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DE INTERÉS PARA CATÓLICOS TAURINOS

(En la presente edición electrónica NO se reproducen los documentos eclesiásticos en su versión en latín, los cuales aparecen reproducidos en la edición original en soporte papel. Cualquier interesado puede adquirir la versión original dirigiéndose a Asanda)

Recopilación de Luis Gilpérez Fraile



Queda prohibida la reproducción total o parcial de la presente obra bajo cualquiera de sus formas, gráficas o audiovisuales, sin la autorización previa y escrita del autor, excepto citas, siempre que se mencione la procedencia de las mismas

©Luis Gilpérez Fraile

ISBN: 84-930855-3-7
Depósito legal: SE-1451-2001



DE INTERÉS PARA CATÓLICOS TAURINOS

El día 1 de noviembre de 1567, el Papa san Pío V publicó la Bula DE SALUTE GREGIS DOMINICI, prohibiendo terminante y perpetuamente las corridas de toros, y decretando pena de excomunión inmediata contra cualquier católico que las permitiera o participase en ellas. Igualmente ordenaba que no se diera sepultura eclesiástica a los católicos que pudieran morir como consecuencia de participar en cualquier espectáculo taurino.
Posteriores disposiciones papales modificaron, con derogaciones y anulaciones parciales, el contenido de la citada Bula, pero siempre con la condición inexcusable de que se cumplieran dos requisitos: que las corridas no se celebren en días de fiesta y que, en su desarrollo, se tomen las medidas necesarias para evitar, en lo posible, cualquier muerte de persona. En caso contrario, y en todo caso para los monjes, hermanos mendicantes y religiosos regulares de cualquier orden, la Bula continua teniendo vigencia y es de aplicación a los creyentes católicos que, conociéndola, la desobedezcan.
En las siguientes páginas se recogen las pruebas que confirman las anteriores afirmaciones, de forma que cualquier taurino católico pueda juzgar por sí mismo y obrar en conciencia, pero nunca más esgrimir su desconocimiento o ampararse en falsos argumentos.



PRÓLOGO

  No debo calificarme de autor de estas páginas porque, como verá el lector enseguida, apenas unas pocas de entre ellas se deben a mi autoría. En su mayor parte se trata de reproducciones de documentos más o menos antiguos y de sus respectivas traducciones, y ni unos ni otras puedo, evidentemente, hacerlos propios. Es por ello que me identifico como simple recopilador que se ha limitado a ordenarlos e hilarlos. Eso sí, recolectarlos ha sido, en muchos casos, un trabajo arduo que en más de una ocasión me ha puesto al borde de tirar la toalla. Pero eso es otra historia que no interesa al lector.
Sería por 1987 cuando tuve conocimiento de la existencia de una Bula pontificia condenando las corridas de toros. Fue a través de un artículo en la revista animalista Pregóni[i]. Pero debo confesar que entonces apenas di importancia al asunto. El propio título del citado artículo era por sí solo bastante descorazonador: “Propósito frustrado del Vaticano para abolir la bárbara fiesta”. Por ello, en “La Vergüenza Nacional”, libro editado en 1991ii[ii], apenas si dediqué unas pocas líneas a comentar el tema. Otras lecturas posteriores, como “La Iglesia Católica y los toros”iii[iii], procedentes siempre de autores y articulistas taurinos, tampoco incitaron mi curiosidad, sin duda, ahora lo comprendo, por la parcialidad (también en el sentido de información no completa) y tergiversación de los datos contenidos en tales escritos.
Tuvieron que pasar ocho años hasta que, de forma inesperada, recibí una carta de Mitxel Arozena Yarza, un animalista de San Sebastián, adjuntándome una copia íntegra de la mencionada Bula “de Salute Gregis”iv[iv], reproducida del “Bullarum Diplomatum”, con su correspondiente traducción al castellano. Y entonces, a la vista del texto completo, sí alcancé a intuir que aquello podía ser una magnífica herramienta de ayuda para la campaña antitaurina en la que tantos animalistas estamos embarcados. Pero no quería caer en la misma falta de objetividad (y, a veces, conocimientos) en la que habían caído los articulistas taurinos antes citados y criticados, por lo que me propuse reconstruir la historia completa, basada en textos originales, de los avatares sufridos (nunca mejor dicho lo de sufridos) y acaecidos en torno a la Bula "de Salute Gregis", promulgada el 1 de noviembre de 1567 por San Pío V.
Ni que decir tengo que la reconstrucción de esta historia nunca me hubiera sido posible: sin el acicate de Mitxel Arozena, que además de encender mi curiosidad me facilitó posteriormente otro documentov[v] con nuevas líneas de investigación; sin las traducciones de los textos latinos realizadas por el Padre Sebastián Goñi, del tribunal Eclesiástico de San Sebastián; sin las traducciones de los textos franceses realizadas por Isabel Marcoux e Isabel Contreras; sin la competencia en buscar y hallar documentos de los empleados del Servicio de Información Bibliográfica de la Biblioteca Nacional, y en especial de D. Mariano Albillos; sin la eficacia del Servicio de Reprografía, también de la Biblioteca Nacional; y sin la ayuda de Internet, cuyos navegadores permiten consultas en archivos y bibliotecas de medio mundo.

