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LA SEXUALIDAD



Después de constatar el hecho de la revolución sexual que estamos viviendo en nuestra época, no nos queda sino responder a este desafío, si es que de verdad queremos ponernos al frente de esta revolución y no en frente, o, lo que sería peor, si no queremos dejarnos arrastrar pasivamente por la riada, como está ocurriendo con frecuencia en nuestra actual sociedad permisiva.
Para dar una respuesta adecuada a este desafío es necesario que partamos de la realidad del amor, ese complejo fenómeno que está en la base de la revolución sexual.
El amor es una realidad complejísima y densísima 1. Por eso nada de extraño que la palabra «amor» nos resulte ambigua, como dice Ortega y Gasset.
Con el solo nombre de amor denominamos los hechos psicológicos más diversos, y así acaece luego que nuestros conceptos y generalizaciones no casan nunca con la realidad. Lo que es cierto para el amor en un sentido del vocablo no lo es para otro, y nuestra observación, acaso certera en el círculo de erotismo donde la tuvimos, resulta falsa al extenderse sobre los demás.
El origen del equívoco no es dudoso. Los actos sociales y privados en que vienen a manifestarse las más diferentes atracciones entre hombre y mujer forman, en sus líneas esquemáticas, un escaso repertorio. El hombre a quien le gusta la forma corporal de una mujer, el que, por vanidad, se interesa en su persona, el que llega a perder la cabeza víctima del efecto volcánico que una mujer puede producir con una táctica certera de atracción y desdén, el que simplemente se adhiere a una mujer por ternura, lealtad, simpatía, «cariño», el que cae en un estado pasional, en fin, el que ama de verdad enamorado, se comporta de manera poco más o menos idéntica. Quien desde lejos observa sus
1. H. Muckermann, Der Sinn der Ehe, biológisch, ethisch, übernatürlich, Berlin 1952; R. H. Baniton, Sex, love and marriage, London 1958.

9. Sexualidad
en Problemas actuales de moral,

t.2: El amor y la sexualidad,

Ed. Sígueme, Salamanca, 1982, 271-305.

Después de constatar el hecho de la revolución sexual que estamos viviendo en nuestra época, no nos queda sino responder a este desafío, si es que de verdad queremos ponernos al frente de esta revolución y no en frente, o, lo que sería peor, si no queremos dejarnos arrastrar pasivamente por la riada, como está ocurriendo con frecuencia en nuestra actual sociedad permisiva.
Para dar una respuesta adecuada a este desafío es necesario que partamos de la realidad del amor, ese complejo fenómeno que está en la base de la revolución sexual.
El amor es una realidad complejísima y densísima (1). Por eso nada de extraño que la palabra «amor» nos resulte ambigua.
Con el solo nombre de amor denominamos los hechos psicológicos más diversos, y así acaece luego que nuestros conceptos y generalizaciones no casan nunca con la realidad. Lo que es cierto para el amor en el sentido del vocablo no lo es en otro, y nuestra observación, en el círculo del erotismo donde la tuvimos, resulta falsa al extenderse sobre los demás.
El origen del equívoco no es dudoso. Los actos sociales y privados en que vienen a manifestarse las más diferentes atracciones entre hombre y mujer forman, en sus líneas esquemáticas, un escaso repertorio. El hombre a quien le gusta la forma corporal de una mujer, el que, por vanidad, se interesa en su persona, el que llega a perder la cabeza víctima del efecto volcánico que una mujer puede producir con una táctica certera de atracción y desdén, el que simplemente se adhiere a una mujer por ternura, lealtad, simpatía, «cariño», el que cae en un estado pasional, en fin, el que ama de verdad enamorado, se comporta de manera poco más o menos idéntica. Quien desde lejos observa sus actos no se fija en ese poco más o menos, y atendiendo sólo a la gruesa anatomía de la conducta juzga que ésta no es diferente, y, por lo tanto, tampoco el sentimiento que la inspira. Mas bastaría que tomase la lupa y desde cerca las estudiase para advertir que las acciones se parecen sólo en sus grandes líneas, pero ofrecen diversísimas variaciones. Es un enorme error interpretar un amor por sus actos o palabras: ni unos ni otros suelen proceder de él, sino que constituyeron un repertorio de grandes gestos, ritos, fórmulas, creados por la sociedad, que el sentimiento halla ante sí como un aparato presto e impuesto cuyo resorte se ve obligado a disparar. Sólo el pequeño gesto original, sólo el acento y el sentido más hondo de la conducta nos permiten diferenciar los amores diferentes (2).
