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b) La sexualidad como vivencia «mía»
La sexualidad instintiva nace en mí como un fenómeno espontáneo igual que en los demás animales. Pero aquí ocurre una cosa muy curiosa en el hombre. Y es que este fenómeno, que se presenta como un fenómeno «en mí», como un instinto espontáneo, comienza poco a poco a manifestarse como un fenómeno «mío». ¿Qué diferencia hay entre un fenómeno «en mí» y un fenómeno «mío»? Desde el punto de vista existencial es una diferencia muy importante. Fenómeno «en mí» quiere decir que se realiza en mí, pero sin mí, sin que esté sometido a mi decisión consciente y libre. Por ejemplo, la digestión. Se realiza en mí, pero yo no puedo hacerla mía. Puedo comer o no comer, pero, si como, digiero los alimentos quiera o no quiera, sin poder influir directamente y de un modo libre, en el proceso de esta digestión. La sexualidad del animal es un fenómeno «en mí», pero no es suya. En ningún momento el animal tiene el control libre y responsable de la misma. En cambio, en nosotros, los hombres, la sexualidad se va haciendo cada vez más «mía» y por eso cada vez se vincula más existencialmente con la persona. Es expresión de toda la persona y al mismo tiempo personalizante, porque contribuye fundamentalmente a la realización personal (10).
A veces el hombre tiene miedo de hacer el amor como los animales, por lo que tiende a minusvalorar el deseo y el placer. Otras veces reduce el amor al coito y lo convierte en una operación fría y cerebral sin participación de la afectividad. Hace el amor «por higiene», como cuando se practica la gimnasia o para probarse que es normal o, simplemente, para comportarse como todo el mundo. En esas condiciones el hombre no puede conseguir una verdadera satisfacción de la sexualidad. El famoso gout des cendres de los literatos, es decir, la decepción que sigue a todo encuentro sexual es la prueba de que existe una disociación entre el deseo y el amor. No hay posibilidad de verdadero orgasmo, según W. Reich, sin madurez psicoafectiva (11). Ahora bien, el criterio de la maduración psicoafectiva es precisamente la capacidad de síntesis de los elementos constitutivos de la sexualidad. Una de las dificultades de la adolescencia consiste, por cierto, en reunir en un mismo ser el amor-sentimiento y el amor-deseo (12). Este sería, en el fondo, el conflicto entre la prostituta y la virgen, que es quizás una consecuencia del conflicto edipiano (13).
Es evidente, según esto, que el amor es animal. Cuanto más convencidos estemos de que el amor hunde sus raíces en la animalidad, más llegaremos a descubrir que el amor humano supone un verdadero salto cualitativo con respecto al del animal. De ahí que hasta en su expresión más somática llegue a trasfigurar humanamente toda su base orgánica.
Cuando el análisis freudiano puso de manifiesto que se, encuentran residuos sexuales hasta en las más sublimes aspiraciones humanas, muchos se escandalizaron sin fundamento. Hoy, después de aceptar la fundamental unidad del hombre, no tenemos dificultad en admitir que, cuando ascendemos desde nuestra plataforma orgánica y escalamos los planos de la actividad intelectual, moral e, incluso, religiosa, continuamos encontrando en esas alturas material biológico y también sexual. Pero hemos de admitir igualmente que, cuando descendemos de lo más alto del espíritu hasta encarnarnos en la química celular nos encontramos que el espíritu anima cualquier actividad vital por mínima e intrascendente que parezca y que todo es humano en nosotros, mientras que en el animal todo es simplemente animal (14).
Pero la hominización de la sexualidad exige, para que pueda decir que es «mía» en sentido estricto, una decisión libre y responsable de toda mi persona. Como tal el instinto sexual no es humano en sí mismo. Es un dato, o naturaleza. Y no será humano realmente, mientras no sea asumido por el hombre e integrado en un proyecto libre y responsable. El hombre no puede vivir el instinto sexual a lo animal. En éste, en efecto, la sexualidad está controlada por la misma naturaleza de la que forma parte. A nivel puramente animal, el instinto sexual humano se manifestaría de un modo anárquico. Para humanizar su sexualidad el hombre debe domesticar el instinto, disciplinarlo, integrarlo en su persona.
