2001 Bibliotex, S. L. para esta edición




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puede decir Yo porque no está solo, sintiéndose más solo que nunca en esas dos mitades, sin saber a cuál de ellas pertenece. Sensación de haber llegado hasta ahí empujado, engañado, arropado como un desecho, encadenado al charco. En ese momento, bajo el Diluvio, sólo atinaba a golpear el barro con manotazos de ciego. ¡Idiota idiota idiota! Un hueso roto, la columna quebrada, un golpe en la base del cráneo pueden provocarte esta alucinación. Tal vez no lo supe en ese momento. En las situaciones desalentadoras la verdad exige tanto apoyo como el error. En ese momento no tenía más apoyo que el barro; me chupaba hacia adentro. En medio de la lluvia y del viento el caballo esperaba.

Dame la mano. ¿Va a levantarse, Señor? Venga la mano. Honor muy grande para este servidor es que Vuecencia me tienda la mano. No te tiendo la mano. Te ordeno que me tiendas la tuya. No te propongo una reconciliación; únicamente un simulacro de transitoria identificación.

Esto es una clase. La última. Debió ser la primera. Ya que no puedo proponerte una Última Cena con la cáfila de judas que son mis apóstoles, te ofrezco una primera-última clase. ¿Clase de qué clase, Señor? Homenaje a tu supina ignorancia en beneficio del servicio. Desde hace más de veinte años eres el escribano mayor del Gobierno, el fiel de fechos, el supremo amanuense, y no conoces todavía los secretos de tu oficio. Tu don escriturario continúa siendo muy rudimental. Poco, mal y peor atado. Te precias de tener en la punta del ojo la facultad de distinguir las más ínfimas semejanzas y diferencias hasta en las formas de los puntos, mas no eres capaz de reconocer la letra de un infame pasquín. Razón que le sobra, Señor. Con su permiso quiero informar a Vuecencia que ya tengo acuartelados a siete mil doscientos treinta y cuatro escribientes en el archivo, para cotejar las letras del pasquín en los veinte mil legajos, sus quinientas mil fojas, más toda la papelería que Usía me ha ordenado reunir a este efecto. He traído en la leva hasta al Paí Mbatú. Con su cerebro medio atacado, es el más vivo y activo de todos los escribidores reclutados. ¡Soy loco forrado de ciencia y calzo botines de paciencia!, grita a cada rato el ex cura. ¡Vengan pues los expedientes, que para mí este asunto es pan comido! Los tengo a galleta cuartelera y agua para avivar su apuro y buena voluntad. ¿Se acuerda, Señor, de aquellos indios viejos de Jaguarón que se negaron a seguir trabajando en el beneficio del tabaco alegando estar cegatones? Se les mandó servir un buen locro con muchos marandovases adentro. Los indios se sentaron a comer. Se comieron hasta el último grano de maíz pero dejaron enteritos todos los gordos verdes gusanos del tabaco al borde del plato. Pienso hacer lo mismo con estos haraganes. Sólo aguardo que Su Excelencia me entregue el pasquín para empezar la investigación de la letra.

Desde hace más de veinte años eres mi fideindigno secretario, No sabes secretar lo que dicto. Tuerces retuerces mis palabras. Te dicto una circular a fin de instruir a los funcionarios civiles y militares sobre los hechos cardinales de nuestra Nación. Ya les he enviado la primera parte, Señor. Cuando la lean, esos bestias iletrados creerán que les hablo de una Nación imaginaria. Te estás pareciendo a esos ampulosos escribas, los Molas y los Peñas, por ejemplo, que se creen unos Tales de Mileto y no son más que unos tales por cuales. Aun presos se pasan ratereando los escritos ajenos. No te empeñes en imitarlos. No emplees palabras impropias que no se mezclan con mi humor, que no se impregnan de mi pensamiento. Me disgusta esta capacidad relativa, mendigada. Tu estilo es además abominable. Laberíntico callejón empedrado de aliteraciones, anagramas, idiotismos, barbarismos, paronomasias de la especie pároli/párulis; imbéciles anástrofes para deslumbrar a invertidos imbéciles que experimentan erecciones bajo el efecto de las violentas inversiones de la oración, por el estilo de: Al suelo del árbol cáigome; o esta otra más violenta aún: Clavada la Revolución en mi cabeza la pica guíñame su ojo cómplice desde la Plaza. Viejos trucos de la retórica que ahora vuelven a usarse como si fueran nuevos. Lo que te reprocho principalmente es que seas incapaz de expresarte con la originalidad de un papagayo. No eres más que un biohumano parlante. Bicho híbrido engendrado por especies diferentes. Asno-mula tirando de la noria de la escribanía del Gobierno. En papagayo me habrías sido más útil que en fiel de fechos. No eres ni lo uno ni lo otro. En lugar de trasladar al estado de naturaleza lo que te dicto, llenas el papel de barrumbadas incomprensibles. Bribonadas ya escritas por otros. Te alimentas con la carroña de los libros,. No has arruinado todavía la tradición oral lo porque es el único lenguaje que no se puede saquear, robar, repetir, plagiar, copiar. Lo hablado vive sostenido por el tono, los gestos, los movimientos del rostro, las miradas, el acento, el aliento del que habla. En todas las lenguas las exclamaciones más vivas son inarticuladas. Los animales no hablan porque no articulan, pero se entienden mucho mejor y más rápidamente que nosotros. Salomón hablaba con los mamíferos, los pájaros, los peces y los reptiles. Yo también hablo por ellos. Él no había comprendido el lenguaje de las bestias que le eran más familiares. Su corazón se endureció con el mundo animal cuando perdió su anillo. Se dice que lo tiró bajo el efecto de la cólera cuando un ruiseñor le informó que su mujer novecientos noventa y nueve amaba a un hombre más joven que él.

