Psicoterapia del oprimido




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Capítulo 3

ESQUEMA HISTORICO CIVILIZACION - BARBARIE
Toda Latinoamérica sufre todavía, a cuatrocientos años del descubrimiento y la conquista, de una situación de oposición y sojuzgamiento entre los europeos “civilizados” y los nativos “bárbaros”. La Argentina sufrió un proceso especial dentro de Latinoamérica, debido a que la población indígena fue en gran parte eliminada y en parte absorbida genéticamente quedando el país (y especialmente Buenos Aires) con una gran proporción de población blanca europea. Esta circunstancia quizás explique, junto con la inicial actitud depredatoria y desarraigada de los conquistadores españoles, la pertinaz adherencia a los modelos culturales europeos. El colonizador español era un aventurero, sin muchos escrúpulos para enriquecerse; su fin no era el afincarse en el Nuevo Mundo, no era una migración de familias, sino alguien que no perdía su marco referencial europeo: venía, robaba, asesinaba, conquistaba y se volvía a España. Santa María de los Buenos Aires era una colonia rodeada de una empalizada que nunca intentó expandirse tierra adentro, asumir la tierra, sino que era fundamentalmente un puerto-colonia para servir como escala de los viajes para llevar el oro y las riquezas del Alto Perú que podían robar a los pueblos americanos; Buenos Aires fue una especie de ”gigantesco barco que encalló en la desembocadura del Río de la Plata”. Una población que miraba a Europa aunque no la veía. Insistimos sobre esta circunstancia inicial, pues consideramos que fue una actitud mental que, aunque vista desde nuestra época parezca ancestral, está de pronto más presente de lo que se puede pensar, pues la inmigración masiva de fines de siglo anterior y comienzos del presente reactivó esta actitud psicológica: fue una inmigración que no perdió en dos generaciones su grupo de referencia europea, que rechazó al interior y creó una ciudad única en el mundo, pues contiene la tercera parte de la población total del país y se encuentra – respecto a su cultura de referencia – en el otro extremo del mundo.

Nuestra hipótesis es que la tercera generación de esa oleada masiva de inmigrantes debe elegir entre seguir viviendo el sueño de sus padres y abuelos de formar ilusoriamente parte del mundo europeo (a veinte mil kilómetros de distancia) o, haciendo un giro de 180°, mirar hacia el interior y asumir el país. La adherencia y dependencia a los esquemas europeos y esa servil atención a cuanto acontecimiento europeo se produce, llega, en el caso de Buenos Aires y su burguesía, a constituir un ”delirio geográfico”: las noticias de los países cercanos o del propio interior del país quedan relegadas frente a las noticias, modas intelectuales, etc. de Europa (o, actualmente, Estados Unidos), como si se formara parte de esas tierras lejanas. Evidentemente que esa actitud psicológica está determinada fundamentalmente por la colonización cultural que permite la otra dominación, la económica (que a su vez está sostenida por la superioridad militar del imperialismo).

Existe la complicidad interna con los colonizadores de un gran sector argentino, especialmente de su grupo intelectual, aunque el cipayismo ideológico del intelectual argentino está actualmente en una crisis y las generaciones nuevas en vías de un giro total.

Como decíamos antes, el abuelo emigró y negó el duelo de su patria perdida, el padre fantaseó un regreso intelectual y el nieto (que somos nosotros) debe optar por el antiguo mundo perdido del abuelo del que sólo le llegaron ”trapos viejos” a través del ”regreso” nostálgico y psicológico del padre o, por el contrario, asumir su geografía, su pueblo, su país y la historia de su país y vivir de primera mano un mundo real al que puede fecundar y cambiar. La otra solución es, además, de defender estúpidamente al antiguo patrón-explotador (Europa) vivir del pasado y de las migajas del pobre abuelo, que vivió con la esperanza de ”hacer la América” y, en general, terminó su vida en hacinados conventillos.

