Lección inaugural




descargar 97.88 Kb.
títuloLección inaugural
página2/3
fecha de publicación08.03.2016
tamaño97.88 Kb.
tipoLección
b.se-todo.com > Ley > Lección
1   2   3

Y sigue pensando en la educación que le ha dado, enseñándole a ser un ‘judío justo’, como José. Y cómo en la Sinagoga había sido iniciado en la lectura y conocimiento de los Libros Sagrados y a descubrir la voluntad de Dios en ellos ¿Por qué aquel niño tan majo se había convertido en un rebelde, que ni a ella le hacía caso?

Su cabecita no dejaba de darle vueltas a todo. En Caná se había quedado con la cara de aquellos sus amigos, alguno conocido y otros que no le cayeron tan bien, sobre todo cuando le informaron que eran zelotes antiromanos; aunque eso no desentonaba en Galilea. También José caminó en esa dirección. Lo desconcertante fue lo ocurrido en la Sinagoga cuando, al leer a Isaías, omitió el deseo de venganza del profeta. Eso constituía una infidelidad a la Palabra de Dios y una traición a nivel familiar, político y social. De hecho, casi le linchan. Y no digamos sentarse a la mesa con el publicano de Jericó, tan ladrón e impuro como los romanos a los que estaba vendido

Lo que le sobrepasaba era el trato que tenía en público con las mujeres, cuando los rabinos tenían prohibido hasta saludarlas por la calle. Cruzando Samaría le han visto de cháchara con una samaritana junto al pozo de Jacob. Y cuando sube a Jerusalén se sabe que lo hace por Betania, donde se aloja en casa del pudiente Lázaro y sus dos hermanas. Labia no le falta, y eso que no ha estudiado a los pies de ningún rabino; dicen que encandila a cualquiera.

Incluso algunas que él “ha curado de malos espíritus y enfermedades”, le acompañan a todas partes, “le ayudan con sus bienes” y le sirven. Y hasta tienen nombre propio, como “María la Magdalena; Juana, mujer del intendente de Herodes; Susana y otras muchas”. Y aquella, “muy conocida en la ciudad por su mala vida”, que osó lavar, perfumar y secarle los pies mientras comía en casa de un alto jefe fariseo.

¿Quieres saber más de tu hijo, María? Pues presenta a Dios como Padre suyo, amigo de pecadores, se identifica con Él y le tutea. En consecuencia, se ha convertido en un pasota de ritos, abluciones, alimentos, templo, sábado... Por si fuera poco, no duda en presentarse como el Mesías davídico; un Astronges o un Barrabás, un chalado más. Hasta se retiró al desierto para preparar el golpe de estado. La opinión pública está dividida. Hay quienes aseguran que “tiene un demonio y está loco de atar”, mientras otros arguyen que “un endemoniado no puede abrir los ojos a un ciego” .

MARÍA seguía estando en su gruta, sola y desconcertada, refugiada en su FIAT. Quizás pensó que la gente exageraba al no entenderle. Tampoco ella lo comprendía, pero cree; si bien los hechos dan el cante por sí solos: cura enfermos, leprosos, endemoniados y hasta toca a una mujer con flujos de sangre. Cualquiera de dichas obras le hace impuro ¿Cómo se come eso? Hoy tenemos la respuesta: no desde la historia, sino desde la Revelación

María siente su corazón traspasado de dolor. Los razonamientos de la familia ya los conoce. La osadía de su hijo, también. Pero necesita hablar con él mirándose a los ojos. Ha llegado a invitar a la gente a que le coman a él, que es el verdadero pan bajado del cielo y no el que diera Moisés a sus Padres. Eso les escandalizó. Es un chalado; y le abandonaron. A los Apóstoles les faltó un trís, de no haber sido por la fanfarronada teológica de Pedro: “a quién iremos; tú tienes palabras de vida eterna”.

Todo esto la sobrepasa. Llegó a pensar que el trajín, actividad y cansancio habían hecho mella en su hijo; pues sabe que, cuando “llega a casa -y no a la de ella, sino a la de su Padre- se junta de nuevo tanta gente que no le dejan ni comer el pan”. Son los ‘inconformistas’ del Bautista y los ‘pobres’. Sin que falten sus enemigos, los letrados, que habían bajado de Jerusalén e iban pregonando que tenía dentro a Belcebú”.

