3. Manual Escolar y Representación




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título3. Manual Escolar y Representación
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C. Referencias Conceptuales.

Afortunada o desafortunadamente no contamos con un modelo teórico a seguir para estudiar los manuales escolares. Como se pudo apreciar en el balance bibliográfico, de las obras estudiadas sólo se extrajeron enseñanzas parciales que fueron incorporadas en el diseño y ejecución de nuestro trabajo. De esta manera, en este apartado más que seguir una propuesta teórica de alguna escuela de pensamiento o autor en particular, decidimos realizar pequeñas exploraciones teóricas sobre los principales conceptos que estructuran la investigación. Las categorías trabajadas corresponden al título de nuestro trabajo y son: Nación, Memoria, Representación y Manual Escolar. El ejercicio realizado consistió en el acercamiento a algunas obras que tratan estos conceptos y que nos permitieron comprender mejor la información empírica que reposaba tanto en la documentación oficial como en las páginas de los textos escolares.

1. La Nación

Algunos autores provenientes de los estudios sobre la comunicación han dado cuenta de la dificultad para pensar la nación en tiempos de globalización. En líneas generales, hablan de la reubicación de la nación y de la reestructuración del Estado debido a los múltiples flujos que han dinamitado el orden imperantes hasta hace algunas décadas.37 Parte de esa alteración consiste en la crítica a los elementos “objetivos e inmutables” que tradicionalmente se han asociado a la nación, tales como la lengua, territorio, pasado compartido, entre otros. Ahora bien, pensar la nación hoy implica no sólo tener conciencia de cuál es el momento en que nos ubicamos sino también acometer la difícil tarea de buscar una noción lo suficientemente amplia para articularla a nuestro problema de investigación.

Siguiendo a Ingrid Johanna Bolívar, del problema de la nación se pueden estudiar dos momentos. El primero hace referencia a las condiciones estructurales de su surgimiento, mientras que el segundo, alude los mecanismos creados para su reproducción y afianzamiento, acercándose a la construcción simbólica de la nación.38 Dentro del primer campo se destacan los trabajos de Ernest Gellner y Eric Hobsbawm, quienes se ocuparon por reflexionar sobre las condiciones propias de la sociedad industrial que permitieron la convergencia entre cultura, voluntad y política para la emergencia de las naciones. Por su parte, el historiador británico aportó una reconstrucción histórica sobre las transformaciones que ha tenido el concepto de nación en Europa Occidental, partiendo de la estrecha relación con el Estado territorial. Uno de los grandes aportes de estos autores es que reivindican el carácter de invención o creación sociohistórica de la nación, sometiendo a crítica la visión nacionalista que presupone la existencia intemporal de la misma.39

Por lo tanto, la nación es más el resultado del nacionalismo, basado en la preocupación de hacer coincidir una organización política con un grupo humano homogéneo. Este enfoque permite estudiar el proceso histórico de conformación de la Nación y del Estado. Ahora bien, ocupándose de la reproducción y mantenimiento de la nación, Benedict Anderson ofrece una visión antropológica que no desconoce las condiciones de surgimiento pero abre la posibilidad de reflexionar sobre la adscripción nacional. Para este autor, la nación es una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana. Esta definición de la nación la consideramos operativa y útil para nuestro trabajo, en la medida en que sí bien corresponde a un estudio del origen de la misma, es posible con base en ella, pensar que tal comunidad no se crea de una vez y para siempre sino que implica una reactualización permanente.

La nación es imaginada porque los miembros de la nación más pequeña no conocerán jamás a la mayoría de sus compatriotas, no los verán ni oirán siquiera hablar de ellos, pero en la mente de cada uno vive la imagen de su comunión. Además, todas las comunidades mayores que las aldeas primordiales de contacto directo son imaginadas, no en el sentido de falsedad sino de creación. La nación se imagina limitada porque tiene fronteras finitas aunque elásticas más allá de las cuales se encuentran otras naciones, así, ninguna nación se imagina con las dimensiones de la humanidad. La nación se imagina soberana porque el concepto nació en una época en que la Ilustración y la Revolución estaban destruyendo la legitimidad del reino dinástico jerárquico, divinamente ordenado, cuya garantía sería el Estado soberano. Por último, la nación se imagina como una comunidad porque independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso, la nación se concibe siempre como un compañerismo profundo, horizontal.40

