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quiste catequístico.

La maldita bezoar no impidió que la vaca fuera invadida por la garrapata, le he dicho cuando vino a quejarse. No la curó a usted, señora, de su encalabrinamiento. No pudo sacar la ponzoña de la demencia al obispo Panes. Menos aún, aliviarme la gota cuando trajo aquí su piedra a restregármela sobre la pierna hinchada durante tres días seguidos. Si la piedra no sirve más que para repetir al bureo esas palabras provenientes de un mundo trasmundano, en un lenguaje contranatural que únicamente los orates y chiflados creen escuchar, ¡maldito para lo que sirve la piedra!

Usted tiene también su piedra, me replicó señalándome el aerolito. No la utilizo en agüerías como usted la suya, señora Petrona Regalada. Acabará nublándole el cerebro igual lo tuvieron sus otros hermanos. Usted sabe que a los suyos les rondó siempre el fantasma de la demencia. Especie de cualidad familiar en los consangres. Entierre usted su piedra-bezoar. Entiérrela en su patio. Póngala al pie de una cruz-lengua. Arrójela al río. Desembargúese de esa zoncera. No vuelva a darme usted un disgusto como cuando después de diez años de separación supe que usted seguía viéndose a escondidas con su ex marido Larios Galvan. ¿Qué quiere de ese farsante? Ha pretendido burlarse de usted. Antes se burló de la Primera Junta Gubernativa. Después del Supremo Gobierno. ¿Qué quiere hacer usted en plena vejez con ese corrompido bragante? ¿Hijos güérfanos? ¿Hijarros bezoares? ¿Eh, qué? Entierre usted su piedra, como yo enterré a su ex marido en la cárcel. Bañe sus velas en paz y déjese de pamplinas.

Se le mudó la vista. Peculiar astucia de la demencia cuando finge un firme sentido exterior. Empezó a mirar para adentro buscando esconderse de mi presencia en la malvada taciturnidad de los França. ¡Ah malditos!

Vea, señora Petrona Regalada, de un tiempo a esta parte anda armándome los cigarros más gruesos que de costumbre. Tengo que desenrollarlos. Sacarles algo de tripa. De otro modo, imposible fumarlos. Fabríquelos del grueso de este dedo. Ármelos en una sola hoja de tabaco enserenado, bien seco. El que menos irrita los pulmones. Responda. No se quede callada. ¿Estoy dirigiéndome a una estaca? ¿Ha perdido usted el habla además del juicio? Míreme. Vea. Hable. Ha girado la cabeza. Me mira con la expresión de ciertos pájaros que no tienen otro rostro. El suyo, extraordinariamente parecido al mío. Da la impresión de que está aprendiendo a ver, viendo por primera vez a un desconocido por quien no sabe aún si sentir respeto, desprecio o indiferencia. Me veo en ella. Espejo-persona, la vieja Franja Velho me devuelve mi apariencia vestida de mujer. Por encima de las sangres. ¿Qué tengo yo que ver con ellos? Confabulaciones de la casualidad.

Hay mucha gente. Hay más rostros aún, pues cada uno tiene varios. Hay gentes que llevan un rostro durante años. Gentes sencillas, económicas, ahorrativas. ¿Qué hacen con los otros? Los guardan. Sus hijos los llevarán. También sucede a veces que se lo ponen sus perros. ¿Por qué no? Un rostro es un rostro. El de Sultán se parecía mucho al mío en los últimos tiempos, sobre todo un poco antes de morir. Se parecía tanto la cara del perro a la mía como la de esta mujer que está parada ante mí, mirándome, parodiando mi figura. Ella ya no tendrá hijos. Yo ya no tendré perros. En este momento nuestros rostros coinciden. Por lo menos el mío es el último. Con levita y tricornio, la vieja Franca Velho sería mi réplica exacta. Habría que ver cómo se podría usar este casual parecido... (el resto de la frase, quemado, ilegible). ¡Fábula para mejor reír!