Si queremos evitar esta ambigüedad y captar el amor en toda su extraordinaria riqueza sin reduccionismos de ninguna clase, no tendremos más remedio que estudiar estos cuatro aspectos fundamentales del amor: la sexualidad, la amistad o alteridad, la estructura social y el amor como misterio (sacramento) para los creyentes.
En realidad, estos elementos del amor no pueden separarse. Todos forman una sola realidad existencial y separarlos es matar su realidad de base. Por ejemplo, en el hombre una sexualidad que no implique algo de amistad es imposible y, de darse, sería una verdadera aberración que malograría la misma sexualidad. Y lo mismo podemos decir de los otros elementos. Aunque intentemos aislarlos en laboratorio, seguirán apelando existencialmente a los otros elementos de los que no pueden prescindir en concreto. Si intentamos esta división, es simplemente por razones pedagógicas para poder profundizar más y mejor en esta compleja realidad que queremos analizar. Pero siempre lo haremos con un profundo respeto a lo real y tratando en todo momento de mirar con el rabillo del ojo lo que hemos dejado a la puerta, para no desfigurar este enorme misterio que es el amor.
1. Descripción de la sexualidad
La sexualidad es uno de los elementos más afectados por la actual revolución cultural que estamos viviendo (3). Todavía no sabemos muy bien cómo va a terminar este proceso revolucionario. Estamos pasando de una situación tabuística en que la sexualidad estaba reprimida de un modo irracional a otra situación extrema de erotismo también obsesivo y por lo tanto igualmente irracional. Hemos de encontrar el verdadero puesto de la sexualidad al margen de todo miedo o capricho, allí donde Dios ha querido situarla desde el principio del mundo y que se manifiesta en lo mejor del dinamismo cósmico y de las tendencias intrínsecas del corazón humano, tal como lo ha puesto de relieve, p. e. Teilhard de Chardin (4).
Para Teilhard de Chardin la «atracción sexual forma parte de la evolución del universo. No es sino un caso particular de la atracción de la materia y de los seres entre sí. En los orígenes del universo había una materia atomizada, una célula primitiva que se unió a otras sucesivamente para formar materiales cada vez más diversificados hasta ser tan ricos y complejos que hicieron posible la aparición de la vida. La vida, a su vez, ha tendido a producir seres cada vez más perfectos. Tiende, primero, a la hominización, después, a la pereja y, por fin, a la unificación en el punto omega. La verdadera persona humana es la pareja. La atracción sexual se incluye, pues, en la gran ley de la atracción de los seres. Manifiesta una búsqueda de plenitud y de ser» (5).
¿Qué es este fenómeno que experimentamos en lo más profundo de nosotros mismos y que hemos llamado sexualidad? No es fácil decirlo. Hemos de ser extraordinariamente humildes, analizar con sencillez de espíritu y apertura a la realidad, escrutar los signos de los tiempos y abrirnos dócilmente a la búsqueda en un clima de diálogo y de comprensión. Esta tarea es muy difícil, porque no se trata de algo, sino de alguien y las personas son mucho más complejas que las cosas. Y sobre todo, porque casi todos nosotros estamos viviendo una trágica disociación existencial, ya que casi todos nosotros hemos sido educados en una mentalidad cerrada y ahora queremos abrimos con valentía, pero con seriedad al mismo tiempo, para no estropear con nuestras torpes manos la obra de arte que Dios ha confiado a nuestra administración (6).
