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TEMA 11: Médicos renacentistas: La Escuela de Padua. El desarrollo de la anatomía en Leonardo y Vesalio. El problema de la circulación de la sangre: Miguel Servet y Harvey La noción iatroquímica de Paracelso. El avance de la cirugía
A partir del siglo XV la medicina en Europa pasó a ser una disciplina impartida en las universidades. La Edad Media había supuesto el estancamiento de esta ciencia en Occidente, aunque no ocurrió lo mismo en el mundo musulmán, donde se realizaron numerosas traducciones y se redactaron obras originales. Bagdad fue el centro neurálgico del saber en este período. Las tres grandes religiones rechazaban practicar disecciones, y tanto los musulmanes como los judíos se mostraron remisos ante la cirugía. La anatomía y la fisiología no prosperaron mucho en esta época. No obstante, a partir del siglo XIII ambas especialidades comenzaron a progresar; por ejemplo, de la mano de los estudios jurídicos en Bolonia, donde se permitía realizar autopsias a los cadáveres. Aún así, en los centros médicos de enseñanza las disecciones las efectuaban los auxiliares y nunca los profesores.

Los médicos del Renacimiento fueron además científicos y humanistas; y muchos de estos últimos se sintieron inclinados a estudiar temas relacionados con la medicina. Como Marsilio Ficino, quien fundó en Florencia la Academia platónica y se ocupó de la vejez y del modo de llegar a ella saludablemente; o el controvertido algebrista Cardano, y Rabelais, Cornaro, etc. La disección dejó de ser una experiencia vetada y, por esta razón, la anatomía y fisiología fueron las disciplinas que más avanzaron, frente a la clínica y terapéutica, que extrajeron sus conocimientos de las obras clásicas de Hipócrates y Galeno. Los médicos eran personas con una sólida formación académica, no así los cirujanos, cuyo saber se basaba exclusivamente en la experiencia, propiciada por las continuas y sangrientas campañas militares. El uso de la pólvora cambió el cuadro de afecciones, heridas y lesiones provocadas por ella. Muchos médicos iniciaron su aprendizaje en este campo, como Ambroise Paré (1510-1590), quien fue maestro barbero en sus orígenes y cirujano militar posteriormente; descubrió cómo tratar las heridas de guerra con ungüentos y no mediante cauterización o aceite hirviendo; logró evitar muchas amputaciones. También se le ocurrió ligar las arterias para cortar las hemorragias. En 1545 escribió Sobre el método para tratar las heridas que hacen los arcabuces.

Tradicionalmente, todos los asuntos relacionados con la gestación y el nacimiento de un niño habían sido encargados a las parteras. Ahora los médicos comenzarán a interesarse por esta especialidad totalmente y no sólo cuando el parto se pronostica difícil. En 1554 se inventó el fórceps y Della Croce escribió un tratado describiendo los instrumentos quirúrgicos utilizados en la época.

Leonardo da Vinci fue uno de los creadores de la anatomía y fisiología comparadas. Trabajó en Padua y él mismo efectuaba disecciones y disecaciones, representando el resultado de sus estudios en hermosas láminas y dibujos. Leonardo fue un hombre del Renacimiento: humanista, filósofo, científico, médico, inventor y artista; reunió en su persona todos los conocimientos de la época. Su espíritu inquisitivo le impulsó a investigar en todos estas especialidades. No obstante, a pesar de los minuciosos exámenes realizados en el cuerpo humano, siguió defendiendo la existencia de poros en el tabique interventricular.

La anatomía progresó espectacularmente: los propios profesores en medicina llevaban a cabo las disecciones. Fueron anatomistas famosos Antonio Benivieni, quien realizó numerosas autopsias; Berengario da Carpi, el cual preparó un excelente tratado con ilustraciones; Canano, prestigioso médico que publicó en 1541 una obra dedicada a esta disciplina.

También André Vesalio practicó disecciones y vivisecciones en animales. Aunque belga de nacimiento, estudió en Lovaina y París, y fue eminente maestro en la Escuela de Padua. Describió con todo detalle las vísceras, los huesos, los músculos, arterias, venas y nervios; para ello contó con la ayuda y colaboración de Van Calcar, quien ilustró maravillosamente sus libros: Seis láminas anatómicas (1538), De humani corporis fabrica (1543), vulgarmente conocido como La fábrica. En fisiología, estuvo muy influido por Galeno; analizó el aparato digestivo y sus funciones, el reproductivo, los órganos sensoriales y el corazón. Comprobó que en el cerebro humano no existía una rete mirabile, como creía Galeno; pero de acuerdo con el sabio de Pérgamo, defendió que en el tabique interventricular debía haber poros, a pesar de la observada solidez y consistencia del mismo.