El recopilador

Luis Gilpérez Fraile



PREÁMBULO

  No serán muchos los taurinos que hayan oído hablar de la denominada Bula "de Salute Gregis", promulgada el 1 de noviembre de 1567 por San Pío V, en la que califica a los espectáculos taurinos de obra "no de hombres sino del demonio", prohíbe participar en las mismas, y niega sepultura eclesiástica a cuantos pudieran morir en el coso. Pero serán muchos menos los que hayan tenido acceso a su texto íntegro, el cual se ha procurado que permanezca desconocido incluso en los años inmediatos a su publicación. Efectivamente, en España nunca llegó a publicarse1[1] por la intervención de Felipe II2[2], y ello a pesar de la orden expresa que en la misma se señala: "... apelando al juicio divino y a la amenaza de la maldición eterna, que hagan publicar suficientemente nuestro escrito en las ciudades y diócesis propias y cuiden de que se cumplan, incluso bajo penas y censuras eclesiásticas, lo que arriba hemos ordenado".
Y es que, tras su atenta lectura, podemos comprender perfectamente el afán de que su contenido permanezca oculto en un país, de supuesta mayoría católica, que califica a las corridas de toros de “Fiesta Nacional”: la Bula supone la excomunión a perpetuidad, sin otros ambages, de todos aquellos que participen directamente, o permitan, por tener autoridad para ello, en los espectáculos taurinos. Aunque posteriores documentos papales han mitigado extraordinariamente dichas disposiciones, éstas han quedado aún hoy vigentes; en particular para los monjes, hermanos mendicantes y religiosos regulares de cualquier orden, y en general para todos los participantes y organizadores de las corridas que se celebren en días de fiesta o en las que no se tomen las medidas necesarias para evitar, en lo posible, cualquier muerte.
¿Queda algún espectáculo taurino a salvo de alguna de estas dos excepciones?
Bien es cierto que la Bula no es un texto antitaurino. En realidad la Iglesia Católica, con pocas y honrosas excepciones que hay que buscar principalmente, pero no exclusivamente, ya entrado el siglo XX, nunca parece haber mostrado especial sensibilidad en la protección de los animales. La Bula trata de la “salvación de la grey del Señor”. ¡Miel sobre hojuelas si queriendo salvar al hombre se evita la tortura festiva de los animales!