Aquí la memoria no sirve. Ver es olvidar. Esa mujer está ahí, inmóvil, espejándome. El no-rostro, todo entero, caído hacia adelante. ¿Desea algo? No desea nada. No desea la más ínfima cosa de este mundo, salvo el no-deseo. Mas el no-deseo también se cumple si los no-deseantes son testarudos.

¿Entendió usted cómo debe fabricarme los cigarros en adelante? La mujer se arrancó violentamente de sí misma. La cara le quedó entre las manos. No sabe qué hacer con ella. Del grosor de este dedo ¡eh! Armados en una sola hoja de tabaco. Enserenado. Seco. Los que mejor pitan hasta que el fuego llega muy cerca de la boca. Cálido el aliento se escapa con el humo. ¿Me ha entendido usted, señora Petrona Regalada? Ella mueve los labios alforzados. Sé en qué está pensando, desollada viva por los recuerdos.

Desmemoria.

No se ha separado de su piedra-bezoar. La guarda escondida bajo el nicho del Señor de la Paciencia. Más poderosa que la imagen del Dios Ensangrentado. Talismán. Grada. Plataforma. Último peldaño. El más resistente. La sostiene en el lugar de la constancia. Lugar donde ya no se precisa ninguna clase de auxilio. La obsesión se fundamenta allí. La fe se apoya toda entera en sí misma. Qué es la fe sino creer en cosas de ninguna verosimilitud. Ver por espejo en obscuro.

Tiene la piedra-rumiante su propia vela. Llegará a tener su propio nicho. Tal vez con el tiempo, su santuario.

Frente a la piedra-bezoar de la que consideran mi hermana, el meteoro tiene aún ¿dejará de tenerlo alguna vez? el sabor de lo improbable. ¿Y si el mundo mismo no fuera sino una especie de bezoar? Materia excremental, cabellosa, petrificada en el intestino del cosmos.

Mi opinión es... (quemado el borde del folio)... En materia de cosas opinables todas las opiniones son peores...

Mas no es esto lo que quería decir. Nubes se amontonan sobre mi cabeza. Mucha tierra. Pájaro de largo pico, no saco pelotillas de la alcuza. Sombra, no saco sombras de los agujeros. Sigo dando rodeos de vagabundo como aquella noche atormentada que me tumbó en el lugar de la pérdida. Del desierto creía saber algo. De los perros, un poco más. De los hombres, todo. De lo demás, la sed, el frío, traiciones, enfermedades, no me faltó nada. Mas siempre supe qué hacer cuando debía obrar. Que yo recuerde, ésta es la peor ocasión. Si una quimera, bamboleándose en el vacío, puede comer segundas intenciones, según decía el compadre Rabelais, bien comido estoy. La quimera ha ocupado el lugar de mi persona. Tiendo a ser «lo quimérico». Broma famosa que llevará mi nombre. Busca la palabra «quimera» en el diccionario, Patiño. Idea falsa, desvarío, falsa imaginación dice, Excelencia. Eso voy siendo en la realidad y en el papel. También dice, Señor: Monstruo fabuloso que tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón. Dicen que eso fui. Agrega el diccionario todavía, Excelencia: Nombre de un pez y de una mariposa. Pendencia. Riña. Todo eso fui, y nada de eso. El diccionario es un osario de palabras vacías. Si no, pregúntaselo a De la Peña.

Las formas desaparecen, las palabras queman, para significar lo imposible. Ninguna historia puede ser contada. Ninguna historia que valga la pena ser contada. Mas el verdadero lenguaje no nació todavía. Los animales se comunican entre ellos, sin palabras, mejor que nosotros, ufanos de haberlas inventado con la materia prima de lo quimérico. Sin fundamento. Ninguna relación con la vida. ¿Sabes tú, Patiño, lo que es la vida, lo que es la muerte? No; no lo sabes. Nadie lo sabe. No se ha sabido nunca si la vida es lo que se vive o lo que se muere. No se sabrá jamás. Además, sería inútil saberlo, admitiendo que es inútil lo imposible. Tendría que haber en nuestro lenguaje palabras que tengan voz. Espacio libre. Su propia memoria. Palabras que subsistan solas, que lleven el lugar consigo. Un lugar. Su lugar. Su propia materia. Un espacio donde esa palabra suceda igual que un hecho. Como en el lenguaje de ciertos animales, de ciertas aves, de algunos insectos muy antiguos. Pero ¿existe lo que no hay?