Cuando te dicto, las palabras tienen un sentido; otro, cuando las escribes. De modo que hablamos dos lenguas diferentes. Más a gusto se encuentra uno en compañía de perro conocido que en la de un hombre de lenguaje desconocido. El lenguaje falso es mucho menos sociable que el silencio. Hasta mi perro Sultán murió llevándose a la tumba el secreto de lo que decía. Lo que te pido, mi estimado Panzancho, es que cuando te dicto no trates de artificializar la naturaleza de los asuntos, sino de naturalizar lo artificioso de las palabras. Eres mi secretario ex-cretante. Escribes lo que te dicto como si tú mismo hablaras por mí en secreto al papel. Quiero que en las palabras que escribes haya algo que me pertenezca. No te estoy dictando un cuenticulario de nimiedades. Historias de entretén-y-miento. No estoy dictándote uno de esos novelones en que el escritor presume el carácter sagrado de la literatura. Falsos sacerdotes de la letra escrita hacen de sus obras ceremonias letradas. En ellas, los personajes fantasean con la realidad o fantasean con el lenguaje. Aparentemente celebran el oficio revestidos de suprema autoridad, mas turbándose ante las figuras salidas de sus manos que creen crear. De donde el oficio se torna vicio. Quien pretende relatar su vida se pierde en lo inmediato. Únicamente se puede hablar de otro. El Yo sólo se manifiesta a través del Él. Yo no me hablo a mí. Me escucho a través de Él. Estoy encerrado en un árbol. El árbol grita a su manera. ¿Quién puede saber que yo grito dentro de él? Te exijo pues el más absoluto silencio, el más absoluto secreto. Por lo mismo que no es posible comunicar nada a quien está fuera del árbol. Oirá el grito del árbol. No escuchará el otro grito. El mío. ¿Entiendes? ¿No? Mejor.

Lo malo, Patiño, es que la situación empeora por el creciente ceceo de tu frenillo. Me cargas de zetas las fojas. La decreciente facultad de tu voz las va dejando cada vez más afónicas. Ah, Patiño, si tu memoria, ignorante de lo que no ha sucedido todavía, pudiera descubrir que los oídos funcionan como los ojos y los ojos como la lengua enviando a distancia las imágenes y las imagines, los sonidos y los silencios oíbles, ninguna necesidad tendríamos de la lentitud del habla. Menos todavía de la pesada escritura que ya nos ha atrasado millones de años.

Con los mismos órganos los hombres hablan y los animales no hablan. ¿Te parece esto razonable? No es, pues, el lenguaje hablado el que diferencia al hombre del animal, sino la posibilidad de fabricarse un lenguaje a la medida de sus necesidades. ¿Podrías inventar un lenguaje en el que el signo sea idéntico al objeto? Inclusive los más abstractos e indeterminados. El infinito. Un perfume. Un sueño. Lo Absoluto. ¿Podrías lograr que todo esto se transmita a la velocidad de la luz? No; no puedes. No podemos. Razón por la cual tú sobras y faltas al mismo tiempo en este mundo en que los charlatanes y embaucadores sobran, mientras que los individuos honrados faltan con notable encarnizamiento. ¿Me has entendido? A decir verdad, no mucho, no del todo, Excelencia. Mejor dicho, absolutamente nada de todo, Señor, por lo que le pido me otorgue su excelentísimo perdón. No importa. Dejémonos por ahora de zonceras. Comencemos por el principio. Pon tus cascos en la palangana. Remójate los juanetes solípedos. Cálzate en la cabeza el balde del barbero Alejandro, el casco de Mambrino o de Minerva. Lo que quieras. Escucha. Atiende. Vamos a realizar juntos el escrutinio de la escritura. Te enseñaré el difícil arte de la ciencia escriptural que no es, como crees, el arte de la floración de los rasgos sino de la desfloración de los signos.

Prueba tú primero solo. Enclavija la pluma. Levanta los ojos. Fíjate en el busto de escayola de Robespierre a la espera de una palabra. Escribe. El busto no me dice nada, Señor. Interroga al grabado de Napoleón. Tampoco, Excelencia, ¡qué me va a hablar a mí el señor Napoleón! Fíjate en el aerolito; a lo mejor te dice algo. Las piedras hablan. Lo que pasa, Señor, es que a esta hora de la media tarde ando siempre medio desatinado hasta para escuchar mi propia memoria. ¡Qué le digo si siento que hasta se me duerme la mano! Dámela. Voy a darle cuerda, ponerla tensa de nuevo. Medianoche. Las doce en punto y sereno. Bajo el cono blanco de la vela sólo se ven nuestras dos manos encabalgadas. Para que descanse tu menguada memoria mientras te instruyo con el mágico poder de los aparecidos guiaré tu mano como si escribiera yo. Cierra los ojos. Tienes en la mano la pluma. Cierra tu mente a todo otro pensamiento. ¿Sientes el peso? ¡Sí, Excelencia! ¡Pesa terriblemente! No es solamente la pluma, Excelencia; es también su mano... un bloque de hierro. No pienses en la mano. Piensa únicamente en la pluma. La pluma es metal puntiagudo-frío. El papel, una superficie pasiva-caliente. Aprieta. Aprieta más. Yo aprieto tu mano. Empujo. Prenso. Oprimo. Comprimo. Presiono. La presión funde nuestras manos. Una sola son en este momento. Apretamos con fuerza. Vaivén. Ritmo sin pausa. Cada vez más fuerte. Cada vez más hondo. No hay nada más que este movimiento. Nada fuera de él. El fierro de la punta rasga la hoja. Derecha/izquierda. Arriba/abajo. Estás escribiendo empezando a escribir hace cinco mil años. Los primeros signos. Dibujos. Cretinográficos palotes. Islas con árboles altos envueltos en humareda, en llovizna. El cuerno de un toro embistiendo en una caverna. Aprieta. Sigue. Descarga todo el peso de tu ser en la punta de la pluma. Toda tu fuerza en cada movimiento en cada rasgo. Móntala a horcajadillas, a la bastarda, a la estradiota. ¡No no! No hagas pie a tierra todavía. Siento, Señor, no veo pero siento que están saliendo letras muy extrañas. No te extrañes. Lo más extraño es lo que más naturalmente sucede. Escribes. Escribir es despegar la palabra de uno mismo. Cargar esa palabra que se va despegando de uno con todo lo de uno hasta ser lo de otro. Lo totalmente ajeno. Acabas de escribir soñoliento YO EL SUPREMO. ¡Señor... usted maneja mi mano! Te he ordenado que no pienses en nada

nada

olvida tu memoria. Escribir no significa convertir lo real en palabras sino hacer que la palabra sea real. Lo irreal sólo está en el mal uso de la palabra, en el mal uso de la escritura. No entiendo Señor... No te preocupes. La presión es enorme pero casi no la sientes no lo sientes eh qué es lo que sientes

siento que no siento

pero que se descarga de su peso. El vaivén de la pluma es cada vez más rápido. Penetra hasta el fondo. Siento, Señor... siento mi cuerpo yente-viniente en una hamaca... ¡Señor... el papel se ha escapado! ¡Ha girado media vuelta! Continúa entonces escribiendo de espaldas. Aferra la pluma. Apriétala tal si te fuera en ello la vida que todavía no tienes. Continúa escribiendo

continúooo

voluptuosamente el papel se deja penetrar en las menores hendiduras. Absorbe, chupa la tinta de cada rasgo que lo rasga. Proceso pasional. Conduce a una fusión completa de la tinta con el papel. La mulatez de la tinta se funde con la blancura de la hoja. Mutuamente se lubrican los lúbricos. Macho/hembra. Forman ambos la bestia de dos espaldas. He aquí el principio de mezcla. Eh ah no gimas tú, no jadees. No, Señor... no jodo. Sí jodes. Esto es representación. Esto es literatura. Representación de la escritura corno representación. Escena primera.

