Monografía de ficción caribeña anglófona, mestizaje y cruces culturales




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Universidad de Buenos Aires

Facultad de Filosofía y Letras

Monografía de ficción caribeña anglófona, mestizaje y cruces culturales
La identidad caribeña como cruce de miradas
Seminario: “Ficción caribeña anglófona, mestizaje y cruces culturales”

Titular de cátedra: Dra. Márgara Averbach

Alumno: Julián D’Alessandro

1º cuatrimestre de 2009

Introducción
Durante el siglo XX, los autores caribeños han concebido la ficción como un discurso de resistencia y una fuente de identidad política frente al discurso historiográfico imperialista de los “países centrales”. Para demostrar eso, la presente monografía propone un análisis comparativo de seis cuentos caribeños de autores anglófonos a través del tópico del viaje de la ex colonia a la metrópoli. Nuestro principal interés radica en el estudio de las representaciones que traslucen estos relatos acerca de los países desarrollados de Occidente (Inglaterra, Estados Unidos, Canadá) tanto como de las perspectivas de los escritores antillanos sobre sus propias naciones. Con relación a ello, nuestra lectura pondrá una mayor atención en el tratamiento de “la mirada” de los personajes y en el modo en el que esta delimita “lo propio” y “lo ajeno” en relación con la identidad caribeña.

Para organizar el esquema comparativo, proponemos dos posibles ejes de análisis. El primero sigue un criterio extra-textual a las narraciones, el cronológico, y postula tres agrupaciones. La primera de ellas engloba a los autores nacidos entre 1900 y 1925, y abarca el cuento del jamaiquino Roger Mais (1905-1955), “Lookout” (“Mirar hacia afuera”, MHA), aparecido en 1986 en el volumen póstumo Listen, the wind and other stories, y el relato “My girl and the city” (“Mi novia y la ciudad”, MNC), del trinitense Samuel Selvon (1923-1994), aparecido en Ways of Sunlight (1957). La segunda reúne las narraciones de los autores de la década de 1930: “Barbados” (“Barbados”, B), de la estadounidense-barbadense Paule Marshall (n.1929), presente en el libro Soul Clap Hands and Sing (1961), y “I hanging on, praise God!” (“Yo, sigo aguantando, ¡alabado sea el Señor!”, YSA) del barbadense-canadiense Austin Clarke (n. 1934), publicado en la revista BIM (1963). Por último, están los cuentos de los autores nacidos después de 1940: “Country of the One Eye God” (“País del dios de un solo ojo”, PDO), de la jamaiquina Olive Senior (n. 1941), publicado en Summer Lightning (1986), y "Eat Labba and Drink Creek Water” (“Come paca y bebe agua del arroyo”, CBA), de la guyanesa Pauline Melville (n. 1948), aparecido en Shape-Shifter (1991).

El otro eje de análisis propuesto sigue un criterio intra-textual, es decir, argumental, y organiza los cuentos en tres grupos de acuerdo al lugar desde donde se ubica el narrador: adentro de la ex colonia (MHA y PDO), afuera de la ex colonia (MNC y YSA) y, por último, afuera y adentro de la ex colonia (B y CBA).

Previamente al trabajo sobre las obras en sí, estableceremos el marco teórico desde el cual se articulará nuestro análisis. En primer lugar, tomaremos en consideración el planteo de Edward Said en su libro Cultura e imperialismo (2004). Allí el autor concibe la “cultura” como un conjunto de “artefactos culturales”, una “fuente beligerante de identidad” y un “teatro” donde se dirimen “causas políticas e ideológicas”, y no como meras manifestaciones creativas incondicionadas de genios solitarios (2004: 14). Said entiende que particularmente la narrativa, en manos de la sociedad burguesa de los “países centrales”, ha sido funcional al imperialismo1, pues ha contribuido a forjar sentimientos, actitudes e ideas de dominio sobre los países colonizados (2004: 132). Desde esta perspectiva, uno de los grandes tópicos de la cultura colonial ha sido la búsqueda y el viaje hacia lo desconocido2. A su vez, señala que el tópico del viaje ha sido reutilizado por los novelistas de las “naciones periféricas” para sus pronósticos post-coloniales y advierte la necesidad de un análisis de “sus obras en la medida en que comparten importantes preocupaciones con las minorías y con las voces ‘suprimidas’ dentro de la misma metrópoli” (2004: 105). El presente trabajo pretende responder a esta demanda al centrar su análisis en las narrativas de las naciones caribeñas y en las perspectivas que sus narradores articulan en torno a las metrópolis y a sus propios países.