Por eso el evangelista Juan sigue con su teología: “su madre y sus hermanos vinieron para capturarlo y llevárselo -como si tuvieran derecho a retenerle-, porque decían que estaba fuera de sí”. “Lo mandaron llamar” ¿para no contaminarse? “Tu madre y tus hermanos están ahí y te buscan”. Buscan al hombre, al hijo de María. La decepción fue total cuando él les responda desde su misión, en cuanto “Hijo del Altísimo”: “Éstos, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra, son mis hermanos, mis hermanas y mi madre”. Inconcebible que la Teología tradicional sigua supervalorando la genética. Ya le dijo a Nicodemo que “había que nacer de arriba”, y que Pablo aclaró diciendo: “de la carne nace carne y del Espíritu nace Espíritu”. Y “es el Espíritu el que da vida, la carne no sirve de nada”.

En Jesús, desde su concepción, lo que cuenta es lo “nacido de arriba”, del “Espíritu Santo que vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra”, el “Hijo del Altísimo”. Se lee en el Prólogo del evangelio de Juan: “Hijos de Dios son los que nacen de Dios, no de sangre ni de deseo de carne ni de deseo de varón”.

En consecuencia, “quien no odia a su padre y a su madre no es apto para el Reino de Dios”. ‘Odiar’ tenía para ellos el sentido de “posponer”; algo necesario para vivir la verdadera fraternidad y maternidad, la que trasciende las genealogías. Así se entiende mejor aquello de que “el mayor entre vosotros sea el más pequeño…” y que deba “buscarse sobre todo el Reino de Dios y su justicia”, porque “lo demás se os dará por añadidura”.

Si este mensaje es duro desde la fe, cuánto más debió serlo desde la monótona realidad del día a día. MARÍA había sido ‘agraciada’ con el don de aquel hijo. Alguien puede pensar que era demasiado hijo para tan poca madre, para una esclava del Señor. Pero ella contaba con el Espíritu; sabía que su hijo no era aquello de que le acusaban y menos que estuviera loco. Es ella la que se está volviendo loca, intentando vislumbrar el designio de Dios. Siente la necesidad una metanoia mental y afectiva. Podría decir con Pablo: hijos míos, por quienes de nuevo sufro dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros”. Es ella quien debe cumplir la voluntad del Padre, expresada por su hijo; no éste la de ella, fiel reflejo de la Ley. Y se abandona en manos de Dios, rumiando una vez más su FIAT inicial.

Ha dicho su hijo que su familia la forman quienes “escuchan la Palabra de Dios y la ponen por obra”. Ella es parte de dicha familia. Ella ha escuchado siempre la Palabra de Dios y la sigue poniendo por obra, a pesar de lo doloroso que le resulta. Comienza a vislumbrar el alcance de aquella mujer que gritó: “bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron”, así como la repuesta de su hijo: “bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Sí. Su maternidad divina no consiste tanto en haber dado a luz a aquel hijo, cuanto en haber escuchado su Palabra, que es la de Dios, y haberla dado su asentimiento.

Juan contrasta el hecho de que “sus hermanos tampoco creían en él”; por eso se volvieron a donde estaban, a Galilea. María, en cambio, cree; por eso sale de casa y camina con Jesús, quedándose con él en Jerusalén. Los dirigentes no sólo no creen, sino que “le buscaban para matarlo”.

En este ambiente Jesús es consciente de que “ha llegado su hora”, y prepara una cena de despedida. Pascual o no, la didáctica del evangelista es que el signo de Caná se va a convertir en ‘sacramento’ de la Alianza Nueva. María, que estuvo en Caná, no pudo no estar en la Boda del Cordero. Si fue pascual, por ser de obligado cumplimiento. Y si fue una despedida ¿Cómo no estar la madre y las mujeres que le acompañaban, quizás las mismas que fueron consoladas camino del calvario y que se encontrarán cerca de la cruz?

El silencio evangélico que las envuelve sólo indica que ellas no constituían el objetivo central de la Revelación. Cuando Jesús ore pidiendo al “Padre, que sean uno, como Tu y yo somos uno”, ellas debieron pensar, como Pablo, que en el Reino ya “no hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús”.

