La medicina patas arriba: ¿y si hamer tuviera razóN? Giorgio Manbretti Jean Seraphin Prólogo




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títuloLa medicina patas arriba: ¿y si hamer tuviera razóN? Giorgio Manbretti Jean Seraphin Prólogo
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EL BOCADO EN EL ESTOMAGO



Una manada de lobos está cazando en el monte, aunque la comida escasea, de repente uno de los lobos encuentra la pata de un conejo salvaje muerto desde hace varios días: para que no se la arrebaten los otros lobos se la traga a toda prisa, pero como la pata es demasiado gruesa se le queda en el estómago. El lobo se halla en peligro de muerte, ya que mientras la pata sigue en el estómago pierde todo apetito. Se trata de una situación de emergencia que no sabe cómo resolver. Inmediatamente se pone en acción el cerebro y le ordena al cuerpo que lleve a cabo una proliferación celular en el estómago justo allí donde se encuentra el hueso de la pata: ¡se trata de un tumor! Pero todo tiene un sentido y lo que se diría una enfermedad inexorable se revela en cambio como la solución perfecta del cerebro para la supervivencia del lobo. Se ha demostrado, efectivamente, en el laboratorio que las células tumorales del estómago segregan una cantidad de ácido clorhídrico que tiene un poder digestivo de tres a diez veces superior al de las células normales. Así el hueso puede ser digerido más rápidamente y el lobo podrá sobrevivir. Una vez cesadas las alarmas, desaparecido el peligro, el cerebro da la orden al cuerpo de eliminar el tumor (a continuación veremos por medio de qué mecanismos), y el lobo podrá nuevamente reunirse con la manada y volver a cazar.
El señor Mario B., de cincuenta años, ha dedicado toda su vida laboral a una pequeña empresa de muebles de oficina. Una buena mañana, al llegar al trabajo, el propietario le llama y le anuncia sin demasiados preámbulos su despido. Mario B. se queda sin respiración, incapaz de la menor reacción, sin poder explicarse la razón del mismo. Luego descubrirá que su puesto ha sido ocupado por el hijo del amo. Es una mala jugada que nunca se hubiera esperado y lo expresa diciendo: “¡No puedo digerir que me despidan así!”.

Inmediatamente la mente informa al cerebro que transmite la orden a las células del estómago que dan comienzo a una proliferación celular, un tumor, para digerir el bocado indigesto que ha estado a punto de causar la muerte del señor Mario.
Estamos programados para sobrevivir y preservar la especie. El cerebro no establece diferencia entre lo real (la pata de conejo que se ha quedado en el estómago del lobo) y el imaginario (el despido de Mario, vivido como un bocado que se le ha atragantado). La enfermedad es, pues, la solución perfecta del cerebro en términos biológicos de supervivencia.

Mario puede resolver el problema eliminando el trauma emocional, o, de forma más “práctica”: buscándose sencillamente otro trabajo.

Si Mario no está en condiciones de eliminar el trauma ni de encontrar otro trabajo, el cerebro entrará en acción sobre el único campo que tiene a su disposición, es decir, el estómago, antes de que Mario consuma todas sus energías en el intento de... “digerir” el amargo bocado. Intervendrá con el único medio que puede resolver a toda prisa el problema: ¡un tumor! ¡El tumor en el estómago será entonces, paradójicamente, la solución biológica para salvar la vida del señor Mario B.!

Pero Mario habría podido vivir el trauma emocional de su despido de modo distinto (cada uno de nosotros tiene su historia, su educación, su pasado):

- “estoy rabioso por la injusticia que he sufrido”, patología de las vías biliares;

- “esto no me lo trago”, patología del esófago;

- «es una mala pasada, no puedo dejarla pasar», patología del intestino delgado;

- «me ha hecho una mariconada», patología del colon;

- «tengo miedo de no tener ya mi propio espacio», patología de los bronquios;

- «se me viene todo encima», patología renal

- «no valgo ya para nada», patología ósea.
Cada vez que un individuo, en el curso de su existencia, se ve afectado por un trauma emocional que tiene las siguientes características:
- Es vivido de manera dramática (con todos los matices propios del caso, por lo que una gran emoción tendrá consecuencias más visibles que una pequeña contrariedad: de la bronquitis al cáncer de pulmón, según la intensidad del drama vivido);

- Nos coge desprevenidos, cuando menos se espera;

- La emoción se impone a la razón;

- Es vivido en soledad, rumiando continuamente el problema (aunque todos saben lo que nos ha sucedido, nadie sabe lo que hemos sentido);

- No se encuentra una solución satisfactoria.
Entonces, y sólo entonces, entra en acción el cerebro poniendo en marcha un programa biológico especial para la supervivencia del individuo. La intensidad del trauma emocional no tardará en determinar la gravedad de la enfermedad, mientras que el tipo de emoción sentida al comprobarse el trauma determinará la localización de la patología en el cuerpo. La enfermedad es, pues, un desequilibrio simultáneo a nivel psíquico, cerebral y orgánico debido a un trauma emocional. Sin conflicto no hay enfermedad: darse cuenta de ello es el primer paso hacia la curación.
EL TURBOCOMPRESOR SALVAVIDAS

