Si, yo me di cuenta que mi vida se había ampliado con la de mi hermanado Wifredo, muchísimo, como también la de éste con sus antepasados




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títuloSi, yo me di cuenta que mi vida se había ampliado con la de mi hermanado Wifredo, muchísimo, como también la de éste con sus antepasados
fecha de publicación03.02.2016
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GEOGRAFÍA E HISTORIA II.

H: 172+9=181
Si, yo me di cuenta que mi vida se había ampliado con la de mi hermanado Wifredo, muchísimo, como también la de éste con sus antepasados...

El paranoico es el enfermo psíquico que vive sus sueños (el D. Quijote de la lisura de mi llanura), pero ¿nuestros sueños no son tan importantes como nuestras realidades?, pues sí; y entonces ¿por qué llamarlo enfermedad paranoica?. Sí, cabe llamarlo así, pero sólo cuando se lleva al extremo, sólo cuando se extremiza, cual todo lo extremo es malo, mientras tanto, no.

Yo, tras el adiós a Wifredo, tal vez por continuar algo de él o con él, le pedí permiso a mi psiquiatra para proseguir en un pequeño algo este libro sobre su origen generacional, que él me dio en la primera parte para verter sus palabras antiguas a odres nuevos, a expresiones gramaticales más actuales, porque le gustaba como yo hablaba, pero pedí el tal permiso creyendo que me lo negaría. Esto no dependía sólo de ella, sino de todo el cuadro médico que se reunía cada semana, y entonces resultó que no me lo negaron, tal vez porque mi diagnóstico no es el de paranoico, sino, sin decir gran cosa, el de “trastornos de personalidad” (no tan vacuo como su falta de tecnicismo parece indicar, pero sí insoportable cuando sube de temperatura).

Mi principal momento en aquel entonces y ahora mismo, es que no tengo nada, no quiero nada, que quiero irme, que sólo quiero irme, durante cada sueño al anochecer y antes de amanecer, el querer irme no solamente del hospital, sino a soñar sin sueños ni pesadillas para siempre total.

Estoy hablando mucho de mí, si lo que me propongo es continuar en algo la genealogía vista de Wifredo, pero es que esta es mi gran enfermedad por encima de mi proyecto: yo

Ahora resulta que sería este proyecto, un trabajo fuerte el ponerme a escribir de nuevo, en cuanto trabajo, y luego además, enorme para mí, que estoy muy cansado, un cansancio real por mi avanzada edad, pero sobre todo subjetivo, por mis muchos trabajos anteriores, por sus consecuentes experiencias sufridas además de las normales, y al final, por el resultado de mi conseguido actual e irreparable desequilibrio mental (acompañado de amplias y ya inexplicables constantes depresiones). Sería un trabajo y un reto, pero tal vez por esto frente a mí ser encerrado, es por lo que el consejo médico del hospital, me autorizó a comenzarlo si estaba decidido a hacerlo.

Sería cansado, pero en otros momentos reflexiono, y reflexiono bien, que no puedo pasarme todos mis restantes días en no querer despertar ya de sueño físico alguno, mientras viva: al final por fin vendrá la muerte, sé que vendrá y no tan tardía como la he tenido que aguantar antes, y esto es un gran consuelo frente al absurdo de la vida. Por eso, trabajar un poco, hasta donde pueda, mientras éticamente intente seguir, aunque nada llegue a dejar terminado, sería, será, entre otras, una actividad más ética que la de no ejercer nada.

El resultado final más allá de mí, es nulo, pues ni escribo bien, ni con tan abundante mala cosecha de libros como aparece cada día de hoy, la gente tiene posibilidad de seguir engullendo más hamburguesas literarias, pero para mí no lo sería. No hay ningún fracaso en que no llegue a intentar interesar a nadie, ni que le aburra ampliamente escribiendo como ahora tan subjetivamente hablo, porque no busco el éxito en la vida. El éxito, el verdadero éxito de la vida, está, como ya he dicho y oído, y más que cumplido, en vivirla como buenamente puedas.

