La Historia Atlántica y las nuevas tecnologías




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fecha de publicación05.02.2016
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Indicios de que la utopia realmente pudo existir:

A pesar de lo revolucionario que seria el demostrar que Libertalia realmente existió y que lo anteriormente expuesto fue real (algo que dejaría obsoleto los logros en derechos, libertades y nuevas formas de gobierno de la propia revolución francesa), este tema ha sido poco investigado y resulta difícil encontrar estudios, pruebas o indicios que confirmen o desmientan lo descrito por Daniel Defoe.

Habría que empezar dejando constancia de que en los momentos en que se desarrolla la historia de Libertalia, Madagascar registró una importantísima presencia de piratas que provenían de todas partes de Europa (hasta de los lugares mas insospechados).116

No hay que olvidar tampoco, que la forma en la que se solían organizar los piratas sobre sus navíos, tenía un carácter bastante democrático, elegían a sus capitanes, repartían el botín con equidad e incluso creaban una especie de “seguro”, para los miembros de la tripulación que sufrieran percances que les incapacitaran para seguir desarrollando la piratería, cronistas contemporáneos nos hablan incluso de un cargo electo que representaría a la tripulación ante el capitán y sin el acuerdo del cual, el capitán no podía tomar las decisiones importantes.117 Por otro lado, las descripciones geográficas que proporciona Defoe, corresponden con lugares fácilmente identificables en la geografía de Madagascar de hoy en día. Paralelamente, encontramos que si bien no hay referencias (aparte de las Defoe) sobre el tal capitán Misson o Caraccioli, si que se puede confirmar la existencia del capitán Tew, así como la llegada de este a Madagascar en las fechas descritas por Defoe, conociéndose incluso el nombre de su barco (Amity), que habría pesado 70 toneladas .118

Como Thomas Tew es el único personaje del cual tenemos pruebas de su existencia, he creído oportuno contar brevemente su historia. Antes de llegar a Madagascar Tew había partido de Bermudas con una carta del gobernador de estas islas (Sir. Isaac Richier), con el objetivo de atacar una factoría francesa en Guinea. Junto con Tew en 1692, partió otro barco al mando del Capitan Dew, pero tras una tormenta el barco de Dew hubo de regresar a Bermudas para ser reparado, tras lo cual Tew convenció a su tripulación de abandonar la misión de Guinea y adoptar la piratería como modo de vida. Aun así, Tew nunca se presentaria como pirata sino como corsario al servicio de Inglaterra (para lo cual tenia la carta del gobernador de Bermudas).119

Una vez abandonada la empresa de Guinea, Tew y su tripulación se dirigieron al sur y cruzaron el Cabo de Buena Esperanza, para remontar toda la costa africana por el Indico hasta llegar a Bab el Mandeb y por tanto al mar rojo, ya en el mar rojo no le fue difícil capturar un gran barco del Gran Mogol cargado con un importantísimo botín. Del botín de este barco Tew habría mandado una parte a Bermudas para saldar sus cuentas con quienes le financiaron al principio. Una vez hecho esto, Tew se dirigió hacia el sur llegando a la isla de Sainte Marie (en el nordeste de Madagascar) para hacerse con víveres. Después, Tew se habría encontrado con Misson y ahí empezaría su participación en Libertalia (detallada anteriormente). Otra teoría defiende que Tew solo permanecería en Libertalia un par de meses para reparar su barco y aprovisionarse y que luego partiría a América. Finalmente Tew volvería a Rhode Island donde estaba su familia y fue acogido como un héroe al que sus paisanos llamaban el Robin Hood del Mar Rojo, tras vivir un tiempo sin problemas y quizás por la presión de la fama, decidió hacer un ultimo viaje, en el que encontraría la muerte en un abordaje en el mar rojo contra un barco del Gran Mogol.120

La historiografía de Madagascar defiende que tras la caída de Libertalia, Thomas Tew cambio de nombre (para burlar a las autoridades que le perseguían), pasando a llamarse Thomas White. Este pirata británico habría tenido un romance con una princesa malgache, del cual habría nacido un hijo llamado Ratsimilaho, que tras haber sido enviado a estudiar en Inglaterra, habría vuelto a Madagascar para suceder a su madre en el trono, logrando además unificar a todas los pueblos del entorno creando una confederación en la costa este de la isla llamada Betsimisaraka, sus descendientes serian llamados Zana Malatas (“hijos de los mulatos”).121

