2001 Bibliotex, S. L. para esta edición




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1 Cuando me retiré de la Junta, a causa de mi guerra contra los militares, fui involuntario testigo de la otra guerra menos sorda aunque más íntima que tenía por escenario la Troya campestre de mi vecina Juana Esquivel. Oía a toda hora el fragor de su salacidad casi secular. La veía persiguiéndolo a usted por los corredores, entre el follaje, en el arroyo. La trompa de falopio resonaba aguerridamente a sol y sombra con energía suficiente como para aniquilar a un ejército. Los gritos de placer de la vieja rompían mis eustaquios. Hacían estremecer los árboles, hervir el arroyo cuando ambos se arrojaban desnudos a sus aguas. El ardor de doña Juana prolongaba el ardor de las siestas en las noches. Ponía el relente en estado de ebullición. Una neblina de ácido sabor se extendía bajo la luna. Penetraba en mi casa herméticamente cerrada. Impedía que me concentrara en mis pensamientos, en mis estudios. Perturbaba mi solitario recogimiento. Tuve que renunciar a mi afición favorita: Sacar el telescopio y observar las constelaciones. Veía a la esquelética cigarra de la old hag arrastrarse gimiendo sobre el pasto envuelta en una larga cola de humo. Usted, don Juan, el joven héroe de la leyenda céltica, era impotente para descifrar el enigma que la repulsiva hechicera le proponía compulsivamente variándolo una y otra vez. Una y otra vez se quedaba usted esperando la próxima violación, sabiendo de antemano que su recompensa nunca sería ver a la vieja transformada en radiante doncella. No se puede quejar sin embargo de que, a pesar de todo, no le haya recompensado otorgándole extremada suerte en la cacería de doblones, si no de pichones.

Tengo tan mala memoria, don Juan. No sé en qué autor antiguo se habla de una Vieja-Demonio, armada de doble dentadura, una en la boca, otra en el bajo vientre. También aquí en Paraguay, donde el demonio es hembra para los nativos, algunas tribus rinden culto a este súcubo. ¿Qué significa la vulva-con-dientes si no

el principio devorador, no engendrador, de la hembra? Juan Robertson se contrajo en un ligero espasmo. ¿No caen esos dientes. Excelencia, a la vejez de la hembra? No, mi estimado don Juan. Se vuelven cada vez más filosos y duros. ¿Teme algo? ¿Le ha sucedido algo desagradable? Pienso que no, Excellency. De todos modos, don Juan, no está de más que usted se entere cómo conjuran estos riesgos los indios. Día y noche se ponen a bailar alrededor de la hembra-demonio. Bailan enloquecidamente, haciendo que ella también baile, salte, y se encabrite. A la salida del sol del tercer día pueden ocurrir dos cosas: Los colmillos caen y blanquean el suele en la Casa de las Ceremonias. Entonces los hombres corren tras esos dientes que saltan de un lado a otro, trémulos, colgados del cordón umbivaginal, hasta que se quedan quietos, convertidos en secas espinas de coco, de cardo, de tuna. Los cogen y los queman en un fogarón donde tardan otros tres días en consumirse llenan do la maraña de un humo acre, espeso, viscoso, como corresponde a su origen y condición. Puede ocurrir también que no caigan los bajos-dientes de la mujer. Convulsos y enajenados, los danzantes hombres se convierten para su mal en lo que aquí llamamos someticos o putos. A partir de su fracaso, son condenados a las tarcas más humillantes. Es bueno precaverse contra tales contingencias De pronto, sin preverlo, el más pintado puede estar hamacándose sentado en el cuerno de un toro. ¡Eh! ¡Eh! ¡Guarda Pablo de la hembra-diablo!