El desarraigo del intelectual argentino, mezcla de un sentimiento de frivolidad, frustración e impotencia, está en proceso de dar paso a otra actitud vital, nacida de la posibilidad de que, junto con la clase obrera, con ese pueblo que sus padres desde la ”Unión Democrática” no quisieron, no pudieron ver, crear un nuevo mundo más justo y más creador. Nuestro pueblo, que ha comenzado la marcha para fabricar ese otro mundo, le da al intelectual el remedio para su desarraigo y su coqueteo cipayo y estéril, pues lo necesita, necesita que se pase de filas, que pase de ser un ”sirviente fino” de una oligarquía explotadora a ser un ”compañero de lucha” aportando sus conocimientos al pueblo y al país en que ha nacido.

Intentando rastrear esta patología histórico-social argentina (y, repetimos, especialmente porteña) del país partido en dos, pero no solamente en pobres y ricos, sino también en interior y Buenos Aires, buscamos también lo que puede haber influido: la configuración geográfica, el lugar geopolítico que ocupa Buenos Aires es único, existe como un fatal embudo geográfico que hace de Buenos Aires el único enlace topográfico e hidrográfico entre el cono sur y la conexión marítima con el mundo occidental. Incluso no existe la posibilidad de una ruta terrestre (debido a los Andes por un lado y a la selva tropical por el otro) ni siquiera con nuestro ”amo blanco” del norte, tradicionalmente ”modelo intelectual” desde la Constitución Nacional hasta los programas escolares sarmientinos. Es decir, este es un ”país-isla” pues no nos integramos a Latinoamérica, (pues nos consideramos un país europeo) y estamos casi tan lejos de Europa como lo está Japón (son más de 20.000 kilómetros a una y otra parte, desde Europa). Cuando se percibe a la Argentina desde Europa o Estados Unidos, recién nos damos cuenta los argentinos que estamos viviendo una especie de delirio colectivo; asumirnos como país de ”cultura europea” cuando estamos prácticamente unos kilómetros antes de que el mundo se acabe. Cuando, tomando como referencia el hemisferio continental (el norte) buscamos en el globo terráqueo a la Argentina tenemos la sensación de ”caernos” del mapa. Desde el punto de vista de la antropología estamos en situación de una cultura de ”Finis Terrae”, es decir, de una cultura de fin de mundo. Especialmente si consideramos que nuestro hemisferio (el sur) es casi totalmente oceánico, que no tenemos – salvo Chile (separado por los Andes) y la lejana Australia – vecinos lateralmente. La actitud de dependencia nos coloca a todos y, especialmente al grupo intelectual y profesional, en una identidad cultural de impostura, de medio camino: asumimos, aprendemos y defendemos la cultura de un mundo en el que nunca podemos estar incluidos.

La distancia geográfica, el enorme costo de cualquier viaje, hace que se esté hablando de costumbres que no se vivieron, de edificios que nunca se pudieron ver, de acontecimientos sociales en los que no estuvimos incluidos, etc. Esta dependencia de un mundo lejano para emitir cualquier pensamiento, aprender cualquier teoría, nos lleva a la situación de ”vivir de prestado”, a la triste instancia de todo un grupo que vive y estudia ”por correspondencia”, esperando la última carta del lejano sabio de turno.

Lo más grave de la dependencia cultural e ideológica (especialmente cuando es de un centro, inaccesible en forma directa) es que se depende de algo que no se puede llegar a conocer bien, porque no se está incluido desde la vida real, desde lo cotidiano, ni en un lugar ni en otro, con lo cual, no se puede trasformar nada de manera comprometida. Es un poco parecida a la condición del pequeño-burgués que elige representar continuamente una elevada situación social que no es real y en su impostura queda en el aire, sin pertenecer con todas sus raíces al mundo concreto a que de hecho pertenece.

Esta condición de ser ”consumidores” de cultura, nos impide ser los creadores y nos lleva a una especie de auto-castración, de sentimiento de frustración. Y, tal vez, la consecuencia más grave desde el punto de vista de nuestra salud mental es el sentimiento de auto-extrañamiento de nuestro propio pueblo: los intelectuales de pronto nos sentimos sin raíces en el mundo que nos rodea. Y el pueblo nos desconoce y, a veces, nos rechaza.

