Psicoterapia del oprimido




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Participación en dos congresos de la Federación Argentina de Psiquiatras, 1972/73.
TERAPIA COMUNITARIA GRUPAL
Nosotros partimos del concepto de Reconstrucción del Sistema de Realidad como instrumento mental que nos integra los distintos niveles de rehabilitación, de curación.

El sistema de realidad estaría constituido por todos los niveles de vinculación de una persona con su mundo circundante (comunicacional, corporal, instrumental y espacio- temporal).

El término “reconstrucción” alude a la realización de la operación inversa a la que se realizó con el internado, que fue la destrucción, la degradación (o a veces la amputación) de roles sociales, del manejo de su cuerpo, de su proyecto de destino, etc.

El concepto tendría características de “adiestramiento para la salud”. Cada tarea que se realiza en la comunidad debe reintegrar alguna función social. El conjunto de operaciones debe estar incluido en una “atmósfera terapéutica”.

El análisis del Sistema de Realidad lo realizamos sobre la base de la “Tabla de Estrategias” que propone cinco niveles de análisis, con un par dialéctico en cada nivel (tal como ya lo hemos descrito anteriormente).

Cuando la operación correctora no puede hacerse totalmente se recurre a lo que en técnica de rehabilitación mental se llama “un modelo isomórfico”, es decir una operación que tiene suficientes puntos comunes en su estructura con la operación real que puede rehabilitar el vínculo dañado, sea este un vínculo con personas, en forma de roles (padre, esposo, cliente, etc.), un vínculo con su propio cuerpo, con su profesión, con imágenes internas, etc.

Los festejos anuales tienen, casi todos, una definida tarea psicológica, es decir, elaboran un tema de la problemática social. Nosotros utilizamos esto poniendo el acento sobre el contenido específico que se elabora. Así, para los carnavales, se elaboran las fantasías sobre la identidad, que, manejadas por la ropa, permiten una dramatización de aspectos negados de la personalidad. Para el 25 de Mayo se rescata el rol del ciudadano, el sentimiento de pertenencia al grupo mayor. Para el día de la primavera, la organización de la esperanza, de la vida que renace. Para Navidad, el tema del amor y la unión en el grupo, y para fin de año, el proyecto de lo que haremos “el año que viene” y con eso limitar el tiempo y el destino en un año para poder visualizar y organizar una etapa.
La Comunidad
El sentimiento de que todos pertenecemos a la comunidad, permite que todas las tareas de los sub- grupos se integran unas con otras y se complementen. En este sentido es señalable el efecto de complementación; cómo una tarea puede a veces realizarse porque otro, en el mismo ámbito, está haciendo otra (a veces la contraria). Para ilustrar esto referimos una observación que se hace en los grupos de mateada; cuando en el otro sector de la Peña están bailando animadamente en los grupos de mate se crean mejores condiciones para la elaboración depresiva. Esto, explicado por el modelo pichoneano de Comunidad, significaría que se produce una distribución de roles: algunos se hacen cargo de la alegría (los que bailan) y otros de la tristeza (los “mateadores”). Cada uno puede hacer lo que más necesita elaborar pues sabe que dentro de la “misma familia” otros se encargan del resto. Por último aclararemos que sólo es terapéutica esta distribución de roles, si al mismo tiempo es dinámica, es decir si existe intercambio de roles y los componentes van rotando de área. También los que bailan necesitan de los que miran, pues el baile es también una representación social (la dramatización de la unión de la pareja en un “como- sí” poético).
La Cultura popular en la Peña

En la Comunidad existen y se entremezclan dos culturas, la suburbana (tanguera) y la criolla- rural. Desde Carlitos Gardel, con su “sonrisa terapéutica” (nosotros decimos “cada día cura mejor”), hasta el ambiente de baile rural (“sacudiendo el polvo” o “sombreado” simplemente bajo el árbol), todo está inmerso en reminiscencias de modelos criollos; la Peña es una mezcla de baile popular, sociedad de fomento, asado campero, peña folklórica, cafetín, recreo costero, fogón, etc. En la Peña se pueden reconocer modalidades de interacción de cada una de esas actividades sociales de nuestro pueblo.