Para Anderson, la construcción de la nación no sólo requiere una alta división del trabajo, el monopolio para el ejercicio de la violencia u otros factores estructurales, sino que también pasa por la creación constante de la comunidad imaginada. Tal labor implicaría la creación de un tiempo homogéneo y compartido a través del calendario, que supone compartir diferentes elementos que antes aparecían dispersos y que ahora harían parte de una misma unidad. En otros términos, para hablar de nación es imperativo crear el ambiente de convivencia entre desconocidos agrupándolos bajo ciertas características compartidas. De allí el papel desempeñado por los impresos como el periódico o las novelas, puesto que a través de sus páginas la horizontalidad, la comunidad y la simultaneidad se van configurando cotidianamente con base en referentes como la lengua, el territorio o el pasado común, pasando a ser nuestro idioma, nuestro suelo y nuestra historia.41

La creación de la comunidad dependía en gran medida de la puesta en marcha de tres mecanismos, a saber: El censo, el mapa y el museo. Cada uno de estos elementos contribuía a la configuración del nosotros. Así, el censo definía las identidades de manera ordenas y estructurada demarcando el sitio de cada uno, mientras que el mapa permitía visualizar los puntos de una geografía propia en comparación a otros espacios considerados diferentes. El museo aludía directamente a la construcción de ese pasado común que tanto se arguye al hablar de la nación, pero no bajo la idea de la historia como algo lejano sino como herencia que amerita ser mantenida y sancionada socialmente a través de los monumentos y los relatos históricos escolares. La relevancia de cada uno de estos dispositivos generalmente manejados desde el Estado, radica en que organizan las personas, los lugares y el tiempo con el fin de generar legitimaciones del orden imperante.42

La concepción de Anderson sobre el origen de la nación es llevada más allá por el autor español Tomás Pérez Vejo, al afirmar que la nación es ante todo un asunto simbólico con una gran eficacia social. La nación sería una representación que se inventa a partir de tradiciones “propias y genuinas” en el mundo de lo cultural con funciones políticas de legitimación de un estado existente o de reclamo para que exista uno. La nación para Vejo es una forma de identidad colectiva que se funda un relato que mezcla elementos históricos y geográficos, cuyo arraigo depende de la coerción ideológica que ejercen el Estado mediante la sanción de una cultura oficial o los grupos nacionalistas y su contracultura.43 En el proceso de construcción de la comunidad imaginada nacional, cobra gran importancia el control de la educación por parte del Estado, ya que es un escenario predilecto para ejercer la “coerción ideológica” y la creación de consensos. La centralidad de la educación llevó a Gellner a considerar que su control por parte del Estado era incluso más importante que el mismo monopolio de la violencia.

La particularidad de nuestro problema de estudio nos lleva a plantear que el concepto de nación como una comunidad imaginada reposa sustancialmente en la relación que se teja con el pasado común. La relación con la invención del pasado y de paso con la construcción de la memoria fue puesta de presente por el mismo Renan, quien hablaba en su famoso texto Qué es la Nación, de un recuerdo forzado y un olvido consentido de eventos dolorosos, como fundamento del lazo nacional. En palabras de Anderson, la invención de la nación requiere de una “lectura genealógica del nacionalismo”, entendiendo por ella, la expresión de una tradición histórica de continuidad. Esta continuidad estaría íntimamente ligada con la trayectoria histórica del Estado y principalmente con la de los hombres que dieron la vida por la construcción.44 Para Anderson, el olvido consentido es el que funda la necesidad de la narración de la continuidad aparente que por haber sido olvidada, requiere su permanente recuerdo. La narración de la nación no puede ubicar inicios claros y tampoco finales naturales.

[….] como a las personas modernas, así ocurre a las naciones. La conciencia de estar formando parte de un tiempo secular, serial con todo lo que esto implica de continuidad, y sin embargo de “olvidar” la experiencia de esa continuidad…da lugar a la necesidad de una narración de “identidad” […] y sin embargo, entre las narraciones de una persona y de una nación hay una básica diferencia de empleo. En la historia secular de la “persona” hay un principio y un fin […] En cambio, las naciones no tienen nacimientos claramente identificables y sus muertes, sí ocurren, nunca son naturales. Y como no hay un autor, la biografía de la nación no se puede escribir evangélicamente “a lo largo del tiempo”, pasando por una larga cadena procreadora de engendramientos. La única alternativa es “remitirla al tiempo” […] por doquiera que la lámpara de la arqueología lanza su caprichoso rayo. Sin embargo, esta manera queda marcada por muertes que, en una curiosa inversión de la genealogía convencional, parten de un origen actual.”45