UN RESUMEN DE SU HISTORIA

  Para poder comprender mejor el verdadero alcance de los textos eclesiásticos que se reproducen, es imprescindible conocer antes algo del cómo, cuándo y porqué de la Bula.
En 1567, el entonces Papa Pío V (después San Pío V3[3]) horrorizado por la crueldad de los espectáculos taurinos4[4] que se celebraban en Italia (principalmente en su modalidad de despeño por el Testaccio), Portugal, España, Francia y algunos países suramericanos, y tras encargar un informe sobre los mismos a diversos ilustres5[5], decide redactar la Bula6[6] de prohibición. Pero sabe que, si bien en Italia no va a encontrar obstáculos para que se cumpla lo ordenado (en realidad, en Italia se prohíben de inmediato tales espectáculos) en el resto, y sobre todo en España, se va a producir una enconada oposición. Así, en Portugal tarda tres años en hacerse publica y sólo consigue instaurar la costumbre, hasta ahora parcialmente mantenida, de despuntar los cuernos a los toros para evitar peligro a los toreros; en Francia, donde tampoco fue nunca oficialmente publicada, sólo logró imponerse muchos años después y tras obligadas intervenciones de sus obispos (excepto en su zona sur, como es bien sabido); y en Méjico, donde sí fue publicada y debatida por sus obispos, pero ignorada por los poderes públicos.
Por dicha razón, Pío V la redacta en unos términos que resulten inequívocos de su voluntad y dificulten la posibilidad de futuras revocaciones: "... prohibimos terminantemente por esta nuestra constitución7[7], que estará vigente perpetuamente8[8]... Dejamos sin efecto y anulamos y decretamos y declaramos que se consideren perpetuamente revocadas, nulas e irritas9[9] todas las obligaciones, juramentos y votos que hasta ahora se hayan hecho o vayan a hacerse en adelante... Sin que pueda aducirse en contra cualesquiera constituciones u ordenamientos apostólicos y exenciones, privilegios, indultos, facultades y cartas apostólicas concedidas, aprobadas e innovadas por iniciativa propia o de cualquier otra manera a cualesquiera personas, de cualquier rango y condición, bajo cualquier tenor y forma y con cualesquiera cláusulas, incluso derogatorias de derogatorias...". ¡No parece que deje hueco para posteriores interpretaciones de su firme voluntad! Tanto es así, que son precisamente los párrafos anteriormente citados los que, entendemos que ex profeso, son mantenidos ocultos en los textos taurófilos españoles que comentan la Bula, incluso en los más modernos, como “La Iglesia y los toros. Curas toreros”vi[vi]
Pero a pesar de tan manifiesta voluntad de que su Bula se cumpliera, en España, como ya hemos comentado, ni siquiera fue hecha pública. Muy al contrario, Felipe II intentó, incluso con coacciones (recuérdese que en esta época el Vaticano solicita la alianza de España para acabar con el dominio turco en el Mediterráneo), que Pío V la derogase, sin conseguirlo. En realidad, dados los términos en que había sido redactada, no había ya fácil posibilidad de derogación por su promulgador. Sin embargo, Felipe II no cejó en su empeño, y en cuanto Pío V murió, volvió a perseverar con su sucesor, Gregorio XIII10[10], a quien presionó por medio de los embajadores españoles11[11], logrando finalmente (el 25 de agosto de 1575) que promulgase la Encíclica12[12] “Exponi nobis”13[13]vii[vii], cuyos términos no dejan de ser curiosos: levanta a los laicos la prohibición de asistencia a las corridas “siempre que se hubiesen tomado, además, por aquellos a quienes competa, las correspondientes medidas a fin de evitar, en lo posible, cualquier muerte” (es decir, mantiene la prohibición si no se toman las citadas medidas) y siempre, además, que tales festejos “no se celebren en días de fiesta” (evidentemente para que no se celebran como actos festivos, sino exclusivamente como entranamiento militar para la guerra14[14]) y mantiene en todo caso y circunstancia la prohibición de asistencia a los clérigos... Estos, unos pocos de entre ellos, se sienten especialmente ofendidos y adoptan una actitud rebelde, hasta tal punto que, algunos de los que imparten clases en la universidad de Salamanca, no sólo asisten y promueven corridas de toros, sino que manipulan el contenido de la encíclica para que sus alumnos crean que la derogación también los alcanza a ellos. Al fin y a la postre es la misma actitud que hoy día siguen manteniendo los taurinos que dícense católicos.
Informado Sixto V15[15], sucesor de Gregorio XIII, de tales desobediencias, el 14 de abril de 1586 remite al obispo de Salamanca el Breve16[16] “Nuper siquidem”viii[viii], dándole "libre facultad y autoridad, tanto para que impidas las dichas enseñanzas [las que los clérigos impartían falazmente sobre la derogación de la bula de Pío V] cuanto para que prohíbas a los clérigos de tu jurisdicción la asistencia a los citados espectáculos. Así mismo te autorizamos para que castigues a los inobedientes, de cualquier clase y condición que fueren, con las censuras eclesiásticas y hasta con multas pecuniarias recabando en su caso el auxilio del brazo secular para que lo que tu ordenes sea ejecutado sin derecho de reclamación ante Nos y ante nadie. No servirá de obstáculo para el cumplimiento de esta Nuestra disposición, ninguna ordenación ni constitución apostólica, ni los Estatutos de la Universidad, ni la costumbre inmemorial, aunque estuviera vigorizada por el juramento y la confirmación apostólica".  
El Breve fue hecho público por el obispo de Salamanca a través de una amplia Carta Pastoral17[17]ix[ix] más dura, si cabe, en sus términos: “Hacemos saber, y bien saber, la prohibición y las penas previstas por la Constitución de Pío V, contra las personas eclesiásticas susodichas que estuvieran presentes en las corridas de toros... bajo pena de excomunión apostólica. Y así mismo mandamos a todos..., que de aquí en adelante no sean osados de decir, ni enseñar, ni aconsejar, que las dichas personas eclesiásticas pueden asistir a dichos espectáculos sin incurrir en pecado... so pena de excomunión mayor Apostólica trina Canónica”.
Dicha constitución fue recurrida18[18] por los clérigos de la universidad salmantina ante el Rey, para que éste solicitara su derogación al Papa, pero curiosamente Felipe II no la diligenció, posiblemente por suponer que no tendría efecto ante Sixto V, Papa especialmente rígido e independiente, y preferir aguardar a una mejor ocasión.