Para los compañeros de afuera, la Peña es también una especie de “universidad de la calle”, un lugar donde aprenden a pensar “en pueblo”. Podemos asegurar que curarse de la colonización mental da una íntima sensación de “estar más integrado, más seguro en la realidad cotidiana”.

Actualmente está apareciendo en la Comunidad otra cultura, traída por los internados jóvenes, especialmente por los que provienen de reformatorios (del Agote, del Roca, etc.): son los “pibes” (de 16 a 20 años) que por trastornos menores, (epilepsia, o simplemente, por un exceso de rebeldía) – o a veces de dignidad que no permite el manoseo del reformatorio – van a parar al hospicio, al “servicio de adolescentes”. Estos pibes incorporaron a la Comunidad una tercera cultura popular, que corresponde a la generación que recibió masivamente la penetración ideológica colonialista a través de los canales masivos. Es la cultura del “jipi villero”, resultado de los modelos de rebelión del hippismo norteamericano, que el Sistema imperialista nos manda masivamente por la TV, el cine, las grabadoras de discos, etc. Es el pibe “beatle” que antes estaba en el “rocanrol” y ahora en el rock. Es también la cultura de la “falopa”, de la “pichicata”, una cultura violenta. Estos pibes se han criado en “instituciones de minoridad”, siniestros lugares de insensibilidad y violencia. A veces, su carrera de abandono empezó en la “casa cuna” y siguió en la calle donde el pobre acumuló tantas patadas y tanta violencia, que luego tuvo que devolverlas. Su integración llevó más tiempo; actualmente forman una parte muy importante de la misma, y muchas de las tareas las hacen ellos (el asado, la atención del tocadiscos, etc.). Es curioso cómo la modalidad y la represión del sistema institucional en el que se criaron dejan intacta su capacidad afectiva y su sentimiento de lealtad una vez que se consideraron compañeros de la comunidad.

Otra línea de rescate que recién ahora estamos intentando, es la del folklore psicoterapéutico popular, es decir todo el mundo de las terapias mágicas, del curanderismo. Especialmente rescatando las formas rurales que provienen de una línea gaucho- indígena, (como los yatiris del norte). Las demás, a veces son importaciones del espiritismo europeo (español y francés) y por lo tanto, parte de la colonización ideológica.

Los grupos de mateadas (que funcionan sábados, martes y jueves alrededor del fogón de la Comunidad) van rescatando todo este riquísimo ancestral de técnicas criollas en psicoterapia. Cuando expliquemos los grupos de “mateadas” en el fin de este capítulo, volveremos sobre el tema.

Finalmente, otra línea de rescate no se refiere tanto a las formas culturales como a la estructura de pensamiento. Es el intento de rescatar otro de los elementos reprimidos y negados en los compañeros de adentro (y en este caso también de afuera): los aspectos creadores de los delirios, a través de los cuales se exploran nuestros contenidos inconscientes. Esto significa trabajar desde “la otra punta del ovillo”, desde la locura para que el compañero no quede tan sólo con sus fantasmas. Pues con un amigo no es cosa de compartir sólo la alegría, sino que debemos también compartir sus tristezas y sus fantasmas, que a veces, como en el caso del compañero Jacobo Fijman, llegaron a tener una alto nivel poético (“Demencia, camino más alto y más desierto”...).
El núcleo organizador: el Equipo

Dentro del conjunto de la Comunidad, existe un sub- grupo que asume, con el consenso de todos, el mayor peso en la organización de la Peña; se lo llama “el equipo”, y está formado por compañeros de afuera y algunos de adentro. Este grupo propone tareas y también “la línea” de la Peña, pero siempre de acuerdo con la opinión mayoritaria que se obtiene en la Asamblea de la Comunidad (“la ronda”) de los sábados, donde opinan y votan todos los compañeros.

Dentro del equipo, dentro de un grupo estable de aproximadamente 15 compañeros, rotan otros diez (los “golondrinas”), se utiliza como sistema de organización, el esquema de “liderazgo funcional”, es decir que el líder es quien más sabe de lo que se está tratando en ese momento y la coordinación de las reuniones es rotativa. Para situaciones críticas, donde tiene que tomarse una decisión rápida, existe un coordinador que luego “debe rendir cuentas” al equipo y a la asamblea. De todos modos existe una coincidencia en cuanto a la ideología psiquiátrica entre todos los compañeros que va consagrando un sistema de consignas y normas, que son las que realmente determinan todas las decisiones (pero en última instancia el compromiso efectivo es muy grande y siempre “se siente” cuál es la línea correcta).

