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El sexo en las culturas antiguas y en los tiempos modernos



Según algunos de los primeros pensadores y filósofos, la clave de los misterios del universo se oculta en los misterios del sexo. Por una par­te existía el apasionado y activo poder generador masculino, y por otra, el bondadoso y pasivo poder receptivo femenino. A partir de es­tos dos poderes se creó todo lo demás. La mayoría de lo que podría­mos llamar religiones politeístas también se guían según estas direc­trices, sus dioses masculinos proporcionan los poderes generadores y las diosas los receptivos. Alguna que otra vez surgían aquellos que cru­zaban la línea; tal es el caso de diosas como Vesta, la Diosa del fuego, Pelene, Sekmet y Cali, mientras que para complementarlas surgieron dioses menos agresivos, tales como Mercurio, el Mensajero, Thot, el Escriba, y Esculapio, el Curador.

El mundo antiguo

En los tiempos antiguos, el sexo impregnaba cada aspecto de la vida, era una parte importante de la existencia. Los genitales no eran considerados como obscenos, y en algunos países apenas se cubrían. Los dibujos de la cerámica griega nos han dejado plasmada la vida de aquella época. En su mayoría tienen un gran contenido sexual: sátiros y ninfas jugueteando desnudos bajo los olivos, hombres y mujeres jó­venes paseando, bañándose, bailando y haciendo el amor, todos ellos sacados de la vida tal como los artistas los veían en realidad. Los grie­gos luchaban desnudos, o casi, en sus batallas, y no veían nada extra­ño en ello.

Los romanos eran menos aficionados al desnudo, aunque celebra­ban todavía festivales en los que se dejaba de lado cualquier residuo de modestia o vergüenza. De hecho, el ambiente de las bacanales se hizo tan vicioso, obsceno y violento que finalmente fueron prohibidas.

Entretanto, en Egipto, bajo el intenso calor, las mujeres se vestían con poca cosa más que un velo de lino transparente, mientras que las esclavas raramente llevaban algo más que collares, y los criados vestían una falda plisada muy corta también de lino. Por la noche, si re­frescaba, se cubrían con una capa de lana.

Fenicia

Los fenicios llamaban a su jefe Dios Assur, o Aser, que significa el pene, el feliz (obsérvese la similitud con Eheieh Asher Eheieh, nombre que Yahvé le dio a Moisés en el exilio). Otro de sus dioses era Dagón. Representado como medio pez y medio hombre, era un maestro de la humanidad que salía del mar cada día y volvía a él por la noche. Se adoraba al pez como símbolo de la fertilidad debido a la habilidad del pez hembra para poner muchos miles de huevos y porque vivía en el mar, que era la fuente de la vida.

Egipto

La tierra de los faraones ha seducido la imaginación de todo el mundo en uno u otro momento. Su religión era extremadamente com­pleja por sus numerosos dioses. A grandes rasgos, se dividen en dos grupos de divinidades: los que están encabezados por Ra y los que lo están por Osiris. El grupo de Osiris es el más conocido por la mayoría de la gente.

De la unión de la Diosa de las estrellas Nut y del Dios de la tierra Geb nacieron dos pares de gemelos: Osiris e Isis, Neftis y Set, una pareja con la piel blanca y la otra con la piel negra.

Osiris y su hermana/esposa adoptaron forma humana como el rey y la reina de Kemit, antiguo nombre de Egipto. Osiris era el símbolo del poder generador de la naturaleza. De hecho, era básicamente un Dios del maíz. A fin de mostrar el poder que tenía para volver a crecer después de que lo hubieran cortado, se le representaba a veces con tres falos. El mito de la creación de los egipcios cuenta que Atón el Creador se masturbaba en su apretado puño, y existen muchas representacio­nes de Atón y otros dioses en esta posición. Algunos llevan bastones de mando o cetros con una cabeza fálica, otros se muestran con un pene erecto mientras los adoradores les rinden culto y les untan con aceites y perfumes. Herodoto describió una procesión religiosa en la que se llevaban hasta el templo pequeñas estatuas con órganos sexuales mó­viles atados con una cuerda.