Esta hipótesis que traspasaría las fronteras cronológicas de Libertalia, tiene importantes visos de ser cierta, mas aun cuando el tal Ratsimilaho aparece en la línea dinástica de la cultura malgache conocida como Tamatave o Betsimisaraka (nombre de la confederación creada por el propio Ratsimilaho), coincidiendo además con las fechas en las que se nos dice que gobierno. También encajan las fechas con el periodo de desarrollo de Libertalia, que a su vez habría estado muy cerca de los pequeños estados costeros que luego bajo el mando de Ratsimilaho formarían la confederación de Betsimisaraka. 122

Esta historia iría mas allá, ya que al morir Ratsimilaho seria su hija Bety la que asumiría el trono, casándose a su vez con el pirata francés Jean Onesime Filet. Este hecho no es un asunto menor, ya que daría a Francia su primer argumento para reclamar posteriormente la soberanía sobre este territorio.123

Razones de Defoe

Como ya he dicho al principio, pese a estar respaldado por distintas fuentes, este trabajo se basan en el libro de Daniel Defoe “Historia de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas”, por lo que sin duda es pertinente preguntarse si Defoe tenia intenciones ocultas para haber escrito esta historia, pues este autor ya demostró que era perfectamente capaz de utilizar sus obras para conseguir objetivos personales, como en el caso de sus escritos que pretendían justificar la idoneidad de establecer una colonia inglesa en el sur de Chile (territorio dominado por los araucanos.124

Además, tenemos constancia de las aportaciones de Defoe al fomento de la leyenda negra sobre España ante la opinión publica inglesa. La obra “Historia de los robos y asesinatos de los mas famosos piratas” es muy amplia y abarca desde los grandes piratas del Caribe, a otros importantes bucaneros como el Capitan Kid, que no tiene relación con Libertalia y que por tanto no incluyo en este trabajo. Sin embargo en lo referente exclusivamente a Libertalia (que es de lo que trata este trabajo), hay pocos indicios que hagan pensar que Defoe pretendía lograr algún objetivo personal mediante el relato de los hechos que conciernen a esta colonia pirata, salvo por supuesto como ya mencione antes, el caso del documento que habría sido entregado a Tew por el portavoz de la pequeña comunidad que este fue a visitar ya al final de la historia, pues en dicho documento se expone de forma muy precisa las riquezas naturales y las potencialidades de Madagascar, asi como las ventajas económicas y productivas que tendrían los asentamientos y las industrias que se instalaran en dicha isla, en comparación por ejemplo con Barbados (que a su vez era colonia inglesa).

Por sus características, este documento no parece haber sido redactado por un pirata sino por alguien con conocimientos en materia económica, algo que en la época estaría al alcance de pocos y por eso parece claro que dicho documento fue introducido por Defoe dentro de la historia. De esta forma es fácil deducir que detrás de este documento esta la intención de Defoe de justificar la idoneidad y las ventajas de que Inglaterra estableciera una colonia en Madagascar, siendo muy probable que fuera el mismo quien lo escribiera. No obstante, la existencia o no de este documento no altera en absoluto el curso de la historia de Libertalia contada por Defoe. De esta forma podría interpretarse que al no tener Defoe ningún interés personal en inventarse la existencia de Libertalia (aunque si en demostrar la idoneidad de una colonia en esa isla), esto podría constituir en si mismo un indicio mas de la veracidad de su historia. Así, Defoe no se habría inventado esta historia sino que la habría aprovechado para defender de forma muy sibilina las ventajas de una colonia inglesa en Madagascar.

