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TEMA 9: El cuerpo humano y sus afecciones: Médicos y sanadores en las culturas arcaicas. Los transgresores

Las civilizaciones más antiguas contemplaron la enfermedad como algo ajeno al hombre; como un castigo impuesto a los que infringían un tabú o contravenían las reglas establecidas. El sentimiento de culpa iba siempre ligado a la enfermedad y su curación pasaba, antes de nada, por el arrepentimiento. Los sacerdotes y hechiceros buscaban el origen de la dolencia en la infracción cometida y no en el cuerpo del infractor; recurrían a rituales apotropaicos y a la magia para intentar mitigar esa falta: había que sosegar a los dioses y a ellos iban dirigidas las plegarias y sacrificios, las ofrendas y los halagos.

Obviamente, en la mayoría de los casos, esas prácticas no lograban mejorar al enfermo, a no ser que la naturaleza de su dolencia fuera más bien psíquica o mental. Era entonces necesario realizar un examen más atento de su cuerpo para encontrar en los síntomas aparentes la causa del mal. El sanador solía administrar brebajes a base de plantas medicinales, mientras el exorcista recurría al uso de amuletos y oraciones. Lo observamos en Mesopotamia: los llamados asû eran los terapeutas encargados de suministrar las pócimas y bebedizos, mientras los ašipu se dedicaban al ejercicio de la magia. No obstante, la medicina precientífica procede de la actividad de estos últimos y de las exhaustivas inspecciones realizadas al enfermo. Se han encontrado en lo que fue la Biblioteca de Asurbanipal tablillas que describen una gran variedad de rasgos fisiognómicos de las personas, como el color del cabello, tamaño del cuerpo y de sus extremidades, marcas y señales en la piel, coloración de la misma, peculiaridades en el habla o en la forma de caminar, cualidades morales, etc. Se analizaban también sus secreciones, el pulso y los olores desprendidos por el enfermo. En el período paleobabilonio, los ašipu diagnosticaban la enfermedad y su probable desenlace; acusaban a los demonios de su aparición y practicaban algún rito mágico o namburbi para neutralizar la acción de aquellos. En algunos documentos se registraban también los sucesos relevantes que el brujo encontraba a su paso; todos ellos eran consignados como presagios del resultado final de la enfermedad.

Con el paso del tiempo, los asû desaparecieron al fundirse con los ašipu. Pero en épocas mucho más antiguas los enfermos eran sacados a la calle para que los viandantes dieran su opinión acerca del mal que les aquejaba y de los remedios necesarios para su restablecimiento.

La práctica de la adivinación se diversificaba en diferentes rutinas y aplicaciones: astrología, libanomancia (examen del humo formado al quemar incienso), lecanomancia (forma que adquieren las gotas de aceite vertidas en agua), augurios, etc. La aruspicina trataba de predecir el futuro mediante la observación de las vísceras de los animales; fue una técnica común en las poblaciones de China, Sureste Asiático y Oriente Medio, desde donde se extendió al Asia Menor y de ahí, a los enclaves del Mar Mediterráneo. La más antigua de todas esas prácticas, la hepatoscopia, analizaba la forma del hígado y sus peculiaridades. El chamán asirio o bārû pregunta a los dioses del oráculo acerca de algún suceso venidero y estos responden marcando los órganos del animal. Una vez formulado el ritual, el adivino se dispone a inspeccionar minuciosamente las entrañas del animal sacrificado: busca malformaciones, señales de cualquier tipo, coloraciones inusuales, formas extrañas, disposiciones raras de las vísceras. Para detectar estos signos se necesitaba un conocimiento previo del interior de los organismos. Se han encontrado numerosas tablillas de arcilla con figuras de hígados y de otras vísceras animales, en su estado normal y sano y cuando están afectadas por alguna clase de anomalía. También se prestaba atención a la aparición de seres deformes o monstruosos, pues esto presagiaba desastres para el país.