El culto al buey Apis era una parte de los ritos sagrados de los egipcios, y el viajero francés Vivant Denon cuenta haber encontrado un falo embalsamado de buey enterrado junto a una momia de mujer. Sin embargo, sus rituales eran mucho más rígidos y estilizados que los de los exuberantes helenos: optaban por la dignidad en lugar del exceso.

Grecia

Zeus era el rey del panteón griego, y podemos encontrar su origen en el Dyaus pitar de los Vedas o Zeupvter. Era un Dios celestial y como tal la mayoría de los «amoríos» (y tenía muchos) los sostenía con mu­jeres humanas. (Podemos ver en esto un eco de la historia bíblica de los hijos de Dios y las hijas de los hombres, y sus matrimonios los unos con las otras.) Los niños que nacían de estas mujeres eran los semidioses, los héroes que eran divinizados después de la muerte. Es también significativo que a Zeus le llamaran el Portador de la Égida, igual que lo era su hija Atenea, que nació sin madre, de la cabeza de Zeus. La égida era una piel de cabra ritual que llevaba un cacique o un gober­nante, y era el tótem de la egeida, tribu que se trasladó a Grecia al principio de su historia. La cabra, igual que el mismo Zeus, era excepcionalmente prolífica, y esto puede haber contribuido a que la égida formara parte de la simbología. El culto a la cabra como donadora de fertilidad estaba muy difundido en muchos países y muchas religio­nes, extendiéndose desde el norte de la India hasta el famoso templo de Mendes en el delta del Nilo. Zeus era también propenso a llevar a cabo ciertas prácticas, que ya en los tiempos antiguos estaban de moda, tales como el amor griego, es decir la homosexualidad. Su rapto del hermoso o el joven Ganímedes, en forma de águila ha sido tema de muchas pinturas.

Hermes, igual que su padre, era muy dado a la persecución de mu­jeres, e incluso su famoso báculo, el caduceo, representaba las ser­pientes macho y hembra enlazadas alrededor del báculo erguido o pene. Sus pilares, o hermes, se podían ver por todas partes, en las ca­rreteras, los pueblos y las ciudades. Cada uno ostentaba una cabeza y un falo erecto que la gente local adornaba y untaba con vino y aceites. De vez en cuando, las mujeres jóvenes les ofrecían su virginidad, una reminiscencia del mismo ritual que prevalecía en la antigua Fenicia.

Hades, el oscuro y silencioso Dios griego del Mundo de los Muer­tos, raptó a su propia sobrina, la hija de su hermana Deméter, y se la llevó para convertirla en su reina. Este ciclo de acontecimientos se con­virtió en la base de los Misterios de Eleusis. A menudo se ha represen­tado a Hades como la forma griega de Satán gobernando el Infierno, pero no es cierto. Simplemente gobernaba a quienes morían, y en su reino no había castigos.

Probablemente el más sexual de todos los dioses griegos fue Dioniso, el Dios del vino y del placer sexual. Sus Misterios se celebraban con rituales orgiásticos y con borracheras. Su colega romano Baco era ado­rado por las mujeres que tenían un comportamiento desenfrenado y li­bertino. Era peligroso encontrarse con las bacantes cuando se encontraban en pleno apogeo de su rito, tal como Penteo pudo comprobar en su propia persona.

Pan o Príapo era adorado principalmente en áreas rurales, y en especial durante la temporada de la cosecha. Se le consideraba como el protector de los rebaños y de los animales salvajes. Al mismo tiempo se distinguía por su comportamiento libertino con las humanas y las ninfas.

Roma

Todas las formas de culto van declinando gradualmente y degene­ran, nada dura para siempre. Roma se convirtió en la más decadente de todas las civilizaciones antiguas, y, de la misma forma que alcanzó un punto muy álgido, degeneró hasta lo más bajo. Hacia el final del Imperio, la pureza inicial de los festivales en honor al falo y a la vulva habían desaparecido para siempre. La corrupción de los gobernantes se convirtió en un gran peso y Roma cayó, arrastrando consigo al has­ta entonces mundo civilizado y abriendo las puertas a la Edad Media.