Pero a Sixto V le sucede Gregorio XIV19[19], quien tampoco se muestra dispuesto a ceder a las presiones, por lo que Felipe II y los clérigos salmanticenses deben esperar al papado de Clemente VIII20[20], del que, por fin, tras muchas gestiones que tardaron cuatro años en concluir21[21] y con el pretexto de que “la Bula de nuestro predecesor Pío, no ha conseguido eliminar todavía los combates y los espectáculos en los Reinos de las españas (lo cual desde luego hubiera sido de desear) en parte por la antigüedad de la costumbre, por la cual, los combatientes que luchan de ese modo, bien a caballo o a pie, se vuelven más valientes para las tareas de la guerra...”, el 3 de enero de 1596 consiguen el Breve “Suscepti muneris”x[x], que mitiga la Bula de Pío V. Y decimos "mitiga" porque este Breve vuelve a perseverar en las penas de excomunión contra “los monjes, hermanos mendicantes y demás regulares de cualquier Orden e Instituto”, mantiene la prohibición de celebrar corridas en días festivos (que las corridas de toros, en los reinos de las españas, no se celebren en días festivos) y sigue ordenando las provisiones para que “por aquellos a quienes corresponda, se tomen medidas a fin de que, en lo posible, no se siga de ellas [las corridas] la muerte de alguna persona”. Finalmente, advierte y exhorta “en el Señor a los clérigos seculares que tengan algún beneficio eclesiástico o estén en posesión de Órdenes Sagradas o de dignidad eclesiástica, existentes en los citados Reinos de las Españas, a que no abusen de nuestra paterna benignidad y de la sede Apostólica, sino que, acordándose de su ministerio y vocación las tengan siempre en cuenta para que nunca se les pueda achacar el haber admitido en algún lugar algo que se considere ajeno a su propia dignidad y a la salud suya y de los demás.”
A partir de ese momento deben transcurrir 84 años y 8 papados antes de que vuelva a producirse alguna intervención oficial pontificia sobre el asunto taurino: efectivamente, el 21 de julio de 1680, el secretario de Estado de Inocencio XI22[22], Alderano Cibo, remite el Breve del Papa “Non sine graui”xi[xi] al nuncio en España, Savo Mellini, junto con una carta personal en la que le pide que haga llegar su contenido al rey Carlos II, después de “tantear el terreno” a través del primado Portocarrero. Monseñor Mellini visita en agosto a Portocarrero y le encomienda hacer llegar el Breve al Rey, encargo que el Primado cumple el 25 de septiembre, adjuntando una nota personal a Carlos II en la que le recuerda "cuánto sería del agrado de Dios el prohibir la fiesta de los toros..."xii[xii]    
En el Breve “Non sine graui”, el Papa Inocencio XI se lamenta que a pesar de que Clemente VIII había “ordenado a los eclesiásticos regulares que no acudiesen a esas fiestas, aconsejando paternalmente a los otros eclesiásticos que, por la dignidad de su orden, se abstuvieran por completo de asistir a tal espectáculo, tan poco acorde con las costumbres cristianas” estos no obedecen, por lo que encarga al Nuncio actuar “seriamente ante el rey y sus colaboradores”, mandándole que lo que hace por iniciativa propia (no asistir a corridas de toros) lo haga “también por mandato nuestro”.  
Pero Carlos II parece ignorar tanto la nota de Portocarrero como el Breve del Papa, lo cual obliga al nuncio Mellini a intervenir personalmente, remitiendo una nota23[23] al Rey en la que le insiste sobre “la complacencia de la Divina Misericordia” con la abolición de las corridas, nota que queda igualmente sin respuesta. Y sin respuesta queda igualmente un último intento del nuncio, que envía un escrito al marqués de Velada para que éste insista ante Carlos II sobre el asunto. En dicho escrito, Mellini informa a Velada de las gestiones que ya ha realizado, de que Su Santidad estima “que lo mejor sería hacerlas [las corridas] desaparecer completamente, ya que forman parte de los espectáculos sangrientos del paganismo...” y le acompaña una copia del Breve. Velada efectivamente hace llegar todos los documentos al Rey, con un comentario personal aconsejando “Que Vuestra Majestad resuelva este asunto de la manera que convenga mejor a su Real Servicio”  
Posiblemente por la crítica situación de la monarquía española en esos momentos, lo mejor que convenía a Su Majestad era no enfrentarse a la nobleza y Su resolución fue lo que ahora llamaríamos utilizar el “silencio administrativo”. Efectivamente, no se tienen noticias de cualquier efecto de este último y definitivo documento pontificio. Pero sí de otros escritos que, aún menos solemnes, nos ayudan a acercar los hechos a los tiempos actuales.  
La prohibición de asistencia a los clérigos a las corridas vuelve a recapitularse en el código de Derecho Canónico24[24], canon 140 (No asistirán a espectáculos25[25]... en que la presencia de los clérigos pueda producir escándalo...") de forma tan clara, que el propio taurófilo P. Julián Pereda26[26] se ve obligado a admitir: “Después del nuevo Código Canónico rige para todos en este punto el Canon 140. Claro que nada en especial se dice de los toros; pero ahí están ciertamente incluidos.”; y en el código vigente, canon 285 ("Absténganse los clérigos por completo de todo aquello que desdiga de su estado, según las prescripciones del derecho particular.") quedando pocas dudas de su alcance a los festejos taurinos, pues “aquello que desdiga de su estado” es una construcción muy similar a las empleadas por los Breves comentados para referirse a las corridas de toros (“lugar ajeno a su propia dignidad”, “espectáculo tan poco acorde con las costumbres cristianas”, etc.)  
En 1920 se producen unos hechos que el taurófilo Marc Roumengou27[27]xiii[xiii] califica “de extrema gravedad, dada la calidad del firmante”. Realmente se refiere a la, según él, ambigüedad del texto, pero omite, y hay que entender que lo hace intencionadamente, que dicho texto está firmado “En nombre y con la bendición paternal de Su Santidad Benedicto XV”. Tales hechos, en resumen, son los siguientes:  
-En una fecha indeterminada de 1920, próxima al 4 de octubre, la Presidenta de la Sociedad Protectora de Animales de Tolón dirige una carta a Benedicto XV28[28] solicitándole su postura sobre las corridas de toros. Con fecha 23 de octubre de 1920, el Cardenal Gasparri, Secretario de Estado del Vaticano le contesta: 

