Volumen 11 de la Historia Universal Planeta dirigida por fontana, J. Barcelona, Planeta, 1992. Isbn: 84-320-9531-1 (84-320-9520-6 Obra completa)




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títuloVolumen 11 de la Historia Universal Planeta dirigida por fontana, J. Barcelona, Planeta, 1992. Isbn: 84-320-9531-1 (84-320-9520-6 Obra completa)
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La aparición en 1843 del System of Logic de John Stuart Mill contribuyó a la aceptación del evolucionismo; en esta obra se mantenía que todo queda sujeto a la ley de causalidad universal, incluidas las ciencias sociales, por lo que incluso el comportamiento humano, no sólo su aparición en la Tierra, se encuentra sujeto a determinadas leyes naturales. La obra del pensador inglés Herbert Spencer discurrió por derroteros similares. En sus Principles of Phycology, aparecido en 1855, apostaba con claridad por el evolucionismo para explicar no sólo la naturaleza física del hombre sino también su dimensión psicológica. En 1857 Spencer se decantaba por una explicación del mundo totalmente evolucionista.

Alfred Russell Wallace era también un evolucionista que intuía, inspirándose en los Principles de Lyell, que la solución al enigma del origen de los organismos se encontraba en la distribución geográfica. En el Essay of the Principle of Population de Thomas Robert Malthus, encontró en 1858 la idea que le llevaría al concepto de selección natural, por caminos paralelos a los recorridos por Darwin.

 De hecho y aunque parezca paradójico Darwin se convirtió en un evolucionista por seguir las tesis del geólogo sir Charles Lyell, que desde 1835 era presidente de la de la Real sociedad geológica de Londres. En 1838 encontró la clave para la explicación del origen de las especies en la selección natural, provocada por la lucha por la existencia, después de conocer las tesis de Malthus, como el mismo puso de manifiesto: "Llegué a la conclusión de que la selección es el principio del cambio al estudiar las producciones domésticas, y luego, al leer a Malthus, me di cuenta enseguida de cómo aplicar ese principio". Darwin se mostraba, además, plenamente de acuerdo con las tesis de William Herschel y William Whewell sobre la validez del sistema newtoniano para explicar el origen de los organismos. De lo que se trataba era de encontrar una teoría general que fuera capaz de explicar el origen de las especies que estuviera en plena concordancia con el sistema newtoniano.

Su newtonianismo se vio confirmado por el conocimiento del Cours de philosophie positive del pensador francés Auguste Comte, y la importancia otorgada por éste a la ley de gravitación universal. Si Darwin demoró en veinte años la publicación de sus tesis, ello fue debido no sólo a la solidez con la que quería dotar sus argumentos frente a las previsibles críticas de los antievolucionistas, sino también a su deseo de presentar su teoría de una forma general, al estilo newtoniano, en el que la selección apareciera como la ley natural de la evolución de las especies.

En El Origen de las especies, cuya primera edición fue publicada por el londinense John Murray en 1859, Darwin recurrió, para presentar su teoría, al método hipotético-deductivo empleado por Newton. A partir de ahí, desarrolló las tesis malthusianas para explicar la lucha por la supervivencia de las especies, en función de su crecimiento geométrico frente al desarrollo aritmético de las fuentes alimentarias. Una vez establecido el principio de la lucha por la existencia, Darwin planteó el mecanismo de la selección natural sobre la base de la adaptabilidad al medio, por la cual los organismos que incorporan mejoras heredables mostraban mayores posibilidades para sobrevivir y reproducirse que los que no lo hacían o desarrollaban variaciones heredables desfavorables. De forma paralela a la selección natural, y complementaria a ésta, se desarrollaba la selección sexual por mediación del macho y/o de la hembra. En El Origen de las especies Darwin presentó íntimamente asociadas la evolución y la selección natural, y eliminó cualquier referencia a la generación espontánea; de esta forma organizaba su teoría como un todo coherente, que respondía plenamente a las exigencias de una ley natural de carácter universal, acorde con los presupuestos epistemológicos de raíz newtoniana.

El determinismo social en la obra de Karl Marx.

