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El mito del descenso y la Diosa del amor

En ciertas épocas del año se representaban en los templos viejas historias tales como la del «descenso de Innana», en la que la Diosa llorando por la muerte de su amado, desciende al Infierno para sufrir la pérdida soportando el dolor, la humillación e incluso la muerte. La Diosa de la muerte le pide como pago todo lo que tiene -sus joyas, sus vestidos, su corona y el cinturón mágico que llevan todas las diosas del amor- y finalmente reclama su muerte. Cuando la Diosa del amor y de la fertilidad «muere», todo fenece, de modo que los mismísimos dioses reclaman que la devuelvan a la vida. Ella emerge de la Tierra de los Muertos con su amante y la tierra empieza a vivir de nuevo. Esto se ce­lebraba cada año, y tiene un destacable parecido con nuestras celebraciones de Semana Santa, con el énfasis puesto en la muerte y la resu­rrección de un Dios; la única diferencia es que la representación anti­gua terminaba con un acto sexual público. El objeto era demostrar a la gente que la Diosa del amor y de la fertilidad les había sido devuelta y que ella y su amante eran capaces de copular, asegurando de esta for­ma que la tierra produciría una nueva cosecha. En los primeros tiem­pos el ritual se hacía delante de la gente pero gradualmente se fue reti­rando del escenario. Al final sólo el gran sacerdote y/o la gran sacerdo­tisa estaban presentes durante la parte final del ritual.

El rey sacrificado

Por esa época tuvo sus orígenes otra creencia antigua: la de un vín­culo mágico entre el rey y la tierra. Mientras el rey fuera fértil y se de­mostrara que lo era, la tierra produciría, de lo contrario, bastaría con derramar su sangre para que la tierra volviera a producir. Pero dicho ritual sólo funcionaba con la ayuda y el consentimiento de la Diosa, ya fuera en la persona de la gran sacerdotisa o en la de la reina, porque ella era la Tierra.

A partir de esta premisa básica surgieron muchos mitos similares: el rey del maíz, como Osiris, cortado para crecer de nuevo; el rey del roble del bosquecillo sagrado, condenado a luchar con todos los visi­tantes hasta que uno le vencía y ocupaba su lugar. Existen los señores de la cosecha, el rey del grano de cebada, el rey de la recolección de la cosecha, todos ellos destinados a morir por la tierra y a crecer de nue­vo. La causa de la muerte del rey era siempre la Diosa, e incluso a ve­ces ella misma era su ejecutora, y el penúltimo acto de la tragedia consistía en la copulación de la Diosa y del rey, puesto que la semilla debía depositarse en la matriz para proporcionar una nueva encarnación del rey.

La mujer como donante de poder a los reyes y como fuente de inspiración

En Egipto se mantenía la estirpe de la familia real tan pura como fuera posible mediante la endogamia, hecho que con el tiempo llevaba al desastre genético. Aquí, la vieja tradición de la mujer como símbolo del poder y de la fertilidad y como representación de la tierra y Diosa de la tierra estaba muy arraigada. Para que un nuevo faraón pudiera gobernar tenía que casarse con la reina o la hija del gobernante ante­rior. Podía suceder que fuese su madre o su hermana; sin embargo, sólo ella tenía el poder para convertirle en rey y garantizarle el derecho de sentarse en el trono. Esta ley no escrita la podemos encontrar en cualquier capítulo de la historia; para dar un ejemplo sólo hace falta ver la boda de Enrique Tudor con Isabel Plantagenet, hija de Eduardo IV. Como vencedor de la batalla de Bosworth, en la que murió Ri­cardo III, Enrique se convirtió en rey de Inglaterra por la fuerza de las armas, pero para que pareciera una aspiración legítima (su propia gente lo dudaba), se casó con la joven Isabel de York y a través de su li­naje fue aceptado por el pueblo como verdadero rey.

Volviendo a Egipto, las estatuas que vemos con frecuencia del rey adoptando la forma del joven Horus sentado en el regazo de Isis sim­bolizan este derecho al trono. La utilización de la palabra «regazo» ha sido durante mucho tiempo un eufemismo para nombrar la vulva de la mujer; «sentándose en el regazo» de la Diosa/esposa real, es decir, penetrándola sexualmente, el rey reclamaba el trono. Otra frase que se utiliza con frecuencia es «estar en la luna», lo que significa sentirse enormemente feliz y entusiasta. Pero estar en la luna es un sinónimo de contacto sexual, representando la luna a la mujer que yace debajo del hombre.

