Psicoterapia del oprimido




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LOS SUBGRUPOS DE LA PEÑA
Grupos de Mateadas – Teatro – Cooperativas de Trabajo – Universidad Obrera.
Grupo de MATEADAS (Basilio Benítez – Luis Salvatore – Alicia Kelsey – Silvia Pahn – Miguelina Diez – Evelyn Rodríguez – Selva Moretto - Azucena Tramontano y otros).

Los grupos de mateada llevan funcionando ya un año en la Peña. Tienen una dinámica propia, e intentan el rescate de las formas criollas de psicoterapia, especialmente el fogón matero como técnica popular de elaboración psicoterapéutica. Dentro del grupo, Basilio Benítez trabaja en la re- traducción semántica y estructural de las técnicas de psicoterapia urbanas (psicoanalíticas, comunicacionales, etc.) a la cultura popular criolla; algo así como lograr un “psicoanálisis gaucho”; la síntesis “Freud- Pancho Sierra” dentro de un proceso de liberación.

Las interpretaciones van en forma de refranes criollos y, también, en “un como” distinto con uso de gestos, ademanes, leves movimientos corporales, utilizando a veces el contexto como mensaje. También el manejo del encuadre terapéutico está dado por el mensaje de los objetos (pava, mate, fogón, etc.). Una maniobra como la de poner más leña al fuego o cambiar la yerba, van a significar cambios a los niveles de elaboración. Dejar apagar el fuego y limpiar el mate puede servir para elaborar grupalmente el cierre de “la sesión”.

Basilio Benítez y demás compañeros del Grupo de Mateadas se han introducido profundamente en las modalidades de los grupos de fogón en sus formas populares, que en el hospital también están determinadas por el clima manicomial.

Uno de los replanteos que se debieron hacer es conectarse a partir de categorizaciones distintas de “sano- enfermo” y aceptar oposiciones tales como “bueno- malo” (más exactamente agente del bien y agente del mal). Esta es una categorización más arcaica que “sano- enfermo”; está más conectada a la concepción mágica de la visión del mundo de nuestro medio rural y también de culturas con sólo un sistema moral- metafísico, donde no se relativizan los conceptos de bien- mal.

En cambio si se relativizan en la cultura cosmopolita urbana, debido a la coexistencia simultanea de varios códigos morales. Esto último es lo que permite la secularización del pensamiento científico y la posibilidad de descontaminar la calificación moral- religiosa a las categorías sano- enfermo.

Acá debemos aclarar que para los compañeros de adentro, que utilizan la dicotomía “bien- mal”, ésta no se superpone a la de “sano- enfermo”. Es decir, el más sano no es el más bueno de todos como tampoco el más malo es el más enfermo. Se trata más bien de la salud y la enfermedad respecto a la capacidad de amor fraternal, de vivir junto a otro, y además, de no simular ser otra cosa que lo que se es (en este último sentido es casi una concepción sartreana).

Además “bien” y “mal” están asociados a “fuerzas constructivas” y “fuerzas desintegradoras” en la cosmogonía popular.

Los compañeros del grupo de mateadas han debido, en los primeros tiempos, adquirir todo el lenguaje popular de la dinámica psicológica especialmente en las situaciones de perturbación, un nuevo código semántico que permitió luego llegar al corazón mismo de la concepción popular de salud y enfermedad. Recién en los últimos meses se ha comenzado el camino “de regreso” a las categorías científicas ahora enriquecidas desde la percepción íntima de la propuesta de vida de nuestro pueblo. Es la tarea de reunir dos mundos, pero dinámicamente, en función de un nuevo mundo.

Transcribimos parte de la elaboración de consignas y técnicas de los grupos de mateadas, de los informes de Basilio Benítez:
Recursos terapéuticos (Cuando “la mano viene liviana”)

* Usar inicialmente el silencio expresivo o comunicante.

* Intercalar, “como rebote”, dichos y refranes criollos, que se usan como formas indirectas para crear la dinámica grupal de elaboración, son maneras del decir, preguntar, contestar, señalar, explicar e interpretar psicoterapéutico- gauchesco y popular (también de la “cultura rea” tanguera), comparaciones irónicas, detonantes, propias del lenguaje y la “malicia” criolla.