Señora,
"Lo que Usted solicita en su carta al Santo Padre, en la fiesta del amable Santo que llamaba a los animales sus hermanos, está enteramente en el espíritu de nuestros
Santos Libros, que invitan hasta a los animales salvajes a bendecir a Dios, y conviene absolutamente a la dulce Ley de Él, que digna llamarse Cordero de Dios y que se preocupa de que los zorros tengan un cubil y que el Padre Celeste no se olvida de alimentar a los pájaros del cielo.  
Y si, a pesar de este espíritu de humanidad generalizado en la nueva Ley, la barbarie humana se atrinchera todavía tras las corridas, no cabe duda de que la Iglesia continua condenando, tal como lo hizo en el pasado, estos espectáculos sangrientos y vergonzosos.  
Es para decirle, Señora, cuanto Ella [Su Santidad] anima a todas las nobles almas que trabajan en borrar esta vergüenza y aprueba de todo corazón todas las obras establecidas con este objetivo y que dirigen sus esfuerzos en desarrollar en nuestros países civilizados, el sentimiento de la piedad hacia los animales (...)  
Con la bendición paternal de Su Santidad, para Usted Señora y para todos sus colaboradores y asociados, me apresuro en presentarle mis felicitaciones personales y el respetuoso homenaje, de mis más devotos sentimientos en Nuestro Señor.  
En nombre y con la bendición paternal de Su Santidad Benedicto XV