Los primitivos han domesticado el instinto sexual atribuyéndole un sentido sacro. Las civilizaciones occidentales confinándolo a la función procreativa y a la institución matrimonial. Hoy es necesario domesticarlo vinculándolo a la persona y convirtiéndolo en expresión de la persona. Para humanizar la sexualidad en nuestro tiempo hay que empezar integrándola en un proyecto personal (15). Sólo así la sexualidad tendrá radicalmente sentido en nuestra época (16).
c) La sexualidad, una realidad dinámica orientada al nosotros
Ya hemos visto, pues, que la sexualidad es un fenómeno «en mí» que poco a poco se va haciendo «mío», como expresión consciente y libre de toda mi persona. Analizando más profundamente la sexualidad nos planteamos inmediatamente esta pregunta: ¿Hacia dónde se orienta ese formidable dinamismo que descubrimos en ella y que consume una gran parte de nuestra vitalidad? La pregunta es realmente apasionante porque de su respuesta dependerá el sentido último de la sexualidad.
La sexualidad no parece orientada a la realización individualista del yo, como, por ejemplo, la satisfacción del instinto del hambre o de la sed. Sino a la realización del nosotros y del mundo. Por eso no se puede renunciar a cubrir las necesidades elementales, que nos plantea la comida y la bebida, porque moriríamos. En cambio, se puede de por sí, desde un punto de vista meramente biológico, renunciar al ejercicio de la sexualidad en sentido estricto, considerada como conyugalidad. Yo puedo renunciar, en efecto, a la sexualidad sin que me pase nada. Quien no podrá renunciar es la humanidad, porque perecería, lo que confirma que la sexualidad se orienta al bien común, o, en términos más actuales, a la creación del nosotros. Lejos de ser egoísta, como muchos piensan equivocadamente, la sexualidad es radicalmente generosa y altruista. Una entrega a los otros. Por eso, quien dice que necesita casarse para ser feliz es un inmaduro. Sólo quien se siente arrastrado por el otro para darse a él, puede estar seguro de haber tomado la dirección justa que le llevará al amor (17).
Desde un punto de vista puramente genético parece hoy indudable que el bisexualismo favorece la supervivencia de los animales más complejos, como es el hombre. Gracias a la bisexualidad se puede conseguir mediante los cruces sexuales una mayor diferenciación de tipos y por ende una mayor posibilidad de sobrevivir a las grandes epidemias que han diezmado drásticamente muchas especies animales hasta poner en peligro su supervivencia (18).
Desde el punto de vista antropológico, hasta hace relativamente poco tiempo, la sexualidad conyugal se vela ante todo en función de la procreación de los hijos. Y hasta cierto punto era natural.
El hombre vivía ante todo preocupado por sobrevivir y esta tarea era difícil teniendo en cuenta la enorme mortandad infantil que hemos sufrido hasta este siglo y las pocas esperanzas de vida que tenía un bebé recién nacido. Hasta hace poco la edad media de vida en la India apenas si pasaba de los veinte años, mientras que en Norteamérica se está llegando en estos momentos a los ochenta. Si nos fijamos en que muchas especies animales superiores han desaparecido sin dejar apenas rastro de su existencia, hemos de comprender la angustia de los hombres que nos precedieron, expuestos a la intemperie y a un sinfín de calamidades de todo tipo. La procreación en ese contexto era algo tremendamente vital. Además, el descubrimiento de la intimidad en el hombre y el cultivo de lo que podríamos llamar amor personalista se ha ido consiguiendo muy lenta y dolorosamente. Todo esto explica por qué la humanidad se ha preocupado tanto hasta nuestro tiempo de vivir la sexualidad genital como procreación.
Hoy estamos convencidos de que la sexualidad genital no tiende sólo a los hijos, sino también y ante todo a la creación de un nosotros entre él y ella. Esta creación de la primera persona del plural es la misión más fascinante de la sexualidad humana. Sólo cuando existe este nosotros irradiante de vitalidad y euforia, podrá desbordarse hacia ese vosotros que son los hijos, con quienes los padres deben hacer un «supernosotros» familiar. Es un error pensar que los hijos necesitan ante todo de protección o, incluso, de afecto. Lo que los hijos necesitan ineludiblemente es que los padres se amen y se quieran de verdad. Más que ayuda, los hijos necesitan estímulo y respirar un clima de amor. Sólo así llegarán a ser ellos mismos, desarrollando las virtualidades que esconden dentro de sí. Por eso son unos irresponsables los padres que, sin amarse, tienen la osadía de tener hijos. Su procreación es imprudente y suena a falso, porque, en vez de ser un desbordamiento de amor, nos da la impresión de ser una tremenda frivolidad porque se intenta jugar con cosas tan sagradas como la vida del otro.
