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El punto de vista de la Iglesia



Durante siglos, las mujeres y el sexo han sido objeto de los ataques de la Iglesia cristiana. En los primeros tiempos, especialmente en la Gre­cia helénica, las mujeres tenían ciertos derechos. Les estaba permitido divorciarse de un esposo cruel o que enloqueciera y se volviera violen­to. También poseían sus propios métodos contraceptivos, y nadie po­nía objeciones a que los utilizaran, pues se consideraba que tenían ple­no derecho. Podían ser propietarias e incluso podían administrar cier­tas áreas de sus propiedades. Resumiendo, se las consideraba como la «otra mitad» de la humanidad con plenos derechos.

En contraste, la Iglesia, desde las más lejanas épocas, ha denostado persistentemente a la mujer, llamándola demonio, ser inferior y ori­gen del pecado. La mayoría de estos ataques se deben a la incesante hostilidad de san Pablo hacia el sexo femenino. Por mucho que escri­biera algunos de los fragmentos más citados de la Biblia y que fuera el difusor del cristianismo en todo el mundo, siguió siendo una persona­lidad amargada que causó gran sufrimiento a las mujeres. Su actitud respecto al sexo fue tan nociva y su rechazo al don que el Creador otor­gó al hombre tan radical, que impulsó a que Cerinto dijera: «El hom­bre no debe avergonzarse de lo que Dios no se avergonzó al crear».

Contrasten esto con las siguientes palabras (tomadas del valioso li­bro de Charles Seltman Women in Antiquity):

Las [supuestamente] aisladas y menospreciadas mujeres atenienses dirigían sus casas, tiranizaban a sus maridos sin el menor reparo, circulaban libremente durante los festivales, iban al teatro, tenían amantes, bebían vino [...] las mujeres propietarias de Esparta [...] las jóvenes matronas de Lidia y Toscana eran famosas por su belleza y su despreocupada pro­miscuidad [...] las heteras [...] que disfrutaban de la libertad de las mujeres independientes [...].

No hay duda respecto a quién se llevaba la mejor parte. En lo que concierne a san Pablo y a los primeros Padres de la Iglesia (por cierto, ¿dónde estaban las primeras Madres de la Iglesia?), el sexo era algo que distanciaba a la mente humana de Dios. Lo encuentro difícil de creer, puesto que cualquiera que haya estado enamorado alguna vez y que haya hecho el amor, dirá que el sexo acerca a la divinidad más que cualquier otra cosa.

Pablo tomó la historia bíblica de Adán y Eva como una verdad ab­soluta y por consiguiente creyó con fervor en la culpa de la mujer. Sin embargo, si leemos la Biblia, vemos que cuando Dios llegó enfurecido al celestial Jardín del Edén y se dedicó a averiguar quién había esta­do «mangando» sus manzanas, encontró a Adán con el «cuerpo del delito» en la mano. Cuando le preguntó qué hacía con la manzana en la mano, Adán, siempre tan caballeroso, señaló a Eva y dijo: «Ella me obligó a hacerlo...» o palabras similares.

Este fue el primer «muerto» que le pasaron a la mujer en la seudohistoria que es en realidad la Biblia. No puede probarse que ni una sola palabra fuera cierta. Se trata de una recopilación de mitos, leyen­das, historias y escritos alegóricos que se escribieron, en la mayoría de los casos, siglos después de que sucedieran los acontecimientos, y que fueron mal traducidos y tergiversados para que se adaptaran al propó­sito de lo que fue en la época una secta religiosa minoritaria.

Cuando miramos el pasado, vemos a unos hombres reprimidos, papas sádicos y sacerdotes crueles que por una parte denunciaban justamente los sacrificios de niños a Moloch, y por otra martirizaban, torturaban y quemaban a mujeres, niños y bebés (algunos nacían mien­tras las mujeres se estaban quemando en la hoguera y les dejaban ar­der junto con ellas),4 que no habían cometido otro crimen que el de ser el centro de las habladurías maliciosas, el ser viejas y vivir con la única compañía de un gato, el poseer propiedades que la Iglesia quería obtener o el tener creencias distintas -aunque fueran creencias cristia­nas como las de los cátaros- de las suyas propias. Los protestantes odiaban a los católicos, los católicos odiaban a los paganos, Lutero odia­ba a los judíos, Calvino lo odiaba todo..., y se asesinaban unos a otros a la menor oportunidad que se les presentaba.

