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La Edad Media

Después de la caída de Roma y con el surgimiento del cristianismo, empezó a repudiarse el sexo, tanto como fuente de poder mágico como en cuanto fuente de placer entre dos personas. Mientras que en el mundo antiguo el sexo se consideraba como un don de los dioses que debía utilizarse con alegría y sin vergüenza, se convirtió ahora en pe­cado, un medio a través del cual el Demonio (una entidad desconocida hasta entonces) podía tentar a la humanidad hasta llevarla a su condenación. En estos momentos ya se llamaba humanidad,1 pues las muje­res eran consideradas como malas, como las tentadoras que, con sus artimañas, podían arrastrar a los hombres hasta los abismos del In­fierno. La mujer estaba totalmente subordinada al hombre: tenía que vestirse como se le decía, hacer lo que se le ordenaba, obedecer a su padre, a su hermano, a su esposo, a su hijo, a su confesor y a su rey. Se la castigaba a través del sexo, que ya no se compartía con ella como si fuera una igual. Su único valor era su habilidad para dar a luz y la uti­lización que se hacía de ella como objeto de negociaciones, pues podía servir para ofrecer sobornos o como premio de guerra. Su orgullo, su condición de mujer y sus poderes fueron totalmente aniquilados. El ultraje y la crueldad que se mostraban hacia ella utilizando artilugios tales como el cinturón de castidad eran algo común. Las mujeres mo­rían con frecuencia por envenenamiento de la sangre a causa de estos métodos contraceptivos que llevaban permanentemente durante años. Los partos, la malnutrición y la falta de la más mínima higiene hacían que las mujeres no sobrepasasen los treinta años de edad como pro­medio. Parecía que la Diosa y su magia sexual se habían olvidado por completo. ¿O existían?

Los cultos de las brujas

A pesar de que los Misterios antiguos se habían desvanecido, toda­vía quedaba un pequeño resquicio de su luz, y una parte de su sabi­duría quedaba escondida en los mitos y leyendas. Las viejas formas, fragmentadas y dispersas, se habían convertido en propiedad de la gente común. Aislados en pueblos, granjas y diminutas aldeas por toda Europa, los más viejos conservaban la llama del conocimiento. Sumergido en todo este saber popular, se encontraba el antiguo conocimiento del poder de la magia sexual.

Desgraciadamente, el saber se había dispersado. Todo lo que que­daba eran fragmentos y trozos, la mayoría de los cuales resultaban de difícil comprensión. En los Misterios antiguos, los sacerdotes y sacer­dotisas habían sido entrenados y educados para entender y utilizar el poder creativo mágico del hombre y la mujer en unión. Ahora este saber había pasado de forma fragmentada a gente que no estaba prepa­rada y que en su mayoría era inculta. Pero era suficiente para que si­guiera latente. Esa gente recordaba los antiguos festivales, los símbo­los y los cantos, aunque a veces los textos de dichas canciones estaban mutilados. Los símbolos cambiaron y se sustituyeron unos por otros, pero todavía servían.

Las danzas y prácticas de la fertilidad para que los campos y ani­males produjesen, los signos y símbolos para que el hombre se acer­cara a la muchacha, las hierbas y plantas curativas que ayudaban a la mente y relajaban el cuerpo, todas esas cosas se recordaban. Las «brujas» ya no podían usar abiertamente el símbolo del falo del Dios Cornudo, pero en su lugar utilizaban la escoba, con la cabeza de pene tallada, escondida entre el espeso manojo de ramas que servía de es­coba. La copa de la luna se convirtió en el caldero, y los dos juntos po­dían simbolizar el aspecto físico y sexual del poder creativo.

Durante un tiempo pareció que la Iglesia permitía su existencia, pero luego llegó la Inquisición y la época de las hogueras. Si los prime­ros Padres de la Iglesia habían empezado a atacar a las mujeres y el lu­gar que ocupaba el sexo como medio legítimo de culto, la Iglesia me­dieval lo llevó hasta la más extrema crueldad. Los hombres utilizaban su poder para humillar y torturar a la Diosa en su forma terrenal. Ya no existían recuerdos de los ritos del templo, ahora condenados por obscenos. Las chicas jóvenes, las madres con niños y las mujeres ma­yores eran desnudadas, aguijoneadas y hurgadas con impunidad por hombres cuyos deseos sexuales habían sido pervertidos y reprimidos, y lo hacían por miedo: miedo al poder de las mujeres, miedo a los po­deres que sentían resonar en su interior y que les habían enseñado a considerar como malos y depravados. Los fuegos de la vergüenza se prendieron durante cientos de años, y literalmente millones de muje­res, niños e incluso hombres fueron torturados hasta la muerte. Su crimen fue mantener una antigua creencia por la cual muchos estaban dispuestos a morir, y así lo hicieron. Cuando los mártires cristianos murieron por sus creencias, se les llamó «benditos», pero cuando una bruja moría por las suyas, estaba condenada. Todo ello en nombre del amor, un amor que no podía permitir una forma distinta de la propia. No fue hasta después de la llegada de la llamada era de la razón cuan­do las hogueras de la Inquisición se apaciguaron, aunque la animosi­dad hacia los Misterios todavía permanece viva, enterrada bajo la su­perficie de la Iglesia moderna.

