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Leyes antiguas referentes a las mujeres

¿Pueden creer que actualmente todavía existen lugares en el mun­do occidental en los que la ley del ius prima noctis, también llamada el derecho de pernada, aún no se ha revocado? Todavía hay religiones que enseñan que la mujer no tiene alma. En el siglo VI, el Consejo Provin­cial de Macon se pasó semanas debatiendo ese tema, y sin llegar muy lejos. En 1895, un ministro predicó desde el púlpito que la mujer no te­nía alma. En Inglaterra, hasta finales del siglo pasado, el esposo tenía el derecho legal de pegar a su esposa ¡siempre que no utilizara un palo más grueso que su dedo pulgar! En Rusia, la novia incluía en su ajuar un juego de varas que ella misma entregaba dócilmente a su esposo tan pronto como se quedaban solos después de la boda. No es de extra­ñar que el surgimiento del movimiento feminista durante este siglo haya sido tan rápido y decidido. Sofía se ha levantado y está exigiendo sus antiguos derechos.

Mutilación de mujeres

Ya hemos hablado sobre la crueldad del cinturón de castidad, pero también existió el zona virginalis, un cinturón que llevaban las muje­res solteras para mostrar a todo el mundo que no estaban casadas. Sólo podía quitárselo su marido, acto que realizaba en la noche de bo­das para simbolizar su derecho a fecundarla. Incluso actualmente, cuando muchas mujeres se han ganado el derecho a llevar su propia vida, muchas jóvenes de Oriente Medio se ven forzadas a sufrir los ho­rrores de la ablación del clítoris. Para nuestra eterna vergüenza, toda­vía existen médicos en Londres que llevan a cabo dicha práctica ale­gando como excusa que, por lo menos, se hace en condiciones higiéni­cas perfectas. Para una práctica de este tipo no existen condiciones perfectas.

Miedo al símbolo de la Madre

¿Por qué se siguen utilizando prácticas tan crueles contra las muje­res? Principalmente debido al antigüo miedo a la mujer/Diosa y a su control sobre la vida y la muerte. El recuerdo profundamente enterra­do que la raza tiene del cazador sacrificado y la necesidad de aceptar su reinado de la mano de la Madre, ha dado como resultado el deseo de dominar y castigar al símbolo de la Madre. Aunque, al mismo tiem­po, se la mantiene como un ideal de amor y deseo. Ella es la primera persona que el hombre ve al nacer, y normalmente es su nombre lo que el hombre pronuncia al morir. La ambigüedad existente hacia la mujer ha persistido durante siglos y, a pesar de que hemos recobrado mucho de nuestro poder, todavía queda camino por andar. No hay du­das respecto al hecho de que muchas mujeres han arruinado las vidas de sus padres, hermanos, maridos, hijos y amantes de la misma forma que hay mujeres que les han hecho triunfar; en psicología abundan los casos que abogan por ambas posibilidades. Pero todos los hombres te­men el poder de las mujeres. ¿Cuál es ese poder?

El poder de la mujer

El triple poder

La Diosa tiene tres caras y la mujer posee tres clases de poder: naci­miento, vida y muerte. Cada poder tiene tres niveles. Todos ellos están entrelazados, pero se accede a ellos separadamente y en etapas dife­rentes de la vida. Cada uno alberga recompensas y temores para los hombres.

Los teólogos pueden divagar, desvariar y citar sus libros sagrados, pero el hecho es que las primeras formas de vida que aparecieron fue­ron femeninas y probablemente partenogenéticas. La mujer es el «hombre con matriz» y desde ella emergen otros de su especie; el hombre es un mutante de la especie, que llegó a existir porque la evo­lución lo necesitaba y lo pedía. Esto puede no ser agradable, pero tam­poco resulta vergonzoso ni humillante, es simplemente tal como suce­dieron las cosas. Es posible que lo que acabo de decir represente un duro golpe para algunas personas, pero la Biblia se equivoca respecto a quién llegó antes; sin embargo, y puesto que se trata simplemente de una hermosa historia, no vale la pena emperrarse en ello.

