Psicoterapia del oprimido




descargar 0.58 Mb.
títuloPsicoterapia del oprimido
página5/19
fecha de publicación27.01.2016
tamaño0.58 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Historia > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19

PSICOFÁRMACOS

La generación de psiquiatras siguiente a Betta incorpora al el electroshock el uso de un nuevo elemento químico: los psicofármacos.

Los psicofármacos no constituyen una terapia en sí mismos, sólo permite la re- conexión del paciente para facilitar una terapia de elaboración del conflicto. Tiene efectos completamente distintos según las dosis suministradas. Si ésta sobrepasa la dosis óptima el efecto puede ser contrario y puede psicotizar más al paciente por el sentimiento de extrañamiento de su propio cuerpo producido por la droga (por los llamados efectos secundarios).

Los hábitos farmacológicos de la psiquiatría argentina (especialmente en los hospicios) están aferrados a una irracional elevación de las dosis recomendadas por los propios laboratorios productores de la droga. Criterio que, al no tener motivaciones científicas, hace suponer motivaciones extra científicas, tales como la represión y castigo de la desadaptación.

Los psicofármacos son actualmente el principal instrumento psicoterapéutico en los hospicios (y también en las clínicas privadas). Al ser utilizados en dosificaciones mayores que las recomendadas, sirven fundamentalmente como “chalecos químicos” para el paciente. Es una técnica pulcra, sin la imagen de violencia física que tiene el colocar el chaleco, dar una ducha fría o las convulsiones propias del electroshock. La violencia viene después de ingerirla; sólo después, cuando el paciente lo siente dentro de su cuerpo, actúa ésta desesperante violencia que se ejerce desde lo interno de su persona. Siente espasmos musculares, contracciones, apatía, desorientación, pueden adquirir también temblores involuntarios, ardor estomacal, sequedad en la boca, náuseas, visión borrosa, calambres, etc., todo dependerá de su tolerancia y de la dosis.

Analizaremos algunos en particular.
Ampliactil Cloropromacina

Es el más utilizado por amplio margen y fundamentalmente es un “adaptador social” pues produce un estado de tranquilización por reducción de la acción motora, apatía, desconexión afectiva y despreocupación. Llama la atención el efecto sobre la pérdida de aprensión, el retardo de las percepciones, la indiferencia a los estímulos sensoriales y, en suma, la falta de interés por el ambiente. Es una droga ya abandonada en otros países, pues tiene efectos indeseables muy mezclados con el efecto terapéutico sintomático. (Existen actualmente drogas equivalentes más flexibles, por ejemplo: Stelazine).
Trastornos neurológicos que produce (Efectos secundarios)

Estos aumentan al aumentar la dosis, y son: somnolencia, depresión psíquica, desorientación, fatiga, confusión, y hasta estado de coma si se lo asocia con barbitúricos. Produce también trastornos llamados “pseudo- parkinsonianos”, porque hacen acordar a los caracteres de la enfermedad de Parkinson (rigidez del cuerpo y movimiento involuntario de las manos) distonías, tortícolis, curvatura del tronco o rotación de los ojos hacia arriba, o espasmos en la lengua, etc.

La dosis en los hospicios legan a alcanzar entre 1000 Mg. Y 2000Mg. Diarios de Ampliactil, siendo esto aproximadamente cuatro o cinco veces la dosis aconsejada, que es de 100 a 400 Mg. Diarios. También las dosis de mantenimiento están aumentadas.
Halopidol

Tiene efectos similares al Ampliactil, y provoca el mismo tipo de trastornos adversos. Es el psicofármaco de elección para engañar al paciente cuando es llevado de su casa al hospital psiquiátrico, debido a que no posee olor, sabor ni color.
Artane (Tri- hexifenidil)

Dado que los psicofármacos más usados traen como trastorno más evidente y anti funcional (en dosis masivas) la rigidez corporal, el temblor de extremidades y los espasmos de torsión, se recurre al uso de drogas antiparkinsonianas. Pero, a su vez, esta droga trae nuevos trastornos secundarios: mareos, visión borrosa, nauseas, ardor y dolor al orinar y, lo que es más importante, puede traer excitación psíquica y alucinaciones.

