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Eres el charlatán más desaforado del mundo. Pajarraco que grazna todo el tiempo. Pajarraco para el cual la muerte ya vino; que va a morir de inmediato aunque poco a poco. No he conseguido hacer de ti un servidor decente. No encontrarás nunca materia suficiente para callarte. Con tal de no trabajar, inventas sucedidos que no han sucedido. ¿No crees que de mí se podría hacer una historia fabulosa? ¡Absolutamente seguro, Excelencia! ¡La más fabulosa, la más cierta, la más digna del altor majestativo de su Persona! No, Patiño, no. Del Poder Absoluto no pueden hacerse historias. Si se pudiera, El Supremo estaría de más: En la literatura o en la realidad. ¿Quién escribirá esos libros? Gente ignorante como tú. Escribas de profesión. Embusteros fariseos. Imbéciles compiladores de escritos no menos imbéciles. Las palabras de mando, de autoridad, palabras por encima de las palabras, serán transformadas en palabras de astucia, de mentira. Palabras por debajo de las palabras. Si a toda costa se quiere hablar de alguien no sólo tiene uno que ponerse en su lugar: Tiene que ser ese alguien. Únicamente el semejante puede escribir sobre el semejante.. Únicamente los muertos podrían escribir sobre los muertos. Pero los muertos son muy débiles. ¿Crees tú que podrías relatar mi vida antes de tu muerte, zarrapastroso amanuense? Necesitarías por lo menos el oficio y la fuerza de dos Parcas. ¿En, eh, compilador de embustes y falsificaciones? Recogedor de humo, tú que en el fondo odias al Amo. ¡Contesta! ¿Eh, eh? ¡Ah! ¡Vamos! Aun suponiendo a tu favor que me engañas para preservarme, lo que haces es quitarme pelo a pelo el poder de nacer y morir por mí mismo. Impedir que yo sea mi propio comentario. Concentrarse en un solo pensamiento es tal vez la única manera de hacerlo real: Esa manta invisible que teje Mateo Fleitas; que no llegará a cubrir mis huesos. ¡Yo la he visto, Excelencia! No es suficiente. Tu ver no es todavía saber. Tu ver-de-vista borronea los contornos de tu rejuntativa memoria. Por ello se te hace imposible descubrir, entre otras cosas, a los pasquinistas. Supongamos que estás con uno de ellos. Suponte que yo mismo soy un autor de pasquines. Hablamos de cosas muy graciosas. Me cuentas cuentos. Hago mis cuentas. Cierras los ojos y caes en la irresistible tentación de creer que eres invisible. Al levantar los párpados te parece que todo sigue como antes. Estornudas. Todo ha cambiado entre dos estornudos. Ésta es la realidad que no ve tu memoria.

Señor, con su licencia, yo digo, un decir, siento que sus palabras, por más pobremente copiadas que estén por estas manos que se va a comer la tierra, siento que copian lo que Vuecencia me dicta letra por letra, palabra por palabra. No me has entendido. Abre el ojo bueno, cierra el malo. Tiende tus orejas al sentido de lo que te digo: Por más que excedas a los animales en memoria bruta, en palabra bruta, nunca sabrás nada si no penetras en lo íntimo de las cosas. No te hace falta la lengua para esto; al contrario, te estorba. Por lo que, además de la palangana en que enfrías los pies para despejar el caletre, voy a mandar que te pongan una mordaza. Si no te ahorcan antes, según la amable promesa de nuestros enemigos, yo mismo te haré mirar fijamente el sol cuando llegue tu minuto de hora. En el momento en que sus rayos calcinen tus pupilas, recibirás la orden de estirar la lengua con los dedos. La colocarás entre los dientes. Te darás un puñetazo en la quijada. La lengua saltará al suelo, culebreando igual que la cola de una iguana trozada por la mitad. Entregará a la tierra tu saludo. Sentirás que te has librado de un peso inútil. Pensarás: Soy mudo. Lo cual es una silenciosa manera de decir: No soy. Sólo entonces habrás alcanzado un poco de sabiduría.