Si Darwin había construido una sólida teoría sobre el origen de las especies acorde con los postulados newtonianos, bajo la forma de una ley general basada en los principios rectores de la selección natural y la evolución; Karl Marx trataba de construir una teoría general sobre el comportamiento del hombre como ser social, que permitiera explicar la evolución de los sistemas sociales, para sustentar su ideal revolucionario sobre firmes bases científicas. Marx se enmarcaba, de esta forma, en la amplia corriente de científicos sociales, que desde los años treinta del pasado siglo se mostraban convencidos de la posibilidad de extender a las ciencias sociales los logros alcanzados por la física newtoniana, en la que se insertaban nombres de la talla de Stuart Mill, del padre de la sociología, Auguste Comte, o del pionero de la demografía, Malthus.

La obra de Karl Marx representa el intento de superar la corriente idealista dominante en la primera mitad del siglo XIX, representada por Fichte, Schelling y el propio Hegel, desde una perspectiva radicalmente diferente a la adoptada por Schopenhauer. La filosofía de Marx constituye la expresión más acabada del hegelianismo de izquierdas. Si bien la influencia de Hegel en el pensamiento de Marx es innegable, no es menos cierto que su obra se caracteriza por una crítica radical del idealismo hegeliano, mediante la construcción de un sistema filosófico que considera al hombre, a través de su actividad, como el centro sobre el que descansa la tarea de transformar la realidad. Para Marx el estudio del "mundo real" no recae sobre las espaldas del mundo de "las puras ideas", sino sobre la realidad "empírica y material" del hombre y del mundo en que éste se desenvolvía. La ruptura con el idealismo imperante en la filosofía del XIX era evidente y radical. La reivindicación del papel del hombre por parte de Marx encontró una primera aproximación en el materialismo de Feuerbach, pero insatisfecho por su "materialismo contemplativo e inconsecuente" propuso como tarea de la filosofía constituirse en instrumento de transformación del mundo, en tanto que éste "es un producto histórico" resultado de la actividad humana, superando la fase anterior en la que "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo".

En consecuencia, Marx inició la construcción de un sistema filosófico al servicio de la transformación de la realidad, y encontró en las relaciones de producción el elemento configurador de la realidad empírica y material en la que el hombre se desenvuelve. El materialismo histórico de Marx sitúa, por tanto, en las relaciones de producción existentes históricamente el grado de desarrollo alcanzado por el hombre en su devenir, dando razón de ser a la organización social y a la representación del mundo -a través de la cultura, en la más amplia acepción del término- vigentes en cada época.

Marx se enfrentaba así con la concepción hegeliana de la historia, según la cual el sujeto de la historia es la Idea, la conciencia o el espíritu absoluto, llegando a la conclusión de que "en la producción social de su vida, los hombres contraen determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad, relaciones de producción, que corresponden a una determinada fase de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual en general. No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia".

Marx reelaboró de esta forma la filosofía de la historia hegeliana, despojándola de su carácter idealista, pero compartiendo su sentido finalista, al encontrar en la evolución histórica de las relaciones de producción el instrumento adecuado para desarrollar una praxis que conduciría a la transformación de la realidad. La revolución aparecía así como el único horizonte que podía liberar al hombre, permitiendo su realización completa y con ella la realización de la historia. La eliminación de la alienación del hombre -concepto tomado por Marx de la Fenomenología del espíritu de Hegel- mediante la revolución encontró en el método dialéctico, de inspiración hegeliana, el camino adecuado para fundamentar la necesidad histórica del paso a la sociedad sin clases, como el mismo Marx reconoce en el prólogo a la segunda edición de El Capital: "Mi método dialéctico no sólo difiere del de Hegel, en cuanto a sus fundamentos, sino que es su antítesis directa. Para Hegel el proceso del pensar, al que convierte incluso, bajo el nombre de idea, en un sujeto autónomo, es el demiurgo de lo real; lo real no es más que su manifestación externa. Para mí, a la inversa, lo ideal no es sino lo material transpuesto y traducido en la mente humana... La mistificación que sufre la dialéctica en manos de Hegel, en modo alguno obsta para que haya sido él quien, por vez primera, expuso de manera amplia y consciente las formas generales del movimiento de aquélla. En él la dialéctica está puesta al revés. Es necesario darla la vuelta, para descubrir así el núcleo racional que se oculta bajo la envoltura mística."

