2001 Bibliotex, S. L. para esta edición




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(Al margen): Salvo para Patiño, que cree conversar con ellos, sólo porque cometí el error de enseñarle algunos rudimentos de ocultismo y de astrología judiciaria. Le han bastado para creerse con el tiempo un mago. Imago. Mariposa-coleóptero. Gran-Sarcófaga, lleva pintados cráneos y tibias fosfóriles en las alas enlutadas... (roto el margen). Copié en latín la pregunta sobre un papel. Mi primer pasquín, no calumnioso ni amoral, sino amorado, enamorado, alucinado. Puse la esquela bajo una piedra, en lo alto del cerro Takumbú. ¡Que no hubiera existido entonces un farsante para responder a esa pregunta!

De todos modos, falta me hacía esa fantasía, viniera o no a cuento el contrabando de armas. Inmóvil ante la mesa curiosea a ojo los papeles, el armerillo con cincuenta de los fusiles que ella me ha vendido en numerosas oportunidades, a más del vino carlón, harina, galletas, herrajes, contrabando-hormiga que atraviesa el bloqueo del río. Pasa la mano sobre el meteoro mientras observa por el rabillo del ojo. Suave caricia al azor del cosmos. Azar-piedra encadenado en un rincón del cuarto manando luz invisible, aviso de azares menores: Esa mujer de cuerpo prieto apenas trémulo. No oculta sus claras intenciones en lo más obscuro de su pensamiento. Primera-última Adelantada de atentados tentados a tientas. ¡Bienvenida seas, capitana de La Paloma del Plata! Deyanira-Andaluza traficante de armas, de especias, de amantes. Dicen las malas-lenguas que todos los tripulantes de tu barca elegidos por ti se acuestan contigo uno por vez a la hora en que el mahometano ora tocando el suelo con la frente. El meteoro te desnuda mientras lo acaricias. Costumbre de mando, de cópula. No traes armas para mi ejército. Nada más que tu rojo pañuelo. Señuelo para el trabucazo que piensas descerrajarme a quemarropa apenas veas mi aparición en la puerta. Retraes la mano hacia la cintura. Los botones peruvianos de tu blusa alumbran la rendija. Doy un paso atrás dejando pasar el centelleo. Vuelves el rostro hacia el espejo buscándome/buscándote. Te retocas el bucle azulino que escapa del turbante a lo pirata. Estás doblando el Cabo de las Oncemil Vírgenes. Te inclinas sobre el sextante. Buscas las coordenadas rectilíneas/esféricas; dónde, cómo fijar el punto que se ha volado de lugar dejándote sin lugar en el espacio de lo imposible; o peor aún abandonándote a la deriva en ese lugar inexistente donde coexistes con todas las especies posibles. Lugar común que borra el sentido común; anula el hecho mismo de que estés ahí inclinada sobre el sextante esperando que te reciba, espiando el rumbo, el momento oportuno para hacerme caer a tu vez en el lugar común de una frase. Cosa la más fácil del mundo; la más infalible manera de hacer desaparecer una cosa: Gente, animal, seres animados-inanimados. Permíteme un aparte entre corchetes: [En un drama de la antigüedad, no recuerdo cuál en este momento, hay un pasaje en que un conspirador-usurpador está hablando con los hombres que enviará para que maten al rey. Los mercenarios alegan ser hombres y él les dice que sólo son una especie de hombres.]. Tú tampoco eres una mujer; sólo una especie de mujer. Enviada-extraviada a contramarcha de lo posible. Ya no estás navegando el río Paraguay, ni surcando el Estrecho bajo las nubes de Magallanes. Navegas por detrás de las cosas sin poder salir de un espacio sin espació. En contraste con el brillo de las Nubeculae magallánicas las sombras de tus ojeras han crecido: Dos bolsas-de-carbón bajo el fuego de tus ojos derraman lluvia de tizne sobre tu impersonal-persona. Por momentos te invisibilizan. Uf. No. Sé que no estoy escribiendo lo que quiero. Probemos otro matiz. Te has metido en una caverna obscura hasta el mismísimo centro de la Tierra. Rebulles mudamente en mi silenciario. Tocas, husmeas, revisas todo. Registras acariciante/suspirante de tubos. ¡Eh, cuidado! No te ilusiones, Deyanira-Andaluza: Hércules ya se ha arrojado a las llamas envuelto en la túnica. No vas a medir mis bragas con mi teodolito. Ese aparato me sirvió para reedificar la Ciudad que en tres siglos cus antepasados dejaron más llena de inmundicias que el establo de