La Historia Atlántica y las nuevas tecnologías




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HISTORIA ATLÁNTICA E INVESTIGACIÓN EN EL AULA.


Eva Botella Ordinas (Coord.)

ÍNDICE DE CAPÍTULOS


  1. Introducción - Eva Botella Ordinas………. 3-26



  1. Historia de la Expansión Europea, 1960-1995

  2. La Historia Atlántica, 1995-2011

  3. El Atlántico: ¿nosotros y lo otro?

  4. La Historia Atlántica y las nuevas tecnologías

  5. La docencia, la difusión de la historia atlántica y la innovación historiográfica.



  1. Historia in Atlantico 1.0




  1. Introducción…27-29

  2. Francis Drake, ¿Pirata, o héroe? – José Miguel Hernández Sousa…30-52

  3. Libertalia: del mito a la historia – René Moya León…53-67

  4. Atlántico literario: La Inglaterra flotante de Patrick O’ Brian – Andrés María Vicent Fanconi…68-80

  5. La voz de los vencidos: la historia azteca de la conquista hispana – Lara Delgado Anés…81-101

  6. La guerra de Arauco, ¿un suceso imprescindible para la historia europea? – Miriam Rodríguez Contreras…102-122

  7. Legitimaciones de la esclavitud: Iglesia y racismo - Pablo Romero Pellitero…123-137

  8. El arte colonial: la pintura, elemento de unión entre dos mundos – Juan Antonio Sampedro Serrano…138-149



  1. Atlantici Historiae 2.0



  1. Introducción…150-151

  2. La compleja frontera de las mentalidades – Julio Pareja…152-164

  3. Crítica a Wikipedia – Hu Hongbin…165-172

  4. Nuevas herramientas para el historiador: capital social y servicios de red social como motor de búsqueda de información – Carlos M. Moreno Alles…173-201

  5. Descubriendo a Colón a través del cine: los problemas de la adaptación histórica – Luis Aranda García…202-220

  6. Juicios de valor en el cine histórico: la conquista de América – Raquel Ruiz Moreno…221-239


INTRODUCCIÓN

Y tú para qué quieres un barco, si puede saberse, fue lo que el rey preguntó cuando finalmente se dio por instalado con sufrible comodidad en la silla de la mujer de la limpieza, Para buscar la isla desconocida, respondió el hombre. Qué isla desconocida, preguntó el rey, disimulando la risa, como si tuviese enfrente a un loco de atar, de los que tienen manías de navegaciones, a quien no sería bueno contrariar así de entrada, La isla desconocida, repitió el hombre, Hombre, ya no hay islas desconocidas, Quién te ha dicho, rey, que ya no hay islas desconocidas, Están todas en los mapas, En los mapas están sólo las islas conocidas, Y qué isla desconocida es esa que tú buscas, Si te lo pudiese decir, entonces no sería desconocida,”


José Saramago, El cuento de la isla desconocida.


“Lavaram as feridas na água do mar e agora estão sentados na areia enquanto as sentinelas vigiam no alto das dunas.
É este o preço da paz quando o amanhecer vem perto e o medo de morrer é esse mais humano de não viver bastante.
A penumbra que ainda esconde as águas cheira a algas pisadas e a guelras e tem o poder inesperado de fazer inchar os músculos pobres”


José Saramago

El término “expansión europea” es suficientemente polivalente como para requerir la publicación de un libro en 1996 discutiendo su significado. En general se asocia a la exploración ultramarina, al comercio y a la conquista. El concepto es marcadamente eurocéntrico, por lo que tiene un fuerte componente ideológico sustentando lo que se conoce como civilización occidental, o mundo occidental. Es decir, no es que se centre en describir el mundo occidental obviando otros mundos, sino que se concentra en construirlo. Sin embargo desde que surgió la disciplina en la década de 1960 el enfoque ha variado mucho, en el siglo XXI de hace una historia atlántica, mundial, interconectada, que supera las perspectivas nacionales e intenta evitar el eurocentrismo de la historia de la expansión europea.1
Desde entonces lo importante de la expansión europea no es la tanto propia expansión de Europa como el hecho de que produjo un mundo en conexión, en cruce, entrelazado: un mundo en el que sus habitantes tuvieron que interactuar e inventar nuevos modos de relación para el nuevo mundo en el que vivían (Europeo, Americano, Africano e incluso asiático). Es más que probable que sobre nuestro nuevo punto de vista, el de 2011, planee la sombra de la globalización (y la historia global como nuevo enfoque), y que mañana los historiadores (hoy estudiantes de historia) enriquezcan la materia desde una nueva perspectiva, criticando la actual desde sus preocupaciones presentes o futuras.


