Lección inaugural




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LECCIÓN INAUGURAL María de Nazaret




María de Nazaret
‘El que no vive para servir no sirve para vivir’

María de Nazaret; la judía y la cristiana; la mujer, la madre y la hermana. Se conmueven mis entrañas y se me llena la boca de cantares con sólo pronunciar este nombre: MARÍA.

Hubo y hay muchas mujeres que portan este sencillo nombre.

Para los judíos era ‘Miriam’, hermana de Moisés, en cuyos frescos labios alguien depositó un himno de victoria al Señor por haber librado a unos ‘sin papeles’ del poder egipcio, haciendo de ellos ‘Su pueblo’, la esposa de su juventud, a la que el salmista contempla embellecida con oro de Ofir y de la que nada importan sus padres ni su tierra, sino su misión: tener hijos, que serán “como retoños de olivo en torno a su mesa”, y a los que “nombrará príncipes sobre toda la tierra”. En el evangelio de Juan es María quien juega este papel de esposa de la Antigua Alianza.

Si el nombre de María nos trae tan queridos recuerdos ¿Qué no habrá que esperar de la realidad? El que no sueña no es poeta, no es salmista, no es profeta. Y para hablar de María hay que soñar despiertos. Porque ¿Qué se puede decir de una mozuela que se ve a sí misma como la ‘esclava’, “con los ojos siempre puestos en las manos de su señora”?

María fue una de los ‘anawim’. Una mujer sencilla, sin cosas que ofrecer porque ella era el mejor don. Sin nada que mendigar porque nunca faltó un currusco de pan en la mesa de sus padres ni en su gruta de Nazaret

María vivió con la alegría de quien se sabe en manos de su Señor, “esperando su misericordia”; al que quería como hija y con quien vivía como esposa. Pues bien, a pesar de la grandeza de su pequeñez, aquella jovencita no hubiera pasado de ser una mujer de su casa, como mucho la ‘mujer fuerte’ del libro de la Sabiduría, de no haber sido por su hijo.

¿Qué sucedió para que haya llegado a ser tan conocida y querida por millones de personas en el mundo entero?

¿Qué embrujo envuelve su figura para que, con sólo pronunciar su nombre, los tristes sonrían, los enfermos se sientan aliviados, los niños la tiren besitos y los mayores gocen de la ternura de su mano cariñosa?
¿Quién es María?
Nada se sabría de ella si no fuera por el dicho: ‘de tal palo tal estilla’; si bien en este caso las cosas son al revés. María fue la mujer de la fe en Dios y en su Hijo; fe que nació y creció en la medida en que vivió su relación con ambos. De ahí que, para conocer a esta Mujer, haya que conocer al Padre y sobre todo al Hijo; releer aquellos escritos en que madre e hijo aparezcan uno junto al otro, pues lo que se dice ‘conversaciones’ entre ellos, excepto algún montaje teológico, no se posee nada. Ésta es la realidad. Hay que partir de la Revelación, acoplando las creencias a ella, nunca al revés.

Y ¿En qué viejos pergaminos podemos escudriñar algo de estos dos personajes? En unos del s. I, llamados Evangelios. En ellos hay constancia de Jesús y, sólo cuando viene al caso, de María. Esto no debe extrañarnos; pues el Salvador es Jesús. María y José están presentes cual salvoconducto genético del “nacido de mujer, nacido bajo la Ley”, para que siendo así “en todo semejante a nosotros menos en el pecado”, pudiera cumplir con la misión específica que el Padre le había encomendado. Hay que retrotraerse a un pasado más lejano que el ‘far west’, y tener presente que los primeros cristianos creyeron en el Resucitado y convivieron con María.

Lo que más sorprende es que se hable de un judío galileo y de su madre a tan sólo 40 años de distancia, cuando personajes como Aristóteles y Platón sólo aparecen en escritos 400 años posteriores a su muerte ¿No es para estar orgullosos de poseer esa presencia escrita, tan cercana a los hechos, de Jesús y de María? Y todo porque los recuerdos que se escribían aún estaban al rojo vivo en la memoria y en la fe de los discípulos del Resucitado.

Claro que, al principio, les pasó lo mismo que a los vecinos de Nazaret, que creían conocer a Jesús por su cercanía física. Lo mismo que sucede a muchos ‘cristianos practicantes’ de hoy; no le conocen; sólo saben de lo tangible y milagroso del personaje histórico. No creen en Él como el hijo del hombre, como hombre, en cuanto Epifanía de Dios

Por eso, seguir valorando a Cristo “según la carne” carece de sentido. Cuando Pablo de Tarso se apeó del burro dijo: “ya no valoramos a nadie según la carne. Y si alguna vez juzgamos a Cristo según la carne, ahora ya no” (2Cor 5,14-17). Y lo mismo Lucas en su evangelio, valoró a Cristo y a María “no según la carne”, sino desde la vivencia de la fe.

A María tampoco se la puede valorar “según la carne”, aunque no pocas veces, ‘por exigencias del guión’, haya que recurrir a la realidad histórica y costumbrista de aquella época. A María hay que contemplarla con sus propios ojos, los ojos de la fe, fundamentados, eso sí, en el testimonio evangélico, en la sicología de una madre y en el sentido común.