1) Nosotros (yo-tú)
Antropológicamente hablando, la sexualidad tiende en primer lugar a crear un nosotros entre el yo y el tú, una comunidad de amor. Vivimos desgarrados por dos fuerzas antagónicas: una centrípeta y otra centrífuga. De una parte, lo mejor de nosotros mismos, lo que hay en el fondo de nuestro yo de más grande y casi divino, nos empuja hacia los otros en forma de apertura y generosidad. De otra parte, el miedo ante la nada nos encierra en nosotros mismos, nos encoge, nos hace egoístas y nos impide abrirnos. Dios no podía haber hecho otro Dios cuando creó al hombre. Y aceptó el riesgo que suponía crear hombres a base de nada con un destino inmortal y trascendente.
En esta tensión entre las fuerzas centrífugas y centrípetas del hombre se instala la sexualidad como maravilla de Dios. Desde su concepción el hombre vive vinculado a su madre de un modo biológico. Y en verdad se siente a gusto en el seno materno. No tiene que preocuparse de comer, de respirar ni de las demás funciones fisiológicas. Todo se lo hace la madre generosamente. Vive en una especie de nirvana maravilloso. De por sí, ningún embrión desearía salir del seno materno. Pero la naturaleza le fuerza a salir de ese ambiente cerrado, apenas ha llegado a un grado razonable de viabilidad. Este momento es sumamente doloroso para el bebé. Si no encuentra quien le acoja con amor y cariño, quedará probablemente traumatizado para toda la vida. Dios fuerza así nuestro egocentrismo biológico por medio de la naturaleza para iniciar de este modo el camino que nos llevará un día a la plena responsabilidad y autonomía.
Pero no basta con esta ruptura. Además de la dependencia biológica que el embrión tiene hacia su madre, existe en el niño otra dependencia de tipo psicológico en relación a su hogar. Después de nacer, el niño se encuentra acogido afectuosamente en una familia. Allí crece y se desarrolla en todos los sentidos. Es autónomo biológicamente, pero psicológicamente vive estrechamente vinculado a su casa, a sus padres, a sus hermanos. Allí, en ese ámbito se siente a gusto. «Hogar, dulce hogar», como decían los románticos del siglo pasado.
Si no fuera por la fascinación de la sexualidad, que surge en el joven como un surtidor de extraordinaria potencia, nadie osaría cambiar ese mundo conocido y querido del hogar por la aventura de irse con otro a quien en rigor no se conoce a fondo, cuyas intenciones profundas se escapan a la criba de una experiencia prolongada durante años y con quien vamos a iniciar una aventura que no sabemos cómo va a terminar, sobre todo en un mundo tan agitado como el nuestro. Lo mismo que Dios se sirve del parto para arrancar al embrión del seno materno y para hacerlo así biológicamente autónomo, del mismo modo utiliza la sexualidad para vencer la resistencia egocéntrica del joven empujándole a la formidable aventura del amor.
Es evidente que hoy una decisión a favor del celibato resulta difícil por demás. Pero probablemente sería mucho más difícil encontrar en nuestros días vocaciones para el matrimonio, si no existiera en el corazón de los hombres y mujeres esta fuerza maravillosa que nos fascina y arrastra y que llamamos sexualidad. Demos, pues, gracias a Dios y a esta realidad, porque de no habernos hecho Dios de este modo, los hombres nos hubiéramos ido encerrando cada vez más en nosotros mismos a medida que hubiéramos ido tomando conciencia de lo dura y áspera que era la lucha por la existencia y la convivencia humana (19).