  1. La Historia de la Expansión Europea: 1960-1995


Cuesta trabajo saber, exactamente, que clase de personaje histórico es este Mediterráneo… Nada más nítido que el Mediterráneo del oceanógrafo, o el del geólogo, o el del geógrafo: trátase de campos de estudio bien deslindados, jalonados y marcados por sus etiquetas. No así el Mediterráneo de la historia
Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, Fondo de Cultura Económica, 1997, I, 13

Los trabajos clásicos de la expansión europea los escribieron Chaunu, Parry y Mauro: tres libros publicados en la década de 1960. Como consecuencia de esa orientación los trabajos que se publicaron entre principios de los 1960 y mediados de los 1980, giraban fundamentalmente entorno al conocimiento cartográfico y naval, y a las dimensiones comerciales, militares y políticas de dicha “expansión” atendidas desde el particular ángulo de la escuela de los Annales. El centro de las mismas era un supuesto proto-estado-nación que debía formarse de la mano de un proto-capitalismo, que se consideraba que determinadas proto-clases sociales estaban fomentando en su camino hacia la industrialización. A esas preocupaciones se añadieron otras, centradas en la explotación económica, el intercambio biológico y la interacción cultural que tuvieron lugar como consecuencia de dicha expansión. Las teorías de la dependencia de ciertos estados en un sistema mundial, en relación con Europa, y, en general, con “el mundo occidental” (Western World) se hallaban tras esas inquietudes.
Con todo, esas nuevas preguntas generaron, a mediados de la década de 1990, una abundante y rica literatura sobre la expansión europea. Por ejemplo, una colección de libros publicados por Brookfield, Vermont: Variorum, bajo el título general de An Expanding World: The European Impacto n World History, 1450-1800. La intención de esos nuevos trabajos era superar la perspectiva europea atendiendo a interacciones entre gentes modernas de diversas culturas. Un ejemplo de ellos son los trabajos de Felipe Fernández-Armesto; un par de ellos publicados en esa serie de libros: The Global Oportunity, y The European Oportunity (ambos de 1995). En ellos establecía una comparación entre el mundo occidental y no-occidental (occidente no es precisamente una categoría geográfica) para explicar por qué sólo el mundo occidental desarrolló su potencial para el desarrollo, a pesar de que sociedades como la china, la otomana, ciertas americanas y africanas se encontraban en la Edad Moderna en condiciones similares. Ambos trabajos son ciertamente eurocéntricos, y la comparación establece una frontera que tal vez entonces no existía. Aunque la mayor parte de aquellos libros pretendían tratar de la expansión europea en el mundo, en realidad se centraban en América; sólo algunos tocaban África y el Pacífico.
También desde la historia de la ciencia se trabajó en los años noventa atendiendo a la influencia de la ciencia europea en el mundo, a las interacciones intelectuales entre diversas culturas, fundamentalmente de Europa al mundo. Se empezó a explicar la importancia de la ciencia como instrumento del imperio. De nuevo, el enfoque en diversas culturas categorizadas como occidentales/no-occidentales, el estudio del conocimiento como si fuera tan universal como la propia ciencia, y el predominio de Europa era la perspectiva que permeaba dominantemente en esos trabajos. Quizá el más novedoso de los trabajos de esta década sea el de Sanjay Subrahmanyan (Merchant Networks in the Early Modern World, 1996) porque estudiaba a los mercaderes como un grupo de intereses, y enfatizaba las relaciónes entre la actividad mercantil y el poder político, mientras examinaba a los comerciantes italianos en Londres, o a los de Ghana en el comercio trans-sahariano, a los del sur de China en el sudeste de Asia, a los iraníes en la India oriental, o a los europeos y nativos americanos en América. Al no centrarse en el Estado-nación o en una perspectiva eurocéntrica proporcionaba una información más destilada del fenómeno de la expansión europea en la Edad Moderna, en un contexto más amplio. Otro ejemplo de mediados de la década de 1990 de ese tipo de análisis proviene de un estudio sobre la vela latina: I. C., Campbell, “The Lateen Sail in World History”, Journal of World History, 6, 1995: 1-23. Frente a la tesis tradicional que argumentaba que los marineros europeos adoptaron la vela latina de los árabes, exponía un origen mucho más híbrido y complicado, mezclando en su historia los océanos pacífico, índico y atlántico.2
2. La Historia Atlántica: 1995-2011.
so much is true, that the said country of Atlantis, as well that of Peru, then called Coya, as that of Mexico, then named Tyrambel, were mighty and proud kingdoms in arms, shipping and riches: so mighty, as at one time (or at least within the space of ten years) they both made two great expeditions; they of Tyrambel through the Atlantic to the Mediterrane Sea; and they of Coya through the South Sea upon this our island”
Francis Bacon, New Atlantis, 1627
ya su señor estaba puesto en camino, y muy a pique, de ser emperador; porque sin duda alguna pensaba que se había de casar con aquella princesa, y ser, por lo menos, rey de Micomicon. Solo le daba pesadumbre el pensar que aquel reino era en tierra de negros, y que la gente que por sus vasallos le diesen habían de ser todos negros; a lo cual hizo luego en su imaginación un buen remedio, y díjose a sí mismo: «¿Qué se me da a mí que mis vasallos sean negros? ¿Habrá más que cargar con ellos y traerlos a España, donde los podré vender, y adonde me los pagarán de contado, de cuyo dinero podré comprar algún título, o algún oficio, con quevivir descansado todos los días de mi vida? ¡No, sino dormíos, y no tengáis ingenio, ni habilidad para disponer de las cosas y para vender treinta o diez mil vasallos: en dácame esas pajas: Por Dios que los he de volar, chico con grande, o como pudiere, y que por negros que sean, los he de volver blancos, o amarillos”

