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El Dios moribundo

Si la mujer, como imagen terrenal de la Gran Diosa Madre, es un símbolo de profusión eterna e ilimitada de vida espiritual, entonces el hombre, como el Dios sacrificado, simboliza el lado temporal, fluctuante y limitado de la vida terrenal. En el ciclo sexual, la mujer está continuamente receptiva al hombre, pero él se agota y debe descansar antes de continuar la unión sexual. En todos los mitos cíclicos un Dios muere y desciende hasta el interior de la tierra; entonces una Diosa le busca y le revitaliza.

En la acción de descenso de la Diosa y en la oscu­ridad, es decir, el útero, vemos que la Diosa entra en su propio ser y saca, o da a luz, al nuevo Dios. Éste es el fondo de la cuestión del mito del sacrificio: la Diosa concibe por obra del Dios, le ofrece como sacri­ficio a la tierra, luego desciende hasta su propio ser interior para ges­tar la semilla hasta que se convierte en el nuevo Dios, quien, como su hijo/consorte, la fecundará y morirá a su vez. También es el modelo de la iniciación, que significa «renacimiento», narrado en la historia de Jonás y la ballena, en la de la resurrección de Lázaro y en las de los ini­ciados que yacen durante tres días y tres noches en un sarcófago antes de ser llevados a una nueva vida. También forma parte de la relación oculta de amor/odio entre madre e hijo, y es posiblemente la causa del rechazo, en la sociedad occidental, del pecado del incesto.

La importancia del falo como símbolo masculino

En el servicio fúnebre de la Iglesia de Inglaterra, el ministro dice: «El hombre que nace de una mujer tiene un corto tiempo de vida... Crece y es cortado como una flor». Esto describe exactamente el poder cíclico de un hombre. La fuerza de un hombre está en su falo, al igual que la de una mujer está en su vulva (en el sentido en que es el asiento de la fuerza creativa). La erección del hombre tiene una vida breve y luego «se corta como una flor»; sin embargo, crece de nuevo. El orgu­llo del varón se ha asociado al símbolo del pene, y los hombres son ca­paces de hacer muchas cosas para protegerlo y para proteger aquello que (erróneamente) creen que les pertenece, de ahí la invención del cinturón de castidad. Pregunten a cualquier hombre qué parte de su anatomía le gustaría menos perder y diez contra uno responderán que el pene. Los «protectores» del cricket, los suspensorios de los jockeys y de los boxeadores, etc., forman parte del vestuario del hombre deportista tanto como sus camisetas o sus zapatillas. Observe a los jugado­res alineados delante de la portería en espera de que se lance una falta de tiro libre. Podrían sufrir daños en los ojos, les podrían romper los dientes o la nariz, pero ¿qué es lo que protegen con tanto esmero? Exac­tamente eso.

El pene erecto constituye un antiguo símbolo de virilidad y poder, y ése es el motivo por el cual, en las batallas de antaño, los reyes y con­quistadores castraban a los cautivos masculinos. Era un medio cruel pero eficaz de asegurarse de que, por lo menos unos cuantos, no les molestarían en el futuro. Un rey destronado, tal como Osiris, y todos los hijos que pudiera tener, eran también castrados para asegurar que nadie reclamaría el trono. Éste fue el motivo de que Isis y Anubis escaparan de la venganza de Set. Anubis, como hijo de su padre, tenía que librarse del mismo destino. En el mundo conocido era costumbre en esa época que el rey estuviera entero y fuese viril. Si le faltaba algo, la tierra y la gente estaban condenadas a sufrir. Esto, si lo recuerdan, retrocediendo en el tiempo, coincide con la vinculación de la fertilidad de la tierra con la del rey.