Estáis recorriendo en coche una carretera de campo; el viaje transcurre tranquilamente y vais disfrutando de la naturaleza que os rodea, a cada curva un nuevo paisaje, iluminado por un cálido sol primaveral. En la lejanía entrevéis la forma de un gran trailer que avanza lentamente y no tardaréis mucho en estar detrás de él. Queréis adelantarlo, pero las curvas se suceden una tras otra, y os veis obligados a avanzar a veinte por hora; aunque no tenéis prisa, comenzáis a impacientaros, estáis cansados de respirar todo lo que sale de su tubo de escape. Tras la enésima curva, he aqui una breve recta, el camino está despejado, y por fin ponéis la directa y comenzáis a adelantarlo; pero de pronto llega otro en dirección contraria, vuestra frente se llena de sudor, la tensión aumenta,

No hay tiempo de frenar. Es cuestión de segundos, algo automático: cambiáis de marcha a una inferior y apretáis el acelerador a fondo, el turbocompresor de vuestro coche se inserta con un silbido apenas perceptible y acelerando fuerte termináis el adelantamiento; por los pelos, pero ha salido bien. Os pasáis una mano por la frente, unos cien metros más y el estrés desaparece. Todo ha sido olvidado, y os ponéis a pensar en el restaurante que os espera en el próximo pueblo...

¡¡El cáncer es el turbocompresor que el cerebro inserta para salvarte la vida!!
En el origen de todas las enfermedades (anginas, bronquitis, cáncer, depresión, epilepsia, infarto, leucemia, esclerosis en placas, etcétera) hay, en la vida del paciente, un acontecimiento particular vivido como un trauma: separación afectiva, ofensa, despido, guantazo, la muerte de un familiar, un diagnóstico médico fatal. Un evento vivido de modo dramático, inesperado y conflictivo, en soledad y sin posibilidad de una solución satisfactoria.

Lo decisivo es el modo en que este hecho es vivido por cada uno.

• Dramático: Se aleja de las preocupaciones cotidianas por su intensidad y gravedad.

• Inesperado: Se nos cae encima de repente, brutalmente.

• Conflictivo: Hay un conflicto de intereses entre las emociones y la razón.

• Vivido en el aislamiento: Aunque todos saben que me ha pasado algo, nadie sabe lo que he sentido.

• Sin solución satisfactoria: No siempre es suficiente con hablar del terna.

• Sólo cuando el suceso no sea vivido como un trauma emocional el problema podrá darse por biológicamente resuelto.
— EL SIMPÁTICO E INQUIETO SEÑOR ROSSI

Luigi Rossi es propietario de una pequeña fábrica de zapatos, tiene quince empleados, todos ellos excelentes artesanos, de los que ya no hay, mujer y cuatro hijos, a los que nunca ha faltado de nada. Los tiempos son duros, la competencia cada vez más feroz, los clientes pagan con retraso, hay que estar continuamente en busca de nuevos mercados, en resumidas cuentas, que no puede estar nunca tranquilo.

Cada mañana, cuando se levanta, su sistema nervioso, el simpático, entra en acción a fin de que todas sus energías sean movilizadas para hacer frente a los problemas de la jornada del mejor modo posible, el señor Rossi tiene demasiadas responsabilidades sobre sus espaldas. Con el paso de las horas, su organismo y su mente, están siempre en estado de estrés; la sangre afluye rápidamente al cerebro, pues ha de estar atento a tomar la decisión adecuada en el momento justo: su corazón entra en hiperactividad, necesita sangre que mandar al cerebro, los pulmones incrementan el trabajo para oxigenar el cerebro y tienen por tanto también necesidad de sangre; y dado que el señor Rossi visita de continuo a nuevos clientes, también los músculos deben ser irrigados de forma conveniente. Pero su sangre no puede estar al mismo tiempo en todo el cuerpo: desde el momento que no tiene tiempo de comer, tampoco necesita sangre en el estómago y, al no realizar ninguna actividad manual, no existe tampoco necesidad de sangre en las manos; durante toda la jornada tendrá las manos frías, señal de su estrés. Por fin llega la noche: el señor Rossi cierra la empresa, sube al coche y se dirige a su casa; pero tampoco entonces puede relajarse, pues la circulación es caótica a esa hora y basta el menor despiste para sufrir un accidente. Sólo cuando esté en casa podrá decirse que la jornada ha terminado para él, y el señor Rossi se tumbará en el sofá. Un cansancio infinito le invade y el sistema parasimpático o vago entra en acción para reparar los daños de una dura jornada de trabajo. El cansancio es el mecanismo biológico del cerebro para garantizar al señor Rossi que estará nuevamente en forma al día siguiente y podrá volver a iniciar otra jornada laboral. Sin esta fase de reparación, en pocos días el señor Rossi caería exhausto en su sillón de la oficina.

¡LA ÚNICA FUNCIÓN DEL CANSANCIO ES GARANTIZAR NUESTRA SUPERVIVENCIA!

SEGUNDA LEY: LAS DOS FASES DE LA ENFERMEDAD

«NADA EXISTE SIN SU CONTRARIO»
No existe día sin noche: todo funciona de modo binario. Las actividades humanas están regidas por el sistema neurovegetativo, el sistema nervioso, que está compuesto esencialmente por el sistema ortosimpático o simpático y por el sistema parasimpático o vago, cuyo nombre deriva del décimo nervio craneal, el más potente del sistema.

La medicina oficial ha identificado cerca de un millar de enfermedades, subdividiéndolas en enfermedades «frias» y enfermedades «calientes». En las enfermedades «frias» el paciente tiene la piel fría, las extremidades frías, un continuo estado de estrés, pierde peso y no duerme de noche o, en cualquier caso, tiene alteraciones del sueño: dentro de este grupo encontramos patologías tales como el cáncer, la angina de pecho, las neurodermatitis, las psicopatologías, etc. En el grupo de las enfermedades “calientes” encontramos todas las infecciones, los reumatismos, las alergias, los exantemas, etc.

