Conservatismo partido del futuro




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títuloConservatismo partido del futuro
fecha de publicación24.01.2016
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CONSERVATISMO PARTIDO DEL FUTURO

Roberto Gerlein Echeverría





CONSERVATISMO
PARTIDO DEL FUTURO

Roberto Gerlein Echeverría
UN SERVICIO A LA DEMOCRACIA

Un día cualquiera del mes de enero de 1964, un grupo de amigos laureanistas me invito a encabezar una lista para el consejo municipal de barranquilla. Después de pensarlo por unos pocos días, por cuanto implicaba disminuir en mucho mi actividad de litigante en un bufete recién abierto y prospero, acepte con entusiasmo la sugerencia. Nunca me he arrepentido de ello. Cuarenta y ocho años después de haber sido electo un 18 de marzo miro hacia atrás para concluir que mi parábola político parlamentaria me ha deparado innumerables dificultades y múltiples satisfacciones. Me enseño a servir. A estar atento al sentido democrático del colectivo popular. A conocer mejor a Colombia, su pueblo, sus regiones, sus carencias y sus activos. Y aprendí que el sacrificio, el esfuerzo y la entrega son variables sin la cuales el servicio público no tiene sentido. No he buscado dignidades. Por eso concurro con algo de pena y con mucha conciencia de no merecerlo a recibir la distinción “Caro y Ospina” que me otorga para mi honra la Dirección Nacional de mi partido. Y entiendo que no son mis méritos sino el corolario del afecto y la amistad con la cual me han exaltado compañeros y colegas que en esta Jerarquía y en el Senado de Colombia han compartido conmigo el proceloso devenir del Legislativo y los trabajos de organización partidista.
Llegué al Cabildo de la capital del Atlántico en una época hermosa. Eran los tiempos del Frente Nacional, de la paridad política, de la alteración, del entendimiento entre los partidos tradicionales. Mis primeras lecciones las recibí de muy calificados jefes liberales que atendían la Corporación y al mismo tiempo concurrían al Senado y a la Cámara por cuanto la Carta y las leyes así lo permitían. Me enseñaron hacer paciente y humilde. Conocí que el dialogo inteligente y tranquilo y la transacción pragmática donde no se comprometan los principios son las bases de una conducta parlamentaria eficaz. En el mundo de aquella época los conservadores éramos una marcada minoría. El partido liberal ostentaba y todavía lo hace importantes mayorías. Entenderse con una colectividad acostumbrada a mandar era un requerimiento indispensable para sobrevivir. No he sabido, desde entonces, ser impositivo o intransigente. Y tuve clara la necesidad de una convergencia en las corporaciones si se pretende que las ideas y las propuestas propias puedan llegar a la comunidad para su bienestar. Eran las enseñanzas plasmadas por Laureano Gómez y Alberto Lleras en los pactos de Benidorm y Sitges. Primero el Frente Civil y después el Frente Nacional domeñaron el sangriento enfrentamiento político de varias décadas y construyeron un marco impulsor del desarrollo económico, la paz social y el entendimiento en las llanuras y montañas de nuestra geografía. La voz poderosa de quien encabezara por varios lustros una oposición frontal contra los Gobiernos de la República Liberal se dulcificó para entenderse con el enemigo de antaño personificado en ese soberbio estadista que fuera Alberto Lleras Camargo. Era una nueva patria.
La vida en Barranquilla fue una época amable y enriquecedora de mi pequeña historia. Aprendí en el cabildo el funcionamiento del Estado – municipio.

