsabilidades inherentes a su condición y no necesariamente por indiferencia o falta de amor. Apresurados, frenéticos, puestos entre la espada y la pared han llegado a considerarse incapaces de cumplir aquella misión. En una sociedad más próspera y en la que existiesen padres profesionales competentes y legalmente autorizados, muchos de los actuales padres biológicos no sólo les confiarían de buen gusto sus hijos, sino que lo considerarían más una prueba de amor que de despego.
Los padres profesionales no serían terapeutas, sino verdaderas unidades familiares, bien pagadas, dedicadas a la crianza de niños. Estas familias podrían ser deliberadamente multigeneracionales ofreciendo a los niños una oportunidad de observar y aprender de diferentes modelos de adultos, como ocurría en los antiguos hogares campesinos. Los adultos, que cobrasen por su cometido de padres profesionales, se verían libres de la necesidad, derivada del trabajo, de cambiar repetidamente de residencia. Estas familias admitirían niños nuevos al «graduarse» los antiguos, de modo que la segregación por edad se reduciría al máximo.
De esta manera la sociedad podría seguir criando una gran diversidad de tipos genéticos, pero confiando el cuidado de los niños a grupos padre-madre, bien pertrechados intelectual y emocionalmente, para la tarea de la crianza infantil.
Una alternativa completamente distinta es la familia comunitaria. Como la transitoriedad hace aumentar la soledad y la alienación en la sociedad, podemos prever crecientes experimentos con varias formas de matrimonio de grupo. La unión de varios adultos y niños en una sola «familia» es una especie de Póliza de seguro contra el aislamiento. Aunque uno o dos miembros abandonen el hogar, quedan los otros para ayudarse mutuamente. Empiezan ya a surgir comunidades de esta clase, inspiradas en los modelos descritos por el psicólogo B. F. Skinner en Walden 2 y por el novelista R. Rimmer en The harrad experiment» y Proposition 31. En esta última obra Rinuner propone seriamente la legalización de una «familia comunitaria» en la que un número de 3 a 6 adultos adoptarían un solo apellido, vivirían y criarían a los hijos en común y estarían jurídicamente reconocidos para gozar de ciertas ventajas económicas y fiscales.
Según algunos observadores, cientos de comunidades de esta clase, disimuladas o no, salpican ya el mapa de América. Los fines pueden ser sociales, religiosos, políticos o, incluso, recreativos. El comunitarismo tiende a contrarrestar la presión de la siempre creciente movilidad geográfica y social provocada por la marcha hacia el super industrialismo. Presupone grupos de personas que «se plantan». Por esta razón, los experimentos comunitarios proliferan, ante todo, entre aquellos elementos de la sociedad que se ven libres de la disciplina industrial: jubilados, jóvenes, vagabundos, estudiantes, así como entre profesionales y técnicos que trabajan por cuenta propia. Más tarde, cuando la tecnología avanzada y los sistemas de información permitan que la mayor parte del trabajo se realice en casa, mediante conexiones de computadores y telecomunicaciones, el comunitarismo será accesible a un mayor número de personas.
Tal vez veremos también una gradual relajación de las prohibiciones contra la poligamia. Incluso hoy día existen en nuestra sociedad normal más familias polígamas de lo que se piensa. Al relajarse las actitudes sexuales, al perder importancia, debido a la creciente opulencia, los derechos de propiedad, la represión social de la poligamia puede llegar a ser considerada como irracional. Esta tendencia puede ser facilitada por la propia movilidad, que obliga a los hombres a pasar mucho tiempo fuera de sus actuales hogares. La antigua fantasía masculina del «paraíso del capitán» puede hacerse realidad para algunos, aunque es probable que, en tales circunstancias, las esposas reclamarían iguales derechos sexuales extramatrimoniales.
Todo esto va a provocar probablemente una crisis profunda del amor. En una sociedad dinámica, en la que muchas cosas cambian no una vez, sino reiteradamente; en que el marido sube y baja diferentes peldaños económicos y sociales; en que la familia se ve una y otra vez arrancada del hogar y de la comunidad; en que los individuos se apartan progresivamente de sus padres, de su religión de origen y de los valores tradicionales, es casi milagroso que dos personas se desarrollen en grados comparables.
Si, al mismo tiempo, la duración media de la vida se eleva, digamos, de cincuenta a setenta años, prolongando de este modo el período en que se presume debe mantenerse el desarrollo paralelo, las probabilidades contra el éxito adquieren dimensiones astronómicas. Así Nelson Foote escribe con irónica prudencia: «Esperar que en las actuales condiciones, un matrimonio dure indefinidamente es esperar mucho».
El matrimonio en serie –conjunto de sucesivos matrimonios temporales– parece hecho a la medida de la era de la transitoriedad, en la que todas las relaciones humanas, todos los lazos del hombre con el medio son de duración abreviada. Es un producto natural e inevitable de un orden social en que se alquilan automóviles, se truecan muñecas y se tira la ropa después de usada una sola vez. Es el principal modelo de matrimonio del futuro.
Desde luego, no hay nada inevitable en los fenómenos descritos en las páginas que anteceden. Tenemos poder suficiente para moldear el cambio. Podemos escoger entre varios futuros. Pero no podemos conservar el pasado. En nuestras formas familiares, en nuestras relaciones económicas, científicas, tecnológicas y sociales tendremos que enfrentamos necesariamente con el número.
La revolución super industrial liberará al hombre de muchas barbaridades nacidas de los restrictivos y relativamente rígidos modelos familiares del pasado y del presente. Ofrecerá a cada cual un grado de libertad hasta hoy desconocido. Pero exigirá un alto precio por esta libertad. Al penetrar en el mañana, millones de hombres y mujeres corrientes se encontrarán frente a opciones tan cargadas de emoción, tan desconocidas, tan originales, que de poco les servirá la experiencia para tomar una decisión (38).
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