Laliteratura del Judaísmo




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EL MUNDO DEL NUEVO TESTAMENTO



Breve Esquema de la Historia y las Condiciones que Constituyeron el Fondo del Nuevo

Testamento

H. E. Dana



Traducido de la Tercera Edición por Ildefonso Villarello

Actualizado con el Apéndice B por Guy S. Williamson


CASA BAUTISTA DE PUBLICACIONES

CONTENIDO

Introducción





  1. El Ambiente del Nuevo Testamento


PARTE I – EL JUDAÍSMO


  1. La Tierra del Judaísmo

  2. Laliteratura del Judaísmo

  3. Origen y Desenvolvimiento del Judaísmo

  4. El Judaísmo Bajo el Dominio Romano

  5. La religión del Judaísmo

  6. El Estado de la Sociedad Judía


PARTE II – EL HELENISMO


  1. El Gobierno Romano

  2. La Cultura Griega

  3. La Sociedad Grecorromana

  4. La Religión Grecooriental

Apéndice A

Apéndice B

Bibliografía

INTRODUCCIÓN
El método histórico de estudiar el Nuevo Testamento inevitablemente levanta algunas insistentes cuestiones en la mente del estudiante cristiano de los evangelios. Antes de todo, puesto que el Nuevo Testamento es la verdad divina de la redención, desea saber por qué necesitamos relacionarnos con los factores comunes de la historia humana. Y ¿Cómo pueden las condiciones terrenales utilizarse en un esfuerzo para entender un mensaje celestial? ¿Qué razón y justificación tenemos para un acercamiento histórico a la revelación divina? Puesto que el propósito particular de esta obra es servir al estudiante fervoroso del evangelio, sentimos que nos incumbe dar respuesta a esas preguntas, como paso preliminar de la exposición.

La razón del acercamiento histórico descansa en el innegable e inevitable elemento humano del Nuevo Testamento. Este elemento humano es tan esencial para su eficacia en la experiencia espiritual del hombre, como su elemento divino. Era imposible que Dios hablara al hombre y fuera entendido sin meter su mensaje en este elemento humano. Aun si el Nuevo Testamento fuese una colección de oráculos divinos, independientes de toda relación con la experiencia humana, estos oráculos necesariamente tendrían que expresarse en lenguaje humano. Pero, por lo contrario, el estudio objetivo de los libros del Nuevo Testamento demuestra que no fueron mensajes directos dados desde el cielo sin instrumento alguno terrenal, sino realmente surgidos de condiciones humanas reales y afectados por influencias humanas normales. El elemento humano es simplemente un hecho que se presenta inequívoco en las páginas del Nuevo Testamento, como se nos presentan a nosotros.
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Pero también creemos que el elemento humano solo no es capaz de explicar este Libro. Creemos que el reconocimiento del elemento divino también es necesario para darse cuenta de él en forma racionalmente satisfactoria. Se hallan tan serias dificultades cuando se pretende explicar el Nuevo Testamento por el elemento humano exclusivamente, como con las que se tropieza en el intento de entenderlo como divino solamente. Ambos elementos deben aceptarse si hemos de satisfacer las demandas de todos los hechos.

Así, el Nuevo Testamento es objeto de una acercamiento histórico, pero esta aproximación histórica no impide el acercamiento de la fe religiosa. Necesitamos percibir tanto la justificación como las limitaciones del método histórico.

El elemento humano en el Nuevo Testamento se manifiesta en ciertos caracteres claramente definidos. Por ejemplo, encontramos allí la inequívoca impresión de la individualidad humana. Los diferentes autores ofrecen diversos estilos, distintos rasgos psicológicos, variados grupos de concepciones características, y modos desiguales de expresión. Nadie puede estudiar atentamente los escritos de Pablo y de Juan sin sentirse impresionado por la diferencia entre los dos. El estilo de Pablo es en su mayor parte áspero y complicado, mientras, el de Juan es sencillo y delicado. Por supuesto, esto puede observarse más claramente en el texto griego, pero aun el texto inglés lo muestra hasta cierto punto. Pablo concibe la enseñanza cristiana como un sistema de principios lógicamente relacionados, al que llama “el evangelio”; mientras Juan ve en ella un grupo de ideas concretas y místicas al que denomina “la verdad”. Con Pablo el problema de la redención humana se halla en la antítesis de la ley y la gracia, las obras y la fe, el mérito y la justificación. Con Juan la antítesis está en la vida y la muerte, la luz y las tinieblas. En Marcos encontramos el lenguaje descuidado y rudo del vernáculo típico, mientras los escritos de Lucas
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presentan un acabado literario que permite compararlos favorablemente con algo de lo mejor de la literatura griega de la época. Estas diferencias son fenómenos evidentes e innegables, que aparecen en el texto del Nuevo Testamento, y pueden explicarse solamente como el juego libre y normal de las aptitudes y facultades individuales.

