Resumen: El artículo parte del supuesto de que el uso de la palabra “negros” para referirse a los sectores subalternos de la sociedad porteña se ha convertido




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Luis D’Elía: Ema Leiva de Torres ...

Frigerio: ¿Podés decir algo de esa persona?

Luis D’Elía: Bueno la líder nuestra en Matanza era una negra como ustedes, negra en serio, no negra de Argentina, era negra posta. Y era nuestra líder, Ema Leiva de Torres. Yo siempre cuento una anécdota, yo era un docente recién recibido que laburaba en el barrio, que iba con mi delantalcito y daba clase y volvía… Claro, una toma de tierras como la del ´86 en La Matanza, fue una cosa impresionante. Un día ante una represión que hubo, yo sentí que no me daban las fuerzas, que no me daba el piné para estar ahí agarré a mi mujer y a mi hijo que era muy chiquitito en ese momento y me volví a cinco cuadras de ahí que vivía mi suegra. Fue esta negra a buscarme. Era una señora de 60 años, análfabeta -todo su patrimonio político era una fotito que ella tenía en el ranchito pegada con Carlos Mujica y lo tocaba-. Vino a mi casa, toca la puerta y salí a atenderla, me pegó un bife, una cachetada con la mano abierta y me amonestó gravemente, me dice “vos tenés que volver ahí porque te necesitamos”. Fue ella la que me llevó ahí y era una líder, líder. Después la mataron a Ema, la mató la policía. Y todos sus hijos que hoy viven en el barrio y comparten la vida con nosotros, que son los que por supuesto generaron la murga del barrio, murga que todavía existe, son los hijos de la negra.” (mi énfasis)
Este trecho, que reproduce más o menos fielmente lo ya expresado por D’Elia en otras oportunidades resulta particularmente interesante. 19 En primer lugar, porque muestra una participación activa y relevante en la política y la cultura local contemporánea de negros argentinos – cuando aún para quien relata los hechos ellos ya no existen más. Ema Torres -“negra en serio”, “negra posta” según las palabras de D’Elia- era una líder política en La Matanza, pese a su analfabetismo y pobreza. Sus hijos, como dice, “por supuesto” “generaron la murga del barrio”. 20 En segundo lugar, porque revela actitudes comunes respecto de los afroargentinos en nuestra sociedad. Pese al rol activo que su relato les asigna en la vida cultural y política de su barrio, todo el discurso de D’Elia hasta el momento reflejaba una coincidencia casi total con la narrativa dominante de la nación que pregona la temprana y absoluta desaparición de los negros en Argentina – aún cuando su propia experiencia cotidiana debía desmentirla. Como parece suceder frecuentemente, la disonancia cognitiva entre la internalizada narrativa dominante de la nación y la experiencia cotidiana es resuelta desenfatizando la presencia y agencia (social, cultural, política) de cualquier afroargentino; viéndola como una mera excepción que confirmaría la regla –de su desaparición. De esta manera, aún cuando los hechos parezcan desmentirlo, se construye cotidianamente su invisibilización. 21

Pero hay más. A esta imperceptibilidad de los negros en su barrio, y de la influencia de una persona negra en el rumbo que tomará su propia vida personal y política, se agrega una todavía más íntima y cercana al protagonista de este trabajo. 22