Juan Robertson puso las manos entre las piernas. Se arqueó cu la contracción de la arcada. El hedor a cerveza llenó la habitación Hasta los perros fruncieron las narices. Héroe lanzó en torno es crutadores visajes. Olfateó en todas direcciones. ¡Se diría que no han invadido más de cien mil hembras-demonios a juzgar por el salaz hedor, Excelencia! Puede ser, puede ser, Héroe. Yo no huelo nada. Estoy resfriado. El can se arrimó al inglés que combatía su cólico hecho un arco de medio punto, la cabeza hundida en el pe cho, los codos en las ingles. A modo de consuelo, Héroe farfulló sin convicción: Pronto se pondrá bueno, don Juan. No es más que un cólico moral, y como para que yo no lo entendiera agregó: Fue king awful business this, no yes, sir? Dreamt all night of that bloody old hag Quin again... Mandé al negro Pilar que echara gránu los de incienso y liquidámbar y una pinta más de aguardiente sobre la plancha de cobre al rojo. Los hermosos colores apagaron los malos olores. Vete, Pilar, a la cocina. Pídele a Santa que prepare una tisana de flores de eneldo, muérdago, malvablanca y yateíka'á. Entre el humo aromático y los destellos se entreveían azuladas las calaveras de los hermanos Robertson. Héroe y Sultán, amodorrados, dábanse despreciativamente el trasero. Únicamente se enfurecieron cuando Cándido y su criado el mulato tucumano Cacambo llegaron al Paraguay a guerrear en favor de los jesuitas. ¡Es un portento ese imperio!, exclamó exaltado Cacambo tratando de alucinar a su amo. Yo conozco el camino y llevaré a usted allá: Los padres son dueños de todo y los pueblos no tienen nada. Es la obra maestra de la razón y la justicia. Júbilo desbordante. Optimismo sideral. Sultán no entendía más nada. Creía estar en un Pa-raguay desjesuitado para siempre, y he aquí que dos sospechosos extranjeros cabalgaban rumbo al reino desaparecido con el que al-gunos osan comparar el mío. El ruido de los cascos de las cabalgaduras resonaban en la penumbra de la habitación. Todo el reino también. Redivivo, intacto, presente. Colmenero gigante, hormiguero de trescientas leguas de diámetro y ciento cincuenta mil indios. Las espuelas del padre provincial entraron haciendo chispear el piso. Reconoció en seguida a Cándido. Se abrazaron tiernamente. Sultán y Héroe, uno en un par, enloquecidos, rabiosos, embis-tieron a la búlgara paredes, puertas y ventanas, rugiendo más que cien dragones y víboras-perros. Impotentes contra esa inmensa, tornasolada pompa de jabón. Entre columnatas de mármol verde y color de oro, jaulas colmadas de papagayos, pájaros-moscas, cardenales, colibríes, toda la volatería del universo, Cándido y el padre provincial almorzaban plácidamente en vajilla de oro y plata. Cánticos suspendían los sentidos. Aves, cítaras, arpas, pífanos, suspendidos en el aire-música. Cacambo, resignado, comía granos de maiz en escudilla de palo con los paraguayos bajo el sol rajante, sentados sobre los talones, entre las vacas, los perros y los lirios del campo. Cándido, ¿qué es el optimismo?, gritó el mulato deTucumán, lejos, a un tiro de fusil de la glorieta de mármol verde. Por lo que sé, le respondió Cándido, sostener lo bien que está todo cuando manifiestamente todo está muy mal. Entre los vapores del vino, la rozagante cara del padre no pareció enterarse de nada. Héroe y Sultán se lanzaron a la carga contra el tonsurado general de los teatinos. Acabemos con esta tracamundana, dije a los Robertson, empeñados en cazar al bureo un colibrí sobre la página del libro. Si han empezado a leer el cuento para matar el tiempo, imaginen que ya está muerto bajo el peso de tales fantasmagorías, o los perros nos matan a nosotros y también se devoran nuestras nal gas, dejándonos la mitad crédula del trasero, la mitad incrédula de la vida. El joven Robertson puso el plumón del colibrí entre las páginas y cerró el libro. Se levantaron los dos, palpándose pres;i giosos los glúteos, y buenas noches, Reverendo Padre Provincial perdón, quiero decir Excelencia.