* Si es necesario, para “despegar” al grupo de la depresión crónica manicomial utilizar cuentos y relatos antidepresivos criollos personales.

* Si es posible ayudar al clima elaborativo, con la guitarra “decidora” (tipo sureña) como portavoz o voz cantante de los sentires del grupo.
Cuando “la mano viene pesada”
Se debe trabajar a un nivel más arcaico de la cultura popular, pues aparecen en el grupo elementos del pensamiento mágico de nuestro interior:

* Devolver “bien” por “mal” (complementariedad del rol contrario).

* “Conversión” de los participantes desintegradores del grupo por redistribución grupal de la agresividad depositada en uno. De todos modos, la conceptualización teórica, es decir, la elaboración de una técnica está en los grupos de mateadas en la etapa de praxis. El camino que han aprendido es largo y vaya a saber cuando “vuelven” al pensamiento científico para ayudarnos, así, en la tarea de síntesis de “pueblo- ciencia” (para que no sea necesario volver a decir “alpargatas sí, libros no”).

Demos aquí una parte de los temas alrededor de los cuales se está trabajando en los grupos de mateadas:
a) El buen equipo de mate: Elementos necesarios y particularidades que éstos deben tener según nuestra experiencia.

La importancia de la elección y mezclas de yerbas.
b) La Rueda: Disposición de los asientos. Significación del lugar elegido por cada uno de los miembros del grupo.

Posiciones estratégicas dentro de la rueda. Cambios de ubicación. Salidas, entradas y participación desde afuera de la rueda.
c) El Fogón: Carácter simbólico- arquetípico del fuego.

El fogón es el eje de la rueda (epicentro).

Por intermedio de él nos comunicamos con el grupo. Hacia él hay que dirigirse cuando se quiere captar el sentir grupal. Hacia él hay que dirigirse cuando se quiere hablar al corazón del grupo.

El Fogón iluminante (en la noche).

El fogón posibilita la “Elevación” sin pérdida de contacto con la situación del aquí- ahora.

Cómo hacer un buen fogón (tierra apisonada, pozo de cenizas)
d) La Matera: (El hábitat) Elección del lugar. El suelo. El techo al amparo o a la sombra de un árbol.

La matera “de os buenos espíritus” (el espacio mítico).

La matera “embrujada”, poblada de ánimas en pena (el hábitat como depositante de objetos malos interiores del grupo).
Tal vez lo más importante de los grupos de mateadas es que rescatan también el sentimiento popular de la parte más íntima del self (del “Sí- mismo”) que está organizado alrededor del concepto de “alma”. El alma está en la cosmogonía popular ligada al destino, es decir al proyecto de vida, al nivel de la problemática existencial. Quién está enterrado en un hospicio, además de los problemas cenestésicos y otros resolubles por la teoría de la comunicación y la teoría del complejo de Edipo, tiene otro problema, otra enfermedad que es mucho más terrible: tiene “enfermo el destino”. Su vida, su única vida, su proyecto de destino es estar encerrado en un manicomio. Por eso, de lo que hay que “curarlo” es de la vida, de la vida que le tocó en la repartija; la de pasársela en un manicomio. Habría que definir, dentro del esquema de círculos concéntricos de las áreas de Pichón Riviere (área 1: mente, área 2: cuerpo, área 3: mundo) una especie de “área 4: el destino”, pues en la concepción cientificista queda siempre escamoteado el problema global de la vida. Sólo lo incorporan los analistas de orientación fenomenológica pero, al mismo tiempo, idealizan el tema y lo transforman en algo abstracto, desvinculado de los otros niveles, especialmente de las contradicciones de la explotación social. Ellos hablan del “destino metafísico” pero no del “destino de mierda” que se le propone al pueblo, lleno de amputaciones, atropellos y brutalidades.

Todo folklore popular trabaja sobre este tema del destino. La incorporación de la muerte en el proyecto de vida, en la filosofía criolla, hace que el concepto popular de “alma” (equivalente al “self” del psicoanálisis jungiano) quede afuera de la filosofía cientificista de la sociedad de consumo, que está basada en el “Happy - End” y en la negación de la muerte (sólo la percibe como una “sorpresa desagradable”, conjurada y ocultada por rituales funerarios estereotipados).