Todos los servicios públicos de importancia están a su cargo. Construcción de vías, organización de la movilidad, hospitales y escuelas, valorización, estadios, fiestas cívicas, diseño del plan de desarrollo, suscripción de empresas comerciales e industriales y las muchas otras que el devenir de la vida moderna les impone. El municipio está cerca del corazón del pensamiento del ciudadano. Es la extensión de su familia. El Colombiano se siente participe de cuanto se suceda en el discurrir de su vecindad. Y el alcalde encarna la jefatura moral y administrativa del territorio a su cargo. En un país de regiones como el nuestro los departamentos y los municipios constituyen los ejes de la vida colectiva. Son la esencia de la colombianidad. Entender y asimilar estos conceptos es definitivo para la vida de un congresista.
Pienso que mi experiencia de Concejal y de Secretario de Hacienda del Atlántico movió a Alvaro Gómez para encargarme la redacción del proyecto legislativo por el cual se establecía la elección de los alcaldes por el voto directo de los ciudadanos. En una de las frecuentes reuniones que en casa de Gómez teníamos sus amigos se analizó el resultado de la elección del Presidente Turbay Ayala. Ya no existía la paridad política. Y el poder vertical ejercido desde la jefatura del Estado hasta el último de los inspectores municipales permitía prever con temor la erradicación del conservatismo en todos los niveles de la Administración. La elección popular de alcaldes daría al partido la capacidad de asentarse en aquellas entidades donde fuese mayoría sin verse obligado a padecer sectarismos provenientes de la cúpula del poder. Y si traigo a cuento esta anécdota es para destacar la inmensa visión política de Gómez y su capacidad para crear condiciones que facultaran al conservatismo para presentarse ante el electorado con sugerencias nuevas y transformadoras. Alvaro Gómez fue, sin duda, un jefe de excelsas calidades y un político genial.
En 1968 llegué a la Cámara de Representantes. Fue un golpe de suerte. Colocado en el tercer renglón de una lista conservadora alcancé un residuo que me impuso sobre otros candidatos del partido. Tengo fresco en la memoria el recuerdo de la tarde del 20 de julio cuando del brazo de mi amigo Rafael Vergara Támara Ingresé al Salón Elíptico del Capitolio Nacional. La Cámara siempre fue una vivencia inolvidable. En ella participé en debates de mucho significado. Baste recordar la discusión de la reforma constitucional de 1968, propuesta por el Gobierno de Carlos Lleras. Esta vivido en mi memoria el discurso de Misael Pastrana Borrero, en ese entonces Ministro de Gobierno, al presentar ante la plenaria el texto de la reforma. Es el mejor que he escuchado en el Congreso. Ese día Pastrana demostró su inmensa erudición, su profundo conocimiento del derecho constitucional y su formidable capacidad de expresión. Para mí esa intervención perfiló a un estadista de los mejores quilates y autorizaba pensar que en fecha futura seria Presidente de los Colombianos.
En agosto de 1969 recibí algunas llamadas telefónicas de Evaristo Sourdís. No lo conocía mucho. Fue siempre el jefe ospinista del Atlántico. Era de elemental cortesía responderle. Para mi sorpresa me hablo de su aspiración a ser escogido candidato a la Presidencia en la Convención del Partido que se celebraría en octubre de ese año. Por razones que nunca me explicaría me pidió que aceptara la secretaria de su campaña. Disfrute una experiencia memorable. Durante el lapso que mediara hasta el día de instalarse esa Asamblea tuve la oportunidad de conocer y tratar a los más calificados jefes del partido. Raimundo Emiliani Román, Hugo Escobar Sierra, Jaime García Parra, Alberto Dangond Uribe, Miguel Escobar, Alfredo Araujo Grau, Felio Andrade y, sobre todo, Alvaro Gómez se acercaban a conversar con Sourdís y, así, tuve el privilegio de poder escucharlos y aprender de sus experiencias. Con el apoyo de la Costa Atlántica, la candidatura de Sourdís se gestaba con fuerza y se perfilaba como un serio competidor ante la contienda que se avecinaba.
Al fracasar en el Senado parte de la reforma de 1968, Misael Pastrana renuncio y fue designado Embajador en Washington. Su candidatura era incontrastable. Regresó a Colombia por la vía de Medellín donde fue recibido por muchedumbres entusiastas. Empero, los más calificados jefes del ospinismo tradicional también ambicionaban ser designados. La posición del señor expresidente Ospina Pérez de no tener candidato y expresárselo así a su círculo político más cercano estimulo la proliferación de nombres José Elías del Hierro, Hernán Jaramillo Ocampo, Cástor Jaramillo Arrubla y Evaristo Sourdís decidieron postularse. La disputa por el favor de los numerosos convencionistas se extendió por todo el país. Por comisión del doctor Sourdís, y en compañía del Senador Armando Zabaraín, recorrí todos los departamentos de la Costa para encontrar adherentes a su nombre. Así mismo, contagiado por la alegría de la juventud universitaria, aprovechamos la amplia presencia que los estatutos les conferían para votar en Convención. No dejo de llamarme la atención la distante frialdad de la organización contraria para con un sector que podía definir con su apoyo el resultado. Y así sucedió. Los treinta y dos sufragios universitarios por Evaristo Sourdís fueron decisivos.
La convención Conservadora de 1969 mientras deliberó, fue la más democrática de cuanta haya conocido. Las fuerzas se polarizaron en demasía.
Hernán Jaramillo, José Elías del Hierro y Castor Jaramillo renunciaron a sus aspiraciones para cimentar Sourdís. De otra parte, doña Berta Hernández de Ospina y un joven equipo de profesionales y ejecutivos amigos de Misael Pastrana se hicieron presentes como antagonistas. El primer día de sus sesiones fue una autentica fiesta. Hubo alegría y entusiasmo. El partido sabía que el último turno del Frente Nacional le estaba adscrito. Quien fuera escogido por dos tercios de los votos de los asistentes llevaría las banderas del Frente Nacional ante el pueblo colombiano. Era un secreto a voces que el expresidente Ospina Pérez y el Presidente Lleras Restrepo apoyaban a Pastrana. La convención fue presidida por el doctor Ospina. Pastrana y Sourdís se enfrentarían por el galardón, y al final, para sorpresa nacional, Evaristo Sourdís gano por dos votos. Fue una simple mayoría relativa insuficiente para seleccionar el candidato pero un hecho político de inmensa trascendencia.