La Escuela de Padua pasó a ser el centro más prestigioso de estudios anatómicos. En ella trabajaron y se instruyeron Eustachio, famoso por sus descubrimientos en el aparato auditivo (Opuscula anatomica, 1564); Matteo Colombo, se ocupó de investigar el sistema circulatorio; Gabriello Fallopia (Observaciones anatómicas, 1561), quien además de médico fue un excelente farmacólogo; Julio Casserio, famoso por su trabajo en anatomía comparada; Gerolamo Fabrizi D’Acquapendente, experto en embriología y medicina vascular: descubrió las válvulas de las venas; en embriología, siguió las enseñanzas de Galeno; estudió las diferentes etapas de la gestación humana y el proceso embrionario del pollo; pensó, al igual que Aristóteles, que el macho ocupaba una posición dominante respecto a la hembra en la reproducción.

También en la Escuela de Padua trabajó William Harvey. Además de anatomista con él se inicia la ciencia de la fisiología o anatomía animada, pues no tuvo reparo en practicar vivisecciones. Descubrió la circulación de la sangre en 1618, aunque no publicó los resultados de sus investigaciones hasta 1628: De motu cordis o Estudio anatómico del movimiento del corazón y de la sangre de los animales; en esta obra, Harvey hace un análisis anatómico comparado de 40 especies distintas de animales. En pleno período musulmán (s. XI), Ibn Al-Nafis describió lo que él denominó la pequeña circulación, destacando la inexistencia de poros en la membrana interventricular; la sangre pasaría del ventrículo derecho al izquierdo por los vasos pulmonares. Miguel Servet, defendió esta misma idea: la sangre no se mezcla con el aire al atravesar los poros del tabique interventricular, sino que es impelida a los pulmones por el corazón (Christianismi restitutio,1553); pero su cuerpo y su obra fueron a parar a la hoguera.

Harvey también estudió embriología (Sobre la generación de los animales, 1561) y creyó que los órganos del embrión se formaban a partir de la sustancia del huevo (epigénesis).

Fuera de Padua encontramos a Paracelso; además de químico fue un excelente cirujano: había practicado esta especialidad en el campo de batalla (Gran Cirugía, 1536). Hombre de personalidad singular, místico y científico al mismo tiempo, confió más en los conocimientos aportados por su propia experiencia que en los que le proporcionaba la autoridad de los clásicos. Creyó que la salud y la enfermedad eran estados físicos gobernados por cinco esferas, la última de las cuales era Dios (Paramirum, 1530); las afecciones se deben al desequilibrio surgido entre las tres sustancias primigenias: sal, azufre y mercurio. Paralelamente, en Paragranum se ocupa de los médicos y de la medicina; ésta se sustenta sobre cuatro pilares: filosofía natural, astronomía, alquimia y virtud o rectitud de conducta.

Paracelso inauguró el período de los iatroquímicos. Pensó que determinadas sustancias químicas, administradas de modo conveniente, lograrían efectos beneficiosos para recuperar la salud. Aunque también sostuvo que las enfermedades mentales podían curarse aplicando otros medios: persuasión, autoconvencimiento de una posible mejoría, ... y fe, siempre que el enfermo fuera cristiano. Los remedios prescritos por los iatroquímicos no siempre tuvieron éxito; es más, muy pocos pacientes pudieron sobrevivir a la ingesta de metales y sustancias que hoy día sabemos que son venenosas.

Van Helmont fue otro iatroquímico. Afirmó que los procesos vitales se reducían a reacciones químicas; así, suministraba preparados minerales a los enfermos. En cada órgano existe un principio inmaterial o archaeus que actúa sobre el fermento ahí producido y estimula su funcionamiento. Por encima de todos estos archaei hay uno primordial responsable del alma sensitiva, que dirige la actividad psíquica y muere cuando lo hace el hombre; no obstante, los seres humanos poseemos un espíritu inmortal. La inestabilidad de los archaei provoca la enfermedad.