No importa cómo se enfoque esta cuestión en el mundo actual, el símbolo de poder y fuerza fálicos permanece profundamente arraiga­do en el subconsciente. Puesto que se necesitaba una mujer, una reina o una sacerdotisa para probar esa virilidad, se intentaba todo lo que pudiera atraer la atención hacia la misma. El corto jubón medieval que terminaba justo por debajo del ombligo y que se llevaba junto con unas calzas largas y unos calzones enjoyados y probablemente acol­chados constituye un buen ejemplo. Los pantalones vaqueros, apreta­dos, gastados y ceñidos al cuerpo, con la cremallera justo lo suficiente­mente abierta como para que resulte sugestiva, son el equivalente mo­derno, tal como comprobó en su propia persona el presentador de una serie histórica británica. La serie fue una de las más populares de ese año, y las mujeres la veían a millares, no para ver los fenomenales pai­sajes o escuchar los excelentes guiones, sino para contemplar al (reco­nocido públicamente como guapo) presentador con sus vaqueros gas­tados trepando por las montañas griegas..., aunque para ser honestos hay que reconocer que el pobre hombre estaba totalmente absorto en su trabajo y no tenía ni la más remota idea del efecto que producía so­bre la población femenina de Gran Bretaña...

Los coches con un capó alargado, ostentando preferiblemente una mascota inusual, una lancha motora potente, una moto Kawasaki re­cubierta de «accesorios» o el tradicional semental encabritado son los eufemismos sexuales para el falo erecto del conductor/jinete. Todos forman parte de la exhibición sexual que cada animal macho ofrece para encontrar una compañera. El problema es que es más que proba­ble que una mujer moderna se excite más por la mente de un hombre que por su cuerpo.

El poder del hombre

Los cuatro poderes del hombre

El hombre tiene cuatro tipos de poder, que sumados a los tres de la mujer dan el número sagrado de siete. La mujer representa el triángu­lo creativo para el cuadrado manifiesto del hombre. Fueron diseñados para estar interrelacionados.

Los poderes del hombre son los siguientes: fuerza, cambio, orden y aceptación. A veces un hombre intenta adaptar el poder de una mujer para utilizarlo en su propio beneficio, aunque nunca lo logrará por completo pues, independientemente del tipo de hombre, será siempre el «bastón de mando incondicional» para el «círculo de contención» de la mujer. En lugar de ello, debe buscar el adaptar sus propios poderes para que coincidan con los del tipo que él busca; de esta forma los fortalecerá.

El poder de la fuerza. - La fuerza física ha sido siempre algo desea­ble para el animal macho. Entre los animales que viven en manadas, la fuerza se utiliza en la época de celo para conquistar a un grupo de hembras, y el hecho de que gane el más fuerte significa que se trans­miten los genes mejores. Esto también sucedía en las tribus primitivas y, como en las manadas de animales, proporcionaba seguridad para la especie. En los tiempos prehistóricos la raza humana soportaba el frío, el hambre y un entorno hostil, de modo que sólo los más fuertes sobrevivían. Pero la fuerza, como poder, tiene otros usos, de los cuales el más importante para el hombre primitivo era la habilidad de con­quista. La mejor tierra, la mujer más fértil y la mayor parte de la comi­da iban a parar al más fuerte. A medida que pasaba el tiempo, el hom­bre empezó a utilizar su poder para conquistar otras cosas: países enteros, pueblos de otra raza, y cualquier cosa que se le pusiera por delante. Entonces llegaron los retos de las armas, la ciencia, las enfer­medades, las comunicaciones y los transportes, y finalmente el hom­bre conquistó el vuelo y llegó al espacio. La capacidad de conquistar utilizada de forma correcta constituye el poder de la fuerza en su pri­mer nivel.

Pero la fuerza de la mente y de la voluntad son igualmente impor­tantes, y el macho humano también se ha ido superando a sí mismo en esta forma de fuerza durante toda la historia. La tenacidad para con­centrarse que hace que la mente prevalezca sobre el cuerpo, incluso siendo éste inútil, se llama fuerza mental. Enfrentarse a algo que nos dobla en tamaño es fuerza mental y, sin embargo, los hombres de la edad de piedra lo hacían cada día. Hacía falta tener fuerza mental para ponerse delante de un bisonte herido con sólo una lanza de pie­dra en la mano, y si esa fuerza mental no hubiera existido en el cora­zón y en el espíritu de los cazadores prehistóricos, nosotros, como raza, no hubiéramos alcanzado la edad de bronce. La fuerza de voluntad también fue necesaria para abrir la mente a nuevas cosas y ampliar el pensamiento, para inventar, cultivar y ense­ñar. De esta fuerza salió la escritura, el lenguaje y la habilidad de dis­cutir y razonar.