La segunda etapa de aquella Convención se convoco para el día siguiente. Las gestiones entre una y otra sesión fueron frenéticas. Reuniones en diferentes sitios de Bogotá; llamadas telefónicas; invitaciones; propuestas y toda suerte de acercamientos se produjeron. Los candidatos, con sus testigos, concurrieron a la residencia familiar de Ospina para notificarle su deseo de declinar sus aspiraciones y ofrecerle ser candidato unánime del Partido. Pero el expresidente no aceptó. Al iniciarse la reunión el doctor Ospina les pidió a sus amigos que votaran en forma pública. El voto era secreto. Pero el jefe del partido estimó conveniente para su unidad que los convencionistas expresaran sin ambages sus simpatías. Producido el escrutinio ni hubo triunfador. Resulto un empate y la perplejidad cundió entre los asistentes. Era claro que ninguno lograría la proclamación y la Convención Liberal reunida ese mismo día para elegir candidato, decidió escoger a Pastrana atendiendo las recomendaciones escritas que le formulara el expresidente Ospina. De esta suerte la Costa vio cercenada, una vez más, la posibilidad de elegir Presidente a uno de los suyos.
Disuelta la Convención Conservadora, pronunciada la liberal y expresado su apoyo, comenzó la campaña presidencial. Al principio los siete departamentos se mostraron con mucha fuerza a favor de quien enarbolara sus banderas de reivindicación política y social. Pero el tiempo discurría en su contra. El poder del Gobierno, la ausencia de financiación y la imposibilidad de ganar disminuyeron de manera dramática la opción Sourdís. Misael Pastrana, reñidísimo resultado derroto al General Rojas y resulto electo Presidente de la República y jefe del Conservatismo.
Después de tres años del Gobierno Pastrana, por cierto acertado y exitoso como pocos, surgió indetenible la candidatura de Alvaro Gómez. Su nombre estaba aureolado de un inmenso prestigio intelectual y moral. Gómez a sido el más grande pensador de la derecha latino americana. Tenía un conocimiento profundo de las realidades nacionales. Con las tesis del desarrollo económico impulsado por la iniciativa particular y la propiedad privada, la búsqueda de la paz y el Acuerdo sobre lo Fundamental, se enfrento a Alfonso López Michelsen y sus tesis de ingresos y salarios. El País presencio un debate brillante. Sin ofensas ni agresiones personales y contrastando ideas en todos los órdenes del espectro público. López gano con un amplio margen pero Gómez continuó siendo un obligado punto de referencia en el discurrir de nuestra cotidianidad.
El partido volvió al poder con Belisario Betancur. Una coalición liberal-conservadora, identificada con las banderas del hijo de Amagá, acompañó su triunfo. Betancur, por la sugerencia y apoyo que me brindara Alvaro Gómez, me nombró Ministro de Desarrollo Económico. Sobra decir de mi perdurable gratitud por esta distinción como la que antes me ofreciera el Presidente López al designarme Gobernador de mi departamento. Fueron experiencias invaluables. Betancur, y fui testigo de este acontecimiento, era un hombre obsesionado por la paz. Se preocupó inmensamente por el proceso de Contadora en Centro América y por alcanzar un acuerdo con las FARC y el M19 en Colombia. Con las primeras firmó el Acuerdo de La Uribe que dio nacimiento a la Unión Patriótica. Este incluyó el cese al fuego, la suspensión del secuestro y la apertura de espacios políticos. Pero el proceso, por razones bien conocidas, fracasó en 1987. Con el M19, inició conversaciones sobre la base de una amnistía y un indulto para sus militantes y la entrega de sus armas. El proceso culminó con la toma atroz del Palacio de Justicia. Todavía evoco la sesión a la cual nos convocó esa tarde el Presidente del Senado, Alvaro Villegas, para que en la Plenaria cada Partido fijara su posición ante la iniquidad que se desarrollaba del otro lado de la Plaza de Bolívar. Todos los partidos, sin excepción alguna, respaldaron al Gobierno y al Presidente. No he comprendido la razón por la cual un episodio de tal magnitud ha sido olvidado por la historia. El respaldo unánime del Senado fue un acto político demasiado importante para ser olvidado. Y pensé en aquel entonces –como lo pienso hoy- que la paz bien vale la pena buscarla tal como lo hizo Belisario Betancur asumiendo cualesquiera riesgos. Los esfuerzos adelantados en este sentido en diversas épocas por los expresidentes Mariano Ospina Pérez, Alberto Lleras Camargo, Carlos Lleras Restrepo, Julio César Turbay, Virgilio Barco, César Gaviria, Ernesto Samper y Alvaro Uribe Vélez deben aplaudirse sin reticencias. Los colombianos hemos tributado la sangre de muchas generaciones.
Por razones de fácil aceptación me siento obligado a mencionar por aparte las gestiones pacifistas del Presidente Andrés Pastrana. Nadie como él ha sido tan abierto y generoso con la subversión y la guerrilla. Elegido con la promesa de iniciar diálogos con las FARC aceptó despejar una zona de cuarenta y dos mil kilómetros en el Caguán como extensión para adelantar las conversaciones con totales garantías para Tirofijo y sus secuaces. Las fotos con el comandante en jefe de la guerrilla insuflaron en Colombia la ilusión de estar próxima la convivencia buscada por tantas años. El conservatismo respaldó sin desmayos a su Presidente. Nadie de nosotros puede esquivar la responsabilidad política, cualquiera que ella sea, en el fracaso de los diálogos del Caguán por causa de las torticeras posiciones de un terrorismo siempre dispuesto al engaño y a la trampa. Colombia tiene que agradecerle a Andrés Pastrana haberle mostrado al mundo la naturaleza terrorista de las FARC. Su estilo leninista de conjugar las distintas formas de lucha para matar en las montañas y dialogar en las ciudades era y es inaceptable. La inteligencia y exitosa gestión de Andrés Pastrana con los gobiernos norteamericanos permitió, a través del Plan Colombia, equipar y profesionalizar unas verdaderas fuerzas armadas. El gobierno no fue inferior a su confrontación con el terrorismo y a enfrentar a las FARC, derogando todos los acuerdos del Caguán, cuando fue secuestrado el avión en el cual viajaba el Senador Gechen por un grupo de suicidas irresponsables. Quedó clara la estrategia del Secretariado para no llegar nunca a acuerdo alguno.
Permítanme reafirmar mi convicción del necesario liderazgo que el Partido tiene de Pastrana. Su imagen internacional, su vinculación con los partidos de derecha en todo el mundo, sus inmejorables relaciones con los Estados Unidos y con los gobernantes de los países latinoamericanos le otorgan una jerarquía que partido alguno debe darse el lujo de desechar. Su orientación, consejo y cooperación serán siempre del mejor recibo en la confianza que ellas nos colocarán más cerca de bien servir a Colombia en todas nuestras actuaciones.