Los egipcios fueron unos médicos experimentados, aunque no por ello hay que desligar su actividad de la religión y la magia. El aprendizaje de esta sabiduría se realizaba en la Casa de la Vida y a él se dedicaban magos, sacerdotes y médicos o terapeutas. Los papiros destinados a la medicina comienzan siempre con invocaciones a los dioses sanadores, Toth y Anubis, y fórmulas mágicas, e incluyen entre sus recomendaciones todo tipo de hechizos y conjuros. Se pretendía así neutralizar el poder de los demonios, de los muertos y de los dioses agraviados. Los documentos que conservamos fueron escritos seguramente hace 4000 años, pero se cree que estos son copias de textos más arcaicos. Todos ellos nombran la enfermedad por su síntoma más significativo y detallan a continuación los posibles remedios y curas; en algunos casos, incluso se dicta el fármaco específico para vencer la dolencia y las dosis pertinentes. Las enfermedades se atribuían también a agentes externos: malos vientos, gusanos o insectos; origen interno: desnutrición, obesidad, embriaguez; causa moral: mal de amores, nostalgia o tristeza. El cuerpo humano se conocía, principalmente, debido a la práctica habitual de embalsamar cadáveres y a la cura de lesiones y heridas.

El Ramesseum es el papiro más antiguo. Data de la XII Dinastía (c. 1900 a. C.), en el Imperio Medio y es de carácter mágico-religioso; trata asuntos de obstetricia (IV), como por ejemplo, recetas anticonceptivas, y contiene sugerencias para remediar atrofias musculares y óseas (V). El Papiro Kahun, de la misma época, está dedicado a temas de veterinaria; también apunta varios métodos para descubrir una posible esterilidad femenina o detectar el embarazo; además comenta qué rasgos de la mujer gestante prueban el sexo que tendrá el hijo. Este documento contiene 34 recetas relacionadas con la ginecología. El Papiro Smith, algo posterior a los anteriores, es un texto quirúrgico y describe diversas afecciones del corazón y traumatismos; sus indicaciones sugieren la posibilidad de que se hubieran practicado disecciones. El Papiro Ebers procede del Imperio Nuevo; comenta diversas afecciones del aparato digestivo, pulmones, oídos y ojos. Describe los procesos de angina de pecho, aneurismas y hernias. El Papiro Hearst es de la misma época que el anterior. En realidad es un compendio de recetas prácticas para sanar fracturas y mordeduras. El Papiro Erman (c. 1550 a. C.) es de naturaleza mágica; contiene exorcismos y encantamientos para lograr un buen parto. El Papiro London (1350 a. C.) registra 61 recetas e invocaciones mágicas. El Papiro Berlín, realiza una excelente descripción de algunas dolencias cardíacas. El Papiro Beatty examina un único caso clínico y añade 41 remedios para sanar enfermedades de pecho, vías urinarias y ano. El Papiro Carlsberg, de la XX Dinastía, comenta diversas afecciones de los ojos. El Papiro Leiden repite el contenido de otros textos.
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:
GUERRA, Francisco: Historia de la medicina. Norma, Madrid, 2001

OPPENHEIM, A. L.: La Antigua Mesopotamia. Gredos, Madrid, 2003
BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA:
ROMÁN LÓPEZ, Mª Teresa: Sabidurías orientales de la Antigüedad. Alianza, Madrid, 2004

TEMA 10: La medicina de Hipócrates y Galeno. Las doctrinas de los humores. El saber curativo en el mundo grecorromano
Asclepio era el dios griego responsable de la salud de los seres humanos. En sus templos concurrían enfermos y sanadores; los primeros buscaban el favor del dios y la curación de sus males, depositando exvotos si conseguían recuperar la salud; los segundos acudían a interesarse por las dolencias de los enfermos, les preguntaban acerca de sus males y por el modo en que habían sanado. La medicina griega pudo tener este origen.

Hipócrates de Cos (n. 460 a. C.) fue contemporáneo de Sócrates y Platón, y seguramente estuvo influido por la autoridad de Empédocles, el cual fundó en Sicilia la primera escuela médica ateniense. La hipótesis de los cuatro elementos: tierra, agua, aire y fuego, inspiraría su doctrina de los humores.