Escena segunda:

Un aerolito cae del cielo de la escritura. El óvulo del punto se marca en el lugar donde ha caído, donde se ha enterrado. Embrión repentino. Brota bajo la costra. Pequeño, desborda de sí. Marca su nada al mismo tiempo que sale de ella. Materializa el agujero del cero. Del agujero del cero sale la sin-ceridad.

Escena tercera:

El punto. El pequeño punto está ahí. Sentado sobre el papel. A merced de sus fuerzas interiores. Grávido de cosas. Busca procrearse en la palpitación interior. Quiebra la cascara. Sale piando. Se sienta sobre la costa blanca del papel.

Epílogo:

He ahí el punto. Semilla de nuevos-huevos. La circunferencia de su círculo infinitesimal es un ángulo perpetuo. Las formas ascienden ordenadamente. De la más baja a la más alta. La forma más baja es angular, o sea la terrestre. La siguiente es la angular perpetua. Luego la espiral origen-medida de las formas circulares. En consecuencia se la llama la circular-perpetua: La Naturaleza enroscada en una espiral-perpetua. Ruedas que nunca se paran. Ejes que nunca se rompen. Así también la escritura. Negación simétrica de la naturaleza.

Origen de la escritura: El Punto. Unidad pequeña. De igual modo que las unidades de la lengua escrita o hablada son a su vez pequeñas lenguas. Ya lo dijo el compadre Lucrecio mucho antes que todos sus ahijados: El principio de todas las cosas es que las entrañas se forman de entrañas más pequeñas. El hueso de huesos más pequeños. La sangre de gotitas sanguíneas reducidas a una sola. El oro de partículas de oro. La tierra de granitos de arena contraídos. El agua de gotas. El fuego de chispas encontradas. La naturaleza trabaja en lo mínimo. La escritura también.

Del mismo modo el Poder Absoluto está hecho de pequeños poderes. Puedo hacer por medio de otros lo que esos otros no pueden hacer por sí mismos. Puedo decir a otros lo que no puedo decirme a mí. Los demás son lentes a través de los cuales leemos en nuestras propias mentes. El Supremo es aquel que lo es por su naturaleza. Nunca nos recuerda a otros salvo a la imagen del Estado, de la Nación, del pueblo de la Patria.

Vamos, apéate de tu soñolencia. A partir de aquí escribe solo. ¿No has fanfarroneado muchas veces de acordarte de las letras y hasta de las formas de los puntos sentados sobre la papelada de los veinte o treinta mil legajos del archivo? No sé si tu ojo memorativo te engaña, si tu lengua lorificada miente. Lo cierto es que en las letras más parecidas, en los puntos aparentemente más redondos, existe siempre alguna diferencia que permite compararlos, comprobar esa cosa nueva que aparece en el follaje de las semejanzas. Treinta mil noches más otras treinta mil me llevaría enseñarte las distintas formas de puntos. Aun así sólo habríamos comenzado. Las comas, los guiones, las diéresis, los corchetes, las vírgulas, las comillas, los paréntesis más iguales son también diferentes bajo su apariencia de aparecidos. La letra de una misma persona es muy distinta escrita a medianoche o a mediodía. Jamás dice lo mismo aun formando la misma palabra.

¿Sabes qué es lo que distingue a la letra diurna de la letra nocturna? En la letra de noche hay obstinación con indulgencia. La proximidad del sueño lima los ángulos. Se distienden más las espirales. La resistencia de izquierda a derecha, más débil. El delirio, amigo íntimo de la letra nocturna. Las curvas cimbran menos. El esperma de la tinta seca con mayor lentitud. Los movimientos son divergentes. Los rasgos se inclinan más. Tienden a tenderse.

Por el contrario la letra de día es firme. Rápida. Se ahorra poluciones inútiles. El movimiento es convergente. Los rasgos están en ascenso. Hay acompañamiento de curvas libremente onduladas. Sobre todo en la espiral de las rúbricas. Lucha encarnizada entre los polos del círculo-perpetuo. La presión positiva es un continuo aproximarse-al-límite. El trazo sale del cauce. Salta las orillas. Su obstinación es más rígida. La resistencia de derecha a izquierda más fuerte. Más duros los dobles, los arcos, los dobleces, la doblez. La soltura salta al aire. Mas en la letra diurna como en la nocturna la palabra sola sirve sólo para lo que no sirve. ¿Para qué sirven los pasquines? ¡Perversión la más vergonzante del uso de la escritura! ¿Para qué el trabajo de araña de los pasquinistas? Escriben. Copian. Garrapatean. Se amanceban con la palabra infame. Se lanzan por el talud de la infamia. De repente el punto. Sacudida mortal de la parrafada. Quietud súbita del alud parrafal, de la salud de los pasquinistas. No el punto de tinta; el punto producido por un cartucho a bala en el pecho de los enemigos de la Patria es lo que cuenta. No admite réplica. Suena. Cumple.

Comprendes ahora por qué mi letra cambia según los ángulos del cuadrante. Según la disposición del ánimo. Según el curso de los vientos, de los acontecimientos. Sobre todo cuando debo descubrir, perseguir, penar la traición. ¡Sí, Excelencia! Con toda claridad comprendo ahora sus ínclitas palabras. Lo que quiero que comprendas con mayor claridad aún, ínclito amanuense, es tu obligación de descubrir al autor del anónimo. ¿Dónde está el pasquín? Ahí lo tiene bajo su mano, Señor. Tómalo. Estúdialo de acuerdo con la cosmografía letraria que te acabo de enseñar. Podrás saber exactamente a qué hora del día o de la noche fue emborronado ese papel. Coge la lupa. Rastrea los rastros. A su orden, Excelencia.

(En el cuaderno privado)

Patiño estornuda pensando no en la ciencia de la escritura sino en las intemperies de su estómago.