Y dicho esto, el tema que ahora se me ocurre para continuar sería este: ¿yo soy hermano de Wifredo, continuador de su estirpe?.

………………………………………………………………
“Y yo gocé (así comienza el primer papel de los pocos conservados tras llegar su antepasado a la isla norte del continente africano), de los privilegios que a mi bisabuelo le fueron dados en honor al Sr. de Betancourt, por el Rey de Castilla y León, a quien aquel les entregó la primera oriental de las islas Canarias.

Y valiéndome de esto, para favorecer a mi hijo, inquieto, demasiado inquieto, que me pidió mi heredad para trasladarla a nuevas tierras, aunque ya viejo y cansado, acudí a la península, la tierra de mis antecesores, a conocer y ver a Dña. Juana.

Y dña. Juana, pese a que sin embargo aquellos dos días que me recibió en Tordesillas, fueron casi mudos, no obstante pareció recordarme; nunca supe del todo por qué, pero mis sospechas más fundadas fueron por el recuerdo de la muy buena presentación que su esposo D. Felipe, ya de antes, por comentarios sobre personas, le hizo de mí.

Ahora estábamos los dos sentados, frente a frente, en dos sitiales análogos, separados por una ventana lateral, con la mirada perdida, pero accediendo a la visita.

Ya no nos dolía ni que a mí me llamaran el loco, ni que a ella la titularan la loca, porque ni siquiera nos dolía que lo fuéramos, empezando por no haber hablado apenas nada tras habernos sentado el uno frente al otro, pero sin embargo, tras largo silencio, sin respetar ningún protocolo, pasamos a darnos y retenernos la mano mutuamente.

La reina tenía a su hijita, y esta parecía ajena, pese a su tierna edad, de haber heredado melancolía o enfermedad mental alguna de su madre, cual su madre lo había heredado de su abuela, y yo tenía, pese a mi avanzada edad, a un hijo, desasosegado e inquieto, en la antecámara. Ninguno de los dos, ni ella ni yo, habíamos sido eficientes padres, pero al menos no malos.

Mi hijo desde pequeño fue un salvaje, un incivilizado inquieto deambulando por despoblados y tierras solitarias, donde su inquietud personal se veía aun más favorecida. Yo renuncié a “moralizarle”, para que fuera más respetuosamente aceptado por quienes se asustaban al verle tan primitivo, porque nada lograba, como cuando se marchaba peligrosamente solo en su barca a Fuerteventura, pese a los tremendos vientos que nos separaban de allí. No logré nada salvo que me pidiera la heredad de nuestro linaje, que ni siquiera apellido continuo tenía, para trasladarle con su persona a otras tierras nuevas en el orbe, cual si Europa ya fuera pequeña, y por eso ahora yo había aceptado venir aquí, y seguramente aquí morir, en el bullicio y las intrigas, tan alejado de mi casa, que ya no era la más mínima huella de ningún antiguo castillo, porque no necesitaba allí defensa alguna, sino una sobria y tranquila, muy tranquila morada.

-- “Yo tampoco he sabido ser buena madre”, me dijo por fin Doña Juana, no sé si porque leyó mis pensamientos, o porque oía los ruidos y bullicios de mi hijo en la antecámara.

Nos dimos otra vez la mano, yo la derecha y ella su izquierda, y después ella se amodorró en su sillón y yo en el mío de enfrente con la ventana al lateral. “¿Por qué tanta melancolía, por qué?”.

A la siguiente semana fui a verla la segunda vez, llegando a su reclusión transportado en una silla de manos, pues que tal era mi decadencia física, y sin la compañía de mi hijo, cuyo nerviosismo me cansaba tanto, y al entrar en el portalón, el capitán de la guardia me salió al paso diciéndome en alta voz, que en nombre del Regente, se habían prohibido todas las visitas a la madre del príncipe, no expresamente autorizadas por él (y por supuesto enterado el tal Regente, de la mía).