La incomprensión del movimiento de masas que fue el peronismo en nombre de los lejanos, gastados (y tramposos) ”ideales de democracia” europea, fue un ejemplo histórico de esta actitud (recordemos que en los mítines antiperonistas se cantaba ¡en francés! ”La Marsellesa”). Cuando se está integrando un continente indo-americano (y en el extremo más extremo de él) es suicida optar por el mundo ”blanco” de los patrones y explotadores imperialistas pues corremos el riesgo de quedar fuera de la historia.

Naturalmente, no podemos olvidar la relación entre esta elección exótica de consagrar ideologías lejanas y el proceso de descabezamiento cultural de Indo América para facilitar la dominación psicológica y la explotación física. Por eso consideramos que no existe la posibilidad para el grupo intelectual argentino e insertarse en su país, en el mundo concreto que los rodea, sin unirse a su pueblo en su proceso de liberación. No hay realización fecunda del intelectual, del profesional, si no es terminando de expresar y sintetizar el sentimiento popular.

Actualmente, el vuelco masivo de estudiantes y profesionales al movimiento peronista, es para nosotros, una indicación clara de un vuelco hacia el pueblo. Han decidido insertarse en el mundo que los rodea, sentirse partes de su país “de su geografía, de su historia y dejar de soñar con los ”trapos del abuelo”, porque el duelo por la Europa perdida ya está suficientemente hecho en dos generaciones. El nieto, que es nuestra generación, no tiene otra ”salida” que ”entrar” en el país, aceptarlo y amarlo. Esto de ”amar” al país, que desgraciadamente suena un poco raro, nos hace traer otro tema y que es la falta de nacionalismo. Viajando por Latinoamérica se percibe una especie de identidad nacional (que no es la fanfarronada futbolera de ser ”campeones del mundo”), una defensa de sus formas ancestrales de pensar frente a la penetración cultural imperialista: se percibe como una integración en la percepción del mundo, como un definido estilo nacional. Nosotros, en cambio, sólo hemos producido un folklore integrador y desgraciadamente es fatalista y descreído: el tango. A la cultura criolla y a su arquetipo – el gaucho – lo hemos dejado sepultado con toneladas de cow-boys matones defensores del patrón, con todo el estúpido cine rosa hollywoodense y hasta nuestras fiestas de Navidad y Año Nuevo se realizan según el estilo de países con nieve. La ”buena literatura” es todavía sinónimo de lo francés y las grabadoras imperialistas con el oligofrénico estilo Palito Ortega impiden que se canten los problemas que se viven. Y, en gran parte, los responsables somos nosotros porque la otra cultura, la criolla y la indoamericana, existe por debajo: sólo hace falta rescatarla. Buenos Aires, con el esquema imperialista con que es sometida por Europa y EEUU somete al interior, trasformando al país en un enanito con una cabeza descomunal. Por eso sostenemos que el modelo histórico ancestral de los colonizadores-rapaces españoles del que hablamos al principio, determinó un planteo centralista que se continuó en la Revolución de Mayo, en Caseros y en la actualidad.

Para nosotros quien fue uno de los ideólogos de la destrucción de la cultura criolla para que accedamos al ”mundo del progreso” fue Domingo F. Sarmiento, genial y laborioso introductor de cuanta cosa ”culta” encontró en sus viajes por los ”países patrones”. Su prejuicioso esquema ”Civilización y Barbarie” fue la legalización ideológica para el exterminio de toda forma de pensar que venía de la otra punta, del fondo de la tierra de su patria. No por nada es ahora el héroe máximo de uno de los principales aparatos de sometimiento del Sistema, para Ia negación de la cultura criolla: el Ministerio de Castración (o de ”Educación”) que ya fue analizado por nosotros en el capítulo segundo.