A propósito de la «almáciga de ratas» que El Supremo pudo en efecto tener con fines experimentales en su chacra de Ybyray, véase otro ejemplo del método usado por el doctor Días de Ventura y fray Bel-Asco para denostarlo y difamarlo, distorsionando los hechos. Los fragmentos que siguen se han extraído de la ya citada correspondencia privada entre estos dos acérrimos enemigos del Dictador Perpetuo:

Rvdo. Padre y amigo:

Me emocionan ya por anticipado sus futuras Proclamas de un Paraguayo a sus Paysanos, en las que con su admirable arte de per-suación los convencerá de que deben rebelarse y terminar con esta época de vergüenza y luto, antes de que sea demasiado tarde.

Quizás pueda resultarle útil, en este monstruario de hechos, la última vesánica ocurrencia del Dictador, la que mantiene en el mayor de los secretos. A imitación de los prisioneros que domestican roedores en los calabozos, me han informado confidencialmente que ha instalado en su quinta de Trinidad un inmenso vivero de ratones Tiene allí recogidas todas las espe cies de roedores que se conocen en el país. Ha puesto en la guarda del vivero a dos o tres esclavos sordo mudos. El negrito José María Pilar, su ayuda de cámara, es quien vigila a los cuidadores. La confian za que le tiene y la inocencia del negrito son acaso, a juicio del Dictador, suficientes prendas contra toda infidencia. Pero por la boca de los niños, aunque sean esclavos, es por donde se filtran las verda des, las que a veces toman formas de símbolos o de parábolas.

Desde lo alto de un mangru llo, el negrito —según se me ha informado en fuentes fidedignas— tiene la misión de observar y anotar puntualmente todos los movimientos de los millares de roedores. El Dictador en persona acude a menudo a la quinta para verificar los datos. Según las especies que corren, basadas en los dichos del propio negrito, el Gran Hombre ha convertido el vivero en un extraño laboratorio. Se dedica allí a experimentos de cruza y, sobre todo, a observaciones sobre el comportamiento gregario de esta impresionante masa de colmilludos mamíferos. Comidas a toque de campana; evoluciones, tomo si se trataran de efectivos militares; ayuntamientos; incluso largos períodos de hambruna durante los cuales la campana suena a rebato hasta enloquecer a esta multitud de ratas y ratones; todo esto, digo Rvdo. Padre, lleva a sospechar que el diabólico Dictador ensaya allí, en esta suerte de borrador en vivo, sus métodos de gobierno con los que está bestializando a nuestros paysanos.

La última experiencia supera todos los límites que una persona honrada y en sus cabales pueda imaginar. Imagínese S. Md.: ¡Algo verdaderamente demoníaco! El Dictador ha mandado encerrar en la más completa obscuridad al cachorro de una gata, desde el momento mismo de su nacimiento. Durante tres años, el tiempo que ha pasado desde que el Dictador asumió el poder absoluto, el cachorro ha sido mantenido en total soledad y aislamiento, lejos del contacto con cualquier otra espe-cie viva. El gato ya adulto fue sacado en una bolsa de cuero de su hermético encierro y conducido al vivero. Allí, bajo el sol a plomo, el gato fue liberado y arrojado entre los millares de roedores famélicos, mientras el negrito rompió el aire de la siesta con el repiqueteo de la campana. Supóngase usted, mi amigo, el fogonazo del sol quemando de golpe los ojos del gato acostumbrado a la tiniebla más completa desde su nacimiento. ¡La luz lo ciega en el mismo momento en que la conoce! Bien alimentado en su cueva nocturna, tampoco conoce a la especie ancestralmente enemiga que lo rodea y lo ataca ferozmente hasta convertirlo en contados segundos en pequeñas astillas de hueso que son llevadas en todas direcciones, en medio de ese espantoso aquelarre. ¿No es esto, Rvdo. Padre, algo verdaderamente satánico?

La mayor fuerza de un gobernante reside en el perfecto conocimiento de sus gobernados, dijo el Dictador en su discurso inaugural. ¿Estamos condenados los paraguayos, al menos nuestros paysanos que no han podido escapar de la perrera hidrófoba, a la suerte de ese pobre gato nacido en una mazmorra? Saque S. Md, en sus Proclamas saludables advertencias. Su devoto amigo q.b.s.m.

Buenaventura Días de Ventura. (N.delC.)