Yo cansado, muy cansado, pero sin perder mi consciencia ante aquel desprecio, no perdí entonces mi mayor arrogancia, y con voz fuerte y alta, resoné en la estancia: “¿Vos, vos un capitán de la Reina reinante, os atrevéis a desacatar los deseos de vuestra Majestad, os atrevéis a una acción no ya de desacato, sino de traición respecto a vuestra Reina, la primera y principal persona que es quien os manda por derecho divino, y es su deseo que yo la vea?”.

Y entre tinieblas, la Reina arriba de la escalera, contemplaba y oía. Una sombra a la que se fueron mis cansados ojos tras haber hablado, y que tras un esfuerzo de fijación, lograron reconocerla, por su aureola, por su silencio, por su inmovilidad.

El capitán miró entonces también arriba, guiado por mi mirada, y poniendo su derecha sobre la cruz de su espada, en un reflejo y rápido movimiento, hízome una inclinación de cabeza sin más debates ni palabras, y sin preguntar por más permisos o pasar a hacer alguna consulta, se apartó dejándome abierta la entrada.

Entonces comencé a subir la escalera, y al final, siguiendo la sombra de al final, entramos en la habitación primera, y ella allí, sentándose en su sitial junto a la ventana, pasó a ofrecerme sentarme en frente de ella, en una silla que una criada al punto me acercó. Sus ojos, su boca, me sonrieron tímidamente, y yo hice una inclinación de cabeza, aunque ya sentado por el esfuerzo de la subida.

No hablamos nada, pero me bastó con mirarla silencioso, que pese a su melancolía constante, parecía tener en aquel momento, la razón con suficiente cordura, y por eso pasé a hablar: “A veces una muerte heroica, subsana una vida anodina, pero yo no encuentro en el suicidio ninguna muerte heroica –y con ello quería expresarle que aunque valiente, no me había expuesto gran cosa en hablar al capitán como lo hice-”.

Me miró, mi querida doña Juana me miró mientras atrás, en la habitación continua, descansaba el ataúd emplomado de su amado marido y rey, y junto a ella, rígida y sin dejarnos ausentes, como antes había hecho abajo el capitán de la guardia, aunque de pié, una orgullosa castellana presente, retándonos a ambos a que no se ausentaría durante toda la entrevista. Presa, estaba presa de sus propios criados, que solamente a veces fríamente la servían. Ella tenía más razones que yo para suicidarse, pero tampoco lo hacía.

Me miró más fijamente, como esperando si yo la había captado, y viendo ya que sí, me habló: “A veces la heroicidad consiste en llegar hasta el final”.

¡Y cuanto me alegró su acertada y cariñosa respuesta!.

Quedé silencioso, y ambos prolongamos aquel silencio ampliamente, recordando la primera entrevista. Aquella sería y fue la última vez que la vi.

Y tras el prolongado silencio, ordenó la despedida.

“Llamad al Secretario –ordenó a la dama que no había dejado de observarnos”, y éste se presentó con un papel escrito y lacrado en su cabecera con el estampado del sello del reino. Entonces la Reina le hizo el gesto de que me lo diera a leer.

En el pliego, con precisión y claridad, se comunicaba que allí donde fuese mi hijo, dentro del dominio del Reino de Castilla en sus Indias Occidentales, fuese tratado, ayudado y avituallado, como correspondía al Delegado personal del Rey, a quien en misión individual iba realizando un servicio para la Corona. Aquel iba a ser el único documento que como reina firmó doña Juana en Tordesillas.

-- “¿Está todo cual vos precisasteis? –me preguntó la Reina- ”.