Tras aquella noche de tormenta, a la luz mortecina del alba me salió al encuentro un animal en forma de ciervo. Un cuerno en medio de su frente. Pelaje verde. Voz en que se mezclaban el aliento de la trompeta y el suspiro. Me dijo: Ya es hora de que el Señor vuelva a la tierra. Pegúele un bastonazo en el hocico, y seguí adelante. Me detuve ante el almacén «No hay que no hay» de nuestro espía Orrego, que abría las puertas del local a la luz de un candil. Ni él me reconoció en el mendigo embarrado que entraba en su establecimiento cuando empezaban a cantar los gallos. Le pedí que me sirviera un vaso de caña. ¡La pucha, compañero, qué temprano se le ha despertado la sed con tanta agua como cayó anoche! Arrojé sobre el mostrador una macuquina corrumbrosa que rebotó en el suelo. Mientras se agachaba el pulpero, salí. Me esfumé en la cerrazón.

Excelencia, un chasque a matacaballo ha traído este oficio del comandante de Villa Franca:

Suplico se me permita elevar un breve detalle del modo como hemos obrado en la celebración del acto de las exequias de nuestro Supremo Señor. El día de la víspera se hizo iluminación en la plaza y en todas las casas de esta Villa.

El día 18 celebró el padre cura misa cantada solemne por la salud, acierto y felicidad de los individuos que componen el nuevo Gobierno de fatuo provisorio y único. Acabada la misa, se publicó el Acta y con vivas exclamaciones de regocijo fue recibida y obedecida. Yo, como cabeza de esta Villa, presté juramento. Se hizo una corta salva de tres fusiles en medio de los repiques, y se cantó un solemne Te-Demus.

En esta noche se repitió la iluminación.

El día 19 se celebraron las honras fúnebres. Se levantó un cúmulo de tres cuerpos revestidos de espejos. Ante él se colocó una mesa cubierta con los albos paños de los altares, que el padre cura cedió en préstamo por la señalada ocasión. Sobre una almohada de raso negro se cruzaban un bastón y una espada, distintivos del Poder Soberano. Estaba el cúmulo iluminado con 84 candelas, una por cada año de vida del Supremo Dictador. Muchos, por no decir todos, notaron su aparición entre los reflejos que se multiplicaban sin término a semejanza de su infinita protección paternal.

El 20 se cantó una vigilia solemne, y en la misa el padre cura predicó la oración fúnebre exponiendo por tema: Que el Excelentísimo Supremo finado Dictador había desempeñado no sólo las obligaciones de un Fiel Ciudadano, sino también de un Fiel Padre y Soberano de la República. Pero la oración quedó incompleta a causa de no poder la multitud ni el padre contener el llanto que, silencioso al principio, reventó en desacompasada lamentación. El Predicador se apeó del pulpito bañado en lágrimas.

Todo era en rededor gemidos, sollozos, lamentos desgarradores. Muchos se arrancaban los cabellos con gritos de profundo dolor. Almas paraguayas en su máxima intensidad. Lo mismo la apreciable cantidad de hasta más de veinte mil indios que llegaron de ambas márgenes a celebrar sus ceremonias funerarias delante del templo mezclados a la multitud. La agitación que se sintió sobrepasa toda descripción.

Nuestras cortas facultades no nos han permitido consagrar más solemnidad a la memoria del finado Dictador. Por una parte la desolación nos ha asaltado. Por otra, nos sentimos inundados de consuelo; nos damos el parabién cuando se nos aparece o se nos representa en nuestras sesiones la presencia del Supremo Señor.

Hasta aquí escribía mi pluma temblorosa el 20, hacia las seis de la tarde. Pero desde esta mañana muy temprano han comenzado a circular rumores de que El Supremo vive aún; esto es, que no ha muerto y que, por tanto, no existe todavía un Gobierno provisorio de fatuo.

