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El Ritual de la Copa de la Luna

Situación en el Árbol = Yesod.

Ideas básicas = Magia, sueños y fuerza interior.

El ritual está planteado dando por hecho que se hallan al aire libre. Si eso no fuera posible, utilicen las sugerencias dadas anteriormente para celebrar un rito bajo techo.

La Hija de la Luna empieza a preparar el lugar sagrado, que debe estar situado de forma que entre en él tanta luz de la luna como sea posible. Primero dibuje un gran círculo con la espada o la hoz, haciéndolo lo su­ficientemente grande como para poder moverse durante el ritual. Extien­da dentro del círculo la sábana de forma que cubra la zona central. Este ritual no necesita más punto de referencia que la dirección por donde sale la luna, y que servirá para preparar el altar dentro del círculo. Debe cu­brir la zona en que situará el altar con un pequeño trozo de tela blanca y colocar encima el cáliz, junto con la botella de vino abierta, las tres cestas de fruta y pasteles, de arroz o granos de trigo y hierbas, especias y ho­jas aromáticas, la sal, el agua y los aceites.

Enfrente se pone el caldero, preparado con un fondo de arena cubierto con carbón de leña, junto con el incienso y las cerillas. Las dos lámparas pueden colocarse dentro del círculo o, si lo prefiere, colgarse de los árbo­les. La sábana estará doblada y dejada a un lado. Cuando todo está en su sitio, puede empezar la consagración. Se enciende el incienso y la sacer­dotisa coge la sal y el agua, y siguiendo el círculo echa unas gotas de la mezcla consagrada para purificar toda la zona.

Sacerdotisa: Con las lágrimas de mi madre la Luna y el sudor de mi hermana la tierra, libero a este lugar de cualquier impureza y lo consa­gro para el rito.

Vuelve al punto de partida, recoge el cesto de arroz o granos de trigo y da otra vuelta al círculo.

Con este regalo de mi hermana la tierra, alimento a los hermanos más jóvenes y les pido que compartan con nosotros las alegrías del tra­bajo de esta noche.

Deja el cesto en su lugar, se dirige hacia el caldero, lo recoge y vuelve a llenarlo de incienso. Luego lo pasea alrededor del círculo hasta regresar al punto de partida y lo vuelve a dejar en su sitio.

Con el fuego del corazón interno de la tierra vigilo este lugar de rito sagrado, con el fuego de mi propio corazón interno esparzo en él los símbolos de protección; quemando hierbas invoco a los espíritus del árbol y del arbusto, de la flor y de la yema, para que presten su poder al trabajo de esta noche; con el olor del incienso invoco a los espíritus del aire para que creen sobre nosotros una morada de sueños.

Toma el cesto con las hierbas y especias y las esparce en el centro del círculo.

Luna, madre mía, tierra, hermana mía, estad conmigo esta noche en cuerpo, en corazón, en mente, en espíritu. Guiad al Cazador del Bos­que hasta esta morada sagrada a fin de que podamos unirnos como vos habéis ordenado para alegría del hombre y de la mujer desde el princi­pio de los tiempos. En esa unión, dejad que todo lo que está por encima de nosotros sea bendecido igual que nosotros seremos bendecidos. Convertidme, oh Madre Luna, en vuestra propia naturaleza dulce, para que cuando él os rinda culto también me rinda culto a mí como mujer, símbolo de todas mis hermanas. Permitid que todas las cosas, las visi­bles y las invisibles, se alegren cuando se llene la Copa de la Luna.

De pie frente al caldero, levanta los brazos hacia la luna y se inclina tres veces. Continúa en voz alta:

En nombre de la Luna, mi madre, os llamo, Cazador del Bosque, os llamo a la luz sagrada de la Luna, os llamo a través del roble y del espi­no y a través del serbal sagrado, a través de la baya roja y de la flor blanca, os llamo a través de la amable coneja y del ciervo de doce as­tas, a través de la paloma blanca y del halcón gris. Os llamo a través del salmón saltarín y de la trucha plateada, a través del labio rosa y del ojo brillante, a través del pecho suave y del sombreado muslo. Desde la alta colina y el oscuro bosque, desde el prado y el campo, desde mi casa y mi corazón, os invito al círculo sagrado para que os unáis a la Hija de la Luna. Contestad, contestad, contestad.

