La flor marchita renace bajo el sol




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Fulgencio Galdámez guardo silencio. Si dependiera de él utilizaría toda la fuerza pública contra los dos principales enemigos del estado salvadoreño, la mara salvatrucha y la mara barrio 18. Sabían quiénes eran los responsables, sus cabecillas, muchos de ellos presos, seguían delinquiendo sin que las cárceles representaran un obstáculo. Era una situación por demás deprimente.

─Continúa con tu labor ─dijo el Capitán Galdámez levantándose con intenciones de ir por el almuerzo. Su radio transmisor empezó a emitir un insistente sonido al cual le molestaba estar habituado. ─no ahora ─dijo ante el inoportuno llamado ¿qué será que no puede esperar? Se vio en la necesidad de responder.

─Aquí Capitán Galdámez informe.

─Capitán se acaba de producir un asesinato en las adyacencias de la Universidad de El Salvador, requerimos de su presencia acá de inmediato, ─notifico el responsable de la unidad de patrullaje. Su voz era de urgencia.

─Almuerzo y nos vemos en el sitio, en eso de una hora. Cambio.

─Creo que debería venir ahora mismo, la víctima es un joven dirigente universitario y se ha causado un gran revuelo, los estudiantes exigen la presencia de un alto funcionario para que el caso se atienda sin demoras. Cambio.

─Diablos, esos malditos criminales no respetan a nadie. Sera mejor que dejen el papeleo para después ─indico a los dos oficiales que se encontraban en su oficina, ─ síganme tenemos un crimen en la universidad y la cosa esta que arde.

Una comisión de tres patrullas y veinte funcionarios se enrumbó hacia el principal centro de educación superior del país.

La situación al exterior de la universidad estaba tomando calor, cada vez un mayor número de estudiantes se congregaban para mostrar su sorpresa y desconsuelo ante otro horrendo crimen, que en esta ocasión le quitaba a uno de sus elementos más preciados. Pablo Andrade era un reconocido luchador estudiantil, que en días recientes había realizado algunas intervenciones públicas exigiendo que el gobierno tomara medidas contra el desbordamiento de la delincuencia en El Salvador. Esa osadía posiblemente le había costado la vida.

Fulgencio Galdámez observo con preocupación el ambiente enrarecido. La multitud iba creciendo en cantidad y el ánimo no era precisamente de calma, debía actuar rápido antes que el tumulto se le fuera de las manos.

Ya en la escena se encontraba un grupo de policías y el equipo forense que hacia las experticias correspondientes.

–Ocho disparos, por lo menos seis de ellos fatales, fue un ataque a corta distancia, ─le comunico el médico presente en el lugar, ─fue sorprendido mientras esperaba transporte, falleció casi de forma inmediata ─agrego el médico complementando la información.

─Quiero un informe exhaustivo, esto se pondrá peliagudo ─dijo el capitán.

Galdámez se dirigió hacia el oficial de mayor jerarquía presente en la escena del crimen para conocer sus impresiones y saber si había algún testigo que facilitara la investigación. Por otra parte, la intensidad de la manifestación iba en aumento. Unos estudiantes exaltados aparecieron de la nada con unos cauchos prendidos en fuego, colocaron una barricada en la avenida e instaban al resto a pasar a la acción. Obvio sus planes de hablar con el oficial y se dirigió hacia el punto neurálgico de la manifestación.

Sabía perfectamente cómo lidiar con este tipo de conflictos, antes de ser asignado a su cargo actual se había desempeñado como parte del cuerpo especial anti motines, que había tenido que enfrentar protestas de los diversos sectores sociales y sindicatos en la lucha por mejores reivindicaciones y beneficios, sin embargo pocas veces había visto una manifestación que tuviera como motivación principal un asesinato, parecía que el país lo aceptaba como parte de su vida cotidiana, de su ADN colectivo como nación.