La segunda pregunta que le hice, hace referencia a una situación que parece ser bastante común en familias argentinas de diversos sectores sociales:
Frigerio: Yo soy antropólogo, algunos pensamos que muchos de los “negros” del conurbano son afrodescendientes y no lo saben, porque en esas zonas migratorias había muchos que descienden de indígenas y muchos otros de negros, pero eso queda oculto incluso en las historias familiares.”
Aunque la pregunta no fue contestada en ese momento –la formulé junto con la referida a Ema Torres, que concentra su atención- más adelante, en medio de una respuesta a otra pregunta, D’Elia realizó una confesión reveladora, que confirma que el mecanismo de invisibilización de los negros excede en mucho su temprana desaparición en la narrativa dominante de la nación y se extiende, implacable, dentro de las propias historias familiares:
Yo en mi historia familiar tengo una bis o tatarabuela que dicen que fue negra y yo me miro al espejo y digo, alguna cosa hay acá. Mi familia la negó siempre, de esa abuela no se habla…. Un poco en la línea de lo que vos planteas, no?” (en referencia a mi afirmación anterior) 23 (mi énfasis)
De sus palabras no queda claro si su abuela era afro-Moro-española o afro-argentina –dado el ocultamiento al que hace referencia, quizás ni lo sea para él mismo-. Esta revelación, luego de haber dicho explícitamente que él era un “hijo” de “gringos europeos”, muestra el “trabajo de invisibilización” que se realiza o realizó diariamente en muchas familias argentinas para librarlas del estigma de la afro-ascendencia.
Discusión
Queda claro de la exposición de D’Elia hasta aquí analizada que, contra lo que podría suponerse a partir de la lectura de sus declaraciones en los medios, lo que prima en su construcción discursiva-ideológica del par “negros” - “blancos” son más elementos o dimensiones “políticos, culturales, sociales” –como señala en una de las citas antes transcriptas- que propiamente raciales. Está claro que no intentamos aquí hacer una evaluación de lo adecuado o no de su ideología política, pero si sugerir algunas consecuencias que se pueden derivar de esta construcción identitaria.

En primer lugar, a diferencia de otras construcciones de la palabra “negro” –en la cumbia, o el cuarteto cordobés- la suya conlleva una fuerte connotación política. Está propuesta como una identidad netamente política. En segundo lugar, al plantearla inequívocamente como una contra-identidad de “blanco”, señala nítidamente un/os adversario/s políticos. Otras construcciones de “negro”, como las que se realizan en los géneros musicales mencionados, también presentan identidades contrastantes, pero no tan claramente definidas o identificadas – la de “chetos” en las letras de cumbia villera, por ejemplo. En las oportunidades en que, durante el 2008 y 2009, D’Elia llamó la atención de los medios por reivindicar públicamente a los “negros” lo hizo explícitamente en oposición a los “blancos”.

El énfasis que le otorga a la palabra “negro” está de acuerdo con determinadas visiones revisionistas, nacionales-populares, de la historia argentina -no en vano en la charla aquí analizada cita dos veces a Jauretche-. Sin duda motivado por la agrupación de activistas afro que lo convidó, elabora la interesante distinción “lugar simbólico” – “lugar étnico” del negro, identificándose principalmente con el primero, y distanciándose del segundo. Según su visión –que continúa la narrativa dominante de la nación- como los negros resultaron “devastados”, sólo queda ahora el lugar simbólico del “negro”. Esta distancia respecto de los negros se evidencia cuando en gran parte de su discurso espontáneo se refiere a sus experiencias en Africa y cuando para hablar de negros presentes en Argentina hace referencia a las migraciones africana, dominicana y haitiana. Cuando finalmente menciona a los negros argentinos, señala que éstos han sido eliminados por las guerras y las epidemias.

Ante mis preguntas, sin embargo, reconoce o recuerda que una activista social negra (“negra posta”, “negra como ustedes”) lo empujó a tomar un rol relevante en la toma de tierras en La Matanza, que la familia de esta mujer aún vive en el barrio y que “por supuesto” dio origen a su murga. Mas aún, hacia el final de la charla reconoce que él mismo podría tener ascendencia negra (no queda claro si moro-española o argentina) -hecho que es desenfatizado en su historia familiar.

El ejemplo aquí analizado muestra claramente el trabajo cotidiano de invisibilización de la presencia y la ascendencia negra que operan en nuestra sociedad –aún en sectores que reivindican abiertamente a los “negros”. También, la preferencia explícita en el caso de un importante dirigente de organizaciones sociales como D’Elia por hacer del término “negro” una identidad política de clase, y no una racial. Sin duda, a los efectos de crear un movimiento social, esta modalidad de identificación permite una mayor aglutinación de individuos que si se entendiera por “negro” a afrodescendiente –porque por más que sí sean “morochos” u oscuros, es claro que no todos los “negros” tienen ascendencia negra. Y muchos de los que sí la tengan, no lo saben –o puedan apenas sospecharla, como el propio D’Elia. Un énfasis explícito en la diferencia de fenotipos –“negros” más oscuros y más claros- también podría llevar a una segmentación indeseada en esta novedosa y no del todo establecida construcción identitaria. 24

