La flor marchita renace bajo el sol




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─Bien es hora de ponernos en marcha, nuestro nuevo proyecto requiere entrega absoluta y total y no está exento de peligros, ¿estas segura que quieres acompañarme? ─Pregunto Juliana a su compañera.

─Jamás te dejaría sola y lo sabes ─replico María con decisión.

Desde la trágica muerte de su compañero Pablo Andrade no podía pensar en algo diferente a ofrecer a las familias salvadoreñas una opción para librarse del yugo de las maras. A ello dedicaría hasta su último aliento si fuese necesario.

Sabado 17 de agosto de 2019.

La organización del envió les había llevado varias semanas de planificación. Constituía el mayor desafío para la mara salvatrucha desde su incursión como proveedor directo de drogas hacia los Estados Unidos. Tradicionalmente habían cumplido un destacado papel como bandas armadas que custodiaban los cargamentos de estupefacientes de los carteles mexicanos, pero recientemente habían optado por ascender al siguiente nivel, el lucrativo negocio reportaba exorbitantes ganancias de los cuales ellos recibían solo una ínfima porción, tomando en cuenta que eran los que en definitiva ponían el pecho a las balas, como solía decirse en el argot criminal.

Se encontraban en la última escala para atravesar la extensa frontera de 3.185 kilómetros que dividían a la nación azteca de los Estados Unidos de Norteamérica. Pedro Castro y Alfredo Gamarra encabezaban el grupo compuesto por ocho miembros de la mara salvatrucha, enviados para cumplir el trabajo. Habían escogido Ciudad Juárez como lugar de ingreso, a pesar de la peligrosa presencia del poderoso cartel que controlaba todas las actividades delictivas en la ciudad. Un error de cálculo los condenaría a una muerte segura.

Si quieres que algo te salga bien hazlo tú mismo, ese era el lema de Pedro Castro alias “roedor”, un alto mando de la mara salvatrucha que gustaba de realizar el traslado de la merca personalmente. No es que fuera particularmente desconfiado, (al cabo quien no lo era en el mundillo criminal), más bien se veía a sí mismo como un intocable, por ello lo habían bautizado con ese apodo, o por lo menos eso era lo que él creía. Presumía de su destreza para camuflarse, así como de su habilidad natural para encontrar puntos débiles en los cuerpos de seguridad de los países por donde debía transitar la droga.

Fijaron como punto de reunión final para el cruce una vieja casucha a las afueras de la ciudad, la misma era utilizada por los coyotes como lugar de paso de migrantes ilegales, el sitio fue facilitado por un hampón de poca monta de la localidad a cambio de unos cuantos dólares. El lugar estaba en condiciones deprimentes, Pedro se imaginó las adversidades por las que tenían que pasar sus compatriotas en busca de un sueño. Pero en definitiva no era su asunto, cada quien trazaba su propio destino, el suyo estaba marcado, quería subir al tope del mundo de las pandillas y para ello necesitaba ganar el prestigio y dinero que le daban este tipo de encomiendas en su poco honorable profesión.

La sala abandonada les servía como depósito de los 500 kilogramos de cocaína procedentes de Colombia y que debían pasar la madrugada siguiente. Buen festín se darían esos gringos con el polvo que ellos proveían, siempre están dispuestos a pagar una buena suma para meterse esa porquería, pensó Castro.

Los paquetes pesaban dos kilos cada uno. En total 250 paquetes serían entregados a un enlace en El Paso, Texas. Un cargamento bastante grande y difícil de ocultar, por ello descartaron la opción de pasar a través de la aduana, por el contrario decidieron cobijarse en la oscuridad de la noche para atravesar el rio bravo en un punto previamente convenido con su contacto, donde este ya tendría un vehículo preparado para el traslado de la mercancía. La operación era riesgosa porque todas las agencias de seguridad de los Estados Unidos tenían presencia en la ciudad fronteriza y custodiaban milimétricamente la zona, pero el botín valía la pena, en las calles del vecino del norte un kilogramo de polvo tenía un precio de 30.000 dólares, y dependiendo de su nivel de pureza el mismo podía aumentar considerablemente.