Franz Le Böe, también llamado Sylvius, estudió los fenómenos y transformaciones químicas ocurridas en los organismos; para él, la enfermedad aparece cuando se altera la proporción adecuada entre los elementos contrarios - ácidos y álcalis – existentes en los jugos y secreciones orgánicas; por tanto, su terapia consistía en añadir las sustancias químicas que estabilizaran esas reacciones desajustadas.

En 1630 se inventó el microscopio; Pierre Borel fue el primer biólogo que lo utilizó en sus observaciones. Después, los llamados microscopistas clásicos: Malpighi, Grew, Hooke, Swammerdam y Leeuwenhoek. Todos ellos hicieron importantes descubrimientos en medicina y biología.
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:
BABINI, José: Historia de la medicina. Gedisa, Barcelona, 2000

GUERRA, Francisco: Historia de la medicina. Norma, Madrid, 2001

TEMA 12: Teorías acerca de la Tierra: Las tesis de Maillet, Buffon y Hutton. El tradicionalismo de Werner y Ray. Catastrofistas como Cuvier y Whewell. El uniformismo de Lyell.
Veintitrés de octubre, a las nueve en punto de la mañana: ¡Magnífica hora para ser creado! Pero, ¿de qué año? John Lighfoot (1602-1675), de la Universidad de Cambridge, calculó que ese día del año 4004 a. C. era un buen momento para que el hombre apareciera en escena. La Tierra tendría su origen poco antes; según el Génesis, unos días nada más. No fueron estos los únicos cómputos que se realizaron para hallar la edad de nuestro planeta, sin embargo, esta nunca superaba los 6000 años de antigüedad, contados antes del nacimiento de Cristo. En el transcurso de ese tiempo, las especies creadas no habrían sufrido ningún tipo de transformación, según John Ray (1627-1705), ni disminuido ni aumentado su variedad. Ante los fósiles de seres desaparecidos, Ray comentaría que lo eran de criaturas no halladas hasta el momento, pues quizá vivieran en lugares ocultos. Encabezó la corriente Tradicionalista, la cual conservaba absoluta fidelidad a los textos bíblicos. John Ray fue el precursor de las modernas botánica y zoología, aunque su ciencia fue enfocada hacia un finalismo que halla en la multiplicidad de las especies existentes una continua alabanza a su creador (La sabiduría de Dios en la Creación). Recurrió a una Naturaleza Plástica para justificar la inmutabilidad de aquellas, su preservación y cualesquiera movimientos vitales. A Ray no se le escaparon los errores y malformaciones que, de vez en cuando, mostraban determinados seres vivos, pero rechazando con firmeza el azar, pensó que la omnipotencia y sabiduría divinas garantizaban suficientemente los sucesos de la Tierra. A él le debemos una anticipación de las tesis de selección natural o supervivencia de los mejor dotados: la naturaleza favorecería la extinción de los restantes, fortaleciendo la rama de los individuos con cualidades superiores

Abraham G. Werner (1749-1817), un alemán experto en mineralogía, continuó en esta línea, afirmando cómo la Tierra, en un principio, estaba envuelta por una capa de agua en la que flotaban los gérmenes de todas las sustancias. Las aguas retrocedieron y la corteza se distribuyó en estratos. Cincuenta años después, el geólogo británico Charles Lyell (1797-1875) criticaría esta teoría: en capas de similar composición se han encontrado restos orgánicos muy diversos. Georges Cuvier (1769-1832) y William Buckland (1784-1856) pensaron además que el origen de esos fósiles se debía a cataclismos o catástrofes acaecidas en nuestro planeta, como el Diluvio, por ejemplo.

Con Buffon (1707-1788) los naturalistas se atrevieron a preguntarse acerca de la creación: demasiados fósiles de especies desconocidas e inexistentes; distribución de los mismos en líneas paralelas a la superficie del suelo; restos marinos donde únicamente había tierra y piedras. Sin embargo, el mito diluviano encajaba bastante con los últimos hallazgos; en esta línea, John Woodward (1665-1728) escribió su Ensayo sobre la historia natural de la Tierra (1695): el peso sería la causa del orden dispuesto entre los distintos materiales. Así lo creyeron también Bourquet y A. de Jussien, quien en 1718 descubrió restos de plantas exóticas impresos en las piedras de Le Lyonnais.