Para Pérez Vejo el nacionalismo oficial echa mano de la historia nacional, en donde el pasado de la nación se confunde con el del Estado, mientras que los otros nacionalismos acuden a otras herramientas como la etnografía. La historia nacional busca legitimar al Estado como el garante de la nación. Para este autor, la historia nacional ha servido de soporte para otros mecanismos creadores de la nación como la literatura y el arte, además el relato histórico recoge elementos religiosos para narrar la biografía de la nación. La relevancia de la historia para crear la nación supone una idea de perennidad ahistórica que tiende a prolongar el origen de la nación en la noche de los tiempos, lo que lleva a la consideración como entidades naturales. Las historias nacionales tienden a incluir como propias épocas muy anteriores al nacimiento de la nación, lo que afirmaría su carácter objetivo al margen de la voluntad individual. La nación se basaría en una concepción orgánica que se mueve en el tiempo pero que responde a una mismidad, ello abocaría a la personalización de la nación en la que se funden la naturaleza y la historia. El estado sería el resultado de la cultura, mientras que la nación es producto casi de la naturaleza, más aún, la adscripción a la nación se resuelva con la metáfora familiar de patria, dejando de lado las divisiones internas y tornándose como la forma prioritaria de identidad colectiva.

De esta manera, todos los elementos “esenciales” de la nación que generan cohesión tales como la pertenencia al grupo étnico o el lenguaje, terminan ocupando un lugar en la historia nacional, conformando los recuerdos comunes. Aquí surge la idea de la nación como una comunidad de destino que se aprende y memoriza, fundamento de los proyectos de futuro. Al respecto, Pérez Vejo anota que la dimensión ideológica está presente en los procesos de selección de los recuerdos comunes, en los que se que oculta, resalta y rechaza. En el caso de la historia nacional sólo se extraen los hechos que justifican la existencia de la nación actual (del Estado), los “otros” serán sistemáticamente ocultados o minimizados. La historia no científica sirve como unión de los vivos y los muertos, como elemento de cohesión en un pasado común, mediante una implicación afectiva con el pasado cargado de dramatismo y de lucha.46

Con base en lo expuesto, podemos decir que en este trabajo entenderemos el concepto de nación a partir del enfoque de Benedict Anderson, como una comunidad imaginada limitada y soberana, que en su construcción acude a la reelaboración del pasado como soporte fundamental. La elaboración del pasado de la nación se realizaría a través del sistema educativo, escenario en el que se pone en marcha una visión oficial de la historia para ser aprendida por todos los ciudadanos en formación. En otras palabras, consideramos que la invención de la nación pasa por la configuración de los recuerdos y olvidos colectivos que deberían ser compartidos por sus ciudadanos. Desde luego no desconocemos las condiciones estructurales que permiten la emergencia de la nación ni mucho menos las particularidades del caso colombiano, que no reseñamos en este texto. A pesar de ello, creemos que esta definición nos se adecua al problema de estudio, ya que facilita una interpretación más amplia de acontecimientos concretos como las reformas curriculares y la creación de una nueva carta constitucional. Estos nos permite pensar que sí en la “gestión” de la memoria se halla el núcleo de la creación de la nación, ¿qué podemos entender por memoria? Precisamente esta es la segunda categoría a las que nos referiremos.

2. La Memoria.

Decir que la nación se puede definir como una comunidad que imagina un pasado compartido, significa afirmar que es necesario construir una memoria compartida que soporta la identidad nacional. Pero ¿Qué se puede entender por memoria? Antes de acometer una definición, es preciso decir que para entender esta categoría es crucial tener en cuenta que hay unos aspectos biológicos de tipo cerebral que actúan en la puesta en marcha de la memoria. No obstante, tal ejercicio sólo se puede dar en el marco de unas relaciones culturales, en la medida en que hablar de memoria implica pensar en valores, símbolos y significaciones en relación a otros sujetos que ya fueron y que se pretenden evocar desde el presente.