Pero todo esto es inexacto: ninguna de estas enfermedades «frias» o «calientes» es de por sí una enfermedad, sino más bien una de sus dos fases. Así pues, no son ya mil, sino quinientas: y cada una de ellas presenta una fase «fria» (llamada fase de simpaticotonía) y una fase caliente o de reparación (llamada fase de vagotonía.). Es siempre la «fase fria» la primera en presentarse, seguida de la «fase caliente» de reparación una vez superado el trauma. La superación del trauma es la clave para pasar a la fase de reparación.

Fase de simpaticotonía o el conflicto activo

Al producirse un trauma que nos coge desprevenidos, que vivimos en soledad, que continuamos rumiando y que no sabemos cómo resolver, los tres niveles del ser humano (mente, cerebro y cuerpo) entran al mismo tiempo en una fase de reacción para poder sobrevivir:

A NIVEL PSIQUICO: el paciente sigue rumiando su problema, está permanentemente estresado, pierde el hambre, adelgaza, tiene problemas a la hora de dormir y con frecuencia se despierta durante la noche: es la fase de adaptación frente al acontecimiento inesperado. En este continuo estado de alarma todas sus energías se ven movilizadas con el sólo fin de superar el trauma. Como para decir que no es el cáncer el que hace adelgazar, sino el continuo estado de estrés.

A NIVEL CEREBRAL: se produce una especie de cortocircuito que Hamer denomina “foco”, y que adopta la forma de pequeños anillos concéntricos en cierta zona del cerebro que preside el funcionamiento de un órgano determinado. Las neuronas y las células glialas del área en cuestión mueren. Mientras que las neuronas no podrán ya reformarse (pero tenemos tantas que el problema resulta irrelevante), las células glialas, especie de reserva nutritiva de neuronas, sí podrán hacerlo. Sometiendo a un paciente a una TAC cerebral sin líquido de contraste, los focos de Hamer claramente visibles para un ojo experto, permiten determinar si estamos ante una fase de conflicto activo o bien ante una de reparación, así como “leer” la historia del paciente a través de sus «cortocircuitos». Sobre la base de más de veinte mil casos examinados el doctor Hamer llegó a determinar una especie de «mapa» del cerebro, estableciendo la correspondencia entre el tipo de trauma de origen, el área afectada a nivel cerebral y el órgano físico regido por dicha área.

A NIVEL FÍSICO: el cerebro sólo puede dar cuatro órdenes: crear una masa, abrir agujeros (llamados lisis, bloquear, desbloquear. En la tercera ley veremos su modo de funcionamiento.

Fase de vagotonía, o sea la recuperación y la reparación

La intensidad de esta fase es por lo general proporcional a la primera y comienza siempre y únicamente en el momento de la solución del conflicto. Esta segunda fase está a su vez dividida en dos partes de la llamada crisis epileptoide, cuya función veremos a continuación. Antes de la crisis se produce la reparación del cerebro que concluye con la realización de la crisis epileptoide; seguidamente le toca al cuerpo proseguir en su reparación (iniciada a partir de la resolución del conflicto) hasta el completo retorno de la homeóstasis (el estado de equilibrio). En la fase de vagotonía sucede lo siguiente:
A NIVEL PSÍQUICO: es el momento en que podemos comenzar a “recobrar el aliento”. El estrés desaparece y el paciente se siente invadido por una gran sensación de quietud y serenidad. El conflicto ha sido resuelto. Se recupera el apetito, el cuerpo y las extremidades vuelven a recibir calor como consecuencia de una vasodilatación periférica y el sueño, pese a algunas dificultades a la hora de dormirse, vuelve al cabo de las tres de la madrugada, al aproximarse el amanecer.
A NIVEL CEREBRAL: en el área en que se ha producido el «cortocircuito» comienza a formarse un edema de reparación formado de sustancias nutritivas que tienen por finalidad revitalizar las células glialas, y los círculos concéntricos anteriormente visibles comienzan a desaparecer: es el inicio de la fase de reparación. Si en este momento se realiza una TAC cerebral con liquido de contraste se corre el peligro de diagnosticar erróneamente un tumor cerebral, ya que el producto de contraste vuelve opaco el edema de reparación; muchas intervenciones quirúrgicas, que alteran entre otras cosas el ritmo vibratorio fundamental del cerebro, podrían evitarse con sólo que se conociera este «pequeño detalle». Una vez concluida la reparación, el edema cerebral no tiene ya razón de seguir existiendo ni creciendo; ello perjudicaría al cerebro que por su propia naturaleza no puede dilatarse más allá de los limites de la caja craneal. Pero la Madre Naturaleza es perfecta y ha “inventado” la crisis epileptoide (en ella pueden producirse temblores, sudores fríos, estrés, evacuaciones urinarias), una especie de momentáneo retorno a la fase de simpaticotonia, que tiene por función certificar si el conflicto ha sido superado realmente; en caso afirmativo el edema será evacuado mediante una fase de diuresis, en caso negativo el conflicto oscilante, nunca superado, se manifestará con fases alternas de recaídas y resoluciones que tendrán como consecuencia la formación de un quiste cerebral en el lugar del edema.
A NIVEL FÍSICO: ya antes de la crisis epileptoide la enfermedad deja de avanzar y el cerebro se repara, pero el cuerpo no acaba de recuperar su plena funcionalidad hasta después de esta crisis. En la fase de vagotonía el paciente entra en un estado de inflamación: todas sus energías tienden ahora hacia la reparación cerebral y física; puede tener estados febriles, dolores difusos o localizados y un gran cansancio, como si estuviera chafado. También en esto demuestra la naturaleza ser extremadamente eficiente: pues, en efecto, si no existieran tales síntomas, el paciente se dedicaría a su actividad diaria desviando en parte o totalmente sus energías del objetivo principal del momento, o sea, reparar los daños. Todos los estados inflamatorios son reparaciones, incluidas las enfermedades infecciosas contra las que luchamos con todos los medios a nuestro alcance con la esperanza de matar los microbios. No obstante, la realidad es exactamente lo contrario: estamos en presencia de una fase de reparación.

