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Adán y Eva y Lilit

Este ménage á trois bíblico ha sido el origen de más libros, más pin­turas y más especulación que ningún otro relato de la Biblia. Hay quienes lo toman muy literalmente -de la misma forma que toman li­teralmente el resto de la Biblia-, aunque la mayoría lo entienden como lo que es: una alegoría bastante inconexa. El mordisco a la Manzana del Conocimiento podría ser perfectamente un recuerdo de la época de nuestra historia en que los hombres ignoraban su papel en la con­cepción y las mujeres se encargaban de que siguieran ignorándolo.

Como ya hemos visto, Adán no estaba demasiado dispuesto a asu­mir su parte de culpa. Habiéndole prohibido comer del Árbol del Co­nocimiento, lo hizo sin comprender que a veces se les dice a los inicia­dos que no hagan algo para comprobar si son capaces de decidir por sí mismos. Eva fue quien entendió lo que podía significar un mordisco al Fruto del Conocimiento y quien tuvo el valor de probarlo. Atreverse, querer, saber y mantener silencio: son las virtudes del iniciado.

El comportamiento de Adán no mejoró una vez se hubieron esta­blecido en la tierra y hubieron sido cubiertos con «vestiduras de piel» por su Creador. La leyenda nos cuenta que la serpiente les siguió hasta la tierra y, adoptando su forma original de Hijo de la Mañana, se acos­tó con Eva y la dejó embarazada (el simbolismo fálico de la serpiente es aquí inequívoco). Algunos dicen que Caín era el hijo de la serpiente y no de Adán. Sin embargo, Abel sí era su hijo. A pesar de que los judíos tenían una larga lista de leyes que prohibían las bodas entre personas con ciertos vínculos familiares, el Antiguo Testamento está lleno de contradicciones. Se nos cuenta el nacimiento de Caín y Abel y que cuando crecieron tuvieron esposas... Pero si Adán y Eva fueron la primera y única pareja, ¿de dónde salieron las esposas si no eran también hijas de la misma pareja?

Después de la muerte de Abel llevada a cabo por la mano de su her­mano, Adán abandonó la cama de Eva y vagabundeó por la tierra du­rante 130 años, lo cual habría representando una abstinencia extrema si no hubiera sido por el hecho de que se encontró con Lilit una vez más.

Lilit es, sin duda, uno de los personajes más fascinantes de la Bi­blia. Como primera esposa de Adán, le abandonó porque él insistía en ponerse encima de ella durante el acto sexual. Podría ser que esta his­toria surgiera cuando se produjo el cambio del culto a la mujer por el culto al hombre; así lo parece. Lilit, junto con la Diosa Isis (y el came­llo), era la portadora del nombre secreto de Dios y eso le confería un gran poder. Después de rechazar las peticiones de Adán de que fuera ella quien adoptara la postura subordinada cuando hacían el amor, ella dio un salto mientras pronunciaba el nombre de Dios y «en el acto le salieron alas y se alejó volando».

Pero, como es habitual, los hombres se mantuvieron unidos, y cuan­do Adán se quejó ante Dios diciendo: «La mujer que me disteis me ha dejado», Dios envió inmediatamente a tres ángeles para que la busca­ran y la devolvieran a Adán. Ella, con razón, lo rechazó, y por ello se la maldijo a que diera a luz cada día a cientos de niños, de los cuales cien morirían antes del anochecer. ¡Sólo una mente masculina podía pen­sar una crueldad semejante para una mujer!

Aparentemente a Dios le había resultado mucho más difícil crear a una mujer que a un hombre. (Eso se supone.) Hizo varios intentos, de hecho tres, antes de llegar finalmente a Eva. La primera vez permitió que Adán le mirara mientras la creaba, hecho que le produjo tanto asco a Adán que ¡la rechazó antes de que se hubiera terminado el pro­ducto! El segundo intento no resultó mejor, pero finalmente Eva fue creada y Dios le trenzó el pelo, la adornó como una novia con 24 joyas y se la presentó a Adán..., quien quedó prendado de ella.5

Es evidente que Eva y Lilit representan dos versiones de la misma mujer. Esta división todavía forma parte de la psicología femenina: la práctica, femenina y maternal Eva y la apasionada, impredecible y sensualmente tentadora Lilit. Ambas tienen valor para desafiar a Dios, algo que Adán no hubiera hecho jamás. Por dicho motivo ambas han sido injuriadas en todas las épocas: Eva, como la causante de la perdi­ción de Adán, está condenada a traer niños al mundo con dolor y an­gustia; Lilit a ser considerada como la asesina de niños, aunque esto último sea contradictorio, porque es también la Diosa que juega con los niños mientras duermen, haciendo que sueñen y sonrían.6