Yo respondí, que sí, con gratitud, y entonces Doña Juana, con puño regio, ante una gota de laca allí derretida, apretó la laca delante del notario, con el anillo que todavía llevaba ella, y que su enhiesta castellana, pasó a recoger sacado de su dedo, para limpiarle, y seguramente para no volvérsele a dar en la vida. El notario firmó, mi pliego, y el que para el archivo de la Corona, quedaba.

Tardé todavía un poco en marchar. Era la última vez que la vería, habiéndolo hecho además en un día en que su cordura, afortunadamente, era superior a su desplome. Hasta que levantándome, me arrodillé y besé su arrugada mano: “¡Cuidaos todo lo que podáis Majestad! –Dije como despedida –”.

Y ella, como ya vuelta a su aislamiento, me contestó con una frase hecha de cortesía, que cuando princesa sus regios padres la enseñaron para responder cortésmente a los nobles1.

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Esta fue la única documentación literal que me quedó de este antepasado de Wifredo, biznieto del que llegó a las islas africanas nor-occidentales, y que acabó muriendo en la península, al poco de haber llegado allí aquel invierno.

Se trataba pues, de muy poca información; con todo, lo que más admiro de este apreciado D. Alonso (que tal era su nombre), y es digno de destacar aquí, es que supo trasladar la estirpe a su hijo, viendo desde el principio que éste no era un nadie excepcional, sino incluso viéndole, él que mejor que nadie pudo verlo en su propio hijo, un nerviosismo, un hiper-activismo, demasiado emotivo y explosivo, que pudo poner la continuidad de su historia generacional, no ya en un mero ser anodino que sólo supo pasar sin pena ni gloria aquellos tiempos (algo que pese al calificativo de anodino, con haber afrontado la vida, como cualquier vida aguantada, ya es un mérito, y que por tanto pudo por ello sólo, ser y sería respetado, por sus antepasados y posteriores), sino que dio su herencia a alguien demasiado arriesgado, pues que D. Alonso hijo, fue, por lo poco que sabemos después, de un nerviosismo desquiciante, afectivo y en muchos casos simpático, pero cuasi inaguantable con sus constantes y perentorias cabezonadas. Y sin embargo su padre, accedió a petición de su hijo, a darle la continuación de su estirpe, de forma que si éste la perdía como ejemplo moral, que si perdía continuar la gloría con que hasta entonces se había mantenido su genealogía, la perdería por su propia incongruencia respecto con sus anteriores predecesores, que es como al cabo se pierde toda estirpe, sin mancillar a sus antecesores, sino simplemente pasando a dejar enterrada aquella genealogía como ejemplar (aunque para restantes posteriores respectivos testamentos económicos, el dinero siga otro curso, y para esto, sí prosiga la estirpe, lo cual ya no es moral ni real).
D. Alonso hijo fue por su parte uno de esos héroes solitarios y perdidos, que antes de llegar al Nuevo Mundo, naufragó solitario en una isla perdida, hasta que, años después, navegando el mismo hasta otra isla habitada, y con comunicación al continente, acabó tras posteriores sucesivos viajes más, anclándose en la Patagonia norte, o al sur de lo que después habría de fundarse como Nuestra Señora del Buen Aire.

Pero nada más que esto escueto dicho, lo primero como naufrago y luego ya después como ya finalmente asentado, fue lo que dejó sumado a los papeles que conservaba copiados de su estirpe, sin ni siquiera añadir finalmente por el, o por quien le sucediera, quien fue tal continuador.