El Nuevo Testamento conserva claras huellas de la vida de la cual surgió. Fue escrito por judíos—con la probable excepción del tercer Evangelio y los Hechos—y es inequívocamente un libro judío. Por muchos siglos se aseguró que el lenguaje del Nuevo Testamento era una manifestación especial del Espíritu Santo, provista divinamente como vehículo de revelación redentora. Apareció esta idea por el hecho de que la lengua del Nuevo Testamento no es como la del antiguo ático o griego clásico. Pero durante el siglo pasado se ha llegado a saber que el Nuevo Testamento fue escrito en el griego común de la conversación en el mundo de su tiempo. El Nuevo Testamento refleja algunas costumbres e ideas palestinas, sin cuyo conocimiento es imposible interpretarlo en algunos pasajes. Esto es sencillamente, un hecho presentado por el mismo Nuevo Testamento, de que se halla íntimamente conectado con la vida de la cual surgió.

Cada libro o expresión del Nuevo Testamento tiene alguna especie de conexión con una determinada situación histórica. A excepción de algunos pocos ejemplos, podemos percibir con gran certeza cuáles fueron estas situaciones. Los hombres escribieron y proclamaron sus vehementes mensajes, en medio de las experiencias de su vida, en las cuales se vieron envueltos por su propio ambiente, para poder resolver sus problemas y exigencias. El conocimiento de estas situaciones históricas aumenta inconmensurablemente el entendimiento y la estimación del libro o pasaje especiales que se consideren.

El Nuevo Testamento no puede ser interpretado adecuadamente si se considera como una colección
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de oráculos transmitidos desde el cielo, sin referencia alguna a la experiencia humana y al medio en que fue escrito. Ciertamente, es la revelación divina de la redención, pero esta revelación no apareció como producto independiente de relaciones históricas. Plugo a Dios revelar su redención en la historia y por medio de ella, y no podemos comprender correctamente tal revelación sino hasta que la consideremos desde el punto de vista histórico. El Nuevo Testamento es la verdad redentora de Dios entregada al hombre por medio de la experiencia y la conciencia humanas. Cuando se considera bajo esta luz, es mejor entendido y rinde sus más ricos tesoros.

El punto importante es discernir el verdadero significado de las condiciones del ambiente sobre el pensamiento expresado en el Nuevo Testamento. El marco histórico no fue la fuente original del pensamiento y la doctrina. Las elevadas esperanzas, las exaltadas concepciones y los sanos ideales que constituyen el carácter distintivo de la vida apostólica procedió del trato con Jesús y las experiencias que brotaron de su resurrección y de la venida del Espíritu Santo. Si no hubiese sido por estos hechos fundamentales de la experiencia, las fuerzas del ambiente histórico nunca podrían haber producido resultados tan transcendentales. Por tanto, el ambiente histórico constituyó el marco exterior del evangelio: su interior era el resultado de una experiencia en Cristo.

Aprovechamos el examen histórico para entender las formas de expresión, las condiciones que reflejan, y las causas de las direcciones del pensamiento y de la vida en el Nuevo Testamento. Esto es, los escritores utilizaron terminología, fraseología y figuras de expresión comunes en su tiempo; dieron por concedidas ideas y hechos que ya eran familiares a sus lectores; escribieron por las exigencias de ciertas circunstancias existentes; estaban obligados a aplicar el mensaje del evangelio a situaciones que se les presentaban. El estudiante debe tener algún conocimiento
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de estas particularidades de la vida detrás del Nuevo Testamento, antes de que pueda entender correctamente su mensaje. Tal es el proceso comprendido en la consideración histórica.