Como contraindicaciones se recomienda evitar se recomienda evitar su empleo en hipertrofia de próstata, glaucoma, y en sujetos afectados de psicosis.

Si ahora establecemos ciertas relaciones entre las características que se le asignan a los internados en hospitales psiquiátricos y las características de los efectos secundarios de los principales psicofármacos, vemos que muchas veces coinciden, “falta de interés por el ambiente”, “desconexión afectiva”, “disminución de la actividad motora”, “desorientación”, etc. De modo que si opera la técnica del aumento de la dosis, no sólo en el período de impregnación sino también en el largo período con dosis de mantenimiento, el paciente va a presentar paradójicamente los mismos síntomas de la enfermedad que produjo su internación, pero esta vez provocados por la droga que pretende curarlo. Esta convergencia de síntoma y efecto secundario es a consecuencia de que no se utiliza el fármaco como puente que facilite la verdadera terapia son como adaptador social forzado, es decir como “chaleco químico”, para lograr, lo cual sí es indicado e imprescindible, aumentar considerablemente la dosis óptima.

Por lo tanto vemos que también en los criterios farmacológicos se utiliza la misma filosofía “terapéutica” que en las demás condiciones institucionales del hospicio: todo conduce a perpetuar las condiciones de alienación y por lo tanto a la cronificación.

Respecto a la droga ARTANE que evita los trastornos pseudo parkinsonianos, en la impregnación con Ampliactil o Stelazine, sacamos en conclusión, tomando en cuanta las contra indicaciones (contra indicado en psicosis), que para “tapar un agujero se termina haciendo otro mayor”. Debido a que es muy usual en el hospicio utilizar el Artane neutralizar los efectos secundarios del Ampliactil o del Stelazine, y ante el hecho absurdo de utilizar en psicóticos una droga psicotizante (el Artane) hemos consultado a los Laboratorios Smith & Kline y estos consideran errónea la utilización de Stelazine (de la familia química del Ampliactil) con Artane y han aconsejado para el Stelazine que frente al surgimiento de fenómenos extra piramidales (Parkinsonismo) descender la dosis hasta el umbral óptimo para el paciente, que siempre es una dosis sub- parkinsoniana.

El sentido de este análisis de la técnica farmacológica de los psiquiatras manicomiales es mostrar que su actitud represiva les lleva incluso a cometer errores técnicos, en el uso de su principal “armamento” terapéutico, los psicofármacos.

ROL DEL PSIQUIATRA

El psiquiatra, en la mayoría de los casos, actúa dentro de un triángulo, del cual él ocupa uno de los vértices y en los otros dos están colocados el paciente en uno y la familia en el otro. Es el único profesional médico en el que no coincide el paciente con el cliente. Su cliente, quien lo consulta y le paga, es la familia y a quien tiene que curar es al paciente, al elegido como “loco” por el grupo familiar. Además, lo esencial en esta institución triangular es que, en última instancia, lo que subyace en la consulta de la familia es el pedido de segregación del miembro percibido como “loco”. Esto, dicho de otra manera, es: “le pagan para que le saquen el loco de encima”. Es decir, le proponen el rol de algo así como un verdugo- científico que, a través del inapelable “diagnóstico”, legaliza la segregación familiar y social y su encerramiento. Esta delegación de una tarea (la segregación) percibida con culpa por el grupo familiar, lo induce a tomar una actitud ambivalente hacia el psiquiatra, pues éste cobra sus honorarios por realizarla. En general, es una situación triangular que tiende a destruirse una vez encerrado el paciente, pues la familia segrega entonces al médico, porque “quiere lavarse las manos” de lo que él hizo y, a su vez, el psiquiatra deja de atender al paciente pues no existe quien le pague sus honorarios. De modo que terminan los tres vértices aislados entre sí. Sólo en el caso del encierro en un hospicio, algún miembro de la familia se hace cargo de mantener un muy débil vínculo que evite al grupo familiar la culpa de un abandono total.

Por el proceso analizado anteriormente, la tarea realmente terapéutica del médico psiquiatra en el caso de psicosis en nuestro sistema económico es muy problemática y termina ganando parte de sus honorarios con los “certificados de internación” (que sabemos que, siniestramente se parecen mucho a los “certificados de defunción”).