Cervantes, El Quijote, 1605, I, XXIX,
Venía caballero en un caballo flaco muy parecido a su Rocinante, con unas calcitas del año de uno, y una cota muy mohosa, morrión con mucha plumería de gallos, cuello del dozavo, y máscara muy al propósito de lo que representaba. Acompañábanle el cura y el barbero con los trajes propios de escudero e infanta Micomicona que su crónica cuenta, y su leal escudero Sancho Panza, graciosamente vestido, caballero en su asno albardado y con sus alforjas bien proveídas y el yelmo de Mambrino, llevándole la lanza”3
Representación de El Quijote en Lima, 1607
Durante esta última década se está estudiando lo que se denomina “historia atlántica”, cuya intención es, precisamente, evitar las peligros de la imposición de nuestro paradigma sobre aquellos tiempos y lugares, sobre aquellas gentes del pasado, y liberarnos de los mismos en nuestro presente.
Al centrar la historia en un océano más que en el pasado de los estados actuales, se pueden evitar en cierta medida las imposiciones que las narraciones de una historia nacional realizan sobre todo el pasado. Un ejemplo de una narrativa nacional sería la que explica la historia de España como un imperio que entró en declive por antiguo, sufrió unas reformas borbónicas y una modernización a la europea vía absolutista que acabaría generando un colapso en la propia monarquía produciéndose las independencias, la constitución de Cádiz, y por tanto, la llegada de la modernidad occidental en el país, que entonces devendría estado-nación.
La historia de la modernidad europea comparte con las historias nacionales el paradigma de la historia occidental. Europa comenzaría a modernizarse en la Edad Moderna, con una diferencia norte-sur: el norte más desarrollado donde se habría iniciado el capitalismo que habría permitido la revolución industrial, la defensa de las libertades y el advenimiento de los derechos individuales y la democracia parlamentaria. Esas narrativas recogen una sección de la realidad, muy parcial, y, en algunos casos, bastante falseada. Caminan con paso firme por la delgada línea que apenas separa la whig history de la forgery, la historia triunfal occidental de la falsificación.

