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El asunto del diluvio


Todo esto nos conduce a un segundo dilema (el primero era el del pecado original). Los libros sagrados proclaman que nuestro Dios amado envió el diluvio para castigar los males de la humanidad. Es evidente que este diluvio tuvo lugar; han salido a la luz datos científicos que lo corroboran16. Por otra parte, un equipo internacional de científicos cree haber localizado los restos del arca de Noé cerca de la cumbre del monte Al Judi, la misma montaña de la región de Ararat donde quedó encallada el arca de Noé según el Corán. El jefe de la expedición, el geofísico David Fasold, explicó a los periodistas que habían utilizado el radar de superficie para obtener excelentes imágenes. Estas imágenes eran tan claras que podía contarse incluso el número de tablas de los costados del casco. Y el profesor Salih Bayraktutan, director del Instituto Geológico de la Universidad Ataturk de Ankara, dijo a los periodistas del Observen «Ésta es una estructura construida por manos humanas y que sólo puede ser el arca de Noé»17.

16 Tollmann, A. y E.: Und die Sintflut gab es doch, Munich, 1993.

17 Bayraktutan, S., citado en Die Welt, 17 enero 1994.
¿Ordenó verdaderamente nuestro Dios de amor la construcción del arca? Fuera quien fuese quien lo ordenase, esta figura misteriosa sabía lo que se hacía, pues quiería salvar de la devastación al menos a varias personas. De modo que entregó a una persona, o a varias, según las diversas tradiciones, las instrucciones para construir un barco. Realizó, incluso, planos y dibujos con sus propias manos y/o dictó las dimensiones exactas. Facilitó unas perlas o piedras misteriosas y brillantes, e incluso brújulas. Después comenzó la Gran Devastación.

¿Por qué algo tan complicado? Si Dios (y vuelvo a referirme al Dios de todas las religiones) quisiera quitarse de encima unos ángeles descarriados, o a unos gigantes, o a unos seres humanos malvados, sin duda podría conseguirlo con sólo guiñar un ojo, por así decirlo. O como afirma el Corán, el libro sagrado de los musulmanes: «Cuando él quiere algo, le basta con decir: "sea", y es.» (Sura 2, versículo 118.) No hace falta un barco, ni planos, ni medidas, ni pez ni ninguna luz misteriosa. Todo ese asunto de la construcción del barco demuestra que alguien quería que las cosas se hicieran así, o bien que no podía hacerlas de otra manera. ¿Por qué tecnología en lugar de.un milagro? El verdadero Dios debería saber que su participación en los detalles de la construcción de un barco sólo serviría para que miles de años más tarde surgieran dudas acerca de su omnipotencia. Como era omnisciente, sabría también que algún día existirían innumerables relaciones y versiones de lo que fue el diluvio. ¿Por qué, pues, construir un barco en vez de recurrir a una solución claramente divina? Se sabe que los milagros no se pueden someter a los cálculos de la razón crítica. ¿Qué clase de Dios es, pues, el que provocó el diluvio pero colaboró proporcionando los planos y las medidas del arca?

Pero si no fue él quien provocó el diluvio, si, dicho de otro modo, no tuvo nada que ver con la muerte de casi toda la humanidad ahogada bajo las aguas, si el diluvio fue una catástrofe natural, entonces este Dios no era el que conocemos por la religión. En este caso, la humanidad habría atribuido a un Dios el envío de un castigo del que él no era responsable, en realidad. En cuyo caso, la creencia se mueve por un terreno resbaloso. El que suscriba la teoría de la catástrofe nacional debe explicar, no obstante, por qué los relatos acerca del diluvio sirven de tema a leyendas, creencias folclóricas y libros sagrados de muchos países.

Y una cosa más: el diluvio como fenómeno natural o como catástrofe cósmica (provocada, quizás, por la colisión con un cometa o con un meteorito) no cambia el hecho de que el «altísimo» tenía un conocimiento previo de lo que iba a suceder. De otro modo, no podría haber puesto sobre aviso a sus protegidos, no podría haber dirigido la construcción del arca ni haber dictado instrucciones para que la hicieran estanca.

De momento, sólo queda clara una cosa: este dios de la tradición no puede ser el Dios verdadero al que adoran todos los creyentes de todas las religiones. ¿Por tanto, quién es en realidad?

Supongo que es bien sabido que yo creo que los extraterrestres visitaron nuestra Tierra hace miles de años. He escrito veinte libros y he dirigido una serie de televisión de veinticinco capítulos sobre el tema18. También he comentado a fondo los motivos de esta visita y sus detalles técnicos. No pretendo volver a recorrer estos temas ahora ni volver a comentar las pruebas arqueológicas incontables que apoyan mi teoría y que se han encontrado por todo el planeta.

Lo que me interesa en este libro es una filosofía «paleobiet» (del griego paleo, «antiguo», y de biet, búsqueda de inteligencia extraterrestre), con una teoría y un edificio de ideas que ilumine el sentido o la falta de sentido de las opiniones y creencias religiosas y que abra una nueva forma de pensar en estas cuestiones. Lo que pretendo no es, ciertamente, fundar una nueva religión ni, como afirman maliciosamente mis críticos, «un sucedáneo de la religión». La religión exige fe, y la fe no tiene lugar en mis investigaciones. Las religiones ofrecen promesas, incluso más allá de la muerte, y yo no prometo cosa alguna. Las religiones construyen iglesias y templos en los que veneran a sus dioses y a sus personajes sagrados, apóstoles, santos y profetas. En la filosofía paleobiet no hay templos ni culto. Las religiones exigen también, en último extremo, el mantenimiento de ciertas normas éticas, y no hay rastro de ello en mis seguidores ni en mí mismo. Y, por último, las religiones exigen el pago de algún tributo económico anual. ¿Te sientes explotado económicamente, querido lector, por haber comprado este libro o por haberlo tomado prestado?

16 Dániken, E. von: Aufden Spuren der All-máchtigen, emitido entre enero y diciembre de 1993 en la cadena SAT-1. También los libros Auf den Spuren der All-máchtigen y Raumfahrt im Altertum, Munich, 1993.
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