En todo grupo grande (el total es de 100 a 150 compañeros) sin una estructura de poder institucionalizada, aparece el problema de la falta de eficiencia, de la confusión, del espontaneismo. Esto, es consecuencia de ser una organización de bases, pero también si no se resuelve la confusión, la comunidad no avanza y no llega a ser reintegrativa de las funciones sociales. La lucha entre organización y espontaneidad es bastante difícil en los primeros tiempos de toda comunidad de este tipo con real participación de todos los compañeros. Los compañeros más antiguos recordamos los “despelotes” que se armaban en los primeros meses, cuando “nos copaban” los esquizofrénicos muy cronificados: llegaba a ser realmente una “peña enloquecida”. Pero gracias a que nos pudimos “bancar” estos emergentes de la “pesada demencial”, se pudieron integrar compañeros muy delirantes (algunos de los cuales hicieron cambios espectaculares, llegando posteriormente a salir de alta).

Lo que sucedía es que nosotros (el equipo de afuera) en los primeros meses no teníamos ningún modelo comunitario aplicable a esta situación atípica. Fuimos aprendiendo a organizarnos poco a poco y “hombro a hombro” compartiendo hasta donde nos “daba el cuero”, la locura y la tristeza de nuestros compañeros internados.

Lo que realmente aprendimos es que, si bien a veces, se necesita forzar un poco una etapa en el proceso de rehabilitación de la comunidad, el nivel de conciencia en ese momento no se puede superar pues de lo contrario se corre el riesgo de quedar “despegado de las bases”. También aprendimos que esto vale para el equipo de afuera pues los estudiantes y profesionales tenemos nuestras limitaciones ideológicas, que son producto de la colonización y de la hiper- formación teórica. Sobre esto nos enseñó mucho “el Gordo”, un talentoso compañero de afuera (no- psicólogo) que por haber tenido mucha “calle” lograba, de pronto entender mejor que nadie lo que pasaba en el grupo y nos lo trasmitía, a veces puteándonos.

La convergencia total entre los dos grupos, (compañeros de adentro y de afuera) es lenta, pero cada vez más compañeros internados se suman al equipo organizador, a pesar de que para algunos de ellos a veces hay serias dificultades para asistir a las reuniones de evaluación fuera del hospital al no permitírseles la salida. Debemos recordar que no podemos acceder a ningún resorte oficial, pues si bien estamos adentro del hospital, como lugar de trabajo, estamos totalmente afuera de la institución y no podemos coordinar con los servicios del hospital permisos de salida para los compañeros.

El equipo tuvo, a lo largo de la experiencia, reuniones de evaluación y de control didáctico, algo así como “un service” psiquiátrico para elaborar las ansiedades acumuladas. La persona con mayor experiencia en Comunidades Terapéuticas enrolada en una línea popular era Ricardo W. Grimson (que fue director del Centro Piloto del Hospital Estévez). Grimson estuvo con nosotros desde los primeros momentos de la experiencia. Realizó controles grupales (algunos con técnicas de dramatización corporal) con el primer equipo de 15 alumnos de la Escuela de Pichón Riviere y luego con el equipo actual. Pichón Riviere, Armando Bauleo y Jorge Chamorro, también realizaron algunas supervisiones técnicas de la elaboración de ansiedades, provocadas por la tarea dentro del hospicio.

Ricardo Grimson es, además de control didáctico, parte de la experiencia; algunas de las ideas desarrolladas en la Peña son suyas y “la línea” nuestra en psiquiatría popular contiene muchas de sus propuestas (dadas a veces en horas inciertas de nuestra comunidad).

