Psicoterapia del oprimido




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Cooperativa de Trabajo

La cooperativa de trabajo fue creada por Raúl Abulafia y Héctor Méndez, con Carlos y Laura Soubite, Ramón Fernández, y funcionó un poco más de un año. Luego fue imposible continuar las tareas pues nos desalojaron del local cerrado que habíamos ocupado, sin que pudiéramos ocupar desde entonces ningún otro lugar techado.

Comenzó con pequeñas artesanías “hippoides”, anillos, collares, en alambre y cuero para después venderlos sin apelar a la “compra - caritativa” que considerábamos humillante.

A los cuatro meses de comenzada, la comunidad se consiguió la contratación con la fábrica “Elastar” de guantes de Avellaneda, del arreglo de guantes fallados de cirugía que luego de arreglarse se vendían para otros usos. Se organizaron grandes mesadas donde trabajaron todas las tardes alrededor de diez compañeros (que rotaban). Se tomaba mate y se escuchaba la radio como en condiciones normales de cualquier “tallercito” suburbano. En ocho meses se arreglaron 28000 guantes y los compañeros cobraron el total de lo pagado por “Elastar” (aproximadamente $180000) que se distribuían los mismos compañeros, de acuerdo a las horas trabajadas de cada uno.

Dentro de la concepción de la Psiquiatría Popular, el trabajo remunerado es clave para la reintegración social y para reparar el sentimiento de dignidad e identidad personal. Aclaramos que no estamos hablando del trabajo alienado y embrutecedor o de las usuales “cuadrillas” de explotación en los hospicios de hombres, sino de una tarea grupal, que además sea, dentro de las posibilidades del sistema externo de producción, lo más creador posible. Cuando fuimos desalojados del lugar cubierto, la cooperativa de trabajo estaba por iniciar la fabricación de carteras de cuero, con diseños artesanales (ya teníamos abrochadora, cortadora, etc.), para poder salir de la tarea monótona del arreglo de guantes.

Respecto al dinero, podemos decir que, a veces, unos pesos en el bolsillo permitían dar “el salto” a la comunidad después del alta médica, pues ésta de nada sirve si no se puede sobrevivir afuera hasta que se consigue trabajo.

En el hospicio volver a vivir a veces se llama: “diez mil mangos”... (pensión y algo de comida para la “primera semana”).

Un viejo proyecto en Cooperativa es poder organizar una pequeña “empresa de pinturas y reparaciones” que, construida por los compañeros que están por salir de alta, contrate reparaciones de albañilería y pintura afuera (o adentro) del hospital. Se realizó un ensayo piloto y entre dos compañeros pintaron una vivienda en quince días cobrando por la jornada lo mismo que establece el gremio. De todos modos, junto con la actividad sexual (la reinserción marital), la tarea remunerada (la reinserción profesional) es lo más difícil de solucionar desde una experiencia como la Peña, pues no se maneja todo el sistema hospitalario.

Tenemos pensado planes que resolverían más a fondo los dos temas, aunque debemos aceptar que en el sistema social actual estos dos problemas (poder casarse y tener trabajo) no están resueltos tampoco afuera del hospital (con violencia y frustración sexual y un millón de desocupados).

UNIVERSIDAD OBRERA

Fue organizada por Ramón Vera, Noemí Matucci, Susana Barbera, Mirta, Luigi, Cristina, María Esther y otros.

La tarea básica de la Universidad Obrera dentro de la comunidad, además del rescate de algunas formas de cultura popular era alfabetizar a los compañeros que no sabían leer ni escribir, y enseñar los temas que deseaban aprender (geografía, anatomía, guitarra, etc.).

El lema: “cada cual enseña a los demás lo que sabe” exigía que fuese profesor el que más sabía sobre el tema tratado. (Cuando, por ejemplo, en el curso de geografía argentina, se explicaba los datos generales (población, economía, etc.) de Santiago del Estero, era profesor el compañero de afuera, pero cuando se explicaba como se trabajaba en los quebrachales de Santiago, era profesor el compañero de adentro santiagueño (“alpargatas sí, libros sí”).

En un sistema donde toda información está negada y, por lo tanto, se aumenta el aislamiento, como el hospicio, cualquier información sobre ubicaciones espaciales, su propio cuerpo, sus derechos legales, etc. actúa disminuyendo el aislamiento y la ansiedad. Nuestra hipótesis de trabajo fue que la información elimina, en gran parte, la necesidad del delirio una vez que se ha aumentado la participación grupal y se ha disminuido el aislamiento.