A medida que la mente iba explorando no sólo el mun­do externo sino también el interno, el hombre descubrió la pesadilla fundamental: en el interior de su mente estaba solo. Sin embargo, el tiempo y, de nuevo, los hombres se han concentrado en la tarea de en­contrar un sentido al mundo que les rodea. Concentrar la voluntad propia en una tarea y llegar a ser experto en ella son dos hechos que constituyen el poder de la fuerza en su segundo nivel.

¿Quién fue el primero en utilizar el pensamiento propiamente di­cho o que empezó a interrogarse acerca del principio del mundo? ¿Cuándo comenzó el hombre a «imaginar» y a usar la imaginación para que se produjeran cambios? ¿Quién le dio a la mujer el primer auténtico beso? ¿Quién fue el primero en hacer una ofrenda a ese Algo que no podía entender? Fuera quien fuese, estaba demostrando una fuerza espiritual. A causa de sus propios errores, el hombre siempre ha sentido la presencia de un Creador y ha sido capaz de creer que el cuerpo encierra algo más que un momento de vida, que hay algo más allá de la oscuridad de la muerte. Los primeros pensadores, como Ta­les, Anaximandro y Anaxímenes, fueron los primeros en observar y utilizar la mente abstracta para pensar en tres dimensiones, y tuvieron el valor de enseñar esta habilidad a otros. Éste es el poder de la fuerza en su tercer nivel.

El poder del cambio. - El poder del cambio a nivel físico es el resul­tado de la curiosidad natural del animal humano. Es la necesidad de extenderse en un nuevo entorno, una nueva tribu, una nueva forma de vida. Se trata del poder que hizo que la vida saliera del mar y llega­se a tierra firme, que la hizo descender de los árboles y caminar por la sabana. Fue este poder el que provocó que el hombre fuera la especie que se sostiene erguida y que hizo la primera herramienta. Posterior­mente, el deseo de cambio fue la causa por la que se convirtió de caza­dor nómada en granjero y domesticador de ovejas y bueyes salvajes. Fue el poder del hombre para cambiar las cosas lo que hizo que el perro salvaje entrara como guardián y amigo en su casa, una casa que, en sí, ya suponía un cambio respecto a la primera cueva. El macho hu­mano ha necesitado siempre, incluso reclamado, el cambio, y eso le impulsó a inventar la rueda, que le dio la libertad para pasearse de un lugar a otro o transportar cosechas cada vez más grandes del campo hasta el mercado. El cambio, una vez puesto en práctica, no cesa nun­ca, y el hombre mismo sigue cambiando, igual que lo hace su forma de vida, su planeta y, con el tiempo, el universo. Éste es el poder del cam­bio en su primer nivel.

Siempre han existido hombres distintos de los demás, hombres con una expresión distante en la mirada, con ojos que veían las cosas de forma diferente. Parecían ser más que simples humanos... o menos que humanos. Había hombres que podían convertirse en animales, y en otras cosas menos atractivas. Los hombres que cambiaban de forma fueron los primeros chamanes, y todavía los hay entre nosotros. El po­der para cambiar la mente y hacer que el cambio sea real es un don que tiene su origen en un lugar tan lejano de la historia que no pode­mos llegar a él. Asimismo existe el propio cambio en la historia, el mo­mento en el tiempo en que la respuesta a una pregunta pondrá en mar­cha un cambio que afectará a los acontecimientos futuros durante cien­tos, incluso miles de años.

A medida que el cerebro físico de la humanidad cambiaba y se desarrollaba, también cambiaba la forma en que dicho cerebro se uti­lizaba. Cuando la raza humana fue capaz de tener pensamientos abstractos, empezó a darse cuenta de que existía una conciencia, una mo­ralidad y una comprensión hacia los otros seres humanos y, natural­mente, una influencia mágica en la música y en la notación musical. Dicho cambio no fue siempre agradable -a veces resultaba verdadera­mente peligroso-, pero siguió produciéndose. Aparecieron los concep­tos de educación, estudio, arte y drama, el último de los cuales tuvo su origen en los rituales del templo. La percepción constituía una gran parte de este cambio dentro del mismo cerebro. La visión en color se hizo más aguzada a medida que se extendía la práctica del arte y los hombres necesitaban ver y utilizar formas más sutiles.

