Bogotá D. C., septiembre 11 de 2001




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La literatura: aproximaciones a lo Inefable


«Et tout le reste est littérature.»

Paul Verlaine “Art Poétique.”
Hasta ahora aquello que hemos valorado como más característicamente humano a lo largo de nuestro recorrido—es decir, la consciencia, el intelecto y la cultura—podrían ser, simplemente, respuestas adaptativas ante el entorno, con el propósito de asegurar la transmisión y diseminación de los miembros de la comunidad y su bagaje genético. El lenguaje nos traiciona y no podemos evitar sugerir con estas palabras una suerte de teleología presente en los sistemas biológicos, y con ello, preservar latente el espectro del sentido en la información. Pero es necesario enfatizar que el sentido no es otra cosa que la pretensión de fijación de una interpretación y que éste sólo es posible al interior de una comunidad; no existe sentido por fuera de esfera social alguna. Por esto, hablar de sentido en cualquier sistema en el cual los mecanismos de replicación y diseminación de la información no pase por el tamiz de la cultura es, sin duda, erróneo. Los biologismos, esto es, las popularizaciones del discurso biológico con fines ideológicos (explícitos o no), se valen con frecuencia de estrategias retóricas de esta índole; al ser seducidos por la legitimación de un orden teleológico al interior de lo “natural” reducen el papel de la contingencia en los sistemas que intentan describir. Hecha esta salvedad interesa más establecer cómo una concepción del genoma como el código por excelencia de la naturaleza destruye la popular ficción metafísica que sitúa un hiato insalvable entre el plano material (el cuerpo) y el nivel aparentemente superior de la información y sus corolarios: el sentido y el conocimiento. Esta formulación exige que la información este incorporada: el cuerpo es la información. El “sentido” sólo es verificable como subproducto funcional cuando cada gen produce, en efecto, la proteína que corresponde y no como un fin último verdadero del “orden” natural. Pues las variaciones en el orden de la información—las mutaciones—son la base tanto del “error” como del surgimiento de nuevas posibilidades de adaptación. El azar, el accidente, el comportamiento tôi automatoi—i.e. la generación espontánea—por parte de la naturaleza, cuestionado con tanto vigor desde Platón y Aristóteles es la base del cambio en los sistemas biológicos (Cfr. Aristóteles, Metafísica 1070ª7 donde se habla del concepto funcionalmente opuesto de tékne [t™knh]).

Sugerimos entonces que de la ineficacia del lenguaje lo que puede ser interpretado es la imposibilidad de concebir la realidad y la actividad humana como “necesaria” o “esencial;” “fundante” o “no-contingente.” La no-articulabilidad lingüística del devenir humano, la imposibilidad de ofrecer respuestas esenciales, formalizadas y comunicables a lo que constituye la particularidad misma de la naturaleza humana, máxime cuando el lenguaje mismo es una herramienta adquirida, una prótesis autoreferencial, nos conduce a situar el papel de éste en la intersección entre ambos planos—material e inmaterial—de la dualidad y a enfatizar su poder de aproximación a lo otro—a el/la otra(o), a aquel a quien sólo puedo aproximarme por vías de lenguaje, a quien es distinto a mi. El lenguaje verbal articulado y, en particular, el lenguaje literario, se constituye en la herramienta de aproximación a lo inefable y esencial (vid. infra Apéndice, Fig. 2). La carencia de las tradiciones discursivas consiste en una inadecuada intelección del papel del lenguaje en la construcción del sujeto y su naturaleza paradójica y contingente, a la cual nos hemos referido ya.