Al principio el grupo de estudiantes agresivos apenas llegaba a una veintena. En pocos minutos ya superaba los cien y crecía muy rápido, el experimentado capitán pensó que en este caso se debía atacar directamente a la cabeza, por lo cual se concentró en determinar quién estaba al frente. Camino entre la multitud que lo miraba con recelo, la opción de adentrarse en el tumulto era arriesgada, pero en ese punto no tenía muchas más alternativas. Era mediodía y hacía calor, podía sentir correr el sudor por debajo de su uniforme, saco un pañuelo para secar su cara, el humo negro proveniente de los neumáticos incendiados le empezaba a dificultar la respiración, en otros tiempos lo toleraba con facilidad pero al parecer estaba perdiendo la práctica. Para su sorpresa quien se encontraba dirigiendo la manifestación era una mujer, su subconsciente le indicaba que esta revuelta por sus caracteristicas contaría con el liderazgo de algún representante del sexo masculino, pero no en esta oportunidad. La joven impartía instrucciones que eran atendidas de forma inmediata. Fulgencio pudo percatarse de que se trataba de una mujer muy atractiva, aunque llevaba ropa holgada su silueta resaltaba de forma espontánea, lo que le añadía más extrañeza al asunto, no era común que alguien con esa fisonomia se involucrara en estas cosas, se imaginaba que chicas como ella debían estar en la televisión o en los concursos de belleza.

─ ¿Usted está al frente de esto? ─Pregunto con autoridad.

La expresión del rostro de la bella mujer denotaba la impotencia del momento, la pérdida de un compañero de luchas era una condición difícil de asimilar y más tratándose de alguien joven con toda una vida por delante.

─En efecto. Exigimos justicia, no es posible tantas muertes sin que nadie haga algo al respecto. ─reclamo la líder de la revuelta.

En otras circunstancias debe ser más bella todavía, pensó el capitán.

Cientos de miradas encolerizadas se tornaron hacia el capitán Galdámez quien fungía como el representante gubernamental, su respuesta debía ser precisa de lo contrario nadie podría frenar un desenlace violento. Las condiciones estaban dadas para ello.

Tomo una bocanada de aire y repaso visualmente los rostros encendidos por la cólera, posteriormente fijo su mirada en la líder de la manifestación quien de momento instaba a la multitud a hacer silencio para escuchar el mensaje.

─He venido al conocer del grave crimen que se ha cometido contra uno de sus compañeros─ señalo Galdámez esforzándose por hablar lo más fuerte que pudo, ─yo mismo voy a asumir el compromiso de parte del gobierno nacional ─prosiguió. ─Este caso va a contar con nuestra atención especial y les aseguro que pronto caerán los perpetradores. Solicitamos su máxima colaboración, todo los que puedan aportar nos ayudara a la rápida solución de este homicidio que les duele y nos duele a todos, pero no es momento para perder la cordura, de hacerlo estaremos cayendo hacia donde ellos quieren llevarnos, levantemos esta manifestación y confíen en que se hará justicia. Se vio sorprendido por la serenidad de sus palabras.

Se produjo un incómodo silencio.

─ ¿Qué garantías tenemos de que en esta ocasión se llegara al fondo del asunto y no se trata de simple retorica para salir del paso? ─Prorrumpió la líder del grupo.

Era una pregunta muy acertada, el capitán barajo las posibles respuestas, su destreza mental fue puesta a prueba.

─Se puede nombrar una comisión o un responsable para hacer seguimiento al curso de la investigación, les prometo que no ocultaremos detalles.

─Personalmente quiero estar al tanto para mantener informada a la comunidad universitaria, ─señalo la cabecilla de la manifestación. La propuesta fue aceptada por los estudiantes y avalada por el Capitán Galdámez.

Al cabo de unos minutos la manifestación se disolvió y tanto el capitán como los demás funcionarios pudieron dedicar su atención a la escena del crimen y al levantamiento del cadáver. Era inexplicable la saña con que fue ejecutado el homicidio. Fulgencio contemplo con pavor como al menos tres impactos de bala habían hecho blanco sobre la cabeza del estudiante Pablo Andrade, incluyendo uno que le saco de sus cuencos el ojo derecho.