Sin embargo, esta consideración histórica no se halla sin limitaciones importantes. Exactamente tan importante como comprender lo que es el verdadero método histórico, es ser cauteloso en aquellos puntos en los que se puede abusar del método histórico. La falta de cuidado y el abuso animado por el prejuicio han producido serios daños en el empleo de la consideración histórica, y le han acarreado un injusto desprecio de los centros evangélicos. Hay limitaciones esenciales que el estudiante de la historia justamente debería respetar.

1. El método histórico no exige que reduzcamos el Nuevo Testamento a lo que podemos considerar como natural, o científicamente explicable. Su verdadera razón es dilucidar los documentos del pasado, no desecharlos. La consideración histórica debe distinguirse claramente de la naturalista o racionalista. Es un abuso del método histórico emplearlo como medio de conformar el Nuevo Testamento a cierta clase de mentalidad, a una actitud de escepticismo hacia lo sobrenatural. Quien desee aprovecharse de esta clase de mentalidad tiene un inalienable derecho a hacerlo, pero no debe hacerlo en nombre del método histórico, y no admitir en el recinto de la investigación histórica a todo aquel que no apruebe esta actitud. No es necesario como requisito previo del método histórico que abandonemos nuestra creencia en el Nuevo Testamento como una intervención redentiva de Dios en la corriente de la historia humana. El método histórico estudia el fenómeno del desenvolvimiento de la humanidad en el período del Nuevo Testamento; la fe religiosa concede a esa historia una significación redentora. Esta fe religiosa no ha de reprobarse a menos que pretenda conformar la historia con sus propias presuposiciones.

2. El método histórico no nos exige considerar la
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interpretación religiosa de los hechos como invención o perversión de la tradición. No los descalifica como historiadores dignos de confianza, el que los escritores del Nuevo Testamento hayan tenido un vivo interés religioso en los que relataban o exponían y que hayan cubierto sus relatos de los acontecimientos, con las impresiones de la reflexión y experiencia. Por el contrario, ello eleva el valor de sus documentos. Supóngase a los historiadores de la Edad apostólica dándonos un Nuevo Testamento que fuese solamente puros anales, o una desinteresada crónica de los acontecimientos, despojada de todo el maravilloso impacto sobre su propia conciencia y experiencia y su aspecto eterno como brota del crisol de sus almas apasionadas, y luego imagínese si se puede, cuánto conmovería a una mentalidad religiosa de una generación alejada de aquellos hechos por diez y nueve siglos. Es que el interés religioso del Nuevo Testamento es el que le da su carácter siempre actual y su valor para las subsecuentes generaciones. No son los acontecimientos del primer siglo de historia cristiana los que nos interesan fundamentalmente, sino los factores funcionales del primer siglo de experiencia cristiana. Por tanto, el estudiante competente de historia halla valor substancial en la reacción que refleja el primer siglo de conciencia cristiana sobre los acontecimientos de ese período, y considera el interés e interpretación religiosos como parte esencial de la historia y no como una cubierta sin valor que ha de descubrirse y desecharse en el esfuerzo por llegar al “genuino residuo histórico”. El residuo histórico carecería de valor sin los “aumentos tradicionales” que se han reunido a su derredor como resultado del interés religioso y de las reacciones del cristianismo apostólico.

3. El método histórico no exige que rechacemos al Nuevo Testamento como norma válida de la fe y experiencia cristianas. Aquí la consideración histórica debe distinguirse de cierta actitud filosófica. Hay una gran escuela de filosofía moderna que considera a la verdad como relativa y cambiante más bien
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que como estable y absoluta, y de acuerdo con esta hipótesis no podría darse en la historia revelación alguna de verdad, que pudiese ser norma final para las generaciones subsecuentes. Pero es esta cuestión fundamentalmente de filosofía, no de historia. El propósito del método histórico es discernir los hechos e interpretar su función en la primera centuria de experiencia cristiana; no es de su incumbencia prescribir o que aquellos hechos y su significación han de indicar al punto de vista y la conciencia del individuo del siglo XX. Por tanto, no se descalifica a un estudiante de historia porque vea en el Nuevo Testamento una norma para su propia experiencia religiosa.

Cuando estas limitaciones se reconocen y se respetan, el método histórico es valioso para el estudiante del evangelio, y no necesita ser rechazado como amenaza en sentido alguno, para más ferviente fe cristiana.