El lenguaje, según nuestra aproximación, es entonces un sistema reflexivo y autopoiético, un instrumento autoreferencial.83 Esto nos conduce a cuestionar la legitimidad que los conceptos mutuamente complementarios de realidad y naturaleza, pues la eficacia que tales nociones presume está fundada en su capacidad para dar cuenta del entorno mismo que intentan describir. Si la validez del lenguaje mediante el cual la realidad o la naturaleza son descritas se halla exclusivamente al interior de sí mismo y éste, además, es adquirido culturalmente, la posibilidad de acceder a un conocimiento lingüísticamente articulable de lo “real” es una pretensión que se anula a sí misma.84 Cabe pues preguntarse si lo “real” es aquello que se encuentra más allá de los límites del campo lingüístico, en el afuera de las posibilidades de formalización.85 Cabe, además, preguntarse si el papel del lenguaje literario es, en un sentido epistemológico “duro,” de mayor importancia que el atribuido por las fronteras disciplinares; pues se muestra ante nuestra mirada capaz de posibilidades expresivas que sobrepasan las limitadas formalizaciones de otros ámbitos discursivos de la cultura. Es de la mayor importancia, por lo tanto, encarar las posibilidades de construcción de sentido que permite el lenguaje, entendido como la tecnología primera, para articular e intentar la comunicabilidad de aquello que nos constituye como humanos. La tradición cultural que hemos heredado y que, como hemos visto, está construida sobre los presupuestos de un dualismo que ignora las potencias constitutivas de realidad y subjetividad del lenguaje, debe ser revisada sin excesivos temores o nostalgias. Al reflexionar en torno a las Ficciones y los Artificios de Borges, Blanchot se hacía partícipe de esa insólita “fuerza neutra e impersonal” que en sus lectores ocasiona un artífice del lenguaje que conoce el poder de su herramienta:

Nos hieren la palabra truquage, la palabra falsificación, aplicadas al espíritu y a la literatura. Pensamos que semejante engaño es demasiado simple, que si hay falsificación universal, es todavía en nombre de una verdad tal vez inaccesible pero venerable y, para algunos, adorable. Pensamos que la hipótesis del genio maligno no es la más desesperante: un falsificador, aunque todopoderoso, sigue siendo una verdad sólida que nos permite ahorrar el pensar más allá. Borges comprende que la peligrosa dignidad de la literatura no consiste en hacernos suponer que el mundo tiene a un gran autor, absorbido en medio de mistificaciones soñadoras, sino en hacernos experimentar el acercamiento de una extraña fuerza, neutra e impersonal. (111)

Pero el poder del lenguaje para hacer visibles las posibilidades tanto de lo contingente—los afectos, las sensaciones—como de lo trascendente no finaliza con la especulación o el asombro, como lo es, por ejemplo, para los filósofos de Tlön, el planeta imaginario del famoso cuento de Borges, pues: “Los metafísicos de Tlön no buscan la verdad ni siquiera la verosimilitud: buscan el asombro. Juzgan que la metafísica es una rama de la literatura fantástica. Saben que un sistema no es otra cosa que la subordinación de todos los aspectos del universo a uno cualquiera de ellos” (436).86 Hemos de reconocer, en cambio, que si las tecnologías de lenguaje y sus productos artificiales no son las experiencias o los afectos, configuran, en cambio, su estructura misma; como lo advierte Scarry en su exhaustivo trabajo de deconstrucción del dolor en la guerra y la tortura: “A material or verbal artifact is not an alive, sentient, percipient creature, and thus can neither itself experience discomfort nor recognize discomfort in others. But though it cannot be sentiently aware of pain, it is in the essential fact of itself the objectification of that awareness; itself incapable of the act of perceiving, its design, its structure, is the structure of a perception [Un artefacto material o verbal no es una criatura viva, sentiente y percibiente, y por lo tanto no puede experimentar incomodidad o reconocerla en los otros. Pero aunque no puede estar sentientemente consciente del dolor, es esencialmente en sí mismo la objetivación de esa consciencia; de suyo incapaz del acto de percibir, su diseño, su estructura, es la estructura de una percepción]” (289, énfasis en el original). La consciencia articulable, puesto que se vale del lenguaje para ser funcional, se encuentra a merced de las limitaciones que dicha herramienta comporta en la cognición y su subsecuente verbalización. Es importante revisar los presupuestos conceptuales, las categorías mismas que dotan de sentido o valor nuestra intelección del fenómeno de la consciencia; la fenomenología, a comienzos del siglo XX, inició este proceso: “Twentieth-century phenomenology has massively revised the modern formulations of time and consciousness inherited largely from the seventeenth century, which formulated time as a categorical imperative “natural” to human thought and inseparable from the conception of the individual subject, the founding cogito, that has developed its powers since then. By focusing on a phenomenal “event” in which subjectivity and objectivity cannot be distinguished, phenomenology anticipates the always-embedded and in-process postmodern subjectivity [La fenomenología del siglo XX ha revisado de manera masiva las formulaciones modernas del tiempo y la consciencia heredadas en gran medida del siglo XVII, que formulaban el tiempo como un imperativo categórico “natural” al pensamiento humano e inseparable de la concepción del sujeto individual, el cogito fundante, que ha desarrollado sus poderes desde entonces. Al enfocarse en un “evento” fenomenal en el cual la subjetividad y la objetividad no pueden ser distinguidas, la fenomenología anticipa la subjetividad postmoderna siempre imbricada y en proceso]” (Ermarth 51).