Conclusiones

Después de todo lo expuesto a lo largo de este trabajo, en mi modesta opinión creo que se podría concluir que si bien no tenemos pruebas fehacientes de que Libertalia realmente existiera, si que tenemos varios indicios razonables para defender dicha existencia y desde luego lo que no hay es absolutamente nada que demuestre que Defoe mintiera y que no hubiera existido dicha colonia pirata. Sin duda este trabajo no puede aportar una solución tajante a la controversia entre los que defienden que es simplemente un mito y los que por el contrario creen al pie de la letra las palabras de Defoe, pero sí que intenta poner encima de la mesa los elementos necesarios (dentro de los disponibles) para que el lector saque sus propias conclusiones. Otra cuestión a destacar es que en el caso de Madagascar, los embajadores de Occidente durante muchas décadas fueron en gran medida aquellos hombres que precisamente eran repudiados y perseguidos por las sociedades occidentales: los piratas. Esto es así hasta tal punto, que llegarán a emparentar con la nobleza aborigen, como es el caso de Thomas Tew-Thomas White con una princesa local (algo que explico con anterioridad).

Por otro lado es obvia la acuciante necesidad de una mayor inversión en la investigación de los temas de piratería (sobre todo en el plano de la arqueología y la búsqueda de los restos materiales que hubieran podido dejar los asentamientos piratas), ya que no parece coherente que sepamos tantas cosas sobre culturas que desaparecieron hace miles de años y sin embargo hechos que se habrían producido hace menos de tres siglos, se pierdan en la bruma del mito o de la leyenda, cuando la importancia que tendría el verificar la veracidad de estos hechos sería sin duda revolucionaria para la historia. Además, fenómenos como el de la piratería en Somalia o en el Pacifico hoy en día, hacen que sea mas necesario que nunca el estudio de la piratería como hecho histórico y sobre todo como reacción social a unas determinadas condiciones de vida o perspectivas de futuro.

No hay que olvidar que la mayoría de piratas en la edad moderna eran antiguos marinos de guerra que se quedaban sin trabajo cuando llegaba la desmovilización con los tratados de paz, por lo tanto se echaban al mar porque no tenían como ganarse el pan y sus perspectivas eran el hambre y la miseria. Así, si entendemos las causas que llevaron a los piratas de los Siglos XVII y XVIII a hacerse a la mar como proscritos, probablemente entenderemos buena parte de las causas que hoy empujan a los somalíes a hacer lo propio, esto es fundamental ya que para resolver un problema, lo primero es tener bien claras sus causas.


  1. Atlático literario. La Inglaterra flotante de Patrick O’Brian.

Andrés María Vicent Fanconi

Reading of the Master and Commander's first chapters, contextualized in the Patrick O'Brian's work, reveals a coincidence of interests and views about the European empires' past with the recent Atlantic historiography, specifically that studies the British Empire. The author's biography also suggests relationships with their characters, all very "Atlantic", in the sense that they seem to embody the reconstruction that the current historians, identified with this denomination, propose. Literature and history crossed, authors and characters competing for prominence

La lectura de los primeros capítulos de Master and Commander contextualizados en el conjunto de la obra de Patrick O'Brian revelan una coincidencia de intereses y pareceres sobre el pasado de los imperios europeos con la reciente historiografía atlántica, en concreto con la que se refiere al Imperio Británico. La biografía del autor sugiere también relaciones con sus personajes, personajes todos muy "atlánticos", en el sentido de que parecen encarnar la reconstrucción que proponen los historiadores actuales que bajo este término se identifican. Literatura e historia entrecruzadas, autores y personajes compitiendo por el protagonismo”

Lo que no es autobiografía es plagio”

Cesar González-Ruano, Mi medio siglo se confiesa a medias, 1950.

El primer párrafo de Master and Commander traslada al lector a una sala de música en una isla española, Menorca, dónde un marino inglés y un médico, irlandés y catalán a partes iguales, escuchan la música de un tal Locatelli, se supone que italiano125. Es posible que Patrick O’Brian en un ejercicio de adivinación estuviera pensando en deleitar a los profesores, que unas décadas más tarde se convertirían en paladines de la historia atlántica126. Quizá tan sólo, al margen de poderes sobrenaturales, volcaba su vida en la de ellos, pues él fue inglés, vivía en Cataluña e hizo que todos creyeran que era irlandés. Quizá copiaba muy bien de todos esos documentos que apenas unas páginas antes confiesa haber mirado, vigilado y estudiado. Los mismos papeles que años más tarde leerían con atención esos investigadores globales para concluir que no había ingleses, ni españoles, ni portugueses, o sí, pero siendo todos atlánticos127.