El análisis anterior no se cumple, naturalmente, en el caso de pacientes de nivel neurótico que, perteneciendo a la burguesía, tengan forma de pagar por sí mismos su tratamiento o, la otra categoría de “brotes psicóticos con respaldo económico” que, si se resuelven en relativo poco tiempo no producen segregación permanente.

Donde se aprecia la injusticia de nuestro sistema económico es en que, a igual tipo de síntomas, a igual grado de perturbación mental, en las clases altas se conduce a un tratamiento corto con reintegración social (siempre que no exista alguna razón dolorosa para lo contrario, por ejemplo una herencia), y en la clase obrera, el mismo caso de delirio lleva a un destino de aniquilación. Se produce parecida situación que en los delitos: el que roba para comer va preso y el que roba muchos millones es un respetable y poderoso caballero, que se aleja por un tiempo a Europa.

Pasemos ahora a analizar otra de las formas de descalificación, de humillación, para los sectores populares y también dentro de los hospicios, y que es las actividades de las “damas e instituciones de beneficencia” (y de “asistencia social”). Debido a que el grado de desposeimiento que existe en los manicomios es tal que no se puede rechazar la “ayuda caritativa” (ropa vieja, comida, etc.) hasta el paciente más orgulloso debe humillarse y aceptar lo que, por otra parte, tendría derecho a tener.

La capacidad degradatoria de la beneficencia está determinado por lo paradójico de su pretensión es el que “el que te hace bien es el que te humilla, porque el obligarte a tomar, perpetúa tu desposesión”.

Además, en los hospitales mentales sucede igual que afuera: el patrón es el que empobrece y explota y su esposa es la “Dama de Beneficencia” que otorga la migaja que se debe agradecer solícitamente. Las sociedades de “ayuda” al enfermo mental (al “enfermito”) están siempre construidas por las esposas de los médicos. Para analizar en detalle la ideología de la beneficencia, vamos a tomar un libro muy representativo de la visión prejuiciosa, casi racista, que la burguesía ha tenido y todavía conserva sobre la clase obrera; su concepción sobre “los pobres”. Este libro es “El Visitador del Pobre” de Concepción Arenal y está dedicado a las hijas de San Vicente de Paul (editado por: Difusión, Bs. As. , 1944).

Vamos a ir transcribiendo párrafos para que el lector acceda a partes del documento que nos parecieron más representativas. Sólo adelantaremos que el planteo del libro conduce a una relación basada en pequeñas dádivas que se establece con “el pobre”, al cual se lo percibe bajo una luz francamente prejuiciosa, como una persona casi de raza inferior, grosera y con mentalidad de niño. Como precio a retribuir por “el pobre” se exige que siga los consejos que lo enmienden de sus vicios y de su mugre pero, por sobre todo, que abandone su irreligiosidad y salga del “fango de los goces brutales”. El esquema es: limosna por restricción de libertad y aceptación de la descalificación de que lo hace objeto “su bienhechora”.

Como no utiliza la violencia (como, por ejemplo, es el caso de la psiquiatría) la podemos calificar como forma de “descalificación benévola” de la clase obrera, por parte de la burguesía.

Comienza hablando de “Nuestro exterior al visitar al pobre”: “Si acostumbramos al lujo, nos parece demasiado penoso vestir pobremente, busquemos si quiera para ir a visitar al pobre nuestro traje más modesto, más oscuro; negro si es posible. Estas precauciones materiales importan más de lo que se piensa, nuestros consejos, nuestros cargos o reprimendas pueden perder toda su eficacia. El pobre es muy material, ya sabe que tenemos comodidades, lujo y riquezas, pero mientras no las vea no le exasperan”.

“El pobre es como un niño”, dicen las Hermanas de San Vicente de Paul, “se los debe guiar y reprender pero no con violencia, sino con buenos consejos y, cuando es necesario, retirarle nuestra ayuda para que se enmiende de los vicios, a veces aberrantes, a que los conduce su propensión al abandono”...

La beneficencia viene a consagrar los dos roles: los ricos y los pobres, y cumple dos funciones en el Sistema del Poder; al rico le permite disminuir su sentimiento de culpa por la explotación a que se somete al pobre y a éste lo confunde para ubicar quien es el que le quita el producto de su trabajo. Es una situación que la podemos comparar con la de ciertos ladrones bondadosos que, luego de robarnos todo nuestro dinero, nos dan unas monedas para el colectivo.