Este aporte de la fenomenología no es desdeñable, en la medida en que las percepciones sensoriales de la subjetividad y la relación con el “mundo exterior” son cualquier cosa excepto hieráticas y estables.87 El continuum espacial y temporal que cabría esperar bajo las categorías tradicionales, centralizadas, es una ilusión cultural nada inocua.88 De manera análoga, las narrativas que de este paradigma se desprenden demuestran ser construcciones autoritarias de sentido. La narradora de hipertextos Shelley Jackson habla del “cuerpo real,” para diferenciarlo de aquel constructo cultural del cual hemos hecho mención. Para ella, ese cuerpo real posee ciertas características que le confieren un alto nivel de indeterminación y volubilidad:

The real body, which we have denied representation, is completely inimical to our wishful thinking about the self. We would like to be unitary, controlled from on top, visible, self-contained. We represent ourselves that way, and define our failures to be so, if we cannot ignore them, as disease, hysteria, anomaly. However:

The banished body is unhierarchical.

It registers local intensities, not arguments. It is a field of sensations juxtaposed in space.

It is vague about size and location, unclear on measurements of all kinds, bad at telling time (though good at keeping it).

It is capacious, doesn't object to paradox, includes opposites—doesn't know what opposites are.

It is simultaneous.

It is unstable. It changes from moment to moment, in its experience both of itself and of the world.

It has no center, but a roving focus. (It "reads" itself.)

It is neither clearly an object nor simply a thought, meaning or spirit; it is a hybrid of thing and thought, the monkey in the middle.

It is easily influenced; it is largely for being influenced, since its largest organs are sensing devices.

It is permeable; it is entered by the world, via the senses, and can only roughly define its boundaries.

It reports to us in stories, intensities, hallucinatory jolts of uninterpreted perceptions: smells, sights, pleasure, pain.

Its public image, its face is a collage of stories, borrowed images, superstitions, fantasies. We have no idea what it “really” looks like.

[El cuerpo real, al cual hemos negado representación es completamente adverso a nuestro deseoso pensamiento acerca del yo. Desearíamos ser unitarios, controlados desde arriba, visibles, auto-contenidos. Nos representamos de ese modo, y definimos nuestras falencias, si no podemos ignorarlas, como la enfermedad, la histeria, la anomalía. Sin embargo:

El cuerpo exiliado es no jerárquico.

Registra intensidades locales, no argumentos. Es un campo de sensaciones yuxtapuestas en el espacio.

Es vago en relación con el tamaño y la ubicación, incierto en relación con mediciones de todos los tipos, malo para definir el tiempo (aunque bueno para conservarlo).

Es espacioso, no objeta ante la paradoja, incluye opuestos—desconoce qué son los opuestos.

Es simultáneo.

Es inestable. Cambia de un momento a otro, en su experiencia tanto de sí como del mundo.

Carece de centro; posee en cambio un foco errante. (Se “lee” a sí mismo.)