Hipócrates creyó que la enfermedad se debía a causas naturales; por tanto, los remedios debían ser también naturales. Rechazó interpretaciones de otra índole, como las mágico-religiosas que habían respaldado las culturas primitivas. Según el médico de Cos, existen cuatro humores que fluyen en el interior del cuerpo humano: la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra; el equilibrio entre ellos condiciona el estado de salud. No practicó demasiadas disecciones en animales, por lo que sus conocimientos de anatomía fueron algo escasos. Hipócrates prefería realizar estudios clínicos del enfermo y ordenar tratamientos a base de medicamentos, dieta suave y descanso; para prevenir males futuros, solía recomendar alimentos sanos, ejercicio moderado y masajes.

La Colección Hipocrática consta de 60 tratados muy diversos; desde los dietéticos y deontológicos, hasta los de patología general y especial, como los dedicados a oftalmología, obstetricia y pediatría; aunque desconocemos cuáles de ellos fueron escritos por el mismo Hipócrates y cuáles se deben a su Escuela. El repertorio de Aforismos hipócratico contiene 400 preceptos agrupados en ocho libros; todos derivados de su experiencia y aguda observación.

La Escuela de Cos siguió las directrices del maestro, frente a la establecida en Cnido, en la cual se prestaba más atención a la enfermedad que al enfermo. En ambas escuelas, como en la instituida por Empédocles en Sicilia, se pensaba que un desequilibrio humoral era el causante de las enfermedades. Todas ellas practicaban una medicina natural y una terapéutica suave. Se escribió un tratado de embriología: La naturaleza del niño, apoyándose también en las observaciones realizadas en huevos de gallina. Se dijo que las arterias contenían aire y las venas sangre; se estudió la influencia del clima en el desarrollo de las enfermedades; se analizaron los procesos epidemiales, etc.

A este período ateniense le sucedió el helenístico, centralizado en Alejandría. En esta época, los médicos practicaban disecciones de animales y cadáveres humanos con bastante frecuencia; por tanto, aumentaron notablemente los conocimientos en anatomía y fisiología. Herófilo (fl. 325 a. C.) estudió en Cos y siguió esta línea de investigación. Examinó los vasos sanguíneos, distinguiendo entre venas y arterias; él creyó que todas estaban llenas de sangre. Llamó vena arterial a lo que hoy denominamos arteria pulmonar y arteria venosa a la vena pulmonar. Diferenció asimismo entre cerebro y cerebelo y habló de la existencia de cuatro fuerzas responsables de la actividad orgánica y cuyos centros los situaba en el hígado, corazón, nervios y cerebro. Escribió 11 tratados relacionados con asuntos de anatomía, obstetricia (inventó el embriótomo), oftalmología, terapéutica, dietética y pulso, el cual midió con una clepsidra que él mismo construyó.

Erasístrato (aprox. 304 – 250 a. C.) fue un gran fisiólogo y anatomista. Se inspiró en el atomismo democriteano para sustituir la doctrina de los humores por otra que combinaba la acción de los corpúsculos con el pneuma. Para él, la enfermedad residía en el exceso de sangre o plétora que inunda las arterias y provoca alteraciones en el movimiento del pneuma. Estudió las fases de la respiración, el cerebro, los vasos sanguíneos; distinguió entre venas, arterias y nervios: los primeros llevan sangre, los segundos aire y los terceros el pneuma psíquico procedente del cerebro. Afirmó que el corazón actuaba como una bomba, impulsando el pneuma hacia el cerebro por la arteria aorta. Escribió 62 tratados que no conservamos.