Los derechos humanos

Incluso hoy en día se temen y se condenan las formas antiguas. Así, se cita la Declaración de los Derechos Humanos siempre que al­guien siente que se difama su forma de vida, culto o nombre sagra­do, pero a una bruja o a un pagano se le niega el «derecho humano» a tener sus propias creencias y se le condena porque la antigua ex­presión de «adorador del Diablo» sigue siendo el grito de la Iglesia. Nadie se queja cuando en una comunidad mayoritariamente cristia­na se construye una mezquita o un templo hindú para albergar a sus fieles, pero si se dejara que un grupo de aquellos que practican las formas antiguas de los dioses encendiera un fuego en lo alto de una colina en Beltane, toda la población local se levantaría en masa. Na­die comenta en los periódicos las procesiones religiosas que se ce­lebran en el Año Nuevo chino, al final del Ramadán o en un festival de Ganesha. Sin embargo, dejemos que un grupo ocultista celebre un festival en honor de sus creencias y la prensa sensacionalista se presentará rápidamente, junto con grupos de aquellos que se autodenominan cristianos, para protestar con pancartas contra algo que fue sagrado mucho antes de que existiera la cristiandad y de que sus seguidores empezaran a quemar valiosos libros, registros y artefac­tos por el simple hecho de celebrar una forma de vida distinta de la suya.

La fuerza creativa como base para toda la magia

En la práctica de la tradición occidental de los Misterios, la mayor parte del trabajo del ritual se basa en las correspondencias de la cába­la. El mandala o símbolo de esta tradición es el Árbol de la Vida. En efecto, los rituales descritos en este libro se basan en las 10 esferas del Árbol, 11 si se cuenta la esfera invisible de Da'ath. Cuando dichas esfe­ras se colocan sobre el cuerpo humano, el lugar de Yesod, la esfera lu­nar, queda situado sobre los genitales.

Yesod es la esfera de la creación relacionada con el elemento agua, que es esencial para la vida. Sus otros nombres son «La Fundación» y «La Maquinaria del Universo».

Todo ello indica que aquí yace la base de la creatividad, la propia esencia de la vida de la cual nacen los pri­meros principios. Abreviando, el acto del sexo es aquel que llama a la vida para que se manifieste, el poder creativo que se oculta tras cada elemento del cosmos y que creó el propio cosmos.

La obsesión de una minoría por convertir el poder sexual de la hu­manidad en algo obsceno y depravado, sucio y vergonzoso, es como la negación de un milagro, el milagro del amor entre dos personas. Di­cho poder, dicha fuerza, es algo más que una gratificación física: pue­de convertirse en un himno, una plegaria, un peán de culto y gratitud por dicho poder. No obstante, cualquier poder puede utilizarse indebi­damente y el sexo no es una excepción. El acoso sexual constituye un uso incorrecto; el hecho de pedir favores sexuales como pago de una deuda constituye también un mal uso. El hecho de causar dolor, terror o humillación en el acto de la violación es algo más que un uso indebi­do: es un pecado espiritual, la profanación del primer grial, el útero femenino.2 Un útero es un lugar sagrado en el que se efectúa el milagro de la creación o en el que el sacrificio de la semilla del hombre se vier­te como culto a la Diosa. En la forma antigua del servicio del matrimo­nio, el novio le decía a la novia: «... os rendiré culto con mi cuerpo», lo cual constituye una reminiscencia de las formas antiguas en la cere­monia cristiana.

