Resumen: El artículo parte del supuesto de que el uso de la palabra “negros” para referirse a los sectores subalternos de la sociedad porteña se ha convertido




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Luis D’Elia y los negros: identificaciones raciales y de clase en sectores populares
Alejandro Frigerio 1
A salir en Claroscuro 8. 2010. Revista del Centro de Estudios sobre Diversidad Cultural de la Universidad Nacional de Rosario.
Resumen:

El artículo parte del supuesto de que el uso de la palabra “negros” para referirse a los sectores subalternos de la sociedad porteña se ha convertido actualmente en la más poderosa forma de justificar prejuicios y en la fuente principal de comportamientos discriminatorios en nuestra vida cotidiana. Sugiere que dada la naturaleza polisémica del término, la variación contextual en su utilización y su ubicuidad en la vida cotidiana son necesarios estudios que permitan comprender sus múltiples significados y las consecuencias sociales que se desprenden de su uso. Para ello examina en detalle la manera en que el término es utilizado por Luis D’Elia, un conocido líder piquetero, cuya insistencia en la profunda división de la sociedad argentina entre “negros” y “blancos” desató controversias mediáticas recientes. El trabajo intenta discernir las diversas connotaciones que le atribuye: culturales, sociales, políticas y raciales, focalizando la atención principalmente en esta última dimensión. Examina si el líder piquetero establece alguna relación entre el colectivo “negros” (sectores subalternos) y el de los negros (personas de “raza negra”) para ver en qué medida su visión desafía o continúa la narrativa dominante de la nación argentina respecto de este (supuestamente desaparecido) segmento de la población.
NEGROS – AFROARGENTINOS – IDENTIDAD – PIQUETEROS

Abstract:

The article advances the hypothesis that the growing use of the word “negro” (black) to refer to subaltern groups in Buenos Aires has become a powerful tool for the spread of denigrating stereotypes and the main basis for discriminatory behavior in our daily life. It suggests that given the polysemic nature of the word, the contextual variation in its use and its popularity, studies that show its multiple meanings and the social consequences that its use entail are much needed. Therefore it analyzes in detail the way the term is used by Luis D’Elia, a well-known piquetero social movement leader whose insistence that Argentine society is divided between disenfranchised “blacks” and affluent “whites” created media controversies of national proportions. After establishing the cultural, social, political and racial connotations of the term, this last dimension is especially explored, in order to see what relationship if any he establishes between the subaltern “negros” and Afro-Argentines. Finally, the paper discusses to what extent the view of this well-known grassroots leader defies or continues the dominant narrative of the Argentine nation that –incorrectly- postulates the early disappearance of this segment of the population.
BLACKS – AFROARGENTINES – IDENTITY – SOCIAL MOVEMENTS

En los últimos años se pueda apreciar un uso cada vez más frecuente (y despectivo) de la palabra “negro” para referirse a determinados individuos (“es un negro”) o a un colectivo social (“los negros”). La palabra se puede utilizar sola, o acompañada por adjetivos como “cabeza”, “villero”, “de mierda”. Como el término es fuertemente denigratorio, su uso -pese a ser frecuente en la vida cotidiana- se realiza en contextos en los cuales el que lo emplea tiene confianza o al menos presume una cierta complicidad con quienes lo escuchan, y habitualmente refiriéndose a terceros que no están presentes. Se puede utilizar también como insulto, con fuertes consecuencias entre adultos, pero de manera más cotidiana entre jóvenes en los colegios y otros ámbitos. Raramente es empleado por profesionales de los medios de comunicación, -aunque se lo puede escuchar en televisión en boca de jóvenes entrevistados en la calle por distintos temas, o en programas de cumbia. Es en estos últimos, principalmente durante la ejecución del género cumbia villera, donde se dan las pocas –pero quizás ahora crecientes- ocasiones en que en el término es utilizado de manera reivindicativa (aunque con variaciones regionales, ver Martín 2008 y Blázquez 2008). La creciente popularidad del vocablo, que sin duda acompaña el contexto post-crisis del 2001 y la mayor brecha entre los estratos socio-económicos medios y bajos todavía no ha recibido por parte de las ciencias sociales toda la atención que se merece. No resultaría arriesgado afirmar que el término se ha convertido actualmente en la más poderosa forma de expresar y transmitir estereotipos, de justificar prejuicios y quizás sea la fuente principal de comportamientos discriminatorios en nuestra vida cotidiana. Al mismo tiempo su empleo no encuentra la fuerte condena social que merece. Propongo que esto sucede por dos motivos. El primero, porque sectores aún mayores que quienes se animan a utilizarlo públicamente están de acuerdo con sus valoraciones. El segundo, porque quienes lo emplean suelen afirmar que sólo lo utilizan para referirse a cualidades morales, intelectuales y gustos estéticos de quienes son así catalogados y que por lo tanto no estarían incurriendo en una forma de racismo. Dadas las semejanzas en los fenotipos de los estigmatizados, cuesta pensar que éstos no estén relacionados con los (pre)juicios.