En el siglo II a. C. se fundó en Alejandría la Escuela Empírica, en la cual se prestaba más atención a la cura del enfermo que a descubrir el origen y naturaleza de la enfermedad. Glaucias escribió un tratado sobre hierbas medicinales y enunció los tres principios en los que se apoyaba la investigación médica: autopsia, historia y analogía; los tres relacionados con la observación directa de sintomatologías semejantes. Hubo otra escuela, la Metódica, inspirada en las enseñanzas de Asclepíades de Bithynia (s. I a. C.). Este aplicó el corpuscularismo democriteano al cuerpo humano y rechazó el punto de vista de las escuelas naturalistas y el de los empíricos. No le gustaba recomendar medicamentos, pero sí comentó las propiedades beneficiosas del vino, del ejercicio pausado, de la dieta equilibrada y de los ayunos.

Cuando Roma desplegó su ejército sobre los pueblos del Mediterráneo necesitaba personas capaces de curar las heridas y lesiones de sus soldados. La cirugía progresó espectacularmente en este período y por esta causa. No obstante, los romanos se preocuparon también de la salud de sus ciudadanos y crearon los primeros hospitales y enfermerías, así como escuelas en las que aprender las artes de la medicina. De este período fueron Celso, quien escribió una Enciclopedia de la que sólo conservamos los libros dedicados a dietética, terapéutica, cirugía y enfermedades óseas; y Dioscórides, un médico militar que redactó Materia Médica, obra cuyo contenido abarca temas tan dispares como farmacología, botánica y química. Describió productos de origen orgánico y mineral con sus respectivas cualidades curativas.

En el siglo I, la Escuela Pneumática recogió la antigua teoría de los humores, adaptándola a sus hipótesis acerca del pneuma ; este controlaba la actividad y el buen funcionamiento corporal; se introducía en el organismo mediante la respiración y era la fuente de calor que recorría todo el cuerpo conducido por las arterias y mezclado con la sangre. El fundador de esta escuela fue Ateneo de Attalia (fl. 41-54).

La Escuela Ecléctica se constituyó alrededor de Claudio Agathinos (fl. 50), seguidor de la doctrina de Hipócrates, aunque con una visión más empírica de sus enseñanzas. De esta escuela fue Areteo de Capadocia, autor de excelentes tratados acerca de enfermedades mentales y otras de origen infeccioso, como la lepra, el tétanos, difteria, pleuresía, etc.

Galeno de Pérgamo (129-200) no perteneció a esta escuela pero su pensamiento fue fundamentalmente ecléctico: intentó acomodar la teoría hipocrática de los humores y su terapéutica naturista con las hipótesis defendidas por los empiristas y pneumáticos; todo ello, además, impregnado de la filosofía aristotélica. La naturaleza, afirmó, es el principio creador que fija y regula las funciones del cuerpo, y el pneuma es el espíritu vital que penetra en el cuerpo a través de la respiración. Distinguió tres tipos de pneuma: natural, vital y animal; y tres centros en los que estos se desarrollan: el hígado, el corazón y el cerebro. Creyó que la sangre traspasaba el tabique interventricular a través de poros imperceptibles, para mezclarse con el pneuma procedente de los pulmones.

Trabajó junto a los gladiadores y esto le permitió realizar progresos en anatomía, fisiología y cirugía. Practicó disecciones en animales y defendió la conveniencia de realizar también vivisecciones. Fueron muy fructíferas las experiencias llevadas a cabo en cadáveres de monos, tan morfológicamente próximos a los humanos, pues con ello pudo describir perfectamente sus sistemas óseo y muscular.

La hipótesis de los cuatro humores inspiró su doctrina acerca de los temperamentos humanos: sanguíneo, flemático, colérico y melancólico. En cada uno de ellos existiría el predominio particular de uno de los humores. Galeno fue un versátil y prolífico autor; no sólo escribió sobre asuntos relacionados con la medicina, como anatomía, fisiología, dietética, higiene, patología, etc, sino también temas específicos de filosofía, retórica y filología.

La medicina galénica influyó en las escuelas europeas hasta el siglo XVII.
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:
BABINI, José: Historia de la medicina. Gedisa, Barcelona, 2000

GUERRA, Francisco: Historia de la medicina. Norma, Madrid, 2001

RADA, E.; BURGUETE, R.: Ciencia y Tecnología y su papel en la sociedad. UNED,

Madrid, 2004
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