De todas formas, hay que tener presente que en algunos casos la fase de reparación puede ser incluso más peligrosa que la fase de enfermedad y que la crisis epileptoide presenta riesgos que conviene no ignorar para poder ayudar al paciente con todos los medios posibles, incluso alopáticos, a dar término a esta segunda fase (veremos un ejemplo de ello a continuación referido al infarto de miocardio).
“No deja de ser cuando menos extraño que en la era de la informática a nadie se le haya ocurrido que el cerebro, la central operativa de nuestro organismo, puede ser responsable de todas las enfermedades”.

DOCTOR HAMER

TERCERA LEY: EL SISTEMA ONTOGENÉTICO DE LOS TUMORES Y DE LAS ENFERMEDADES EQUIVALENTES
«MÁS ALLÁ DE LA COMPLEJIDAD TODO ES SIMPLE»

Si el universo estuviera regido por tantas y complejas leyes, existiría un gran caos; a fin de que todo funcione armónicamente, basta con unas pocas. Lo dificil es alcanzar la simplicidad.

Hamer denomina la tercera ley: «Sistema ontogenético de los tumores y de las enfermedades equivalentes». «Ontogenético» se refiere a la vida embrionaria del individuo, y se habla de «enfermedades equivalentes» porque no sólo los tumores, sino todas las enfermedades, se comportan según el enunciado de las cinco leyes.

Para lograr comprender los mecanismos que están en la base de las patologías es preciso en este punto bucear en el pasado y poner a trabajar un poco la intuición, pues la razón de todos los comportamientos biológicos se remonta a la noche de los tiempos y comienza con la aparición de la primera célula en nuestro planeta.

Realizaremos, pues, una rápida incursión en la filogénesis (historia del desarrollo de las especies en el curso de la evolución) trazando un paralelismo con la ontogénesis (historia del desarrollo del individuo desde la fecundación del huevo hasta la edad adulta), pasando por la ernbriogénesis (historia del desarrollo del feto en los dos primeros meses de vida intrauterina): tarea bastante ardua en unas pocas lineas. La finalidad de esta obra, por otra parte, es hacer comprender las líneas generales dejando los detalles a los más exhaustivos tratados que se incluyen en la bibliografía, que cada uno podrá consultar para profundizar el tema.

Hemos dicho ya que el hombre no habría podido sobrevivir hasta el día de hoy de no haber integrado en su cerebro programas biológicos de supervivencia encaminados a la superación de todo tipo de obstáculos que a lo largo de los milenios se han presentado en el camino de su evolución; una especie de moderno videojuego en el que el príncipe, para salvar a su amada, debe hacer frente a trampas mortales; un error le cuesta la vida y el juego vuelve a iniciarse desde cero.

Pero una vez superado el obstáculo, la solución es transmitida a las generaciones futuras: en los dos primeros meses de vida intrauterina el feto encarna toda esta memoria desde el comienzo de la vida hasta nuestros días.

Primera etapa de la evolución
Al amanecer de un bonito día, hace millones de años, surge la vida en nuestro planeta en forma de una célula; es un pequeño organismo muy simple que, para preservar la especie, debe respirar, comer, eliminar y reproducirse. Con el paso de los siglos nuestra célula, para poder sobrevivir en un ambiente hostil, se asocia a otras células y se convierte en un organismo pluricelular adaptándose así a las situaciones contingentes. Si, por ejemplo, vive en un lugar donde el oxígeno escasea, entra en una fase de estrés y encuentra la solución del problema multiplicando las células especializadas en la respiración. Creará una especie de tumor, una proliferación celular.

Así pues, en este estadio de la vida, la supervivencia está asegurada por un aumento de las células allí donde sea necesario y la orden de proliferación es dada por una estructura cerebral arcaica que reconvertirá en el tronco encefálico.

«La mente acompaña la evolución orgánica desde los primeros estadios y durante todo el curso del desarrollo del reino animal. Nace con la materia y: se transforma con ella hasta convertirse en pensamiento y conciencia» (Guy Lazorthes) Ernst Haeckel escribía en 1877: «En los seres unicelulares que viven aislados, encontrarnos las mismas manifestaciones de vida psíquica, sensaciones, percepciones, voluntad, movimiento, propias de los animales superiores constituidos por un gran número de células».

Teilhard de Chardin dirá en 1948: «El desarrollo de la conciencia culmina en el hombre, que representa el momento más elevado de la evolución, pero, por lo menos en el estado naciente, hemos de reconocer la presencia de una mente en el átomo».

Lo que ocurre en el vientre materno en cierro modo recorre todos los estadios de la evolución, tan es así que, en el curso de su desarrollo, el embrión parecerá según la fase una ameba, un renacuajo, etc.

A partir del noveno día de formación, aparecen el endodermo, el mesodermo y el ectodermo: de los que se desarrollarán los órganos llamados arcaicos, esenciales en el primer estadio de vida: los de la respiración, de la digestión, de la excreción y de la reproducción.