Ahora estoy seguro de reconocer la letra del anónimo. Escrito con la fuerza torcida de una mente afectada. ¡Demasiado recargado en su brevedad el pasquín catedralicio! Las mismas palabras expresan diferentes sentidos, según sea el ánimo de quien las pronuncia. Nadie ordena que su cadáver sea decapitado sino aquel que quiere que lo sea el de otro. Nadie firma YO EL SUPREMO una parodia falsificatoria como ésta, sino el que padece de absoluta insupremidad. ¿Impunidad? No sé, no sé... Sin embargo no hay que descartar ninguna posibilidad. Um. Ah. ¡Ea! Obsérvala bien. Letra nocturna, seguro. Las ondas se debilitan hacia abajo. Las curvas contrapónense en líneas angulares; buscan descargar su energía hacia tierra. La resistencia de derecha es más fuerte. Rasgos centrípetos, temblorosos, cerrados hacia la mudez.

En otros tiempos yo hacía con los dos cuervos blancos un experimento de letromancia que siempre daba buenos resultados. Trazar en tierra un círculo del radio del pie de un hombre. Mismo radio del disco del sol al filo del Poniente. Dividirlo en veinticuatro sectores iguales. Sobre cada uno dibujar una letra del alfabeto. Sobre cada letra colocar un grano de maíz. Entonces mandaba traer a Tiberio y a Calígula. Rápidos picotazos de Tiberio comiéndose los maíces de las letras que arman el presagio. Calígula, tuerto, los maíces de las letras que vaticinan lo opuesto. Entre los dos aciertan siempre. El uno o el otro, alternativamente. A veces, los dos juntos. Acertaban. Mucho más preciso el instinto de mis buitres que la ciencia de los arúspices. Alimentados de maíz paraguayo, los buitres grafólogos escriben sus predicciones en un círculo de tierra. No precisan como los cuervos de César escribirlas en los cielos del imperio romano.

(Al margen, escrito en tinta roja)

¡Ojo! Releer el Contra-Uno Parte primera: Prefaciones sobre la servidumbre voluntaria. El borrador se encuentra, probablemente, entre las páginas de El Espíritu de las Leyes o de El Príncipe. Tema:

La capacidad de la inteligencia se limita a comprender lo que hay de sensible en los hechos. Cuando es preciso razonar, el pueblo no sabe más que andar a tientas en la obscuridad. Más todavía con estos aprendices de brujo. Riegan su malicia con la maldita saliva de sus estornudos. Mi empleado en el ramo de almas, el más peligroso. Capaz hasta de echar furtivamente arsénico o cualquier otra substancia tóxica en mis naranjadas y limonadas. Le otorgaré una nueva regalía. Prueba de confianza suma: Lo haré desde hoy el probador oficial de mis brebajes.

Eh, Patiño, ¿te has dormido? ¡No, Excelencia! Estoy tratando de descubrir de quién es la letra. ¿Lo has descubierto? A la verdad, Señor, sospechas nomás. Veo que cuando más dudas más sudas. Observa el anónimo una vez menos. Delicada atención eh ah. ¿Qué nombre recoge tu memoria? ¿Qué figura tu ver-de-vista sabelotodo? ¿Qué rasgos escriturarios? Temblor de párpados ahilando en las protuberancias una rajita quimérica. Dime, Patiño... Toda la persona del fideindigno se adelanta en su pesado carapacho hacia lo que no sabe aún qué es lo que voy a decir. Desesperada esperanza de una conmutación. Espanto del borracho ante el culo de la botella vacía. Dime, ¿la letra del pasquín no es la mía? Sordo chasquido de la lupa cayendo sobre el papel. Tromba de agua levantándose de la palangana. ¡Imposible, Excelencia! ¡Ni con locura de juicio podría pensar semejante cosa de nuestro Karaí-Guasú! Hay que pensar siempre en todo, secretario-secretante. De lo imposible sale lo posible. Fíjese ahí, bajo la marca de agua, el florón de las iniciales ¿no son las mías? Son suyas, Señor; tiene razón. El papel, las iniciales verjuradas también. ¿Ves? Alguien entonces mete la mano en las propias arcas del Tesoro donde tengo guardado el taco exfoliador. Papel reservado a las comunicaciones privadas con personalidades extranjeras, que no uso desde hace más de veinte años. Acordes. Pero la letra. ¿Qué me dices de la letra? Parece la suya, Excelencia, pero no es la suya propiamente. ¿En qué te basas para afirmarlo? La tinta es distinta, Señor. Está perfectamente copiada la letra nomás. El espíritu es de otro. A más, Excelencia, nadie que no sea enemigo declarado va a amenazar de muerte al Supremo Gobierno y a sus servidores. Me has convencido sólo a medias, Patiño. Lo malo, lo muy malo, lo muy grave, es que alguien viole las Arcas, robe las resmillas de filigrana. Más imperdonable aún es que ese alguien cometa la temeraria fechoría de manosear mi Cuaderno Privado. Escribir en los folios. Corregir mis apuntes. Anotar al margen juicios desjuiciados. ¿Es que los pasquinistas han invadido ya mis dominios más secretos? Continúa buscando. Por ahora seguiremos con la circular-perpetua. Mientras tanto prepárate a esgrimir con ganas la pluma. Quiero oírla haciendo gemir el papel cuando me ponga a dictarte el Auto Supremo con el cual corregiré la mofa decretoria.

Ah Patiño, ¿qué es de esa otra investigación que te ordené? ¿La del penal del Tevegó, Señor? Aquí está ya escrito el oficio al comandante de la Villa Real de la Concepción para que proceda al desmantelamiento del penal. Sólo falta su firma, Señor. ¡No, patán! No te hablo de ese pueblo de fantasmas de piedra. Te ordené investigar quién fue el cura que portando el viático me salió al paso la tarde del temporal en que caí del caballo. Sí, Señor; no hubo ningún cura que portara viático esa tarde. No hubo ningún moribundo. Lo he averiguado perfectamente. Sobre ese asunto o barrumbada a su decir, Señor, no hubo más que vagos díceres. Se dice decires, mal decidor. Exacto, Señor. Malignos rumores, chismes, habladurías que salieron de la casa de los Carísimos por su odio contra el Gobierno para probar que su caída fue un castigo de Dios. Hasta un barato pasquín anduvo viboreando por ahí con ese rumor entre los malaslenguas. Vuecencia tiene toda la información sumaria en ese legajo. Lo ha leído a su regreso del Cuartel del Hospital. ¿Quiere, Señor, que lo vuelva a leer? No. No vamos a perder más tiempo en menudencias que los murmuradores escribas repetirán prolijamente a través de los siglos.