Los cambios internos y externos de la humanidad se sucedieron unos a otros rápi­damente, alimentando el deseo del hombre en su búsqueda de nueva información. La habilidad para modificar las estructuras mentales y utilizarlas para estimular más cambios es el poder del cambio en su segundo nivel.

Sin embargo, la práctica de dichas creencias llegó lentamente. Du­rante miles años la Madre había dirigido la espiritualidad de la huma­nidad. Entonces empezó el lento cambio hacia el dominio del Dios Padre. Las antiguas formas de culto llegaron a su fin y el monoteísmo sustituyó gradualmente a los panteones del antiguo mundo. Los cam­bios religiosos suscitaron preguntas, entre las cuales había las dos preguntas inseparables sobre el sexo y el pecado. En ese momento el hombre se cuestionaba muchas cosas sobre Dios y el plan que éste te­nía para el mundo y la humanidad. Empezó también a compararse con Dios y, por primera vez, se habló abiertamente de la divinidad ori­ginal de los hombres y de las mujeres. Estas discusiones y razona­mientos iban a durar más de dos mil años. Todavía quedan cambios a los que enfrentarse porque, cuando se es consciente del cambio, la ne­cesidad de que éste se produzca surge en todas partes. La habilidad para aceptar que la religión, igual que todas las demás cosas, debe cam­biar, constituye el poder del cambio en su tercer nivel.

El poder del orden. - El primer conjunto de leyes hechas por el hom­bre que tuvo realmente efectividad debió de ser el Código de Hammurabi, rey notable que gobernó Babilonia aproximadamente en 1700 a. de C. Este código fue destacable por su justicia y su imparcialidad, es­pecialmente hacia las mujeres, puesto que ningún conjunto de leyes anterior a esa época -ni posterior a ella- dio tanta importancia a las cuestiones propias del sexo femenino. A partir de ese momento el hombre empezó a crear orden en todos los niveles de la vida física. La ley criminal, la ley social, la ley religiosa, todas formaban parte del nuevo orden de cosas y, a veces, se pusieron en práctica con cierta mano dura. La ley judía era la más severa, y sus castigos consistían con frecuencia en la muerte, generalmente por lapidación o a cuchillo. Pero los hombres también empezaron a ver la ley y el orden en el mun­do natural que les rodeaba, y surgieron los principios de las leyes físicas. Los experimentos y la observación dieron como resultado el cono­cimiento de que, a pesar de que los hombres podían violar las leyes, existían leyes fundamentales y más amplias que se movían al unísono con el cosmos. La habilidad para ver el orden en la ley natural del uni­verso constituye el poder del orden en su primer nivel.

La enseñanza hace accesible el conocimiento y facilita su almace­namiento en la mente. Por consiguiente, constituye, con razón, una de las principales preocupaciones del mundo moderno, a pesar de que en épocas anteriores la erudición era un privilegio de la nobleza y la Igle­sia. Con la llegada del Renacimiento, el hombre se empeñó en adquirir conocimiento, así como en almacenarlo para el futuro. El invento de la prensa de Caxton permitió que, por primera vez, se pudieran reali­zar múltiples copias de un mismo libro. Desgraciadamente, también dio lugar a la pérdida del ejercicio de memoria que representaba la técnica de la enseñanza oral. Todo tiene un precio.

Otra parte del poder del orden es la práctica de la lógica, disciplina que ha desempeñado una parte muy importante en los procesos de pensamiento del hombre desde los primeros filósofos hasta la actua­lidad. ¡Aunque a veces la lógica parece brillar por su ausencia! Sea como fuere, la enseñanza, la literatura y la precisión de la mente y del pensamiento constituyen el poder del orden en su segundo nivel.

La habilidad para percibir y reconocer la belleza del orden en las regiones espirituales ha dado como resultado algunas de las muestras más hermosas de nuestra prosa descriptiva. La mística desempeñó un papel esencial en la historia del hombre y de la religión, siendo el prin­cipal resultado del cambio del culto a la Madre por el culto al Padre.

Siempre ha sido difícil expresar con palabras la gloria de lo que se per­cibe a niveles superiores, y en su mayoría el lenguaje simbólico elegido es el del amor humano, siendo el amor la emoción suprema y más ex­quisita.