Ya en este estadio muy precoz existe algo que de convertirá en el cerebro y del que partirán los nervios craneales que están localizados enteramente en el tronco encefálico. En este primer estadio toma forma el epitelio glandular que volveremos a encontrar, por ejemplo, en el tubo digestivo, con la función de producir ácido clorhídrico para la digestión de los alimentos. De esta estructura histológica, en caso de patología, tomarán forma el adenocarcinoma, los nódulos o el teratoma.

¿Qué ha heredado el hombre moderno de la primera etapa de la evolución de la vida en la Tierra? ¿Cuáles son los acontecimientos conflictivos que pueden afectarle y qué ha de ver con esta memoria ancestral? Son conflictos que se refieren al... ¡bocado! Un bocado de comida, una bocanada de aire, un bocado que hay que expulsar (nutrirse, respirar, eliminar).

El concepto de «bocado» puede entenderse en sentido propio («no tengo nada que comer»), o bien en sentido figurado: «Ah, ya estamos, esta vez me cortan el suministro» (por ejemplo, en caso de despido, divorcio, estudiantes mandados fuera de casa por los padres); puede tener un significado más simbólico aún, que varia según la personalidad de cada cual: una herencia que se me escapa de las manos, un préstamo bancario que no le ha sido concedido a uno, etc. Se tratará, en cualquier caso, de no poder atrapar el bocado, no poder tragarlo, no poder digerirlo y, por último, no poder expulsarlo: El pez arrojado por una ola a la playa no tiene otra solución biológica de supervivencia que conservar cuanta más agua posible en el cuerpo, en espera de la próxima ola que lo arrastre hasta el mar; también el hombre está compuesto de un setenta por ciento de agua, y cuando todo se le viene encima, el cerebro recurre simbólicamente, por asociación con la memoria ancestral, al viejo programa: retiene los líquidos. Por lo que se refiere a la función reproductora, los conflictos afectan a los órganos de derivación endodérmica (el endometrio y parte de la próstata).

Segunda etapa de la evolución
En esta segunda etapa asistimos al paso de los organismos vivos del ambiente acuático al terrestre. Una vez resuelto el problema de la supervivencia, el organismo pluricelular debe continuar perfeccionándose para protegerse del mundo que lo rodea; allí donde sufra la agresión, por ejemplo, de los rayos solares, producirá un espesamiento de las membranas para evitar morir quemado.

En el vientre materno, mientras tanto, el embrión continúa perfeccionándose; aparece el mesodermo cerebral del que derivarán todas las membranas de protección: dermis, pleura, peritoneo, pericardio: cuyas órdenes se encontrarán en el cerebelo ahora en formación; en el epitelio glandular se añadirá ahora el tejido conectivo.

¿Qué rasgos psíquicos de la segunda etapa evolutiva quedarán registrados en el cerebelo del hombre moderno? En general, todos los conflictos relativos al temor de vernos agredidos, de sufrir una agresión contra nuestra integridad física a la altura del tórax, (mesotelioma pléurico), de la cavidad abdominal, (mesotelioma peritoneal), del corazón (mesotelioma del pericardio, que en fase de reparación se resolverá en una pericarditis aguda). Forman parte también de este estadio todos los conflictos relativos a sentirse de algún modo afectado en su propia integridad moral, «mancillado», «manchado»: ataques que son sufridos en la piel externa y que darán lugar a melanomas. La piel es la primera parte de nuestro cuerpo que entra en contacto con los demás individuos; en ella toman forma todos los conflictos de separación, como bien se ve por las primeras inflamaciones cutáneas del recién nacido apenas separado del pecho materno.
Tercera etapa de la evolución
Para nuestro pequeño organismo es ya el momento de moverse, explorar el ambiente circundante, desplazarse en las cuatro direcciones del mundo terrestre. Deberá, por consiguiente, desarrollar un esqueleto, músculos, tendones, todo cuanto haga posible su movimiento.

Pero si el mundo hacia el cual tiende (la tierra) no es mejor que aquel del cual proviene (el agua), decidirá volver atrás y deberá, por tanto, perder los órganos que había desarrollado expresamente: deberá hacer una lisis (reducción celular, necrosis), perder la sustancia, en fin, eliminar esas estructuras que carecen de utilidad en su ambiente de origen: la criatura acuática ha desarrollado las patas para llegar a la tierra, pero ha tenido que reducirlas a aletas para volver al mar...

En el vientre materno comienza a aparecer el mesodermo, de la médula cerebral y sus células se infiltran entre las del endodermo y del ectodermo. Éstas formarán las estructuras que nos permitirán mantener cohesionado el organismo, haciéndolo resistente a las exigencias del exterior; una especie de puente entre organismos estrechamente necesarios para el mantenimiento de la vida y los órganos de «apertura», en el sentido más amplio del término, hacia el mundo exterior. Es el momento en que aparece el sistema óseo y muscular para sostenernos y permitirnos el movimiento más eficaz posible. También el cerebro del pequeño embrión continúa desarrollándose y, tras el tronco encefálico y el cerebelo, le toca el turno a la médula cerebral.

Por lo que se refiere al hombre, a esta tercera fase corresponde el desarrollo del sentimiento de su propia valía, precisamente porque se ve enfrentado al mundo interior; se trata de un problema de valoración personal, individual, hasta el punto de que si los valores de referencia se ven demasiado comprometidos, el individuo se sentirá obligado como a caminar pegado a la pared, se sentirá disminuido, no a la altura. Se trata de los conflictos de «autodesvalorización», de disminución del propio valor intrínseco con todos los matices correspondientes a las situaciones vividas por la persona: «me han despedido porque ya no soy eficaz en mi trabajo»; «mi marido convive con otra mujer porque ya no soy capaz de satisfacerle sexualmente»; «estoy en la menopausia, ya no soy capaz de procrear»; «me ponen en una residencia, ya no cuento nada para mis hijos; etcétera. Un caso típico es el de la osteoporosis.