En un griego apañadito, cuenta Lucas que, allá por “el año 15º del imperio de Tiberio César” o si se prefiere el a. 30 de la era cristiana, hubo un hombre, llamado Juan, que sabía muy bien por su padre lo que se guisaba en el templo y aledaños. Le daba nauseas. Hasta que un día se fue al otro lado del Jordán, fuera de la Institución. Se cubrió con la primera piel que encontró, se ciñó con un cinturón cual otro Elías y empezó a denunciar los abusos, invitando a la conversión, bautizando, y asegurando que el tan esperado mesías davídico estaba ya lanza en ristre dispuesto a hacer justicia. Él sólo era “voz”: el mesías sería “la palabra”.

Nadie piense que era un loco. No. Era un profeta; “el mayor nacido de mujer”, si bien “el más pequeño en el reino de los cielos será mayor que él”. No aguantaba silenciador. Si él callaba, gritarían las piedras.

En un bautismo de masas notó que había uno cuyo rostro no le era desconocido. Su corazón palpitaba como en el seno de su madre. Se acercó a él, intercambiaron impresiones y… ¡Era Jesús!, el hijo de su pariente María.

Poco más debieron saber los evangelistas de este hecho, pues no coinciden en sus narraciones. Lo que destacan es el anonimato de aquel hombre: uno más entre aquella gente rebelde. Cuando pinten al Espíritu cual paloma aleteando sobre él como en la creación, asientan el fundamento de la fe cristiana en lenguaje teofánico: “éste es mi hijo muy amado, escuchadle”. Se lo habían oído al Maestro: “hay que escuchar la Palabra de Dios y ponerla por obra”.

Gracias a su primo, Jesús comenzó a ser conocido como el Nazareno, el hijo de José y de María. La noticia de que el Bautista había sido decapitado por Antipas corrió de modo alarmante. Madre e hijo recordaron la crueldad de su padre Herodes en la matanza de los inocentes de Belén.

La muerte de Juan fue la gota que colmó el vaso. Jesús experimentó la necesidad de llevar a cabo la misión que su Padre le estaba encomendando, sin apagar el pábilo titilante ni cascar el junco que se cimbrea. Y lo hizo; pero no como voz que clama en el desierto”, sino como Palabra de Dios, exigitiva de respuesta: “el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros”.

No fue por casualidad que “la cosa comenzara en Galilea”, en ambiente de gentilidad. Jesús “puso la mano en el arado y no podía volver la vista atrás”. Allí quedaban su madre y sus hermanos, su familia y sus amigos, a pesar de que siempre resonaba en sus oídos aquel “¿por qué nos haces esto?”. Y, como entonces, su actitud es la misma: “¿No sabéis que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre?”.

María no puede entender la partida de Jesús y, como entonces, sigue “guardando todas estas cosas en su corazón”. Da pena no poseer más datos. Quizás el buen Dios quiera que se “edifique sobre el sólido fundamento de la fe” y no sobre seguridades humanas; “hay que nacer de arriba”

De los tres últimos años de la vida de Jesús sí se poseen testimonios, los ‘evangelios’ canónicos y apócrifos. Aunque su veracidad difiera, en origen fueron ‘puestas de largo’ de creencias cristianas. Considerarlos ‘light’ por su lejanía en el tiempo o por criterios racionalistas es tan poco serio como leerlos con criterios acríticos, dogmáticos o piadosos.

Dichos escritos constituyen la base casi única para el conocimiento de María. En ellos se relatan acontecimientos que a ninguna mente lúcida se le hubiera ocurrido inventar. Hay otros que no por su intimidad son menos reales. También hay leyendas, mitos, poemas y una gran fe e imaginación para combinarlo todo. Habrá que descorrer el velo del ropaje literario hasta encontrar la perla escondida, so pena de rozar el absurdo o defenderse con un ‘eso es un misterio’. Tampoco puede pretenderse ser asépticos; se perdería el encanto poético de la envoltura. Sólo si se traspasa el caparazón con la limpia mirada del Espíritu se podrá disfrutar de la riqueza de su contenido

María, la mujer evangélica, fue una sencilla nazaretana, entretenida en su diario quehacer, mimando a su esposo, educando a su hijo y teniendo sus ratos de cháchara con las vecinas. La Novedad la han puesto los evangelistas al presentarla desde la perspectiva de la fe, desde el oficio o misión que la tocó desempeñar como hija obediente al Padre, como esposa del Espíritu y como madre del Verbo hecho carne.

Como hija, fue una buena judía. Su oficio de madre debió serle muy duro, al no poder entender al hijo de sus entrañas. Como esposa, silencio total. Sería muy plausible que ni la imaginación ni la piedad ni la teología osaran romper dicho silencio, violando la intimidad matrimonial, exclusiva de los esposos; y sólo Dios conoce la amorosa relación existente entre María y José.