Este tema es tan amplio que resulta imposible tratarlo adecuada­mente en este libro, de modo que propongo una continuación y una ampliación en un futuro libro, Daughters of Eve, que en muchos senti­dos será una continuación del presente. Para aquellos que no puedan esperar a conocer su desenlace, les recomiendo el libro de Ean Begg Las Vírgenes Negras y el de Bárbara Black Koltuv The Book of Lilith.

Capítulo 4



Los aspectos prohibidos del sexo



Lo que es aceptable y legal en una zona del mundo está condenado en otra. Tal como escribió Kipling: «Los sueños más extravagantes de Kew son realidades en Katmandú y los crímenes de Clapham son ac­tos castos en Martaban». ¿Hasta qué punto el pensamiento y la acción se encuentran condicionados por el lugar y el estilo de vida? En lo que concierne al acto sexual, parece ser que casi todo, en un momento u otro, ha sido permitido o prohibido.

Oriente y Occidente tienen puntos de vista muy opuestos y el sexo es ciertamente un tema en el que es muy difícil que «los dos se encuen­tren». Oriente ha tenido muy pocas dificultades en aceptar la sexuali­dad y el lugar que ésta ocupa tanto en la vida social como en la religio­sa. Occidente, por otro lado, siempre ha tenido una gran dificultad en encontrarle un lugar en ambos ámbitos. Uno de los mayores tabúes de la sociedad occidental es el incesto, que aunque siempre ha existido, para nuestro escarnio, está incluso aumentando según nos cuentan los medios de comunicación. Hace siglos, y en partes aisladas del campo, era algo que casi formaba parte de la vida. Un granjero con dos o tres hijas y una esposa ya fallecida no lo pensaba dos veces y utilizaba a una de sus hijas como sustituta de su esposa. El abuso infantil era muy corriente en la época victoriana, en la que las prostitutas podían tener incluso ocho o nueve años. En la India, incluso hoy en día, no es raro encontrar una niña de esa edad desposada, aunque en la mayoría de los casos el esposo tendrá que esperar a que haya madurado sexualmente para consumar el matrimonio. En algunos estados de Nortea­mérica los matrimonios son legales cuando las niñas cumplen los tre­ce años.

En el pasado, los matrimonios políticos se llevaban a cabo cuando los niños apenas acababan de salir de la cuna: niñas de tres y cuatro años se casaban con hombres mayores que su propio padre, y los ni­ños con mujeres mucho mayores que ellos. Hay en archivo una carta de una reina a su hija, ya casada a la edad de once años con un hombre mayor que ella y que vivía a miles de kilómetros de su familia, en la que le dice: «Date prisa y conviértete en mujer, puesto que es muy importante que [des a luz] a un hijo tan pronto como sea posible». No es de extrañar que las mujeres murieran tan jóvenes y con tanta frecuen­cia en los partos.

Sin embargo, en el antiguo Egipto se consideraba totalmente nor­mal que ambos sexos se casaran tan pronto como hubieran alcanzado la pubertad. En las familias reales, el padre desposaba a la hija (Akenatón se casó con varias de sus hijas), el hermano a la hermana, y la madre al hijo. De esta forma el linaje se mantenía puro, una pureza que pronto desaparecía cuando la endogamia causaba malformacio­nes congénitas y aumentaba las posibilidades de enfermedades here­ditarias.

A menudo estos matrimonios entre seres consanguíneos iban estrechamente ligados a la necesidad del hombre de ser ascendido a rey por la mujer, cosa que ya hemos tratado con anterioridad. Incluso hoy en día existen lugares en Estados Unidos donde la reproducción dentro de la familia es casi una forma de vida.

En la Biblia encontramos incesto entre padre e hija (Génesis, 19, 30-38). Lot, el sobrino de Abraham, subió a una colina con sus dos hi­jas y vivió allí en una cueva. Ambas chicas eran solteras y deseaban te­ner hijos, así que urdieron un plan para emborrachar a su padre y pa­sar cada una de ellas una noche con él. Esto dio como resultado el nacimiento de Moab, ancestro de los moabitas, y de Ben Ammí, ances­tro de los amonitas.