Aunque en aquellos tiempos el cambio al sistema patriarcal ya casi se había completado, existía todavía cierto culto matriarcal que, en realidad, nunca ha desaparecido totalmente. Allí donde existe, encon­tramos también magia sexual. Después de todo, la Diosa no sólo es la reina Isis del cielo y Gea, la Madre Tierra, sino que ella es y ha sido siempre Venus/Afrodita, la Diosa del amor sexual. Bajo distintos as­pectos y utilizando formas diversas ha inspirado al hombre, y a lo lar­go de toda la historia, con paciencia ha logrado hacer salir lo mejor que hay en él. Ha servido de inspiración a muchas de las mejores pinturas y esculturas de todo el mundo y ha sido el punto focal de los me­jores poemas y de la mejor prosa de amor en el mundo de la literatura. Su triple don de fertilidad, amor y placer sexual sigue siendo el trián­gulo sobre el que se asienta nuestra existencia, un don que mantiene la magia esencial para la humanidad: el reconocimiento de la divinidad en uno mismo.

Si nos trasladamos de Egipto a la Grecia o Roma clásicas, inmedia­tamente encontramos que prevalecen leyes similares: Edipo se con­vierte en rey gracias a su boda con Yocasta, igual que Egisto al tomar a Clitemnestra como esposa. Ulises se ausentó de su isla, de la que era rey, durante muchos años mientras su hijo, e hijo de Penélope, creció hasta convertirse en hombre.

Sin embargo, el hijo no heredó la corona porque dicha herencia debía pasar al hombre que se casara con Pené­lope. Éste fue el motivo principal por el que tantos pretendientes lla­maron a su puerta. No obstante, ni siquiera una ceremonia de boda convertía al pretendiente en rey: sólo el primer acto sexual con la nue­va esposa le confería esta categoría.

Sexo y ritual en la Grecia clásica

Casi toda la mitología griega está relacionada con el sexo en mayor o menor grado. Los dioses y las diosas buscaban amantes humanos y sus descendientes se convertían en semidioses, héroes y mujeres de poder tales como Casandra, la profetisa de Apolo, Danae, Leda, Euro­pa e lo, quienes, tarde o temprano, obtuvieron todas el favor sexual de Zeus. También estaba la legendaria Helena de Troya, cuyo hermoso rostro «hizo salir a la mar a mil barcos y quemar las torres más altas de Ilión». Eran todas medio humanas, o llegaban a serlo mediante su relación con un Dios, excepto Psique, la más conocida, quien era total­mente humana y se ganó la inmortalidad gracias a su devoción y de­terminación para hacer volver junto a ella a su amante Eros, el mismí­simo Dios del amor.

La idea del sexo en la Grecia antigua tenía un lado claro y un lado oscuro. Por una parte, se consideraba el sexo como algo completamente natural y que debía utilizarse en forma de ritual y adoración. Era un regalo de los mismos dioses, y como tal debía utilizarse y considerarse. Por otro lado, los Misterios Femeninos de Samotracia eran oscuros y estaban manchados de sangre. Casi con toda seguridad en­cerraban el sacrificio de hombres jóvenes en algún punto de su histo­ria. La sacerdotisa llevaba unos pequeños cuchillos maléficamente afi­lados como parte de su equipo para el ritual.

Las mujeres griegas tenían ritos y misterios propios exclusivamen­te femeninos, la mayoría de los cuales estaban relacionados con la fer­tilidad y, a veces, con hermas o piedras en forma de falo que formaban parte del material para el ritual. La población femenina de Grecia y Roma era muy consciente de su apetito sexual y no temía darle rienda suelta cuando se le presentaba la ocasión. En un grupo aparte del for­mado por las esposas, madres e hijas, estaban las heteras, lo que podríamos llamar cortesanas o prostitutas de clase alta. Además de ser exper­tas en el sexo, algunas de ellas tenían una elevada educación y regían casas en las que los hombres se reunían para hablar y discutir con ellas sobre temas que abarcaban desde el arte hasta la guerra, la músi­ca y la filosofía. Atendidas por sus esclavos eunucos, adornaban con su presencia los banquetes y festivales y ejercían una enorme influen­cia sobre los hombres que buscaban compañía en ellas, entre los que se encontraban los más importantes del país.