Como dice Valsecchi:
Es vocación de la cultura contemporánea el haber puesto en marcha una reflexión filosófica exhaustiva sobre la experiencia sexual como experiencia de amor y comunión. A este propósito, gran cantidad de temas se han enfocado a la luz de un nuevo prisma: la corporeidad, por ejemplo, como apertura e intercambio con los otros, ya por el simple hecho de existir, aun antes de cualquier palabra o gesto; la existencia sexuada, como radical descubrimiento de complementariedad y, por consiguiente, de necesidad y deseo del otro; la amplísima variedad del acercamiento sexual, como posibilidades indefinidas de revelación de sí, de búsqueda y contemplación del otro, de diálogo interpersonal; el abrazo, como «amoroso ser con el otro», modo fundamental de expresarse del «ser-en» y del «ser-fuera» (existere) que da sentido a la vida humana. Y en cuanto a la unión sexual, como un poseer y ser poseídos; como encuentro de dos personas o, al menos, tentativa y esperanza de lograrlo; como indistinción de los intereses recíprocos e identificación de las respectivas individualidades; como éxodo del propio recinto, en que penetra el otro, con una agresividad que se pacifica en el gozo mutuo; como acmé extática en que el individuo parece alcanzar la muerte para recibir del otro una partícula de vida; como donación de las almas que acontece en la entrega de los cuerpos de los que supera las debilidades y redime la fugacidad; como deseo nuevamente expresado y concorde de alegría, que el placer enciende de nuevo cada vez o quizás no apaga nunca; como conciencia inmediata y vida de la mutua dependencia corporal que dispone a cada uno de los dos a comprender el misterio de la existencia en el cuerpo; como certeza de sí mismo y certificación del otro, mutuo enraizamiento en el presente y unánime proyección hacia el futuro (20).
Cuanto más pleno sea el encuentro sexual con el otro, tanto más humana será le sexualidad. En la medida en que aumenta la atención hacia el otro, en esa misma medida aumenta el valor del encuentro sexual. Este será plenamente humano cuando el tú sea aceptado por el yo en toda su riqueza corporal, psicológica y espiritual; cuando el otro sea tratado como sujeto y no como objeto. Al mismo tiempo, el encuentro sexual auténtico exige que el yo se sienta verdadero sujeto. El amor es precisamente el encuentro pleno de dos personas auténticas, lo que exige acogida recíproca, reconocimiento y comprensión mutuos. Sólo si el encuentro sexual se integra en un verdadero proyecto de amor, se llegará a una plena humanización del instinto sexual. Como dice Hesnard, «el placer sexual no es fuente de verdadera alegría, mientras no deja de ser parcial y alienante para encumbrarse a un amor capaz de ternura y de altruismo» (21).
En un artículo muy interesante, P. Ricoeur explica cómo la sexualidad se arraiga en el ser humano más allá de lo que hay en él de racional y que concierne a la supervivencia de la especie. Este arraigo es la causa de que la sexualidad no pueda ser dormida por la razón o la voluntad. En realidad, el instinto sexual no puede reabsorberse en una ética o una técnica. Quizás lo único que podamos hacer con él es representarlo simbólicamente con lo que aún queda en nosotros de mítico.
Cuando dos seres se abrazan no saben en realidad lo que hacen, no saben lo que quieren, no saben lo que buscan, no saben lo que encuentran. ¿Qué significa el deseo que empuja al uno a los brazos del otro? ¿Es el deseo del placer? Sí, seguro. Pero es una pobre respuesta, porque inmediatamente presentimos que el placer no tiene sentido en sí mismo; que es simplemente un símbolo. Pero, ¿de qué? Presentimos oscuramente, de un modo vivo y real, que el sexo forma parte de una capacidad de armonía cósmica olvidada, pero no olvidada, que existe en el mundo. Tenemos conciencia que la vida es más que la vida. La vida es mucho más que la lucha contra la muerte. La vida es única, universal, toda en todos. Gracias a la alegría que nos proporciona el encuentro sexual participamos en este misterio de la vida (22).
Antes que exigencia de placer o exigencia de procreación, el instinto sexual es una búsqueda de unión, de comunidad, de complementariedad, una exigencia de ser en común. La explosión sexual es una explosión cósmica que empuja a dos seres a dar ese salto cualitativo que los lleva de una vida-en-soledad a una vida en-plenitud. El instinto sexual se explica últimamente por la necesidad que el hombre experimenta de superar su finitud. Es la impaciencia metafísica que siente el yo por pasar las fronteras que le separan del tú. El instinto sexual es una vocación de ser «nosotros» (23)
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