Bogotá D. C., septiembre 11 de 2001




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Capítulo III Evidencia: Recetas para hacer hombres


«Die Philosophie darf den tatsächlichen Gebrauch der Sprache in keiner Weise antasten, sie kann ihn am Ende also nur beschreiben.

Denn sie kann ihn auch nicht begründen.

Sie läßt alles wie est ist.

[«La filosofía no puede interferir en modo alguno con el uso actual del lenguaje; sólo puede, al final, describirlo.

Pues no puede tampoco dotarlo de fundamento.

Deja todo como está.»]

Ludwig Wittgenstein, Philosophische Untersuchungen [Investigaciones filosóficas] I §124.
En el capítulo anterior hicimos un recorrido por La Eva futura de Villiers de L’Isle-Adam, gracias al cual pudimos sugerir una falacia, una especie de callejón sin salida, al cual se enfrentan todos los intentos por entender la naturaleza humana como dual, el lugar de encuentro entre el espíritu trascendente y el cuerpo inmanente. Edison, con todo su ingenio, es capaz de re-crear el cuerpo de Miss Alicia Clary en la Andreida. Sin embargo, algo hace falta para que la obra resulte completa. La mente y el espíritu, esencialmente inaprehensibles, escapan al dominio del electrólogo, quien sólo puede sugerir la relación de estas entidades con el fenómeno del electromagnetismo; un fenómeno que facilita la comprensión, por vía de la metáfora, de aquello que excede las posibilidades intelectivas del dominio de la ciencia y las filosofías. Para conocer, como Giambattista Vico (1668-1744) habría de sugerir en su momento, es requisito indispensable hacer previamente.59 Aquello que puede ser inteligido por el hombre es, únicamente, aquello que el hombre ha producido. Sin embargo, tal condición presupone un dominio de las herramientas y las condiciones de producción; no es gratuito que La Eva futura se halle, con Edison, en el ápice de las posibilidades tecnológicas del siglo XIX. Pero el problema de la creación de entidades por el hombre tiene una larga—y accidentada—historia. Vale la pena recordar algunas instancias relevantes que nos permitirán situar la preocupación por las maneras de crear, entender y articular, en una (limitada) dimensión histórica.

Permanencia y devenir


¿Qué permanece y qué deviene en el esquema de la creación? Una pregunta de este talante está diseñada para permitirnos comprender diversas cuestiones: ¿qué nos compone?, ¿cómo se puede conocer?, ¿en qué consiste el—verdadero—conocimiento?, ¿qué es real y qué no lo es? El esquema cognitivo dualista no es más que un ejercicio dialéctico para ofrecer respuestas a dichas preguntas. Sin embargo, como veremos, implica una falacia. Pero antes de elaborar sobre esto, hagamos un recorrido por las cuestiones que el dualismo intenta resolver. ¿A qué profundo temor se debe la necesidad de dejar sentada con claridad la distinción entre el hombre y las máquinas? ¿Por qué el afán de legitimar la distancia ontológica—aparente o real—entre la naturaleza humana y el artificio? Intentaremos evidenciar el carácter paradójico de tal pretensión, partiendo del principio de que algunas de las ideas más influyentes en torno a la discusión acerca de la “naturaleza humana” se nutren del mismo lenguaje (i.e. el mismo vocabulario, las mismas metáforas) que las nociones que intentan dar cuenta de lo artificial, hijo bastardo—¿natural?—de la creación.60

Explorar los límites metafísicos—i.e. discursivos—entre lo natural y lo artificial nos permitirá entonces aventurar la proposición de que el sujeto humano se construye lingüísticamente; intentaremos finalmente mostrar la identidad situada del yo pensante como el artificio narrativo supremo. La consciencia y el intelecto como las más sofisticadas respuestas adaptativas ante el entorno.61

¿Qué nos compone?


En la tradición discursiva clásica el cuerpo es el protòn organôn o instrumento primero del conocimiento, y se construye a partir de la intersección improbable entre el alma y la materia, conceptos opuestos en la escala ontológica. La paradoja germinal de la naturaleza humana la constituye, en principio, la distinción radical que existe entre sus entes constituyentes. No se trata únicamente de una diferencia en las materias primas que componen al hombre. Se trata, a su vez, de una valoración moral de los constituyentes de dicho instrumento. Esto es particularmente notorio en la obra socrático-platónica, en donde los caracteres negativos que la materia—sujeta al devenir y la corrupción—comporta la convierte, además, en la fuente misma del mal (Cfr. Timeo 147; Político 268-74). Por ese motivo, la búsqueda del conocimiento verdadero (filosófico) debe pasar por el renunciamiento a las ataduras del cuerpo y la materia.62 Tal valoración antagónica entre el plano espiritual proveniente de las esferas superiores y el de la materia corruptible en el plano sublunar continuará siendo vigente en Occidente, sujeto por supuesto a desplazamientos y transformaciones históricamente condicionados. Paracelso (1493-1541), escribe en el siglo XVI:

La luz de la Naturaleza en el hombre viene del astro, y la carne y la sangre del hombre forman parte de los elementos materiales. Así que hay dos influencias en el hombre: la una de la luz del firmamento; de ella forman parte sabiduría, arte y razón. Todas son hijas de este padre… La segunda influencia proviene de la materia; de ella forman parte la concupiscencia, la comida, la bebida y todo lo que afecta a la carne y a la sangre.

[…] De ahí surge una contradicción en el hombre mismo. El cuerpo visible, material, quiere lo uno, el invisible, etéreo, lo otro, y ninguno quiere lo mismo… Por eso en cada uno de estos cuerpos vive el impulso de superar lo que le ha sido dado, y ninguno quiere mantenerse en el centro y actuar con medida. (91-2)

Como se puede ver, el cuestionamiento acerca de la naturaleza humana parece, a primera vista, un problema ontológico. Sin embargo, la pregunta inicial por la constitución del ser humano pretende responder además cómo se da el conocimiento, esto, es, convierte la preocupación por la identidad del ser humano en una inquietud por cómo éste conoce el mundo sujeto a su escrutinio. Para determinar qué puede ser conocido es necesario saber mediante qué (herramientas) se conoce. Si el cuerpo es la herramienta primera, esta pregunta equivale, a su vez, a cuestionar quién conoce, pues el sujeto se halla—a su pesar, en el caso de Platón—incorporado.
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