La diferencia con la dama de beneficencia, es que el acto de entregar la migaja la hace más poderosa a ella y más dependiente, pobre y humilde al que recibe y, además, las palabras de agradecimiento ante el acto “caritativo” que debe necesariamente pronunciar el “pobre” deterioran su interna auto- estima, pues éste es consciente – de una manera u otra – del despojo de su clase.

Evita, desde la Fundación hacía una tarea con sentido opuesto: ella aclaraba que “devolvía al pueblo lo que se le había quitado” y también “se ayudaba a un compañero en desgracia”.

Luego continúa Concepción Arenal describiendo al “pobre”: “Hay en el pobre errores que combatir, faltas que deben corregirse, propósitos de enmienda que animar, dudas que resolver, ignorancias que ilustrar, proyectos que dirigir, temores que desvanecer y, especialmente, la esperanza que debemos custodiar en su corazón tan piadosamente como la caridad en el nuestro”. “Nuestro objeto es inspirar al pobre sentimientos religiosos, moralizarle y sostenerle para buscar alivios a sus males y consolarle en los que no tienen remedio”.

En el párrafo siguiente vamos a ver una de las formas de resolver sus problemas: “Es un error imaginarse que en esas naturalezas groseras no ejercen ninguna influencia las cosas bellas. Pasad con un ramo de flores en la mano por una de esas calles extraviadas, donde a todas horas se hallan niños de todas las edades, con sus cuerpos desnudos expuestos a todas las inclemencias, al mal ejemplo, a las tentaciones y veréis a las groseras criaturas faltas de pan, mirar con ansia vuestro ramillete y acercarse con un pedido... ¿me da una rosa?... ¿me da Ud. un clavel? y, poco a poco, vuestras flores pasaran a las pobres criaturas que las contemplarán y aspirarán su aroma y las llevarán en triunfo, olvidándose por un momento que tienen hambre”.

Aunque actualmente el planteo de la ayuda de caridad no sea tan ingenuo como en el caso de este libro perteneciente a la edad de oro de las damas de beneficencia (en Argentina duró hasta el gobierno del General Perón) y se utilicen frases más actuales, el espíritu es el mismo. Sólo que el prejuicio casi racial hacia el pobre, el cabecita negra, está actualmente disimulado detrás de “comprobaciones sociológicas”.

Terminaremos estas citas del libro de las “Hermanas de la Caridad de San Vicente de Paul” con otro de los temas comunes a las instituciones de control y es impedir la alegría, el placer, (en particular la prohibición de todo lo sexual que pensamos está relacionado con la vinculación de lo genital con la capacidad de violencia, de rebeldía); “Si queremos conseguir que el pobre vicioso se corrija hemos de vigilar cuidadosamente sus diversiones, pues no tiene para distraerse sino goces materiales y groseros que le conducen al vicio”... Y termina cuando habla de las enfermedades de los pobres citando a San Vicente de Paul: “Con frecuencia, Dios manda la enfermedad al cuerpo para curar las del alma” con lo cual encontramos el mismo planteo, casi sádico, que existe en los tratamientos de la locura por medio del dolor y el terror extremos, como la casi asfixia en agua helada, la silla giratoria o el electroshock. Esto, por supuesto, en todas las épocas históricas, para los pacientes pobres de hospitales. Pues para las clases altas se recetaban largos viajes por mar o curas por medio de dulces melodías.

El proceso de degradación y empobrecimiento del sistema de mundo dentro de los hospicios, no es consecuencia del grado de sub- desarrollo de un país. Habiendo realizado un viaje por Latinoamérica para el estudio de las instituciones psiquiátricas con el psiquiatra italiano Franco Basaglia y cumpliendo una beca de investigación en el Brooklyn State Mental Hospital de la ciudad de Nueva York pude comprobar que, aunque revista formas exteriores distintas como así también distintas reglamentaciones y edificación, siempre he encontrado el mismo proceso de cosificación del paciente mental de hospicios del Estado, siempre la misma degradación, el mismo ataque a la identidad personal.