MI PASO POR EL CONGRESO
He sido siempre un congresista preocupado por el proceso político parlamentario sin descuidar la actividad legislativa. Es usual que quienes ostenten la condición de senadores y representantes sean, al mismo tiempo, jefes políticos de sus partidos en la circunscripción a la cual pertenecen. Desde luego, mi circunstancia es el resultado de un parlamento más interesado por la discusión de los proyectos del Gobierno que por las iniciativas de sus miembros. Antes de la reforma constitucional de 1991, y en vigencia los artículos 76 y 121 de la Carta de 1986, lo frecuente era presentar leyes que tuvieran unos cuantos artículos y facultar al Gobierno para terminar y perfeccionar el proyecto. Los códigos se expedían a través de facultades extraordinarias. Los decretos reglamentarios contemplaban la obra del Ejecutivo en el campo legislativo. Alguna vez, preocupado por la redacción de un proyecto, Alvaro Gómez me dijo sentenciosamente: -“No te preocupes por esa redacción. No importa cómo quede. Como quede, queda mal”. Y con los años he aprendido la verdad de este aserto.
Colombia desde siempre ha vivido un régimen presidencial. Casi imperial. El Presidente puede presentar proyectos de Ley y de acto legislativo y participar en la discusión de los mismos a través de sus Ministros. Mediante la institución de los estados de excepción queda facultado para derogar o suspender la normatividad vigente. Puede convocar al Congreso a sesiones extraordinarias para considerar con exclusividad sus iniciativas y mediante el mensaje de urgencia reduce a las Cámaras, en sesiones ordinarias, al análisis de los temas por él señalados. El Presidente está habilitado por la Ley de Leyes para objetar los proyectos de ley -y ahora, los de acto legislativo- que lleguen para su sanción. El presupuesto es, por entero, organizado por el Ejecutivo. El presidente es, en definitiva, el titular de buena parte del poder constitucional. El Congreso tiene una competencia casi exangüe en estos asuntos. En discutido episodio, el Primer Mandatario objetó en sesiones extraordinarias con la aquiescencia unánime del Congreso, un proyecto de reforma a la Carta, la definición de semejante asunto está sometida a la decisión de la Corte Constitucional. Pero mientras ello no ocurra el Parlamento pierde su condición exclusiva de constituyente derivado. No puede modificar el bloque de constitucionalidad y aquello de que la Corte solo puede revisar los Actos Legislativos por vicios de forma es en realidad letra muerta. El papel del Congresista se limita, por infortunio, al control político y a participar en las deliberaciones y modificaciones a los proyectos del Ejecutivo que cursen en su respectiva Comisión.
La descentralización es para mí una inquietud esencial. Somos un País de regiones, departamentos, distritos, municipios, áreas metropolitanas y localidades que demandan competencias y recursos. Hoy está sobre el tapete del Senado el proyecto de código departamental y el proyecto de código distrital. Quisiera mencionar, como recuerdo de mis simpatías por este tema, el haber participado en la redacción de las normas sobre elección popular de alcaldes y de gobernadores. Propuse en tiempo lejano un proyecto de descentralización industrial, convertido en Ley, para fijar el domicilio legal y la sede de la organización administrativa de las sociedades de economía mixta, de las empresas industriales y comerciales del Estado y de los organismos o entidades de carácter nacional. Así, el municipio de Montelíbano en Córdoba se señaló como domicilio de la Empresa Cerromatoso, S.A. y la ciudad de Barranquilla como domicilio legal y administrativo de Monómeros Colombo Venezolanos S.A.. Tunja sería sede administrativa de la empresa Ecominas. Y se abrió la puerta para adicionar esta lista en cuantos municipios y empresas el Congreso desee.
En compañía de Víctor Renán Barco, excelso congresista a cuya memoria rindo tributo de admiración, propuse una legislación sobre los bienes y rentas de las entidades territoriales que se conoció como el acto legislativo No. 2 del 87. Y también en su compañía logré que se dictaran normas sobre la cesión del impuesto a las ventas, o impuesto al valor agregado, antecedente muy completo del sistema general de participación.
Quien como yo ha visto discurrir su vida en los recodos de los barrios pobres de las capitales de la Costa, fungiendo como facedor de discursos de esquina, no puede dejar de mencionar su preocupación por lo social. Como consecuencia de esta inquietud y ante las realidades de mi terruño caribeño, pedí que el cónyuge supérstite, o la compañera permanente de un trabajador particular o de un empleado trabajador del sector público y sus hijos menores o inválidos, tuvieran derecho a la pensión de jubilación del otro cónyuge si este falleciera antes de cumplir la edad cronológica para esta prestación pero hubiere completado el tiempo de servicio consagrado para ella en la Ley o en convenciones colectivas. Fue la primera vez que la compañera permanente recibía trato legal y la Corte Suprema calificó esta norma como el avance más sustantivo que había recibido la mujer colombiana en muchos años. Esta norma consagró por vez primera lo que hoy se denomina pensión sustituta por cuya virtud el cónyuge supérstite recibe la mesa jubilatoria mientras viva y no constituya una nueva sociedad conyugal o patrimonial.
Podría citar un sinnúmero de proyectos en los cuales he participado bien sea a través de su autoría o de la ponencia respectiva. Pero no quisiera olvidar la ponencia favorable que rendí al proyecto que hoy es la Ley 29 de 1982 que otorga igualdad de derechos herenciales a los hijos legítimos, extramatrimoniales y adoptivos. Esta norma respondió a una meridiana conveniencia social, reconocida en el Estatuto del Consejo de Europa sobre Derechos Humanos, para eliminar toda discriminación basada en motivos ajenos a la persona y, por tanto, en el origen familiar o en cualquier otra situación que tradujera injustos prejuicios o tradiciones inaceptables.
No debo mencionar la legislación que defendí como Ministro de Desarrollo Económico. En estos casos se actúa a nombre del Gobierno. Pero con un poco de vanidad, me animo a citar mi participación en la organización del tema de la vivienda sin cuota inicial, bandera central de la campaña del Presidente Betancur y las regulaciones sobre comercio exterior para reformar el CAT con el CERT que fueron, en su momento, disposiciones de la mayor importancia para la vida económica del País.
Inventar ante ustedes mí casi cinco décadas de ejercicio congresional sería en extremo fatigoso. Sólo puedo decirle que he procurado cumplir con mis deberes de legislador cuando las circunstancias me lo han demandado. Parafraseando a San Pablo puedo decir después de tantos años “he peleado la buena batalla, he guardado la fe”.




