Lección inaugural




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El cadáver de Jesús fue sepultado. Jesús Resucitó porque sigue viviendo en el misterio trinitario y también en la madre y los hermanos.
Éstos se han ido a Casa, a la del Padre, a vivir en comunión, celebrando el Amor como memorial. Puertas y ventanas trancadas “por miedo a los judíos”; porque “si en el árbol verde hacen esto ¿Qué no harían en el seco?”. Su fe, como la de cualquier discípulo, no fue un meteorito. Requirió un proceso humano hasta llegar a la madurez, a Pentecostés, a la celebración gozosa de dicho don.

Mientras tanto corrían noticias alarmantes. Hablaban de ‘apariciones del que Vive’, refiriéndose a Jesús. María y los discípulos no saben si dar crédito o tomarlo como fanatismo emocional, pues Jesús les había prevenido:si alguno os dice: mirad, el Cristo está aquí o allí, no le creáis. Sin embargo, algunas de las mujeres han ido al sepulcro y cuentan lo que les han dicho: que vive y que vayan a Galilea, donde les precederá. Llega Magdalena y asegura haberse encontrado con él en el huerto, confundiéndolo con el hortelano y que si se lo cuenta es porque se lo ha mando él: “ve y di a mis hermanos”. Ella obedece y los discípulos recuerdan lo que Jesús les garantizó en vida, que “estaría con ellos todos los días, hasta el final de los tiempos”.

Los discípulos entendieron que no importaba el lugar; el Resucitado estaría “con ellos”. Así que los de Judea se quedaron Judea y los galileos se volvieron a su tierra natal. María, identificada con su Hijo, debió pensar igual. Es de suponer que volviera a su Galilea querida: con Juan, Pedro, Andrés, Santiago y ‘los hermanos del Señor’. Carecía del don de la bilocación. Pero cuando estaba con unos tenía la corazonada de sentirse en medio de todos como Madre.

Un día le contaron cómo lo habían experimentado mientras pescaban en el Lago. María se les unió en la comida con el Señor, donde fueron descubriendo que tenían que dejar de pescar aquellos peces grandes, que habían roto sus redes, para convertirse en pescadores de la gentilidad. Lo que allí sentían “como brotes de olivo en tono a la Mesa del Señor” era inexplicable. María era la primera creyente y testigo en medio de sus hijos. También llegó a sus oídos la testarudez de Tomás y el escepticismo de los dos discípulos solitarios de Emaús. Todos Le reconocieron al Partir el Pan.

Nunca María hubiera podido imaginarse el final de sus días tan lleno de gozo. Ahora lo veía todo con claridad meridiana. Cuando contaba a aquellos sus hijos anécdotas de su juventud le brillaban los ojillo con la Luz de la fe en el Resucitado.

A ellos les encantaba escucharle; oír de sus labios anécdotas de su vida. También a mí. Por eso me atrevo a poner en su boca lo que pudo decir.

Desposarme con José me hizo ilusión. Al ser éste del linaje de David, tenía la posibilidad de ser la madre del Mesías. Entre tantas judías vírgenes a alguna tenía que caerle en suerte; aunque jamás pensé que sería yo la ‘agraciada’, pues ‘los buenos’ vivían en el corazón de la judería y los de Galilea éramos ‘ocupas’, contaminados de gentilidad.

Cuando quedé embarazada, Dios me hizo saber que el hijo de mis entrañas era “el Hijo del Altísimo”. No pude entenderlo. Sólo dije: “hágase tu voluntad” ¿Por qué Dios se había fijado en mí, última muñequita de una familia sin apenas posibles? Vivía un sin vivir en mí al recordar a las mujeres de los Patriarcas: Sara, Rebeca, Raquel, Ana; todas ellas maduras y estériles y cuyos primogénitos habían sido llamados ‘hijos de Dios’.

En la Sinagoga se nos había explicado la profecía de Isaías al rey Acab. Aún la recuerdo: “mira, la virgen está encinta y va a dar a luz un niño, que se llamará Emanuel”. Yo era virgen encinta. Pero mi hijo no se llamaría ‘Emanuel’, sino ‘Jesús’. Una cosa tenía muy clara, quién era Dios, quién era yo y que Él lo puede todo. Sólo me preocupaba de estar atenta a mi Señor “como están los ojos de la esclava fijos en las manos de su señora”.

Fue pasando el tiempo, aunque no mucho; pues al enterarme de que mi parienta Isabel, la que llamaban ‘estéril’, estaba ya de seis meses, no me lo pensé dos veces; me faltó tiempo para ir a felicitarla y atenderla.