Ésta es una Iglesia fundada en el amor, predicada por un hombre sabio y bueno que había reconocido su propia divinidad y su rela­ción con el Creador y quería compartirla con todo el mundo, no sólo con los judíos. Por cierto, él era judío, vivió y murió como judío y se­guramente se habría horrorizado si se le hubiera considerado otra cosa. Asistía a bodas y bebía a la salud del novio y de la novia, curaba enfermos, sin importarle que fuesen romanos y rindieran culto a sus propios dioses o que fueran judíos. A menudo se apiadaba de los de­monios y les permitía retirarse de su «anfitrión» y tomar refugio en una piara de cerdos. No se puede culpar a Jesús de Nazaret por todo lo que se ha hecho en su nombre. Por motivos similares se deshicieron de él, por rendir culto de una forma diferente de la de aquellos que le rodeaban.

Los primeros cristianos estuvieron casi patológicamente atados al celibato y a la virginidad. Se cuentan historias de chicas jóvenes, vul­nerables en su pubertad debido al enlace femenino que se establece en esa época de la vida con los niveles más internos, que se dejaban ma­tar, por lo general soportando las formas más dolorosas y sexualmente más pervertidas. Les arrancaban los pechos con tenazas calientes, les introducían espadas ardientes en la vagina y/o el ano..., y todo ello por­que les habían lavado el cerebro para que creyeran que si conservaban su virginidad, tenían asegurado un lugar en el cielo. Los libros que re­lataban las historias de dichas mártires eran considerados como edu­cativos para las niñas de la época victoriana, ¡y nos preocupamos de la violencia actual de las películas de televisión! Este tipo de influencia sobre las mentes jóvenes demuestra lo enfermos que pueden llegar a estar algunos fanáticos.

Sin embargo, tal como diría cualquier psicólogo, el sexo, cuando se reprime, se manifiesta bajo otras formas. Después de todo, es el más potente de todos los impulsos humanos, pues, unido al impulso pri­mario de la supervivencia, ofrece un medio para la conservación de la especie en contraste con la supervivencia personal. Se ha dicho con toda razón que lo que uno teme es aquello en lo que se convierte: es­condamos el sexo y éste se manifestará bajo una forma diferente, ge­neralmente en forma de arte, porque lo que es creativo buscará siem­pre una salida creativa. Y encontramos precisamente este hecho en las pinturas medievales de la Virgen y en aquellas de Jesús en la Cruz con la herida en el costado, que, si se mira con suspicacia, parecen los la­bios de una vulva femenina, atravesados por la lanza fálica, de los que brota una mezcla de sangre y agua mientras el Cristo renace en un mundo superior. Podemos observar que en cuadros tales como Susa­na y los ancianos, Ester y el rey y, naturalmente, Eva y la serpiente, exis­tía una cierta tendencia a representar imágenes íntimas. Recuerdo que mi difunta suegra se sintió muy incómoda cuando vio una pintura en un museo de Montserrat, cerca de Barcelona, que representaba a uno de los primeros profetas hebreos alimentándose del pecho de su hija, que le visitaba en la cárcel donde estaba cautivo. (Sus captores se ha­bían propuesto matarle de hambre.) Existe un cuadro en el que san Bernardo de Clairvaux se alimenta del pecho de la Virgen María como muestra del aprecio que ella le tenía. El culto a la madre es también un culto hacia su condición de mujer y su feminidad, hacia sus pechos y su vulva, esos órganos que la hacen ser mujer. ¡Los misóginos tienen madre aunque desprecien a las mujeres!

¿Ha cambiado la Iglesia su opinión hacia las mujeres? No mucho. Todavía se las excluye, a causa de su sexo, del derecho a reclamar el antiguo título de «sacerdotisa», por ejemplo. (Si alguna vez lo recupe­ramos, ¿dejaremos que nos llamen «mujer sacerdote»? Espero que no.

Adoptemos una actitud firme para recuperar el título más antiguo y le­gítimo -y que es mucho más adecuado-, ¡y quizá podamos vestirnos con algo más femenino que una sotana!)

La Iglesia católica todavía obliga al celibato a sus sacerdotes, aun­que hay rebeldes dentro de la misma Iglesia que están intentando cambiar esta norma. ¿Por qué debe renunciar un hombre a la pasión y belleza de una relación sexual por el simple hecho de ser sacerdote? Es posible que esa relación le haga ser más comprensivo con sus feligre­ses y con las mujeres en particular.