¿Pese a su carácter no ya de solitario, sino de variable e irascible, fue, como lo vinieron a ser todos sus antepasados, un ejemplo de vida y de conocimiento vital para los demás, al menos en algún notable momento (momento por el que se redimen todos los anteriores errores, y aun posteriores, como se dice que una buena muerte puede borrar una mala vida)?.Yo soy un cronista interesado, pero creo que puedo decir que sí, que fue realmente una persona vital y vitalista, ejemplar, basado en una generalización, que aunque con cuidado de no verla muy concluyente, como toda generalización, es muy importante, al menos para mí y para quien como yo sabe más de historia, y sobre todo más honestamente, que el resto de historiadores embaucadores que ha habido, y es, que muchos, muchísimos más que menos, de entre los primeros emigrantes peninsulares europeos al Nuevo Mundo, fueron, al menos en aquellos primeros tiempos, con un plan y hechos de verdaderos héroes y hombres al cabo generosos, aun yendo a procurarse una mejor vida personal, lo cual lo niega, claro está, la mentirosa Leyenda Negra, en cuanto siga sin afirmar, que todo pueblo la ha tenido, la tiene, y en la mayoría de los casos (en todos los que conozco), mucho peor y más inquisitorial que la de aquellos primeros viajeros a países totalmente desconocidos y llenos de leyendas y hechos peligrosos.

Esto dicho, claro está, sonará a pecado capital a los ingleses, anglófilos, indigenistas y a la mayoría de las varias naciones de la península ibérica, incluyendo a la que se autoproclama progresista española.

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Me preguntaba al principio de estos folios de continuación, querido hermano Wifredo, si yo quería pasar a ser adoptado, como continuador de la línea directa de tu estirpe. Y todavía no se contestar, pero lo que ahora al menos sí sé, al tiempo que como por una descarga eléctrica de alto voltaje me he sentido petrificado, es que me gustaría mucho tener, haber tenido, un buen padre: un buen padre que al menos todavía me hubiera dejado buenos recuerdos; un buen padre que aunque ya ausente, me recuerde, que ahora soy yo, y debo ser yo, el buen padre de ese niño que todavía, indefenso, dentro de mí, necesita ayuda, mucho más ayuda que la que su viejo cuerpo parece reclamar a estas alturas; un buen padre que me ayude a quererme a mí mismo, como la principal persona indefensa a quien debo ayudar.
Por mi parte, tras lo dicho sobre el primer don Alonso, quisiera haber dejado ahora reivindicado, al segundo don Alonso, hijo natural y continuador de la estirpe del primero, y a partir del cual, para mi desgracia de seguir con la lista de tus progenitores, los papeles continuadores de tu estirpe que me han llegado de tu restante carpeta, son ya muy pocos, y muy poco redactados o suficientes, pese a los más amplios de tus anteriores progenitores de alto ejemplo, con lo cual, mi continuación a tu linaje más reciente, queda muy corto frente a lo más amplio que creí que iba a ser mi tarea tras haber seguido tu rastro inicial, disponiendo ahora de tus restantes papeles, que tu notario me ha dado tan aceptadamente, advertido de ello por ti, por si yo se los pedía.

Su primer ejemplo, el de este don Alonso hijo, de haber sabido sobrevivir solo en una isla durante varios años, es ya todo un gran ejemplo (si bien Defoe, lo ejemplarizó en su novela posterior como interpretado por un inglés, y por supuesto poniendo a parir a los hispanos). Y finalmente, creo que acabar conviviendo pacíficamente en la Patagonia, también fue un buen ejemplo.

Sus sucesores, creo que aunque la mejor epopeya es la íntima de haber tenido los mayores momentos felices, me parece que también en más de un caso, no dejaron de imitar los varios altos ejemplos que en aquel Nuevo Continente tanto se dieron, o que para mi, objetivamente lo son, por encima de todos los altibajos que toda leyenda real o terrenal, luego vitalmente conlleva, como terrenal.

Una de estas leyendas reales, fue cuando Cortés mandó quemar las naves que tenían para la retirada o regreso, y dijo que de allí o salían en triunfo o no salían. Los corazones abiertos a la vista, tras el desgarrado pecho, todavía palpitantes en el interior desgarrado pecho por el sacerdote enemigo en lo alto de las pirámides talladas con dioses emplumados, contemplaron a los nuevos venidos de oriente, no tan enemigos como después se ha querido y se quiere seguir viendo.