Nos fusionamos en cálido abrazo. Me llevó la mano a su vientre para que sintiera a su hijo, que no cesaba de saltar desde que atravesé el umbral de su casa. Le conté lo mío y me saltó con un “bienaventurada tú”; mas no por ser la madre del ‘hijo del Altísimo’, sino “por haber creído”. Fueron unos meses muy felices, hasta que dio a luz y Zacarías, su marido y sacerdote del Templo, escribió: “Juan es su nombre”, recuperando el habla, que pensaban había perdido como castigo por su falta de fe.

Me volví a Nazaret. También yo empezaba a sentir al “Hijo del Altísimo” en mi tripita. Iba a ser madre y eso sólo las madres lo entendéis. Aquellos rudos pescadores sólo entendían de redes. No quiero imaginarme lo que contarán cuando me llegue la hora de partir al Padre. Nos quieren tanto a mi Hijo y a mí que nos pondrán por las nubes. Creedme; las cosas fueron tan sencillas y normales, que a nadie le llamó la atención.

El mayor dolor me sobrevino de José al descubrirle mi situación. Estuvo en un tris para dejarme tirada en la cuneta con el libelo de repudio en la mano. Menos mal que pronto experimentó en sueños que nuestro Dios lo puede todo. Creyó, como creí yo; cuando se ama de verdad, se cree. Me salvó de las piedras de la Ley; dio a Jesús su ADN legal y fuimos muy felices.

Llegó el día del alumbramiento. Hubo sus complicaciones; hasta que al final las aguas volvieron a su cauce y tuvimos un niño precioso que era para comérselo. Ahora, visto a la Luz de Cristo, no podéis imaginaros qué alegría me produce saber que mi niño, alumbrando en aquella noche oscura, era y es el “Hijo de Dios”. Es como si sol y luna se cubrieran el rostro ante la Luz del recién nacido, dejando danzar a las estrellas al son de los coros angélicos.

Aunque la cosa empezó en Galilea”, la noticia debió correr como pólvora, pues llegó a la corte real. Un día me advirtieron que tuviera cuidado con mi niño, ya que Herodes el Grande había hecho una escabechina en Belén. Y ¿Por qué en Belén? les pregunté. Porque lo dijo el Miqueas: “Y tú, Belén… no eres la última de las aldeas de Judá, pues de ti saldrá un jefe que pastoreará a mi pueblo, Israel. Algunos, para salvaros al niño y a ti, han dejado caer que José, movido por una revelación, os ha llevado consigo a Egipto. Así que, como ya nada se puede hacer, a vivir tranquilos en esta Galilea gentil, que no debe ser muy distinta del país de la esclavitud.

Y allí, en mi gruta de Nazaret, pasaba los días, los meses y los años con la típica naturalidad de las gentes de pueblo. De vez en cuando saltaba alguna noticia ¡Ha muerto el rey Herodes! Muchos dieron brincos de alegría, incluido José. Yo preferí quedar calladita con mi hijo en casa. No estaba el horno para bollos ¿Quién de sus hijos le sucedería? Aunque era de todos conocido que el Sanedrín no quería ni oír hablar de ellos.

Al fin llegó la noticia: quien ahora manda es Roma. A los hijos de Herodes les han dado el titulillo de Tetrarca: de la Decápolis al más bohemio, Felipe; de Galilea y Samaría al abúlico Antipas; y a Arquelao, más cruel que su padre, de Judea. Así que de ir a Jerusalén ¡Ni para la Pascua! ¿Cómo educar en tales circunstancias a mi hijo en la religiosidad y costumbres judías? Me acordé de Abrahán y su hijo Isaac: “Dios proveerá”.

Y proveyó. Pasaron unos años y Arquelao fue pillado con las manos en la masa. Los de Judea, que no le soportaban, llegaron a probarlo ante Roma. Ésta intervino y fue desterrado. En su lugar puso a un Representante del Imperio, un Procurador. Recordad a Pilato.

Al fin podíamos peregrinar tranquilos a la Ciudad Santa. Nos faltó tiempo para formar parte de una caravana que partió a la celebración de la Pascua. “¡Qué alegría al pisar tus umbrales de Jerusalén!”; “la boca se nos llenaba de risas y la lengua de cantares”. ¡Jerusalén! Parecía un hormiguero de gentes y tiendas, incluso fuera de sus murallas. Allí pasamos la semana de Pascua, fuimos al Templo, sacrificamos el cordero partido y compartido y pagamos con la piel nuestro alojamiento. Ya de vuelta, la primavera reventaba de por doquier, vistiendo de verde las praderas y de lirios los campos.