En el mundo antiguo se practicaba la contracepción, pero en el nuestro, a pesar de disponer de muchos más métodos fiables, se niega su uso a más de medio mundo, no por motivos médicos, ni siquiera por falta de recursos, sino porque la Iglesia de Roma dice que está mal. Esto se basa en la frase de la Biblia «creced y multiplicaos», que fue pronun­ciada en una época en que la población total del mundo conocido era probablemente inferior a la población actual de la ciudad de Londres. No importa que nos estemos quedando sin aire limpio, sin recursos natu­rales, sin agua, sin tierras, sin comida y sin todas esas especies que comparten el planeta con nosotros. No importa que en Latinoamérica las mujeres mueran a los treinta años a causa de continuos partos en condiciones peligrosas y médicamente malsanas. El sexo, que debería ser una experiencia maravillosa y enriquecedora entre dos personas, se está convirtiendo en un narcótico para la desesperación y la pobreza, perdiendo por este motivo su gloria y su santidad.

El sexo y la Biblia

¡Que me bese con los besos de su boca!

Mejores son que el vino tus amores.

Salomón, Cantar de los Cantares (1,2)

¡Preséntenme a un niño cantor de un coro de iglesia que no haya leí­do algún fragmento de la Biblia relacionado con el sexo! Se puede en­contrar mucho sexo en los libros de la Biblia, y especialmente en el Cantar de los Cantares, algunas de cuyas líneas acabo de citar, y en las leyes pertenecientes al matrimonio, en particular la Ley del Matrimo­nio Levita. En ella se dice que si una mujer queda viuda sin hijos, el pariente masculino más cercano de su marido debe, por ley, tomarla como esposa y criar niños en memoria del difunto marido para que «el nombre de éste no sea mancillado fuera de Israel». Si el pariente cer­cano rehúsa, entonces, en palabras del Código Deuteronómico, la viu­da, en presencia de testigos, se acerca a él, le saca una de las sandalias y le escupe en la cara. Esta idea de tomar a la esposa de un pariente muerto es muy antigua, y proporcionaba a la mujer un hogar y una familia propios. La historia de Rut y Booz constituye un buen ejemplo de esta ley, incluso por el hecho de quitarle la sandalia al hombre que rechazó a Rut como esposa y la entregó a Booz. De paso, es interesan­te destacar que las congregaciones de ancianos que actuaban como testigos y jueces se celebraban siempre ante las puertas de la ciudad, donde los dos pilares o pilones que formaban la entrada hacían de pi­lares del templo o balanza de la justicia: un vago recuerdo de una era pasada, la Era de Géminis y los Pilares Gemelos.

La poligamia era muy practicada en los tiempos bíblicos, como to­davía lo es hoy en Oriente Medio. Muchos patriarcas del Antiguo Tes­tamento, entre los cuales podemos incluir a Abraham, tenían más de una mujer. Además de Sara, también estaba Cetura, que le dio varios hijos, y la concubina Agar, la egipcia que le dio a Ismael, el ancestro de la raza árabe.

Puesto que todo esto sucedió, según nos han contado, cuando Abraham tenía más de ochenta años, y dado que siguió engen­drando hijos hasta los cien, es evidente que, al igual que Moisés, su «fuerza natural» no menguó con la edad.

Los hombres del antiguo mundo parecen haber sido muy potentes para su edad. David tenía ocho mujeres y numerosas concubinas, pero su hijo Salomón los superaba a todos, porque se cuenta que tenía más de mil esposas. Pero fue a Balkis, la reina de Saba, llamada a veces «la reina del sur», a quien más amó. Habiendo oído hablar de su gran sa­biduría, llegó hasta él en visita oficial y lo cautivó por su belleza y por su habilidad para competir con sus propios conocimientos. Al principio se negó a casarse con él, pero Salomón recurrió a engaños para que aceptara y ella cedió para mantener una promesa. Sin embargo, cuando se lee en su totalidad y con conocimiento previo, vemos que es la historia de un matrimonio ritual en el que los poderes tuvieron gran influencia. No olvidemos que Salomón era un gran mago. La intención era concebir a Menelik, tradicionalmente llamado el Maestro Etíope.