LA PAZ
La paz es un tema omnipresente en Colombia. Las conversaciones secretas de la Haba y las presentaciones de Oslo son tema obligado para los colombianos y, por supuesto, para los partidos y el Congreso.
La violencia política es parte de la herencia española y, para mí, de una subcultura genética colombiana. Este estilo de vida en sociedad se inicio desde 1492 cuando los españoles de Colón comenzaron a matar indios en el Caribe y las Antillas. Los encomenderos ibéricos se hicieron a la tierra y al poder asesinando aborígenes. La colonia fue una etapa tiránica. Los comuneros fueron deshechos a sangre y fuego a pesar de haber pactado la paz en las “Capitulaciones” firmadas con el Arzobispo Virrey Caballero y Góngora. La independencia constituyo una guerra civil en la cual no hubo cuartel para nadie. Las campañas de Boves en los llanos de Venezuela, el Decreto de la Guerra a Muerte y la reconquista de Morillo son algunos ejemplos de la vocación sangrienta de ese entonces.
El siglo XIX fue un continuado enfrentamiento entre bandos políticos. La Guerra de los Supremos; la de Melo y Obando; la de 1885 con el triunfo de Núñez y la Constitución de 1886 y la Guerra de los Mil Días terminada en el siglo XX dejaron asolado el País. El 9 de abril y los años subsiguientes a 1948 fueron horrendos. La guerrilla marxista desplazo la guerrilla política y a través de las FARC se enseñoreo con su visión localista y regional en vastas regiones en el Tolima, el Huila, el Cauca, en Meta, el Caquetá y los antiguos territorios naciones. Marquetalia, el Pato, Guayabero, Rio Chiquito, Sumapaz, la Uribe, son enclaves de un terrorismo guerrillero amparado en nuestras zonas limítrofes.
El secuestro, la extorsión, el chantaje, el boleteo, el asesinato, el genocidio de niños y soldados convirtieron estos territorios en zonas de forajidos. El Estado, sopesando el historial violento de la idiosincrasia colombiana, tiene que enfrentar, con todos los medios a su alcance y, en estos momentos, con su capacidad de diálogo y su poderío militar, a quienes no han respetado la ley, la vida, la honra y bienes de los ciudadanos. Para mí - y es un concepto muy personal -, la reciente intervención televisada de Iván Márquez, vocero de la FARC en los diálogos de paz con el gobierno colombiano, siembran la duda y el escepticismo sobre las resultas de un acuerdo esperado para todos.
Es una tristeza que el partido conservador haya sido excluido por completo de las negociaciones de paz. Quienes representan al gobierno en este proceso forman parte del círculo íntimo del Señor Presidente. Y éste, en alocución en los medios, asumió por entero la responsabilidad del éxito o el fracaso de cuanto suceda. Por la paz debemos pagar cualquier precio. Desde luego, todos queremos una paz con verdad, justicia y reparación por cuanto las víctimas son la preocupación medular de cualquier esfuerzo. Pero el Gobierno tiene, en buena hora, las facultades contenidas en el Marco Jurídico para la Paz a fin de flexibilizar el entendimiento con la subversión armada y alcanzar, después de cinco largas décadas, la tranquilidad y la concordia.
Quien quiera que lea “La Paz en Colombia”, libro de la autoría del comandante Fidel Castro, citado por el Ministro de Defensa en Plenaria del Senado, tiene que aceptar la influencia que en el diseño de los diálogos de paz ha tenido el líder Cubano. Un proceso cuyos únicos objetivos sean la entrega de armas por parte de las FARC, el rendimiento de sus acciones bélicas, su integración a la vida civil y política del país y la obtención de una justicia transicional en favor de sus militantes, recuerda que fueron sugerencias para el Caguán.
Un proceso breve que debe llevar al fin del conflicto y no a su prolongación, aprender de los errores del pasado para no repetirlos y mantener operaciones y presencia militar sobre cada centímetro del territorio hace parte del esquema del Caribeño. Así mismo, continuar las conversaciones en país extranjero con total prudencia, reserva y secreto son consejos inspirados por quien en quince meses derrotara la dictadura de Batista.
Es un acierto presidencial reducir la agenda de las conversaciones a temas específicos. La política de desarrollo agrario integral, la participación en la vida civil, el fin de la confrontación, la solución al conflicto de las drogas ilícitas, las victimas y su reparación y la implementación, verificación y refrendación de los acuerdos deben ser barreras infranqueables para la subversión. Una agenda totalmente abierta es una equivocación. Aceptar una pluralidad de temas y abrir excesivamente la participación de los sectores interesados no es lo más conveniente. Las FARC no pueden aspirar a una revolución por contrato, como dijera el expresidente López Michelsen. El mantenimiento de los plazos y de los tiempos es fundamental, si se desean resultados ciertos. Pero, en ningún caso, puede marginarse a la sociedad civil sin cuya aquiescencia y respaldo las negociaciones y sus resultados serian nugatorios.
Es posible y deseable que el secretariado de la FARC haya llegado a la conclusión – nunca compartida por Tirofijo - de ser imposible alcanzar el poder por la vía de las armas. Marulanda Vélez, militante marxista, creía que el triunfo militar de la guerrilla era inevitable y nunca se preocupo por el factor tiempo para el éxito de su accionar. Los jefes históricos de la FARC (todos agraristas, sin mayor cultura, campesinos apegados a la tierra, con excepción del Sargento Pascuas), están muertos. Los nuevos conductores son egresados de universidades, con amplio conocimiento del mundo, con tecnología de comunicaciones a su disposición y con un mejor entendimiento de la Colombia actual. Es importante tener presente que las FARC han ido cambiando con los años en la misma forma que ha cambiado Colombia. Y ojala concluyan que el poderío de nuestras Fuerzas Armadas es bastante para llevarlos en tiempo cercano a la muerte o al panóptico.