Marx era un hombre de su tiempo, y como tal su sistema filosófico pretendía llevar hasta sus extremas consecuencias el mensaje liberador del hombre, procedente de la Ilustración y sólo parcialmente realizado con la Revolución Francesa. Marx creía haber encontrado en la socialización de los medios de producción el camino para la erradicación de la alienación humana, mediante la eliminación de la explotación del hombre por el hombre. Su pensamiento estaba fuertemente imbuido del carácter finalista de la Ilustración, como lo demuestra su interpretación de los sistemas kantiano y hegeliano y el intento de cristalizar las aspiraciones liberadoras de la Ilustración, una vez elevada la burguesía al pedestal del poder. Sus continuas apelaciones a la necesidad e inevitabilidad de la revolución; su filosofía de la historia, fuertemente impregnada de nociones hegelianas a través de su reinterpretación de la dialéctica; su noción del progreso, como un proceso lineal cuya meta final se encuentra en la sociedad sin clases; sus constantes afirmaciones acerca del carácter científico del socialismo, nos revelan las estrechas vinculaciones de la obra de Marx con el ambiente cultural de su época.

II.- LAS PRIMERAS FISURAS EN EL EDIFICIO DE LA REPRESENTACION DETERMINISTA

En el momento en el que la representación determinista era aceptada de manera prácticamente universal dentro de la cultura occidental como la representación de la Naturaleza científicamente comprobada, aparecieron las primeras fisuras en el sólido edificio de la racionalidad clásica. De una parte, la reflexión schopenhaueriana que trataba de resolver, por caminos distintos a los transitados desde Kant, la dicotomía existente entre sujeto y objeto, con la pretensión de fundar un nuevo concepto de realidad. De otra, la cada vez más problemática relación entre el electromagnetismo y la representación mecanicista derivada del sistema newtoniano, sobre la que se había asentado la representación determinista. Sin embargo, estas fisuras no cuestionaban todavía los pilares básicos de la racionalidad clásica, la crisis de los mismos tardaría aún en llegar. Prueba de ello es el papel asignado, dentro de los cánones clásicos, en el pensamiento de Schopenhauer al principio de causalidad estricto; o, las dificultades teóricas de Maxwell y Lorentz para abandonar la representación mecanicista, a pesar de la evidencia de su incompatibilidad con los fundamentos teóricos y prácticos del electromagnetismo.

La pretensión de Schopenhauer de establecer sobre nuevas premisas la teoría del conocimiento.

Schopenhauer estaba profundamente interesado, al igual que Kant, en delimitar las esferas del pensamiento abstracto e intelectual y, en consecuencia, distinguir y separar la esfera de los hechos de la esfera de los valores. La manera en que resolvió este problema se alejaba notablemente de la solución kantiana.

"El mundo en mi representación", así comienza la principal obra de Arthur Schopenhauer. La representación tenía para él dos aspectos esenciales e inseparables, cuya distinción constituye la forma general del conocimiento: ser abstracta o concreta, pura o empírica. De una parte está el sujeto de la representación, que es aquello que lo conoce todo pero que no es conocido por nadie, porque no puede llegar a ser nunca objeto de conocimiento. De otra parte, está el objeto de la representación, condicionado por las formas a priori del espacio y del tiempo. No puede haber, por tanto, objeto sin sujeto, ni sujeto sin objeto. Para Schopenhauer, si al objeto del conocimiento se le llama materia, la realidad de la materia se agota en su causalidad, para él, la función fundamental del intelecto es la intuición inmediata de la relación causal existente entre los objetos. Espacio, tiempo y causalidad constituyen para Schopenhauer las formas a priori de la representación. En su obra Über die vierfache Wurzel des Satzes vom zureichender Grunde (Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente), estableció las cuatro formas del principio de causalidad que constituyen las formas de necesidad que dominan todo el mundo de la representación. Pero para Schopenhauer la realidad no era exclusivamente representación, que sólo es fenoménica; el hombre tenía abierto otro camino para ser libre: el mundo como voluntad. La voluntad es, para Schopenhauer, la "cosa en sí", la realidad interna, de la cual la representación es fenómeno o apariencia.

Los objetos, para Arthur Schopenhauer, existen sólo en tanto en cuanto son conocidos; los sujetos en tanto en cuanto son conocedores. Fuera de este contexto, nada se puede decir de ambos. Ellos constituyen los límites recíprocos del mundo como representación. Schopenhauer trataba de superar la dicotomía kantiana entre sujeto y objeto, al considerarla muy problemática; para ello partía de la representación, transformando la razón especulativa pura de Kant en el mundo como representación. Para él "fenómeno quiere decir representación y nada más. Toda representación, sea de la clase que sea, todo objeto es fenómeno".
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