Cuarta y última etapa de la evolución
Es el concretarse ulterior de todas las etapas anteriores, el paso desde el «me desplazo por la superficie terrestre y hago frente al nuevo ambiente» al «entro en comunicación con otros individuos».

Se refinan los órganos sensoriales para entrar en relación de modo social, con los demás, con todas las sutilezas psicológicas propias del caso.

En el embrión se perfeccionan los órganos sensoriales y los «conductos de unión», entre los diferentes órganos: retina, epidermis, laringe, esófago, mucosas de la nariz y de la boca, arterias coronarias, conductos biliares, etc. (todos derivados del ectodermo y constituidos por el epitelio de revestimiento); aparte del sistema nervioso y de los nervios motores.

El cerebro ha llegado ya al último estadio de su desarrollo: aparece la corteza cerebral, la parte más reciente en la historia del perfeccionamiento de la especie humana.

En el plano psíquico asistimos a una proyección de uno mismo en un contexto cada vez más amplio, complejo y cambiante. Se vuelve cada vez más difícil ignorar todo cuanto sucede en torno a nosotros y no tener en cuenta las cambiantes situaciones de la vida de nuestro alrededor.

Si tengo miedo a morir (la famosa «bocanada de aire que me falta» de la que hemos hablado en la primera etapa), la solución biológica del cerebro puesta en práctica por el tronco encefálico será un aumento de los alvéolos pulmonares para tomar más aire y sobrevivir, una proliferación celular, un cáncer en los pulmones. En cambio, si me «quitan la respiración», «me falta el aliento», o sea el conflicto depende de una relación mía con un complejo mundo exterior, la solución biológica del cerebro será la de ulcerar los bronquios a fin de que pueda pasar más aire (referencia a la cuarta etapa de la evolución con la intervención de la corteza cerebral que ordenará una lisis, en forma de úlceras).

Si el conflicto está ligado a tener que ir al mismo tiempo en dos direcciones distintas y no somos capaces de decidir si escapar de una situación o seguir en ella, la solución biológica del cerebro para eliminar el conflicto será paralizar las piernas, ordenar un bloqueo funcional. El cerebro optará siempre por la solución más inmediata y eficaz para resolver biológicamente una situación de estrés de la que el individuo no sabe cómo salir.

En síntesis, al producirse un acontecimiento conflictivo inesperado, sin solución aparente, vivido en soledad, la patología se expresa simultáneamente a nivel mental, cerebral y orgánico: es la primera fase, denominada de simpaticotonía, que se manifiesta así:

- a nivel mental hay un estado de estrés permanente;

- a nivel cerebral se produce el cortocircuito del área determinada por el tipo de emoción sufrida;

- a nivel orgánico se produce la proliferación celular (tumor) para los órganos regidos por el tronco encefálico y el cerebelo, o bien la lisis (pérdida de sustancia) o también el bloqueo funcional (parálisis) de los órganos regidos por la médula cerebral y por la corteza cerebral.
La eliminación del conflicto es la clave que permite pasar a la segunda fase llamada vagotonía, la reparación propiamente dicha, que se manifiesta así:

- a nivel mental se encuentra la quietud;

- a nivel cerebral, los circuitos eléctricos se regeneran;

- a nivel físico se produce la caseificación (proceso de adaptación de las bacterias) o el enquistamiento del tumor para los órganos regidos por el tronco encefálico y por el cerebelo, la reconstrucción de las lisis o el bloqueo funcional para los órganos regidos por la médula cerebral y por la corteza cerebral.
Como veremos en la cuarta ley, los microbios son los artífices necesarios de la recuperación de la salud. iiiSon nuestros aliados más valiosos y son activos, virulentos, siempre y únicamente en fase de reparación!!!

CUARTA LEY: EL SISTEMA ONTOGENÉTICO DE LOS MICROBIOS

TRABAJADORES ESPECIALIZADOS A LAS ÓRDENES DEL CEREBRO
Contrariamente a lo que se ha venido creyendo hasta ahora, los microbios son nuestros aliados; son ellos los que se ocupan de reparar los daños durante la fase de vagotonía. Es el cerebro el que envía la orden a nuestros amigos los virus, hongos o bacterias, solicitando la intervención de unos o de otros según el trabajo que tengan que realizar.

Los microbios forman parte de los grandes miedos de la humanidad; desde los tiempos de las epidemias, como la peste o del cólera, se han empleado todos los medios científicos para estudiarlos, aislarlos, eliminarlos; pero también en este campo nos hemos concentrado en el detalle perdiendo la visión de conjunto, y erigiendo un edificio que, a la luz de las leyes de la Nueva Medicina, corre el riesgo de venirse abajo,