No es con claridad un objeto o un simple pensamiento, significado o espíritu; es un híbrido de cosa y pensamiento, el mono en el medio.

Es fácilmente influenciado; es, en gran medida, para ser influenciado, en tanto que sus órganos más grandes son dispositivos de sensación.

Es permeable; el mundo lo penetra, por vía de los sentidos, y puede definir sus límites sólo de manera cruda.

Se nos reporta por medio de historias, intensidades, descargas alucinatorias de percepciones sin interpretar: olores, visiones, placer, dolor.

Su imagen pública, su rostro, es un collage de historias, imágenes prestadas, supersticiones, fantasías. No tenemos idea de cómo se ve en “realidad.”] (Jackson)

Esta indeterminación del cuerpo y las consiguientes dificultades que comporta para verbalizarlo y hacerlo comunicable se halla relacionado con la multiplicidad de datos y códigos que debe procesar de manera simultánea. Además, al carecer de límites cognitivos y empíricos discretos, se encuentra sobrecargado de informaciones y ruidos.89 Por supuesto, no resulta difícil establecer un puente conceptual entre el concepto de ruido como lo concibe la Teoría de la Información y las investigaciones en el campo de la poética cognitiva llevadas a cabo por el profesor Tsur, quien sugiere el concepto de “categorización retardada”:

A category with a verbal label constitutes relatively small load on one's cognitive system, and is easily manipulable; on the other hand, it entails the loss of important sensory information, that might be crucial for the process of accurate adaptation. Delayed categorization, by contrast, may load too much sensory load on the human memory system; this overload may be available for adaptive purposes and afford great flexibility, but may be time-and-energy consuming, and occupy too much mental processing space. […] The diffuse sensations are recoded into a compact, focussed concept, and labelled with a verbal label.

[Una categoría provista de un rótulo verbal constituye una carga relativamente baja en el sistema cognitivo de uno y por lo tanto es fácilmente manipulable; por otro lado, comporta la pérdida de importante información sensorial que podría ser crucial en el proceso de adaptación adecuada. La categorización retardada, en contraste, puede cargar excesiva carga sensorial en el sistema de memoria humano; esta sobrecarga puede hallarse disponible para propósitos adaptativos y brindar gran flexibilidad, pero puede consumir mucho tiempo y energía y ocupar demasiado espacio de procesamiento mental. […] Las sensaciones difusas son recodificadas en un concepto compacto y enfocado, y rotulado con un rótulo verbal.] (1997)

Es gracias a esta importante característica del funcionamiento cognitivo humano que la lectura de un texto poético es para nosotros una experiencia estética sumamente intensa, pues se subvierte durante la lectura la predictibilidad de los sintagmas del lenguaje cotidiano, en un ejercicio que exige de nuestro aparato cognitivo un máximo de recursos. Es este apenas uno de los motivos por los cuales es importante hacer el viraje que aquí se propone: de una teoría crítica que da por sentado el valor estético inmanente de los productos textuales que toma en consideración a una teoría que explora en cambio lo que sucede con el lector/ jugador/ participante/ operador—pues es todas estas cosas, como lo muestra la teoría hipertextual contemporánea, desde sus inicios en Barthes y Calvino—gracias a su interacción con este tipo de narrativas en las esferas de lo social, lo ético y lo cognitivo, por nombrar unas cuantas.90 Se trata de situar, con Blanchot nuevamente, las posibilidades del campo literario en el abismo que media entre la presencia y la ausencia; permitiéndonos vislumbrar nuestras propias carencias en relación con el Otro, en un ejercicio de construcción del yo a partir de la diferencia. Quien esto lee percibirá una preocupación humanística que se fundamenta, paradójicamente, en las herramientas proporcionadas por la ciencia y la tecnología de la información, disciplinas en apariencia distantes de cualquier revaloración del sujeto. Esto se debe a que nosotros, seres humanos, hemos sido construidos gracias a esa tecnología primera que nos permite atisbar aquello que resulta incomunicable. Somos un producto de nuestros productos.
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