Jesús con los doce se fue al Huerto de los olivos. María y las mujeres debieron seguirles de lejos y presentir, con intuición femenina, el frío y sanguinolento sudor producido por la angustia existencial de su amado.

Le apresan con una cohorte de 600 soldados, además de la policía sacerdotal. Grandilocuente expresión teológica para luego hacerles caer por tierra. ‘Si hubiera sido un Dios, no lo habrían podido atar ni apresar’, dirá Orígenes. Los discípulos desaparecen por el foro. A las mujeres ni se las menciona. El protagonista es Jesús.

Lo llevan a casa Anás y luego de Caifás, Sumo Pontífice aquel año. Éste reúne al Sanedrín. Se le “conjura por el Dios vivo si él es el Meshíah ben-ha-Elohim”. A pesar de la respuesta del enjuiciado, le condenan por endemoniado, hereje y blasfemo. No es posible, piensa la madre. Si ellos mismos habían reconocido no poderle condenar “por ninguna de sus obras”.

María ha llegado al punto neurálgico de su fe: debe optar por el Hijo de Dios’ o por la Institución’, de origen divino; su fe judía o la Novedad del “Hijo del Altísimo”, que ella gestó; Tradición o Anunciación; Ley o Vida. Si opta por la Vida ¿Para qué la Ley? Y si opta por la Ley, su hijo según la carne ¿Será un ‘embaucador de multitudes y vendedor de mentiras’, en boca de Orígenes?

Ella, la madre, cree en el “Hijo”; se fía de él, que ha reservado el puesto de preferencia en el Reino a las prostitutas, “derribando del trono a los poderosos... y a los ricos los despide vacíos”, que rezaba el ‘Magníficat’ y que a Lucas se le ocurrió ponerlo en sus labios al encontrarse con Isabel ¿Recitar la Shemá? Su corazón no puede sentir lo que deben pronunciar sus labios: ‘para los herejes no hay esperanza… perezcan todos en un instante y sean borrados del libro de los vivos’ ¡Si a su hijo le están condenando por hereje!

Vino a su mente la respuesta del ciego de nacimiento a los Rabinos: “si Dios no estuviera con él ¿Cómo podría un hombre pecador realizar semejantes signos? “Dios no escucha a los pecadores... y jamás se ha oído decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Pero dirán que violó el sábado, haciéndose pecador.

Recordó a las mujeres curadas. Si estuvieran allí y testificaran… ¡Qué ingenuidad! Si el testimonio femenino carece valor. Que venga el paralítico de Betesda. Aunque mejor no ¡Con la que se armó por curarlo en sábado! Fue el aldabonazo que inició la encerrona para terminar con él, al no poder responderle sobre si “se podía hacer el bien o el mal en sábado”.

¡Ah! Jairo, el jefe de la Sinagoga cuya hija curó con aquel: “Talitá kum”. Pero Jairo no apareció; había pena de excomunión para quien siguiera al Nazareno. La multitud de hambrientos; y aquella otra que le llevaba sus enfermos ¿Dónde están? Seguro que los que están testificando son tan falsos como sus amos. Qué importa; el poder lo manipulará a su antojo.

Los dirigentes llevan a Jesús ante el Gobernador del Imperio. María recupera un poco la esperanza. Su hijo había curado al hijo del centurión romano y había mandado “dar al César lo que es del César”. Observa que éstos no han entrado en palacio por exigencia legal. Ahora entiende aquello de que cuelan un mosquito y se tragan un camello.

No tarda en ver a Jesús conducido ante Herodes, virrey de Galilea, del que Jesús era súbdito y al que tildó de ‘gallina’. Ahora ni pierde tiempo en responderle; por lo que Herodes, despechado, se lo devuelve a Pilatos ¡Qué pena de hombre! debió pensar María.

Jesús ha entrado de nuevo en el Pretorio. María ignora lo que está pasando dentro; pero no está sorda. Por los cuchicheos de la gente se entera de que la acusación ha tomado cariz político. Le imputan hacerse rey davídico, amotinador de masas y líder antiromano. Eso es muy peligroso. Ella sabe que es mentira. Pero la gente está defraudada por no haber dejado que le proclamaran el Mesías.

