Literatura. Curso: 1º Año polimodal. Eje 1




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Florida y Boedo


Sociedad y cultura de la época

Primeras décadas del siglo.
Buenos Aires se convertía en una ciudad moderna y europea. El centro de la ciudad había iniciado un proceso de rápida transformación: construcciones de estilo francés, importantes avenidas, teatros, edificios de gobierno, diversas líneas de tranvías y de ferrocarriles suburbanos. En 1913 se inauguraba el primer subterráneo y dos años después, el primer “rascacielos”. Buenos Aires comenzaba a adquirir entonces su fisonomía actual. La ciudad crecía a un ritmo vertiginoso y cerca de la mitad de la población era extranjera. Habitaban en nuestro país los primeros hijos de aquellos inmigrantes que habían llegado a partir de las últimas décadas del siglo anterior. Como consecuencia del desarrollo del transporte suburbano, crecían los viejos barrios y se creaban otros nuevos. La ciudad avanzaba hacia el suburbio.

Estas transformaciones urbanas trajeron una serie de cambios sociales importantes. Por un lado, estaban las clases tradicionales, de raigambre criolla, hijos de argentinos puros. Por otro, iban surgiendo grupos sociales nuevos. En los arrabales se constituían ciertos grupos marginales: troperos, criollos, peones, cuarteadores, marineros, todos ellos hombres solos alrededor de los cuales aparecían prostíbulos, salones de baile, cafés, y surgían tipos sociales como el compadrito, el malevo o el cafishio. Además, estaban los grupos inmigratorios. Aunque la mayoría de los inmigrantes pertenecían a las clases populares o medias bajas, sus hijos comenzaban a ascender socialmente y algunos de ellos habían llegado a ser profesionales.

Frente a esta composición heterogénea de la sociedad, las clases acomodadas deseaban conservar su poder y el estilo de vida que habían tenido hasta entonces, y constituyeron una verdadera oligarquía. Basaban su cultura en sus raíces criollas y en centros de irradiación cultural como París y Londres. Residían en el centro porteño, en viviendas suntuosas y aristocráticas, asistían al Teatro Colón y se informaban a través de los grandes diarios. Contrariamente, la cultura de los barrios estaba en plena formación. Algunos grupos de inmigrantes, sin embargo, poseedores de una cultura marginal, manifestaban verdadero interés por integrarse a la cultura dominante, aprovechando las posibilidades que les daba el ascenso social.
Acontecimientos políticos y económicos
En 1910 se cumplía el centenario de la Revolución de Mayo y las clases tradicionales demostraban una vez más su intención de permanecer en el poder, ajenas a todo tipo de manifestación social. Se hicieron numerosos festejos, a los que asistieron importantes representantes internacionales. La ciudad moderna evidenciaba su prosperidad económica. Sin embargo, el malestar crecía entre los sectores populares, que sufrían problemas concretos de vivienda y de bajos salarios, y los festejos se realizaban bajo la amenaza constante de agitación social.

Cuatro años después del Centenario, el 29 de julio de 1914, estallaba en Europa, la Primera Guerra Mundial, y nuestro presidente, Victorino de La Plaza, declaraba la más estricta neutralidad de la Argentina. En esos momentos, el país tenía una solidez indudable pero, al empeorarse la situación en Europa hubo que recurrir a las reservas fiscales, comenzó a escasear el dinero y los bancos limitaron los créditos. La crisis se agudizaba, se multiplicaban las quiebras y las moratorias, disminuían las fuentes de trabajo y se agravaba el problema de la desocupación.

En 1916, ya promulgada por Roque Sáenz Peña la ley del voto secreto y obligatorio, los sectores populares y la clase media creyeron llegada la hora de participar en la vida política Argentina. Asumió entonces, Hipólito Irigoyen, y en medio de una multitud convencida de que habían sido desalojados para siempre los dueños del poder y la oligarquía. Declinaban políticamente los grupos tradicionales y ascendía por primera vez la clase media.

El gobierno de Irigoyen tuvo algunos logros en materia social, económica y cultural. Durante su período presidencial se promulgaron diversas leyes laborales de importancia: ley de descanso dominical, jornada de ocho horas en las empresas ferroviarias, trabajo a domicilio, jubilación del personal de servicios públicos, entre otras. Pero el hecho de mantener la neutralidad ante la guerra le trajo algunas complicaciones políticas. Al finalizar la contienda, desaparecieron muchas industrias argentinas y, aunque se incrementó el movimiento comercial exterior, también lo hicieron la deuda pública y los gastos internos y, fundamentalmente, la desocupación. Esto intensificó el malestar en las clases trabajadoras que, durante todo este período, provocaron numerosas huelgas. El gobierno, preocupado por la adhesión del movimiento gremial a la Revolución Rusa y al comunismo anárquico, dispuso medidas de fiscalización y represión que se extendieron entre 1919 y 1921. El año ’19 marca el momento culminante de la tensión social, con los acontecimientos de la denominada Semana Trágica. Al terminar el período presidencial de Irigoyen, sin embargo, había cierta tranquilidad entre las agrupaciones obreras.