Continuando con esta breve re-interpretación de la historia argentina, diremos que en la Revolución de Mayo se perdió la oportunidad de que, al emanciparnos de España, nos emancipáramos también de los modelos ideológicos de los colonizadores. Los ideólogos de la Revolución pasaron de los esquemas del autoritarismo español a los del liberalismo francés, pero sin quitarse de la Europa colonialista. No interpretaron a las masas del interior del país, el hombre de abajo pasó de pertenecer a un patrón ”culto” a otro ”más culto”. Recién con el movimiento de masas que fue el rosismo, el pueblo humilde, el gaucho pobre, el mulato rotoso, llegan a vislumbrar el poder y la dignidad de expresarse. Juan Manuel de Rosas fue expresión de la cultura criolla y popular de esa época de la historia aún cuando la compleja situación política lo llevó a conductas contradictorias, entre otras cosas el mantener el centralismo porteño. Luego, durante el gobierno del General Roca se realizó ”la conquista del desierto” como ”cruzada civilizadora” la cual fue, en realidad, la labor final del genocidio del habitante primitivo y natural dueño de todas estas tierras, que ya había comenzado con los colonizadores españoles que, en nombre de Jesucristo, habían venido a ”civilizar” a los indígenas a través de la fórmula: ”con la cruz y la espada”, lo cual es absolutamente contradictorio con las enseñanzas de Jesús. Como toda la guerra contra el indio se hizo con la población pobre rural, con el gaucho (especialmente a través de la guerra de fortines) los poseedores de la ”cultura”, del poder y de las tierras, eliminaron dos componentes de la cultura de tierra adentro simultáneamente. La ”guerra al malón”, que era otro malón, solamente que ”civilizado” y más sangriento pues era de exterminio de tribus enteras, se hacía con el gaucho como carne de cañón. En el Martín Fierro de Hernández están minuciosamente relatado el proceso de deliberada extinción del gaucho.

Por supuesto que luego de eliminado, la oligarquía nativa lo toma como arquetipo, falseándolo y ocultando su interna rebeldía al sistema de poder. El nacionalismo oligarca usa luego una estetizada y falsa cultura criolla basada en aperos plateados, cinchas labradas y chiripás bordados que aquel gaucho histórico y pobre y obligado a vivir miserablemente, nunca tuvo. A toda ese ”gauchaje de chucherías” lo inventó y utilizó para despreciar y discriminarse de las grandes oleadas inmigratorias gringas de principios de siglo. En la actualidad, ridícula y tristemente, el único indicio en la ciudad de ese fundamental arquetipo criollo, son los disfrazados de gaucho que sirven asado y entretienen a los turistas yanquis en los restaurantes ”criollos” de lujo. Por eso pensamos nosotros que el más cercano descendiente de aquellos gauchos andrajoso, dicho de otra forma, los últimos gauchos que sobreviven en la gran ciudad son más parecidos a esos mendigos-linyeras que duermen en los zaguanes, que a los supuestos gauchos cipayos de las exposiciones de la Sociedad Rural que hace disfrazar la oligarquía ganadera. Y si no recordemos la descripción que hace José Hernández en boca de Fierro: ”Ya andábamos de mugrientos, que el mirarnos daba horror. Les juro que era un dolor ver esos hombres, por Cristo! En mi perra vida he visto una miseria mayor.” La extinción de los negros argentinos es un misterio (que huele a genocidio) que no está todavía aclarado. En la época de Rosas había barrios enteros de negros y mulatos. Genéticamente el gen negro es dominante de modo que tampoco queda explicado el asunto por una supuesta ”disolución genética” por mestizaje. Lo más probable es que con los regimientos negros en la sangrienta guerra del Paraguay (que fue un atropello internacional) se haya creado un procedimiento ”natural” para eliminar otro grupo ”incivilizado” que, además, debía pagar el apoyo incondicional que había hecho al gobierno popular de Juan Manuel de Rosas. Con esto se terminaba la labor histórica de exterminio para que los patrones blancos no sean molestados.