¿Éstos son los que van a defender la verdad mediante poemas, novelas, fábulas, libelos, sátiras, diatribas? ¿Cuál es su mérito? Repetir lo que otros dijeron y escribieron. Príapo, aquel dios de madera de la antigüedad, llegó a retener algunas palabras griegas que escuchaba a su dueño mientras leía a su sombra. El gallo de Luciano, dos mil años atrás, a fuerza de frecuentar el trato de los hombres acabó por hablar. Fantaseaba tan bien como ellos. ¡Si tan siquiera supiesen los escritores imitar a los animales! Héroe, el perro del último gobernador español, pese a ser chapetón y realista, fue más sabio palabrero que el más pintado de los areopagitas. Mi ignorante y rústico Sultán después de muerto adquirió tanta o mayor sabiduría que la del rey Salomón. El papagayo que regalé a los Robertson, rezaba el Padre Nuestro con la misma voz del obispo Panes. Mejor, mucho mejor que el obispo, el lorogallo. Dicción s nítida, sin salpicaduras de saliva. Ventaja del pajarraco tener la lengua seca. Entonación más sincera que la hipócrita jerga de los clerigallos. Animal puro, el papagayo parlotea el lenguaje inventado por los hombres sin tener conciencia de ello. Sobre todo, sin interés utilitario. Desde el aro al aire libre, pese a su doméstico cautiverio, predicaba una lengua viva que la lengua muerta de los escritores encerrados en las jaulas-ataúdes de sus libros no puede imitar.

Hubo épocas en la historia de la humanidad en que el escritor era una persona sagrada. Escribió los libros sacros. Libros universales. Los códigos. La épica. Los oráculos. Sentencias inscriptas en las paredes de las criptas; ejemplos, en los pórticos de los templos. No asquerosos pasquines. Pero en aquellos tiempos el escritor no era un individuo solo; era un pueblo. Transmitía sus misterios de edad en edad. Así fueron escritos los Libros Antiguos. Siempre nuevos. Siempre actuales. Siempre futuros.

Tienen los libros un destino, pero el destino no tiene ningún libro. Los propios profetas, sin el pueblo del que habían sido cortados por señal y por fábula, no hubieran podido escribir la Biblia. El pueblo griego llamado Homero, compuso la Ilíada. Los egipcios y los chinos dictaron sus historias a escribientes que soñaban ser el pueblo, no a copistas que estornudaban como tú sobre lo escrito. El pueblo-homero hace una novela. Por tal la dio. Por tal fue recibida. Nadie duda que Troya y Agamenón hayan existido menos que el Vellocino de Oro, que el Candiré del Perú, que la Tierra-sin-Mal y la Ciudad-Resplandeciente de nuestras leyendas ingenas.

Cervantes, manco, escribe su gran novela con la mano que le falta ¿Quién podría afirmar que el Flaco Caballero del Verde Gabán sea menos real que el autor mismo? ¿Quién podría negar que el gordo escudero-secretario sea menos real que tú; montado en su mula a la saga del rocín de su amo, más real que tú montado en la palangana embridando malamente la pluma?

Doscientos años más tarde, los testigos de aquellas historias no viven. Doscientos años más jóvenes, los lectores no saben si se trata de fábulas, de historias verdaderas, de fingidas verdades. Igual cosa nos pasará a nosotros, que pasaremos a ser seres irreales-reales. Entonces ya no pasaremos. ¡Menos mal, Excelencia!

Debiera haber leyes en todos los países que se consideran civilizados, como las que he establecido en el Paraguay, contra los plumíferos de toda laya. Corrompidos corruptores. Vagos. Malentretenidos. Truhanes, rufianes de la letra escrita. Arrancaríase así el peor veneno que padecen los pueblos.



«El atrabiliario Dictador tiene un almacén de cuadernos con cláusulas y conceptos que ha sacado de los buenos libros. Cuando le urge redactar algún papel los repasa. Selecciona las sentencias y frases que a su juicio son las de más efecto, y las va derramando aquí y allá, vengan o no a cuento. Todo su estudio se cifra en el buen estilo. De los buenos panegíricos memoriza las cláusulas que más le impresionan. Pone a mano el diccionario para variar las voces. Sin él no trabaja cosa alguna. La Historia de los Romanos y las Cartas de Luis XIV son el diurno en que reza diariamente. Ahora se ha dedicado a aprender el inglés con su socio Robertson, para aprovechar los buenos libros que éste tiene y le ha acopiado en Londres y Buenos Aires por medio de sus socios.

»Hay algo más, Rvdo. Padre, sobre la simulada fobia que el Gran Cancerbero manifiesta tener contra los escritores, producto, sin duda, de la envidia y los resentimientos de este hombre con pujos de César y de Fénix de los Ingenios, a quien la lipemanía que padece le anemizó el cerebro.

»¡Vea Ud., fray Bel-Asco, si no es fábula para mejor reír! Ya sabrá S. Md. que nuestro Gran Hombre desaparece por tiempos en periódicas clausuras. Durante meses se encierra en sus habitaciones del Cuartel del Hospital, según lo hace saber con el método del rumor oficial, o sea del público secreto de Estado, para dedicarse al estudio de los proyectos y planes que su calenturienta imaginación pretende haber concebido para poner al Paraguay a la cabeza de los países americanos. Se ha filtrado sin embargo la especie de que estos retiros a su hortus conclusus responden al propósito de escribir una novela imitada del Quixote, por la que siente fascinada admiración. Para desdicha de nuestro Dictador novelista, le falta ser manco de un brazo como Cervantes, que lo perdió en la gloriosa batalla de Lepanto, y le sobra manquedad de cerebro y de ingenio. «Otras versiones dignas de crédito de estas temporales desapariciones permiten suponer que ellas se deben, más vale, a los furtivos viajes que el ínclito Misógino hace a las casas de las numerosas concubinas en la campaña, con las que tiene habidos más de quinientos hijos naturales habiendo sobrepujado ya en esto a don Domingo Martínez de Irala y a otros fundadores no menos prolíficos.