La historia la hacen historiadores, por eso debemos preguntarnos quién escribe la historia, y en concreto, ahora, quien escribe esa historia atlántica. La respuesta es historiadores que, por lo general, se han desplazado de sus tierras, viven o han vivido en otras culturas y se manejan en diversas lenguas: aquellos que no suelen compartir un solo paradigma. La historia atlántica comenzó su andadura en serio en 1995, en el Annual Atlantic Seminar dirigido por el profesor Bernard Bailyn en la universidad de Harvard, con el tema “Movements of Peoples”.
Los dos años siguientes, (1997, “Governance and Empire”/ 1998: “Cultural Encounters”), atendieron los que entonces eran investigadores que abrieron una auténtica brecha en el campo de la expansión europea: por ejemplo: Elija Gould, Andrew Fitzmaurice, David Armitage o Jorge Cañizares-Esguerra. Ellos son ahora, los catedráticos más importantes del campo en el mundo, y su perspectiva es radicalmente nueva académicamente tal vez también porque sus vidas también son diferentes, atlánticas sin duda. El seminario atlántico ha continuado durante quince años, y durante ese tiempo han acudido como fellows doctorandos o jóvenes investigadores de la generación anterior. El seminario ha servido para crear una red de información a través del atlántico. Lo cierto es que la mayoría de dichos fellows eran personas desubicadas de sus lugares de origen y vueltas a emplazar bien en sus culturas, bien en otras, con perspectivas más amplias ahora, con identidades indefinidas, en flujo.
A raíz de este seminario se han creado otros, en Inglaterra, en EE.UU.4, y últimamente uno a nivel europeo que celebra conferencias bianuales sobre historia atlántica y cuyo comité, fuertemente asentado en Francia, Inglaterra y Virginia, no cuenta con representantes ni de Latinoamérica, ni de España.5 Eso puede conducirnos a al menos tres reflexiones. La primera que en España apenas existe interés por incorporarse a la historia atlántica, ensimismada en el estudio de su propio imperio, construyendo una narrativa nacional que encuentra coherencia narrativa tan sólo en una historia liberal decimonónica o en una imperialista aún más añeja. Ahora empiezan a producirse trabajos en ese sentido, y más desde historia de la ciencia que desde historias de América, que, en gran medida suele estudiarse como la historia de las colonias del imperio español del siglo XVIII. La segunda, que Europa sigue considerando a España un lugar de tardía y dificultosa incorporación a la modernidad, porque su historia difícilmente encaja con dicha narración. La tercera, que los esfuerzos europeos por incorporarse a la historia atlántica, aunque han proporcionado narraciones esencialmente nacionales y no netamente atlánticas, han surgido desde instituciones afines a las estadounidenses, que, a su vez y en su mayoría, escribían aún historias nacionales e imperiales en las que no cabía ni el hemisferio sur americano, ni el continente africano.
Los impulsos mayores por escribir una historia atlántica han partido y se han hecho en los Estados Unidos, que los estadounidenses llaman alegremente “América”, con esa metonimia tan perversa. Sin embargo la autocrítica generada por la historiografía estadounidense ha permitido realizar grandes avances en la materia, probablemente a causa de la propia pluralidad cultural de ese país, y porque quienes los han hecho han sido, esencialmente, inmigrantes. Aún, frente a esos trabajos como advierte Cañizares “La historiografía sobre el mundo atlántico se halla en gran medida organizada alrededor del estudio de los imperios creados por los Estados dinásticos de base nacional (el británico, el español, el portugués, el holandés...) de la Edad Moderna.” Para evitar las anteojeras del estado-nación sobre la Edad Moderna, y toda la narrativa teleológica que conlleva, a saber, la planteada por el eurocentrismo de la materia en sus orígenes, Cañizares-Esguerra ha optado por convertir la América colonial hispana en canon, en núcleo, de la historia norteamericana. Es una de muchas opciones recientes dentro de la historia atlántica.6