EL PARTIDO CONSERVADOR
No quiero terminar esta intervención sin formular algunos comentarios sobre el Partido Conservador. En especial sobre las concepciones que, en una u otra forma he aceptado y defendido a través de tantos años de lucha parlamentaria.
Deseo, dilectísimos amigos, un partido moderno, democrático, respetuoso de las libertades individuales y públicas y vocero, por excelencia, del campesinado, de la clase media y de la clase popular y, por encima de cualquier otra consideración, de los auténticos intereses nacionales. Son esas las razones conceptuales por las cuales debería sopesarse la posibilidad de utilizar una sigla pública más concorde con los tiempos y más conforme con las apetencias de los colombianos. El partido conservador español de se denomina Partido Popular. El norteamericano, Partido Republicano. El chileno Democracia Cristiana. El mexicano, Partido de Acción Nacional. El francés Confederación de fuerzas republicanas. Bien podía el conservatismo colombiano considerar la propuesta formulada en su momento por José Eusebio Caro, uno de los fundadores de nuestra agrupación. Decía Caro que nuestro desvelo debía ser el bien común. La justicia y el derecho las razones de nuestra militancia. El respeto a la propiedad y las cordiales relaciones con la iglesia motivación suficiente para estimular nuestro quehacer. Rafael Núñez, después de la victoria de La Humareda y luego de haber anunciado la derogatoria verbal de la Constitución de 1886 desde un balcón del Palacio de los Presidentes, conformó el Partido Nacional uniendo las fuerzas del Partido Conservador con el Liberalismo Independiente. Esa es la raíz moderna de nuestra colectividad. Misael Pastrana llegó a la presidencia como candidato de la Gran Coalición. Betancur, vocero del Movimiento Nacional, agrupó las fuerzas del conservatismo, de sectores liberales y de la Anapo. Alvaro Gómez, en multitud de oportunidades, sostuvo que en Colombia había más conservatismo que partido. En charla personal me comentó que solo el once por ciento de la población quería llamarse conservadora. Y, por eso, su última campaña la adelantó en el “Movimiento de Salvación Nacional”. El expresidente Ospina afirmaba que Colombia era un País conservador pero votaba liberal. Misael Pastrana, cuando ejercía la jefatura única, propuso llamarnos Partido Social Conservador. Argumentó que lo social era insoslayable en la concepción contemporánea de la vida. renovar nuestras estructuras y mantener nuestras ideas, principios, doctrinas y valores es lo esencial. Pero presentarnos a la arena de las contiendas políticas con un perfil llamativo y moderno en nada contradice nuestra condición conservadora.
El bien común constituye la razón de nuestro compendio programático. La dignidad esencial de la persona y las conclusiones que de ella dimanan son génesis de nuestro acervo ideológico. No actuamos al garete. Ni empujados por circunstancias y oportunidades. Somos un partido vertebrado y promotor de la autoridad. Nos apoyamos en los derechos humanos para garantizar al individuo y al ciudadano las prerrogativas que a su condición de hombre, o mujer, de viejo, o de niño, le confiere el orden jurídico. Nadie puede concebirnos sin errar, como un conjunto elitista, preocupado por los intereses de los todopoderosos. Querer involucrarnos en sinecuras para unos pocos, olvidando las esperanzas de los desposeídos y de quienes viven de su trabajo y de su esfuerzo, es una falacia colosal.
El conservatismo es el partido del hombre. Del progreso social y económico. Del humanismo evangélico y cristiano. De la libertad de cultos. De una “Iglesia en un estado libre”. Reconoce en la “catolicidad”, y en cualquiera otra de las expresiones cristianas y deístas, factores singulares en la preservación de la confraternidad, de la libertad y del cuidado gentil, continuo y desinteresado de la pobrecía. Rechaza con todas sus fuerzas el aborto, la eutanasia activa, el suicidio asistido y el matrimonio y la adopción entre parejas del mismo sexo por ser conductas contrarias a la naturaleza y a los derechos inalienables que nos concede nuestra condición de seres vivos. Ensalza la ciencia, la tecnología y la investigación. Son instrumentos para dirigir el conocimiento, derrotar la enfermedad y el dolor e impulsar el bienestar. Aplaude el equilibrio fiscal y repudia el gasto público desmesurado y populista. Son estas, entre muchas, banderas que debe caracterizarnos en toda instancia. Es preciso buscar su aceptación por la comunidad, y alcanzo a creer que el Directorio Nacional debe estudiar la posibilidad de diseñar un esquema, presidido por una figura de reconocimiento nacional que permita, con toda facilidad, identificar los anteriores valores de manera rápida.
Latinoamérica es y ha sido un continente caudillista.