El poder del nacimiento. - El nacimiento es el primer poder de la mujer. La mujer recibe la semilla del hombre, y éste es el primer temor que a él le acomete, pues parte de su esencia se absorbe en la oscuri­dad interior de ella. Esta semilla está viva, contiene su propia fuerza vital, el hombre y su semilla son una sola cosa. Hay millones de esper­matozoides, sin embargo sólo uno -o algunas veces más de uno- so­brevive. Este hecho hace que el subconsciente del hombre considere a la mujer como una asesina múltiple, ya que los espermatozoides que no logran su destino mueren y se convierten en nada. Desaparecen como si no hubieran existido y una parte del hombre muere con ellos. Muchas prácticas sexuales orientales defienden la retención del se­men, creyendo que su derrame en la vagina acorta la vida del hombre, mientras que la retención la alarga. Puesto que cada espermatozoide es capaz de fertilizar, cada coito ofrece millones de combinaciones que podrían convertirse en un niño; sin embargo, sólo uno ganará la carrera. La naturaleza se rige por la regla de que «no hay nada mejor para triunfar que el exceso»: cuanto más esperma haya, mayores serán las posibilidades de que se forme un ser a partir de dicha unión. Éste es el poder del nacimiento en su primer nivel.

Pero el nacimiento no es siempre físico: ideas, pensamientos, crea­ciones de la mente, todos ellos nacen de forma similar. Los hombres que son creativos en sus trabajos y en sus vidas necesitan tener a me­nudo a una mujer a su alrededor, no forzosamente la esposa, quizá la madre, una hermana, una compañera o amiga, que actúe como catali­zador.

El poder femenino para entrar en contacto con los niveles inter­nos del cosmos es muy conocido en los círculos ocultistas. La mujer es más fuerte en ese campo, de la misma forma que el hombre es más fuerte físicamente.

A lo largo de toda la historia, las mujeres han inspi­rado a los hombres en poesía, arte, literatura, escultura y en todas las facetas de la existencia humana. De la misma forma que acoge la se­milla física en su seno, la mujer recibe las necesidades, los ideales y los deseos del hombre en sus profundidades psíquicas y se los devuelve para alimentarle desde sus propias esferas superiores. Ella es la Musa, el espíritu, el espejo en el que él puede ver las cosas más claramente que mediante sus propios esfuerzos. Sin embargo, cuando sus débiles pensamientos y sus vagas ideas se reúnen y se alimentan en el ser inte­rior y más elevado de la mujer, el hombre se siente como si hubiera perdido la visión y el control de los mismos, al igual que ocurre con su semilla. También existe el miedo a que sus hijos mentales se destru­yan, pero al final le son devueltos enriquecidos y completos. Éste es el poder del nacimiento en su segundo nivel.

Como fenómeno espiritual, el nacimiento -o el renacimiento- es algo sorprendentemente común. Por lo menos una de cada ocho per­sonas experimenta alguna vez en su vida una visión interior de natura­leza espiritual. Puede durar varios días y luego desvanecerse en el olvi­do, o bien más tiempo y hacerles cambiar en algo, o incluso modificar totalmente el cuerpo y el alma. Las mujeres están más predispuestas que los hombres a enfrentarse con este tipo de fenómeno. Una vez más, lo que les diferencia es el sentimiento que tiene el hombre de no poseer el control de sí mismo. Con su habilidad innata para alcanzar el nivel interno de la vida, una mujer lo acepta y armoniza su voluntad con la de la visión que ha experimentado. Para un hombre es como si se tratara de otra tentación de origen desconocido. Sin embargo, cuando un hombre acepta la experiencia y se entrega a ello en cuerpo y alma, puede llegar a nacer de nuevo por completo. Tenemos un per­fecto ejemplo de ello en la vida de san Juan de la Cruz y en su hermosa «poesía de amor», en la que asemeja a la Iglesia con la Esposa, la Ama­da y el punto focal de su vida. El ejemplo femenino lo constituye Tere­sa de Ávila, amiga de toda la vida de Juan y, en los niveles internos, su auténtica cónyuge. El símbolo de dichas experiencias, especialmente aquellas que se producen en un ambiente religioso, es muy a menudo la Virgen María. Las apariciones de la Diosa bajo este aspecto han sido relativamente frecuentes durante los últimos doscientos años, y casi siempre han ocasionado un gran cambio en la vida de las personas que las han presenciado. El poder de la mujer para provocar un cam­bio espiritual dentro del hombre puede salvarle o condenarle. Éste es el poder del nacimiento en su tercer nivel.