¿Será posible que esta terrible conmoción haya alterado de raíz el sentido de lo cierto y de lo incierto?

Suplicamos a V. S. nos saque de esta horrible duda que nos suspende el aliento.

Contesta al comandante de Villa Franca que no he muerto aún, si estar muerto no significa yacer simplemente bajo una lápida donde algún idiota bribón escribirá un epitafio por el estilo de: Aquí yace el Supremo Dictador / para memoria y constancia / de la Patria vigilante defensor..., etcétera, etcétera.

Lápida será mi ausencia sobre este pobre pueblo que tendrá que seguir respirando bajo ella sin haber muerto por no haber podido nacer. Cuando esto suceda, puesto que no soy eterno, yo mismo te mandaré comunicar la noticia, mi estimado Antonio Escobar.

¿De qué fecha es el oficio? Del 21 de octubre de 1840, Excelencia. Aprende, Patiño: He aquí un paraguayo que se adelanta a los acontecimientos. Mete su oficio por el ojo de la cerradura de un mes aún no llegado. Salta por encima de los embarullamientos del tiempo. Lo bueno es encontrar un tiempo para cada cosa. Algo que no se detenga. ¿Qué agua de río tiene antigüedad? ¿Es posible que gente como Antonio Escobar conozca con todo rigor algo que no sucedió todavía? Sí. Es posible. No hay cosa que no haya sucedido ya. Dudan pero están seguros. Adivinan con sus simples entendimientos que la ley es simbólica. No lo toman todo literalmente como los que hablan un lenguaje embrollado.

Yo no afirmo: Esta generación no pasará hasta que todo esto se haga. Yo afirmo: Tras esta generación vendrá otra. Si no estoy Yo, estará Él, que tampoco tiene antigüedad.

Ah con respecto al oficio de Escobar, exprésale mi agradecimiento por las lucidas exequias. Dile que las segundas no resulten tan llovidas; que las arrancadas de pelos no sean tan copiosas. No tienes necesidad, mi estimado Escobar, de levantar «cúmulos» iluminados, pues mi edad no se mide por candelas. Puedes ahorrar este gasto en mi homenaje. Tampoco revestirlos con espejos que dan una visión falsa de las cosas. Esos espejos deben ser los que se tomaron a los correntinos años ha, durante el sitio de su ciudad. Devuélvelos a sus dueños, que desde entonces no saben dónde tienen sus caras caídas en la vergüenza.

Otra cosa, Escobar. Hazme saber de inmediato, antes de que se enfríen mis cenizas, quién firmó la circular que te notificó mi muerte y la instalación de eso que llamas gobierno provisorio «de fatuo». La expresión que corresponde es de facto que quiere decir «de hecho». Aunque de hecho lo que hay en este país es una tracalada de fatuos. Por lo que en tu oficio yerras y aciertas a la vez.

Dime Patiño... Sí, Excelencia. ¿Sabes tú algo acerca de eso? ¡Ni media palabra, Señor! Averigúalo un poco. No nos vendría mal a los dos enterarnos de lo que pasa. Incómodo estar vivo/muerto al mismo tiempo. Pierda cuidado, Excelencia. Ya lo he perdido; por eso ocurren estas cosas. ¿Tienes alguna sospecha de alguien en particular? Ninguna, Señor. Nunca nadie se ha avanzado a tanto. No sé, Excelencia, quién será, quién puede ser el culpable. La verdad, Excelentísimo Señor, que dentro de lo que puedo saber no sé nada. Casualmente por un casual, esta vez ni siquiera puedo sospechar de nadie, particular, grupo o facción. Si una nueva conspiración está en marcha después de veinte años de paz pública, de respeto y acatamiento al Supremo Gobierno, le prometo que no escaparán los culpables aunque se escondan bajo tierra. Deja de deshollinarte las fosas nasales. ¡Perdón, Excelencia! ¡Ea! Basta ya de andar cuadrándote a cada momento. ¿Debo repetírtelo todos los días? Tus chapuzones en la palangana terminarán por convertir el piso en un estero. Nos ahogaremos los dos en este lodazal antes de que nuestros enemigos se den el gusto de incinerarnos en la plaza. ¡Dios nos guarde, Excelencia! No es Dios quien te librará de esas molestias. Cuando estamos trabajando, también te lo he ordenado infinidad de veces, no uses tanto Usía, Vuecencia, Vuesa Merced,