El hecho de que el Nuevo Testamento está claramente envuelto en las grandes corrientes de la historia humana, más que llegar a ser un estorbo para la fe o la reverencia, debe ser ayuda para ambas. Debería ser profundamente inspirador comprender que Dios es tan claramente inmanente en la historia como lo es en la Biblia. Sólo es diferente la clase de inmanencia. Su inmanencia en la historia es el proceder de la providencia ordinaria. Su inmanencia en la Biblia es por revelación especial. La historia es ciertamente “su historia”. Es la narración de cómo Dios ha dirigido el progreso humano. La historia es el vasto paisaje de la divina redención, y el Nuevo Testamento es la gloria que corona la más alta cima de la montaña y que cubre todo radiante gracia y hermosura. Todos los perfiles de la historia anterior y subsecuente convergen en la superioridad de sus trascendentes alturas. Cada elemento que contribuye para su contenido literario por la historia anterior o contemporánea, muestra a la vida humana elevada e iluminada por el glorioso significado
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del plan redentor de Dios. Considerado de esta manera, el Nuevo Testamento como producto y factor de la historia humana se ve todo él, como obra de la mano de Dios. El mismo Dios que, desde el punto de vista divino, inspiraba a los escritores, estaba también en obra, por el lado humano, proveyendo una adecuada situación histórica en la cual pudiera fundarse el reino. Al reflejo de esta santa luz el primer siglo cristiano ofrece una significación que no tiene paralelo en los anales de la humanidad, y está destinada a permanecer.


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CAPITULO I
EL AMBIENTE DEL NUEVO TESTAMENTO
Comencemos este capítulo con la observación de R. H. Glover: de “que la Iglesia surgió a la vida en un mundo de grandes figuras y grandes necesidades y de una gran herencia, y que conquistó al mundo porque se dirigió a una gran raza en su más elevado nivel”.1 Déjese a quienes así lo quieran, suponer que este maravilloso mundo al cual se adaptó tan fácilmente el cristianismo, fue un accidente que resultó de un desenvolvimiento fortuito; pero nosotros lo interpretamos a la luz de la fe cristiana como una provisión divina para el establecimiento efectivo del Reino de Cristo en la tierra.

El mundo en el cual el cristianismo primero plantó sus raíces, fue plástico y cosmopolita. Estaba formado por la herencia de tres grandes razas, la oriental, la griega y la romana. Las tres prácticamente se habían confundido en una, pero cada uno había hecho su distintiva contribución. La oriental había llevado un vasto legado de filosofía y religión. Su herencia fue hallada por el cristianismo, sepultada profundamente en el corazón tanto del mundo judaico como gentil, pero aún potente en la vida de la época. El mundo con el cual el cristianismo se encontró era muy claramente un mundo griego, porque la cultura griega lo había penetrado y la lengua griega era de uso casi universal, por lo que Pablo escribió la Epístola a los Romanos en griego, a una iglesia que estaba en el corazón de las naciones latinas, y los emperadores romanos utilizaron el griego como lengua de sus sellos oficiales. Era un mundo romano porque estaba bajo el dominio político de Roma. Este mundo grecorromano se extendía por las costas
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del Mar Mediterráneo, desde la provincia de Africa hasta la Galia y abarcaba la más elevada civilización de esa época, una de las mayores de la historia humana. Para comprender y estimar completamente el progreso del cristianismo primitivo necesitamos percibir los factores y las relaciones de este mundo completamente grecorromano. Pero el fundamento se hallaba establecido en un mundo generalmente oriental y en particular, judaico.
EL SUBSTRATO ORIENTAL
Sin duda, el elemento oriental era un substrato en el mundo del primer siglo. Era básico y original. La cultura y las costumbres griegas habían inundado la mente asiática a través de las puertas abiertas por Alejandro, pero también se había mantenido el pensamiento asiático, con su intenso misticismo, su modo concreto de pensar, su enmohecido sistema y concepciones religiosos. Las religiones de misterio, que potencialmente influyeron sobre el fondo del Nuevo Testamento, eran en gran medida de origen e índole orientales. La filosofía del primer siglo muestra muchas huellas del pensamiento oriental. Esto es particularmente cierto de la filosofía del mundo oriental mediterráneo.

Lo oriental estaba bien atrás, pero la observación puede indicar su presencia. Ofreció al primitivo cristianismo una triple contribución.