El poder en el ritual

Cada ritual tiene un poder que proviene del centro sexual, sean o no conscientes de ello los participantes del mismo. Sólo muy pocos ri­tuales tienen un contexto específicamente sexual y requieren el acto fí­sico, pero todos ellos necesitan alimentarse a través de las energías de los que practican el ritual. La mayoría de las veces, los participantes no están al corriente de la necesidad de reforzar el trabajo o no dispo­nen del suficiente entrenamiento como para concentrarse y dirigir su fuerza hacia la intención del rito. Aquellos que están muy entrenados y logran hacer surgir la fuerza interna y mantenerla estable pueden re­almente llamarse a sí mismos magos. La diferencia en el ambiente y en las energías que llenan la intención del ritual cuando los que lo diri­gen se ocupan realmente de sus poderes creativos es inconfundible.

La creatividad en la magia

Existe una cierta tendencia por parte de algunos magos a mantener rituales anticuados y desgastados, así como las formas con las que se dirigen. Con tanta fuerza creativa como tenemos en nuestro interior, no hay ningún motivo para no utilizarla. Es cierto que la tradición es algo que hay que cuidar, y algunos de los rituales más antiguos, espe­cialmente aquellos del Alba Dorada, pueden ser hermosos y conmove­dores pero, en mi opinión y en la de muchos otros magos, ya han teni­do su época. Se pueden utilizar de vez en cuando, por supuesto, pero estamos entrando en una nueva era y ahora es el momento de crear nuevas formas de pensar, de vivir y de ser. En el centro Yesodic, den­tro de la esfera de La Fundación, yace la fuerza de la creatividad. Si se enlaza con los poderes diversificantes de Netzach, o con las fuerzas intelectuales de Hod, la afluencia de nuevas ideas puede ser casi abru­madora en la intensidad del sentimiento.

A menudo les enseño a mis estudiantes a utilizar los triángulos del Árbol. La utilización de la influencia de una sola esfera puede resultar útil, la de dos en equilibrio es mucho mejor, pero si se usan tres y se per­mite que la fuerza de dos de ellas se manifieste a través de la que reside en la tercera, entonces se está empezando a utilizar realmente el Árbol y el poder mágico interno propio. Si se coloca el Árbol de la Vida sobre la figura humana y se dibuja una línea desde Yesod hasta Hod atravesan­do Netzach y se baja de nuevo hasta Yesod, se obtiene el Triángulo de Fuerza, Diversidad y Pensamiento (véase p. 95). No es ninguna coinci­dencia el hecho de que si retrocedemos hasta esas figuras antigüas de la Gran Madre, muchas de ellas muestren el mismo triángulo grabado so­bre la zona de sus genitales.

La fertilidad de la Madre no está sólo res­tringida al alumbramiento de hijos del cuerpo, sino que también in­cluye el de los hijos de la mente. Éstas son las esferas que hay que utilizar cuando se necesita la creatividad, y también las que hay que ac­tivar cuando se requiere la fuerza para un ritual de cualquier tipo.

Utilización de la fuerza creativa para curar

Existen otros fines para la fuerza creativa aparte del ritual, y la cu­ración es uno de los primeros de la lista, especialmente la autocuración, que siempre es la más difícil. Difícil porque, lo admitamos o no, muchos de nosotros, sobre todo cuando llegamos a una edad madura, disfrutamos de la atención que se nos proporciona gracias a los peque­ños «problemas» que tenemos. Unas rodillas artríticas pueden causar dolor y dificultar el movimiento, pero también pueden significar que los miembros más jóvenes de la familia nos dediquen más su atención y se encarguen de hacer el té cuando mencionamos, por ejemplo, lo mucho que el tiempo húmedo afecta nuestra capacidad de levantarnos y sentarnos. Todos somos culpables de cosas parecidas, así que el he­cho de aparecer de repente irradiando salud y con la constitución de un buey provocaría la sorpresa en más de una persona. Sin embargo, decir «mago enfermo» constituye una contradicción de términos. In­cluso si uno no puede curarse completamente a sí mismo, sí puede uti­lizar su fuerza creativa para que su calidad de vida sea mejor.

Es posible que el lector diga que para utilizar la fuerza creativa en la magia se necesite la cabeza y el vientre de una serpiente, es decir, la fuerza mental para imaginar y ver y la fuerza que nos suministra el cen­tro sexual. Con los años he ido evolucionando gradualmente mi propio sistema para combinar las dos. Para utilizar la facultad de autocuración, necesitará hacerla subir desde el centro de la luna y alimentarla en el cerebro medio, lugar en el que los cinco sentidos aúnan sus ener­gías. Empiece tan pronto como se despierte, desperece todos sus miembros y gire la cabeza de un lado a otro. Esto le ayuda a despertarse y a que el cuerpo empiece a funcionar después del descanso nocturno. Re­tire la almohada, siga tumbado y relájese.