Encerrado en mi cuarto-menguante, pasaba por las noches el paño de bayeta sobre el cráneo. Sólo después, mucho después, empezó a brillar tenuemente. Soltó cierto sudor rosado bajo el calor de la frotación. Yo soy el que frota, le dije, pero tú eres el que sudas. No cesaba de fregar en plena oscuridad. Noche tras. noche durante nueve lunas. Sólo entonces empezaron a saltar chispas muy diminutas. ¡Ya está empezando a pensar! Luz-calor Todo sabido. Todo blanco. El corazón resoplando en la boca Todo blanco/todo negro. ¡Enorme trémula alegría! Cosas de niño volando de lo solo a lo solo. O mejor: Cosas de niño aún nonato incubándose en el cubo de un cráneo. Cualquier rea piente puede servir, aun la cabeza muerta del que se ha deslizado al cubo del ataúd, víctima de imprevista enfermedad o esperada vejez. Mejor todavía el que ha quedado enterrado en tierra sim plemente. Mas yo era un no-nacido, oculto voluntariamente en tre las seis paredes de un cráneo. Los recuerdos del hombre adul to que yo había sido presionaban sobre el niño que no era todavía llenándolo de zosobras. ¡No temas!, le decía para animar lo. Los hombres cultos son los más ocultos. Ansian volver a la naturaleza que han traicionado. Volver, por miedo a la muerte, al estado que más se parece a la muerte. Algo semejante al encierro obligatorio en una cárcel, en un calabozo, en una comisaría, cu una colonia penitenciaria, en un campo de concentración. Todo esto no lo pensé entonces, en la penumbra sin aire del altillo. Lo imaginé, lo imaginaría después.

Nacer es mi actual idea... (quemado, ilegible el resto).

¿Cuánto tiempo puede estar enterrado un hombre sin descomponerse? A según, si no está podrido antes de morir tirará a durar cuantimás ocho o nueve años. A fote que si es buen cristiano y muere cabal el día de su muerte, puede que tire hasta el Día del Juicio, capaz que. Resucitar de entre los muertos a la sola voz de Dios. Todo sabido, niño Josué. Yo no me llamo Josué. Sí, niño. Desde el taita Adán hasta Nuestro Señor Jesucristo, siempre ha sido así. Josué. O Adán. O Cristo. ¿Puede alargar su vida el hombre, machú Hermogena Encarnación? Si no es culpable de su muerte no acorta su vida. Se empieza a envejecer desde que se nace, niño Josué. La antigüedad del hombre siempre recula. Pero dónde ha visto usté a un vivo que no acorte su vida a volunta. Nadie sabe desertar de su desgracia.

El aya volvióme la espalda mientras se untaba el pelo motoso, la nuca, los ríñones, los senos, con grasa de tortuga. Déjese de tanto preguntar, amito Josué, y venga a frotarme la cintura. Ya estoy vieja y no me alcanza la mano ni la fuerza de la mano. Se tumbó en el piso. Empecé a friccionar distraídamente el fardo de arrugas pensando en el cráneo, mientras el aya canturreaba la boca pegada al suelo:

... Yo nunca moriré

sin saber por qué por qué

por qué

por qué

oé oé oé...

¿Cuánto tiempo le parece a usted que ha estado enterrada esta calavera? ¡Eá, che Dios! ¿Para qué guarda eso? Todas las calaveras son locas. ¿Por qué, machú Encarna? ¡Eá, porque han perdido su eso pues! Esta calavera, dijo dándole vueltas entre sus manos par-do-cenizas, ha estado enterrada hace nueve mil ciento veintisiete lunas. La luna, que viene se irá y morirá otra vez. Ji. Mejor, por mi mal consejo. Llévala usté al cementerio erio erio. Dígame, machú Encarna: ¿Cabeza de hombre o de mujer fue? De hombre, de hombre. Vea ahí la cresta de gallo. Señor muy principal fue. Por el olor se sabe la calida. Cuanto más calida tiene el dueño en vida, peor olor tiene después de muerto erto erto. En otro tiempo tenía lengua, podía cantar:

Cuando era joven

guitarreando

guitarreando

pasaba el tiempo

pasaba y pasaba

pasaba avá avá
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