1. Un Punto de Contacto. En su carácter genético el cristianismo fue oriental. Hemos observado que los judíos eran una raza oriental, que poseía fundamentalmente una mentalidad oriental. Los dogmas originales y fundamentales de la doctrina cristiana históricamente fueron orientales. De aquí que cuando el cristianismo se dirigió al mundo gentil, encontró una sicología religiosa dispuesta a recibir su mensaje. Y el hecho de que la influencia oriental se hubiese difundido tanto por el mundo del primer siglo de modo que las religiones orientales fuesen
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populares lo mismo en Alejandría que en Atenas y en Roma, extendió el espacio de contacto del cristianismo a través de la mayor parte del Imperio Romano. Este hecho es de significación no ligera en la interpretación de la historia apostólica.

2. Una Definición de Concepciones Religiosas. La contribución oriental al cristianismo se hizo principalmente a través del judaísmo. El contacto del judaísmo con el pensamiento oriental, durante los períodos de la cautividad y la restauración, indudablemente tuvo su efecto sobre el desarrollo y definición de las concepciones religiosas judaicas, y éstas constituyeron el mayor contenido del cristianismo. La extensión y naturaleza exacta de la contribución oriental al judaísmo no puede determinarse con certeza—sin duda nunca se podrá; la certeza de tal contribución se halla más allá de toda discusión. Esto, sin embargo, no justificaría en manera alguna, un elemento perturbador de nuestra fe evangélica. Si a Dios pareció bien utilizar contactos del pensamiento oriental para producir una visión más clara de algunos elementos de su revelación, la autoridad original no es de ninguna manera menos divina porque se hayan empleado tales instrumentos. Debemos aceptar los medios que Dios a dispuesto, más que pretender la prerrogativa de indicar los medios que debería haber aprovechado.

La teología persa y babilónica tenían estrechos paralelos con la judaica. La inmortalidad del alma, la existencia del mundo de los espíritus, las recompensas eternas por la conducta humana, la resurrección de los muertos, fueron ideas que los judíos mantuvieron en común con sus vecinos orientales.

(1) El judaísmo fue afectado por la influencia babilónica. La raza hebrea desde tiempos muy antiguos estuvo en estrecho contacto con la civilización babilónica. Esta relación fue especialmente intima en tiempo de la cautividad. Esta circunstancia está convincentemente comprobada por los muchos nombres judíos que dan testimonio de su origen mesopotámico.2
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Seguramente la influencia babilónica tuvo sus efectos económicos y produjo entre los judíos gran riqueza y poder, y probablemente una vida comercial de muy elevada organización. También produjo sus efectos culturales, convirtiendo a muchos judíos en pensadores y maestros de la astrología y la filosofía de los babilonios. No podemos poner en duda que se haya ejercido también influencia religiosa, que afectase a la teología del judaísmo. Sin embargo, las huellas de tal influencia son poco precisas.

(2) Las evidencias son más definidas y pronunciadas cuando consideramos la influencia persa. De fuentes persas procedía una más precisa definición de concepciones escatológicas: cielo e infierno, la resurrección y el triunfo de la justicia. Las fuerzas y funciones del mundo de los espíritus fueron más claramente determinadas en el pensamiento judaico, después de su relación con la mentalidad religiosa persa.3 Es significativo que el interés y expresión apocalípticos se muestren más prominentes en el judaísmo después del período persa. El judaísmo halla contacto homogéneo con el pensamiento persa en su angelología, y la desarrolla más allá de la simple concepción del Antiguo Testamento. La palabra “Paraíso”, aplicada frecuentemente al cielo, era de origen persa, como también el vocable “Satán”. La demonología del judaísmo posterior se derivó principalmente de fuentes persas.

La respuesta del judaísmo a la influencia babilónica y persa fue seguramente una reacción inconsciente. Casi en todo, los judíos mantuvieron su vida y doctrina características con inflexible tenacidad. Cuando vino la restauración, los fundamentos de la religión judaica salieron intactos del valle de Mesopotamia. Los resultados de la influencia babilonicopersa fueron principalmente en nuevos modos de comprensión y en terminología.