Con esta actitud vamos a tratar de describir lo que los hombres de nuestro tiempo entienden y viven como sexualidad (7):
a) La sexualidad como instinto «en mí»
Es evidente que todos sentimos la fascinación del otro sexo. Si analizamos con detención este fenómeno, descubriremos que es algo que nace en cada uno de nosotros, en mí, de un modo espontáneo y automático. No es algo artificial, por ejemplo el resultado de una determinada propaganda. Una introyección de algo que me llega de afuera. No. Yo vivo esta fascinación como algo que se produce en mí mismo, desde dentro, lo mismo que experimento la sed o el hambre, como «fenómeno en mí».
Por eso es inútil cerrar las puertas en torno al yo para que éste no sienta el cosquilleo de la sexualidad. No hay nada que hacer en este sentido, como tampoco conseguiría nada con aislarme del exterior cuando siento hambre o sed. Me las llevaré a donde quiera que vaya. Pretender una educación aséptica en materia de sexualidad es imposible absolutamente, y contraproducente, porque es antinatural. Sentir la fascinación del otro sexo es una señal de buena salud física y psíquica. De no sentir esa fascinación habría que pensar que hay algo en nosotros que no funciona normalmente.
El hombre ha caído frecuentemente en la tentación del angelismo olvidando que es un animal. Es ciertamente un animal altamente calificado, inteligente y libre, pero no deja por eso de ser un animal. Por eso tiene en la base de su amor una sexualidad instintiva semejante a la de los animales, como han demostrado los estudios de biología y sicología comparada (8).
1) Ambigüedad del instinto sexual
Desde el punto de vista instintivo la sexualidad humana se encuentra en una situación ambigüa. En efecto, como primate que es, el hombre se siente impulsado sexualmente en una dirección determinada, propia de los vegetarianos. Pero, al mismo tiempo, el hombre es un animal carnívoro por adopción y en cuanto tal se siente impulsado sexualmente en otra dirección diferente. A esto hay que añadir que el instinto sexual humano, al estar integrado en un ser consciente, libre, y perteneciente a una sociedad civilizada, está sometido a una serie de condicionamientos específicamente humanos que no encontramos en el mundo puramente animal.
El paso de primate, comedor de frutos en los bosques, al de cazador en terreno abierto debió realizarlo el antecesor del hombre actual en un período de tiempo relativamente largo y con bastante éxito. En cambio, el salto del homo sapiens a una sociedad civilizada se produjo con excesiva rapidez –la biología es más lenta que la cultura– y se debió más a la inteligencia y la organización humanas que a la selección natural.
2) Intensa actividad sexual del hombre
La actividad sexual del hombre es mucho más intensa que la de los demás primates, incluidos nuestros más próximos parientes, lo que no deja de llamar la atención en un ser que se considera muy distanciado de los demás animales precisamente por su índole espiritual.
Por ejemplo, el período de receptividad sexual de la mona sólo abarca una semana, o, a veces, un poco menos, de su ciclo mensual, lo que no deja de suponer un avance en relación con los mamíferos, en los que el período de receptividad sexual está limitado al tiempo real de la ovulación. En cambio, en el hombre, la tendencia del primate a una receptividad mayor ha sido llevada hasta el límite, pues la mujer es prácticamente receptiva en todo momento.
La actividad precopulativa en los primates es muy breve y consiste, generalmente, en unas cuantas expresiones breves de carácter gestual o fonético. El acto en sí del acoplamiento sexual es también muy breve. Y durante él la hembra no parece experimentar la menor excitación. Si se produce en ella algo que merezca el nombre de orgasmo, no es más que un pálido reflejo en comparación con lo que suele experimentar la mujer en esas circunstancias.