Álvar Núñez, perdido en los pantanos de la Florida, llegó al pacífico no haciendo esclavos, sino tras haberlo sido él y haberse sabido liberarse, además de las posteriores fuertes actuaciones para acabar con su periplo.

Los “doce de la raya”, los doce con Pizarro, se prometieron conquistar un imperio, y ante el Inca en procesión, que tantas sentencias de muerte llevaba dadas frente a los ajenos y los propios en su guerra civil, aunque ya más de doce, pero sin poder contenerse orinarse de miedo, supieron aguantar los apoyos para el primer tiro de su arcabuz, sin deserción alguna, aunque el segundo no era ya nada seguro de que pudieran cargarle.

Descubrir el Pacífico atravesando selvas, y los marinos posteriores atravesando después en sus barcos ese otro ignoto océano, y poniendo en conexión el Nuevo Mundo también con Asia, además de con Europa, son títulos de cuentos a mencionar en nuestra crónica, en la crónica de tus predecesores más recientes, querido Wifredo, porque los descendientes del adelantado don Alonso, los conocieron, y fueron varios de ellos, entre los que estarían los tuyos, quienes los vivieron como propios, aun dentro de su anonimato, como anónimos fueron la mayoría de los muchos que además acabaron muertos de simple agotamiento en sus intentos, y fiebres en aquellas inéditas expediciones y altitudes, aunque después estos pasaran además a ser acusados por sufrir sus propias enfermedades, como propagadores de ellas entre los primitivos con los que allí se encontraron, en una época que pudo ser el nacimiento o renacimiento de un nuevo pensamiento de progreso, que desgraciadamente todavía no se ha logrado dar forma en ningún lado de allí ni de acá.
Lo posterior que tras tus papeles, más he podido descubrir claramente, es que tras el segundo don Alonso, siguieron tres sucesores más de su estirpe y la tuya, en aquellas tierras de las indias españolas, dos adoptados y uno genético, hasta que el cuarto sucesor partió a Asia, a las todavía ignotas islas Filipinas, y que allí se mantuvo con sus descendientes, hasta que tras comenzar el siglo XX, el último de los descendientes de aquella genealogía allí, que como los anteriores se mantuvieron fieles a continuarla (al parecer todos ellos con el rasgo interesante de ser muy estudiosos y eruditos en la cultura oriental China y Japonesa), regresó de allí, nuevamente a América.

De ese periodo filipino, sólo he sabido ampliar en tus papeles, que tus ascendientes allí fueron, además de viajeros y estudiosos orientales, de los cuales has conservado mapas y ensayos impresos, principalmente comerciantes de la capital de aquellas islas, conectando la próxima Indochina y la China misma, con los territorios transoceánicos de Nueva España, que entonces más allá del río Grande, controlaba toda la costa de la Baja y Alta California, además de los estados del interior como Colorado, Nevada, Arizona, Nuevo Méjico y Tejas, todos ellos todavía de nombres muy castellanos, que si bien desérticos, ya sus indios bajo aquel virreinato, habían empezado a domesticar, al menos a los caballos allí importados por las nuevas autoridades.

Tu abuelo y tu padre son quienes pasaron a residir de Filipinas a la Alta California, tras la guerra del 98, en que los Estados Unidos acabaron apoderándose de la apartada colonia asiática, pero ya de ellos, como de ti mismo, rehúso aquí, comentar más de lo ya presentado, porque sois demasiado actuales como para que vuestra intimidad se vea tan prontamente expuesta, aunque sea como ejemplo (ejemplo que como siempre, también traerá envidias). Lo que sí añadiré, es que tú pasaste a llamarte Wifredo, en recuerdo de un adoptivo tío tuyo (muy ligado a tu abuelo - y con ciertos antiguos parentescos-), que nacido en Cuba al poco de también pasar a trasladarse allí su familia, desde oriente, un poco antes que la tuya, esta vez ellos a aquella isla hermana, y que el tal Wifredo, tras crecer y estudiar allí y pasar a hacer varios viajes de estudio, sobre todo en París, llegó a ser un pintor famoso ya en vida, y que al visitar a tu padre y a ti de niño, cuando él todavía no muy mayor estuvo en Méjico, quedó tan prendado de tu padre y especialmente de ti en aquella visita, que pidió ser admitido como tu “padrino” adoptivo.