Roma era una ciudad en la que siempre había florecido la prosti­tución, alimentada por los apetitos tanto de hombres como de muje­res. Había muchas categorías en esta antigua profesión, y no todas las mujeres que la practicaban procedían de los niveles más bajos de la sociedad. La categoría más alta era la de las delicatae, las mujeres mantenidas por hombres ricos e importantes. A continuación estaban las famosae, por lo general hijas -e incluso esposas- de familias ricas que simplemente disfrutaban del sexo por placer propio. Luego esta­ban las dorae, quienes normalmente iban desnudas incluso por la ciu­dad, en contraste con las lupae, o lobas, que ejercían su oficio bajo las bóvedas o arcos de los viejos templos, puentes y del Coliseo. Ése es el origen de la palabra «fornicación»,8 que se utiliza para expresar el sexo degradado. Fue una de estas lupae, llamada Laurentia, quien en­contró a los dos gemelos Rómulo y Remo y los alimentó, salvando así sus vidas. Las elicariae eran las chicas que ayudaban al panadero ven­diendo pasteles con forma de falo en los mercados y que, de paso, se ganaban un dinero adicional. Las copae servían en las tabernas y posa­das, y podían ser alquiladas por los viajeros como compañeras de cama para una noche, y las noctiliae eran las que se paseaban de no­che. Añada a estas las bustuariae, blitidae, forariae y gallinae y se hará una idea de lo bajo que cayó Roma.

India

El triple Dios de la India es Trimurti, que consta de Brahma, Visnú y Shiva. Cada Dios es uno con su consorte, formando un total no de tres sino de seis divinidades. Esto estaba vinculado en el pasado con el símbolo hebreo de la estrella de seis puntas, que representa el universo en equilibrio total. Para los hindúes el sexo era la forma más elevada de culto y sus dioses lo utilizaban para mantener el equilibrio entre el universo y el caos.

El sexo en el mundo moderno

Actualmente el sexo es una paradoja. En muchos aspectos se hace alarde de él, en otros se esconde como si fuera algo vergonzoso. Nues­tra sociedad está dividida en varios grupos: los mojigatos, los desver­gonzados y aquellos para quienes el sexo es carne y bebida. Sólo para unos pocos sigue siendo el fuego sagrado de la vida.

La ropa

La ropa moderna varía de un mes a otro; lo que está de moda hoy, ha desaparecido al cabo de unas pocas semanas. Siempre ha sido la representación del concepto que los hombres tienen de las mujeres.

En los tiempos medievales, las mujeres se depilaban las cejas, se arrancaban las pestañas y llevaban vestidos pesados que les conferían un aspecto de deseables preñadas. ¡Para los hombres la moda consis­tía en unos taparrabos que (generalmente) rodeaban los atributos del propietario! Las mujeres del siglo XVI llevaban armazones debajo de las faldas y rígidos corsés, lo cual daba como resultado una figura de cin­tura estrecha y cadera ancha que hacía juego con los jubones acolcha­dos y las calzas ajustadas de los hombres. El siglo XVII bajó el escote de las mujeres casi hasta los pezones, y en algunos casos sin el casi, mien­tras que los hombres se vestían con sedas, lazos y pelucas. En contras­te, ¡los puritanos se cubrían por completo hasta el cuello!

El siglo XIX trajo los vestidos neoclásicos de cintura alta, de finas sedas y algodones, que se llevaban con muy poca cosa debajo y se hu­medecían con agua de lavanda para hacer resaltar más la figura. Los hombres llevaban pantalones estrechos, calzones hasta las rodillas y ¡maquillaje! A mediados del siglo XIX los hombres se las arreglaron para llevar trajes que hasta no hace mucho no se han eliminado, pero las señoras habían cambiado las formas de nuevo y ahora llevaban miriñaques, una de las estructuras más raras que jamás se haya inventa­do para sentarse. Los tiempos eduardianos vieron la llegada de las se­ñoras de grandes pechos con polisones y sombreros del tamaño de la rueda de un carro. Luego, la primera guerra mundial acabó con todo ello y los años veinte celebraron la llegada de la «joven emancipada» con faldas hasta la rodilla, pechos lisos y una línea diabólica en ropa interior conocida como bragas al estilo Directorio. De ahí sólo faltaba dar un corto paso para llegar a las minifaldas y a las constantemente cambiantes modas de hoy. Los pechos y las caderas han desaparecido y regresado de forma desconcertante, pero debajo sigue estando la mujer.