Dada la historia política de la Argentina y su contexto actual, la estructura de oportunidades favorece más claramente una identificación de clase que una racial. A diferencia de otros países, en la Argentina el desarrollo de un fuerte partido político de masas subordinó las (posibles) identidades raciales y étnicas a las de clase. Exceptuando, quizás, las actuales identificaciones como “pueblos originarios”, aún rinde más esta última modalidad de identificación que las primeras.

Por otro lado, dado que los sectores que reivindica D’Elia se encuentran sin acceso al trabajo formal, resulta difícil que sufran las discriminaciones que suelen impedir el ascenso social en base al fenotipo (“buena presencia”) –aunque seguramente sí se ven sujetos a la sospecha policial –y social- por “portación de rostro”.

La insistencia de D’Elia con el término “negros” también señalaría que identificaciones como “trabajador” o “peronista” ya no resultan enteramente eficaces para las reivindicaciones de determinados sectores que sobrellevan situaciones de progresiva precariedad social. Este “proletariado plebeyo”, como lo denomina la socióloga Maristella Svampa, corre el peligro de quedar fuera de la estructura partidaria peronista –como ya quedó fuera del alcance del trabajo formal-. De allí la exigencia de D’Elia, antes de las últimas elecciones legislativas, en tener listas “de trabajadores, de morochos” y no “listas blancas, marketineras”. Ese “morochos” que el dirigente le agrega a “trabajadores” parecería sugerir la necesidad de un nuevo matiz para diferenciar entre distintos tipos de “trabajadores”, y siempre insinuar, por más que su discurso lo niegue, una dimensión racial que, aún dentro de la misma clase, podría estar (está, de acuerdo con mi perspectiva) funcionando como un plus de segregación. El uso de D’Elia del término “negros” -utilizado continuamente con su par contrastante “blancos”, si bien no está, como vimos, racializado, es sin duda potencialmente racializante. Por otro lado, no puede dejar de llamar la atención que el dirigente piquetero que más ha insistido con el término es aquel cuyo fenotipo denota una posible ascendencia afro. En boca de otro dirigente piquetero con un fenotipo más “blanco”, el empleo del término hubiera resultado menos creíble y quizás menos revulsivo para los medios.

La preferencia de una identificación política de clase por sobre una racial –al menos para el sector que dentro de las agrupaciones “piqueteras” pueda, eventualmente, llegar a identificarse como afrodescendiente- puede cambiar si alguna vez el Estado argentino implementa alguna política de acción afirmativa y de reparaciones históricas –lo que por ahora parece lejano. La posibilidad de que cuando un “negro” se mire al espejo pueda ver también a un negro -o su descendiente, ese “alguna cosa hay acá” que menciona D’Elia sobre su persona y que intenta capturar el término afrodescendiente – está tan obstruida por la narrativa dominante de la nación como por la fuerte construcción de identidades de clase que por el momento conspiran contra las probabilidades de identificación racial.
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1 Investigador Independiente del CONICET. Profesor de la Maestría en Antropología Social de FLACSO.

E-mail: alejandrofrig@yahoo.com.ar

2 Estas declaraciones incluso lo hicieron merecedor de una biografía no autorizada editada por Planeta: Negro (contra) Blanco: Luis D’Elia y el recurso del odio. En la contratapa, arriba del resumen sobre el contenido del libro, figura en gran tamaño la frase “Odio a los blancos. Los odio con todo mi corazón”.

3 A lo largo de este trabajo utilizaré “negros” (negros con comilla) para referirme al uso cotidiano del término en nuestro país (sectores subalternos) y negros (negros en cursiva) para aludir a personas de “raza negra”.