Partiendo de este doble marco, podemos decir que la memoria es la capacidad que tienen los seres humanos para recordar y olvidar voluntaria e involuntariamente, lo que implica que la memoria también se puede entender como una forma de relacionarse con el pasado individual y colectivo, cuyo logro no es asunto del azar o la naturaleza sino que entraña acciones, proyectos y condiciones que la hacen posible. Como es imposible recordarlo todo, al estilo de Funes el memorioso, el personaje de Borges, cuando hablamos de memoria inherentemente pensamos en una selección, acción que sostiene esa inseparable relación entre lo que se recuerda y lo que se olvida. “Como la memoria es una selección, ha sido preciso escoger entre todas las informaciones recibidas, en nombre de ciertos criterios, hayan sido o no conscientes, servirán también, con toda probabilidad, para orientar la utilización que haremos del pasado.”47

El ejercicio de la memoria no se puede dar fuera del espacio y del tiempo. En este sentido, el espacio se convierte en una condición ineludible para ese tipo de aproximación al pasado, puesto que cualquier recuerdo/olvido alude a un lugar en el que se dio el hecho o en otros casos, la relación geográfica de acontecimientos permite la reconstrucción del recuerdo. Como acercamiento a lo sido, la memoria implica también una relación con el tiempo que ya fue, a partir de la triple consideración del tiempo vivido por el sujeto (privado), el pasado histórico compartido (el tiempo público) que involucra diferentes colectividades según la multiplicidad de adscripciones identitarias del sujeto. Para la organización de la experiencia, las sociedades han creado el calendario, herramienta que sirve para atribuirle valor al tiempo pasado o futuro haciendo posible la conmemoración. Además de estas condiciones de la memoria, es pertinente anotar la necesidad del ser humano por crear registros y lugares de memoria, con el fin de preservar lo considerado importante para la cohesión de los grupos debido a la limitada capacidad del cerebro para almacenar información.48

Sí la memoria es una forma de acercarse al pasado que implica la dialéctica entre actos de recuerdo y olvido a través de operaciones de selección, ¿qué relación puede tener con esa otra forma de llegar al pasado que es la historia? Algunos autores como Pierre Nora han sostenido que entre las dos no puede existir sino una relación de exclusión, toda vez que la memoria es caracterizada como una forma de llegar al pasado que está determinada por la emoción, el sentimiento y la afectividad que sólo busca instalar el pasado en el presente sin consideraciones explicativas sobre lo que sucedió. Por el contrario, la historia sería aquella ciencia que elabora visiones ponderadas y racionales de lo acaecido guardando pretensiones de verdad respecto a ese terreno que es el pasado.49 Vista así, nuestro campo de interés perdería todo sentido, puesto que no se podría pensar en una memoria generada o resultado de una visión de la historia, ya que la historia es el reemplazo o sustituto del acercamiento que supone la memoria.

Por su parte, Maurice Halbwachs, autor francés considerado uno de los más importantes referentes sobre el tema de la memoria colectiva, consideraba que si bien no se podía hablar de una relación estrecha entre memoria e historia, era posible matizar la exclusión anotada. Este enfoque parte de una revaloración de la memoria, trascendiendo de la visión abstracta y vacía para llegar a la consideración de dos tipos de memoria: Por un lado, estaría la memoria experimentada y vivenciada por el sujeto o el grupo, una “memoria interna” y por el otro, encontraríamos una “memoria externa”, consistente en los recuerdos y olvidos compartidos cuyo origen habría que buscarlo en el aprendizaje social. A su vez, esta memoria externa también llamada memoria histórica, era escindida en dos tipos: una historia contemporánea más cercana al sujeto en la que se podían ubicar los recuerdos vividos en “atmósferas" que fortalecerían la memoria interna, y una historia remota que por su distancia con la experiencia subjetiva no representaba mucho en la construcción de la memoria.

La crítica fundamental a la memoria histórica radica en su consideración como un marco social muy lejano para la configuración de la memoria colectiva y por ende la memoria individual, en tanto se basa en nociones históricas impersonales y frías que se expresan en esquemas carentes de contenido y significado. Es un conocimiento desde el afuera de la experiencia del recuerdo. En su lugar, reconoce que la historia concebida como la reconstrucción de atmósferas puede contribuir a la elaboración de la memoria, siempre y cuando tales ambientes hagan parte del recuerdo evocado, constituyendo un marco social de la memoria efectivo que junto con otras corrientes de pensamiento contribuyen a la generación de la misma.50 Aunque este autor nos ofrece una visión más compleja de la relación entre memoria e historia, creemos que tal distinción parte de una concepción aséptica de la historia otorgándole un estatus plenamente científico y objetivo a las representaciones que produce del pasado.