Lo más relevante de las últimas investigaciones y reflexiones sobre la historia atlántica resulta ser precisamente que el atlántico es un ámbito de estudio propio que no resulta completamente coincidente con el enfoque de la historia global, cuyos parámetros cronológicos y geográficos deben ser repensados, y que además permite escapar mejor que otros enfoques históricos de la narrativa teleológica de las historias nacionales. A pesar de que éstas aún permean dentro de la propia historia atlántica al enfocarse en la tradicional historia imperial de la expansión europea, se están abriendo nuevas perspectivas que este campo, como pocos, ofrece. La razón fundamental para que la historia atlántica permita nuevas narrativas históricas alejadas de las historias nacionales es su mismo objeto de estudio y su referente espacio-temporal, que, entre otras cosas, capacita al historiador para visualizar mejor los vínculos existentes entre el comercio y la política, centrándose en ellos antes que en las instituciones de dominación y aculturación supuestamente estatales de las que se ha ocupado la historia más tradicional.7
Por lo expuesto, un vacío importante que colmar, del que puede hacerse cargo la historia atlántica, y que es muy posible que afecte a la propia metodología de la historia, es la necesaria conexión entre los mundos académicos anglosajón e ibérico. Con motivo del bicentenario de la guerra de independencia española (2008), de las repúblicas iberoamericanas y de la constitución de Cádiz (2008-2012) se organizaron multitud de conferencias y eventos relativos a la historia atlántica, una ocasión inmejorable para llevar a cabo una reflexión panamericana sobre cuestiones tradicionalmente enmarcadas dentro de historias nacionales e imperiales. Lo cierto es que aún a pesar del intento, muchas de las conferencias no adoptaron una perspectiva netamente atlántica, debido precisamente al aislamiento de los mundos académicos anglosajón e hispano.
Un problema histórico crucial desatendido por la historia atlántica es el tradicional sobre la construcción del Estado-nación. La historiografía más reciente sobre los procesos de construcción del Estado-nación en ambos imperios globales considera que sus crisis fueron la causa principal para el proceso de creación de los estados-nación. Pero el problema esencial para comprender en toda su complejidad las dinámicas de dichos imperios es justamente su aislamiento respectivo por parte de la historiografía, mientras la dimensión global, e incluso específicamente atlántica de las facetas coloniales, de los dos mayores imperios de la Edad Moderna hacía que éstos interactuasen constantemente entre sí. El resultado de la autarquía de ambas historiografías es que se ha venido escribiendo una historia esencialmente metropolitana, enraizada bien en las islas británicas, bien en la península ibérica, centrada en estados que una vez fueron parte de esos imperios, generando historias nacionales que no reflejan una gran parte de la realidad acontecida, ni, por eso, es capaz de explicarla longe durée .
David Armitage ha explicado que la perspectiva global permite revelar precisamente las interconexiones e interdependencias de los cambios políticos y sociales que sucedieron en el mundo en fases muy anteriores a las de nuestra “era de la globalización”, y tener en cuenta que la globalización no fue un fenómeno uniforme ni espacial ni temporalmente los ayudaría a comprender mejor si efectivamente la formación del estado-nación sucedió a partir de la desintegración de dichos imperios globales (que ni eran uniformes, ni se encontraban aislados entre sí).8 Dicha perspectiva se probó tan reveladora que la reunión anual de la American Historical Association de 2009 (Globalizing Historiography) se centró en ella.9
La historia del imperio hispano poco a poco empieza a aplicar la nueva perspectiva atlántica. José María Portillo Valdés explica el big-bang que sufrió la Monarquía de España desde 1808 como consecuencia de la ineficiencia del primer liberalismo para garantizar tanto autonomía como igualdad de representación para quienes hasta ese momento se concebían como parte de la nación española y su imperio desde la orilla americana del Atlántico.10 De modo que el camino que conduce a las independencias no parece, desde una perspectiva global, atlántica y panamericana, ni previsible ni linear. Al contrario, se trataba de un sendero intrincado surcado por complejos procesos de hibridación y entrelazamiento cultural, intelectual y material.