Voy a dictarte una circular a mis fieles sátrapas. Quiero que también ellos se regalen con la promesa reservada a sus méritos.

A los Delegados, Comandantes de Guarnición

y de Urbanos,

Jueces Comisionados, Administradores,

Mayordomos, Receptores Fiscales, Alcabaleros

y demás autoridades:

La copia del infame pasquín que va adjunta es un nuevo testimonio de los crecientes desafueros que están cometiendo los agentes de la subversión. No es uno más en la multitud de panfletos, libelos y toda especie de ataques que vienen lanzando anónimamente casi todos los días desde hace algún tiempo, en la errónea creencia de que la edad, la mala salud, los achaques ganados en el servicio de la Patria me tienen postrado. No es una más de las escandalosas diatribas e invectivas de los convulsionarios.

Reparen atentamente en un primer hecho: No sólo se han avanzado a amenazar de muerte infamante a todos los que conllevamos la pesada carga del Gobierno. Se han atrevido ahora a algo mucho más pérfido: Falsificar mi firma. Falsificar el tono de los Decretos Supremos. ¿Qué persiguen con ello? Aumentar en la gente ignorante los efectos de esta inicua burla.

Segundo hecho: El anónimo fue encontrado hoy clavado en el pórtico de la catedral, sitio hasta ahora respetado por los agentes de la subversión.

Tercer hecho: La amenaza de la mofa decretoria establece claramente la escala jerárquica del Gobierno; en consecuencia, la punitiva. A ustedes que son mis brazos, mis manos, mis extremidades, les ofrecen horca y fosa común en potreros de extramuros sin cruz ni marca que memore sus nombres. A mí, que soy la cabeza del Supremo Gobierno, me obsequian mi autocondena a decapitación. Exposición en la picota por tres días como centro de festejos populares en la Plaza. Por último, lanzamiento de mis cenizas al río como culminación de la gran función patronal.

¿De qué me acusan estos anónimos papelarios? ¿De haber dado a este pueblo una Patria libre, independiente, soberana? Lo que es más importante, ¿de haberle dado el sentimiento de Patria? ¿De haberla defendido desde su nacimiento contra los embates de sus enemigos de dentro y de fuera? ¿De esto me acusan?

Les quema la sangre que haya asentado, de una vez para siempre, la causa de nuestra regeneración política en el sistema de la voluntad general. Les quema la sangre que haya restaurado el poder del Común en la ciudad, en las villas, en los pueblos; que haya continuado aquel movimiento, el primero verdaderamente revolucionario que estalló en estos Continentes, antes aún que en la inmensa patria de Washington, de Franklin, de Jefferson; inclusive antes que la Revolución francesa.

Es preciso reflexionar sobre estos grandes hechos que ustedes seguramente ignoran, para valorar en todos sus alcances la importancia, la justeza, la perennidad de nuestra Causa.

Casi todos ustedes son veteranos servidores. La mayoría sin embargo no ha tenido tiempo de instruirse a fondo sobre estas cuestiones de nuestra Historia, atados a las tareas del servicio. Los he preferido leales funcionarios, que no hombres cultos. Capaces de obrar lo que mando. A mí no me preocupa la clase de capacidad que posee un hombre. Únicamente exijo que sea capaz. Mis hombres más hombres no son más que hombres. Aquí en el Paraguay, antes de la Dictadura Perpetua, estábamos llenos de escribientes, de doctores, de hombres cultos, no de cultivadores, agricultores, hombres trabajadores, como debiera ser y ahora lo es. Aquellos cultos idiotas querían fundar el Areópago de las Letras, las Artes y las Ciencias. Les puse el pie encima. Se volvieron pasquineros, panfleteros. Los que pudieron salvar el pellejo, huyeron. Escaparon disfrazados de negros. Negros esclavos en las plantaciones de la calumnia. En el extranjero se hicieron peores aún. Renegados de su país, piensan en el Paraguay desde un punto de vista no paraguayo. Los que no lograron emigrar, viven migrando en la oscuridad de sus cubiles. Convulsionarios engreídos, viciosos, ineptos, no tienen cabida en nuestra sociedad campesina. ¿Qué pueden significar aquí sus hazañas intelectuales? Aquí es más útil plantar mandioca o maíz, que entintar papeluchos sediciosos; más oportuno desbichar animales atacados por la garrapata, que garrapatear panfletos contra el decoro de la Patria, la soberanía de la República, la dignidad del Gobierno. Cuanto más cultos quieren ser, menos quieren ser paraguayos. Después vendrán los que escribirán pasquines más voluminosos. Los llamarán Libros de Historia, novelas, relaciones de hechos imaginarios adobados al gusto del momento o de sus intereses. Profetas del pasado, contarán en ellos sus inventadas patrañas, la historia de lo que no ha pasado. Lo que no sería del todo malo si su imaginación fuese pasablemente buena. Historiadores y novelistas encuadernarán sus embustes y los venderán a muy buen precio. A ellos no les interesa contar los hechos sino contar que los cuentan.