Nuestra postura ante esta conflictiva relación consiste en que no desconocemos las particularidades de cada una de estas formas de recrear el pasado, y sin pretender abandonar el ideal de objetividad de la ciencia histórica reconocemos que esta también es una creación humana y por tanto portadora de los factores “subjetivos” que se le endilgan a la memoria. Por ello decimos con Candau: “Sin embargo, en muchos aspectos la historia toma ciertos rasgos de la memoria. Como Mnemosina, Clío puede ser arbitraria, selectiva, plural, olvidadiza, falible, caprichosa, interpretativa de los hechos que se esfuerza por sacar a luz y comprender. Como ella, puede recomponer el pasado a partir de “pedazos elegidos”, volverse una apuesta, ser objeto de luchas y servir a estrategias de determinados partidarios. Finalmente, la historia puede convertirse en un “objeto de memoria” como la memoria puede convertirse en un objeto histórico.”51

En este sentido, comprendemos en primer lugar que la construcción del relato histórico no carece de los elementos “subjetivos” atribuidos a la memoria, de allí que se pueda plantear que los historiadores son unos sujetos activos en la elaboración de la memoria colectiva, más allá de la efectividad que tenga estos en la memoria individual. Aquí surge un asunto importante planteado por Cristóbal Gnecco, quien al tratar esta relación sugiere que la historia ya no opone a la memoria sino que ejerce una “domesticación” de esta mediante una normalización y estandarización del relato sobre el pasado. En otras palabras, la memoria puede ser una creación de la historia en tanto le suprime su carácter vital y dinámico y la somete a la fijación de unos recuerdos concretos sobre el pasado compartido. En palabras de Gnecco: “[la historia es] una práctica social que crea referentes temporales precisos sobre el pasado y no en el sentido disciplinario de occidente. La historia es una forma de producción social de saber que se construye a partir de, y estructura, la memoria social, ese dispositivo de referencialidad temporal que reside en prácticas colectivas y que permite que el pasado se perciba de una manera particular, inextricablemente ligada a la forma en que se perciben el presente y el futuro[…]”52

Siguiendo al mismo Gnecco, sería la historia la que fijaría la memoria despojándola de ese carácter etéreo para darle una fisonomía concreta: “[…] la significación de la memoria social es flotante, casi idiosincrásica. Su precisión semántica –la fijación de su significado en el marco de proyectos de construcción de sentido- ocurre a través de la historia, que de esta manera aparecer como su consecuencia. Pero, paradójicamente, la historia también es causa de la memoria social.53” Gnecco quien se basa en Hobsbawm, sugiere que la historia viene a ser lo que ha sido seleccionado, escrito, mostrado, popularizado e institucionalizado de la memoria social. Los historiadores dejarían de ser antagónicos en la creación de la memoria y pasarían a ser los principales encargados de crear, desmantelar y reestructurar las imágenes del pasado, ligando los planos temporales con el fin de otorgar la continuidad necesaria para todo colectivo humano. “La continuidad (imaginada) con el pasado es esencial en la movilización política que la historia hace de la memoria social. Además, el pasado legitima el orden social contemporáneo y la movilización histórica de la memoria social legitima la acción y aglutina los colectivos sociales.”54

La relación incluyente –más no armónica- entre la memoria y la historia sugirió otra arista del problema, y es el relacionado con los tipos de memoria de los que se puede hablar y con ello, de los diferentes criterios que existen para pasar de la memoria a las memorias. Con base en algunas lecturas pudimos identificar ciertos criterios que nos permiten definir mejor el tipo de memoria al que nos referimos en este trabajo. En primer lugar, es posible clasificar la memoria de acuerdo al sujeto de la misma. Así, se habla –quizás falsamente- de una oposición entre memoria individual y colectiva, ante lo cual nos acercamos más a los planteamientos de Halbwachs sobre el carácter social de toda memoria que se vive subjetivamente. Esta posición aboga por una comprensión del recuerdo y el olvido como el resultado de la convergencia de fuerzas sociales tales como el lenguaje, la pertenencia a diferentes grupos sociales y la historia. En este caso, el sociólogo francés zanja este aparente debate recociendo el vínculo íntimo entre lo “individual” y lo “colectivo”.55

Por otro lado, Paloma Aguilar anotaba que la memoria colectiva constaría del recuerdo que tiene una comunidad de su propia historia, de la cual obtendrían lecciones y aprendizajes con base en las necesidades del presente. Esta postura nos llama la atención en cuanto pone el acento en el uso práctico que se le da al conocimiento histórico, al tiempo que reconoce tácitamente el carácter construido de ese recuerdo compartido. Al respecto, Gonzalo Sánchez alude que el hecho de catalogar a una memoria como social o colectiva nos obliga a pensar en los innumerables mecanismos empleados para su creación, destacando también que tal creación depende de los proyectos de identidad colectiva que se quieran establecer, conllevando incluso la destrucción de lugares y referentes de memoria para unos grupos en pos de la imposición de otros.56