También abundan leyendas sobre el Anillo de Salomón. La tradi­ción ocultista dice que dicho anillo fue enviado a Balkis al nacer su hijo, y que permanece oculto en tierra etíope en espera de que llegue la persona predestinada a encontrarlo. Menelik es el León Alado, uno de los Cuatro Maestros Ocultos del Mundo. Todos estos Maestros fueron concebidos al principio de manera ritual, mediante lo que una vez se llamó el Rito de Nut o Rito de Ator, pero que hoy es simplemente el Gran Rito.

Si miramos ahora la historia de Ester, descubrimos a través de todo ese retorcido relato una imagen muy clara de un ritual que sobre­vivió desde los primeros tiempos: la prueba de la virilidad del rey. Se utiliza mucho el número siete, el número tradicional de años después de los cuales el rey gobernante tenía que probar su virilidad. Aquí, el rey en cuestión es Asuero, y se cuenta que agasajó con fiestas a siete hombres importantes durante siete días. El séptimo día envió a los sie­te chambelanes a la reina para que le dijeran que se presentara ante el rey. Ella se negó. Quizá no le convenció la idea de ser tomada sexualmente ante toda la corte, sólo para probar que el rey era todavía poten­te, y fue destronada por no haber cumplido la ley.

Para sustituirla reunieron a todas las vírgenes del país. (El reinado de Asuero se extendía desde la India a Etiopía.) Entre ellas se encon­traba Ester, una jovencita que había sido educada en Babilonia por su tío antes de que los judíos fueran enviados al exilio por Nabucodonosor. Esto nos da la pista que buscamos, porque en Babilonia la cos­tumbre de probar al rey era muy conocida, lo cual hacía de Ester la reina/sacerdotisa ideal para Asuero.

La Biblia nos recalca, no una vez, sino tres, que a las vírgenes se les daban «sus artilugios para la purificación», lo cual nos hace pensar que se trataba de un ritual importante. A Ester le ofrecieron también siete doncellas como criadas. Como sabía lo que se esperaba de ella, se convirtió en la favorita de Hegai, el poderoso eunuco que vigilaba los aposentos de las mujeres, de modo que no debe sorprendernos que la elección del rey recayera sobre la joven

Todo fue bien hasta que los judíos de la ciudad y las provincias fue­ron acusados de deslealtad al rey y se dio la orden de aniquilarlos. Es­ter, para interceder en su favor y acusar a aquellos que habían de des­truir a su gente, se presentó ante el monarca sin haber sido llamada, algo que podía castigarse con la muerte a menos que el rey ofreciera su clemencia permitiendo que se tocara su cetro de oro.

Las palabras exactas son: «... y el rey le tendió a Ester el cetro de oro que sostenía en la mano. Entonces Ester se acercó y tocó la parte superior del cetro». Sabiendo lo que sabemos, podemos afirmar sin miedo a equivocarnos que lo que tocó era el falo del rey, puesto que al permitir que ella tocara esa parte vital de su cuerpo, le estaba ofrecien­do su confianza. Al día siguiente Ester volvió de nuevo con otra peti­ción para el rey y él se la concedió, después de lo cual el cabecilla de los presuntos usurpadores trató de violarla en su cama. Comprensiblemente, el rey le hizo colgar. Gracias a los esfuerzos que Ester había he­cho por ellos, los judíos recuperaron su libertad y sus propiedades, y se les permitió que buscaran a sus enemigos y los mataran. De estos días proviene la Fiesta de Purim.

El acto de sexo público era bastante común en la mayor parte de Oriente Medio en esa época. Por lo general se trataba de la celebración de un ritual en particular, o a veces simplemente para dejar patente algo como, por ejemplo, la salud del rey o para reclamar el derecho al trono. Ésta fue la razón por la cual Absalón, el hijo de David, para re­clamar el reinado de su padre y (lo que era más importante) para que todo el mundo lo presenciara, montó una tienda encima de la casa de David y, citando el lenguaje de la Biblia, «se unió a las concubinas de su padre a la vista de todo Israel» (2 Samuel, 16, 22).

En la Biblia existen muchos más ejemplos que muestran ritos se­xuales, y en Palestina eran bastante comunes los templos no judíos que albergaban a sacerdotes y sacerdotisas. Jezabel, la reina tan odia­da, fue con toda seguridad la sacerdotisa de una tradición antigua y, por dicho motivo, sufrió una muerte ritual a manos de la multitud. Para ser justos en un tema tan amplio sería necesario llevar a cabo una concienzuda investigación de los evangelios sinópticos, comparándo­los entre sí, y no hay duda de que se obtendrían resultados.
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