Contra estos argumentos, la lógica aplastante de René-Antoine Réaumur (1682-1757): las conchas marinas, dada su gravedad, ¿no deberían hallarse en lo más profundo de la tierra en lugar de estar distribuidas en estratos? Boulanger adelantó una teoría de capas geológicas, aunque bajo la perspectiva del carácter cíclico de las mismas. Y Fontenelle desechó la tesis del cataclismo, considerando que las constantes revoluciones de nuestro planeta habrían provocado que los mares de la India se abalanzaran sobre Europa, para después retirarse, dejando tras de sí una profusa variedad de restos marinos, vegetales de inusitada procedencia y otros de origen desconocido.

Desde las páginas de las Mémoires de Trévoux, los jesuitas imaginaron las explicaciones más peregrinas: La Tierra como alimento de extraños seres, los cuales encontrarían la muerte entre sus entrañas. Relatos de rasgos telúricos, muy próximos a los que ven en la Tierra una inmensa matriz donde se generan los minerales; pequeños embriones que se desarrollan y crecen en el cálido y oscuro recinto.

La hipótesis de un desastre generalizado no da cuenta de los huesos y esqueletos de mamíferos encontrados en lugares insospechados, muy distantes a los habituales de sus parientes y homólogos. En opinión de Maillet (Telliamet, 1748), la fisonomía de nuestro planeta variaría lenta y continuamente; sería un proceso evolutivo debido a la acción directa del mar, a su arranque y posterior depósito de materiales, al avance y retroceso de las aguas. Sin embargo, nuestro sistema sufriría periódicas fases de destrucción y generación, a partir de una materia eterna que lleva impresos por Dios el movimiento y la vida. También el geólogo británico James Hutton (1726-1797) respaldó las tesis evolucionistas (Teoría de la Tierra).

Buffon aboga por una naturaleza obediente a leyes inteligibles que el hombre puede desvelar. El físico prescinde de milagros y cataclismos, niega el azar y busca exclusivamente las causas de los fenómenos. Se decanta hacia una hipótesis evolutiva de la Tierra, una ley racional que estructura y vertebra los sucesos naturales: la acción constante y progresiva de los océanos (corrientes marinas, flujos y reflujos); los efectos producidos por los vientos y las lluvias y también por el fuego interno que provoca temblores en la corteza de la Tierra.

Desde el Uniformismo, Lyell (Principios de geología, 1830-1833) formalizará este pensamiento mucho después, señalando la variación lenta pero continua de la superficie terrestre; la acción del viento, el agua y las perturbaciones surgidas en su interior. Ni diluvios ni catástrofes que purguen nuestras faltas. Pero ¿qué edad tendría entonces nuestro planeta para haber cambiado tanto en tan poco tiempo?

Hoy día se piensa que la Tierra tiene una antigüedad de 4500 millones de años y los fósiles más arcaicos (semejantes a las bacterias y algas) tienen unos 3000 millones de años.

Por último, dentro de la más estricta ortodoxia, Thomas Burnet (c.1635-1715) y Joseph Butler atribuyeron al mito adánico el comienzo de nuestros problemas y de la imperfección circundante, pues, en opinión de Burnet, aunque la economía de la naturaleza evidencia la existencia de Dios, esta, incidentalmente, poseía unas condiciones paradisíacas e inmejorables. La caída de nuestros ancestros desencadenó el actual y caótico estado del planeta, antes liso, sin mares ni montañas, orientado fijamente al Sol, sin sucesión de estaciones. Dios castigó al hombre mediante el Diluvio y su acción transformó el Paraíso en su apariencia actual (Teoría sagrada de la Tierra).
BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:
BOWLER, P. J.: Historia Fontana de la ciencias ambientales. Fondo de Cultura Económica, México, 1998

HULL, L.W. H.: Historia y Filosofía de la Ciencia. Ariel, Madrid, 1998

MASON, Stephen F.: Historia de las ciencias, vols. 3 y 4. Alianza Editorial, Madrid, 2001
BIBLIOGRAFÍA COMPLEMENTARIA:
ELLENBERGER: Historia de la geología. Labor, Barcelona, 1989

PELAYO, Francisco: Las teorías geológicas y paleontológicas durante el siglo XIX. Historia Akal de la ciencia y la tecnología, vol. 40
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