Para tener una idea de las dos modalidades manicomiales extremas, analizaremos el Brooklyn State Mental Hospital, que es el hospicio de la ciudad de Nueva York (el equivalente a nuestro “Vieytes”) comparándolo con los hospicios de Buenos Aires, Río de Janeiro y Asunción en Latinoamérica.

Todos los elementos incluidos en un país súper desarrollado tienen características de riqueza, aún las instituciones dedicadas a los pobres del propio sistema súper tecnológico. En EE.UU. Causa asombro, para un latinoamericano, los objetos que constituyen “la basura”; “los residuos” consisten a veces en automóviles que con pequeñas reparaciones andan, en heladeras casi nuevas con la manija fallada, en juegos de mesas, sillas, alfombras, enteras y utilizables con sólo pasarles un plumero. (Es costumbre de los argentinos en Nueva York, armar sus departamentos con lo que se encuentra tirado en la calle).

En una cultura de derroche exigida por la corriente constante de producción, las instituciones del estado (en nuestro caso los manicomios) pueden tener grandes comodidades materiales, personal, ropa y comida suficiente, pero en el fondo y debido a como se “manipula” al paciente, logran el mismo grado de “cosificación”, de alienación de la población internada. En el caso de mi experiencia en técnicas de rehabilitación (especialmente a través de albañilería y teatro) pude comprobar que, el vínculo que lograba establecer con los pacientes era sólo a través de una especie de mensaje equiparable a una programación de una tarjeta perforada. Aclaro que esto no pasaba con pacientes negros, con los cuales me entendía bastante bien (tal vez de sub- desarrollado a sub- desarrollado). Recuerdo que debía irle dando “instrucciones” casi para cada movimiento y, lo notable era que, si suspendía el mensaje prácticamente se detenían. Esto me trajo la imagen del robot manejado desde lejos. Y, tratando de explicar como llegaban a esta condición, fui observando los métodos de socialización para el norteamericano: la costumbre de “seguir instrucciones” comienza desde el nacimiento, casi con el biberón (que el bebé toma solo) y luego a través de toda su interacción social está como teledirigido. En este sentido es interesante señalar que las pautas de viveza, de habilidad en clase obrera norteamericana, consisten en “cumplir con todo el reglamento exactamente” (“To know how to do your job”) lo cual es la pauta opuesta a la del obrero argentino, para el cuál “ser piola” es, justamente tener la habilidad de burlar el reglamento.

Esto se relaciona con lo fundamental de la personalidad del habitante del país patrón en relación con el habitante del país sirviente. El sistema de poder en EE.UU. es quien les da su alto estándar de vida y se identifican con él y depositan su autonomía en él. En cambio en países colonizados, la “moral del amo” debe ser burlada. Se debe siempre retener una autonomía interna, es decir, se percibe a todo el sistema de poder como explotador, como enemigo que impone reglamentos a los que se debe intentar burlar todo lo posible.

Estas observaciones también me explicaron la actitud del paciente mental argentino. Cuando coordinamos un proyecto similar de albañilería en el hospital Borda (Ex “Vieytes”) la observación que hacía era inversa: debía sólo dar en líneas generales la tarea y luego, cada uno, lo hacía “a su estilo”. Si daba instrucciones precisas no las cumplían y si no continuaba dando indicaciones igual seguían trabajando según su propia idea del asunto. Se percibe aquí un tipo de personalidad cultural con mayor autonomía personal. Sólo agregaremos que esta autonomía crece a la sombra del abandono, de la estructura anómica de nuestros hospicios (en colonias rurales como, por ejemplo, Colonia Oliva, en prov. de Córdoba, llega a ser un abandono casi total). Los internados en manicomios en países súper desarrollados tecnológicamente tienden a ser sobre- controlados, sobre- manipulados; tienden a ser abandonados, pauperizados y, en este caso, el término que proponemos es el de “linyerización”.

Sintetizando diremos que, para nosotros, los hospicios llegan a ser una especie de caricatura del sistema social al que pertenecen: es natural que un país altamente tecnificado lleva al extremo, en su tentativa de controlar la locura, este estilo de vida y “robotice” al disidente mental. En cambio, en los países pobres, dependientes, con una filosofía fatalista, es coherente que, frente al hecho insólito que es la locura, abandone al loco y este llegue a ser casi un mendigo, lo cual es – empleando una comparación – como una caricatura del país pobre.