Para testimoniar esto recordaremos aquella famosa frase del máximo héroe de los ”civilizados” ,don Domingo F. Sarmiento, en una carta para la represión de los montoneros del interior” ...y le recomiendo que no ahorre sangre de gauchos, que sólo sirve para regar la tierra”... Para cerrar este análisis, recordemos en los tiempos del gobierno popular del Gral. Perón, la actitud prejuiciosa y descalificatoria que tuvo la ”gente decente” contra el ”cabecita negra”, el pueblo verdadero vivido como un ”aluvión zoológico o, como decía eI diario La Prensa: Ias ”hordas embrutecidas que invaden con salvajes cantos la ciudad”... Lo cual no indica otra cosa que el temor que inspira el verdadero pueblo a la oligarquía.

Pero sería injusto que pasáramos por alto el otro extremo del cipayismo culto: nos referimos a la ”izquierda gorila" . A las formas cultas del socialismo educado, que exige un proceso de liberación con modelos europeos y que, íntimamente, rechazan todo lo popular. Son los que quieren ”la revolución” abstracta, sin barro, sin contradicciones. Los que no aceptan una interpretación nacional y popular del socialismo. Para ellos el peronismo es ”populismo”, es decir, formas políticas incultas. Por supuesto el peronismo tiene aún contradicciones, pero es un movimiento de masas real, es el nivel de conciencia actual de la clase obrera en su etapa histórica.

Un órgano periodístico que es el representante típico de esta Iínea histórica colonizada es el diario ”La Opinión” : su grado de dependencia ideológica llega al absurdo de ser casi un plagio del diario francés ”Le Monde”, pero no sólo en su forma, sino en su contenido. Está compuesto por noticias de interés europeo: el último estreno de París, la última teoría sobre el tercer mundo de ”un autor búlgaro y comentada por un analista inglés”, la macrobiótica, los peligros ecológicos y ”los archivos secretos de un parlamentario inglés”, etc. Todas noticias perfectamente operativas si se estuviere en Europa, pero absolutamente alienantes para comprender la realidad que rodea al lector.

Dentro del periodismo y para hacer una tentativa de utilización actual de la antinomia histórica Civilización-Barbarie, encontramos como opuestas al diario ”La Opinión” en forma y contenido, a la revista ”Así” que representaría la moderna barbarie, es decir, lo popular. ”Así” tiene el privilegio de ser despreciado por la pseudo cultura y de ser leído por la clase obrera, de inter­pretar muchas veces, su sentir cuando refleja los atropellos he­chos al pueblo y de ocuparse mayormente por las noticias del país. Con sensacionalismo o sin él permite compartir un poco el clima psicológico de nuestro pueblo, hecho que nos desanima para hacerle críticas más Iúcidas".

Tomaremos ahora el tema de esta oposición oligarquía y pueblo, o burguesía y clase obrera, y trataremos de analizar cómo se estructura y que características tienen las dos maneras de ver el mundo, es decir, la visión del empleado (como ejemplo de la burguesía) y la visión del obrero. Debido a su opuesta inserción en el sistema de producción, el empleado lo verá desde los pape­les, tendrá una visión más abstracta, burocrática, en cambio el obrero que percibe el mundo desde su esfuerzo corporal, lo percibirá a un nivel mucho más concreto y desde una realidad fácti­ca, de hechos y no de abstractas reglamentaciones.

Se podrá preguntar por qué en un libro que trata de los distintos planteos en psicoterapia se insiste tanto en este tema de la concepción del mundo en burguesía y en proletariado. La contestación es que el tema de la psicoterapia que el sistema impone a los sectores oprimidos, incluye además M hecho terapéutico (o pseudo terapéutico). Otro hecho, es la circunstancia esencial de que terapeuta y paciente no pertenecen a la misma clase social y tienen diferencias sustanciales en su forma de organizar la rea­lidad. La burguesía y el proletariado son clases con intereses opuestos y formas de vida distintas. Se puede llegara hablar hasta de una cultura burguesa y una cultura obrera. De modo que al pertenecer el terapeuta a la burguesía (en general a clase me­dia) y el paciente a la clase obrera y al existir una relación de sometimiento y descalificación entre esas dos clases va a suceder que, junto con la psicoterapia, se va a producir una situación de sometimiento cultural. El terapeuta, a veces hasta sin saberlo, o sin desearlo, va a re definir las conductas y valores de su paciente desde sus propios valores culturales y, al hacerlo, perjudicará profundamente la identidad cultural (y también personal) paciente.