Por otra parte, nuestro planteo responde al importante trabajo Twentieth-Century Caribbean Literature (2006) de Alison Donnell. Esta autora polemiza con la corriente de los estudios clásicos del Black Atlantic, pues sostiene que los discursos de la diáspora “have generated a preference for dislocation over location, rupture over continuity, and elsewhereness over hereness” (2006: 83). Además, señala que la mayoría de las conceptualizaciones e investigaciones post-coloniales (principalmente las de Gilroy y las de Said) han asociado la poética de emancipación (liberatory poetics) principalmente con las experiencias del migrante antes que con las del residente (settler), dejando veladas las historias que no involucran a las metrópolis (2006: 82). Donnell deduce que eso ha servido para naturalizar una versión de la identidad caribeña como identidad siempre dislocada (as always elsewhere) (2006: 79). Frente a ello, reconocemos que nuestra perspectiva no escapa al lugar común de la crítica especializada: la de definir la identidad caribeña en términos de migración e intercambios con la metrópolis. Pese a ello, este análisis busca trascender el binarismo permanecer-migrar y entender la idea de “permanencia” en un sentido psicológico y dinámico (y no meramente físico). Como demostraremos más adelante, los personajes de los relatos analizados, presos del ansia de migrar, padecen la “reclusión” (la forma más traumática de permanencia) tanto adentro como afuera de su tierra natal. Otros, en cambio, paradójicamente la experimentan en el viaje entre uno y otro sitio. La postulación de esta dialéctica pretende contribuir a superar los planteos binaristas que Donnell denuncia.

Por último, las reflexiones en torno a la Historia, el mito y la contra-memoria presentes en el libro Time Passages (2001) de George Lipsitz constituyen el fundamento a partir del cual sostenemos la idea de que la ficción ha contribuido a la resistencia política y a la construcción de una identidad propia en las naciones caribeñas.
Desarrollo

Eje generacional: 1900-1925 / 1930 / 1940

Los dos primeros cuentos del primer eje, que congrega a los autores nacidos entre 1900 y 1925 (el jamaiquino Roger Mais y el trinitense Sam Selvon) bajo un criterio extra-textual, se focalizan en las impresiones poéticas de los personajes y recurren principalmente a un lenguaje poético. En MHA el narrador extradiegético aprovecha su omnisciencia para enriquecer el insustancial diálogo entre una jovencita y un extraño con comentarios, suposiciones (por ejemplo, el uso constante de la fórmula “como si…”) y fragmentos de monólogo interior. De ese modo, en todo el relato sobrevuela la promesa de acciones que nunca se concretan: la lluvia inminente que no cae, el extraño que no toma el autobús, el hermano de la joven que no regresa y, finalmente, la protagonista que no acepta salir a pasear con el extraño. De igual forma, el relato de Selvon, MNC, propone un “viaje circular” e introspectivo (“nos íbamos a tomar el Círculo Interno”3) por la ciudad de Londres, donde el narrador intradiegético entremezcla sensaciones y acciones. La circularidad de esas idas y venidas del suburbio al centro (commuting) le hacen ver el sinsentido de la rutina en la metrópolis. Aquí la imposibilidad de proyectarse un futuro no se debe al encierro en la casa de la gran ciudad como en MHA, sino a la “condena” a un viaje permanente, sin destino. El protagonista “viaja” por Londres en un viaje interior de búsqueda de sí mismo y de encuentro con “el otro” (su novia), pues ella y Londres se identifican: a ambas las ama y a ambas desea conquistarlas con palabras. Su incontinencia verbal deriva de la imposibilidad de decir algo que no haya sido dicho y la búsqueda de un lugar (τόπος)4 del que aún no se haya hecho uso, dado que su afán por ocupar un lugar deshabitado condice con el de encontrar un modo de expresión propio: “todo ya fue dicho” y “sólo me queda esto: la pura expresión” (MNC).5 Este narrador, sobre el final, quiere contarnos la historia de un anciano que ve en la calle, pero se interrumpe: “Pero no había ningún anciano, no había nada, y nunca jamás hay nada” (MNC). Se trata de la historia del cuento que no puede hacerse o escribirse, porque se sume en la contemplación extrañada de una “mirada nueva” sobre un “paisaje viejo”.6 Del mismo modo que en el “diálogo insustancial” entre los desconocidos no lleva a nada concreto en el cuento de Mais, en MNC la mirada contemplativa y lo expresivo son los elementos que ocupan el centro del relato e impiden contar la historia.

Según lo dicho anteriormente, ambos autores abordan los aspectos ideológicos siempre desde una dimensión simbólica o alusiva. Por ejemplo, la niña de MHA está ubicada “adentro del afuera” que implica la gran ciudad (reclusa en ese afuera-urbano que no es su casa), pues no puede salir y hacer uso de su libertad, y como justificativo no hay una razón, sino una prohibición impersonal: “Porque no se puede”. No obstante, ella se niega a aceptar el modelo de mujer-madre-abnegada, reclusa entre las cuatro paredes, que representa su lunática cuñada. El otro héroe que presenta este mismo relato es el hombre, ridiculizado como “el mono de los cables”. Él es su primer contacto con el afuera y representa todo lo que la niña no es y desea en el marco de una sociedad (la caribeña de principios del siglo XX) que recluye a las mujeres en su casa. Él es hombre y adulto, es temerario, y hace una exhibición de su libertad y de su poder de decisión de viajar/no viajar.