Se dice que la historia es siempre del presente. Del presente particular de quienes la hacen es la historia atlántica, concretas personas incluidas en más de uno de los concretos paradigmas culturales que la historia de las naciones-estado ha ido construyendo. Teniendo en cuenta, además, que se asiste a la era de la globalización la historia atlántica no deja de ser su propia historia. En este punto, como ya se adelantaba, Patrick O’Brian podría haber sido el ejemplo catársico de un atlántico al margen de las identidades comunitarias que la historia y el nacimiento le tenían preparadas128. Nacido en 1914, todavía le quedaban algunos años de congratularse en el imperio inglés, comercial y marítimo, que sus ancestros nacionales habían ido construyendo, en los mares y también en los papeles129. Sin embargo aunque en su pasaporte figurara la Union Jack la genética de O’Brian no era muy británica. Su padre era un físico de origen alemán y su madre de ascendencia irlandesa, lo que explica esa invocación a San Patricio en su nombre. Único vestigio original en el pseudónimo que luego él asumiría. Nacido Richard Patrick Russ, nombre con el que firmó sus primeras obras, en 1945 como si rechazara la nueva posición británica en el orden mundial adoptó el apellido irlandés de O’Brian y se casó, en segundas nupcias que lo fueron también para su nueva esposa, con Mary Tolstoy, antigua condesa de Tolstoy. Este inglés, de origen alemán e irlandés, camuflado de irlandés y casado con la esposa del heredero del celebérrimo autor de Guerra y Paz, se mudó a Coillure, una pequeña población catalana del sur de Francia en 1949. Allí fue donde escribió la historia del Capitán Aubrey y el Dr. Maturin entre los años de 1970 y 1999, si bien el último libro de los veinte lo escribió al abrigo de los muros del Trinity College de Dublín130.

Desde estas premisas biográficas hay que entender a Patrick O’Brian no sólo como posible materia de estudio de la historia atlántica sino como historiador en sí mismo. Sus novelas no dejan de ser obras de historiografía que ofrecen un determinado discurso sobre el pasado. La cuestión aquí no es analizar posibles fidelidades históricas con ese pasado, sino estudiar la propia mirada al pasado131.

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La discipline est un principe de côntrole de la production du discours”

Michel Foucault, L’ordre du discours, 1970.

Los primeros capítulos de la historia del Capitán John Aubrey de la Armada de su majestad y del Dr. Stephen Maturin cuentan cómo toman conocimiento el uno del otro, y así lo toman también los lectores. La ciudad de Menorca se encuentra ocupada militarmente por la Armada Británica, y cuenta con una estructura administrativa y militar ad hoc, se deja constancia de la existencia de un comandante en jefe, oficial de la Armada, y de un aparato de astilleros bastante desarrollado. La población es en su mayoría española y habla catalán. La cronología del momento corresponde con las guerras napoleónicas, poco después de la batalla de Trafalgar.

Los tres capítulos de Master and Commander que aquí importan, son un pequeño relato en sí mismo, y podrían explicarse en función del clásico esquema de planteamiento, nudo y desenlace. El planteamiento nos presenta a un joven teniente inglés de la armada de su majestad, a la espera de un destino, desanimado por el perenne incumplimiento de las promesas que ocasionalmente le aventuraban algún posible mando. Es posible que estos primeros capítulos sean los más enjundiosos de toda la historia en cuanto a la caracterización de Jack Aubrey. Le interesa a O’Brian familiarizar pronto al lector. Así se aprende rápido cómo Aubrey es un alto y corpulento oficial uniformado al modo de la Armada Real Inglesa, que no británica, que luce en el ojal la medalla del Nilo132. Aubrey se aloja en el Crown, establecimiento a imitación de su homónimo de Portsmouth, con propietario de Gibraltar y personal español133. La naturaleza del alojamiento muestra la aculturación inglesa en la isla. Una aculturación ligada a la Marina, Portsmouth es uno de los puertos más importantes de Inglaterra, y conectada comercialmente con la Hispania inglesa, Gibraltar es la otra plaza inglesa del momento en la Península Ibérica. Sin embargo, en este caso no ha habido una colonización civil pues el personal es español, aunque su clientela, con toda seguridad, fueran todos marinos ingleses134. En este sentido, se podría hablar de una adecuación de O’Brian al paradigma historiográfico habitual que explica el Imperio Británico como un imperio comercial y marítimo. Sin embargo hay que tener en cuenta la particular historia de Menorca, que en 1798 acababa de ser ocupada por los británicos, sin tiempo ni ocasión para una emigración que permitiera una colonización territorial. Así mismo las características de Menorca, y el relato de O’Brian así lo afirma, era, ante todo, un enclave militar estratégico.