Su Excelencia, todas esas paparruchas que ya no se estilan en un Estado moderno. Menos aún en este crónico estado de incomunicación que nos separa al tiempo que nos junta sin jerarquía visible. Más, si hemos de ser pronto compañeros en el cenizario de la plaza de Armas. Por ahora usa el Señor, si necesitas vocarme a toda costa. No te acercará eso más a mí aunque revientes. Mientras yo dicto tú escribes. Mientras yo leo lo que te dicto para luego leer otra vez lo que escribes. Desaparecemos los dos finalmente en lo leído/escrito. Sólo en presencia de terceros emplea el tratamiento adecuado. Pues, eso sí, hemos de guardar dignamente las formas mientras seamos figuras visibles. Palabras corrientes del lenguaje de lo general.

Volvamos al panfleto encontrado esta mañana en la puerta de la catedral. ¿Dónde está? Aquí, Señor. Al pellizcarte los cornetes con la pluma lloviznas a cada rato sobre el anónimo. Ya estás a punto de borrar su hermosa letra. Alcánzamelo. Los gachupines o porteñistas que han parido este engendro no se han mofado de mí sino de ellos mismos. Cómense los comejenes. Más me río yo de la majadera seguridad de sus anónimos. Este papel no vale sus arejas. Quien se cubre debajo de una hoja dos veces se moja. Aunque se cubran bajo una selva entera de pasquines, igualmente se mojarían en sus propios orines. Miserable descendencia de aquellos usureros, comerciantes, acaparadores, tenderos, que desde sus mostradores vociferaban: ¡Nos cagamos en la patria y en todos los patriotas! ¡En la republiqueta de los paraguayos nos cagamos! Se cagaban en su miedo. En su mierda fueron enterrados. De aquellos estiércoles salieron estos miércoles. Anofeles tercianeros. Zumban por el trasero, que no por la trompa, como todo mosquito. En este caso, Señor, buscaré con fina voluntad hasta en los papeles usados de los excusados... ¡Muérdete la lengua, truhán! Te prohibo propasarte en sucios juegos de palabras. No trates de imitar las bufonadas letriarias de esos culícidos. ¡Pido humildemente perdón a Su Merced por mi grosera aunque involuntaria irreverencia! Nunca me he permitido ni me permitiré faltar en lo más mínimo al respeto debido a nuestro Supremo Señor.

Déjate de seguir gimoteando. Empéñate más vale en cazar al pérfido escriba. Veamos, Patiño, ¿no se te ocurre que los curas, el propio provisor, podrían ser los autores? Con los curas nunca se sabe, Señor. Tejen muy delgado, muy tupido. La letra y hasta la firma del pasquín, tan iguales a las suyas, Señor. Aunque mal tiro sería para ellos meterse en estos negocios del peje-vigüela, ahora que están mejor que nunca. No les conviene un nuevo Gobierno de gente yente-viniente. Se les acabará su biguá salutis. ¡Bien dicho, Patiño! Te corono rey de las inteligencias. Te legaré mi vaso de noche. Durante el día, ahora que nos ha atacado de nuevo la época miserable, lo pondrás sobre tu frente. Símbolo de tu poder. Durante la noche devolverás la corona de alabastro a su lugar ordinario, de modo que te sirva dos veces en usos distintos y distantes. Lo cierto, Señor, es que la realidad se ha movido de lugar. Cuando leí el pasquín sentí que un pie pisaba el suelo, otro el aire. Exactamente es lo que te sucederá. Sólo sé, Excelencia, que removeré cielo y tierra en busca de los culpables. Le prometo que he de encontrar el pelo en un agujero sin fondo. No corras tras los peloshembras únicamente, según tu costumbre. No me salgas haciendo lo del otro que abrió de noche una alacena en lugar de una ventana. Venir luego a decirme que hace obscuro y güele a queso por oler donde no debes, por no buscar donde debes. En menos de tres días has de llevar al culpable bajo el naranjo. Darle su ración de cartucho a bala. Quienquiera que sea. Aunque sea El Supremo.