»Mis informantes han mencionado inclusive a una de estas concubinas, una ex monja apóstata que sería su favorita. Dicen que esta barragana, doblemente impura y sacrilega, vive en una quinta entre los pueblos de Pirayú y Cerro-León. Nadie, empero, ha conseguido ver hasta hoy el invernáculo íntimo del Dictador, pues se halla protegido en toda su extensión por altos vallados y setos de amapola, además de sigilado por numerosos retenes de centinelas. El Gran Hombre ha echado a difundir la especie de que ha establecido allí el parque de su artillería. «Publique Ud. su Proclama a nuestros paysanos, Rvdo. Padre. Puede llegar a ser un verdadero Evangelio para la liberación de nuestros compatriotas del sombrío déspota de quien S. Md. tiene la desgracia de ser pariente muy cercano. Lo que pongo en este papel son verdades desnudas, que no las ha de desmentir. Es hombre de pelea de tejado, que tira con cuanto topa en sus accesos de furia. No le tema usted, que lejos de su alcance es como mejor podemos combatirle.» (Cana del Dr. V. Días de Ventura a fray Mariano Ignacio Bel-Asco.)



La manía de escribir parece ser el síntoma de un siglo desbordado. Fuera del Paraguay, ¿cuándo se ha escrito tanto como desde que el mundo yace en perpetuo trastorno? Ni los romanos en la época de su decadencia. No hay mercadería más nefasta que los libros de estos convulsionarios. No hay peste peor que los escribones. Remendones de embustes, de falsedades. Alquilones de sus plurnas de pavos irreales. Cuando pienso en esta fauna perversa imagino un mundo donde los hombres nacen viejos. Decrecen, se van arrugando, hasta que los encierran en una botella. Adentro se van volviendo más pequeños aún, de modo que se podría comer diez Alejandros y veinte Césares untados a una rebanada de pan o a un trozo de mandioca. Mi ventaja es que ya no necesito comer y no me importa que me coman estos gusanos.

(En el cuaderno privado)

En lo más riguroso del verano mandaba traer del calabozo a mi recámara, por las siestas, al catalán francés Andreu-Legard. Amenizaba mis digestiones difíciles con sus cánticos e historietas. Me ayudaba a tomar el sueño aunque fuera a sorbos. En cinco años supo darse maña y hacía su trabajo con bastante eficiencia, como que con él pagaba su comida de preso, sin mayores estorbos. Extraña mezcla de prisionero-transmigrante. Cautivo en la Bastilla por agitador. En una ocasión, el hacha del verdugo le pasó muy cerca del cogote. Mostróme una siesta en la nuca la cicatriz de lo que pudo ser el tajo fatal. Después de la toma del 14 de julio, salió de allí y participó en la Comuna Revolucionaria, al mando directo de Maximiliano Robespierre, según dijo o mintió. Miembro de una sección de Picas durante la dictadura jacobina, cayó nuevamente en desgracia luego del ajusticiamiento del Incorruptible.

En la prisión conoció y se hizo particularmente amigo del libertino marqués a quien Napoleón mandó apresar a causa de un panfleto clandestino que el noble crápula hizo circular contra el Gran Hombre y su amante Josefina de Beauharnais. Napoleón era el primer cónsul. Los autores de panfletos y pasquines no tenían allá ningún freno. Así apareció, supuestamente traducida del hebraico, una Carta del Diablo a la Gran Puta de París. El catalán-francés aseguraba que, si bien su licencioso amigo no fue el autor de dicho panfleto, éste hubiese merecido serlo por la fuerza corrosiva del mismo. Decírmelo era mentar la soga en casa del ahorcado, lancer des piques por el ex sargento de Picas fichú comme Vas de pique. Tais-toi canaille, eh! Mais non, Sire, se disculpaba Legard. No entiendo cómo este desaforado, sórdido, feroz, maligno sodomita de tu amigo pudo ser, como lo afirmas, un amigo del pueblo y de la Revolución. Es lo que fue, Excelencia. Un revolucionario avant la lettre. ¡Ah la la y con qué fuerza! La convicción más honrada. Siete años antes de la Revolución escribió el Diálogo entre un Sacerdote y un Moribundo, que acabo de recitar a Vuecencia. Un año antes del asalto a la Bastilla y en el onceno de su cautiverio, el marqués exclama en otras de sus obras: Una gran Revolución se incuba en el país. Los crímenes de nuestros soberanos, sus crueldades, sus libertinajes y necedades le han cansado. El

pueblo de Francia está asqueado del despotismo. Está a la puerta el día en que, airado, romperá sus cadenas. Ese día, Francia, te despertará una luz. Verás a los criminales que te aniquilan, a tus pies. Conocerás que un pueblo sólo por la naturaleza de su espíritu es libre, y por nadie más que por sí mismo puede ser dirigido. De todos modos, me resulta extraño lo que afirmas, Legard. Eso no sucedió aquí ni en sólo un caso con los putañeros oligarcones a quienes tuve que embastillar. Lo mismo a la canalla tonsurada que a los militones; a los cacalibris que se consideraban alumbrados por Minerva, y no eran sino bastardos del perro de Diógenes y de la perra de Eróstrato. En cuanto al gran libertino, Excelencia, su libertinaje fue más vale una tarea profunda de liberación moral en todos los terrenos. En la Sección de Picas, donde su ateísmo lo enfrentó con Robespierre. En las sesiones de la Comuna de París. En la Convención. En la Comisión de los Hospitales. Hasta en el hospicio donde fue finalmente recluido. ¡Eso, eso! ¡Ese bribón licencioso tenía que terminar en el manicomio! Considere, sin embargo. Excelentísimo Señor, que su obra política más revolucionaria data de aquella época. Su proclama ¡Hijos de Francia: Un esfuerzo más si queréis ser republicanos! iguala o sobrepasa tal vez al Contrato Social del no menos libertino Rousseau y a la Utopía de santo Tomás Moro. El cátalo-francés perturbaba mis siestas. Forzaba su pequeño desquite con sutilezas de forzado, escarbando la tierra sepulcral de la insidia. Cuando el marqués muere en 1814, el mismo año en que Vuecencia asume el Poder Absoluto, se descubre entre sus papeles del hospicio el testamento ológrafo: Una vez recubierta, la fosa será sembrada de bellotas, para que en lo venidero mi tumba y el bosque se confundan. De este modo, mi sepulcro desaparecerá de la superficie de la tierra, como espero que mi memoria se borre del espíritu de los hombres; excepto del pequeño número de los que han querido amarme hasta el último momento y de quienes llevaré un dulce recuerdo a la tumba. Su postumo deseo no se cumplió. Tampoco fue oído su clamor: ¡Sólo me dirijo a aquellos capaces de entenderme! Vivió casi toda su vida en prisión. Sepultado en una profunda mazmorra, le fue rigurosamente vedado por decreto, contra cualquier pretexto que invocase, el uso de lápices, tinta, pluma, carbonilla y papel. Enterrado en vida, le prohibieron bajo pena de muerte escribir. Enterrado su cadáver, le negaron las bellotas que había pedido sembraran sobre su tumba. No pudieron borrar su memoria. Posteriormente abrieron el sepulcro. Profanación más pérfida aún, porque fue hecha en nombre de la ciencia. Se llevaron el cráneo. No encontraron nada extraordinario, como Vuecencia me cuenta que ocurrirá con el suyo. El cráneo del «degenerado de tristísimo renombre» era de armoniosas proporciones, «pequeño tal si fuera de una mujer». Las zonas que indican ternura maternal, amor a los niños, eran tan evidentes como en el cráneo de Heloisa, que fue un modelo de ternura y amor. Este último enigma, sumado a los anteriores, lanzó pues el postrer desafío a sus contemporáneos. Los enganchó para siempre en la curiosidad, en la execración. Acaso en su glorificación final.