Aquí está, pienso yo, la diferencia fundamental entre el enfoque tecnocrático de la salud y el enfoque de la salud de nuestro pueblo. La psicoterapia criolla atiende primero al proyecto de vida, al destino (“alma que en pena vas errando”...) y luego de tener una perspectiva totalizadora que integra toda la aventura de vivir, es que va a resolver los complejos edípicos, los posibles mensajes paradójicos y las somatizaciones corporales.

Para el hombre de la ciudad, de la sociedad tecnocrática, no hay quien le “cure el alma”: están tan divididos los terapeutas, tan esquizofrenizadas las perspectivas que el médico clínico le cura la úlcera, el psicólogo el sentimiento de castración, etc. pero nadie “lo cura de la vida”. Hasta hace algún tiempo existía alguna forma de terapia que tomaba algo de ese problema, que era la religión; el cura curaba del destino (era el tercer “especialista” que veía al “paciente”). Pero actualmente el proceso de secularización (de des- sacralización de todos los niveles de la realidad) de la sociedad urbana de masas, ha ido excluyendo al sacerdote de las áreas en que actuaba y así el sistema legal, costumbres, vestimentas, ansiedades psicológicas, culpas, sexo, etc. han ido a profesionales del sistema, registro civil, publicidad de vestimentas y psicoanalistas. Y el proceso de la sociedad de consumo llevó su concepción cientificista a un punto tal en que tampoco le queda al sacerdote la tarea de “curar de la vida”, del tema de “proyecto de destino”. Así el tema que existe detrás del científicamente descalificado concepto del “alma” quedó perdido en la confusión que trae el proceso histórico de transformación. Pero queda en manos del pueblo, que con una visión quizás más integrada del mundo y del proceso vital, todavía guarda “terapias” para el destino.

Esto parece que es, aunque difícil de explicar, lo que percibimos y hemos aprendido con Basilio de los compañeros trabajadores internados: una especie de superioridad en la visión dramática de la vida, algo que siempre nos deja a nosotros – integrantes de la pequeña burguesía – como un sentimiento infantil, algo inmaduro, como si todavía no hubiéramos empezado a “vivir de veras”. Ellos miden la vida desde otro lado (tal vez desde la muerte).

Para terminar este tema de la psicoterapia que incluye la temática del self (del alma), vamos a dar una idea de las frases, refranes criollos, utilizados para marcar las interpretaciones:

“Para hacerse baqueano, hay que perderse alguna vez”.

“Quiere cagar más arriba de dónde le da el culo”.

“Quedate piola, como Gardel en el avión”.

“A veces me hago el muerto para saber quién va a llorarme”.

“Desconfiado como gallo tuerto.”

“Serio, como perro en bote.”

“En la tierra de los ciegos, el tuerto está preso.”

Grupo de Teatro

El conjunto de teatro de la Peña, “Las Ánimas” (o “Los Fantasmas del Alma”), está compuesto por compañeros de adentro y de afuera: Rafael Rodríguez, Carlos de Sica, Carlos Rafaelli, Jorge Bonay, Graciela Cohen, Graciela Hercourt y otros más.

La línea es la del radioteatro criollo que, a su vez, desciende directamente del viejo teatro de circo de los hermanos Podestá; son las compañías que realizan giras por las áreas rurales, como Héctor Miranda, Rolando Chávez, El Negro Faustino, Juan Carlos Chiappe, etc. Este teatro criollo desarrolla siempre el tema del gaucho matrero, el paisano que se revela por los atropellos de la autoridad. Es el tema del héroe, el mito de Juan Moreira, que aparece tratado con otros nombres y bajo otras circunstancias, pero con igual estructura temática. (A esto lo hemos desarrollado en el capítulo de “Cultura Popular” así que remitimos al lector a recordar todo ese análisis para una mejor comprensión del teatro “pañero”).