El Cazador deja pasar un par de minutos antes de entrar, y entonces, o bien toca el cuerno o emite su llamada de Ah-ji-ii en tres notas ascen­dentes, que resuenan en todo el bosque.

Luego se desplaza un cuarto de círculo, espera un minuto y repite la llamada. Repite lo mismo hasta ha­ber completado un círculo entero. Espera otro minuto y entonces avanza hasta ser visto, pero manteniéndose fuera del círculo.

Cazador: Os saludo, Hija de la Luna, vuestra invitación me ha llega­do mientras cabalgaba por el camino de la noche, y he dejado la Caza Salvaje para atenderos. ¿Cuál es el motivo de la llamada?

Sacerdotisa: Os he llamado hasta el límite del círculo con las for­mas antiguas para que el mayor de todos los ritos pueda celebrarse. La Copa de la Luna debe llenarse y necesito de vuestra fuerza y virilidad. ¿Es vuestro deseo seguir la antigua ley?

Cazador: Mi fuerza es necesaria para la Caza. ¿Si os la doy a vos, quién guiará el camino de la noche? ¿Quién protegerá a las pequeñas cosas salvajes y los espíritus perdidos que piden consuelo?

Sacerdotisa: La Madre Luna guiará al Cazador y hará guardia en vuestro lugar. Venid a mí, Cazador de la Noche, venid y rendidme ho­menaje como lo han hecho los hombres desde que la Luna salió por primera vez a los cielos cuando la tierra era joven. Yo represento a to­das las mujeres, al uniros conmigo os uniréis a todas ellas y volveréis a nacer en la muerte del amor.

Cazador: El círculo se cierra ante mí, ¿cómo puedo entrar y recla­mar a la Hija de la Luna? ¿Qué llave abre la puerta?

Sacerdotisa: Pagando una moneda de plata a la tierra, mi hermana, símbolo que levantará las barreras; cortando el círculo con el cuchi­llo, símbolo para los espíritus cuyo poder respetáis; ofreciéndome un regalo, símbolo para tratar de alcanzar la sonrisa de la Hija de la Luna.

El Cazador hunde una moneda de plata en la tierra debajo del calde­ro, luego con el athame corta el círculo y lo atraviesa, sacando inmedia­tamente el cuchillo del corte. Entonces se queda de pie delante de la sacerdotisa, la saluda y le entrega el pequeño regalo. Ella lo deja junto al cáliz y vuelve al lado del Cazador.

Sacerdotisa: No se me gana tan fácilmente. Primero contestadme a esto: Soy tan joven como la oveja recién nacida y tan vieja como el últi­mo soplo de aire de un hombre, mi cabeza y mis pies están fríos pero mi corazón tiene fuego, mi matriz no está nunca vacía pero ningún hombre puede abrazarme: ¿cómo me llamo?

Cazador: Vuestro nombre es Gea, la Tierra. ¡Os he ganado, sacer­dotisa!

Sacerdotisa: Toco la tierra pero nunca la piso, ando sobre el mar y sin embargo mis pies nunca se mojan, tengo doce nombres pero no tengo ni madre ni padre: ¿quién soy?

Cazador: Sois la Luna. Me estoy acercando a mi premio.

Sacerdotisa: Nacimos en el mismo parto, mas no nos podemos to­car nunca, nos parecemos pero debemos permanecer como contra­rios, no podemos separarnos, no podemos hablar nunca y debemos se­guir juntos: ¿cuál es mi naturaleza?

Cazador: Sois vuestro propio reflejo. Ahora os reclamo a vos que me habéis llamado y que sois mi vida y mi muerte.

Sacerdotisa: Cazador, habéis pasado mi prueba. El camino está abierto para vos. Acercaos e invocad conmigo a la Gran Madre lunar porque sin su consentimiento ninguna unión de hombre y mujer es vá­lida.

Unen sus manos, se vuelven hacia la luna y hacen tres reverencias. La sacerdotisa coge el cáliz y lo levanta hacia la luna.