El réquiem no conseguía amortecerme. El cátalo-franchute se sabía de pe a pa no menos de veinte de esas obras del delirante pornógrafo, puesto que le había servido durante muchos años de memorioso repositorio; algo así como los tiestos-escucha que yo fabrico con la arcilla caolinosa de Tobatl y las resinas del Árbol-de-la-Palabra. Uno rasga la delgada telita himen-óptera; la aguja de sardónice y crisoberilo despierta, pone de nuevo en movimiento, hace volar en contramovimiento las palabras, los sonidos, el más ligero suspiro, presos en las celdillas y membranas nerviosas de las vasijas-escuchantes-parlantes, puesto que el sonido enmudece mas no desaparece. Está ahí. Uno lo busca y está ahí. Zumba por debajo de sí, pegado a la cinta engomada con cera y resinas salvajes. En el arca tengo guardados más de un centenar de esos cacharros llenos de secretos. Conversaciones olvidadas. Gemidos dulcísimos. Sones marciales. Gemidos exquisitos. La voz mortal de los supliciados, entre las rachas de los latigazos. Confesiones. Oraciones. Insultos. Estampidos. Descargas de ejecuciones.

El cátalo-galo era de la misma especie de estos cazos-parlantes. Venía a mi cámara todas las siestas, en invierno y verano, las dos únicas estaciones del Paraguay. Ya está ahí. Sáquenle los grillos. Los chirridos de las cadenas lo ponían absorto, crispado. No empezaba pronto, tal si le costara desesposar la lengua. ¡Vamos, habla canta, cuenta! A ver si me duermo, si me duermes. Primero sacaba un murmullo; cierto gangoseo muy suave, entrecerrando los ojos verdepizarra. Abría generalmente la sesión con uno de esos delirios lascivos del marqués. Ordalías de machocabrío. El sátiro faunesco embiste contra el sexo del universo. Mas el fragor de sus embestidas, el ruido de su orgasmo, no es mayor que el zumbido de una mosca. La furia inconmensurable de la lujuria gime, clama, insulta, suplica con voz de mosca a las divinidades machorras. Furor de agotamiento. Parece llenar el cielo y cabe en una mano. El tremendo volcán no deja caer una gota de su ardiente lava. Lacio el velamen del sueño, sin brisa que pueda rizarlo. ¡Basta!

El prisionero cambia de tema, de voz, de intenciones. Vasto es su repertorio. Enciclopedia de estupros, obscenidades hiperbólicas. Sabe de memoria, no sólo esas inagotables y mentirosas historias de vana profanidad, llenas de malas costumbres y vicios, escritas por el marqués. Demás desto, compuestas con mayor fuerza que las Sagradas Escrituras en los signos, aunque débiles e imponentes en su objeto; de modo que dan más avidez en el simulacro de la hartura. ¿Qué es lo que busca este hinchado sodomita, este saturnal uranista? ¿Un Dios-hembra en quien saciar su estéril desesperación? Hubo aquí, en el Paraguay, una mulata llamada Erótida Blanco, de los Blanco Encalada y Balmaceda de Ruy Díaz de Guzmán. Capaz de calmar un ejército. Al mismísimo ejército de Napoleón tal vez Erótida Blanco habría calmado; al infernal marqués en la Bastilla. ¡Pero no, pero no! Erótida Blanco precisaba una selva virgen, una cordillera, para copular con mil, con cien mil faunos velludos a la vez. ¡Acabemos con estas profanidades!

En las celdillas de su memoria, por fortuna, estaban guardadas también otras voces, otras historias. La voz pálato-nasal empezaba a canturrear las endechas del ginebrino: ¡Hombre, Gran Hombre, Hombre Supremo, encierra tu existencia dentro de ti! Permanece en el lugar que te señaló la naturaleza en la cadena de los seres, y nada te podrá forzar a que salgas de él. No des coces contra el aguijón de la necesidad. Tu poderío y tu libertad alcanzan hasta donde rayan tus fuerzas naturales. No más allá. Hagas lo que hagas, nunca tu autoridad real sobrepasará tus facultades reales. La voz del catalán-francés va pareciéndose cada vez más a la del ginebrino. Erres muy arrastradas en las arengas filosóficas del Contrato, en las pedagógicas del Emilio. Nasales, jadeantes-confidenciales, en las impúdicas Confesiones. Por la voz de Andreu-Legard veo en el compadre Rousseau a un niño anciano, a un hombre mujer. ¿No es él mismo quien hablaba de un enano de dos voces?; la una, artificial, de bajo-viejo; la otra, aflautada, aparvulada; por lo que el enano recibía siempre en la cama para que no le descubrieran su doble dolo, que es lo que yo hago ahora bajo tierra.

Mucho sufrí, Excelencia, antes y después del 9 termidor, que corresponde a vuestro 27 de julio; peut-étre, a vuestro inconsolable 20 de septiembre, en que todo queda detenido alrededor de Vuecencia. Sin embargo, hay Francia para rato. La Historia no acaba el 20 de septiembre de 1840. Podría decirse que comienza.