El descubrimiento científico de los microbios se remonta a la segunda mitad del siglo pasado: como estaban siempre presentes en todos los enfermos que manifestaban alguna infección y algún estado febril, ¡debían de ser ciertamente ellos los responsables! A partir de esta hipótesis se procedió a clasificarlos de acuerdo a las distintas patologías. Con el avance de la técnica y la aparición del microscopio se descubrieron organismos cada vez más pequeños hasta llegar a los virus, una especie de parásitos incapaces de reproducirse por si solos y que se sirven, para dicho fin, del sistema reproductor de otras células. Posteriormente se llegó al descubrimiento del sistema inmunitario, un «aparato militar» al servicio del individuo para protegerlo de la invasión del enemigo. De aquí a la puesta a punto de medicamentos cada vez más específicos para echar una mano a nuestro sistema de defensa no había más que un paso. Sin embargo, no todos los investigadores eran del mismo parecer: no faltó quien comenzara a observar que, desde el momento de nacer, el hombre convive con los microbios: nuestro cuerpo contiene diez veces más bacterias que células humanas: ¡cien millones de millones! La piel está poblada de microorganismos, tales como los estafilococos y los estreptococos, hay bacterias que viven en la garganta, en la nariz, en los oídos y en la conjuntiva del ojo.
El olor de las axilas proviene de la actividad de unas bacterias. La vagina contiene microbios inofensivos con los que el niño entra en contacto ya al momento de nacer; así pues, hay más microbios que células a los que el hombre está perfectamente adaptado. En caso de viajes a paises extranjeros, sin embargo, los microbios de aquellas regiones lejanas pueden volverse patógenos, ya que nuestro cuerpo no los reconoce como elementos que forman parte de su «ambiente»: el sarampión llevado por los conquistadores al Nuevo Mundo diezmó a las poblaciones locales, cuyo organismo no estaba preparado para reconocer al nuevo microbio. Otros investigadores han comprobado posteriormente que, en muchas enfermedades infecciosas, son nuestros propios microbios los que entran en acción después de haber permanecido durante largo tiempo inactivos y ello plantea nuevos interrogantes sobre su papel.

¿Cómo es que, durante las epidemias anuales de gripe, no se enferma todo el mundo? ¿Cuál es la diferencia entre un individuo que se enferma y otro que conserva la salud? Sin duda no es el sistema inmunitario de unos más débil que el de los otros, ya que vemos a individuos robustos y llenos de fuerza a los que el virus de la gripe siega la vida mientras que personas: frágiles y delicadas de salud pasan indemnes la epidemia. Pero aunque existieran sistemas inmunitarios más débiles que otros, ¿cuál sería la razón?

La respuesta la tenemos en la cuarta ley, el sistema ontogenético de los microbios, según el cual:
- ellos «trabajan» sólo en la segunda fase de la enfermedad, la de la reparación, activándose en el momento de la solución del conflicto e incluso una vez producida la reparación, tras lo cual pasan a ser inactivos. Los microbios no son, pues, enemigos sino aliados que viven en simbiosis con nosotros y trabajan para nosotros a las órdenes de nuestro cerebro. Destruyéndolos, no se hace sino retardar y demorar la fase de reparación que se produce de todos modos en la resolución del conflicto, pese a no ser excelente desde un punto de vista biológico;
- se subdividen según el origen embrionario de los tejidos. Todos los microbios llegan, proliferan y desaparecen para favorecer la reparación según una lógica muy concreta en sincronía con nuestro cerebro y nuestro cuerpo, proliferando o muriendo dependiendo del tipo de patología, de los órganos afectados y del trabajo que tienen que desarrollar: eliminar o reconstruir. Forman parte del programa biológico de la naturaleza. Los hongos y las micobacterias son «barrenderos» que limpian los tumores situados en los órganos derivados del endodermo y regidos por el tronco encefálico y los tumores de los órganos derivados del mesodermo cerebelar, por el cerebelo; más concretamente desarrollan una acción de caseificación: «roen», por así decir, el tumor.

Las bacterias desempeñan tanto la función de barrenderos (para los tumores situados en los órganos derivados del mesodermo cerebelar, regidos por el cerebelo) como la de «restauradores, de las lisis (que, recordemos, son reducciones celulares o necrosis) situadas en los órganos derivados del mesodermo de la médula cerebral, regidos por la médula cerebral. Los virus colaboran en la reconstrucción de los órganos de origen ectodérmico regidos por la corteza cerebral.


Córtex cerebral




A propósito de las vacunas

Las bacterias son el primer signo de vida en el universo. El ser humano, como se ha dicho, contiene una cantidad de bacterias diez veces superior al número de sus células: vivimos en simbiosis con ellas y las necesitamos para transformar la materia. Así pues, son indispensables para la vida, pero son las primeras en ser víctimas de los antibióticos. Las vacunas impiden a las bacterias hacer su trabajo, y sin ellas algunos importantes procesos de transformación no pueden tener ya lugar. No tiene ningún sentido impedir a nuestros amigos colaborar. Con las vacunas lo que hacemos es crear el caos en nuestro cuerpo que no está en condiciones ya de distinguir entre lo útil y lo perjudicial: todo nuestro aparato de «reconocimiento» es puesto patas arriba y nuestro sistema inmunitario se debilita por dicha razón: de aquí a las enfermedades por inmunodeficiencia no hay más que un paso. Cada uno de nosotros nace en un lugar y en una época que están impregnados de un cierto número y tipo de microbios, a los que nos adaptamos durante toda la existencia. Si tenemos la costumbre de trabajar en el huerto o de caminar con los pies descalzos, nos sucederá que nos haremos a menudo pequeñas heridas; cada vez el organismo, en fase de reparación, activará sus defensas en una especie de «antitetánica» espontánea, y poco a poco nos volveremos inmunes al tétanos y a sus toxinas, a las que nos habremos habituado de forma gradual. Es el famoso principio de Mitrídates: ¡unas pocas gotas de veneno todos los días para hacer que la dosis letal ya no lo sea! Pero si nos permitimos el lujo de no vivir nunca en medio de la naturaleza, de no caminar descalzos, de no pincharnos o cortarnos, entonces se volverá útil la vacuna antitetánica. Sigue siendo cierto, de todas formas, también en este caso, que cualquier reacción bacteriológica se produce en una fase de reparación (vagotonía) la que por tanto presupone la existencia de un conflicto al inicio.