Augías. Demarqué, desinfecté el país, mientras cortaba de un solo tajo las siete cabezas de los Lernos que aquí no pudieron rebrotar dobles. El único Doble es El Supremo. Mas tú no entiendes la expresión ser-dos. Te arrimas al telescopio. Desenfundas el escroto de guantílope. Observas a través del lente: Ves el Crucero invertido; a la vez y del revés el mete-oro. La brújula tiene clavada su aguja en el Norte magnético de la piedra. Levantas el tubo hasta el ángulo más alto. Si las bolsas-de-carbón no hubieran obscurecido el cielo, tal vez habrías podido divisar el espacio completamente vacío de estrellas entre Escorpio y Ofiuco: Verdadero agujero por el que nuestras miradas pueden penetrar los más apartados rincones del Universo. Sobre la mesa los siete relojes laten a un solo pulso que yo sincronizo todos los días al darle cuerda setenta veces siete. No puedes franquear esa línea latiente por más que empujes con el hombro, con tu sombra, el espacio sin espacio que te contiene junto con las otras miserables especies, fénix-hembra de la humedad. Memento homo. Nepento mulier. Se te hace tarde. Inútil que muevas el bastón de hierro del cuadrante solar; en el reloj de Acaz la sombra suele ir hacia atrás. Asida a la barra del timón, codo en bauprés avanzas hacia la mesa orzando contra el viento que llena los bordes de la puerta detrás de la cual te observo. Tu respiración agita los banderines, estremece rítmicamente tus senos, mueve las olas de papeles. Levantas la carta de Sarratea. La arrojas al canasto. Sacudes la cabeza liberándote de la distracción. Has traído orden de matarme y me estás divirtiendo: Escribiendo-describiendo lo que no puede suceder, obstinado changador, barquero de justicia. ¡Apúrate! Bueno, ah bueno. Te has decidido por fin a un fin que no tendrá comienzo. Garrapateas mas palabras al desgaire. Ah ah. Tú escribes primero, obras después. Primero juntas las cenizas para encender luego el fuego; y bien, cada uno tiene su modo y manera. Te incorporas. Enfrentas la puerta. Metes la mano entre los pliegues de la blusa. Lo haces con tal fuerza que salta el voto. Un botón. Rueda, cruza la juntura de la puerta, cae junto a mis zapatos. Lo recojo. Está tibio. Lo guardo en el bolsillo... (roto). Del seno sacas algo. Tiras. Algo rebota sobre el planisferio, entre las constelaciones del Altar y el Pavo Real. El aire se adensa en el gabinete. Ácido hedor a gata almizclera. El inconfundible, el inmemorial husmo a hembra. Tufo carnal a sexo. Lujurioso, sensual, lúbrico, libidinoso, salaz, volupuoso, deshonesto, impúdico, lascivo, fornicatorio. Sus vaharadas expanden, llenan el aposento. Penetran los menores intersticios. Remueven el balanceo de marea los objetos más pesados. Los muebles, las armas. Hasta el meteoro parece flotar y cabecear en la jedencia terrible. Debe de estar invadiendo la ciudad entera. La náusea me paraliza al borde de la arcada. Estoy a punto de vomitar. Me contengo en un esfuerzo supremo. No es que huela solamente ese olor a hembra; que lo haya recordado de pronto. Lo veo. Más feroz que un fantasma que nos ataca a plena luz saltando hacia atrás, hacia adelante, hasta el final de esos días primeros, quemados, olvidados en los prostíbulos del Bajo. El olor está ahí. Sansón-hembra se ha abrazado a las columnas de mi templado templo. Enrosca sus millares de brazos a los horcones de mi inexpugnable eremitorio-efectorio. Pretende desmoronarlo. Me mira ciegamente, me olfatea invisible. Pretende desmoronarme. Entra Sultán. Se acerca a La Andaluza. Comienza a olisquearla desde los calcañares. Las corvas, las entrepiernas lupanarias, las combas de las nalgas. El anciano perro sans-culotte también vacila. El que rompe los miembros, el Deseo, el viejo deseo relampaguea en sus ojos legañosos. Gime un poco al borde de la capitulación. Retira empero al instante el hocico de esos mórbidos valles. Belfos goteantes de espumosa baba. La insulta soezmente: ¡Hembra traidora! ¡Ojalá te mueras de hambre de hombre! Que no tengas otro techo que el firmamento. Otro lecho, que el puente de tu barco. Que vivas rodeada de alarmas aunque no nos traigas más armas. Que la cabeza de tu marido muerto se apriete contra tus muslos, barboquejo de castidad contra tu furor hembrino. ¡Fuera! ¡Adiós puta!