Por ahora la posteridad no nos interesa a nosotros. La posteridad no se regala a nadie. Algún día retrocederá a buscarnos. Yo sólo obro lo que mucho mando. Yo sólo mando lo que mucho puedo. Mas como Gobernante Supremo también soy vuestro padre natural. Vuestro amigo. Vuestro compañero. Como quien sabe todo lo que se ha de saber y más, les iré instruyendo sobre lo que deben hacer para seguir adelante. Con órdenes sí, mas también con los conocimientos que les faltan sobre el origen, sobre el destino de nuestra Nación.

Siempre hay tiempo para tener más tiempo.

Cuando nuestra Nación era aún parte de estas colonias o Reinos de Indias como se llamaban antes, un funcionario de la corte con cargo de fiscal oidor en la Audiencia de Charcas, José de Antequera y Castro, vio al llegar a Asunción la piedra de la desgracia pesando sobre el Paraguay hacía más de dos siglos. No se anduvo con muchas vueltas. La soberanía del Común es anterior a toda ley escrita, la autoridad del pueblo es superior a la del mismo rey, sentenció en el Cabildo de Asunción. Pasmo general. ¿Quién es este joven magistrado caído de la luna? ¿Es que ahora la Audiencia se ha convertido en una casa de orates? No le hemos oído bien, señor oidor.

José de Antequera se puso a estampar a fuego en la letra, en los hechos, su sentencia de juez pesquisidor: Los pueblos no abdican su soberanía. El acto de delegarlo no implica en manera alguna el que renuncien a ejercerla cuando los gobiernos lesionan los preceptos de la razón natural, fuente de todas las leyes. Únicamente los pueblos que gustan de la opresión pueden ser oprimidos. Este pueblo no es de ésos. Su paciencia no es obediencia. Tampoco podéis esperar, señores opresores, que su paciencia sea eterna como la bienaventuranza que le prometéis para después de la muerte.

El juez pesquisidor vino no con la fe del carbonero que se santigua. Llegó, vio, pesquisó todo muy a fondo. Le sublevó lo que vio. La corrupción absolutista había acabado por infestarlo todo. Los gobernadores traficaban con sus cargos. La corte hacía manga ancha con los que le hacían la corte, a trueque de seguir recibiendo sus doblones. ¿Les puedo yo vender a ustedes el cargo de Dictador Perpetuo? Los veo mover hipócritamente la cabeza gacha. Pues bien, Diego de los Reyes Balmaceda compró la gobernación del Paraguay por unos patacones. De un puntapié Antequera expulsó al crápula Reyes que fue a quejarse al virrey de Buenos Aires. Así estaban de corrompidos estos Reinos de Indias.

Los paquetes oligarcones de las villas empaquetaban carne de indio en las encomiendas. Inmenso cuartel de sotana el de los jesuítas. Imperio dentro de otro imperio con más vasallos que el rey.