La naturaleza polisémica del término, la variación contextual en su utilización y su ubicuidad en la vida cotidiana sugieren la necesidad de mayores estudios que nos permitan comprender sus múltiples significados y las consecuencias sociales que se desprenden de su uso. Es preciso, asimismo, establecer mejor su relación con vocablos similares que han gozado de mayor popularidad en otras épocas –como “cabecita negra”, “villero” (ver Ratier 1971, Guber 1999 y 2004, Cravino 2002). Todos estos términos expresan valoraciones culturales, intelectuales, morales, espaciales, políticas y también raciales. De todas ellas, la dimensión racial es la que menos ha sido estudiada y considerada. En la medida en que las cualidades desfavorables que se le asignan a los “negros” generalmente están –concientemente o no, explícitamente o no- relacionadas con determinados fenotipos, es una forma de racialización, por más que quienes lo utilizan acostumbren a negarlo.

En este trabajo pretendo continuar contribuciones propias al tema (Frigerio 2006) enfatizando la necesidad de cruzar este naciente campo de análisis con otro igualmente embrionario, el de estudios sobre los afroargentinos desde la antropología (ver una reseña reciente de los mismos en Frigerio 2008). Una buena oportunidad para profundizar en este cruzamiento de temas habitualmente ignorados por las ciencias sociales se da a partir de la controversia social generada por las diversas declaraciones, durante 2008 y 2009, del líder piquetero Luis D’Elia sobre la profunda división de la sociedad argentina entre “negros” y “blancos”. El énfasis reiterado y explícito en esta brecha (cuasi?) racial como eje ineludible del análisis de la realidad argentina, por parte de un conocido y visible líder social, resultó a la vez novedoso, mediáticamente atractivo y revulsivo. 2

Su empleo del par “negros” y “blancos” es particularmente interesante ya que va más allá del uso general y cotidiano de los términos y parece apuntar a una mayor y explícita racialización de los sectores sociales involucrados, en una sociedad en la cual las categorizaciones e identificaciones raciales se supone están ausentes. Es por ello que en este artículo me propongo profundizar en la manera en que el término es utilizado por D’Elia, intentando discernir las diversas connotaciones que le atribuye: culturales, sociales, políticas y raciales, focalizando mi atención principalmente en esta última dimensión. Examinaré si es que establece alguna relación entre el colectivo “negros” (sectores populares o subalternos) y el de los negros (personas de “raza negra”) para ver en qué medida su visión se aparta de -o continúa- la narrativa dominante de la nación argentina respecto de este (supuestamente desaparecido) segmento de la población.