A veces, la percepción tras culturada es directamente prejuiciosa y descalificatoria. Desde las pautas obsesivas y burocráticas de la clase media se enjuician comportamientos más emotivos y es­pontáneos de la clase obrera, colocándolos en la categoría de "perturbación mental". Al profesional, que vive en un prolijo y a veces, estéril mundo de abstracciones y papeles, le es descon­certante la espontaneidad concreta de su paciente. El psiquiatra o psicólogo tiene un esquema corporal rígido y almidonado, no usa el cuerpo en su tarea (diríamos que sólo le sirve para soste­ner la cabeza). En cambio, su paciente obrero percibe y modifica el mundo a través de su cuerpo, que es su instrumento cognosci­tivo, su codificación para expresar sus afectos.

Esta diferencia lo puede llevar a diagnósticos "fáciles", a rápi­das conclusiones de "cuadro de excitación psico motriz, por ejemplo, cuando en realidad hay un distinto código cultural de expresar afectos que impide la comprensión de lo que le pasa a esa persona. Yo pienso, dentro de un planteo de "psiquiatría-­ficción", que si se diera vuelta la cosa y un psiquiatra obrero diagnosticara a un paciente burgués no podría evitar la tenden­cia a diagnósticos tales como "neurosis obsesiva", `rigidez cor­poral", "actitudes catatónicas”, “ausencia de vida afectiva" y, por sobre todo, "una infantil concepción de los aspectos dra­máticos de la vida, la soledad, el sexo, la desesperación y la muerte”.

Lo más grave de esta transculturación en la administración de la terapia dentro del sistema hospicial, es que se la ignora o se la niega y esto es grave, pues llega a ser la fractura más importante en la comunicación terapéutica. En los casos de psiquiatras y psicólogos que, imbuidos de una actitud revolucionaria, no de­sean que su manipulación sea sometedora y quieran, por el con­trario, ayudar a la liberación y a la elaboración de la perturba­ción psicológica de su paciente obrero, deberán realizar un aprendizaje adicional que resuelva la fractura cultural Pero este aprendizaje no podrá ser hecho a través de los libros de la cultura burguesa, pues estos ya están viciados de la percepción coloniza­dora. Este aprendizaje lo tendrán que hacer humildemente como alumnos de los que eran sus pacientes y ahora se trasforman en sus profesores.

La inversión de los roles es fundamental para crear una estruc­tura democrática donde no existan sometidos ni sometedores. Pichón Riviere basa su ideología terapéutica en el concepto de liderazgo funcional, esto es, que enseña o cura quien más sabe del tema o quien en ese momento es el más sano del grupo. Para Pichón, aprendizaje y terapia tienen una estructura similar, pues sanarse es "aprender a curarse” y, en ambos casos, el enemigo del proceso es la resistencia al cambio.

El modelo de Comunidad Popular, nacido a través de una experiencia de muchos años junto al sector de pueblo encerrado en los manicomios, para cambiar las condiciones degradantes a que es sometido por la "terapia" del sistema, está basado e que en igualdad de condiciones cada uno se integra en el grupo social aportando lo mejor que tiene y lucha por una vida más plena y creadora para todos. No existiendo roles fijos, salvo los que se eligen por necesidades de organización y por voto mayoritario. No existiendo depositarios "crónicos" de la locura, ni tampoco del rol de terapeuta "cuerdo". El más sano en cada momento es el que aporta la terapia y el que sabe más del tema que se está tratando es el profesor.