Es cierto que su mensaje ha versado sobre “el Reino de Dios”. Pero dicho Reino nada tiene que ver con el las legiones romanas. Lo ha contrapuesto a ellas con las parábolas de la pequeñez del grano de mostaza, escondido como una perla; frágil y bello como lirio del campo, cobijo de publicanos y prostitutas, hogar de los sin-techo, donde los primeros serán los últimos y los últimos los primeros.

De repente María ve a Pilato salir al balcón, acompañado de su hijo, que dice: “aquí tenéis al hombre”. Esta presentación es un montaje de Juan. De cualquier modo la base histórica está ahí y la Revelación también. Pilato le reconoce inocente: “no encuentro en él culpa alguna”. ¡Al fin mi hijo libre! debió pensar María Y de nuevo desaparecieron tras las cortinas.

Rumoreaban que si la mujer de Pilato había tenido pesadillas aquella noche a causa de aquel hombre ‘justo’ y que así se lo había hecho saber a su marido. Por fin aparece Pilato, solo. “¿A quién queréis que os suelte, a éste o a Barrabás?, el terrorista antiromano más temido: “¡a Barrabás!” ¿Y qué hago con este Hombre? “¡Crucifícalo!”

Al volver en sí, poco faltó para volver a perder los sentidos: apenas si percibe a una piltrafa de hombre, cargado con el travesaño de una cruz. Abriendo camino iba el alguacilillo con el cartel: “JESÚS, EL NAZARENO, ES EL REY DE LOS JUDÍOS”. Sí, era él, el incomprendido y, ayudada por aquellas mujeres discípulas de su hijo, siguió adelante.

Algunas consiguieron acercarse a Jesús. A la madre no se lo permitió la escolta. Pero les bastó a Madre e hijo cruzar sus miradas llenas de ternura para saberse ‘uno’ en la misión que estaban realizando.

Allí estaba ella, con fuertes dolores de parto, engendrándole desde la fe, desde su adhesión plena a la voluntad del Padre

Allí estaba ella, viendo de lejos cómo encajaban la cruz entre las rocas de la cantera y a su hijo en ella.

Allí estaba ella, al pie del cañón, como estuvo en la boda de Caná, sólo que ahora signo y realidad se dan la mano.

De pronto alcanza a oír la voz de su hijo que, entre estertores y señalando al “discípulo amado”, le dice: “mujer, ahí tienes a tu hijo” ¿Es que ya no lo era él? En cuanto “hijo del Altísimo”, no, María; lo has tenido como tuyo porque Dios, su Padre, te lo dio para salvación del género humano. Él es el Redentor, Jesús, el Hijo de Dios, el que pende del madero.

Olvídate para siempre del ‘Shemá Israel’. Desde ya:

Escucha al “Verbo hecho carne”.

Escucha la Palabra de Dios que te llama “mujer” y te dice: “ahí tienes a tu hijo”.

Escucha: vas a volver a ser madre sin dejar de ser virgen, sin concurso de varón, porque el “discípulo amado” que tienes a tu lado: “ése es tu hijo”, el que ahora también te da Dios, el primogénito de la Nueva Humanidad.

Escucha también lo que dice al “discípulo”: “ahí tienes a tu madre”. Sí, María; has oído bien. Desde este momento los discípulos de tu hijo son tus hijos; eres su Madre; eres mi Madre; eres la Madre de los ‘hijos de Dios’; eres la MADRE DE LA IGLESIA. Por eso, desde aquel momento, el hijo la tuvo por suya y ella estará con sus hijos en oración, en comunión con el Padre y el Hijo, esperando la venida del Espíritu
1   2   3

similar:

Lección inaugural iconLección inaugural en el Collège de France pronunciada el 2 de diciembre de 1970
«discurso» mantiene toda la espontaneidad creadora de una auténtica obra filosófica

Lección inaugural iconLección IV. Enunciado de un sustantivo lección V. Los géneros y los números en latín

Lección inaugural iconLección

Lección inaugural iconLeccióN: 07

Lección inaugural iconDiscipulado 26 Leccion 9

Lección inaugural iconLa lección de la odisea 62

Lección inaugural iconLección de personal articulo 1

Lección inaugural iconLección de personal Reclutamiento

Lección inaugural iconLeccióN 1: realidad de la sordera

Lección inaugural iconCÉlula de crecimiento lección 10




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com