Fue esta valiente misión de hija, madre y esposa la que hizo de María la “mujer fuerte”, aquella que no fue capaz de encontrar el autor del libro de la Sabiduría. Porque muy fuerte tuvo que ser para volcar su ‘ego’ en el querer divino sin entender nada. Muy fuerte para que Dios se fije en “la pequeñez de su esclava”. Muy fuerte para que la llamen “bienaventurada todas las generaciones”. Muy fuerte porque la fortaleza le viene del “Señor, que ha hecho obras grandes en mí”.

María, a pesar de ser la mujer fuete, fue tan insignificante a los ojos de los hombres, que apenas si aparece fuera de los ‘Relatos de la infancia’. Y, cuando se habla de ella, siempre es con motivo de su hijo, sin que se pueda decir que está ‘con él’. Ello hace comprensibles las respuestas y puntaditas que recibe de su hijo, de muy poca educación humana, muy dolorosas desde el cariño de madre e incomprensibles para propios y extraños: “a ti y a mí qué nos va”, “¿Es que no sabíais que tengo que ocuparme de las cosas de mi padre?”, “¿quiénes son mi madre y mis hermanos?”. Incluso, agonizante en la cruz, no la llama ‘madre’, sino “mujer”.

Al inicio de la actividad pública de Jesús “hubo una boda en Caná, de Galilea”. Muy bien. Sólo que el evangelista Juan no da puntada sin hilo. La boda le trae sin cuidado, si no fuera porque representa la Alianza Antigua y en la que Jesús hará el primer signo de la Alianza Nueva.

De María se dice que estaba allí; como lo estaban las “6 tinajas, de piedra y vacías”, símbolo de las Tablas de la Ley. María pertenece a aquella Alianza; es una más de la familia, anclada en su religiosidad judía. ‘Jesús y sus amigos’ eran meros ‘invitados’; ya han salido de casa, de la Institución, y están empezando a caminar con Aire Nuevo, distinto de la Ley y la Tradición.

Llegó a faltar el vino”, la alegría; sin vino no hay fiesta. “La madre de Jesús” se dio cuenta de la carencia. Se acerca a su hijo como lo haría cualquier madre y le susurra: “hijo”, ya que ella ha sido presentada como ‘madre’, no tienen vino”, sin incluirse ella en dicha carencia, pues ella le tiene a él.

¿Qué tengo yo que ver contigo?”. Porque ya no cuenta la relación madre/hijo, sino la misión de éste, la voluntad del Padre. Quizás en aquel momento la madre ignoraba que su hijo se había bautizado en el Jordán; que su pariente Juan le había presentado en público como el Esposo a quien ni osa desatarle las sandalias. Y, si lo sabía, pudo pensar que su hijo era un alumno aventajado del difunto Juan.

María, aún no estaba en condiciones de comprender la Novedad del que ella consideraba su hijo según la carne: la superioridad del Espíritu sobre la carne, del don sobre el mérito; que la falta de vino, de alegría, de vida va a llenarse con la que él aportará como primicia. Pero el hecho de que ignore qué va a hacer su hijo no le impide actuar como madre, porque su cariño intuye lo que la razón no alcanza. Si creyó al ángel en la anunciación ¿cómo ahora no va a fiarse del hijo? Y, recordando a ‘los que sirven’ la actitud de sus Padres ante Moisés en el Sinaí: “haremos lo que Él nos diga”; les ordena: también vosotros haced lo que él os diga”.

Y Jesús les dio el profético “vino de solera”, “arrancando de ellos el corazón de piedra y dándoles un corazón de carne”; aunque sólo como degustación, pues “aún no ha llegado mi hora”. Al oír y ver actuar así a su hijo, María comenzó a vislumbrar la misión de éste, aun cuando aún le reste un largo camino por recorrer hasta el Pentecostés cristiano, cuando ella esté con los discípulos en oración. De momento ni está con su hijo ni está con los discípulos; ahora está en esta Boda o Alianza Antigua. Por eso María en esta ocasión sólo tuvo una corazonada de madre, y se volvió a casa rumiando lo acontecido. Fueron los discípulos quienes, sin entender mucho más, “creyeron en él” y siguieron comprometidos en el Proyecto del Maestro.

Para poder comprender estos comportamientos de María debe tenerse en cuenta que era judía, monoteísta a ultranza; sólo había un Dios y una Ley. Cuando le comentan que su hijo va enseñando que él hace lo que ve hacer a su Padre y dice lo que le oye decir, tuvo que cuestionarse por qué no se atenía a la enseñanza oficial, en vez de saltarse a la torera Ley, Templo, Culto, Sabat, Purificaciones, etc. Si afirma ser “el hijo del Altísimo”, y ella no lo duda, ¿por qué no observa el 4º mandamiento de la Ley de su Padre Dios?, pues su comportamiento con ella deja mucho que desear. Ya la armó en el templo a los doce años, aunque al fin bajó con ellos y “les estuvo sujeto”. Ahora, en cambio, la ha dejado, se ha ido con gente poco recomendable y osa decir que “quien no odia a su padre y a su madre no puede ser discípulo suyo”.
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