Harás hablar hasta a los mudos del Tevegó que según los pasquines ya andan en cuatro patas. Paren hijos mudos con cabezas de perros-monos. Sin lengua. Sin orejas. Conjunto de patrañas, supersticiones, embustes, como los que escribieron los Robertson, los Rengger, esos resentidos, esos pillastres, esos ingratos. Lo que ha sucedido con el pueblo del Tevegó es cierto, Señor. Aunque mientan los pasquines, eso es cierto. ¡Cosa de no ver y no creer ni viendo con mis ojos! Yo tampoco quise creer hasta que por su orden Señor, fuimos a investigar el caso con el comisionado de Kuruguaty, don Francisco Alarcón, y un destacamento de los efectivos de línea de esa región.

Después de tres días con sus noches, cortando camino, llegamos al penal del Tevegó a la salida del sol. Silencio demasiado. Ningún sitio de vida. ¡Allá está!, dijo el baqueano. Sólo después de un largo rato, forzando mucho los ojos, vimos la población sembrada en el campo. A obscuras todavía porque los rayos del sol no entraban en ese lugar que se había llevado su lugar a otro lugar, por decirlo con sus palabras, Señor. No hay otro modo de explicar esa cosa muy extraña que allí se ha formado, sin que se pueda saber lo que pasa. ¡Lástima no haber tenido en ese momento su anteojo de ver-lejos! Su aparato-estrellero. Aunque pensándolo bien, tal vez para ver eso no hubiera funcionado. Saqué el espejito que llevo siempre en el bolsillo para señear a los compañeros de viaje. Chispeó un momento y se apagó cuando chocó su reflejo contra ese aire parado dentro del abra. Al pueblo-penitenciario del Tevegó no se puede encontrar, Excelencia. ¿Cómo que no? Allá entraron sin muchas garambainas los criminales, ladrones, vagos, ma-lentretenidos, prostitutas, los conspiradores que se salvaron del fusilamiento del año 21. Entraron los primeros correntinos que mandé capturar en sus invasiones al Apipé, a Yasyretá, a Santa Ana, a Candelaria. Entraron hasta mulatos y negros. Razón que le sobra, Excelencia. Digo nomás que no se puede entrar ahora. No porque no se pueda sino porque se tarda. Tratándose de ti, que estando en servicio caminas de espaldas, es natural. Entrar allí no es entrar, Señor. No hay alambrados, empalizadas, defensas de abatises ni zanjones. Nada más que la tierra ceniza y piedras. Piedras chatas, peladas, hasta de un jeme, marcando la línea donde se acaba el verde del espartillar y los pirizales. Del otro lado de esta marca, todo ceniza-tanimbú. Hasta la luz. Luz quemada que larga su ceniza en el aire y ahí se queda quieta, pesada-liviana, sin subir ni bajar. Si hay gente allá lejos no se sabe si es gente o piedra. Lúnico que si son gentes están ahí sin moverse. Negros, pardos, mulatos, hombres, mujeres, chicos, todos cenizos, cenizos-tanimbulos, cómo explicarle, Señor, no del color de su piedra-aerolito que es negra y no refleja la luz, sino más bien de esa piedra arenisca de las barrancas cuando hay mucha seca o de esos piedrones que ruedan por las faldas de los cerros. Ésos no pueden ser los destinados, dijo don Francisco Alarcón. ¿Dónde está entonces la custodia? Vea don Tikú, dijo el baqueano, si son piedras no precisan custodia. Los soldados se rieron sin ganas. Después vimos eso. Capaz nomás que creíamos que veíamos. Porque le digo, Señor, cosa es de
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