La publicidad

En la actualidad, para persuadir a la gente de que compre cual­quier cosa parece que hay que venderlo utilizando el sexo como señue­lo: refrescos, perfumes, jabones, coches, casas e incluso seguros. El emblema fálico ha vuelto y la connotación es indiscutible, como pue­da ser el caso de un anuncio en el que una joven inclina la cabeza ha­cia atrás y bebe de una botella. El chocolate se vende con ayuda de una hermosa mujer en ropa interior que desliza sugestivamente una table­ta de la mercancía entre sus labios. Los anuncios de jabones, desodo­rantes y dentífricos se aseguran de que el espectador reciba el mensa­je: si no se utilizan dichos productos no se podrá conseguir una pareja. Incluso el café y los licores se venden apelando al romanticismo que hay en nosotros, que desea con ansia que los dos actores del anuncio beban juntos. Oler de forma diferente, tener un sabor más dulce, pare­cer más esbelto, viajar más lejos, vivir más deprisa..., podemos tenerlo todo a condición de que compremos lo que los publicistas nos dicen que compremos. Y el sexo es la motivación.

Estilos de vida

El caballo fue una vez el método preferido para raptar mujeres. Hoy en día es necesario tener un Porsche, un Ferrari o un Lamborghi­ni, si realmente desea satisfacer su deseo. Si se conforma con menos, también sirve un coche (más) pequeño. Uno u otro serán una exten­sión inconsciente de los atributos físicos de su amante. Hay otros ele­mentos que también sirven para este propósito: un lápiz de labios de mujer anuncia una segunda boca escondida; su bolso es un símbolo de ella misma, su matriz secreta en la que guarda sus tesoros privados y personales. Incluso si es usted una feminista moderna con capaci­dad para abrirse camino en la vida sola, o un hombre independiente que no busca mujer ni madre para sus hijos, todos esos antiguos im­pulsos funcionan dentro de usted. Luche contra ellos y terminará con la cantidad suficiente de neurosis como para estrangular a un gato. Trabaje con ellos, reconózcalos, pero déjelos de lado, y permanecerán tranquilos y dormidos.

Si no disfruta con el sexo, bueno, pues es una pena, porque es tan bueno para la salud como lo puedan ser las espinacas, pero su poder creativo no desaparecerá. Utilícelo de otra forma, aunque siempre de forma creativa. No puede deshacerse de él dándose duchas de agua fría; enfóquelo hacia una salida creativa y lo podrá utilizar sin peligro. ¿Qué le parecería pintar, escribir, hacer fotografías, trabajar en el jar­dín, coser, bordar, cocinar, hacer bricolaje, trabajar el hierro forjado y/o dedicarse a la taxidermia?

Vivimos en un mundo tan distinto del de los antiguos que la reac­ción que tendrían si se les trasladara a nuestra época es absolutamente inimaginable. Si se les pusiera delante de un coche, un tren, un avión o incluso algo tan simple como una pastilla de jabón o un cepillo de dientes, simplemente no podrían soportarlo. La sencillez de su época se ha perdido para siempre, y con ella un tipo de inocencia. Su idea del sexo era, al igual que sus vidas, simple. Era algo que estaba allí, que se disfrutaba inmensamente y se utilizaba a menudo. ¡Cuánto hemos per­dido!

Durante toda la historia registrada del mundo y de sus religiones, el poder del sexo ha sido una fuerza motivadora, aunque no se recono­ciese como tal. La humanidad lo ha elevado hasta lo más alto para lue­go derribarlo hasta el punto más bajo, pero no ha cesado nunca de ser, por sí mismo, el don supremo del Creador.
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