Los sábados en que representa el conjunto, se trabaja sobre una situación, una estructura argumental sencilla que se acuerda entre todos antes de comenzar y luego se va improvisando el desarrollo. En este sentido parece más una sesión psicodramática que teatral. La participación de los espectadores es a veces directa y algunos saltan al ruedo (escenario como en teatro circular) y ayudan a uno de los personajes. También en la resolución de la situación dramática se superpone a veces el psicodrama al teatro: recuerdo una de las representaciones, cuando llegó la pelea de Moreira con los milicos, estos se tenían que morir y como seguían los sablazos (sable de madera con papel aluminio) le recordé al soldado que esa vez ganaba Moreira y él moría de modo que le grité... “¡Dale, morite!”... A lo que él contestó arremetiendo con más sablazos... “¡Yo no muero nada!”...

La resolución final de “Las aventuras de Juan Moreira”, el tema eje de las representaciones, ha seguido un interesante proceso. Al principio, como en la obra de Gutiérrez, Juan Moreira moría, luego empezó a no morirse y se escapaba al final gritando “Ha triunfado la justicia”, luego comenzó a morir el comisario (momento en que todos aplaudían con gran entusiasmo) y ahora, en las últimas representaciones, ha aparecido un nuevo final: el comisario, herido, se levanta, se arranca la capa y la espada y la tira lejos y dice “estoy arrepentido de hacer injusticias... ¡desde ahora peliaré al lado del pueblo!”...

También ha habido sábados en que se mezcló el “como sí” teatral con la vida real. Juan Moreira (con las ropas gauchas) aparecía corriendo en la Peña diciendo: “He venido a la mentada peña de Gardel para refugiarme, pues estoy herido y me persigue la partida”... Luego llegaba el “comesario” con los milicos y se armaba el gran despelote pues todos lo defendían a Moreira.

Otro tema que apareció varias veces (es bastante imprevisible qué escena se representará) es Moreira enfermo. Una de las veces Moreira escuchaba voces que lo insultaban y además sentía mucha tristeza. El amigo (Julián Andrade) lo llevaba a la ciudad donde un médico le daba pastillas, le decía que estaba perdido y finalmente le aplicaba un electroshock (esta escena se debió hacer con mucha cautela). Moreira seguía igual y cada vez más entristecido. En este momento la madre de Moreira, aconsejada por los vecinos, lo llevaba a lo de un paisano viejo que sabe mucho de la vida, llamado Pancho Sierra. En la entrevista, Pancho Sierra le pone una mano en el hombro de Moreira y le dice: “Vos estás triste porque has perdido la esperanza... y oís voces porque tu alma está sola, tenés enferma el alma y no el cuerpo”... Esta reubicación de la enfermedad como un problema del self (del alma) y por lo tanto del destino, conecta al pobre, al marginado con su identidad que es – precisamente – lo que niega el Sistema.

El ritmo de la representación (el “tempo”) debe ser intenso al principio, en las primeras representaciones, para que se estructure bien la consigna del “como sí” teatral (“la lectura” como representación). Sólo meses después puede bajar el “tempo” maníaco y puede comenzarse la tarea de la elaboración grupal a través de la dramatización.

Otra observación que podemos hacer de nuestra experiencia teatral- psicodramática es que el modelo teatral, es decir que se lo plantea inicialmente como arte y no como terapia, permite al paciente algo muy importante, que es regular el grado de identificación con lo representado según el monto de ansiedad que le despierte. Esto es, considerarlo cosa ajena o cosa propia. Por ejemplo, cuando representamos el electroshock que le hacen a Juan Moreira (cuando él oía voces), el monto de angustia que provocaba en cada uno estaba regulado por cada espectador, gracias a esta doble posibilidad.

En realidad a toda la Peña se la puede considerar una gran representación, algo emparentado con el “Living Theatre” (Teatro de la Vida) americano, pues es una isla donde también se está “representando” el hospital futuro.

Actualmente hemos comenzado en el grupo de teatro con un planteo distinto: trabajar a partir de máscaras. Con grandes cajas de cartón hemos hecho cuatro mascarones, con pintura y recortando el cartón logramos cuatro personajes que, con la mímica del dibujo, determinan al hombre triste (el melancólico), al hombre alegre (el maníaco), al hombre distraído (el esquizo) y al hombre desconfiado (el paranoide). A partir del personaje se deben improvisar escenas y van haciendo uso del mascarón sucesivamente todos los que quieren representar. Con esto estamos intentando elaborar los problemas de interacción entre los compañeros internados (y también entre nosotros, los de afuera) basándonos en los problemas comunicacionales de las distintas estrategias de interacción que definen al tipo de perturbación (retraído, expansivo, autista, fóbico, etc.).