En épocas lejanas, el doctor Francia hizo progresar al Paraguay. Perón y Evita son ídolos del pueblo argentino. Castro en Cuba y Chávez en Venezuela nos enseñan la importancia de un hombre identificado por las masas como servidor de sus intereses. Getulio Vargas y Lula estimularon a los brasileños para adscribirse a unos programas. Lázaro Cárdenas y Emiliano Zapata en México son reverenciados por los campesinos y por la opinión generalizada de la época presente. Colombia recuerda a Alfonso López Pumarejo, a Gaitán, a Galán, a Lleras y a otros compatriotas liberales como portaestandartes de su partido. Y entre nosotros, Laureano Gómez, Alzate, Misael Pastrana, Ospina Pérez, Alvaro Gómez, Betancur son figuras epónimas que estimularon la adhesión de las clases populares a nuestra causa pragmática. Un caudillo democrático, es decir, respetuoso de la ley y de los derechos humanos, si lo halláramos, podría ayudar al conservatismo a encontrar los caminos de la victoria y del querer popular. Es una idea que suelto al desgaire sobre la cual he meditado y conversado en reiteradas oportunidades.
El conservatismo debe recobrar su vocación de poder. Puede estar cierto que Colombia le exigirá encabezar una gran marcha, con ciudadanos de todos los frentes, para renovar vetustas costumbres existentes y ofrecerle a la juventud la herencia de una nueva patria. El Partido, en definitiva, debería hacer propia la sentencia “garcíamarquiana” de “buscar para las estirpes olvidadas una segunda oportunidad sobre la tierra”.