Los poemas de amor de san Juan de la Cruz siguen siendo ini­gualables por su habilidad en mostrarnos el orden espiritual del cos­mos. El reconocimiento de ese orden superior y la habilidad para con­tactar con él, aun brevemente, constituyen el poder del orden en su tercer nivel.

El poder de la aceptación. - Aceptar las cosas no siempre es fácil. De hecho, la aceptación representa una ardua tarea. A nivel terrenal, el hombre tiene que aceptar que su propia naturaleza humana es limita­da. Aunque se originó en el mar, sólo puede volver a él utilizando toda su inventiva y su ingenio para lograr sobrevivir. Puede volar, pero sólo si usa su inteligencia para construir máquinas que le ayuden a hacer­lo. Sólo puede correr a una cierta velocidad, vivir un cierto tiempo, su­bir hasta una cierta altura, soportar cierto grado de dolor. Es finito, limitado, debe aceptar que sólo puede hacer cosas hasta cierto pun­to. También debe admitir que, como ser humano, siempre intentará superarse a sí mismo. Conocer los propios límites y aceptarlos, y luego seguir luchando para superarse, todo ello constituye el poder de la aceptación en su primer nivel.

Otro hecho que posiblemente es difícil de aceptar es que en el in­terior de nuestra mente estamos todos y cada uno de nosotros com­pletamente solos.3 Podemos compartir la mayoría de nuestros pensa­mientos y de nuestras ideas, podemos llegar a estar tan unidos a cier­tas personas que tengamos la sensación de que son una parte mental de nosotros mismos, pero es tan sólo una ilusión y como tal debemos aceptarlo. Pasamos toda la vida recopilando conocimientos y expe­riencia que, en su mayoría, podemos transmitir a otros, enseñándoles con amor y cuidado, pero los puntos más sutiles, el instinto indefinible que nos hace ser únicos, eso no puede transmitirse. Irá con nosotros al infinito y quedará incorporado a esa parte de nosotros mismos que so­brevive de una encarnación a otra. Aceptar todo esto y no permitir que nos aparte de nuestro camino hacia la búsqueda de experiencia, cons­tituye el poder de aceptación en su segundo nivel.

En las primeras religiones secretas, el primer consejo que se daba a los neófitos era el siguiente: «Conócete a ti mismo». Sin duda alguna, ésta es una de las cosas más difíciles de alcanzar para cualquiera. Pero lo que todavía resulta más difícil es aceptarse a sí mismo, conocer todo lo peor y lo mejor que hay en uno, los fracasos y los éxitos, las es­peranzas, los miedos, los sueños y las pesadillas. El conocimiento de la posición propia en la escala de la evolución y la aceptación de dicha realidad producen un equilibrio interno con el universo, a pesar de que aún quede un largo camino por recorrer. Saber todo esto y acep­tarlo, significa conocer el poder de aceptación en su tercer nivel.

El hecho de que haya asignado diversos poderes al hombre y otros varios a la mujer no significa que sólo cada uno de los sexos tenga ac­ceso a dichos poderes en concreto. Ambos comparten en diversos gra­dos todos los poderes. He conocido hombres que poseen un poder esencial de la vida y mujeres que dominan los poderes del orden en sus tres niveles. Lo que he querido decir es que cada sexo está especializa­do en ciertos poderes y que, en general, éstos se hallan mejor adapta­dos para que los utilice uno u otro sexo. Una mujer sobresale en aque­llos ámbitos que pertenecen al nacimiento, a la vida y a la muerte por­que son sus antiguos poderes y siguen estando bajo su cuidado. Pero los del hombre son asimismo tan antiguos como vitales. En lugar de intentar adquirir los poderes del otro sexo, sería mucho mejor para el mundo y para la Nueva Era que ambos sexos utilizaran dichos pode­res para darse soporte unos a otros.

Los Señores de las Tinieblas se aprovecharán siempre de nuestras debilidades humanas, y una de esas debilidades son los celos que toda­vía existen entre algunos tipos de hombres y de mujeres. La respuesta a ello es el amor, porque el amor constituye la base del equilibrio y de la armonía, del mismo modo que la relación sexual de una pareja uni­da es una de las principales expresiones del amor. No es la única ma­nera de expresar amor, pero es la que se describe y se ofrece en este libro. Lo repito, el amor es el fundamento.

Capítulo 3


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