Para crear condicionas más favorables para las representaciones teatrales, se utilizó el festejo del Carnaval (se realizaron bailes de disfraces durante los dos años). El Carnaval fue el momento del año donde el pueblo podía desarrollar su ingenio creador, su imaginación. Decimos “fue” porque la sociedad de masas propone la creación como obra de especialistas, que controlan el sistema masivo de informaciones (TV, revistas, etc.). En un ejemplo particular podemos ver como la televisión, con su alimento ya masticado, ha igualado, masificado, el sentido del humor, los juegos grupales y todas las formas de creación popular que antes iban de abajo (los barrios) hacia arriba. Antes existía la creación folklórica, anónima y grupal, ahora debido a los canales masivos (especialmente la siniestra TV) es posible desde arriba un mensaje único, creado por pocos especialistas y utilizado para la manipulación del pueblo. (Especialmente en el sentido de la orientación hacia el consumo masivo).

Para mí, este proceso de favorecer la actitud pasiva, sólo receptora y consumidora, del pueblo, del pueblo, es lo que ha “matado” los canales creadoras desde las bases. Y entre estos canales creativos estaba la costumbre del carnaval, la propuesta de que durante cinco días se realice una especie de gigantesco psicodrama comunitario donde los que quieran, puedan actuar sus fantasías de identidad, lo que, para nosotros, es de gran capacidad terapéutica. En otros países latinoamericanos con mayor identidad nacional, los carnavales son una verdadera fiesta nacional que permite unificar el folklore del canto, del baile, de la pintura y del teatro. Los carnavales de Oruro en Bolivia, el carnaval “da rúa” (de la calle) en Brasil y los carnavales de “Las Calaveras” en México son ejemplo de esto...

Actualmente, en un país sobre desarrollado tecnológicamente como Estados Unidos, la juventud en su deseo desesperado de huir de la propuesta “robotizante” de sus padres, desarrolló con el movimiento hippie la propuesta irracional. Las ropas bizarras, “los viajes” internos a la locura con la droga y el rechazo de la tecnificación. Para mí, esto muestra la capacidad de toda la creación folklórica popular (aún la más desesperada como la “hippie- pesada”) de oponerse al sistema de manipulación de la sociedad de consumo. Y es eficiente para destruir los rígidos moldes adaptativos del sistema de poder, por lo que tienen de irracionalidad, de capacidad creativa; son expresiones emotivas que expresan la contradicción de lo humano, que incorporan lo negado por el sistema tecnológico, el amor, la muerte, la locura y también la esperanza de un mundo mejor. Toda contracultura que se oponga a la “cultura de sometimiento” tiene elementos revolucionarios y si constituye una expresión popular es una etapa en el proceso de liberación.

El grupo de teatro de la Peña tuvo relaciones con conjuntos teatrales de Buenos Aires. Especialmente estrechas fueron con dos grupos que están en los extremos de la gama del mundo teatral porteño. El grupo de teatro de Juan Carlos Gené, teatro de vanguardia comprometido en el proceso de liberación, que utiliza el teatro como mensaje de cambio e incorpora las corrientes de teatro más modernas del teatro mundial. El otro grupo que está en el otro extremo es la compañía de radioteatro popular de Héctor Miranda y el Negro Faustino, que recorre las zonas rurales con un viejo colectivo representando obras gauchescas en los pueblos (la última es “La Pasión de Juan Moreira”). Miranda, junto con unas pocas compañías de radioteatro, son los últimos representantes de una valiosa línea de teatro criollo, la del teatro de circo de os Hermanos Podestá. Héctor Miranda vino con su compañía de teatro a la Peña y nos representó con todos los trajes gauchos, en el ruedo de la Peña, “La Pasión de Juan Moreira”. Luego de la función, fue muy emocionante el abrazo que se dieron frente a la comunidad, el Moreira de afuera (Héctor Miranda), con el Moreira de adentro (a cargo siempre del compañero de adentro, Rafael Rodríguez), en un instante los dos mundos, el de afuera y el de adentro, se unieron a través del mito matrero.
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