Muchas Gracias.


ROBERTO GERLEIN ECHEVERRIA

Nació en la ciudad de Barranquilla el 18 de noviembre de 1938. Estudio en el colegio Biffi de la misma ciudad y Derecho en la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá (1961), de donde también tiene un doctorado especialización en derecho laboral.
Contrajo matrimonio con Lydia Damarco Besada en la ciudad de Barranquilla.
Maria Alexandra Gerlein Damarco, es su hija.
En el año 1959 se desempeño como Secretario Privado de la Alcaldía Municipal de Barranquilla. Posteriormente en 1962 fue nombrado juez Primero Civil y en 1963 fue nombrado Secretario de Hacienda del Departamento del Atlántico.
En 1974 el Presidente de la República Alfonso López Michelsen lo nombro Gobernador del Atlántico.
Fue elegido Concejal de Barranquilla, desde 1964 hasta 1972. En 1968 fue por primera vez Representante a la Cámara por el Departamento del Atlántico, posición que ocupo hasta 1974.
En 1963 fue Embajador de Colombia ante la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas.




Por elección popular ha ocupado una curul en el Senado de la República desde 1974 hasta la fecha. Corporación de la que en tres oportunidades ha sido su primer vicepresidente.
En 1982 ocupo el cargo de Ministro de Desarrollo Económico en el Gobierno de Belisario Betancour.
Obras publicadas:

“La estructura del poder en Colombia”; editorial

Tercer Mundo. Bogotá 1979.



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