3) Evolución del instinto sexual en el hombre
Es indiscutible que el hombre es el primate actual más activo sexualmente. Pero, ¿por qué? ¿cómo se explica este raro fenómeno? D. Morris se remonta a los orígenes del hombre para encontrar una explicación plausible a este hecho. Según él, lo que ocurrió a este respecto en el proceso de evolución humana fue lo siguiente:
El hombre primero tenía que cazar, si quería sobrevivir. Segundo, tenía que mejorar su cerebro, para compensar su debilidad física de cazador. Tercero, debía tener una infancia más prolongada, para desarrollar y educar su cerebro. Cuarto, las hembras tenían que quedarse a cuidar los pequeños, mientras los machos salían de caza. Quinto, los machos tenían que colaborar entre sí en los trabajos de la caza. Sexto, el hombre tenía que erguirse y emplear armas para que la caza fuese fructífera. No quiero decir con esto que los cambios se produjeron en este mismo orden; por el contrario, parece indudable que se realizaron de un modo gradual y simultáneamente, ayudando cada modificación a todas las demás. Me he limitado a enumerar los seis cambios mayores y fundamentales que tuvieron lugar en la evolución del mono. Pero creo que en estos cambios están todos los ingredientes necesarios para explicar nuestra presente complejidad sexual.
Para empezar, los machos tenían que estar seguros de que sus hembras les serían fieles cuando las dejaran solas para ir de caza. Además los machos estaban ahora provistos de armas mortíferas y las rivalidades sexuales hubieran resultado demasiado peligrosas: una nueva y buena razón de que cada macho se contentara con una sola hembra. Y, por si todo esto fuera poco, el lento crecimiento de los pequeños motivaba que aumentaran sus exigencias a los padres. Por otra parte, durante los largos años de su crecimiento, debió tener el hombre primitivo una profunda relación personal con sus padres, una relación mucho más fuerte y duradera que cuanto podía experimentar un joven mono. La pérdida de este lazo familiar, al llegar a la madurez y a la independencia, tenía que producir un «vacío afectivo», un hueco que había que llenar. Por consiguiente se hallaría bien dispuesto para la creación de un nuevo e igualmente poderoso vínculo que sustituyese al antiguo. Aunque esto era suficiente para intensificar su necesidad de formar un nuevo lazo entre dos, se requerían ayudas adicionales para conservarlo. Tenía que durar lo necesario para el largo período de crianza de los hijos. Ya que se había enamorado, tenía que seguir enamorado. Había conseguido lo primero (enamorarse) inventando una fase de galanteo prolongado y excitante; pero necesitaba algo más después de esto (seguir enamorado). El método más sencillo y más directo de lograrlo consistía en hacer más complejas y placenteras las actividades compartidas de la pareja. En otras palabras, conseguir que el sexo fuera más sexo.
¿Cómo se consiguió? De todas las maneras posibles: ésta parece ser la respuesta acertada. La gran abundancia de copulación en nuestra especie se debe, evidentemente, no a la producción de retoños, sino al reforzamiento del lazo entre la pareja, gracias a los mutuos goces de los compañeros sexuales. La reiterada consecución de la consumación sexual no es para la pareja un fruto refinado y decadente de la civilización moderna, sino una sana tendencia de nuestra especie con base biológica y profundamente arraigada.
Aparte del aumento de la cantidad de tiempo en que pueden desarrollarse las actividades sexuales, estas propias actividades han sido perfeccionadas. La vida cinegética, que nos desnudó la piel y nos dio manos sensibles, nos brindó un campo mucho más amplio para el estímulo sexual del contacto entre los cuerpos.
Todo esto puede resumirse diciendo que tanto por lo que se refiere al comportamiento estimulante, como al copulativo, se ha hecho todo lo posible para aumentar la sexualidad del mono desnudo y asegurar la adecuada evolución del básico sistema de formación de la pareja en un grupo de mamíferos, sistema virtualmente desconocido en las demás especies. Este es, pues, el mono desnudo en toda su erótica complejidad: una especie intensamente sexual, formadora de parejas y con muchos rasgos singulares; una complicada combinación de antecedentes primates con grandes modificaciones carnívoras (9).
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