Concentre su pensamiento sobre el centro genital hasta que empiece a sentirlo un poco más caliente. Puede intentar pensar un poco en una escena sensual, si eso le ayuda, pero no utilice la masturbación: quiere obtener energía, no disi­parla. Cuando note que el calor le llena el centro, hágalo subir por la parte delantera de su cuerpo como si fuera una corriente de aire cálido, hasta que llegue al vientre, al estómago, al pecho, a los pulmones, a la garganta y hasta la punta de la lengua. Vuelva a poner su atención en el centro sexual y de nuevo haga subir la energía, pero esta vez por la es­palda, sobre las nalgas y por la columna vertebral, por encima de la ca­beza hasta llegar a la nariz, y hágala entrar por las ventanas de ésta has­ta que llegue al paladar. (Tendrá que repetir este ejercicio antes de uno de los rituales, así que esta vez le sirve de prueba.) Ahora, con la pun­ta de la lengua toque el paladar y los dos meridianos se unirán en un to­rrente cálido de energía que llena el área del cerebro medio.

También puede intentar otra forma de este mismo ejercicio reu­niendo la energía del centro sexual como antes, pero «viéndola» subir a través de la columna vertebral como una onda de luz roja que va a enchufarse al área del cerebro medio. Una vez allí, puede obtener tan­ta energía como necesite. Repítalo cada mañana y se sorprenderá de lo fuerte y alegre que se siente. Si cambia el color, también cambiará el uso de la energía.

Con el color azul, puede calmarse, mientras que con el verde estimulará su creatividad (esto funciona muy bien porque el punto de fundamento de la creatividad alimenta los receptores creativos del cerebro).

El amarillo, el dorado y el rosa oscuro curan y son especialmente útiles después de una operación de cirugía. El naranja es bueno para aquellos que se ganan la vida hablando o escribiendo: estimula los centros de comunicación de la garganta. El violeta y el índigo deben utilizarse antes de dormir y pueden estimular los sueños para un fin determinado, por ejemplo, para solucionar problemas. Para el inicia­do que llegue al final de un ciclo de vida, estos últimos colores también le ayudarán a liberar el cordón de plata de una forma completa y rápi­da y permitirán que la parte etérea quede libre. Puede enseñar a otras personas este ejercicio para que practiquen solas, pero deben com­prender que la fuerza que se utiliza representa un cambio de itinerario natural de la fuerza sexual que, por su propia naturaleza, tiene la habi­lidad de crear lo que la mente ve.



Figura 1: Ejercicio de autocuración

Puede realizar este ejercicio de muchas formas diferentes e ir evo­lucionando sus propios métodos de curación y renovación, propias y de otros. Puede utilizar los mismos ejercicios justo antes de empezar un ritual, pero adapte siempre la fuerza a las necesidades, nunca al re­vés. No haga subir más fuerza de la que piensa que puede necesitar o los resultados pueden ser caóticos, pues la fuerza busca un medio de expresarse. Más vale no llegar que pasarse.

Mucha gente me pregunta de dónde saco energías. ¿Cómo es posi­ble, preguntan, que pueda trabajar hasta con cincuenta personas du­rante todo un día, a veces desde las nueve de la mañana hasta las nue­ve de la noche, y seguir teniendo niveles tan altos de energía? Bueno, pues ya lo saben..., me «enchufo» a la energía creativa universal me­diante mi propio centro de energía. Ustedes pueden hacer lo mismo.

Capítulo 2

El amor es el fundamento



«La mujer -dijo el filósofo Anaximandro- es el principio de la vida in­finito, ilimitado y receptor. El hombre es el principio limitado, finito y que se desvanece.»

Sin duda alguna las mujeres han recibido un tratamiento injusto durante los últimos siglos. Sólo con la llegada de este siglo han sabido finalmente reclamar ese estatus que les pertenecía en la época de la Diosa. Leamos las palabras que Shakespeare pone en boca de Petrucho en La fierecilla domada:

Seré el dueño de lo que es mío;

ella es mis bienes, mis posesiones; ella es mi casa,

mis enseres domésticos, mi campo, mi granero,

mi caballo, mi buey, mi asno, mi todo;

y aquí está, que la toque quien se atreva.

Sin embargo, en Babilonia las mujeres eran consideradas como iguales y se les pagaban los mismos salarios cuando realizaban trabajos propios del hombre. Esto se ha probado gracias a la traducción de las tablas encontradas en la biblioteca de Asurbanipal, rey de Babilonia.
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