Aquel peregrinar pascual se repitió cada año. “Cuando Jesús cumplió lo doce subimos a la fiesta según la costumbre”. El chaval empezaba a ser un hombre. Caminaba sereno, escuchando, preguntando, opinando y hasta discutiendo con los adultos, muy interesado en la Ley y los Profetas.

Celebramos la Pascua llenos de gozo y, terminada ésta, emprendimos el camino de regreso. Cada año todo nos parecía novedoso. Hasta que, extrañada de no ver a mi mocito, fui al grupo de hombres, pensando que iría con José. Pero no. Comenzamos a buscarlo sin fortuna. Nadie lo había visto. Demasiado fuerte. No quedaba otro remedio que volver a Jerusalén.

Al fin lo encontramos, después de tres angustiosos días, en el templo, a los pies de unos rabinos, escuchando, preguntando y aclarando dudas que sus compadres de peregrinación no habían sido capaces de esclarecer. Ni Salomón produjo tanta admiración ante la reina de Saba: “todos los que le oían quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba”.

Yo estaba anonadada. Como madre, no entendía ni una palabra. Si veía en él al “Hijo del Altísimo”, me parecía normal que disfrutara de estar en la Casa de su Padre; a mí me ocurre lo mismo. Pero ¿Por qué no nos había avisado? Recordaba el 4º mandamiento de la Ley y su actuar no me cuadraba.

Cuando salió, no pude por menos de decirle: “¡Hijo! ¿Por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Lo que ni José ni yo podíamos imaginar fue su respuesta; “¿Es que no sabéis…?”. Sí; sabíamos que debía “estar en todo lo de su Padre”, pero no que lo hubiera hecho de ese modo. Nos volvimos a casa y nunca más dio qué decir. Yo “conservaba todas estas cosas en mi corazón”, dándome cuenta de que las cosas no son tan sencillas como parecen y observando cómo también “Jesús iba creciendo en sabiduría, en edad y en gracia delante de Dios y de los hombres”.

Por aquel entonces tuvo lugar el censo de Quirino. Judas de Gamala pensó llegado el momento de alzarse contra Roma ¡Pobre infeliz! Intervino Siria con sus tropas y una legión romana, aplastó el alzamiento y crucificó a más de 2000 cabecillas en Galilea ¿José incluido? El número de viudas fue incontable y la penuria consiguiente ni os la imagináis.

María sigui9ó contándoles detalles de su vida, siempre relacionadas con su niño. A los discípulos del hijo les descolocaba la naturalidad con que lo hacía aquella mujer. Les encandilaba su FE y fidelidad a la Palabra. Ahora comprendían por qué el ‘Hijo del Altísimo’ no se le había aparecido a ella: porque no lo necesitaba, porque los hijos nunca dejan de estar en el corazón de una madre. María no necesitó ver porque nunca estuvo ciega. Su vista era su vida. Y la vida de su vida era su Señor Resucitado.

Por eso Tomás sufría, porque recordaba las palabras del Maestro, “porque has visto, Tomás, has creído; dichosos los que creen sin haber visto”. María, en cambio, había creído sin ver desde el instante de la concepción. María fue dichosa, en boca de Isabel, porque creyó. María estaba entre ellos como la hermana modélica en su fe. Los discípulos, mirando a aquella mujer veían a su Madre y, al sentir su cariño de abuelita, experimentaban estar en comunión con su Primogénito. Cuando vaya bajando sobre ellos el soplo del Espíritu, sobre María también, se convertirán en testigos del único Amor, explosivo y expansivo, que alcanzará a todos los hombres como nube refrescante y luz refulgente en los avatares de su misión.

Nada más se sabe de María. Las tradiciones se multiplicaron. En Éfeso señalan los restos arqueológicos de una mansión del s. I como la vivienda donde María habría vivido con Juan y donde habría muerto. En época reciente, a la base del Monte de los Olivos, se señala al fondo de una ennegrecida gruta una tumba con el nombre grabado de ‘María’, rodeada de otras tumbas con nombres cristianos.

También en Jerusalén se encuentra la iglesia de la ‘dormición’. Las creencias se multiplican. Desde Nicea se engrosa el número de expresiones dogmáticas, basílicas, apariciones, mensajes relacionados con esta mujer. Habrá que respetar la piedad y devoción marianas, evitando en lo posible deformar la imagen de María. Habrá que contemplar su pequeñez, en la que se fijó Dios y por la que la llaman ‘bienaventurada’ todas las generaciones. María es nuestra Madre. Y a una madre no se le tiene devoción, se la quiere, se la ama, se la come uno a besos. Epifanio Gallego (Agustino)

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