El poder de la vida. - De la misma forma que nadie duda que la na­turaleza le ha dado al hombre un cuerpo físico más fuerte, también hay que reconocer que las mujeres se enfrentan mejor a todo. Los be­bés hembra sobreviven con más facilidad a los traumas de un naci­miento adverso, así como las mujeres sobreviven mejor a las circuns­tancias que amenazan sus vidas, y son menos sensibles al frío y a la en­fermedad. Se le otorgó esta ventaja a la hembra a fin de que la especie pudiera sobrevivir. Para poblar de nuevo una comunidad devastada, sólo se necesitan uno o dos machos sanos y un número superior de hembras sanas y fértiles. Es decir, hablando desde el punto de vista de la biología, las hembras deben sobrevivir en un número razonable, mientras que sólo hacen falta unos pocos machos. La naturaleza quiso atar bien las cosas haciendo que el hombre tuviera el impulso básico de proteger a la mujer y a los más jóvenes, arriesgando su propia vida si era necesario. El hombre conoce esta realidad en lo más profundo de su subconsciente y eso le hace experimentar resentimiento. Siente que es prescindible, y así es, en efecto, en lo que a la naturaleza con­cierne.

Existe también resentimiento por el hecho de que la mujer puede sentir placer varias veces en el acto sexual, mientras que el hombre, incluso al principio de su vida sexual alrededor de los veinte años, no puede mantener una erección continua. La mujer es una su­perviviente natural y, lo que es más, puede tener múltiples orgasmos. Éste es el poder de la vida en su primer nivel.

Asimismo, desde los principios de la medicina, la humanidad ha ido gradualmente ampliando su esperanza de vida. Si un hombre del neolítico llegaba a los dieciocho años podía considerarse afortuna­do, pero su compañera, a pesar de los peligros de los partos, podía llegar a los veinte. Siglo tras siglo, descubrimiento tras descubrimien­to, la medicina ha alejado la frontera de la muerte, luchando con to­das sus fuerzas para ganar un centímetro. Al final de este siglo, los hombres tendrán una esperanza media de vida de 78 años, y las mu­jeres de 82. Después de una carrera que dura varios millones de años, siguen ganando las mujeres. Éste es el poder de la vida en su segun­do nivel.

De vez en cuando una parte de la raza humana se desarraiga de su tierra y se traslada a varios miles de kilómetros para volver a empezar la vida en un nuevo entorno. Los celtas lo hicieron muy al principio, los arios también, los fenicios difícilmente pisaban tierra, pues es­taban muy ocupados navegando por el Mediterráneo. Los vikingos abandonaron Escandinavia y se instalaron en Bretaña y el norte de Europa, mientras que portugueses y españoles establecieron grandes colonias en casi todo el mundo, después de aniquilar a gran parte de los habitantes nativos. En el siglo XVIII se abría el Nuevo Mundo y Aus­tralia aparecía en el horizonte; finalmente, en el XIX llegó la gran ava­lancha desde todas las partes del mundo hasta Norteamérica, la tierra de las oportunidades, exterminando en dicho proceso a casi la totali­dad de los indios norteamericanos.

Las familias se dirigían a América por muchos motivos: para eludir la persecución religiosa o política, por pobreza, etc. Aparte del deseo de aventura, de tener un nuevo horizonte, les esperaban unos pocos acres de tierra de los que serían los únicos propietarios. En el núcleo de cada familia que llegaba, estaban las mujeres. En su mayoría fue­ron porque los hombres las obligaron. Las desarraigaban, las aparta­ban de todo lo que conocían y querían. Llegaron sin conocer nada de la tierra, ni su idioma, ni su cultura, ni sus leyes. Algunas llevaron consigo pequeñas cajas que contenían tierra del «viejo país», otras llega­ron firmemente convencidas de que sus hijos y sus nietos tendrían las oportunidades que a ellas se les había negado. Mujeres procedentes de granjas y de pequeños pueblos vivían ahora apiñadas en casas de ve­cindad y trabajaban en fábricas en las que se las explotaba por un sa­lario ínfimo. Más tarde, muchas de ellas se trasladaron, cruzando un país virtualmente desconocido en el que había todo tipo de peligros, desde serpientes a tribus hostiles, desde el cólera a cadenas de mon­tañas infranqueables. Domaron la nueva tierra y sembraron maíz, aprendieron a montar a caballo y a disparar armas. Siguieron a los hombres hasta Alaska, a las minas de oro, y hasta Texas, bajo un calor abrasador. Y sobrevivieron; a veces perdieron sus casas, sus pertenen­cias, a sus hijos y sus esposos, y su fe, pero sobrevivieron con más fre­cuencia que los hombres porque se adaptaban a las condiciones exis­tentes. La habilidad de adaptación es el poder de la vida en su tercer nivel.