─Tengan cuidado con los paquetes ─ordeno Pedro Castro a sus secuaces, ─que no se rompa ninguno, este cargamento es el más importante de todos y hay que entregarlo intacto. Al grupo se habían sumado dos lugareños que conocían la ruta a la perfección, ese camino los llevaría hasta el objetivo al otro lado del rio bravo.

“Roedor” se mordía el labio inferior en una especie de tic nervioso, este negocio tenía muchos enemigos tanto del lado bueno como del malo, se paseaba incomodo alrededor del lugar con el teléfono adherido a su mano, su contacto debía llamarlo para darle las coordenadas específicas, no le inquietaban ni la policía mexicana ni el mismísimo cartel de Juárez, en ocasiones pensaba que ni la muerte lo asustaba. Pero la DEA si era un caso serio, caer en sus manos significado enfrentarse al rígido sistema legal norteamericano, que no tenía contemplaciones con los narcos como él.

Al fin se produjo la esperada llamada. Recibió las coordenadas. La ubicación del lugar de intercambio no lo compartió con nadie, ni siquiera con Alfredo Gamarra que en la práctica era su lugarteniente. Por ahora sería su secreto, solo comunicaría la información a la hora de partir. Tocaba esperar una segunda llamada para anunciarle el instante exacto de la salida. Todo debía ser milimétrico. Se recostó sobre una harapienta cobija para descansar mientras llegaba el momento, sus compañeros intercambiaban historias con los mexicanos acerca de sus proezas como delincuentes. Se quedó dormido. El teléfono sonó nuevamente, parecía un eco lejano. La insistencia del sonido le hizo incorporarse de inmediato.

─Debes moverte de inmediato, los chingones del cartel de Juárez van por la droga, ─crujió la voz al teléfono. No le dio tiempo de preguntar nada, la llamada se cortó.

Se trataba de una delación no tenía dudas, más adelante habría que ajustar cuentas, pero de momento necesitaba a todos los elementos disponibles, entregada la mercancía otro gallo cantaría. A continuación se apresuró a avisar la novedad, en minutos abandonaron la vieja casa rumbo a la frontera. La noche era desolada y fría, por el camino se toparon con algunos transeúntes que se escondían al mirar los focos de la camioneta. Pedro Castro imaginó que se trataba de migrantes que iban en su misma dirección, amparados en la oscuridad. Dio las indicaciones al conductor, uno de los mexicanos que asimilo la información sin preguntar, conocían esos caminos como la palma de su mano.

Allí estaba el rio bravo, Castro pensó que su fama se debía más a su simbolismo que a sus dimensiones, le pareció apenas un charco mugriento. Habían dispuesto unos morrales para dividir la droga, tenían que atravesar a pie con un peso promedio de más de cincuenta kilos cada uno, la otra opción consistía en dar dos viajes, pero esa idea la descarto de plano al implicar un riesgo mayor. Deberían cruzar con un peso considerable a cuestas. Lanzaron a los guías por delante, cuando ya estos alcanzaron la mitad del trayecto, le siguieron otros dos, repitieron el ejercicio hasta que llego su turno. La superficie debajo del agua era fangosa, su compañero trastabillo y por poco termina sumergido de no ser por la mano salvadora de Pedro, el frio le entumecía las piernas, con dificultad pudo observar como los dos primeros grupos coronaban la orilla y se disponían a cobijarse en unos arbustos poco frondosos, trato de aligerar el paso solo para percatarse que no tenía sentido, se resbalaba, el peso era considerable. Le convenía tener paciencia.

Disfruto el hecho de pisar suelo norteamericano por primera vez, no comprendía porque tanta gente arriesgaba la vida para vivir en este país donde no eran bien recibidos. Por suerte su estancia seria breve. Se dispusieron a adentrarse en tierras del tío sam para llegar al punto del intercambio. Caminaron un tramo que le pareció excesivamente largo, tenía los pantalones húmedos y lo agobiaba el frio, la penumbra era absoluta, apenas podía distinguir al compañero que iba por delante, pensó prender una linterna pero eso los podía convertir en blanco fácil de las patrullas migratorias. A la distancia observaron las luces intermitentes de un vehículo que se acercaba en su dirección, era la señal convenida, pero no estaba seguro. En la medida que la camioneta reducía la distancia que los separaba, pudo percatarse que se trataba de su enlace que acudía al encuentro con admirable puntualidad, tanteo la 38 que llevaba en el cinto para darse seguridad. En estos intercambios nada estaba escrito y siempre se debía estar preparado para lo peor.