En el califato fundado por Irala, cuatrocientos sobrevivientes de los que habían venido en busca de El Dorado, en lugar de la Ciudad-resplandeciente encontraron el sitio de los sitios. Aquí. Y levantaron un nuevo Paraíso de Mahoma en el maizal neolítico. Tacha esta palabra que todavía no se usa. Millares de mujeres cobrizas, huríes las más hermosas del mundo, a su completo servicio y placer. El Alcorán y la Biblia ayuntados en la media luna de la hamaca indígena.

El somatén antequerino levantó a los comuneros contra realistas-absolutistas. Blasfemias. Lamentaciones. Rogativas. Cabildeos. Conjuras. Libelos, sátiras, panfletos, caricaturas, pasquines, repitieron entonces lo que está ocurriendo hoy. Los jesuitas acusaron a Antequera de la pretensión de hacerse rey del Paraguay bajo el título de José I. Poco antes habían querido monarquizar su imperio comunista coronando al indio Nicolás Yapuguay bajo el nombre de Nicolás I, rey del Paraguay y emperador de los mamelucos. Perdón, Señor, no he oído bien eso de los reyes del Paraguay. No es que no oyes. Por tiempos no entiendes lo que escuchas. Pídele al negro Pilar que te cuente la historia. Los reyes del Paraguay no eran otra cosa que fábulas como las de Esopo, Patiño. El negro Pilar te las contará. Señor, como usted sabe, el negro José María Pilar ya no está. Es decir está, pero bajo tierra. No importa; dile que te cuente esas fábulas. Son justamente para ser contadas bajo tierra, escuchadas a caballo sobre una sepultura. Ya la contó, Señor, aunque de otra manera en el Aposento de la Verdad bajo los azotes. A mí me pareció pura parada de su ex paje a mano y ex ayuda de cámara. Desafinancias que arranca el tormento. El propio juez instructor don Abdón Bejarano me dijo que no anotara aquella disconveniencia en el sumario. ¿Qué dijo el negro infame? Declaró, juró, perjuró, Señor, que a él se lo castigaba y se lo iba a ajusticiar nada más porque había querido ser rey del Paraguay con el nombre de José I. Eso dijo con cara de risa y corazón de diablo entre sus mocos y sus lágrimas. Agregó otras zafadurías que tampoco anoté en el sumario por orden de don Abdón. Malagüerías del disconfidente reo. Locura del juicio. ¿No has aprendido aún, actuario, que la locura dice más verdades que la confesión voluntaria? ¿No será que el falsario trató de sobornarte con el cargo de fiel de fechos en su negra monarquía? ¡Por Dios, Señor, no! ¿No será que prometió hacerte cónsul de su ínsula barataría? Señor, si es así debimos de ser dos los Cónfules de la ínfula, Bejarano y yo. Dos cónfules, Pompeyo y César, como lo fueron Su Excelencia y el infame traidor bajo el naranjo, junto con los demás complotados en la conspiración.

¿No será que tú también fábulas hacerte algún día rey del Paraguay? ¡Ni por un queso, Señor! Usted mismo suele decir que eso sólo valdría la pena si el pueblo y el soberano fueran una misma persona; pero para eso no hace falta ser rey sino un buen Gobernante Supremo, como es Su Excelencia. Sin embargo tú ves que aquí como en el resto de América, desde la Independencia, ha quedado flotando en el aire el virus de la monarquía, tanto o más que el del garrotillo o la mancha que apesta al ganado. Los ayudas de cámara, los fiel-de-fechos, los doctores, los militares, los curas. Todos sufren de calentura por ser reyes.