Otra cosa preocupa al joven Aubrey. Su media paga de oficial sin destino no le permite asumir las deudas que ha contraído con su agente de botines de Gibraltar. Más tarde se escuchará el caso de un joven oficial, James Dillon, a quien finalmente no se le reconoció un botín por un problema de política internacional. Bajo estas anécdotas introducidas por O’Brian subyacen las cuestiones que irían conformado el derecho internacional a partir del ius gentium, y que ya en el momento que O’Brian sitúa la narración estaban bastante definidas. La soberanía en el mar se había ido reconociendo durante los dos siglos anteriores, en razón de la bandera que ondease en lo alto del barco, y por un sistema de letters of marque, patentes de corso. Registraba así O’Brian la curiosa transformación que había sufrido la guerra en el mar, y la soberanía.

Ahora los barcos ya no eran de corsarios particulares, una especie de piratas legalizados, sino que todos los buques eran de su majestad. Y sus tripulaciones recibían un sueldo como empleados de su majestad, sin embargo, se percibía una herencia de esos pasados corsarios donde no existían las armadas reales, y al mismo tiempo una presencia del derecho medieval, que premiaba a los vasallos de un señor con las tierras que estos habían conquistado para él, en este caso no porque hubieran pagado la misión, sino por su industria e ingenio. No se olvide cual es el título en inglés de la novela: Master and Commander, (maestro y comandante)135.

Al volver del concierto de los italianos Aubrey encuentra en el Crown una carta, firmada por el almirante de la escuadra del Mediterráneo, que le comunica su nuevo nombramiento como capitán de la Sophie, corbeta de su majestad136. En este sentido se puede decir que la marina inglesa es un sujeto que rige en genitivo singular: maiestatis. Todo es de su majestad: la corbeta, las órdenes y la Armada.

A propósito de las órdenes O’Brian nos narra la ceremonia de toma de posesión del bergantín, que podría subtitularse como dramaturgia de la soberanía. El nuevo capitán sube al barco donde le espera los miembros de la tripulación en formación. Los cuales son conminados a, “¡Descubrirse!” cuando el nuevo capitán desdobla las ordenes para disponerse a leerlas. El régimen de soberanía que reflejan las órdenes permite afirmar que a partir de ese momento el capitán actúa como delegado y representante del rey. Esta representación incluía no sólo el mando militar y marino de la nave sino también todas las funciones judiciales que corresponderían a la justicia real, excepto las penas de sangre que requerirían un consejo de guerra formado por varios capitanes, excepción que señala O’Bian pues incluye un caso de un presunto condenado a muerte que exige enviar una carta a los capitanes más próximos para convocar un consejo de guerra 137.

En su afán didáctico sobre los rudimentos de la Armada inglesa, a O’Brian le da tiempo en los primeros tres capítulos a describirnos todo esto. En primer lugar tras leer las ordenes el capitán pasa revista al barco, y graciosamente no recrimina algunos deslices. Más tarde, instalado ya en el barco se lee cómo Aubrey revisa el cuaderno de bitácora de su antecesor donde advierte una abundante presencia de castigos a la tripulación. Llegado el primer domingo tiene lugar la lectura de las ordenanzas y el servicio religioso, que O’Brian considera íntimamente relacionados, no hay que olvidar la doble responsabilidad del rey inglés como cabeza del reino y de su iglesia, del capitán en su barco138. Lo peculiar del caso es la audiencia que escuchaba las ordenanzas y los sermones anglicanos. En estos tres primeros capítulos se nos habla de un grupo de americanos que son todos de Halifax, y Aubrey, en el cuaderno de bitácora, lee cómo tiene a bordo marineros de origen bengalí139. El cirujano del barco es un irlandés, y catalán, católico también. ¿Querría exponer O’Brian una multireligiosidad aceptada, pero un único discurso de poder, también anglicano, y sostenido en la disciplina140?