El segundo criterio para la definición de los tipos de memoria obedece a algo que ya hemos comentado, y es la vivencia o no de las experiencias a recordar. En tal sentido, Joël Candau sugiere que la familia se constituye en uno de los espacios más importantes para la creación de memoria, aunque diferencia la memoria genealógica de la propiamente familiar. La primera se relaciona con la búsqueda de ancestros importantes en un pasado remoto expresándose a través de las genealogías, mientras que la segunda tendría un carácter más doméstico restringiéndose la mirada al pasado a unas pocas generaciones.57 A la memoria vivenciada que responde a las experiencias ocurridas principalmente en los grupos a los que se pertenece, se le opondría una memoria aprendida a través de narraciones elaboradas por especialistas sobre un pasado más amplio como el de la localidad, la región y la nación. Estos tipos de memoria dan cabida a un nuevo elemento de clasificación como es el de la generación, interpretado como la pertenencia a un grupo con característica comunes, como por ejemplo la de compartir una “época” o también se puede entender como la conciencia de ser el heredero de ciertas tradiciones y antecesores.

La relación con el poder es el tercer criterio para clasificar las memorias. Según Gonzalo Sánchez, la construcción de las memorias tiene una profunda ligazón con los actos de poder, más aún, la definición de los recuerdos y los olvidos y la forma de presentación son un terreno de disputa para los distintos grupos interesados en dirigir la sociedad de acuerdo a sus proyectos. Esta vinculación con el poder se manifiesta en la colisión de diferentes concepciones del pasado y con ello, los distintos proyectos de identidad que se apoyan en la memoria. Los enfrentamientos entre memorias también se llegan a dar por los medios con que se cuenta para implementar tal o cual proyecto.58 Dependiendo de los grupos sociales y las circunstancias concretas, las memorias pueden tener orientaciones épicas, cotidianas, monumentales o de duelo, aunque tales tendencias no corresponden necesariamente a sectores sociales. Por ejemplo, no siempre la memoria de los grupos poderosos tendrá que ser épica o monumental o la de los subalternos de duelo o cotidiana.

Así pues, se puede hablar de memorias dominantes, las cuales se hallan ligadas al poder establecido, muestra de ello es la disposición que tienen de los medios de comunicación y de socialización. Su despliegue no sólo se da para definir aquello que se recuerda sino también pueden propiciar olvidos forzosos mediante el silenciamiento o minimización de ciertos acontecimientos. Cuando la memoria es sancionada por el Estado, como es el caso de las políticas para la enseñanza de la historia nacional o la realización de conmemoraciones, podemos hablar de una memoria oficial que puede tomar la forma de una historia hegemónica, mediante la que se niegan otras formas de interpretar el pasado y presentándose como la única vía para conocer sobre lo sido de un colectivo. Como colofón, esta memoria oficial se muestra como objetiva y totalmente científica.

Sin embargo, el Estado y los grupos detentadores del poder no pueden evitar que otros grupos sociales construyan visiones sobre el pasado que se distancian de la versión oficial. Este tipo de memorias se pueden llamar disidentes u oposicionales y son, en buena parte, el resultado de la lucha contra el olvido forzado y la reivindicación de un futuro alternativo. Debido a la asimetría en los medios, las memorias disidentes requieren un alto grado de movilización política, cuyos protagonistas son las comunidades subordinadas que en ocasiones se acompañan de especialistas que hacen las veces de historiadores, difusores del nuevo relato y activistas. Tanto las memorias dominantes como las disidentes acuden al establecimiento de continuidades imaginadas, la creación de figuras heroicas y a procesos de transmisión a partir de procesos de educación.59 Finalmente, se puede hablar de dos tipos de memorias de acuerdo al uso o abuso al que se sometan. Siguiendo a Todorov, existiría una memoria literal consistente en la preservación de los recuerdos en “tal y como sucedieron”, pretensión que obliga a quien recuerda a sujetar el presente al pasado propiciando un anclaje a situaciones dolorosas. Por otra parte, estaría la memoria ejemplar, que sin negar la singularidad del suceso recordado, la evocación se sirve de él para controlarlo y proyectar el futuro sin estar sujeto a traumas en el presente.60 En el primer caso asistiríamos a un abuso de la memoria, en cuanto se pretende subsumir el presente a las experiencias pasadas buscando en ellas la clave de la actualidad, eliminando la posibilidad de acción.