Pedro Castro observo que el número de individuos que descendía de la camioneta eran cinco en total, uno de ellos tomo la iniciativa, sin dudas se trataba de quien estaba al mando.

─Bienvenidos dijo Hank Palmer en un deficiente castellano.

Pedro apenas asintió con la cabeza, quería cumplir rápido este trance para volver a terrenos más seguros.

─Aquí está el encargo según lo convenido ─soltó “roedor”, repasando visualmente a los acompañantes de Hank tratando de detectar cualquier actitud sospechosa.

─Necesitamos revisar la mercancía ─señalo Hank.

Pedro Castro dudo por un momento.

─Así funcionan las cosas ─remato Hank Palmer como para romper el tenso ambiente.

Con una señal Pedro indico a sus socios que desempacaran la droga para que Hank pudiese echarle un vistazo, habían realizado esa tarea muchas veces por lo cual les llevo solo unos instantes tener la mercancía ordenada. 250 paquetes de dos kilogramos. Todo en orden. ─asevero Castro.

Hank Palmer tomo unos de los paquetes y realizo un corte con una pequeña navaja que sacó del bolsillo de sus vaqueros, extrajo una pequeña porción del blanco polvo. Inhalo profundamente, los demás contemplaban la escena, atentos a cualquier eventualidad.

─Palmer soltó una carcajada. De la mejor calidad ─afirmo. ─Esto se va a vender como pan caliente.

El pesado ambiente se disipo, ahora todos sonreían. El trance estaba hecho.

Pedro Castro recibió de Hank el dinero acordado. Todo había salido sin inconvenientes.

─Un placer hacer negocio con ustedes ─dijo Pedro estrechando la mano de Hank. ─Espero que sea el comienzo de una de una fructífera relación ─agrego.

─Ya sabrás de nosotros ─dijo Hank eufórico. Se dirigió al vehículo con paso decidido, abrió la puerta, repentinamente regreso al lugar donde estaba Pedro. Este bajo su mano a la cintura instintivamente.

─Cuídate de esos mexicanos sapos ─señalo Hank Palmer ─en esta has corrido con suerte, pero no se sabe cuándo el santo se coloca de espaldas ─comento en un susurro, para acto seguido volver a su camioneta.

Pedro Castro observo en silencio como su socio se alejaba en la oscura noche tejana, el retorno no estaba libre de riesgos, sobre todo llevando encima una buena suma de billetes verdes. Se alivió pensando que al contrario de la droga no tenía tanto volumen y era mucho más liviano. Atravesaron el rio de vuelta con mayor comodidad que en la ida.

Pedro tomo el volante del vehículo, nuevamente eran ocho. En la orilla mexicana del rio bravo quedaron los cuerpos sin vida de los mexicanos delatores. Disfruto enormemente ver suplicando a los dos sapos al verse descubiertos, pero en este mundo no hay piedad para el torcido pensó Pedro con una amplia sonrisa dibujada en su rostro.

Martes 20 de agosto de 2019.

─Estamos invirtiendo mucho en esa operación ─dijo Joseph Mcvoy jefe de la oficina de la DEA en la ciudad de El Paso. ─Espero que tengas un gran caso entre manos

─Estoy tras la pista de una nueva red de narcotráfico que se está tejiendo a gran velocidad ─afirmo Gordon Meyers. ─atacarlos en este momento sería un error, hay que darles cebo para llegar hasta el fondo, el objetivo es capturar a los cabecillas de las maras que son los que controlan la organización.