Había otros dos grupos de mujeres en la antigua Grecia cuyas vidas estaban dedicadas a la práctica del sexo: las dicteriades y las auletrides. Las primeras estaban obligadas por la ley a satisfacer las peticiones de aquellos hombres que las visitaban. Se mantenían apartadas de las de­más mujeres, tenían que llevar un tipo especial de vestido y carecían de derechos como ciudadanas. No obstante, muchas de ellas se las arreglaban para escapar de esa esclavitud sexual y se casaban incluso con hombres de familias respetables. Las auletrides eran músicas y bailarinas, y a los griegos les encantaba la música. Si también sabían can­tar podían pedir altos honorarios por sus servicios.

Pero sólo las hete­ras podían permitirse el lujo de tener grandes casas, esclavos y joyas, con las que se adornaban en los banquetes. Con su elegancia, gracia y conocimientos eran sin duda las iguales de los hombres a los que en­tretenían.

Diosas del amor y dioses fálicos

Toda la magia sexual se ejerce bajo el dominio de Afrodita, la Diosa del amor -bajo uno u otro de sus numerosos nombres-, y el de su con­sorte, que es hijo y amante al mismo tiempo. Una versión de la leyenda cuenta que había surgido de la espuma ensangrentada del mar des­pués de que Cronos, el Dios del tiempo y del espacio, hubiese castrado a su propio padre Urano y hubiera lanzado sus genitales ensangrenta­dos al mar.

Posteriormente, volvemos a encontrar el mismo tema en la historia de una princesa tártara llamada Tamara, quien, no deseando conver­tirse en propiedad de un esposo, tomaba a un nuevo amante la víspera de cada luna nueva, castrándolo a la mañana siguiente y dejándolo que «regara la tierra con su sangre». La leyenda continúa diciendo que en los jardines de su palacio, amurallados para protegerse del constan­te viento de las estepas, cultivaba las frutas más sabrosas y deliciosas. ¡No es de extrañar, teniendo en cuenta cómo regaba su jardín!

Pero no todos los ritos sexuales eran sanguinarios y terroríficos; los rituales de Príapo, por ejemplo, eran desenfrenada y descaradamente eróticos. Se desfilaba en procesión llevando falos de madera de diver­sos tamaños y se lanzaban higos (símbolo de la vulva femenina) a la multitud. El falo más grande se transportaba en un carro tirado por un grupo de hombres jóvenes, los falóforos, que iban cantando la versión griega antigua de los cánticos con que hoy se anima en los partidos de fútbol mientras paseaban su ídolo por la ciudad. En esa corta época del año todo el mundo dejaba de lado la prudencia, se dirigía a la ciu­dad y lo único horrible que había en todo ello era la resaca de después.

No queda mucho del contenido de los ritos de Pan, uno de los dio­ses griegos más antiguos y que a menudo se confunde con Príapo, ex­cepto el hecho de que muchos de ellos eran de naturaleza sexual. Es muy probable que se equipararan con los ritos del templo de Mendes en el delta egipcio. Fue aquí donde se idolatraba al Dios con cabeza de cabra (si recuerdan a Pan, sólo tiene pies de cabra) para que bendijera la fertilidad de las mujeres, campos y animales. Me he extendido sobre este tema en el primer ritual de la tercera parte, y les quiero advertir que el Dios con cabeza de cabra de Mendes ya no puede utilizarse con tranquilidad, pues su imagen ha sido demasiado corrompida como para poderla usar en el ritual.

En contraste, encontramos los Misterios de Eleusis, que aunque hacían alusiones muy sexuales, eran un poco más comedidos. Su apo­geo terminó alrededor del año 1400 a. de C., pero sobrevivieron duran­te la primera era cristiana a pesar de estar completamente condenados por los primeros Padres de la Iglesia, para quienes cualquier forma de sexualidad era obscena. Sin embargo, los rituales más íntimos ofreci­dos a quienes eran admitidos, representaban los primeros principios de la naturaleza, el conocimiento de la creación, de hecho el mismo conocimiento que se les negó a Adán y a Eva hasta que dieron el pri­mer mordisco a la fatídica manzana.

Evidencia de adoración a la Diosa y al sexo en los tiempos bíblicos

Algunos historiadores sostienen la teoría de que el Dios hebreo Yahvé era originalmente una divinidad fálica. En efecto, los hebreos no siempre han adorado a un Dios monoteísta, ni tampoco a un Dios masculino.