Como resulta particularmente apropiado para estos objetivos, focalizaré mi análisis en el discurso del líder piquetero cuando fue invitado por un grupo de activistas negros de la agrupación Africa y su Diáspora para discutir la relación entre los movimientos sociales de base y los afrodescendientes y cómo lograr un mejor ensamble entre ambos colectivos.
Negros y “negros” en la sociedad argentina
Antes de examinar el discurso de D’Elia, presentaré algunos presupuestos que van a guiar mi análisis, que provienen tanto de mi perspectiva teórica como de análisis previos que he realizado acerca de la realidad argentina. 3


  1. Sobre la narrativa dominante de la nación argentina


Como he propuesto en otro trabajo, las narrativas dominantes proveen una identidad nacional esencializada, establecen las fronteras externas de las naciones y su composición interna y proponen el ordenamiento correcto de sus elementos constitutivos (en términos de etnia, religión y género) (Frigerio 2002). Contienen (justifican) el presente mientras que construyen un pasado legitimador. Estas narrativas, sin embargo, no son unívocas ni tienen una supremacía absoluta, ya que son confrontadas por narrativas contrarias o son sometidas a lecturas opositoras (en el sentido de Hall 1993) que tienen un dispar grado de éxito o aceptación social en diferentes momentos históricos.

La narrativa dominante de la nación argentina, al contrario de las vigentes en otros países latinoamericanos, no glorifica el mestizaje (Martínez-Echazábal 1998), sino la blanquedad. Esta imagen ideal de cómo es y cómo se habría desarrollado la Argentina es transmitida a través de la educación formal, pero también de manera informal a través de una multiplicidad de interacciones en la vida cotidiana –que deben ser mejor estudiadas y comprendidas-. Llega a formar parte del sentido común de los argentinos (principalmente de los porteños) e influye en la manera en que se relacionan con -y clasifican a- los distintos individuos y grupos que encuentran.

Esta narrativa dominante presenta a la sociedad argentina como blanca, europea, moderna, racional y católica. Para ello, invisibiliza presencias y contribuciones étnicas y raciales y cuando aparecen las sitúa en la lejanía, ya sea temporal o geográfica -en el pasado o en los márgenes geográficos de la nación. Se caracteriza por una notable ceguera respecto de los procesos de mestizaje e hibridación cultural. Supone que el crisol de razas – a través de una suerte de alquimia social- habría fundido todos los aportes étnicos originales dando nacimiento a un nuevo tipo social, diferente de todos sus elementos constitutivos. A partir de la acción de este crisol, no existirían ya comunidades diferenciadas cultural o racialmente como parte del cuerpo de la nación –a excepción de remanentes de poblaciones indígenas en territorios alejados de la capital blanca. Respecto de los afro-argentinos específicamente, enfatiza su temprana desaparición (a fines del siglo XIX) y la irrelevancia de sus contribuciones a la cultura (y aún a la genética) local. Contra la narrativa dominante de la nación y el sentido común de sus habitantes que los consideran ya desaparecidos, es necesario remarcar que un número aún no bien determinado de negros argentinos continúa habitando el territorio nacional y realizando contribuciones significativas a nuestra cultura.4
b) Sobre la lógica del sistema de clasificación racial
Junto con una narrativa dominante de la nación que enfatiza su blanquedad, un sistema de clasificación racial ha operado, durante al menos gran parte del siglo XX, en dirección a una progresiva invisibilización de los negros en la sociedad argentina y a un predominio cada vez mayor de la blanquedad porteña. Principalmente a través de dos formas: mediante la asignación de la categoría negro a una cantidad cada vez más reducida de personas, invisibilizando determinados rasgos fenotípicos (y aún a determinados individuos que los poseen, en las historias familiares) permitiendo de esta manera un predominio naturalizado de la blanquedad porteña. Por otro lado, a través de la insistencia en que la categoría “negro” (entre comillas) o “cabecita negra” asignada a buena parte de la población de escasos recursos no involucra una dimensión racial sino meramente socio-económica.

Esta “ceguera cromática” de los porteños no se debe a que ser considerado negro o “no negro” sea irrelevante, sino que, por el contrario, la ubicación dentro de la primera categoría es considerada peyorativa –para el caso argentino, tanto para el individuo como para la sociedad a la que pertenece. La categorízacíón de una persona como “no negro” se produce a través de un trabajo constante (en el sentido de trabajo de construcción social de la realidad) de invisibilización de los rasgos fenotipicos negros a nivel micro. Esta invisibilización a nivel de las interacciones micro sociales, se corresponde a nivel macro con la invisibilización -constante también- de la presencia del negro en la historia argentina y de sus influencias en -y aportes a- la cultura argentina.