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I travelled with only those items that I thought necessary to relieve the tedium of a long journey: four books on natural history, a butterfly net, a dog and a jam-jar full of caterpillars […]”

Gerald Durrell, My family and other animals, 1956.

Por su parte Stephen Maturin suele estar en el café Joselito que no aloja sombra de duda sobre la identidad de su propietario y personal. Su padre era irlandés, su madre catalana y él huérfano se educó en Catalunya, siendo así el catalán su lengua materna y el idioma en que piensa los problemas de matemáticas. Estudió en Dublín medicina y además de exponer una teoría sobre la superioridad cultural del catalán sobre el español de Castilla, Maturin se descubre como un naturalista experto que reconoce a la abubilla, a la que llama Upupa epops. Aun con todo se arrepiente de haber perdido el tiempo en su juventud, hecho que comprobó al advertir cuanto lo habían aprovechado los discípulos de Linneo que éste envió a España después de rechazar la invitación del rey.

Una vez que ya se han puesto sobre la mesa todas estas piezas que muestran al capitán soberano y juez, a la tripulación multirracial, multiconfesional y multinacional, y que acaba de desvelarse que el compañero inseparable del capitán en todas las aventuras es un naturalista admirador de Linneo que infatigablemente se dedicará a conocer cuantas especies caigan en sus manos, es posible que, llegando a este punto, los profesores estén más que deleitados. Incluso habría que añadir, que tanto el uno como el otro con el avanzar de la narración acabarán siendo miembros de la Royal Society de Londres en calidad de médico y naturalista uno, y de astrónomo y cartógrafo, el otro. Mejorar la naturaleza, en la propuesta de O’Brian mediante el conocimiento, es también poseerla pues lo que no se conoce no se puede poseer, y lo que no se aprovecha no se debe tener141.

Sin entrar a analizar la compleja personalidad del Dr. Stephen Maturin que a lo largo de las novelas el autor va desarrollando, si es pertinente mencionar que el médico trabaja como espía para el servicio secreto del Almirantazgo, donde tiene como superior a su amigo, también naturalista Sir Joseph Blaine. Al margen de especular sobre las posibles correlaciones entre estos dos personajes y el histórico Sir Joseph Banks, que fue presidente de la Royal Society a partir de 1778, sí se puede detectar un interés de O’Brian, un precoz historiador de la ciencia atlántica, por estos naturalistas que viajaban por todo el mundo. Ya en novelas anteriores, consideradas precedentes de la serie Aubrey-Maturin aparece siempre un naturalista a bordo y en papel protagonista, pero ante todo sobresale la biografía de Sir Joseph Banks142.

Sin embargo, Maturin no es dibujado por O’Brian como un terrateniente británico con intereses en las colonias, y un ansia de cargos. Su posición política es tan ambigua como su identidad cultural o nacional. Se sabe que ha participado en movimientos independentistas irlandeses y se justifica su colaboración con la Armada Inglesa en razón a un odio a Napoleón y a la mengua de libertades que impone allí donde gobierna. Su interés científico no está conectado a intereses políticos y económicos propios o de la corona como detecta la historiografía atlántica actual. Por lo menos no está conectado de manera voluntaria por él, no se especifica ni se explica si se utilizan esos vastos conocimientos sobre especies tropicales con intenciones menos eruditas. La figura del jefe del servicio secreto, Sir Joseph Blaine, tampoco parece participar en complejas estrategias jurídico-políticas con sus investigaciones científicas. Una vez advertido la importancia, en número de páginas, que O’Brian otorga a estos naturalistas coincidiendo con los postulados de la reciente historiografía de la ciencia hay que señalar que no sólo no lo conecta con la lógica del poder, más allá de que los científicos suelen ser poderosos, sino que lo presenta como parte de un interés personal al margen de los mecanismos oficiales. Stephen Maturin es un rara avis en la Armada Inglesa, en cuanto a formación e inquietudes científicas143.

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Ernest: But what are the two and highest arts?

Gilbert: Life and Literature, life and the perfect expression of life. […]”

Oscar Wilde, The Critic as Artist, 1890.