El período iniciado en 1916 y finalizado en el año ’30 estuvo protagonizado por la hegemonía del partido radical y constituyó una etapa de fuerte consolidación democrática. A Hipólito Irigoyen lo sucedió como presidente Marcelo T. De Alvear, quien asumió el gobierno en 1922. Sin embargo, las luchas seguían en el partido. Y, hacia 1924, el radicalismo se dividió entre personalistas (Irigoyenistas) y antipersonalistas (partidarios de Alvear)

Los años del gobierno de Alvear se recuerdan como los más prósperos y propicios de toda la historia argentina. Después de la Primera Guerra, Buenos Aires volvía al clima agitado de los negocios. Entraban diariamente a su puerto miles de personas y de productos importados, se exportaban también grandes cantidades de carne y de cereales, aparecían nuevas industrias y la Bolsa mantenía una vida muy activa. En esa época el gobierno pudo reabrir la Caja de Conversión Monetaria, sin alterar el movimiento financiero, las grandes empresas se radicaban en el país, los ferrocarriles extendían sus redes, florecía la industria Argentina, hasta el punto de constituirse el año de 1923, como su año de “oro”.

Pero, la realidad argentina mostraba algunas situaciones críticas: la población había crecido enormemente y había una acumulación demográfica en la Capital Federal. Esto traía aparejados algunos problemas de salud y un deterioro de la calidad de vida. Los índices de mortandad infantil eran bastante altos y había también una incidencia de enfermedades infectocontagiosas. Mientras la ciudad de Buenos Aires se embellecía, el interior del país se empobrecía. Al lado de una brillante clase adinerada que llenaba los teatros y los salones de arte, una multitud se hacinaba en los conventillos y crecían la desocupación, el alcoholismo y la falta de higiene.

Los años finales de esta década mostraban ya aspectos de lo que iba a venir: una seria crisis que cambiaría el ritmo de vida social, política y económica del país entero.
Los movimientos literarios de la década del veinte.
condiciones históricas
Los años de la Primera Guerra Mundial generaron una reestructuración significativa del orden que imperaba en el mundo hasta entonces: las potencias europeas dejaban de predominar en la economía internacional, los Estados Unidos empezaban a avanzar con sus monopolios dando origen al imperialismo, Rusia había producido su Revolución y las ideas revolucionarias empezaban a difundirse por el resto del mundo.

América Latina no estaba ajena a este fenómeno mundial: se integraban las capas media a la vida política y, a la vez que se organizaba el proletariado, declinaban los viejos valores de la oligarquía tradicional.

Este ambiente de transformación continua resultó propicio para que aparecieran diversas agrupaciones de artistas nucleados por la necesidad de instaurar una ruptura radical con el pasado. Expresionismo, dadaísmo, surrealismo, futurismo y ultraísmo son algunos de los nombres de aquellos movimientos de vanguardia que surgen en la Europa de la Posguerra.
Antecedentes: Jorge Luis Borges y el ultraísmo español.
Los más fervientes impulsores de la vanguardia argentina habían estado en Europa en esos años, como Jorge Luis Borges y Oliverio Girondo.

El primero, residió en distintas ciudades europeas desde 1914 hasta 1921. Su relación con la vanguardia estuvo vinculada inicialmente al expresionismo, movimiento de origen alemán que postulaba el encuentro del hombre con su realidad espiritual y emotiva, perdida bajo la claudicación que había significado la guerra. Esta influencia puede verse en sus primeros poemas.

Al volver de Europa Borges introdujo el ultraísmo en la Argentina. Se relacionó con la juventud intelectual de Buenos Aires y participó en los diversos proyectos donde su estética pudiera ser plasmada.
La vanguardia Argentina
Borges publica dos artículos en los cuales se describe el panorama literario de la época visto desde los ojos ultraístas. En estos artículos Borges junto al ultraísmo fundaba su estética en cuatro elementos esenciales:

  • Reducción de la lírica a su elemento primordial: la metáfora.

  • Tachadura de las frases medianeras, los nexos y los adjetivos inútiles.

  • Abolición de los trabajos ornamentales, el confesionalismo, la circunstanciación las prédicas y la nebulosidad rebuscada.

  • Síntesis de dos o más imágenes en una, que ensancha de ese modo su facultad de sugerencia.