Estos tipos de memoria que se pueden elaborar no son excluyentes entre sí, por el contrario, las más de las veces se hallan inextricablemente relacionados. De esta manera, se podría hablar de un proyecto de memoria colectiva con pretensiones de convertirse en dominante e incluso oficial, con base en la cual se cometan abusos a partir de la idea de ceñirse al pasado en aras de mantener tradiciones inveteradas. Teniendo en cuenta lo que hemos planteado para la nación consideramos que es posible hablar de una memoria nacional partiendo de varios criterios que expondremos brevemente. En primer lugar, es preciso recordar que la nación constituye el tipo de orden social y político por excelencia de la sociedad moderna. Al respecto, Norbert Lechner plantea que la construcción y reproducción de cualquier orden social –y sobre todo el nacional- implica la producción de marcos espaciales y temporales para soportar el proyecto de futuro que se anuncia. Ese proceso implica reconstruir respuestas a las preguntas ¿De dónde venimos? y ¿Hacia dónde vamos? A través de la creación de políticas de la memoria, puesto que se requiere elaborar una visión de un pasado compartido y un futuro por compartir por un “nosotros” diferenciado de otros grupos.61

Según Jesús Martín-Barbero, la narración sobre la nación se construyó a partir de la sustitución de la sociedad por el Estado, en donde lo más importante era reconocer cuál había sido el recorrido histórico de la organización política aparente guardiana de la nación.62 Además de esta centralidad del Estado, el pasado compartido se estructura a partir de alusiones a las formas de ser arquetípicas de la nación. En palabras de Lechner: “Se trata de buscar y seleccionar entre los múltiples datos y experiencias del pasado los rasgos característicos que permitan construir un nosotros. La identidad nacional es inventada a partir de valores afectivos como la manera de hablar y de comer, los hábitos y estilos de convivencia, pero incorporando asimismo las fiestas y costumbres populares, los paisajes y los gustos estéticos. Todo sirve en la búsqueda de “sí mismo”, pero particularmente la cultura y la historia son los materiales básicos con los cuales se elabora una memoria nacional.”63

La construcción de la memoria nacional se basa principalmente en la sacralización de la historia y del arte. En cuanto a la primera, esta no se da sólo a partir de la exposición de ciertos datos históricos, sino de la confección de un relato en el que no existen alternativas ni discontinuidades, retocando las pugnas y tensiones entre los diferentes sectores sociales lo que implica la redefinición de los adversarios y aliados. En definitiva se trata de una visión fluida del acontecer nacional que anuncia la llegada de un fututo abierto e infinito. De acuerdo con Lechner, la memoria nacional se crearía a partir de la combinación de por los menos tres mecanismos. El primero es la repetición de información histórica que se representarían en las fiestas nacionales fijadas en el calendario nacional de conmemoraciones. El segundo mecanismo es la sobreproyección que alude a la coincidencia no fortuita de eventos del presente con acontecimientos del pasado, procurando envolver el presente en el aura mítica del pasado. Por último estaría la vinculación de fechas y lugares pertenecientes a diferentes momentos históricos, pretendiendo crear continuidades imaginadas ya sea con acontecimientos o con personajes “memorables”.

En el caso del arte se dan procesos de “canonización” de lo que debe considerarse como obras clásicas y representativas del espíritu nacional, despojándolos de su contexto histórico particular para enaltecerlos como los hitos del ser nacional. La canonización se puede dar mediante la selección de aquellas obras y autores que entrarían a ser parte del panteón nacional, cuyo conocimiento sería casi de obligatorio cumplimiento. Esto se acompaña de la sustracción de las obras y artistas de su momento histórico para insertarlos en cualquier momento como la máxima expresión del espíritu colectivo. Con estos procedimientos de creación de la memoria nacional se logran dos tipos de diferenciaciones: La que alude a “lo propio” en oposición a lo ajeno o extranjero y lo culto versus lo popular. Tales oposiciones buscan crear la imagen de la homogeneidad al interior de la nación.64