Se intentaba a veces, partiendo de lo geográfico personal, conectarse con lo histórico personal. Esto es: se colgaba un gran mapa de la República Argentina (de 2.50 m.) que contenía hasta el último pueblito rural, y se pedía al compañero que ubicara donde había nacido (se clavaba un alfiler) y, a partir de que el compañero relataba donde había nacido se trataba de que aparezca el cuándo y por consiguiente aparecían los recuerdos de antes y afuera. Esto parece fácil de lograr pero, en realidad es penosísimo si tenemos en cuenta que el pasado de cada compañero está negado, olvidado y deformado, hecho que, por otra parte, no le permite encarar su nuevo medio y luego organizar un proyecto de futuro. De allí la importancia de lograr que cuente “de su vida de antes” y de su infancia “allá en el pueblo”.

Como el relato de cada uno, especialmente en los co- provincianos, reafirmaba el relato de otro, también se creaban lazos en el “aquí y ahora” basados en el “allá y entonces”. Lazos que combatían el aislamiento manicomial.

Pero además, a veces, traían el núcleo dramático de la enfermedad, que producía intercambio pero además confrontación; una confrontación dolorosa que podía llevarse al grupo de mateada.
Había un momento de afirmación:

“... “Allá yo tenía un patrón muy bueno...”

“... “mi mamá era una santa... siempre me cuidaba”

“... “mi papá era muy rico...”

Otro de confrontación:

“... “ese era un hijo de puta!...”

“... “andá a cagar... que vas a ser vos!...”

o repuestas tangenciales, en forma de canto, que descalificaban el relato del compañero.

Y un momento de síntesis reparatoria del grupo:

“...dónde era que vivías?...”

“...cómo te ayudaban?...”

El grupo armaba, finalmente, una geografía y una historia más verídicas y el recuerdo que aparecía entonces era un recuerdo de verdad:

“...Yo no era feliz...”

“...mi viejo estaba muy enfermo... me pegaba mucho...”.
Cuando impartir información es un tema grupal, ésta puede llegar a actuar como rectificación terapéutica por la confrontación a la que se ven sujetos los aportes de cada persona.

Le dimos importancia especial al estudio del plano de la ciudad de Buenos Aires a fin de infundirles más seguridad para viajar o movilizarse cuando salieran. Otras tareas cumplidas por el grupo de Universidad fueron mesas de dibujo y pintura, cerámica (del tipo de la alfarería norteña) y se hicieron dibujos colectivos en grandes tamaños. Además, el grupo se encargaba del “Diario Mural de la Peña” con noticias, escritos, etc. y el compañero Carlos de Sica realizó una película (en súper 8, sonora) de 50 minutos de duración sobre las actividades de la Comunidad “Peña Carlos Gardel”.

COMPAÑEROS DE ADENTRO Y DE AFUERA

DE LA PEÑA “CARLOS GARDEL”

Osvaldo García, Héctor Borges, Ana Vulcano, Aurelio Villagra, Ramón Lescano, Luis Quiroga, Héctor Artigas, Ronald Heyter, Moisés Golberg, Said Yaffar, Osvaldo Spina, Horacio Jorgensen, Juan M. Costa, Armando L. Sangunetti, Jordan Genta, José Miguez, Vicente D’Aguano, José Borda, Roberto Figari, José Caruso, Ramón Fernández, Latino Pugliese, Indalecio Gómez, Omar Alonso, Oscar Sule, Raúl H. Alejandro, Angel Cotaro, Alfredo Morelli, Angel Anchart, Armando Marino, Miguel Angel Killer, Roberto Di Santi, José Avellaneda, Antonio Sosa, José L. Miranda, Héctor Espada, Juan Nadal, José Contreras, Rafael Luna, Vicente Ambrosiano (siguen más compañeros…).

Equipo Organizador (formado por compañeros de adentro y de afuera)
Ernesto Iriarte, Graciela Hericourt, Jorge Bonay, selva Moretto, Luis Salvatore, Roberto L. Alanis, Raúl Abulafia, Silvia Phan, Andrés Navarro, Alfredo Moffatt, Alicia Kelsey, Basilio Benítez, Miriam Lahusem, Rafael Rodríguez, Miguel A. Rojas, Carlos Sica, Elda L. Peralta, Graciela Cohen, Miguelina M. De Diez, Antonio López, Carlos Rafaeli, Evelyn Rodríguez, Mónica Sánchez, Ana María Benítez, Andrés Schiaffino, Ofelia Katz, Mirta Paino, Acebo Alberto Esteban; Bok Cora, Durante María Rosa, Kestelboim Renata, Kleiman Mónica, Lapachian Beatriz, Méndez Héctor Oscar; Mandelbaum Fanny, Skoop Clara, Sztoch Luis, Vera Ramón, Vranjes Rosa María, Zadjman Raúl.