A partir de ese momento, los jóvenes comienzan a identificarse con estas ideas y a reprochar públicamente a Lugones con su “modernismo tardío”. Comienza en esta época también a polemizarse la cuestión de la rima poética, según los jóvenes era absolutamente prescindible.

En este momento de nuestra historia aparecen revistas como ser Valoraciones, Prisma y Proa, Nosotros, pero sin lugar a dudas, la más importante fue: “Martín Fierro” que, con sus epitafios e insultos en versos lograron llamar la atención de los escritores consagrados y de la sociedad toda. (Ver anexo)

Los escritores de izquierda



Simultáneamente a estas agrupaciones que proclamaban una renovación estética, surgía en nuestro país un grupo de escritores jóvenes que proponía una transformación de la realidad histórica y social de aquellos años. Vinculados ideológicamente a las ideas difundidas por la Revolución Rusa, preocupados por las crecientes luchas de la clase obrera y enfrentados con los valores de las clases dominantes que, según ellos, seguían gobernando el país a través de los gobiernos radicales de Irigoyen y Alvear, estos jóvenes constituyeron el primer grupo organizado que dio origen a la literatura social en nuestro país.

Los escritores más representativos de este grupo tenían marcadas diferencias con los martinfierristas, la mayoría de estos escritores eran hijos de inmigrantes o argentinos nuevos, que pertenecían a la clase trabajadora y que militaban los partidos de izquierda.

Este movimiento basó su programa en dos ejes fundamentales: difundir el arte verdadero, teniendo en cuenta que su principal objetivo debía ser la concientización del pueblo a través de su educación artística y política; y recalcar la moral y la ética de los artistas, cuya principal motivación debía ser la problemática humana y la marginación social.

En literatura, estos escritores desarrollaron más la prosa que la poesía, escribieron cuentos, novelas realistas e intentaron reflejar en ellos la problemática de los sectores marginados, generando en muchos casos textos didácticos y moralizadores.

Tuvieron sus propios “maestros”: Rafael Barret, Almafuerte, Evaristo Cariego, Juan Pallazzo, Tolstoi y Dostoievsky

Desde su propia revista, anunciaban la creación de un Ateneo Cultural de “tendencias netamente izquierdistas en el orden social, literario, científico y artístico” con el objetivo de reproducir, reflejar y debatir las inquietudes espirituales e intelectuales del grupo, dicho ateneo se llamó Claridad, como la editorial en que se editó.

La inútil discusión de Boedo y Florida



Hacia mediados de la década, la polémica se había instalado entre los dos grandes grupos que constituían la nueva generación literaria: Boedo y Florida. El primero era el grupo formado por los escritores de la izquierda y el segundo, por aquellos niños bien que pregonaban el cambio estético de la vanguardia.

Las dos calles que dieron nombre a uno y otro movimiento no son meros simbolismos. Florida era el centro de Buenos Aires, la vía de las grandes tiendas, la del lujo exquisito, la cantada por Darío con profusión de oros y palabras bellas, la clase donde está el Jockey Club y donde una clase social- y sus acólitos- exhibía su cotidiano ocio... En cambio, Boedo era el suburbio chato y gris, calle de boliches, de cafetines y teatrejos, refugio del dominical cansancio obrero, calle que nunca tuvo poeta suntuoso que la cantara, calle cosmopolita, ruidosa, de fotbailers, guaranga, amenazante...

La controversia surge al mandar Evar Méndez una dura crítica a los editores de la calle Boedo, al poner en venta para la plebe iletrada una edición de “Las prosas profanas” de Rubén Darío.

Roberto Mariani, envía a la revista Martín Fierro una carta en la que se quejaba de que los escritores de la “extrema izquierda revolucionaria” no encontraran un espacio dentro de la revista, y que ésta profesara un escandaloso respeto al maestro Leopoldo Lugones. “Se lo admira en todo, sin reservas; es decir, se le adora como prosista, como versificador, como filólogo, como fascista”. Les reprochaba, además, que, hubieran elegido como nombre un símbolo de la argentinidad cuando todos ellos tenían “una cultura europea, un lenguaje literario sutil, y una elegancia francesa”.

La respuesta de Evar Méndez caracterizó al grupo de extrema izquierda como “conservador en materia del arte” que se nutría del naturalismo zoliano, y afirmaba que el Lugones político no era de su interés, como tampoco lo eran sus demás actividades ajenas a la literatura.

Los enfrentamientos iban y venían, pero aunque eran públicos, más que peleas pasaron a ser solo una excusa para ejercer la polémica. E incluso, los mismos participantes de uno u otro lado eran ambiguos a la hora de decidir un bando.
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