Cardenal Gasparri”

-Pero la Presidenta parece que insiste sobre el tema en una nueva carta, y el 18 de septiembre recibe la siguiente contestación:

Señora Presidenta,
Le agradezco la carta que me ha enviado sobre las corridas, en la cual Usted lamenta su desarrollo. Hace tiempo que la Iglesia las ha condenado con la Bula de Pío V que como Usted sabe es bien conocida
.  
Yo lo siento tanto como Usted, y deseo de todo corazón que se llegue en todas partes a la observación de las prescripciones de la Santa Sede.   
Hago votos para que su asociación protectora de los animales, tan meritoria, pueda por su parte y a través de los medios que están en su poder, contribuir al cese de estos espectáculos sanguinarios.  
En nombre y con la bendición paternal de Su Santidad Benedicto XV queda de usted att. y ss en Nuestro Señor.


Cardenal Gasparri”

Estas cartas podían haber pasado desapercibidas, pero el Osservatore Romano las reprodujo íntegramente en su ejemplar del 6 de mayo de 1923 a causa de la celebración de una corrida en Roma, por lo que hay que entender que su texto gozó igualmente de la aprobación del Papa Pío XI29[29]. El citado órgano oficioso de la Santa Sede, añadía, según cita Celsius30[30]xiv[xiv] y confirma J.M. March31[31]xv[xv]: “Infame es el espectáculo de inocentes animales, martirizados y cruelmente sacrificados por el placer de los espectadores con grave riesgo de vidas humanas”.  
Y ya más cerca en el tiempo, Monseñor Canciani, Consultor de la Congregación para el Clero de la Santa Sede, en 1988 confirma la validez de la Bula32[32] en declaraciones públicas recogidas, entre otros, por Diario16xvi[xvi]: “... monseñor Mario Canciani, consultor de la Congregación para el Clero de la Santa Sede, le recordaba a este corresponsal que todo aquel que muriese en una corrida de toros está condenado al fuego eterno. Monseñor Canciani se ha sumado a la campaña europea contra la tauromaquia. Tiene miedo a que la Iglesia se «quede atrás» en esto como en otras tantas cosas y dice: «Hoy, muchos laicos que luchan denodadamente contra la corrida se preguntan qué ha hecho la Iglesia contra esta ignominia». Este Monseñor ha querido demostrar así su amor por los animales desempolvando una bula contra la tauromaquia que se dictó en 1567, en la que se decía que «si alguno muere en la arena o como consecuencia de las heridas allí sufridas, será privado de sepultura eclesiástica». El autor de tal párrafo, desconocido en España desde que el entonces monarca Felipe II no le diera trámite, es el Papa Pío V, que llegó a santo. Igualmente, siempre según la investigación histórica de monseñor Canciani, todos los que frecuenten estas fiestas como actor o espectador, están excomulgados”.  
Para finalizar, unas declaraciones de Juan Pablo II33[33] afirmando que los animales poseen alma y que intranquilizaron y debieran seguir intranquilizando a muchos taurinos: “... los animales poseen un soplo vital recibido por Dios... la existencia de las criaturas depende de la acción del soplo-espíritu de Dios, que no sólo crea, sino que también conserva y renueva continuamente la faz de la Tierra”.

Y ahora los textos prometidos, para que cada cual pueda actuar en conciencia pero no esgrimir el desconocimiento de lo promulgado.  



[San Pío V: Bula "DE SALUTIS GREGIS DOMINICI" (1567)

Traducida del texto latino en "Bullarum Diplomatum et Privilegiorum Sanctorum Romanorum Pontificum Taurinensis editio", tomo VII, Augustae Taurinorum 1862, páginas 630-631]

Las negritas pertenecen a la traducción y no al texto original.

 Pío obispo, siervo de los siervos de Dios para perpetua memoria.

Pensando con solicitud en la salvación de la grey del Señor, confiada a nuestro cuidado por disposición divina, como estamos obligados a ello por imperativo de nuestro ministerio pastoral, nos afanamos incesantemente en apartar a todos los fieles de dicha grey de los peligros inminentes del cuerpo, así como de la ruina del alma.

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