Sacerdotisa: Madre y Diosa, dadora de luz en medio de la oscuri­dad, llenad este cáliz con vuestro resplandor y poder, llenadlo con el éxtasis que llega cuando dos que están separados y son diferentes se convierten en uno y el mismo. Soy el cáliz de la feminidad, llenadme también de estas cosas. Descended hasta mí, Gran Madre, y dejad que el don del amor sea nuestro regalo para vos. Podéis hacer que sea una noche llena de Luna.

Se da la vuelta hacia el Cazador con el cáliz en la mano. Él coge el athame y lo levanta, entonces lo bajan lentamente hasta que entra en el cáliz.

Cazador: He respondido a las invitaciones de la Hija de la Luna. Sólo a través de sus ojos puedo ver las cosas ocultas del espíritu. Mostradme el camino hacia la Tierra de los que Siempre Serán. Guiadme entre las colinas de marfil que se elevan, coronadas de estrellas, para darme la bienvenida. Abridme la puerta sagrada que yace escondida detrás del Bosque de los Sueños.

Sacerdotisa: La llave está en el cáliz de la Luna y el vino que conten­drá. Juntos la Hija de la Luna y el Señor del Bosque prepararán la tie­rra para esta Luna que llega. Venid, mi señor y amor, y os untaré con aceite.

La sacerdotisa le abre la capa y, si es necesario, cualquier otra prenda de vestir que lleve el Cazador. Con el aceite le unta la frente, la gargan­ta, el esternón, el ombligo, el glande, las rodillas y los empeines, utili­zando el símbolo de la luna creciente y besando cada punto antes de po­ner el aceite.

Sacerdotisa: Luna a Cazador, de esta forma os paso mis poderes en el mundo oculto.

El Cazador abre la capa de la sacerdotisa y asimismo la túnica. Toma el aceite y le unta la frente, la garganta, los pechos, el vientre, la vulva, las rodillas y los empeines, dándole un beso en cada punto antes de poner el aceite como lo hizo ella.

Cazador: Cazador a Luna, de esta forma os paso mis poderes den­tro del bosque y de la Caza Salvaje. Debo recibir de vos una llave más, Hija de la Luna, antes de que el rito pueda ejercer su poder.

Se arrodilla ante ella, pone las manos sobre sus caderas y apoya la frente en su vientre.

Cazador: ¿Me concederéis el derecho de cortar el sagrado kestos?15

Sacerdotisa: Os concedo ese derecho sólo por esta noche.

El Cazador se quita el athame y corta la hiedra, liberándola por com­pleto. Él está de pie y levanta su athame.

Cazador: Os saludo, Madre Luna, la última llave ha sido entregada libremente y aceptada con humildad.

El Cazador trae la manta doblada, la extiende para la sacerdotisa y se quita la capa. Ella se tumba y el Cazador cubre con su capa a los dos. Es importante tomarse el tiempo necesario para que la pasión de la luna y del bosque lleguen a su punto culminante antes de que empiece la unión.

Sacerdotisa: Señor del Bosque, el sendero de la Luna está abierto ante vos y la puerta de la Tierra Escondida de los Sueños revela sus se­cretos, porque son míos y sólo yo puedo darlos o retenerlos.

Ella abre los muslos y extiende los brazos para abrazarle.

Cazador: Hija de la Luna, la victoria es vuestra y atravieso la puerta para entrar en la Cueva de las Estrellas.

La penetración debe llevarse a cabo lentamente y con cuidado, y sólo cuando estén completamente unidos deben empezar el coito. La sacerdo­tisa guarda en su mente el recuerdo del símbolo creciente, viéndolo como el cáliz. El Cazador retiene el símbolo del athame o del rayo en sus pensa­mientos y los dos deben imaginarse juntos, uno llenando al otro, superpuestos en el cielo nocturno mientras tiene lugar el clímax sexual. La sensualidad del momento se ofrece a la Madre Luna, cuyo objetivo con­siste en revitalizar a la naturaleza.

El Cazador se retira y ambos se arrodillan, sosteniendo la sacerdotisa el cáliz con sus manos. Los fluidos mezclados de la unión ritual se utili­zan para untar ligeramente el interior del cáliz, que entonces ya está lleno de vino. El Cazador y la sacerdotisa se ponen de pie y comparten un sor­bo de vino juntos. A continuación, andan juntos alrededor del lugar sagrado y esparcen gotas del vino de la luna sobre la tierra.