¿Dónde habíamos quedado? En el común, Señor. Tú siempre andas por las ramas, te paseas por las tripas. Te pregunto dónde terminaba el último párrafo, bribón. Leo, Señor: Acusaron a Antequera de la pretensión de hacerse rey del Paraguay bajo el título de José I. ¡No, que no y no! No es eso de ninguna manera lo que dije. Has trabucado como siempre lo que dicto. Escribe despacio. No te apures. Haz cuenta de que dispones de ocho días más de vida. Si son ocho días pueden ser ochenta años. No hay como poner plazos largos a las dificultades. Mejor aún si no tienes más que una hora. Entonces esta hora tiene la ventaja de ser corta e interminable a la vez. Quien tiene una hora buena no las tiene todas malas. Se hace más en esa hora que en un siglo. Feliz del condenado a muerte, que por lo menos tiene la certeza de saber la hora exacta en que ha de morir. Cuando estés en tal situación lo sabrás. La pasión de tu apuro proviene de creer que siempre estás en presente. Malinformado aquel que se proclame su propio contemporáneo. ¿Vas entendiendo, Patiño? Para decirle toda la verdad, no mucho, Señor. Mientras escribo lo que me dicta no puedo agarrar el sentido de las palabras. Ocupado en formar con cuidado las letras de la manera más uniforme y clara posible, se me escapa lo que dicen. En cuanto quiero entender lo que escucho me sale torcido el renglón. Se me traspapelan las palabras, las frases. Escribo a reculones. Usted, Señor, va siempre avante. Yo, al menor descuido, me ataranto, me atoro. Caen gotas. Se forman lagunas sobre el papel. Luego con toda justicia Vuecencia se enoja. Hay que comenzar de nuevo. Ora que si leo el escrito una vez firmado por Su Excelencia, echada la arenilla a la tinta, me resulta siempre más claro que la misma claridad.

Alcánzame el libro del teatino Lozano. Nada mejor que destacar la verdad de los hechos comparándola con las mentiras de la imaginación. Bien pérfida la de este otro majadero tonsurado. El más testarudo calumniador de José de Antequera. Su Historia de las Revoluciones del Paraguay, contraria al movimiento comunero, contraria a su jefe. Ése ya no podía defenderse de tales bellaquerías porque lo habían asesinado dos veces. El padre Pedro Lozano pretendió hacerlo por tercera vez recopilando los infundios, imposturas e infamias que se tejieron contra el jefe comunero. Lo mismo que obran y obrarán contra mí los anónimos panfletistas. Alguno de esos escritorzuelos emigrados se animará sin embargo, en la impunidad de la distancia, a estampar cínicamente su firma al pie de tales truhanerías.

Tráeme el libro. No está aquí, Señor. Lo dejó usted guardado en el Cuartel del Hospital. Ténganlo pues a pan y agua; que le den una purga diariamente hasta que muera o arroje al sumidero todas sus mentiras. El Paí Lozano no está aquí, Señor; no estuvo nunca, que yo sepa. Te he pedido que me alcances las Revoluciones del Paraguay. Están en el Cuartel del Hospital, Señor. La Historia, bribón. La Historia está en el Hospital, Señor, guardada bajo llave en el almario. La dejó usted allá cuando su internación.

Quedamos en la primera interrupción de la Colonia. Un siglo atrás José de Antequera llega, brega, no se entrega. El gobernador de Buenos Aires, el ínclito mariscal de campo Bruno Mauricio de Zabala invade el Paraguay con cien mil indios de las Misiones. Barbilla hundida, bucles enrulados, se pone a la cabeza de la expedición represora. Cinco años de batallas. Colosal carnicería. Desde los tiempos de Fernando III, el santo, y de Alfonso X, el sabio, no se ha visto lucha más cruenta. Con retardo de siglos la Edad Media entra a talar las selvas, los hombres, los derechos de la provincia del Paraguay.

En la gran pelotera, cada uno sólo ve la rueda de hechura de sol de oro muy fino, tamaño de una rueda de carreta. Los sarracenos de Buenos Aires, los padres del imperio jesuítico, los encomenderos godo-criollos, descabezan, destripan la rebelión. Antequera es llevado a Lima. También Juan de Mena, su alguacil mayor en Asunción. Son arcabuceados en las mulas que los llevan al cadalso, antes de que el pueblo amotinado pueda libertarlos. Para mayor seguridad arrojan sus cadáveres sobre el tablado. El verdugo troncha las cabezas. Las dos primeras cabezas que ruedan por la independencia americana. Gorgorito de historiador. Lo que no impide que aquello haya ocurrido. Visto y oído lo cual aprendí a ser desconfiado. Cien años en un día. Un día antes del siglo rematé la vuelta de aquel levantamiento proclamando, yo a mi vez en estas colonias, que el poder español había caducado. No solamente los derechos realengos del borbón. También los usurpados por la cabeza del virreinato donde el despotismo monárquico había sido reemplazado por el despotismo criollo bajo disfraz revolucionario. Lo que resultaba dos veces peor.