De tu padre quiero insistir en lo mucho que te quiso, y como tu enfermedad, fue la que ya rápidamente derritió sus pocas fuerzas. Sé que te quiso muchísimo (no citaré aquí su nombre); pero al tiempo sé, que fue por primera vez en tus crónicas familiares, no ya el padre, el amigo y el confidente, que fortaleció con su amor al joven hijo, sino que al poco fue el padre el sujeto paciente, o aquel a quien pasó a ser el propio hijo, aun joven, el que viendo a su padre, tan buen maestro en su infancia, pero prontamente desvalido y atormentado por la soledad, el que pasó a ayudarle, y no dejó de hacerlo, en cuanto se reconoció la más mínima fuerza de crecimiento. Aquí fue principalmente el hijo, el que prontamente, muy prontamente, pasó a ayudar a su prontamente debilitado padre, como amigo y consejero (y de ello se conservan varias notas de tu padre en tu carpeta familiar, varias de ellas además con la posdata primorosa de “Hijo mío, agradezco muchísimo tus palabras, las tantas que me dices oralmente, y por mi parte lo que tengo es gran miedo de proyectar mi melancolía sobre ti”).

De tu padre, de lo que te deja escrito para que veas como el va superándose con tu ayuda, tengo frases que se me han quedado memorizadas como:

---“Para quien conoce la soledad y el hecho de que regresamos a donde vinimos, el dolor, pero sobre todo el hecho de no poder desarrollar el amor, el amor total, es una tristeza demasiado pesada, que sólo con una valentía desmesurada, puede sobrellevarse. Es imprescindible amar”.

---“No existe la alegría plena, ni en las horas bajas ni en las horas altas, pero tenemos el concepto de belleza, la propiedad o poesía de congelar un momento, y esos momentos, deben ser nuestro consuelo frente a la demasiada tristeza”. “Seamos, ante todo, en lo que podamos, los sufrientes más felices”.

Creo que tu padre tuvo mucho de la misma metafísica que yo, la que fuera de los tiempos, tal vez tuvo toda vuestra estirpe. Yo, aunque ahora esto a decir parezca una respuesta absurda, diré, que no he tenido nunca perro, pero que siguiendo la sabiduría de tu padre, al menos creo que voy a adoptar uno.

…………………………………………………….
Con esto escrito hasta aquí, veo que mi proyecto de trabajo en continuar repasando la genealogía que en su primera parte me presentó Wifredo, después de tanto pedir permiso en el hospital y atreverme a pasar a pedir el resto de los papeles que me faltaban, ha sido una continuación de muy escasas páginas (cinco, más o menos, que apenas llegan a constituir un poco más que una amplia carta). Pero sin ampliar mucho más lo hecho, sí creo que debo añadir la puntualización de que la “Casa” de mi amigo y hermano (¿hermano adoptivo finalmente por mi parte?), es, además de su amplia extensión de casi justo los últimos mil años, muy singular y ejemplar en varios importantes aspectos, que se fueron sumando con sus componentes (calidad y cantidad suficiente, pues), y en algunos importantes generales, del que yo quiero fijarme aquí en el anecdótico de su apellido o escudo.