4 El número no sólo no está aún bien determinado sino quizás nunca lo sea, ya que como la raza es una construcción social y no una realidad biológica, quiénes son considerados y se consideran negros varía de sociedad en sociedad, de región en región, y también de acuerdo a los distintos momentos históricos. En algunos contextos sociales como el norteamericano la “raza” se constituye en uno de los principales elementos de asignación y autoatribución identitaria, en otros como el latinoamericano es importante pero su relevancia esta matizada por consideraciones de clase y por un mayor grado de mestizaje que hace posible un mayor (aunque no ilimitado) uso estratégico de las identificaciones raciales.


5 Para tratamientos recientes de la invisibilización histórica de los afroargentinos, ver Solomianski (2003) y Geler (2006). Esta invisibilización también se produce -de muy diversas y aún no bien estudiadas maneras- en nuestra vida cotidiana. Basta ver cómo en los colegios y celebraciones públicas los negros sólo aparecen en las festividades que celebran el 25 de mayo de 1810 (cuando en la narrativa dominante llegan, al menos, hasta la caída de Rosas). Asimismo, se puede apreciar cómo en los libros recientes sobre historia del tango, y en la continua representación de esta historia en los espectáculos teatrales tangueros, el rol de los negros en su origen es cada vez más desenfatizado.

6 La reivindicación de una identidad maestra puede ser establecida por los deseos del individuo o por las exigencias de un movimiento social o grupo religioso al que éste pertenece, o puede, en determinadas ocasiones, ser impuesta por el medio social. Tal es el caso de la raza en EEUU que se transforma habitualmente, lo quieran los individuos o no, en la identidad principal que afecta principalmente casi todas las interacciones sociales. La mayor o menor injerencia en el establecimiento de una identidad principal por parte del individuo, de un grupo al que pertenece o del medio social en que se desenvuelve resulta vital para comprender la lógica de los actos de identificación que un individuo realiza y sus estrategias de reivindicación identitaria.


7 Un paso importante para la consecución de estos objetivos era la construcción de una identidad colectiva afroargentina, ya que para muchos miembros de este (posible) grupo social el ser negro no necesariamente constituía una parte importante de su identidad personal. Dadas las consecuencias sociales negativas de ser percibido como negro, muchos de quienes pueden pasar –en el sentido de Goffman (1963)- en la vida cotidiana lo hacen. Y aún quienes reivindican o no pueden evitar que se les atribuya una identidad social de negro no necesariamente se sienten motivados a participar en acciones grupales en beneficio del colectivo.


8 La Casa de la Cultura Indo-Afro-Americana de Santa Fé preexiste a Africa Vive, pero su ubicación provincial la hace poco visible en Buenos Aires. Para un análisis detallado del desarrollo del movimiento de activismo afro en Buenos Aires, ver Frigerio y Lamborghini, en prensa.

9 Entiendo que cualquier descripción y utilización de términos para calificar a los grupos en conflicto en este contexto polémico no es inocente.

10 Según la versión del periodista Jorge Fontevecchia en http://www.perfil.com/contenidos/2008/03/28/noticia_0043.html?commentsPageNumber=4. Fontevecchia, al igual que sus colegas de otros medios, hilvana aquí diversas frases dichas por D’Elia a lo largo de un reportaje radial. La desgrabación de la entrevista se puede leer en http://criticadigital.com/tapaedicion/diario__27_entero_web.pdf


11 Desgrabado del audio de la entrevista en http://www.youtube.com/watch?v=fTK9ww7yrSc

12 Durante los cuatro minutos que dura la “charla”, el joven (23 años) de buena manera pero algo nervioso se niega a opinar sobre la pelea de su padre el día anterior. En un momento, se produce el siguiente intercambio:

“Peña: Vos sos gay?

Pablo D’Elia: No, ni loco…

Peña: Querés decir que yo soy un degenerado?

Pablo D’Elia: (espontáneo) No, boludo..

Peña: (irónico) No, a mí boludo no me digas, negro de mierda…”

Desgrabado del audio de la entrevista en http://www.youtube.com/watch?v=tNDAURNjj6g&feature=related


13 En al menos otras dos oportunidades los medios registraron similares declaraciones “racializadas” de D’Elia. Con más destaque, cuando en mayo del 2009 hizo referencia a los candidatos de las próximas elecciones parlamentarias. Dijo: “No queremos
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