El oficial Gordon Meyers vestía ropa de civil, su barba daba la impresión de tener muchos días sin rasurar, aparentaba más de los cuarenta y cinco años que llevaba a cuestas, para cualquiera persona de la calle hubiese sido muy difícil asegurar que se trataba de un agente del departamento anti drogas de Estados Unidos. Pero eso en vez de ser un problema lo convertía en una ventaja. Gordon Meyers representaba un elemento de gran valor dentro de la institución.

Gordon cogió un lápiz y una hoja para ilustrar gráficamente en qué consistía la operación en la que estaba trabajando. En la parte superior de una especie de organigrama se encontraba Hernán González alias “flower salvatrucha”. – Hasta aquí quiero llegar ─sentencio con firmeza.

Joseph Mcvoy observo el pedazo de papel, coloco una mano en su mentón como si ese gesto le permitiera pensar con mayor claridad, se imaginaba que un golpe de este tipo era lo que estaba necesitando su carrera para tomar un segundo aire, observo el inexpresivo rostro de Gordon que lo miraba fijamente esperando su aprobación.

─Tienes que estar totalmente convencido, de fracasar te quedaras solo y tendrás que asumir toda la responsabilidad ─dijo finalmente.

Gordon Meyers sonrió. Era justo la respuesta que esperaba.

Salió de la oficina de Mcvoy sin despedirse, dentro del edificio todo el mundo parecía ocupado en alguna tarea, tan solo uno o dos funcionarios le reconocieron. Excelente. Debía abandonar la sede con la mayor discreción posible, al pisar la calle volvería a ser el narcotraficante Hank Palmer. Estar de infiltrado era sumamente riesgoso, las mafias resultaban especialmente crueles cuando descubrian a un policía metido en sus filas, muchos colegas suyos habían caído en el cumplimiento del deber a manos de los carteles de la droga. Palmer no quería correr la misma suerte, ser un mártir no le atraía, ni siquiera la idea de un funeral con honores le tranquilizaba. Alcanzo la calle a través de una puerta lateral, camino lo más rápido que pudo tratando de confundirse con los transeúntes que pululaban por el lugar, su camioneta estaba parqueada como a tres cuadras, solo necesitaba llegar hasta allí y desaparecer de inmediato, la próxima vez le exigiría al jefe verse en un sitio más discreto. A pocos metros diviso la camioneta, observo a la distancia que un hombre regordete le daba vueltas al vehículo, pensó que tal vez estaba mal estacionado. Al acercarse más, se dio cuenta que la rellena silueta pertenecía a alguien conocido, para su desgracia se trataba de Rex Murphy el narcotraficante local para el cual estaba trabajando, sintió que la sangre se le helaba, mil conjeturas se dibujaron en su cabeza en cuestión de segundos. Del otro lado de la calle dos automóviles acompañaban a Rex, dentro de ellos pudo contar por lo menos a cinco hombres más, de haber sido descubierto las posibilidades de salir con vida eran remotas pensó Gordon.

Los ojos de Rex Murphy eran pequeños y escurridizos, lo que le daba un aspecto más desagradable. Murphy hasta hacia poco era un narcotraficante de poca monta, que recientemente y gracias a varios golpes importantes se estaba abriendo paso como uno de los mafiosos más peligrosos de la frontera sur. Se caracterizaba por su cautela. A Gordon Meyers le había costado trabajo penetrar su círculo de confianza, para ello tuvo que pasar algunas pruebas hasta demostrar su destreza y arrojo.

─Dónde diablos estabas ─reclamo Murphy ─te he llamado muchas veces, luego vi tu camioneta abandonada y pensé que te habían detenido o algo por el estilo ─le increpo Rex.

Su preocupación parecía genuina, lo cual tranquilizo a Gordon.

─Solo fui por unos cigarrillos, ─respondió con toda la naturalidad que le permitió su voz. Saco una caja de lucky strike que tenía guardado en su chaqueta y encendió uno para completar la actuación.

Rex Murphy ladeo la cabeza he hizo un gesto a sus acompañantes para marcharse.

─Bien, sube al auto tengo noticias ─dijo Rex Murphy. Se montó en el puesto del copiloto. ─Qué diablos piensas apúrate, ─ordeno a gritos.
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