Podemos adelantar que el íntimo compromiso afectivo de cada uno en el grupo es lo que hace en gran parte posible este camino hacia un nuevo esquema de salud mental.

El contrato de colaboración que tenemos con los compañeros internados es definido por ellos cuando nos dicen "Uds. nos enseñan lo que aprendieron en los libros y nosotros les enseñamos lo que aprendimos en la vida" ( "alpargatas sí, libros sí" )

Volviendo al tema de la oposición entre clase media y clase obrera, vamos a comparar brevemente los dos sistemas de realidad, correspondientes a las dos formas de ver la vida y daremos algunas oposiciones que permitan al lector completar la configuración de estas dos percepciones del mundo: la familia nuclear en clase media y la familia extensa  a veces de tres generaciones- de clase obrera. La fragmentación formal en la simbolización de burguesía, y la expresiva y codificación gestual del pueblo. La actitud de recatada privacidad en el departamento cerrado y aséptico del empleado y la extrovertida casa obrera volcada hacia el terreno con plantas y con la privacidad compartida entre vecinos. Para sintetizar, diremos que la cultura urbana de la clase media va en dirección de una formalización del sistema de las relaciones sociales, que van perdiendo coloración afectiva y se convierten en vínculos entre entidades y roles abstractos.

Otro tema importante, que condiciona también el tema de la salud mental, es el impacto del proceso de tecnificación, especialmente en las grandes ciudades. Las modalidades del trabajo en líneas de montaje, con su labor repetitiva y estereotipada , y los medios masivos de información (especialmente la TV) van sustituyendo los canales tradicionales de comunicación cara a cara. Esto crea una dificultad para establecer los vínculos afectivos concretos Y conduce a la anomia y al profundo sentimiento de soledad característico de la gran ciudad. Por otra parte, con­siderando la destrucción de la familia que producen en la clase popular las migraciones en busca de trabajo, vemos la importan­cia que tiene esta situación de anonimato, de soledad, como fac­tor de perturbación psicológica. Podemos decir que este proceso llamado "progreso tecnológico" es, debido a la desintegración que produce entre las distintas áreas de actividades, un factor esquizofrenizante. Los lugares para las distintas actividades, tra­bajo, intimidad, recreación, etc. están completamente separados entre sí y la persona debe interactuar en grupos sociales con distintas normas y valores sin que se integren. Esto fragmenta y separa entre sí los aspectos internos de la personalidad que están en relación con cada área real.

Por último, podemos agregar que el proceso de tecnificación permite, debido al avance tecnológico, que la manipulación de un enorme sector de la población quede en manos de una peque­ña minoría. Ejemplo de esto es la capacidad de condicionar el pensamiento de prácticamente todo el país a través de la televi­sión, debido a la simultaneidad del mensaje y la posibilidad (de­bido a la imagen) de dar meta mensajes, esto es, mensajes a nivel inconsciente.

En estas técnicas de condicionamiento ideológico basa actual­mente el imperialismo yanqui su infiltración cultural. Como su mensaje directo es rechazado, recurre al mensaje "de rebote".

A veces, un tema aparentemente ajeno al tema de la colonización, desliza un modelo de sometimiento. En este sentido es interesante analizar las series yanquis de televisión, podrán tra­tar de la vida de los animales o cualquier otro tema indirecto, pe­ro la moraleja final es que en el mundo hay amos y esclavos, a quienes se rebelan les va muy mal y el héroe siempre defiende la ley. Debido a que la televisión es un medio de difusión que llega masivamente a sectores populares, llega a ser muy grave esta infiltración de la ideología del imperialismo en clase obrera, especialmente porque la televisión actúa como marco de socializa­ción y aprendizaje de la cultura urbana para los sectores rurales de nuestro pueblo. En este punto se entrecruzan los dos temas que estuvimos analizando: la antinomia de la cultura urbana burguesa y la cultura rural obrera y el proceso de tecnificación, de industrialización de toda la cultura occidental.
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