A este proceso de “linyerización” lo he observado con características extremas en el hospital psiquiátrico público de Asunción del Paraguay que, con cierto sentido de honestidad que a veces nos falta a nosotros se llama “Manicomio Nacional”. La descripción de las condiciones ambientales de esos pacientes es muy difícil por lo extrema; la expresión “nidal de linyeras” puede dar cierta imagen; no existen colchones, en vez de ropa, harapos y se come mazamorra en un tarro de hojalata que cada uno conserva casi como su única propiedad. Si consideramos que el Paraguay es uno de los países más agredidos, explotados y empobrecidos, víctima del imperialismo yanqui y también de las “grandes potencias” latinoamericanas, comprendemos hasta que punto los hospicios pueden ser considerados como indicadores del sistema social.

Otro caso es el súper- manicomio de San Pablo, Brasil, la Colonia “Yuqueri” con catorce mil pacientes, la mayoría de ellos hacinados en patios. Esta tendencia al gigantismo es tan brasileña, que era realmente inevitable que construyeran el hospicio “más grande de América”.

Volviendo a los hospicios estatales norteamericanos (lo de “estatal” o “nacional” es siempre un eufemismo por “psiquiatría- para- pobres”) encontramos que, desde el punto de vista de la psicología institucional, su funcionamiento está organizado desde una estructura de control obsesivo; el espacio y el tiempo dentro de la institución se encuentra reglamentado, dividido en pequeños casilleros, es una red que paraliza todo cambio sin prohibirlo explícitamente y sólo los proyectos de cambios muy pequeños (como ocurre con los pescados) “pasan” la red. Todo esto está muy limpio, pero la sensación que se tiene es de un mundo congelado. El personal hace interminables reuniones (meeting) donde solamente se discute, para su minucioso conocimiento, las eternamente renovadas y perfeccionadas reglamentaciones que rigen todos los aspectos de la vida del internado. A mí me daba la impresión de que los pacientes eran tratados como “paquetes”, como encomiendas a las que continuamente se les cambiaban las etiquetas, los lacrados, se les cambiaba de lugar, pero nunca se “abrían esos paquetes”, nunca se elaboraba la problemática que traía el paciente. Los tratamientos son, allí, sólo orgánicos (en general psicofármacos) y son manejados con “chaleco químico” suave (sin llegar a la sobredosis de la farmacología argentina).

Paradójicamente y a pesar de las condiciones ambientales confortables, el sentido de soledad, de la incomunicación y de abandono psicológico eran superiores, para mí, a la de nuestros pauperizados manicomios, en los cuales y debido a la inexistencia de recursos y de personal suficiente, los internados a veces logran, para resolver sus necesidades, verdaderas comunidades espontáneas que son, según nuestro planteo, altamente terapéuticas pues, aunque empobrecidas, son ejercicio de la autonomía personal que caracteriza a la salud mental.

Para terminar diremos que lo que siempre está presente, independiente del grado de desarrollo tecnológico, es la actitud cosificadora, el proceso de degradación como persona y la segregación en el mundo masivamente empobrecido de estímulos, y que todo esto se cumple especialmente en la psiquiatría destinada a las clases populares.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   19

similar:

Psicoterapia del oprimido icon14. a necessidade da Estética do Oprimido na luta pela Humanização da

Psicoterapia del oprimido iconPostítulo de Psicoterapia Transpersonal

Psicoterapia del oprimido icon1. El problema de la definición de la Psicoterapia

Psicoterapia del oprimido iconManual de psicoterapia cognitiva

Psicoterapia del oprimido iconManual de psicoterapia cognitiva

Psicoterapia del oprimido iconPsicoterapia experiencial y focusing: la aportación de eugene t. Gendlin

Psicoterapia del oprimido iconLa gestión de las tormentas afectivas en la psicoterapia psicoanalítica...

Psicoterapia del oprimido iconRefugio del desdichado, liberación del prisionero, blando regazo...

Psicoterapia del oprimido iconEl pollo (gallus del del Gallus del ) es un tipo de las aves domesticadas...

Psicoterapia del oprimido iconPanaderia y pasteleria para ser excluidos del iva se requiere de...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com