7. Bibliografía Bibliografía citada




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5. El debate acerca de los principios en bioética


Las propuestas que llegaban desde bioeticistas como T. L. Beauchamp y J. F. Childress, trataban de dar una orientación normativa a los desafíos que la tecnología ponía a la naciente bioética. Estos autores proponían los “cuatro principios”: autonomíabeneficenciano maleficencia, y justicia [Beauchamp-Childress 1978]. La autonomía hace referencia al deber de respetar la capacidad de toma de decisiones del individuo, permitiendo que tomen decisiones razonadas e informadas. La beneficenciase refiere al deber que tienen el personal médico y las estructuras sanitarias de actuar siempre en beneficio del paciente. Por el contrario, la no maleficencia apunta al deber de evitar causar daño al paciente: el daño que pueda producir un tratamiento tiene que ser proporcionado y menor que el beneficio que produce. Y finalmente, la justicia indica que se tienen que distribuir los riesgos, daños, beneficios y costos en un modo ecuo: no se puede tratar a pacientes que estén en situaciones semejantes de modos distintos.

Independientemente de las diversas teorías éticas que estaban allí presentes y a la interpretación que se les daba, tales principios venían considerados como de gran importancia. Además de la formación ética escolar, dichos principios éticos, aceptados por todos, deberían permitir a cada uno justificar conscientemente cada decisión, adoptando un cierto alfabeto moral común con el cual resolver las implicadas cuestiones éticas en torno a la práctica médica. El principio de “autonomía” era pensado y propuesto como básico para todos los demás: la moralidad de una acción implica que el individuo realice sus decisiones en modo autónomo. Sobre este principio venían así fundadas las consideraciones en torno al consentimiento informado, al rechazo consciente de los cuidados al enfermo, la cuestión del testamento vital (living will), etc. Aún así, dicha autonomía, junto con los otros principios mencionados, llama a un deber ser prima facie, o sea, vinculante en todas las circunstancias, a menos que estas no lleven a un conflicto con deberes iguales, como por ejemplo, si la opción autónoma del individuo amenazar la salud pública o fuese un costo económico desproporcionado para el Estado. Allí entonces, sí queda justificado limitar en buena medida esta autonomía. Y limitarlos sería tarea de los principios de beneficencia y de justicia.

No obstante los servicios que la esta teoría de los principios pudo brindar, bien pronto mostró su lado débil: el relativismo ético, pues faltaba en su base una antropología adecuada y una ontología de referencia. Sin fundar y justificar qué cosa es el bien o la justicia para la persona, es ambiguo al menos hablar de justicia o de beneficencia. Como señalan Pellegrino y Thomasma, «en los últimos veinticinco años la autonomía ha sustituido a la beneficencia como primer principio de la ética médica. Esta es la mayor y radical reorientación a lo largo de la historia de la tradición hipocrática. Como resultado, la relación médico-paciente ha llegado a ser más honesta, abierta, y respetuosa de la dignidad del paciente. Sin embargo, nuevos problemas se asoman, dado que la autonomía ha sido absolutizada, ocupando el lugar en conflicto con el fin de la beneficencia» [Pellegrino-Thomasma 1996: 120 yPellegrino-Thomasma 1988].

Por estas razones, hacia los 90, se imponía el delicado tema del estatuto epistemológico y los fundamentos mismos de la nueva ciencia de la vida. Si no se quiere caer en el laberinto complicado e insatisfactorio de la búsqueda de los consensos, incapaz de suyo de auto-justificarse, como expresa Elio Sgreccia en su célebre Manuale di Bioetica (2003), se vuelve imprescindible ofrecer orientaciones “fuertes” para la toma de decisiones, dando razón del valor axiológico-prescriptivo contenido en las específicas intervenciones sobre la vida humana.

Sería reductivo, que frente al pluralismo de voces y teorías éticas, se quisiera establecer solamente reglas formales basadas simplemente en el principio de tolerancia hacia toda ética, como lo propuso Ugo Scarpelli, sobre todo si se reflexiona en torno a la importancia humana y social de muchos problemas en bioética.

Así, bioeticistas de nota como el citado E. Sgreccia, D. Tettamanzi, J. Haas, A. Spagnolo, A. Pessina, F. Sullivan y otros, ofrecieron con claridad los principios que podemos denominar de la bioética personalista ontológicamente fundada. Los Principios de la bioética personalista son:

  1. Principio de defensa de la vida física: destaca que la vida física, corpórea, es el valor fundamental de la persona porque la persona no puede existir si no es en un cuerpo. Tampoco la libertad puede darse sin la vida física: para ser libre es necesario ser viviente. No se puede ser libre si no tenemos la vida. La vida llega anteriormente a la libertad; por eso, cuando la libertad suprime la vida es una libertad que se suprime así misma.

  2. Principio de Totalidad: la persona humana —de suyo libre— con el organismo corpóreo, constituye una totalidad y el organismo mismo es una totalidad. De aquí se deriva el

  3. Principio terapéutico, por el cual es lícito intervenir en una parte del cuerpo cuando no hay otra forma para sanar la totalidad del cuerpo. Se requieren las siguientes condiciones precisas: consentimiento informado de la persona, esperanza de éxito, e imposibilidad de curar la totalidad sin intervención.

  4. Principio de Libertad y Responsabilidad: en él se engloba el concepto de que la persona es libre, pero es libre para conseguir el bien de sí mismo y el bien de las otras personas y de todo el mundo, pues el mundo ha sido confiado a la responsabilidad humana. No puede celebrarse la libertad sin celebrar la responsabilidad. Se debe procurar una bioética de la responsabilidad frente a las otras personas, frente a sí mismo y, ante todo, a la propia vida, a la vida de los otros hombres, de los otros seres vivientes.

  5. Principio de la Sociabilidad y Subsidiaridad: La persona está inserta en una sociedad, es más, es el centro de la sociedad, por eso debe ser beneficiaria de toda la organización social, porque la sociedad se beneficia de la persona, de todo hombre y de todos los hombres. La relación social es también ayudada por el concepto de subsidiaridad. Es decir, que todo el bien que puede hacer la persona por sí mismo debe ser respetado, así como todo el bien que pueden hacer las personas asociadas —en familia o en las libres asociaciones— debe ser respetado también. Pero este principio no termina ahí. También implica que sean ayudados aquellos que no pueden ayudarse por sí mismos, que no tienen posibilidad de buscar lo necesario por sí mismos, lo necesario para su alimentación, para su salud, para su instrucción. La sociedad es una verdadera sociedad cuando es solidaria. El “Principio de Subsidiaridad” puede definirse también como Solidaridad.

Quienes cultivan la bioética personalista están convencidos de que este enfoque es fundamental para la promoción del verdadero bien común. En efecto, el bien común no es sino el conjunto de condiciones sociales, culturales y estructuras que favorecen la realización y el perfeccionamiento de cada una de las personas que forman parte de la comunidad. Por lo tanto, no es posible favorecer, o siquiera respetar, el bien común, sin poner en el centro de los intereses, preocupaciones y decisiones de todos y especialmente de las autoridades públicas, el valor y la dignidad sublimes de toda persona humana. El concepto de la dignidad humana fue el centro inspirador de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, proclamada solemnemente por las Naciones Unidad en 1948. Ha sido también central en muchas de las constituciones nacionales de las últimas décadas y sigue siendo, al menos en teoría, el centro inspirador de leyes, resoluciones, sentencias judiciales, etc.
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