Eh, eh, eh. ¿Qué es eso, Sultán? ¿Qué es ese lenguaje incivil de perro carbonario? ¡No debes tratar así a las señoras! ¡Qué se puede esperar de ti, viejo perro misógino y cascarrabias! Sultán agacha la cabeza y se aleja refunfuñando dicterios irreproducibles. No conviene recargar aquí la nota chocarrera. También en estos excesos me voy repitiendo. Un poco deliberadamente, quizás. Exagero las minucias. Las palabras son sucias por naturaleza. La suciedad, la excrementicidad, los pensamientos innobles y ruines están en la mente de los teratos, de los literatos; no en los voquibles. Aplico a estos apuntes la estrategia de la repetición. Ya me tengo dicho: Lo que prolijamente se repite es lo único que se anula. Además ¡qué mierda! yo hago y escribo lo que se me antoja y del modo que se me antoja, puesto que sólo escribo para mí. Por qué entonces tanto espejo, escrituras jeroglíficas, tiesas, engomadas. Literatología de antífonas y contraantífonas. Cópula de metáforas y metáforos. ¡Por la luna del carajo, Sultán estuvo muy bien en echar a la puta de La Andaluza!

En realidad podría suprimir toda la noveleta. En todo caso, la revisaré y la corregiré de tornatrás. Lo cierto y lo real es que la andaluza Deyanira se ha marchado en un soplo. Soplo-mancha-mujer rápidamente saliendo, lentamente siendo otra vez la juncal Andaluza, seguida por los ojos del negro Pilar. El indiscreto rufíancillo de mi ayuda de cámara también ha estado espiando desde otra rendija. Más pálido que un muerto, si es que la mortal palidez de un negro puede notarse. Más turbado que nadie el paje a mano se ha hecho humo hacia la cocina. Vuelve al momento con el mate. Agua hervida de dos horas; lo noto al primer chupeteo de la bombilla. ¿Has visto salir a una mujer del estudio? No, mi Amo. No he visto salir ni entrar a nadie. He estado todo el tiempo en la cocina preparando el mate, aguardando su orden. Vete a preguntar a la guardia. Ya está de regreso. Esta escrófula puede recorrer varios lugares al mismo tiempo. Señor, ninguno de los guardianes ni centinelas ha visto entrar ni salir a ninguna mujer de la Casa de Gobierno mientras Su Merced estuvo trabajando hasta hace un momento.

El borrador de la noveleta en la que quiero representarme aquel hecho continúa así: Rebusqué el botón en mis bolsillos; no encontré más que una macuquina de plata de a medio real. Pasé al estudio. Sobre la mesa me aguarda el papel escrito por la mujer. Letras grandes, la esquela solfea: ¡SALUDOS DE LA ESTRELLA-DEL-NORTE! Me abalanzo con el catalejo a la ventana. Escudriño el puerto hasta en sus menores recovecos. Sobre la plancha de azogue de la bahía no hay rastros de la barca verde. Entre el Arca del Paraguay a medio construir desde hace más de veinte años, las garandumbas y demás embarcaciones pudriéndose al sol, sólo tiemblan los reflejos del agua. Sobre la mesa ha desaparecido también la esquela. Tal vez la estrujé con rabia y la arrojé al canasto. Tal vez, tal vez. Qué sé yo. Encuentro en su lugar entre los legajos y las constelaciones, una flor fósil de amaranto; y entonces se puede seguir escribiendo ya cualquier cosa, por ejemplo: Flor-símbolo de la inmortalidad. A semejanza de las piedras lanzadas al azar, las frases idiotas no vuelven hacia atrás. Salen del abismo de la no-expresión y no se dan paz hasta precipitarnos en él quedándose dueñas de una realidad cadavérica. Conozco esas frasecitas-guijarras por el estilo de: Nada es más real que la nada; o Memoria estómago del alma; o Desprecio este polvo que me compone y os habla. Parecen inofensivas. Una vez echadas a rodar por la ladera escrituraria pueden infestar toda una lengua. Enfermarla hasta la mudez absoluta. Deslenguar a los hablantes. Volverlos a poner en cuatro patas. Petrificarlos en el límite de la degradación más extrema, de donde ya no se puede volver. Monolitos de vaga forma humana. Sembrados en un carrascal. Jeroglíficos, ellos mismos. Las piedras del Tevegó ¡esas piedras!