Conclusiones

PROPUESTA DE UNA PSIQUIATRÍA POPULAR
Extensión del modelo teórico de la Peña
Para hablar de una propuesta de Psiquiatría Popular, que resuelva todas las áreas de atención psiquiátrica, debemos recurrir a las conclusiones obtenidas por otras experiencias realizadas en el país que tuvieron un planteo similar al nuestro.

La Comunidad de la Peña tiene dos limitaciones impuestas por su modo de inserción en la institución, pues no se le asigna un área propia y por lo tanto no puede organizar una verdadera cooperativa de trabajo durante la semana y, por otro lado, es un sub- sistema que está incluido conflictivamente en un sistema mayor. Dicho en otras palabras, no controla toda la estructura de la vida cotidiana del paciente, el régimen de altas, etc.

Pero de todos modos han existido experiencias complementarias para testimoniar que es posible la organización del trabajo productivo durante la semana y nos basaremos en la eficiencia laboral que se obtuvo durante las tareas del “Equipo de Construcción” que funcionó durante nueve meses en el mismo Hospital Borda y concretó una serie de construcciones en albañilería. Esta demostración de que es posible, con el mismo planteo de Psiquiatría Popular, llega a la tarea productiva durante la semana, la hemos analizado en detalle en el Capítulo Sexto, y a éste remitimos al lector para mayores detalles.

El equipo de construcción es una experiencia complementaria de la Peña, pues si la Peña opera fundamentalmente a nivel de la reintegración social del compañero internado (debido a que se deben concentrar todas las tareas en el fin de semana), la otra experiencia demuestra la capacidad de reintegración laboral del compañero internado durante la semana.

Respecto a la otra limitación, la de ser un sub- sistema incluido en el hospital, sería posible presentar la objeción de que el planteo de Psiquiatría Popular, donde el paciente no es autoritariamente gobernado, es sólo posible en un grupo reducido y que a todo el hospital es imposible organizarlo con la participación directa del internado.

Para contestar esta posible objeción, nos basaremos en las dos experiencias donde el paciente intervino activamente en la organización de la comunidad, que demostraron el nivel de responsabilidad que pudo asumir, y cómo el clima social de libertad permitía una movilización de los conflictos psicológicos su operación terapéutica y un alto nivel de reintegración a la comunidad. Nos referimos a las dos últimas experiencias de Comunidad de Terapéutica en el país: “Colonia Federal” dirigida por Raúl Camino y el “Centro Piloto del Hospital Estévez” dirigido por Wilbur R. Grimson.

De todos modos, el nuestro es sólo un camino posible, dentro de las alternativas de cambio; existen otros grupos que están luchando también por un cambio en este terreno de la represión mental y surgirán otras propuestas que también señalarán puntas a seguir.
Proyectos

Hablaremos ahora de nuestros proyectos, de una problemática en la que todavía no hemos realizado experiencias concretas, pero pensamos hacerlo apenas tengamos circunstancias favorables. Nos referimos a los niveles de prevención de la enfermedad mental (prevención primaria) y a los niveles menos graves que podríamos llamar “niveles neuróticos” (aunque pensamos que esta entidad diagnóstica está demasiado ligada a la cultura pequeño burguesa).

Las técnicas operativas extraídas de las modalidades comunitarias populares de nuestra comunidad pueden ser llevadas fuera del Hospital a la calle, a la comunidad. Será necesario ajustar circunstancias menores, pero pensamos que la línea general puede ser utilizable.

Respecto a la prevención pensamos en una “Peña Volante” que puede ser llevada a las Sociedades de Fomento barriales, o a los pequeños pueblos de zonas rurales. En esta peña volante se incluirían grupos de mateadas y breves representaciones teatrales, de modo de intentar con esto elaborar de alguna manera el conflicto específico de la institución del barrio o del pequeño pueblo; este conflicto puede ser la desocupación, el aumento de la delincuencia, el conflicto generacional, etc. La atmósfera de fiesta que crea la estructura peñera permite que los sub- grupos disminuyan las prevenciones paranoides y aumente, con ello, la comunicación grupal. Un grupo que, con la excusa de matear, se reúna a charlar, crea un foco de detección y elaboración del conflicto grupal (cuál es el problema coyuntural de esa pequeña comunidad). Los emergentes de este grupo de mateada darían elementos para el grupo de teatro que, con la técnica de Teatro- Psicodrama intenta explicitar el conflicto y hacer que surjan soluciones.