Cuando Amnón, el hijo del rey David, iba a violar a su hermanas­tra, ésta le pidió que no infringiera la ley y que hablara primero con el rey porque, dijo , «él no se negará a entregarme a ti», lo que parece sig­nificar que si Amnón se lo hubiera pedido a su padre, éste sin duda le habría entregado en matrimonio a su hermanastra a pesar de estar prohibido por la ley.

El contacto sexual anal entre hombre y mujer es todavía un acto prohibido en muchos lugares..., lo cual no quiere decir que no se pro­duzca. Una de las acusaciones lanzadas contra los cátaros fue que «utilizaban a sus esposas per anum», y esta afirmación, unida a otras acusaciones de bestialidad y sodomía, ¡fue hecha por un rey y un papa que probablemente realizaban prácticas similares! Si las realizaban, no iban a ser los primeros en mostrarse indulgentes. Las leyendas que rodean al personaje de Ricardo Corazón de León de Inglaterra nunca mencionan que la Iglesia le había reclamado más de una vez que paga­ra multas por el «pecado de sodomía»; multas que en moneda actual sumarían una cantidad aproximada de un cuarto de millón de libras esterlinas.

Hace sólo un cuarto de siglo que ha sido revocada la ley relaciona­da con la homosexualidad entre adultos que consienten, aunque exis­ten lugares en los que todavía se mantiene, al menos de momento. Pero en la actualidad, en general, la cuestión de la homosexualidad y del amor homosexual constituye un estilo de vida aceptado abiertamen­te y sin prejuicios, con revistas, libros, clubs y tiendas que abastecen a los homosexuales. Ya no es tema de cotilleo cuando dos hombres o dos mujeres se van a vivir juntos, aunque en tiempos pasados hubiera representado la hoguera, pues no sólo se quemaba a las brujas. El tér­mino despectivo «marica»7 para denominar a un homosexual provie­ne de la práctica de atarlos juntos con paja y ponerlos alrededor de la estaca. Estos desafortunados eran utilizados literalmente como haces de leña vivientes para encender la hoguera.

El peligro del uso indiscriminado

A pesar de que he cantado las alabanzas del sexo como un placer sensual y como un medio de culto, sólo un loco supondría que su prác­tica no esconde peligros.

Todavía persiste en muchos lugares la idea popular de que la sífilis llegó a Europa cuando regresaron los primeros cruzados. Sin embar­go, últimamente ha habido otras especulaciones que afirman que llegó a Europa procedente de Haití, llevada a Portugal por aquellos marine­ros que habían ido al Nuevo Mundo con Colón. Existe mucha contro­versia en este tema, y personalmente dudo que alguna vez se alcance un acuerdo. Lo que importa es que llegó y se extendió de una forma in­creíblemente rápida por el resto de Europa y aún más lejos.

En su libro Sex in history, G. Rattray afirma que «llegó a Francia, Alemania y Suiza en 1495, a Escocia en 1497, a Hungría y Rusia en 1499. Llegó a la India en 1498 y a China en 1505». (¡En 1506 murió de sífilis el arzobispo de Creta!)

Hoy en día, tenemos una enfermedad todavía más mortal, que es el SIDA. Por extraño que parezca, hay informes que indican que esta en­fermedad proviene también de Haití. Igual que la sífilis, nadie puede estar seguro de cuál es su origen, sólo se conocen los efectos mortales que tiene sobre todos los que la contraen. De forma similar a la rabia, una vez contraída nadie puede escapar de su ineludible final.

Por estos motivos, los rituales de este libro deben seguirlos sólo aquellos que tengan una relación estable y duradera. No me cansaré de recalcarlo. Es malo, peligroso y desaconsejable llevar a cabo cual­quier tipo de ritual cuando no se está preparado ni entrenado. Reali­zar una serie de rituales orientados hacia el sexo con alguien a quien no se conoce bien, supone el colmo de la locura. Es recomendable la utilización de preservativos, no simplemente como precaución ante un embarazo no deseado, sino como salvaguarda para ambas partes, en especial cuando se trata sólo de compañeros mágicos y no unidos, ya sea por un vínculo de tipo legal o personal.

La sífilis y el SIDA son sólo dos de los muchos tipos de infecciones que pueden contraerse o transmitirse sexualmente. La gonorrea y los herpes también están en la lista. La regla debe ser: ante la duda, abste­nerse. Estar libre de cualquier tipo de infección es algo que le debe a su pareja y a sí mismo. Además, e independientemente, hay que tener en cuenta que cualquier cosa que se ofrece a los dioses debe ser pura y limpia, y lo mejor que uno pueda ofrecer.