El estudio de dichos fenómenos en ambos imperios desde una perspectiva atlántica renovada (interdisciplinaria, cruzada (entangled) global, panamericana, comparativa y de amplia cronología) permite analizar cómo dichos imperios interactuaron entre sí, trascendiendo sus supuestas infranqueables barreras culturales, o atendiendo a cómo se construyeron. De hecho los imperios modernos lucharon y debatieron entre sí por los mismos dominios y comercios, pero también entre ellos, en lo extenso de ellos (también con quienes nunca llegaron a formar parte de los mismos) sus poblaciones migraron y se hibridaron; los intercambios de bienes e ideas entre ellos eran cotidianos al punto que tanto estos fenómenos como su dimensión global se pueden observar a escala local, y que se podría escribir también una historia de los mismos como la narración de sus interacciones, como ha empezado a demostrar la nueva metodología de la “historia cruzada” o “entrelazada”--específicamente aquella aplicada al mundo atlántico.11

Para profundizar en esta perspectiva y abarcando ambos imperios (británico e hispano) en el verano de 2010 se formó un Grupo de Investigación Avanzada en el Real Colegio Complutense en la Universidad de Harvard, dirigido por Juan Francisco Fuentes Aragonés y coordinado por Eva Botella Ordinas, para estudiar la formación, crisis y desintegración de los imperios británico y español, y la creación y evolución de los estados resultantes de los mismos en la era poscolonial. El objetivo era comprender mejor las conexiones entre las economías imperiales, las políticas imperiales en relación con ellas, la circulación de personas y del conocimiento económico, literario, lingüístico, científico y político, las políticas nacionales de género, raza, clase y lengua, y los vínculos de esas realidades con la mutabilidad de significados en el tiempo de conceptos clave como: imperio, estado, ciudadanía, civilización, revolución, independencia y guerra civil.

Dicho grupo, titulado From Empire to Nation: The Making of Modern Nations in the Crisis of the Atlantic Empires (17th-20th Centuries), está publicando un volumen con las conclusiones de su intercambio entre dos culturas académicas sobre las transiciones e interacciones de dos imperios globales, titulado Imperios y naciones: independencia, guerra y revolución en el mundo atlántico, en el que se enlazan ambos mundos, atendiendo a problemas comunes o compartidos desde perspectivas tan variadas como las genealógicas, de género, de derecho internacional, historia cultural, historia conceptual, etc.12

En este sentido también, el número de abril de 2011 del The William and Mary Quarterly, presenta un fórum de discusión sobre historia atlántica cuyo núcleo es la innovadora propuesta de James Sidbury y Jorge Cañizares-Esguerra, para evitar la escritura de historias nacionales e imperiales tradicionales que encubren importantes realidades y una teleología perniciosa, cuando no peligrosa. Su trabajo, enfocado en el Atlántico moderno, estudia la etnogénesis a nivel tanto local como global, mediante las conexiones existentes entre ambos ámbitos espaciales gracias a la experiencia atlántica, logrando centrar la narrativa histórica en las experiencias de africanos y amerindios, habitualmente relegadas por la historia oficial.

En estas preocupaciones a su vez se están centrando en este momento los seminarios y conferencias atlánticos internacionales, como la Summer Academy of Atlantic History 2011, que tendrá lugar en Irlanda, y analizará el papel de los agentes culturales en el mundo atlántico, pero que prestará especial atención a la dimensión económica de dichos intercambios, como prometen las conferencias de expertos en economía y economía política en la Edad Moderna, como Emma Rothschild (Harvard University) o Bartolomé Yun Casalilla (European University Institute).13

Lo mismo sucede con la conferencia organizada el 23 de abril de 2011 por Bernard Bailyn en la Universidad de Harvard: The Time Boundaries of Atlantic History: Pre-Columbian, Post-Colonial, primera de las conferencias para que los 368 historiadores que participaron en los quince años de seminarios atlánticos anuales (1995-2010) que cubrían el periodo 1500-1825 reflexionen sobre la historia atlántica. El primer problema planteado en relación con el decurso de la materia durante esos quince años ha sido el de la cronología, puesto que “el mundo atlántico floreció siglos antes del descubrimiento de América y persistió tras el fallecimiento de los imperios atlánticos”; con reflexiones particularmente relevantes por parte de Jean-Frédéric Schaub (École des Hautes Études en Sciences Sociales de París) y de Emma Rothschild (Harvard University) sobre la problemática derivada por los estrechos límites de la cronología tradicional.14
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