Sacerdotisa: Vino de la Luna, sacado de la tierra y vigorizado por el espíritu de la mujer y la fuerza del hombre, llenad la tierra de alegría, amor y paz.

Cazador: Damos lo que ha salido de nosotros libremente, con cono­cimiento y poder.

Sacerdotisa: Tierra y cielo, unidos y enriquecidos por la Luna y el bosque, recibid nuestra bendición.

Cazador: Al dar, también recibiremos y seremos santificados.

Sacerdotisa: Madre Luna, coged nuestra ofrenda y con ella llenad de vida a la tierra.

Cazador: Hermana tierra, compartid nuestra alegría esta noche.

El Cazador y la sacerdotisa beben el vino que ha quedado en el cáliz, se ponen las capas y se quedan uno frente al otro.

Sacerdotisa: Cazador, Señor del Bosque, os bendigo en el nombre de la Madre Luna por el regalo de la semilla que me habéis dado esta noche. Os doy las gracias por vuestra amabilidad, os doy las gracias por la dulzura de vuestro amor. Ahora os dejo libre para que sigáis el camino de la Caza Salvaje. Os ofrezco un beso.

Ella le besa.

Cazador: Señora y sacerdotisa, Hija de la Luna, hermana de la tie­rra, os ofrezco mi respeto y mi amor. Os bendigo por el precioso rega­lo de vuestro cuerpo, os doy las gracias por lo que hemos compartido, me arrodillo ante vos como vuestro servidor.

Él se arrodilla y le besa la mano, luego abandona el círculo sumer­giéndose en la oscuridad del bosque. Ahora la sacerdotisa puede ofrecer su propia plegaria si lo desea. Recoge todos los objetos utilizados y espar­ce el arroz, las hierbas, la sal y el agua que hayan sobrado sobre la tierra para bendecirla. Entonces, el hombre y la mujer pueden marcharse.

El camino a seguir

Una luna creciente se eleva en el cielo claro y un viento fresco azota los árboles con frenesí. Ante nosotros se alza un oscuro bosque del que sale un espeluznante aullido de lobo. Un escalofrío nos pone los pelos de punta, y nos damos la vuelta para ver a un grupo de jinetes que se acercan cabalgando por la colina situada a nuestra espalda. Llevan ro­pas variadas, como si las hubieran sacado de épocas diferentes de la historia de la tierra y, en realidad, así lo han hecho, pues se trata de la Cacería Salvaje. En dicha hermandad se reúnen antiguos guerreros y jefes, los perdidos y los atormentados y aquellos que no quieren so­meterse. Sin embargo, no son almas condenadas, cabalgan bajo la guía del Señor del Bosque, Herne el Cazador, el de la corona de astas, el amante de la Hija de la Luna.

Herne guía y corrige a los hombres que cabalgan junto a él y a los que, como gratitud por su trabajo de protección a los necesitados, qui­zá algún día se les otorgue el favor de abandonar la Cacería y volver a nacer. Hasta entonces, cabalgan en las noches oscuras cazando a aquellos que sirven al Señor del Rostro Oscuro. Cabalgan a galope ten­dido pero no hacen ningún ruido en su precipitado ataque, porque los cascos de sus monturas no necesitan tocar la tierra. Las armas relucen bajo la pálida luz y el tintineo de los arneses es el único sonido que se puede oír...

Entonces surge una canción del bosque, una voz de mujer tan cris­talina como la luna, delicada y suave. La melodía sube y baja y entrela­za notas que encadenan las emociones, llama e invita a aquel a quien va dirigida la canción.

Vemos que la Cacería da media vuelta y que el caballo del guía se encabrita, pero el jinete se mantiene firmemente sentado. Regresa ha­cia el bosque y contemplamos un rostro fuerte de cejas oscuras que dan sombra a unos ojos de color gris claro. El oscuro cabello le ondea sobre los hombros, y la curva de las astas que coronan su cabeza aña­de majestuosidad a su porte. La llamada vuelve a oírse y él levanta la mirada hacia la luna creciente y sonríe. Los hombres que están a su alrededor sonríen a su vez y gastan bromas entre ellos. Durante un mo­mento él se queda en silencio, entonces hace señas a uno de los guerre­ros y habla con él. El hombre inclina la cabeza y reúne a la Cacería a su alrededor. Al cabo de unos pocos segundos emprenden camino ha­cia la estrella del norte dejando a Herne solo.