También el relato de Selvon presenta alusiones de índole socio-política: el titular de un diario que reza “Suez, no hay acuerdo”, como alusión sutil al imperialismo inglés, y la mención a una primera estadía en Londres referida al año 1950, década en la que efectivamente había comenzado la inmigración antillana allí. Pese a estos pequeños indicios, cabe señalar que estas dos narraciones abordan principalmente temas universales, como el amor, la gran ciudad y el miedo, porque sus autores abrigaban la pretensión de que sus obras tuvieran un alcance mundial y creían prejuiciosamente que para ello debían evitar caer en el “regionalismo”.

En el segundo grupo están los cuentos de los barbadenses Austin Marshall (n. 1929) y Paule Clarke (n. 1934), publicados a principios de la década de 1960. Ambos autores comparten la concepción de que la emigración está movilizada por el American Dream y ponen principal énfasis en la experiencia que atraviesan los migrantes en la metrópolis, tanto en términos de “adaptación” como de “resistencia cultural”. Por ejemplo, en el título del cuento de Clarke (“I hanging on, praise God”) confluyen ideas contradictorias como: la persistencia frente a una dificultad (“sigo aguantando” o “sigo esperando”) y la resignación a una predestinación divina (“¡Dios sea alabado!”). En este relato, Clemintine y Pinky son inmigrantes en Canadá que se reparten estos roles, pues la primera de ellas, como lo sugiere su nombre, es sumisa y creyente en Dios porque no tiene otra cosa que hacer, mientras que Pinky es extrovertida, rebelde y celosa de la intimidad de su “cuarto propio” frente a las incursiones de su ama judía (la señora Bergenstein), que aparece como avarienta y entrometida. Además, Pinky es quien tiene la idea de ir a un lugar privado, donde no las miren. Esto conlleva un acto de rebeldía, porque “escondidas” pueden hablar todo aquello que han callado antes y “emborracharse de furia”, mientras se deja esperando (hanging on) a la señora Bergenstein. Este “acto de resistencia” a “comparecer” ante su jefa es acompañado por el disfrute que las identifica como barbadenses: el gusto por la charla y por el ron.7 Al final de la reunión (entendida figuradamente como una “sentada” de descanso y de protesta a la vez -sit-in-), Pinky debe volver corriendo a la casa de su patrona.

También en “Barbados” se hayan presentes dos actitudes contrapuestas con respecto al lugar de poder que ocupa el hombre de la metrópolis y se muestra a través del antagonismo de dos generaciones: los barbadenses acostumbrados al amo blanco del antiguo régimen y los del nuevo orden, los jóvenes que buscan una autonomía política real y no le temen a los blancos. Watford es el epítome de lo caduco de esa generación de nativos que siempre descreyeron de las fuerzas al servicio de la autonomía de la isla y que usaron su energía para servir al imperio inglés. Todo en este hombre es incipiente: su país (donde “hacen de todo un poco, menos trabajá”), su casa sin pintar, sus cocoteros enanos con troncos atrofiados y su apariencia “absuelta por el tiempo, aún joven” pero demacrada por el servicio brindado en el exilio. Para Watford el único destino lógico es aprender un oficio e ir a Inglaterra o a Estados Unidos (como él hizo), pero al final de su vida “ve” que “vivió ciego”, que sirvió al amo equivocado sin saber para qué, pues su nombre mismo evoca esa pregunta: what for? (¿para qué?).

En los dos relatos, la “mirada del amo”, tanto a nivel humano (la señora Bergenstein) como simbólico (la metrópolis), es una presencia irredimible para los migrantes: esa mirada está introyectada en Watford, que se auto-desprecia por ser negro y mira a los otros barbadenses con “admiración” y “vergüenza”; de modo similar, las muchachas negras del cuento de Clarke desean no ser objeto de la mirada de los canadienses, por eso se planchan el pelo y reprimen lo estentóreo de sus voces en el transporte público. Por otra parte, la representación de la isla natal (Barbados) en los dos cuentos es la de un lugar sin futuro, sin progreso económico y sin tecnología, aunque también aparece como el verdadero lugar propio en el mundo.8