En Nueva York, he intervenido durante mi residencia en el Maimonides Hospital, en el proyecto de lo que ellos llaman “Street Clinic” o sea la “Clínica de la Calle”. Allá actualmente el grueso de los esfuerzos de atención en salud mental están volcados fuera del hospital (tal vez porque, realmente toda Nueva York es ya un enorme manicomio). El deterioro de los vínculos comunitarios y barriales, por la drogadicción y la violencia racial, hace que los americanos hayan desarrollado una extensa teoría sobre la “psiquiatría volante” y lo que ellos llaman “crisis intervention” o sea la terapia en el instante de la crisis psicótica (o neurótica grave) que se realiza fuera del consultorio o del hospital, en la casa del paciente, con inclusión del grupo familiar o directamente en la calle, especialmente en casos de suicidas.

En el Central Park (el “Palermo de Nueva York”) la nueva generación se reúne y hace enormes reuniones, donde se baila, se come, se canta, y además, se hacen breves representaciones de teatro (en general atacan al sistema tecnológico y a las guerras de expansión imperialista). Son verdaderas “comunidades terapéuticas” que duran sábado y domingo y se desarrollan a través de todo el verano.

Volviendo a nuestra problemática vamos a exponer brevemente dos proyectos que hemos elaborado, uno de ellos realizable si se consiguen ciertos elementos (lugar adecuado, algunos muebles, etc.), y el otro solo realizable si se cambia toda la estructura hospitalaria. El primero es algo así como una “Clínica- Popular”. Una comunidad donde veinte o treinta personas afectadas por problemas mentales puedan convivir organizadas en comunidad, donde los gastos sean mínimos y compartidos. Existen modelos populares criollos para la convivencia que se pueden organizar a muy bajo costo, algo así como un gran galpón compartimentado parcialmente, con una larga mesa de cocina, etc. Sería una alternativa actualmente inexistente entre el Hospicio y la Clínica privada.

El segundo proyecto se refiere a la organización del hospital entero como Cooperativa de Producción para que los pacientes, en la medida de sus posibilidades, no pierdan la posibilidad de trabajar, de abandonar el ocio forzado que lleva a la sensación de inexistencia. La tarea, cuando no es alienada, embrutecedora o monótona, es lo que nos organiza nuestra percepción de la realidad, nuestro ciclo semanal y es, incluso, nuestro principal canal creativo. El tipo de tarea no podrá ser cualquiera, deberá estudiarse la producción de objetos que permitan un sentimiento de creación y, al mismo tiempo, tenga valor social para su comercialización. Hemos pensado en una fábrica de juguetes, con nivel de producción industrial o también la fabricación de calzado, o cría pollos, etc. Las distintas partes de la tarea podrán servir para estructurar los distintos momentos del proceso terapéutico (por ejemplo: los que están por salir de alta son los que actuarán de corredores para colocar la producción, de modo de facilitar su posterior adaptación afuera del hospital).

Esta estructura de comunidad organizaría no sólo la semana, pues el sábado y domingo serían destinados a actividades de tiempo libre, sino que también se volvería a dar sentido al ciclo diario, debido que a las cinco o seis de la tarde al terminar la labor productiva, se establecerían cursos de aprendizaje para quienes lo desearan. También, contando con dinero propio, el compañero internado podrá salir del hospital a pasear o ir al cine, etc.

Para el momento agudo de la enfermedad o en las nuevas crisis, la tarea de producción deja lugar a la tarea psicoterapéutica específica. De todos modos deben estudiarse las circunstancias para que cualquier tarea en el “Hospital- Cooperativa”, aunque aparentemente sea sólo manual, tenga sentido de reintegración psicológica y comunitaria.

Los proyectos que hemos relatado, algunos realizables inmediatamente (la “Peña- Volante”) otros más difíciles por los medios iniciales necesarios (como la “Clínica- Popular) y el último que necesita un cambio de toda la concepción hospitalaria (el “Hospital- Cooperativa”) vemos que corresponden a los niveles de prevención primaria, secundaria y terciaria en nuestra propuesta de una psiquiatría popular.

Aunque estos cambios son difíciles, sabemos que no estamos solos en la lucha por la dignificación, y la liberación de nuestro pueblo y con esto llegamos al final del libro; ya hemos dicho todo lo que pensábamos que debíamos decir, esperamos haber contribuido para que se abra una nueva etapa en la que, con todos los que están trabajando para combatir la represión mental, especialmente en sus formas más brutales, podamos dar al pueblo una alternativa de terapia desde su estilo y proyecto de vida, que lo ayude en su lucha y no que lo termine de reventar.

Primera edición año 1974 y luego seis ediciones en castellano y siete ediciones en portugués.
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