En lo que en aquel entonces era Palestina, se habían cons­truido piedras fálicas y pilares para ser adorados, y la Diosa Anat o Anath constituyó una parte integral de la religión de la gente durante muchos siglos. Incluso actualmente, aunque el hombre es el cabeza de familia, es la esposa y madre quien dirige la casa y es a través de ella como los hijos heredan la fe judía. Si una chica judía se casa fue­ra de su fe, sus hijos pueden considerarse judíos, pero si lo hace un hombre, ya no es igual, por lo menos automáticamente. Aquí compro­bamos que la mujer continúa siendo quien ennoblece al hombre.

El énfasis que se pone en la Biblia a las proezas de ciertas mujeres es una clara señal de la adoración de la Diosa. Basta con leer el Cánti­co de Débora (véase Jueces 5) para darse cuenta de que ahí había una auténtica «Prenda de la Diosa», una doncella guerrera llena de poder y valor, quien durante un tiempo fue dirigente y jefe del ejército israelita por derecho propio. La historia de Susana y los ancianos es otra mues­tra: incluso a pesar de la distorsión del tiempo y de las malas traduc­ciones e interpretaciones, parece un ritual. Otro importante símbolo «Diosa» a tener en cuenta es la historia de la reina Ester. Si se lee di­cha historia conociendo el Rito de Ator o Gran Rito, está muy claro que esta reina era también una sacerdotisa de la Diosa y que el rey ha­bía llegado a un momento de su reinado en que tenía que probar su vi­rilidad. Y a pesar de que estoy limitada por el espacio para dedicarme a este tema, no podemos dejar de lado el Cantar de los Cantares de Sa­lomón, uno de los poemas de amor más gloriosos jamás escritos y que contiene mucha información que se puede leer entre líneas.

Pilares y piedras como símbolos sexuales

Se han publicado muchas cosas inspiradas en la Biblia y muchas más se han traducido erróneamente. Aquellas historias y leyendas in­terpretadas de nuevo por Robert Graves y Raphael Patai en el libro Hebrew Myths: The Book of Genesis, muestran un contenido marcada­mente sexual. El culto al falo en forma de pilar de piedra o árbol sa­grado se conoce desde hace millones de años, y pueden encontrarse rastros de ello en muchas historias de la Biblia. El pilar que construyó Jacob después de soñar con la escalera de ángeles es un ejemplo de ello. El pilar de fuego que se le apareció a Moisés mientras conducía a los judíos fuera de Egipto es otro. El arbusto en llamas y el pilar de nu­bes que descendió ante el tabernáculo en el que Moisés hablaba con Dios constituyen nuevos ejemplos. Los grandes pilares que sostenían el templo construido por Salomón tenían incluso nombre, indicando con ello que se les consideraba como algo más que simples soportes de piedra para el tejado. Desde siempre la arquitectura de las iglesias ha seguido este ejemplo, y ciertamente algunos de los pilares de nuestras grandes catedrales poseen una notable belleza y gracia. Incluso hoy en día utilizamos la expresión «pilares de la Iglesia» para referirnos a los miembros varones importantes de una congregación. Las formas y creencias antiguas tardan en desaparecer, y algunas de ellas simple­mente se transmutan en una simbología similar. En los himnos cris­tianos modernos se hace continuamente referencia a Dios como a una «piedra», por ejemplo «la Piedra de los Siglos».

De forma similar, en la Biblia se describe con frecuencia a Dios/Yahvé con los mismos términos. «¡Desdeñas a la Roca que te dio el ser!» (Deuteronomio 32, 18), «Pues, ¿quién es Dios, fuera de Yahvé? ¿Quién Roca, sino sólo nuestro Dios?» (2 Samuel 22, 32) y «En Dios sólo el descanso de mi alma, (...) sólo él mi roca, mi salvación» (Sal­mos 62, 2-3) son sólo unos ejemplos.

Se utiliza con frecuencia el término «rocas» y «piedras» para ha­cer referencia a los testículos del hombre, y desde los primeros tiem­pos históricos hasta los juramentos de la Edad Media, las promesas y declaraciones se juraban «con una mano puesta sobre la piedra sa­grada». A veces, en lugar de la palabra «piedra» o «roca», se empleaba el eufemismo «muslo». Cuando se ocupaba un cargo, se hacía jura­mento de lealtad con la mano derecha bajo los testículos del rey.

Un hombre que hacía un juramento solemne y sagrado lo hacía normal­mente sosteniendo con la mano sus testículos o su pene. En ciertas partes de Oriente Medio esta costumbre prevalece todavía en nues­tros tiempos.
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