─Ah por cierto ¿Cuál es su nombre? ─Pregunto el capitán dirigiéndose a la bella mujer que aún se mantenía en el sitio del asesinato.

─Juliana Genovez ─dijo la joven sin distraer la mirada del cuerpo inerte de su amigo.

Jueves 15 de agosto de 2019.

Salió de la oficina del rector apenas treinta minutos después de haber ingresado en ella. La reunión con la máxima autoridad universitaria había sido breve y precisa, el plan presentado para combatir la delincuencia desde su raíz recibió el visto bueno del catedrático, que no dudo ni un instante en avalar un proyecto a todas luces revolucionario. Tal vez era la solución que necesitaba el país.

Juliana Genovez se desplazaba por los pasillos de su alma mater con la convicción de estar colocando su grano de arena en una lucha por el futuro de El Salvador. Los estudiantes la admiraban más allá de su destacable físico, se había dado a conocer por su capacidad de trabajo y su entrega incondicional a la transformación de su universidad. Ahora le inspiraba una causa superior, el saneamiento de una sociedad corrompida hasta los tuétanos por la criminalidad.

La Universidad de El Salvador era por mucho la más grande del país, allí se impartían 169 carreras distribuidas en nueve facultades en su sede central y tres más en el interior de la Republica. En total contaba con una matrícula superior a 60.000 estudiantes que constituían la esperanza de una nación que como la mayoría de sus vecinos en Centroamérica no terminaba de salir del subdesarrollo. Este pequeño país conocido como el pulgarcito de América, apenas contaba con una superficie de poco más de 21.000 kilómetros, por el contrario se encontraba densamente poblado, con alrededor de 7 millones de habitantes, tenía la densidad poblacional más elevada del continente.

Entre las razones que habían sumido a El Salvador en el lastre del subdesarrollo se encontraban; la poca capacidad gerencial de sus gobernantes, los elevados índices de corrupción, el problema del acaparamiento de la tierra en pocas manos, la falta de inversión en áreas fundamentales y la fuga de su talento humano hacia otras latitudes. Todos estos elementos se habían conjugado para crear una situación de pocas expectativas hacia el futuro, motivo por el cual se dio el proceso de migración masiva de sus ciudadanos en busca de mejorar su calidad de vida. En total casi 3 millones de salvadoreños vivían fuera de sus fronteras. Un aspecto positivo de esta diáspora consistía en la modalidad del envío de remesas desde el exterior que constituía desde hacia varios años la columna vertebral de la economía salvadoreña, además de ser el sustento de muchas familias empobrecidas que dependían de esos ingresos para su sobrevivencia en un país con pocas oportunidades para progresar. Por otra parte la delincuencia desbordaba causaba estragos en la vida cotidiana de los salvadoreños, la presencia omnipotente de bandas criminales ejerciendo su ley en las comunidades populares e impartiendo el terror en las personas de bien, resultaban otro obstáculo para la estabilidad social de un pueblo de por sí deprimido; mientras las fuerzas del orden publico poco o nada podían hacer al respecto. Entre estos grupos destacaban en su máxima expresión las maras, grupos formados originalmente en los Estados Unidos que se habían instalado firmemente en El Salvador y demás países de América central tras la deportación de miles de pandilleros desde la tierra del tío sam, hoy por hoy su capacidad organizativa y delincuencial se sentía profundamente en esta sociedad golpeada como pocas.

Juliana Genovez se encontraba cursando el último año en la facultad de ciencias jurídicas. Como otros jóvenes de su generación tenía el sueño de contribuir al desarrollo sustentable del país que la vio nacer, antes de iniciar su carrera universitaria rechazo la oferta de tomar sus maletas e irse hacia Washington, donde su tío Julio le ofrecía la oportunidad de estudiar en alguna universidad de la capital estadounidense, por el contrario se empeñó en obtener el título de abogado en su tierra, se sentía atraída por las luchas sociales y creía que con el esfuerzo de la juventud salvadoreña podían ir transformando gradualmente su territorio.