De todos modos la presentación del audiovisual de la Peña fue siempre una forma de controlar desde afuera nuestro camino; casi siempre se elaboró entre todos la propuesta, constituyendo al final entre los concurrentes un grupo operativo. Como lo hemos presentado muchas veces (aproximadamente 28) y en distintos grupos (facultades, unidades básicas, clubes de barrio, instituciones, etc.), esto nos sirvió de “control didáctico popular”; no era una persona, sino un grupo quien nos evaluaba y también compartía con nosotros las ansiedades acumuladas en el hospicio.

Actualmente, dentro del Equipo, estamos constituyendo un grupo de estudio que tiene la responsabilidad de elaborar un modelo teórico de la experiencia, para que el esquema de Comunidad Popular sea reproducible en distintas circunstancias institucionales, e incluso, en cárceles y asilos.
Relaciones con el hospicio y la comunidad

Nuestra relación con el hospicio siempre ha tenido dos niveles, uno explícito (oficial) y otro implícito (rumores). El nivel oficial, luego de nuestra época “de facto”, comenzó con una carta de Pichón Riviere al director del hospital, Dr. Carlos Sisto mediante la cual presentaba la Peña como una experiencia de campo de la Escuela de Psicología Social, que coordinaba el autor como Jefe de Investigación de la Escuela. A pesar de esto no se produjo ningún tipo de relación institucional o apertura del hospital en cuanto a facilitar las tareas. A pesar de los pedidos reiterados no se nos asignó un lugar techado (cuando llueve, para realización de la peña debemos taparnos con lonas y del Servicio más cercano nos prohíben la entrada a lugar cubierto esos días de lluvia).

La otra relación es la “fantasmal”, la de los “rumores”. Una “guerra fría” que crea un clima de inseguridad. Los rumores son los clásicos en este tipo de experiencias: que “hacemos orgías sexuales", que “pasamos vino”, que “somos comunistas”, que “somos místicos”, etc. ... y la frase que nos persigue desde el comienzo... “a la Peña la van a sacar”...

Toda esta paranoia mutua entre el hospital y la peña, también es alimentada porque los enfermeros del hospital no tienen información objetiva de la comunidad. En más de dos años no vino ala Peña ni un solo profesional del hospital. La desconfianza mutua aumenta por la falta de información. Pero a pesar de cierto monto de mal entendidos, lo real es que son dos propuestas, dos filosofías de la psiquiatría comunitaria, opuestas entre sí (nosotros pensamos que son el “ayer” y el “mañana”).

En cambio las relaciones con la comunidad son bastante intensas, por lo menos a nivel de difusión de la nueva propuesta. La experiencia adquiere su verdadero valor cuando la consideramos una “experiencia piloto”, es decir, un área de demostración, que verifica en una praxis la hipótesis de trabajo y las reformula. Para esta tarea, la actividad se debe dirigir a la comunidad, especialmente a los grupos profesionales que luchan también por una psiquiatría dinámica y una psicoterapia que se integre en las necesidades populares y comparta su lucha.

El triunfo popular del peronismo durante el año 1973 permitió en las universidades un vuelco masivo ala problemática de los sectores populares. Nuestra experiencia mantuvo con varias cátedras universitarias, relaciones a nivel didáctico; se incluyó nuestra experiencia como trabajo de campo de varios cuatrimestres y dimos clases teóricas en la Facultad. Las cinco relaciones con mayor tarea de intercambio fueron: en Psiquiatría Social (Diana Mármora), Salud Mental e Instituciones (Ricardo Grimson), en Psicología Médica (Hernán Kesselman), en Medicina y Taller 7 N de Diseño en Arquitectura, todos estos de la U.N.P.B.A., y además, con cátedras en la Universidad de Belgrano.

El equipo organizador, compuesto también por compañeros de adentro, realizó intervenciones en Congresos de Psiquiatría (de la Federación Argentina de Psiquiatras) y viajes a comunidades rurales (la más importante de todas la de Tibor Gordon). Todo esto nos ha ido replanteando nuestra hipótesis de trabajo y podemos decir que las conclusiones actuales son, en realidad, producto de la elaboración no sólo del equipo y mías, sino de un gran número de personas, que, en un momento dado, estuvieron en relación con la propuesta.

Luis Traversoni, desde su audición “La Nueva Argentina hace y dice” de Radio Argentina, ofreció el micrófono a los compañeros de adentro para que puedan hacer oír su opinión directa a miles de oyentes.
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