Moral y ética

Todos tenemos criterios personales a los que nos aferramos y que no nos permitimos traicionar. Hay gente que no los tiene, y los dioses se comportan con ellos de la misma forma en que ellos se comportan con los demás. Siempre existirán quienes se erigen a sí mismos en guardianes de la moral de los demás; en su mayoría se trata de indivi­duos trastornados, asustados, que son presa de sus propios miedos in­ternos y oscuros. Utilizan el poder que adquieren sobre los demás como sustituto de otras energías más naturales. Siempre me ha intri­gado cómo dicha gente puede enterarse del contenido de artículos de revistas o de películas que (en su opinión) son censurables y cómo pue­den llegar a estar tan al corriente de la vida de los demás, si no es des­viándose de su camino para fisgonear, fisgar, y salir a hurtadillas de las librerías cargados de revistas pornográficas.

Las películas son siempre una apuesta segura. Algunos encuentran que La vida de Brian es censurable. Correcto, que apaguen el televisor, no tienen por qué verla..., ni tampoco tienen poder para decirme que yo no la puedo ver. A mí me encanta; la encuentro divertida, conmove­dora y muy acertada. En ella se narra por primera vez la historia de forma real, mostrándonos lo que es probable que hubiese sucedido si una mañana nos hubiéramos despertado y nos hubieran aclamado como al Mesías.

El desnudo en las películas y en el escenario forma a veces una par­te esencial de la vida que la obra está representando. Hace sólo un par de décadas, la censura de Hollywood no permitía que apareciera nun­ca en pantalla una cama de matrimonio, tenían que ser dos camas con una mesita -generalmente bastante grande- en medio. De nuevo, si el desnudo ofende, no hay por qué verlo.

La queja general es que la gente joven se descarriará por culpa de estas cosas. Mentira, la gente joven se descarría por culpa de padres violentos y borrachos o padres que abusan de ellos, de vendedores de drogas en las puertas de las escuelas, de madres que les dejan vaga­bundear por las calles hasta muy entrada la noche mientras ellas van al bingo. Se descarrían por culpa de aquellos que les venden alcohol, cigarrillos o cola para esnifar, y por culpa de quienes permiten que se expongan en los cristales de sus escaparates carteles que anuncian la venta del sexo. Se descarrían por puro aburrimiento. La mayoría de los niños se escandalizan y se angustian más con las películas sobre sexo que les muestran en las clases de biología que por cualquier cosa que den por televisión. Si cree que se asustan por la violencia que se ve en la pantalla, pregunte a cualquier psicólogo y le dirá que el niño es una de las criaturas más violentas que existen. Sólo cuando la violencia se muestra como victoriosa o como una forma de vida admirable, enton­ces cruza la línea divisoria.

Algunas de las películas más violentas es­tán hechas especialmente para niños; consideremos, por ejemplo, la transformación de la bruja en Blancanieves, la lucha entre el príncipe y la bruja en La bella durmiente, la angustia en Dumbo y la crueldad en La Cenicienta. Sin embargo, a los niños les encantan dichas historias. Saben a quién deben vitorear y a quien abuchear. Es al censor interno a quien debemos obedecer; los padres tienen derecho a decir «no». Yo tengo derecho a escribir este libro; usted tiene derecho a no leerlo. Mi ética me pide que les diga a aquellos que lo compren que puede ser pe­ligroso para quienes no estén entrenados. Esta misma ética me exige que no admita en mi escuela a quien yo considere que no es lo bastan­te estable para el trabajo, o que no tiene la edad suficiente para poder tomar decisiones sin correr peligro.

La ética también pide que mi derecho a creer y rendir culto a la for­ma que he elegido, sin ser perseguida, sea tan inequívoco como el que se otorga a un judío, un hindú, un musulmán o un budista. Sin dichos derechos básicos, ningún hombre ni ninguna mujer son realmente libres.

A aquellos que compren y utilicen este libro les digo: la ética es la pauta. Cuando utilice estos rituales, asegúrese de que no se hace daño a nadie ni se traiciona a nadie. Compórtese con amabilidad y cortesía con su pareja. No use los rituales como una excusa para otras cosas.

No traicione su propia divinidad interna.

Capítulo 5


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