3. Una ocasión de conflicto. La contribución al Nuevo
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Testamento hecha por este sustrato oriental, fue más antitética que sincrética. Descubrió ciertos elementos del pensamiento cristiano en marcado relieve por el conflicto que ofrecían. La contribución positiva vino por medio del judaísmo; la negativa, por la filosofía helenística y las religiones grecoorientles. La separación entre la religión y la moral, la concepción dualista del universo, y las falsas nociones de los poderes del mundo de los espíritus, crearon confusión y complicaciones que amenazaban al mensaje cristiano, a medida que avanzaba en el mundo gentil. De hecho, a partir del segundo siglo, estos elementos orientales fueron adulterando el mensaje cristiano, pero la relación del cristianismo apostólico con el orientalismo fue principalmente antagónica. Esta es la rezón por la cual el Deán Inge ha considerado al cristianismo como la menos oriental de las grandes religiones.4
EL FONDO JUDAICO
El mundo en que el cristianismo tuvo su origen fue esencialmente oriental, pero particular y directamente judaico. Fue oriental, porque el judaísmo era racial y fundamentalmente oriental. Sin embargo, había una distinción que colocaba al judaísmo separado del mundo oriental en general, y que exige consideración como fase independiente de la vida antigua. Del judaísmo recibió el cristianismo su mayor contenido desde el punto de vista histórico. Jesús fue judío, como Pablo y todos los primeros cristianos. La doctrina, la práctica, loa psicología y la experiencia del cristianismo del primer siglo, era predominantemente judía, aunque avanzaba constantemente con dirección al helenismo. Por tanto, no se puede comenzar a estudiar el Nuevo Testamento sin tomar en consideración su fondo judaico.

Hay repetidas referencias a las distintas sectas, instituciones y costumbres que aparecieron en los
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siglos anteriores de la historia judaica, tales como los fariseos, los saduceos, el Sanedrín, la sinagoga, etc. Fueron empleados por Jesús, modos de expresión bien establecidos y familiares, como expresiones aforísticas, discursos didácticos, y parábolas. Las ideas religiosas del judaísmo regular se adoptan o presuponen en el Nuevo Testamento; así, Dios, revelación, inmortalidad, juicio, ángeles, Mesías, etc. Las condiciones prevalecientes en la vida de Palestina se hallan en el fondo de cada versículo de los evangelios. Estas y muchas otras características requieren el conocimiento de la vida y la historia judaicas, para su correcta interpretación.
EL FONDO GRECORROMANO
La historia judía basada en su substrato oriental, es la historia de la cual procede el Nuevo Testamento, como resultado. Hay también una historia en la cual el Nuevo Testamento interviene como factor. El mesianismo de Jesús y sus seguidores había sido rechazado por el judaísmo, y la nueva religión se vio obligada a dirigirse al gran mundo fuera del judaísmo regular. Este mundo estaba constituido por mentalidades liberales del judaísmo palestino, además por el judaísmo helenístico y, finalmente, por los gentiles. Así, el campo de operaciones del cristianismo apostólico era el vasto mundo grecorromano. La fe cristiana evangélica ve en este desarrollo, el movimiento de la providencia redentora.

Llamamos al mundo gentil de esa época, “grecorromano”, porque estaba constituido por dos elementos, griego y romano. A la forma de vida producida por la combinación de estos dos elementos, la denominamos helenismo.

1. Sobre las bases orientales del gran mundo oriental había fluido la civilización griega. Fue introducida por Alejandro el Grande. Sería difícil exagerar los efectos de la conquista de Alejandro sobre el mundo del Nuevo Testamento. Pero la gran contribución
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directa que hizo, fue poner al servicio del cristianismo la mentalidad griega con su espíritu de investigación filosófica y su expresión literaria—esto es, el pensamiento y la lengua griegos. Hasta donde puede percibirlo nuestro entendimiento humano, la religión de Jesucristo nunca podría haber recibido adecuada interpretación, si no hubiese llegado a poseer el pensamiento y la expresión griegos. El Hijo de Dios podía mejor establecer su relación con el mundo a través del corazón religioso de los judíos; pero esa relación puede ser mejor interpretada y expresada por la mentalidad griega. Esta mentalidad griega se descubrió en el mismo momento en que el cristianismo se puso en contacto con la vida gentil de la época: sí, aún antes, porque la influencia helenística había afectado al judaísmo mucho más de lo que éste comprendía o confesaba. Los romanos dieron al siglo primero sus principios políticos y la administración, pero los griegos fueron los modeladores de su vida intelectual. La influencia griega dominaba a la cultura de todo el mundo civilizado. Ese mundo fue políticamente romano, culturalmente griego, socialmente pagano, religiosamente grecooriental.