La casa de Wifredo, o la casa de Vivar y Frías, no tiene frente al resto de casas que se me han presentado, nombre perenne, pese a su nobleza (mucho más superior que las que así se nombran en base a sus posesiones materiales), como tampoco fue una casa de transmisión por rama sanguínea, dados los varios sucesores que lo fueron de manera adoptada, más allá de los herederos familiares. La casa de Uña, que también por algún tiempo ese fue su nombre momentáneo, tuvo un “Nombre”, cambiante, y generalmente sencillo, según el miembro de cada particular generación. Y por lo mismo, tampoco tuvo escudo, si bien algunas veces, algún miembro eligió algún dibujo en forma alusiva, además de su propio nombre o el de su casa en ese momento.

Yo, aparte de mis muchos escritos rotos, entre mis varios papeles escritos conservados (desgraciadamente en su inmensa mayoría sin contenido entendible ni a mantener posteriormente, sino al cabo meros monólogos circunstanciales, para posteriores y posteriores reflexiones, que tampoco están cerradas), tengo un cuaderno de unos diez folios, que titulo “Mi Casa”, y que se refiere a la mía propia frente a la espléndida de Wifredo, mi querido hermano.

En esos diez folios, huérfano de padre y acomplejado por mi madre desde niño, y desde luego sin rastro de antepasados, hablo, ya iniciada mi vejez, de mi casa, como del conjunto de pequeñas posesiones situadas en ese lugar, que en ese momento apreciaba y aun aprecio como mis fetiches con quien hermanarme, a falta de más; y en ese aspecto, me da desazón, ver lo pobre de mi casa, frente a los que han tenido y tienen una “Casa” eficiente para su mejor súper yo, como Wifredo.

Por lo demás, frente a todos los que no hemos tenido una casa, quisiera incluir un pensamiento final (seguramente traído por los pelos, teniendo en cuenta que el que ha terminado estos papeles es un enfermo mental), indicando, que no por ello, al haber nacido en sociedad, no debemos desestimar, para bien y para mal, que no tengamos también un súper-yo, y por ello una vida más larga de la que físicamente nos reconocemos.

Con relación a ese súper-yo, repito, que aunque traído por los pelos, hemos de reconocernos una mayor vida que la iniciada con nuestra fecha de nacimiento: Me dicen, oigo, “¡Huy, qué dura es la vida!”, y yo añado, “Pues sí”, y también me dicen, oigo, “¡Huy, que corta es la vida!”, pues no, eso ya es otra cosa. Mi vida es clarísima que no empezó cuando salí del vientre de mi madre, sino ya de antes, en el mismo vientre, aunque yo no lo recuerde, aunque sólo tuve consciencia de mi vida, tal vez como mucho a los tres años del parto tras empezar a hablar. Pero además de esto concretado, es que mi vida no comenzó ni siquiera al iniciarse el embarazo de mi madre, sino que yo (más allá del súper yo de Freud, aprovechando también a Darwin), comencé un vida ya hace miles de años, en el mar, con el primer ser vivo, del cual yo tras diversas adaptaciones, tengo el cuerpo erecto que ahora soy, aunque antes tampoco fuera consciente como no lo era en el vientre de mi madre. Mi vida, al día de hoy, no es desde luego nada corta, sino que ha sido larguísima.

……………………………………………………………………..
FIN

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El presente libro, comenzó pareciéndome ser un algo como la historia de una génesis (una génesis singular), pero acabo finalizando creyendo que es más, un Libro de Amor, lo cual me satisface más, porque creo que la razón única o más verdadera para vivir, es el amor.

Por lo demás, las presentes pocas hojas frente a lo amplio que es el amor, diré que la vida de las personas la componen muchos momentos, cual un río que nunca lleva las mimas aguas, pero que con un momento, o un pequeño resumen de ellos, aunque no sea todo lo más acertado, se puede dar por hecha una biografía, o incluso una genealogía, para nuestra imaginación, o al menos así quiero yo pensarlo.

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1 Años más tarde esa frase parece que fue la única que contestó a los Comuneros cuando estos la pidieron su apoyo en el levantamiento contra su hijo, frase, que sin venir a cuento, fue con la que ellos comprendieron que no regía su cabeza.




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