La “blanquedad” (whiteness) porteña no es problematizada como categoría social pero sí precisa ser construída constantemente a nivel micro, a través de la adscripción de la categoría de negro tan sólo a quienes tienen tez bien oscura y cabello mota. De hecho, “negro mota” es el término más frecuentemente utilizado para afirmar inequívocamente que una persona es “negra, negra”, que pertenece a la “raza negra”.

Con esta lógica de clasificación racial, los negros (“verdaderos”) siempre serán cada vez menos. Esto es socialmente necesario porque:

a) la existencia de un número importante o visible de negros -así como el reconocimiento de que tuvieron un rol de una determinada importancia en nuestra cultura o nuestra historia- va absolutamente en contra de la narrativa dominante de nuestra historia y en contra de nuestro sentido común

b) además, y principalmente, porque ser negro es considerado una condición negativa

Propongo, entonces, que la invisibilización de los negros, se produce no sólo en la narrativa dominante de la historia argentina -aspecto más tratado y sobre el cual existe bastante consenso- sino también en las interacciones sociales de nuestra vida cotidiana. 5

La blanquedad porteña, que habitualmente es considerada un dato objetivo de la realidad, resulta de un proceso socialmente construido y mantenido por: 1) una determinada manera de adscribir categorizaciones raciales en nuestras interacciones cotidianas, 2) el ocultamiento de antepasados negros en las familias y 3) el desplazamiento, en el discurso sobre la estratificación y las diferencias sociales, de factores de raza o color hacia los de clase (Frigerio 2006).
c) Sobre las identidades/identificaciones
Siguiendo el resumen que Weigert et al. (1986) realizan de los aportes de distintos autores ubicados dentro de la corriente del interaccionismo simbólico, podemos definir a la identidad como "una definición socialmente construida de un individuo” (1986: 34). Más específicamente, como una dimensión tipificada o socialmente expresada del self . Según Weigert et al., “un individuo posee un self que es tipificado situacionalmente a través de una variedad de identidades. Las identidades constituyen el self en el contexto de la acción social " (1986: 40) -o sea, nuestro self sólo es socialmente asequible a través de las identidades que se atribuye o le atribuyen.

Una característica de los individuos en sociedades complejas es que varias y cambiantes definiciones del self están disponibles como identidades. Una u otra identidad puede ser presentada por el actor o impuesta por otros interactuantes mientras cada uno negocia por el control de la situación o, al menos, por establecer un consenso de trabajo. Los individuos deben enfrentar la tarea de continuamente manejar identidades múltiples dentro - y a través- de situaciones sociales. (Weigert et al. 1986: 46).

El ordenamiento de las identidades en términos del grado y tipo de compromiso que cada actor tiene con ellas constituye la estructura de compromisos identitarios. Los individuos ofrecen para su validación una identidad principal o maestra (master identity) que representa una organización implícita de todas las otras identidades (Weigert et al. 1986: 51; 53). Así, un individuo que en distintos contextos puede identificarse como “obrero”, “padre”, “correntino”, “católico”, “peronista”, “negro” y “murguero”, puede -aunque no siempre- reivindicar una de estas identidades como la principal y las otras como subordinadas. La principal será reivindicada en una mayor cantidad de contextos sociales que las subordinadas. Podrá, además, afectar el desempeño de los roles que expresan a sus otras identidades. 6

Sostendré aquí que el hecho de que un individuo posea varias identidades con las cuales puede llegar a identificarse es una característica común de las sociedades complejas -explicitada desde los primeros estudios realizados desde la perspectiva del interaccionismo simbólico, y no es una condición reciente característica de las sociedades posmodernas.

Las identidades son siempre situadas, emergentes, recíprocas y negociadas (Gekas 1982: 11). El carácter eminentemente situado y performativo de las identidades hace que, para una adecuada conceptualización de la identidad quizás sea más correcto, en vez de utilizar este vocablo, hablar de actos de identificación, puntuales, momentáneos, cuya coherencia en el tiempo depende de la relevancia de esa identidad dentro de la estructura de compromisos identitarios del individuo.
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