De acuerdo con estos relatos el medro lo concede la metrópolis y esto es lo único que garantiza el retorno a la tierra natal, pues la prosperidad del señor Watford en Barbados es producto del oficio que desempeñó antes en Boston. Pinky también desea hacer dinero y comprar propiedades en su país: “Y cuando tenga lo suficiente en esa cuenta bancaria, voy a comprarme una hetárea o media en Highgate Garden. Una linda casita de piedra y un lindo auto inglé marca Austin…” (YSA). Al igual que los protagonistas de ambas narraciones, estos autores forman parte de la generación de antillanos que se exiliaron y adoptaron la nacionalidad de su país de recepción (Canadá y EE.UU.). Los relatos de los escritores de esta generación se refieren al periodo de auge migratorio en la historia del Caribe y en ellos también se vislumbra las desilusiones que trajo aparejadas.9

Para finalizar con este primer eje de análisis, el tercer grupo está integrado por cuentos publicados entre 1986 y 1992 de escritoras nacidas en la década de 1940. En ambos se recrudecen las relaciones conflictivas entre la metrópolis y los países caribeños. Notamos en ellos que se disuelve el tono lírico de las narraciones de las primeras décadas del siglo y ocupa su lugar la violencia como denuncia explícita al imperialismo. Los dos cuentos presentan las diferentes perspectivas político-ideológicas de tres generaciones de caribeños. Las abuelas y las tías ancianas, apegadas a la tierra natal y ponderativas del afuera, se sienten abandonadas por sus hijos, esposos y nietos, quienes fueron arrastrados por la misma idealización de la metrópolis10 y se consuelan con fetiches y supercherías: Ma Bell retiene el dinero con el que comprará un hermoso ataúd para su entierro, como preparativo para una “magnífica” vida ultraterrena, mientras que las abuelas le recriminan a la blanca narradora de CBA la inexorable fatalidad de su sangre negra, en la cual se cifra mágicamente la perdición de la familia y, en un sentido extendido, la de su país entero.

Los personajes tapan, a través del argumento positivista del atavismo de su “mala sangre”11, las razones socio-culturales que llevaron a los nietos a ese estado de cosas (por un lado, la delincuencia y la inseguridad social y, por el otro, el legado de un país desabastecido al borde de la quiebra) y de ese modo se absuelve a los mayores de toda su responsabilidad. No obstante, Jacko, el delincuente adolescente, es consciente de que su situación es producto de los desaciertos de sus mayores, dado que expresa: “lo único que tu generación sabe hacé. Cómo dá golpe y castigá” (PDO).

Con estas menciones explícitas, ambas autoras denuncian el estado económico deplorable que presentan las naciones caribeñas, aunque señalan diferentes causas: en CBA, los males se originan en una política exterior perjudicial, con su primer antecedente en la época de la Conquista (el relato de la búsqueda de El Dorado) y su punto máximo en el “servilismo” (entendido en términos de “lealtad”) que los guyaneses rindieron al Imperio británico durante la Segunda Guerra Mundial, al mandar a sus hombres a combatir (el servicio militar que presta el abuelo de la narradora). En cambio, en el relato de Senior, la causa de los problemas económicos es universal y tiene su asidero en la “ideología”12, que impide a las clases sometidas tomar conciencia sobre su condición y sobre la lucha de clases (la abuela espera el Día del Juicio, pero su nieto le hace ver que el dios de ese país es parcial, tiene un solo ojo13 y lo abre solamente para aquellos que ya tienen todo). A diferencia del cuento de Clarke antes analizado (YSA), en el relato de Senior la acción de cifrar las esperanzas en un dios recibe una crítica explícita: “Dios (…) era, a veces, sordo y ciego” (PDO).

Por último, tanto en CBA como en PDO la idealización de la metrópolis (Londres) es de índole cultural, mientras que la imagen ideal del Caribe (cuando aparece en boca de turistas ingleses) suele delinearse en términos de riqueza natural (el hallazgo de oro y playas paradisíacas), valores muy estimados para una conciencia colonizadora. Particularmente en CBA, ese patrimonio físico “entra en competencia” con el patrimonio cultural de Gran Bretaña (sus museos, monumentos, bibliotecas y demás artefactos tecnlógicos). El “intercambio desventajoso” entre ambos capitales (el cultural y el físico) se lleva a cabo encubiertamente, “por detrás del relato” (dado que nunca se presenta como un trueque): la narradora obtiene el prestigio, el dinero y el acervo cultural que emanan del Imperio, mientras que se despoja a la ex colonia (Guyana) de su fuerza de trabajo, de sus bienes y de su oro. También, en PDO, a causa de los intercambios desfavorables con las metrópolis sobreviene la falta de oportunidades que sume a Jacko y a sus pares en una situación de marginación e injusticia: este joven padece “una vida por delante” porque vive en un “país sin futuro”. Estos ejemplos evidencian que “la metrópoli adquiere su autoridad, en una considerable medida, mediante la devaluación y también la explotación de las remotas posesiones coloniales” (Said, 2004:112).
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