Gonzalo Sánchez sostiene que la nación como una comunidad imaginada establece referentes históricos que inevitablemente se fundan en la exclusión de otros tipos de memorias, reafirmando el carácter hegemónico que la memoria nacional comporta: “Se trata, por consiguiente, de un discurso inherentemente hegemónico, que incluye y excluye, y que edifica sobre la base de la integración, la supresión o la jerarquización de las diferencias, ya sean éstas regionales, étnicas, políticas o culturales. El museo-nación [En nuestro caso podríamos decir la historia escolar] es una puesta en escena de una memoria que define quiénes son los grandes hombres; cuáles los grandes acontecimientos; qué es lo que se valora: el talento, la fortuna, el heroísmo; qué es lo que se privilegia: lo artístico, lo científico o lo político.”65 Paloma Aguilar, destaca cóm la memoria nacional se caracteriza por la necesidad de establecer continuidades entre el pasado y el presente, para lo cual es importantísimo el trabajo de selección que se hace desde el presente de aquello se debe recordar y más aún, lo que tendría que aprenderse de ese pasado:

Podríamos decir que la memoria histórica de una nación es aquella parte de la historia que, debido a la coyuntura del presente, tiene capacidad para influir sobre el mismo, [sic] tanto en sentido positivo (ejemplo a seguir), como en sentido negativo (contra-ejemplo, situación repulsiva que hay que evitar). En la mayor parte de los casos, dicho recuerdo se debe a la existencia de una cierta analogía, real o imaginada, entre la situación presente y el pasado vivido, en ocasiones, lo importante no es si las dos situaciones históricas son realmente parecidas, sino que sean percibidas como tal por los actores. Se establece una influencia mutua entre el pasado y el presente, porque es el presente el que “selecciona” el pasado relevante para cada momento y, a su vez, este pasado influye sobre el presente.66

La creación de una memoria nacional entonces supone dar forma a una mentalidad nacional, en la que se involucren los significados públicos a las representaciones personales no sólo en la creación del “nosotros” como nación sino llegando a la convergencia en torno a ciertos símbolos con implicaciones emocionales. Además de recorrer esos niveles de identificación y expresión, tendría como ejes unos “signos-pivote” de representación nacional, entendidos como formas de demarcación nacional, identificación y orgullo, al tiempo que formas básicas de exclusión. Entre ellos están la guerra, la etnia, el deporte, el lenguaje, el territorio, las fronteras. Estos elementos pueden estar inscritos en el relato sobre el pasado, ya sea en las conmemoraciones o en el sistema educativo a través de la enseñanza de una historia oficial. La historia escolar puede ser entendida como una forma pública de recuerdo colectivo con carácter institucionalizado.67

De manera general, los autores señalan que en la historia como asignatura escolar se juega la identidad personal y grupal en relación a la nación, incluyendo elementos para orientar la acción colectiva desde los relatos que incluyen discursos imperativos y subjuntivos sobre la identidad nacional. En el mismo sentido afirman que la historia escolar tiene una función instrumental (ligada a finalidades identitarias e ideológicas) aunado al carácter propio como práctica del recuerdo que no comporta una pretensión de verdad científica. “El grado de veracidad de los relatos ofrecidos por las asignaturas de historia se ve fuertemente afectado por la necesidad de abreviación de sus contenidos, además de por los objetivos de sus programas, por no citar posibles fuentes de sesgos que al lector le resultarán obvias.”68. Al ser narraciones del pasado, se componen básicamente de dos elementos, el contenido (los eventos que relata) y la trama, la cual interpreta ella misma lo relatado de diferentes formas, transmitiendo una manera de entender el pasado y con ello el cambio histórico. Contenido y trama, son los componentes inseparables que comportan efectos de tipo moral ligados a una ideología, en la medida en que desde el relato del pasado pueden señalar tanto objetivos a alcanzar como acciones a evitar, expresado en los mismos hechos narrados como en su forma.

Para cerrar, podemos decir que en este trabajo consideramos que a través de la asignatura de Ciencias Sociales se pretendió crear una memoria nacional por parte del Estado colombiano a finales de la década del ochenta e inicios de los años noventa. Tal proyecto de construcción de la memoria nacional se dio a partir de la selección de ciertos contenidos, entendidos como los recuerdos que debían tener las nuevas generaciones sobre el pasado de la nación en el siglo XIX. Puesto que la iniciativa partió del Ministerio de Educación Nacional, como instancia encargada de definir lo que se debía enseñar, podemos pensar en la elaboración de una memoria dominante y oficial, portadora de ciertos valores acordes al momento histórico que se vivía en el país en el periodo mencionado. Los manuales escolares serían el lugar de memoria en el que se consignó el relato oficial a difundir en el sistema educativo, propiciando a través de la repetición y la sobreproyección la configuración de la memoria en los jóvenes escolares. Esta situación nos lleva a pensar en una memoria aprendida, tanto por el pasado distante como al escenario educativo en que se pretendía desplegar.
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