Ella era una chica especialmente atractiva. Sus protuberantes curvas constituían un deleite para el sexo masculino, su abundante melena ensortijada le añadía un toque de sensualidad exótica, su tez morena, cautivadora sonrisa y rostro angelical hacían que no pasara desapercibida para nadie, tanto por el deseo fulgurante que despertaba entre los hombres como por el celo y la envidia que le dispensaban las féminas.

Desde que ingreso en la Universidad de El Salvador se fijó como premisa no distraerse hacia el logro de su objetivo, por ello las relaciones sentimentales estaban en un segundo plano, solo en el primer año de carrera se había involucrado en un amorío con un compañero de facultad que al poco tiempo no devino en nada ya que el chico no llego a interesarle lo suficiente, en cambio él llego a obsesionarse por la bella Juliana al punto de ocasionar en ella preocupación por su conducta obsesiva, varias escenas de celos sin justificación y la persecución constante de la que fue objeto hicieron que Juliana tomara la decisión de romper por lo sano antes de que la situación se complicara más. Esta experiencia poco grata y alguno que otro romance de adolescente en su natal municipio La Libertad, representaban su poco extenso currículo en el mundo del amor.

─ ¿Crees que después de graduarme deba volver a mi casa en La Libertad? ─ Pregunto Juliana con tono indeciso a María, su amiga y compañera inseparable desde su llegada a la capital salvadoreña.

─Pienso que debes estudiar las opciones que hay aquí, después de todo no es mucho lo que puedas hacer en tu pueblo, tal vez conseguirte un buen marido que te de lo necesario para vivir bien. Pero eso no es para ti ─reflexiono Maria, ─te has preparado mucho como para terminar de doncella en ese recóndito lugar a orillas del pacifico.

─En eso pienso que tienes razón ─índico Juliana. ─tal vez pueda forjarme un buen puesto en algún juzgado o hasta en una institución gubernamental, ─dijo con un aire de desdén.

─Estoy totalmente de acuerdo ─sentencio María, mientras dejaba escapar una pícara sonrisa; ─con esas cualidades que posees ni hablar. ─agrego con sorna.

─Muy graciosa ─replico Juliana ─me conoces bien sabes que jamás aceptaría algo que no me hubiese ganado por méritos, así que esa insinuación no tiene lugar.

─No te enfades conmigo, es solo una broma ─sentencio Maria ─yo más que nadie conozco tu capacidad y se también las cosas que realmente te motivan. Ahora María hablaba con seriedad; ─porque no te involucras en alguna ONG que desarrolle proyectos sociales, este país necesita jóvenes profesionales con tu visión y compromiso, incluso podrías incursionar en la política, después de todo ya llevas varios años militando en el FMLN, y aparte tienes la experiencia de tus años como representante estudiantil ante el Consejo Directivo Universitario.

─Gracias María, en realidad he pensado mucho en ello, mis compañeros me han insistido para que me integre activamente en el trabajo del Frente, y a decir verdad es la propuesta que más me interesa.

María se acercó a su compañera y la abrazo cariñosamente. Sabía que Juliana se encontraba en la encrucijada entre volver a estar cerca de la familia o cumplir sus sueños. En ambos casos pensó que como siempre contaría con el apoyo incondicional de sus padres.

─Sabes que cualquier decisión que tomes para tu futuro vas a contar conmigo ─manifestó Maria ─para eso son las amigas ─prosiguió. Le hizo un guiño de ojo y remato diciendo. ─a lo mejor cuando seas alguien importante necesitaras una persona de confianza para ayudarte.

Juliana sintió que recuperaba su energía, como de costumbre María lograba levantarle el ánimo. En todos los años anteriores se había convertido en su consejera, amiga y hasta paño de lágrimas cuando la tristeza la arropaba.
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