Al explicar la historia de la historiografía y pese a referirse siempre primero a Heródoto, Tucídides y Jenofonte se le concede un carácter de punto inicial a la figura de Ranke sin por ello olvidar qué hubo en medio. Se entiende que entonces comenzó la historia como disciplina científica. En el acostumbrado discurso ascendente de la historia la ciencia ocupa siempre un papel protagonista, los historiadores constructores de esa narrativa no han querido excluirse de ese avanzar y, en muchos casos, se han considerado científicos también, hermanos de Newton antes que de Homero. Presumiendo así de una objetividad, de un método y de unas intenciones que les hiciera si no poseedores sí más cercanos a la verdad de lo que estudiaban. Esta pretensión incluso se traduce a veces en un ansia de llenar las páginas de los libros de historia de tablas, gráficos y números, materializando así la convicción, en algunos casos nada relativa, de que la historia como la física o la química era reducible a un lenguaje matemático. La razón de esta voluntad de cientificar la historia hay que reconocerla noble, en el sentido de que se trataba de promocionarla como saber, alejarla de la interpretación, volátil, y acercarla a la descripción, incuestionable. Todo este esfuerzo presume que la ciencia es conocimiento verdadero, y lo que no es ciencia es mera opinión, en el sentido despectivo que Platón la entendía. La ciencia, universal, se prefirió a la literatura, prolongación de lo individual.

Al entrelazar los relatos que sobre un momento concreto de la historia se construyen, uno académico, y el otro artístico, cómo aquí se ha hecho con Patrick O’Brian y la historia atlántica, no sólo la literatura aparece con fuerza como un posible género historiográfico, sino que más bien la historia se aprecia como una forma de literatura. Nos informa más del historiador que del historiado, como las Meninas nos cuentan más cosas de Velázquez que de la infanta. Aunque es imposible hallar la verdad sobre la historia es muy posible expresar verdaderos problemas de uno mismo. No sólo Patrick O’Brian es también historiador sino que la historia atlántica es bastante poética. Lejos de perder categoría epistemológica, la historia en tanto que es literatura se encuentra más próxima de ofrecer conocimiento. No se ha de olvidar que la verdad de la Iliada sigue siendo verdad, muchos la entienden, aunque pocos la expliquen mientras que los Principia de Newton los entienden menos, los explican más y nadie dice ya que sean verdad144.

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Patrick O’Brian, autor prolífico durante la segunda mitad del siglo XX presenta una autobiografía que encaja con el concepto de desanclaje al modo que Anthony Giddens lo ha acuñado como una de las principales consecuencias de la modernidad145. Un desanclaje que contagia a sus personajes, Stephen Maturin y Jack Aubrey, en mayor o menor medida, y que conecta con ciertos aspectos de la biografía académica de los abanderados actuales de la historia atlántica que apuestan por un estudio de la historia que elimine anclas artificiales construidas por la historia como parte de un discurso legitimador de los estados-nación que surgieron a partir del s. XIX.

En este sentido Patrick O’Brian coincide en tema y premisas con la Global History, y su explicación literaria de la Armada Inglesa en el contexto de las guerras napoleónicas ha de analizarse como una obra de historiografía en tanto que construye un discurso sobre el pasado determinado. El análisis de los tres primeros capítulos, dónde O’Brian presenta a sus personajes y se introduce en las costumbres de la Armada, permite apreciar cómo entiende el posible ambiente cultural, comercial o político de la isla de Menorca, el especial régimen de soberanía y jurisdicción de un capitán en su barco, y la formación y los intereses de un marino inglés y un médico naturalista irlandés unidos por su afición a la música y que acabaran compartiendo aventuras a lo largo y ancho de todo el mundo, en esa peculiar Inglaterra flotante.

Estas coincidencias entre obra y biografía, en historia y literatura, parecen sugerir que la historia además de ofrecer un conocimiento limitado del pasado facilita uno muy importante del historiador, literato también, que se expresa y se prolonga en sus relatos, aunque estos sean académicos.

Bibliografía:

ARMITAGE, D. The Ideological Origins of the British Empire, Cambridge: Cambridge University Press, 2000.

  • “Three Concepts of Atlantic History” ”, en Armitage, David, and Michael J. Braddick, eds., The British Atlantic World, 1500-1800, Palgrave-Macmillan, Hampshire, 2002.
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