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Otro punto de vista


Cuando la nave espacial materna gigante de los extraterrestres llegó a nuestro sistema solar, los extraterrestres que iban a bordo ya habían oído hablar desde hacía mucho tiempo del tercer planeta. Sólo en este planeta azul se cumplían todas las condiciones para la vida. Los extraños descubrieron gran abundancia de formas de vida, entre las cuales se contaban nuestros antepasados primitivos. Aunque eran mudos y torpes, eran por entonces la forma más elevada de vida en la Tierra. Los alienígenas tomaron, por lo tanto, a una de las criaturas y la alteraron genéticamente: una idea que ya no es tan inconcebible en nuestros tiempos.

En algún momento dado, un grupo de extraterrestres descubrió que su experimento con el primer Homo sapiens había tenido éxito y que podían dejar la Tierra en manos de este ser humano nativo. Sin duda, era más inteligente que todas las demás criaturas que andaban a cuatro patas o que volaban; tenía también las herramientas ideales para emprender lo que quisiera: sus manos. Para que este ser se multiplicase hacía falta una hembra: Eva, o comoquiera que se llamase nuestra madre primigenia.

Los primeros seres humanos inteligentes no tenían habla: ¿cómo iban a tenerla? Sus antepasados directos eran monos, gruñían y aullaban. De modo que los extraterrestres decidieron someterlos a un programa de formación. La pareja de Homo sapiens fue introducida en un jardín protegido (Biosfera 1) y se les enseñó el habla, tal como nos informa el Génesis (11, 1): «Y toda la Tierra tenía una sola lengua y una sola habla.» ¡Adán pudo dar nombre a todas las cosas por fin! El programa incluiría también una educación moral y enseñanzas prácticas para el desarrollo de la agricultura y de los oficios.

Otro grupo de extraterrestres experimentó con los animales de la Tierra. ¿Por qué harían tal cosa? La tripulación de una nave espacial gigantesca, de un habitat espacial, conocería sin duda otros sistemas solares y planetas además de la Tierra. Como mínimo, estarían familiarizados con su propio sistema solar. Muchos de estos otros planetas serían mayores o menores que el nuestro; estarían más próximos o más alejados de sus respectivos soles; serían, por lo tanto, más fríos, más secos o más húmedos y estarían sometidos a una gravedad más fuerte o más débil.

Sabemos que existen en la Tierra decenas de miles de formas de vida que se han adaptado a los climas y a las condiciones más inhóspitas. El oso polar duerme sobre el hielo, cosa que yo no recomendaría a un león; el canguro da saltos gigantescos, mientras la tortuga se arrastra; ciertas especies de serpientes se han adaptado a los climas tropicales y se hielan con el frío. Seguramente les parecería interesante experimentar con los materiales genéticos disponibles en la Tierra, para descubrir qué animales están mejor adaptados a ciertas condiciones medioambientales y cuáles son más resistentes y sobreviven mejor. ¿Es una idea absurda?

Nosotros mismos lo hemos hecho y lo hacemos así. No por medios genéticos (hasta hace muy poco), sino por la reproducción selectiva. Hemos creado vacas suizas y alemanas que pastan tranquilamente en el clima tropical de Kenia; hemos combinado diversas razas de ganado vacuno para producir vacas más fuertes y más productoras de leche; hemos cruzado cabras con ovejas; hemos cruzado variedades de cereales para adaptarlas mejor a un nuevo entorno; y ahora hemos empezado a producir vegetales por medio de la ingeniería genética. No podemos saber en absoluto qué acabarán inventando los científicos: ¿quién puede decir que no producirán un día, por ingeniería genética, a una persona capaz de vivir 240 años?

Así es como aparecieron los monstruos y los seres híbridos que no habían existido antes en la Tierra. Los seres humanos hablaban de ellos con pasión: aquellas criaturas «divinas» los asombraban y los asustaban. Y cuando estas criaturas de película de terror se extinguieron o murieron en el diluvio, quedaron en el recuerdo de las tradiciones populares. Alcanzaron la categoría de mitos y leyendas, de símbolos de un tiempo remoto en que los dioses habían creado seres de todo tipo.

Pero yo no quiero infravalorar las posibilidades de la imaginación humana. El poeta griego Homero (h. 800 a. C.) describió en las aventuras de Odiseo a las sirenas, cuyo canto era tan seductor que hacían perder la voluntad y la memoria a los marinos. Aunque Homero no describe con detalle a estas sirenas, la imaginación de otros autores posteriores las representó como mujeres aladas con patas de ave. Otro griego, Hesíodo (h. 700 a. C.) imaginó a la monstruosa Medusa, de cuya cabeza salían serpientes que se retorcían y se agitaban y cuyo aspecto era tan terrorífico que convertía a las personas en piedra. Naturalmente, Hesíodo no vio nunca a una Medusa. También conocemos las leyendas del caballo volador Pegaso y del ave fénix que resurge de sus cenizas. Todo esto y mucho más es fruto de la imaginación humana, de la que dependen todos los cuentos populares. Pero la imaginación no surge de la nada: necesita puntos de referencia para arrancar. Aunque nuestra razón lógica se siga resistiendo a la idea de un parque zoológico lleno de monstruos que habría existido hace mucho, mucho tiempo, esta resistencia no cambia dos hechos inevitables:

• Los antiguos escritores e historiadores describieron a estas criaturas y afirmaron, además, que habían sido creadas por los dioses.

• Los escultures y estuquistas de hace millares de años preservaron para la eternidad a estos seres híbridos.
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