Igual aquí en el Paraguay. Asunción no era mejor que Buenos Aires en este sentido. Asunción ciudad-capital. Fundadora de pueblos. Amparo-reparo de la conquista, la estigmatizaron cédulas reales. Honor deshonorante.

Los oligarcones querían seguir viviendo hasta el fin de los tiempos de la cría de su dinero y de sus vacas. Vivir haciendo el no hacer nada. Prole de los que traicionaron el levantamiento comunero. Aristócratas-iscariotes. Los que vendieron a Antequera por la maldición de los Treinta Dineros. Bando de los contrabandos. Bando de los escamoteadores de los derechos del Común. Bastar- dos de aquella región de encomenderos. Mancebos de la tierra y del garrote. Eupátridas que se autotitulaban patricios. Pon una nota al pie: Eupátrida significa propietario. Señor Feudal. Dueño de tierras, vidas y haciendas. No, mejor tacha la palabra eupátrida. No la entenderán. Empezarán a meterla en sus oficios sin ton ni son. Les alucina todo lo que no entienden. ¿Qué saben ellos de Atenas, de Solón? ¿Has oído tú algo de Atenas, de Solón? Lo que Vuecencia ha dicho de ellos, nomás. Continúa escribiendo: Por otra parte aquí en el Paraguay esta palabra nada significa. Si alguna vez hubo eupátridas, ya no los hay. Difuntados o emparedados están. Pese a que los genes de la gens testarudos tarados engendran: La gens godo-criolla reproduciéndose sin cesar en la cadena de los genes-iscariotes. Éstos han sido, continúan siendo los judis-cariotes que pretenden erigirse en judiscatarios del Gobierno. Desde hace un siglo han traicionado la causa de nuestra Nación. Los que traicionan una vez traicionan siempre. Han tratado, seguirán tratando de venderla a los porteños, a los brasileños, al mejor postor europeo o americano.

No me perdonan que me haya intrusado en sus dominios. Desprecian el trato justo que doy a guacarnacos y espolones campesinos; así es como estos delicados espíritus designan al chusmerío. Han olvidado que la chusma de la gleba era la que amamantaba sus haciendas en servidumbre perpetua. Para estos mancebos de la tierra, para estos fierabrases del garrote, la chusma no era sino un apero de labranza más. Piezas laborativas/procreativas. Utensilios-animados. Trabajaban en los feudos con las rodillas rotas a una orden del sol hasta la caída de la noche. Sin día libre, sin hogar, sin ropa, sin nada más que su nada cansada.

Hasta que recibí el Gobierno, el don dividía aquí a la gente en don-amo/siervo-sin-don. Gente-persona/gente-muchedumbre. De un lado la holganza califaria del mayorazgo godo-criollo. Del otro, el esclavo colgado del clavo. El muerto-ser-continuamente-vivo: Peones, chacareros, balseros, caminadores del agua, del monte, gente de remo y yerba, hacheros, vaqueros, artesanos, caravaneros, montañeses. Esclavos armados una parte de ellos, debían defender los feudos de los kaloikagathoí criollos. Si tuviera Vuecencia la bondad de repetirme el término que se me ha escapado.