2. El mundo grecooriental creado por Alejandro, había sido conquistado y reorganizado por Roma. Pero Roma sólo cambió el aspecto exterior. La contribución romana al mundo del Nuevo Testamento fue principalmente externa. Cualquier contribución hecha al contenido esencial del pensamiento y de la vida, fue indirecta. El pensamiento y la vida del mundo mediterráneo se mantuvieron esencialmente grecoorientales. Esto, por supuesto, fue original y especialmente cierto respecto de las regiones asiáticas, pero llegó a serlo cada vez más del mundo occidental, de modo particular en los tiempos post-apostólicos. Cuando Pompeyo hizo avanzar sus legiones hacia el oriente no destruyó los resultados de la conquista de Alejandro; únicamente logró llevar la paz y la reorganización a los caóticos dominios de Alejandro, de
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modo que el gran programa de helenización pudiese proseguir más efectivamente. El helenismo volvió a Roma con su cultura e hizo del Imperio Romano un mundo grecorromano.

Continuando la metáfora que hemos estado usando, el elemento oriental persistió como el sustrato y el griego como la capa superficial del mundo oriental mediterráneo, y Roma modeló y modificó los contornos. Para hablar en términos más literales, Roma organizó y administró la vida, ya constituída cuando Alejandro mezcló la cultura y la lengua griegas con la vida social y religiosa de Asia. Pero puesto que el mundo en que tuvo su origen el cristianismo era gobernado por la Roma Imperial, es valiosa e indispensable ayuda en la interpretación del Nuevo Testamento, el conocimiento del carácter del gobierno romano.

Por este examen podemos descubrir que el ambiente del Nuevo Testamento se componía de dos distintos aspectos de la vida del siglo primero, que estaban relacionados íntimamente, y sin embargo, eran muy diferentes en su carácter general. Estas dos fases primarias del mundo del Nuevo Testamento se conocen como judaísmo y helenismo. El judaísmo comprende la vida, el pensamiento y la producción literaria de los judíos. Tuvo su principal centro en Jerusalem y su principal campo de operación en Palestina. El helenismo incluye los factores y condiciones del mundo gentil con el cual llegó a tener contacto el Nuevo Testamento. Lo describimos como helenismo, porque la influencia griega era dominante en la vida intelectual, social y religiosa. El judaísmo tuvo que ver principalmente con los factores que produjeron el Nuevo Testamento, mientras el medio ambiente grecorromano o helenístico, lo hizo esencialmente con las funciones ejercidas por el Nuevo Testamento y sus efectos, sobre el mundo de la época. Sin embargo, cada uno de ellos afectó tanto a la producción como a la operación del mensaje del Nuevo Testamento. En el análisis de estos factores
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hemos encontrado que lo judaico es básicamente oriental y lo helenístico está formado por elementos griegos y romanos. Entonces, las tres contribuciones del medio ambiente histórico al Nuevo Testamento fueron la oriental por el judaísmo, y la griega y romana a través del helenismo.

Los tres más grandes movimientos históricos de los siglos pasados convergen en la vida del Nuevo Testamento. El más sublime espectáculo que ofrecen los anales humanos es la forma en que Dios reunió estas tres corrientes de la historia en el inmortal pesebre de Belén, donde una virgen judía, que cumplía las exigencias de una ley romana, dio nacimiento a un niño, cuya vida en maravilloso relata habría de ser expresada en la lengua griega. Antes de que aquellos magos del distante oriente hubiesen venido de muy lejos para rendir su homenaje a recién nacido rey, se había vislumbrado una escena mucho más emocionante, cuando los judíos, griegos y romanos estuvieron invisibles alrededor de ese pesebre de Belén, reunidos allí por el silencioso estímulo de una providencia irresistible, de modo que cada uno pudiese contribuir desde su propia resplandeciente condición, a la preparación del escenario histórico en que se desenvolvería el ministerio del Redentor del mundo. Ese grupo se reunió primero en el santo pesebre, no trajo dones de oro, incienso y mirra, pero puso a los pies del niño de Belén, ofrendas mucho más ricas y duraderas que las brillantes riquezas materiales que el oriente pudiese tener la esperanza de producir. Los judíos le ofrecieron los dones de la riqueza de su historia y conciencia religiosa, los griegos le trajeron una lengua expresiva y una inteligencia preparada, y los romanos le entregaron en mundo organizado.
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PARTE I

EL JUDAISMO

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