El poder de la muerte. - Al dar a luz una nueva vida, la mujer tam­bién da la muerte, porque empezamos a morir tan pronto como nace­mos. Nuestras vidas transcurren en un continuo movimiento, lento pero seguro, hacia un destino incierto del cual no conocemos nada y del que nunca podremos conocer nada hasta que lleguemos. El amor, el sexo, el matrimonio, el embarazo y el nacimiento son cosas que con­sideramos como hechos naturales que llegarán cuando sea el momen­to, pero la muerte no nos parece tan natural y la tememos. Cuando una mujer concibe un hijo, pasa nueve largos meses soñando con él y planeando cosas para ese bebé, pero nunca se le cruza por la mente el pensamiento de que el regalo de la vida que dará a su hijo conlleva también su muerte inevitable.

Incluso si lo hiciera, no renunciaría a la alegría de dar a luz al ser que ha concebido. Los hombres, aún de ni­ños, saben instintivamente que su madre es también la principal cau­sante de su muerte, y la ven como la pesadilla de sus sueños infantiles. Sin embargo, en lo más profundo de cada mujer existe un conocimien­to instintivo de la muerte: sabe que en alguna parte, de alguna forma, la muerte es una ilusión, y posee la fe interior necesaria para traer a su hijo al mundo a fin de que recorra el inevitable camino hacia lo desco­nocido. Esta fe es el poder de la muerte en su primer nivel.

Cada embarazo conlleva un peligro, incluso en esta época en que la medicina está tan avanzada. En épocas pasadas todo nacimiento su­ponía un viaje hacia las puertas de la muerte por parte de la mujer. Sin embargo, era un viaje que a menudo emprendía con valor y amor para regresar con una nueva vida en sus brazos. Una vez consolidada esta vida, la cuidaba con una fiereza de leona, fiereza que los hombres han conocido muy bien a lo largo de los siglos, a veces a expensas propias. Casi en cada mujer existe el propósito de defender la vida que ha traí­do al mundo, incluso arriesgando la propia. Si tiene que elegir entre salvar a uno y dejar morir al otro cuando el marido y el hijo se están ahogando, la madre salvará siempre a su hijo. No obstante, también han existido madres que, con igual valor, han ayudado a un amado hijo atormentado por el dolor a llegar a la paz final. Esta habilidad para elegir es el poder de la muerte en su segundo nivel.

Para tener poder, una muerte por sacrificio debe ser una muerte voluntaria por parte de la víctima. Éste es el motivo por el cual la muerte de Jesús de Nazaret tuvo tanto poder, y una de las razones de que su agonía en el huerto de Getsemaní fuese tan profunda. Pero ha­cen falta dos para realizar un sacrificio -el que da la vida y el que re­trocede y permite que suceda- porque debe suceder. Para que María aceptara que su hijo se convirtiese en una víctima voluntaria del sacri­ficio, tenía que estar iluminada por la misma divinidad que le ilumina­ba a él. El valor de la madre junto a su hijo que muere por un ideal es la culminación del poder de la muerte. Jóvenes soldados destrozados por las bombas, hombres y mujeres jóvenes tomados como rehenes y que desaparecen sin dejar huella, e hijos y maridos que se juegan la vida constantemente, son hechos que suceden a diario en nuestro mundo moderno. Detrás de ellos hay casi siempre una madre, esposa, herma­na o amante que vive día a día sabiendo que quizá no volverán. Ver como un hijo amado, o incluso varios hijos, desfilan hacia una guerra que ellos no han empezado y, conformada, dejarles partir, ése es el poder. En el interior de sus mentes racionales, los hombres saben que sus mujeres les dejarán partir, que les llorarán si no vuelven y que les ofrecerán su fuerza mientras mueren si ése debe ser su destino. Éste es el poder de la muerte en su tercer nivel.

Una mujer puede dar su poder a un hombre si así lo desea. Si es es­túpida, él puede arrebatárselo, a veces incluso sin que se dé cuenta hasta al cabo de mucho tiempo. Idealmente, el poder debería prestar­se durante un tiempo y luego devolverse con amor. El poder se ofrece entre amantes, se da, se recibe y se devuelve. En cuestiones de amor no deberían existir ni vencedores ni vencidos, sólo aquellos que lo com­parten. La mujer ofrece su cuerpo, abriendo su templo sagrado a un invitado que es bienvenido. El hombre entra, llevando el regalo de su semilla, pero sigue siendo un invitado, no es el dueño del templo.
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