Escribe simplemente: Amos. ¿Pretendían aún los dones-amos que la chusma hambrienta además de servirlos los amara? La gente-muchedumbre; en otras palabras, la chusma laborativa-procreativa producía los bienes, padecía todos los males. Los ricos disfrutaban de todos los bienes. Dos estados en apariencia inseparables. Igualmente funestos al bien común: Del uno salen los causantes de la tiranía; del otro, los tiranos. ¿Cómo establecer la igualdad entre ricos y pordioseros? ¡No se fatigue usted con estas quimeras!, me decía el porteño Pedro Alcántara de Somellera en vísperas de la Revolución. Vea usted don Pedro, precisamente porque la fuerza de las cosas tiende sin cesar a destruir la igualdad, la fuerza de la Revolución debe siempre tender a mantenerla: Que ninguno sea lo bastante rico para comprar a otro, y ninguno lo bastante pobre para verse obligado a venderse. Ah ah, exclamó el porteño, ¿usted quiere distribuir las riquezas de unos pocos emparejando a todos en la pobreza? No, don Pedro, yo quiero reunir los extremos. Lo que usted quiere es suprimir la existencia de clases, señor José. La igualdad no se da sin la libertad, don Pedro Alcántara. Ésos son los dos extremos que debemos reunir.

Entré a gobernar un país donde los infortunados no contaban para nada, donde los bribones lo eran todo. Cuando empuñé el Poder Supremo en 1814, a los que me aconsejaron con primeras o segundas intenciones que me apoyara en las clases altas, dije: Señores, por ahora pocas gracias. En la situación en que se encuentra el país, en que me encuentro yo mismo, mi única nobleza es la chusma. No sabía yo que en los días de aquella época el gran Napoleón había pronunciado iguales o parecidas palabras. Empequeñecido, derrotado después, por haber traicionado la causa revolucionaria de su país.

(En el cuaderno privado. Letra desconocida.)

¿Qué otra cosa has hecho tú?... (quemado, ilegible el resto del párrafo).

Me alentó coincidir con el Gran Hombre que en cada momento, bajo cualquier circunstancia, sabía qué tenía que hacer a continuación y lo hacía continuamente. Cosa que ustedes, funcionarios servidores del Estado no han aprendido todavía, ni parece que vayan a aprender ya, según me abruman en sus oficios con preguntas, consultas, zoncerajes sobre la menor nadería. Cuando por fin a las cansadas hacen algo, yo debo proveer también sobre el modo de deshacer lo malo que han hecho.

En cuanto a los oligarcones ninguno de ellos ha leído una sola línea de Solón, Rousseau, Raynal, Montesquieu, Rollin, Voltaire, Condorcet, Diderot. Tacha estos nombres que no sabrás escribir correctamente. Ninguno de ellos ha leído una sola línea fuera del Paraguay Católico, del Año Cristiano, del Florilegio de los Santos, que a estas horas ya también estarán convertidos en naipes. Los oligarcones se quedan en éxtasis hojeando el Almanaque de las Personas Honradas de la Provincia, trepados a las ramas de sus genealogías. No quisieron comprender que hay ciertas situaciones desgraciadas en que no se puede conservar la libertad sino a costa de los más. Situaciones en las que el ciudadano no puede ser enteramente libre sin que el esclavo sea sumamente esclavo. Se negaron a aceptar que toda verdadera Revolución es un cambio de bienes. De leyes. Cambio a fondo de toda sociedad. No mera lechada de cal sobre el desconchado sepulcro. Procedí procediendo. Puse el pie al paso del amo, del traficante, de la dorada canalla. De bruces cayeron del gozo al pozo. Nadie les alcanzó un palito de consuelo.

Redacté leyes iguales para el pobre, para el rico. Las hice contemplar sin contemplaciones. Para establecer leyes justas suspendí leyes injustas. Para crear el Derecho suspendí los derechos que en tres siglos han funcionado invariablemente torcidos en estas colonias. Liquidé la impropiedad de la propiedad individual tornándola en propiedad colectiva, que es lo propio. Acabé con la injusta dominación y explotación de los criollos sobre los naturales, cosa la más natural del mundo puesto que ellos como tales tenían derecho de primogenitura sobre los orgullosos y mezclatizos mancebos de la tierra. Celebré tratados con los pueblos indígenas. Les proveí de armas para que defendieran sus tierras contra las depredaciones de las tribus hostiles. Mas también los contuve en sus límites naturales impidiéndoles cometer los excesos que los propios blancos les habían enseñado.
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