Se sienta mirando hacia el bosque durante un momento y entonces por tercera vez se oye la cristalina canción. Se lleva el cuerno a la boca, contesta a la llamada y cabalga hacia los árboles y hacia su amor.

Como espectros nos arrastramos detrás de él y le vemos cabalgar en la oscuridad, agachándose sobre la silla para evitar que las ramas bajas de los árboles se enreden con sus astas. No sigue ningún sende­ro, pero parece saber exactamente dónde se esconde la voz cantora. Le seguimos sin ser vistos, giramos y damos vueltas, hasta que vemos frente a nosotros el resplandor de un fuego. Herne desmonta y deja su caballo para seguir a pie.

En un claro del bosque hay una joven de tez pálida y pelo negro que le llega hasta las rodillas. El pelo es lo único que la cubre, y a través de él podemos ver unos indicios de la hermosura que oculta. A su alrede­dor hay un gran círculo de llamas blancas que bailan y se encabritan, pero que sin embargo no queman la hierba. Es el fuego frío de la luna que vigila y protege a la Hija de la Luna.

Ella extiende los brazos hacia su amor y él, quitándose la espada, corta las llamas, que se inclinan para dejarle pasar y se encabritan de nuevo cuando ya ha pasado. Su encuentro es el de los amantes separa­dos durante mucho tiempo. Herne se quita la capa que le cubre los hombros y la extiende en el suelo a fin de preparar un lecho para su se­ñora. Extrae de su túnica un regalo para ella, una sarta de perlas del mismo color que su piel y que brillan con el resplandor de su sonrisa.

Sin su basta túnica tejida y sus pantalones de montar, el Guía de la Cacería Salvaje se muestra como la pareja idónea para equiparar su propia belleza a la de la sacerdotisa de la Luna. Ella entrelaza su pelo alrededor del cuerpo de él, haciéndole prisionero voluntario, y lo atrae hacia sí para que repose en sus brazos. No hay ninguna vergüenza en su unión, sólo alegría y belleza; no sentimos vergüenza al observarles, porque sabemos que son más que un hombre y una mujer, más que Herne y la sacerdotisa, es la unión arquetípica del cielo y la tierra, de la luna y el bosque, del mortal y el inmortal. Herne levanta la cabeza y grita, atravesando el bosque y las tierras más lejanas con su sonido. Entonces, las astas caen de su cabeza y reposa sobre el pecho de ella, quien, atrayéndolo hacia su corazón, le abraza con todas sus fuerzas.

Les dejamos y volvemos a la colina a la que la Cacería ha regresado y donde espera tranquilamente que su jefe se reúna con ellos. A veces la Hija de la Luna y el Guía de la Cacería Salvaje ofrecen el placer recí­proco de su unión a los dioses. Éstos, como recompensa, eligen a un miembro de la Cacería y le otorgan el derecho de volver a nacer en la tierra, recuperando todo lo que había perdido antes de ser perdonado.

De repente, uno de los cazadores yergue la cabeza. Luce en su ros­tro una mirada de alegría y sorpresa, y sus compañeros comprenden que el momento de su liberación está cerca. Se apartan mientras él desmonta, se acerca a la cima de la colina y se queda de pie con los brazos extendidos hacia arriba. A su alrededor aparece un resplandor que va aumentando en intensidad hasta que ya no se le puede ver: se ha ido, y la cima de la colina está vacía.

Herne se acerca cabalgando desde el bosque. Cuando llega a la coli­na, la Cacería vuelve a agruparse a su alrededor; con una última mirada hacia el bosque, les conduce hacia otra parte alejándose del lugar. Obser­vamos mientras parten como los caballos van subiendo gradualmente por el cielo nocturno y se lanzan al galope hacia la Vía Láctea. A nues­tra espalda, el bosque está tranquilo y silencioso. La Hija de la Luna duerme envuelta en la capa del Cazador y adornada con una sarta de perlas.

Ritual 3


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