Cogí pues la flor. En el interior de la ramita cristalizada la lupa permitía ver imperceptibles veteaduras. En lo hondo de la cresta amaranta picos de montañas infinitamente pequeñas. ¿Substancia del aroma fosilizado? Hedor débil; un olor más que olor, rumor. Chisporroteo de corpúsculos que están ahí desde ANTES y que sólo se dejan percibir después que uno ha frotado largamente la flor-momia contra el dorso de la mano. Nebulosas. Constelaciones semejantes a las del cosmos. Un cosmos vuelto del revés hacia lo infinitesimal, contrayéndose sobre sí mismo. A un paso de la contramateria. ¡Diantres! Continúa la retórica haciendo estragos. Es que he perdido por completo la facultad de poner en palabras de todos los días lo que pienso o creo recordar. De conseguirlo, estaría curado. Viene una pelanduzca, una zorra-del-agua. Desparrama todo lo escrito. Aparece una archirramera navegante. Te manda recordar que olvides.

Otro asunto.

A propósito de la Historia de las Revoluciones de la Provincia del Paraguay mencioné esta mañana al jesuíta Lozano. Leí el manuscrito en el Cuartel del Hospital durante mi internación a raíz de la caída en el último paseo. Si he de dar razón al testimonio de mis sentidos debo escribir que esa tarde vi a Pedro Lozano en el cura que me cortó el paso, calle de la Encarnación abajo, en el momento en que se desencadenaba la tormenta. Con las primeras gotas cayó lo obscuro de repente. El sargento de descubierta, los batidores, el cornetero, el tambor, ya habían pasado. En un recodo apareció el cura de sobrepelliz y estilo. Dos o tres monaguillos lo acompañaban portando velones encendidos que la lluvia y el viento no lograban apagar. La charanga de la escolta se desvaneció en el rumor de la campanilla que uno de los acólitos agitaba empavorecido ante mí como ante la aparición de un espectro. El moro siguió avanzando al tranco, las orejas vibradoras hacia el campanilleo. Pensé en un nuevo complot tras ese simulacro del viático para un moribundo. Me admiró el ingenio de la treta. Han previsto todo: Atizarme el balazo, luego el viático. No; tal vez no, dijo otra voz en mí. ¿No es el jesuíta Pedro Lozano que viene a entregarte en propias manos su libelo contra José de Antequera? Detenido en mitad del callejón el séquito de la emboscada eucarística me enfrenta. No da muestras de apartarse. Me cierra el camino. ¡Arráncate de ahí, Pedro Lozano!, le grito. Ahora lo distingo claramente en el fulgurar de los refucilos. Se le ven hasta los poros de la piel. Lívida la cara. Ojos cerrados. Labios moviéndose en el balbuceo de la antífona. Se hinca en el barro. En ese momento recuerdo haber leído que el cronista de la orden murió un siglo antes, en la quebrada de Humahuaca, cuando viajaba rumbo al Alto Perú por el mismo camino que hizo Antequera rumbo a su decapitación. Vuelvo a escuchar el campanilleo asordinado por las rachas de lluvia y de viento cada vez más fuertes. El moro pega un bote espantoso. Los monaguillos huyen chillando ¡Xake Karaí! ¡Xake Karaí! Estoy casi encima del cura. Lo que de lejos parecía una tapa dorada de un libro es en realidad el copón de oro que guarda la forma consagrada. A punto de desbocarse contengo al moro con un tironazo de las riendas. Es entonces cuando el extremo del látigo viboreando entre las ráfagas se engancha al fuste del copón arrancándolo de las manos del clérigo. Lo veo arrastrarse en su busca por el fango. Lo extraño es que la sobrepelliz no pierde su blancura. La viejísima estola de luto, las guardas, las dos cruces desflecadas de los pectorales, se tornan de un reluciente blancor. El moro salta sobre el cura y se lanza en los remolinos de la tormenta. Resbala en un charco. Cae; me arroja lejos de sí. A mi turno me revuelco en el barro en busca de no sé qué cosa perdida. Perdido en dos por la concusión de la caída. Me encontré en el caso de quien ya no
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