No es menos cierto que cuando tomamos el avión para dirigirnos a tierras lejanas entramos en contacto con microbios que nuestro organismo no reconoce y a los que no está adaptado; entonces podemos contraer enfermedades a veces incluso mortales y en este caso se hacen necesarias las vacunas; los viajes en avión, en efecto, no están todavía previstos por nuestra biología; el «plano biológico» del hombre prevé únicamente lentos desplazamientos que le permiten adaptarse de forma paulatina a las nuevas condiciones ambientales.

En cuanto a las epidemias, presentan todas ellas una misma adaptación: un inicio, un apogeo y un decrecimiento; si consultamos las estadísticas de la O.M.S. (Organización Mundial de la Salud) resulta evidente que todas las campañas de vacunación han sido emprendidas en el momento en que la epidemia estaba en fase decreciente y que, inmediatamente después del suministro de la vacuna, la enfermedad ha rebrotado con fuerza en vez de disminuir; ¡sólo después de un cierto tiempo volvía a decrecer! Cada cual es libre de sacar sus propias conclusiones...

Robert McNamara, ex presidente del Banco Mundial y ex secretario de Estado norteamericano, declaró un día: «Hay que tomar drásticas medidas de reducción demográfica incluso en contra de la voluntad de la población. Reducir la tasa de natalidad se ha revelado imposible o insuficiente. Por tanto, hay que aumentar la tasa de mortalidad.

¿Cómo? Con medios naturales: el hambre y la enfermedad (de «J'ai tour compris«, n. 2, febrero de 1987, Editions Machiavel, en: Guylaine Lanctót, La mafia de lla sanita Ediaioni Amrita y Marco Edizioni). Según la doctora Lanctot las vacunas forman parte de este plan premeditado.


QUINTA LEY: «LA LEY DE LA QUINTAESENCIA»
Todos los comportamientos del hombre (y por tanto las enfermedades) están determinados por programas especiales de supervivencia grabados en el cerebro desde la noche de los tiempos.

La enfermedad es la solución biológica perfecta de nuestro cerebro, la última posibilidad de supervivencia.

Existe una interrelación permanente entre todos los elementos de la naturaleza, y cada ser vivo está ligado a los demás que forman parte del Gran Todo. Cada organismo vivo posee un cerebro más o menos desarrollado, capaz de captar inconscientemente las informaciones procedentes del mundo que le rodea. Así el perro sabe que el amo está volviendo a casa y se prepara para festejar su regreso delante de la puerta de entrada, y la leona sabe si habrá presas suficientes para todos en el territorio, y si la caza es escasa nacerán menos crías.

Así como cada hormiga se halla ligada al conjunto del hormiguero en cuyo interés actúa, así también cada célula, cada elemento constitutivo del cuerpo humano, trabaja en armonía y por el bien de nuestro organismo, en base a una comunicación permanente a diferentes niveles: la más pequeña de las células, las bacterias que viven en nosotros, los diferentes órganos, todo funciona al unísono, al mismo ritmo del cerebro principal. Todo lo que es percibido, incluso a nivel inconsciente, será transmitido por tanto a la central de mando.

Es como un tam-tam silencioso que informa acerca de todo cuanto se produce, de lo que es necesario en un punto de nuestro cuerpo. Así como la leona sabe que la caza no será abundante y por tanto deberá traer al mundo pocos cachorros a fin de que todos tengan las mismas posibilidades de supervivencia, así nuestro cuerpo sabe, dado que lo lleva grabado en sus células, lo que es mejor para él, y el cerebro pone en práctica el programa más adecuado para permitirnos sobrevivir: por eso de vez en cuando interviene ese «reajuste» que insistimos en llamar enfermedad, tras haber desaprendido a reconocer su función biológica a partir del momento en que nos «culturizamos».

Citando a Hamer, «la enfermedad debería ser ahora definida de modo distinto: pues, en efecto, si observamos en la naturaleza una manada de ciervos nos damos cuenta de que, cuando el jefe de la manada vive un conflicto de territorio porque se ve amenazado por otro macho, se ulceran las coronarias. Por medio de esto aumenta el calibre interior de modo que lleva más sangre al organismo y tiene más fuerzas para aplastar al adversario. Esta enfermedad no es en realidad una enfermedad propiamente dicha, sino una oportunidad gracias a la cual él puede ganar su combate, tras lo cual pasará a vagotonía y se curará aún a riesgo de sufrir un infarto durante la crisis epileptoide (a continuación veremos este mecanismo]. Bien mirado, la naturaleza le ha puesto dos pruebas por superar: el conflicto de territorio y el infarto. ¡Son las dos leyes de la vida!

La fase de reparación no es fruto de la casualidad; si el conflicto de territorio del ciervo ha durado más de quince días, el riesgo de infarto será considerable porque, de algún modo, la naturaleza elimina al ciervo del juego. Es algo cruel, pero el equilibrio ecológico sólo puede soportar un cierto número de ciervos.

LA ENFERMEDAD TIENE SIEMPRE UN SENTIDO.

ELLA ES ÚTIL, NECESARIA, VITAL PARA EL INDIVIDUO

Y PARA LA EVOLUCIÓN DE LA ESPECIE.

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