En Francia se establece el Directorio el 27 de octubre de 1795. En 1797, Napoleón triunfa en Rívoli. Comienza el Segundo Directorio. Expedición de Napoleón a Egipto. Salgo, o me sacan de la cárcel. Me enrolo como soldado raso en el ejército del Gran Corso. Palmeras se recortan contra el cielo de Egipto. También aquí, contra el azurado y candente cielo paraguayo. La gran serpiente del Nilo repta a los pies de las pirámides. Aquí el Río-de-las-coronas, al pie de su cámara, Excelencia. No logras hacerme dormir, Legard. Qué quieres que te diga. Te estoy oyendo siempre lo mismo desde hace diez años. Tu cascada voz de viejo no te hace más joven. A ver, trabaja con la cornucopia. Charles Legard carraspea, entona la voz. A ritmo de danzón, de los que se estilan en Bali, en Tanganika, en las Islas de la Especiería, se larga a canturrear el Calendario Republicano. Sólo entonces empiezo a adormecerme un poco bajo una lluvia de hortalizas, de flores, de verdes legumbres, de frutos de todas las especies, doradas naranjas, melodiosos melones, sandías melodías, maravillas de semillas, de cosechas. Todas las fases del año, los meses, las semanas, los días, las horas. La naturaleza entera con sus fuerzas genésicas y elementales. La humanidad del trabajo y el trabajo de la humanidad sansculottides. Animales, sementales, substancias minerales, asnos y yeguas, caballos y vacas, vientos y nubes, mulos y muías, el fuego y el agua, las aves, sus fertilizantes excrementos, germinaciones, vendimias floreales, fructidoras, mesidoras, pradiales, caen sobre mí, semejante a un fresco rocío, de ese cuerno de la abundancia fabricado por Fabre d'Eglantine. La Fiesta de la Virtud comenzaba a aletargarme el 17 de septiembre en una suave modorra, que la Fiesta del Genio interrumpía bruscamente el 18. Sentía que roncaba un poco durante la Fiesta del Trabajo, el 19. La Fiesta de la Opinión, que coincidía con mi muerte o tal vez la provocaba el 20 de septiembre, me incorporaba el 21, para la Fiesta de las Recompensas.

No puedo brindarte la tuya, Charles Legard. Has cantado mal. Has sacudido mal el Cuerno. Acaso las resonancias de tus solos lo han rayado, lo han cascado, gastado, traicionado. Cuando voy a dormirme la punta del cuerno rasga la membrana del sueño. Abro los ojos. Te observo. Tu figura gesticula al son de unos ritmos bárbaros de cazadores, no de agricultores. Me incorporo. Te echo.

¿Quieres irte del país? Tienes veinticuatro horas para hacerlo. Por un minuto que te retrases, sólo viajará parte de ti: Tu cabeza será puesta en una pica en la plaza de Marte para escarmiento de los que se permiten cachonderías con el Supremo Gobierno y hacen mal su trabajo. Te ha perdido tu memoria, Charles Andreu-Leird. Tu buena memoria. Tu terrible memoria. ¡Adiós y salud!

Partió con los Rengger y Longchamp, entre algunos otros franceses atrevidos que yo tenía en conserva en mis calabozos. Los liberé por estar cansado de ellos y para que se fueran con su música a otra parte. En mi tiempo sin tiempo, el Calendario Republicano de Francia ya no servía. Dejé ir sin pena al catalán-francés. Nada de cierto he llegado a saber más de este migrante aventurero. Vagos informes me anoticiaron que se estrelló en la Bajada; otros, que enseña el idioma guaraní en una Universidad de Francia.

La historia del libertino marqués de la Bastilla, trasladado luego al Asilo de Charenton, la historia de sus historias narradas por Legard, me trae a la memoria la de otro degenerado de tristísimo renombre: El burlesco marqués de Guarany. Una prueba más de la desaforada falacia, malas artes y diabólicas maquinaciones que usan los europeos y españoles para engañar, encubrir sus fraudes y sus intentos de menoscabar la dignidad de estos pueblos, la majestad de esta República. Así maquinaron la descomunal o más bien ridicula patraña del fingido marqués de Guarany. Es público y bien sabido en Europa y América que este aventurero español europeo fue a España con la superchería de que iba en comisión de este Gobierno ante el monarca de aquel país. La imaginación carece del instinto de la imitación pero el imitador carece totalmente del instinto de la imaginación. Así que la ficción y brutal mentira del impostor quedaron al descubierto en poco tiempo. El propio Tribunal de Alcaldes de la corte borbonaria no tuvo más remedio que imponer a este falsario insolente la pena del último suplicio, que al fin se reservó para el caso de quebrantar el destierro a que fue confinado.

Mucho fue el daño, sin embargo, que el taimado aventurero produjo en desmedro del nombre de este país y del prestigio de su Gobierno. El bribón catalán que había residido en América y que ni siquiera conocía este país, decía llamarse José Agustín Fort Yegros Cabot de Zuñiga Saavedra. Adornado de estos oropeles gentilicios (¡la lista completa del procerazgo patricial!) hizo su teatral aparición en la corte borbónica. Afirmó poseer una inmensa fortuna y haber donado al Gobierno del Paraguay más de doscientos mil pesos en monedas de oro. Llegó a comienzos de 1825, por la época en que Simón Bolívar planeaba aún asaltar el Paraguay, en la creencia de que este otro aventurero también iba a salirse con la suya. Ambos estaban condenados al fracaso desde el comienzo de los tiempos. Ellos no lo sabían.

Desde Badajoz ofició a la corte anoticiando que era portador de una supuesta comisión de este Gobierno, tan importante ella que de facilitársele los medios podía proporcionar a la Metrópoli la recuperación de sus antiguas colonias. Exigió tratar directamente con el rey. Los pretendidos poderes de que se hallaba investido le permitían, según afirmó el impostor, estipular en mi nombre las siguientes condiciones: 1) Establecimiento de un gobierno representativo de España en el Paraguay; 2) Aprobación del sistema je-suita perfeccionado que rige (¡maldito canalla!) en este país ya suficientemente esquilmado por más de un siglo del imperio de sotanas; 3) Que él, como supremo Comisionado del Dictador Perpetuo, en su calidad de mayorazgo de la Casa de Guarany y coronel de la Legión Voluntaria del Paraguay, fuera puesto a la cabeza del gobierno monárquico de España con título de virrey, y 4)Que si el rey aceptaba estas condiciones, le entregaría doce millones de duros del tesoro paraguayo.

Entre los documentos fraguados que el bribón presentó se hallaban el Acta Declaratoria de Independencia del Paraguay, su nombramiento como supremo comisionado y embajador en que falsificó mi firma bajo el escudo con una flor de lis, la insignia borbónica, en lugar del de la palma, la oliva y la estrella, que son los de la República. En su comitiva se avanzó arteramente a hacer figurar a un Yegros y a un tal fraile Botelho, socio honorario de la Academia del Real Proto-Medicato del Paraguay que el bribón postuló como encargado de negocios. Eran muchas falsedades y falsificaciones juntas. No satisfecho aún con ellas, me dio finalmente por derrocado del Gobierno por la Legión que él comandaba y desterrado en una canoa a remo perpetuo por los esteros de Villa del Pilar de Ñeembukú.

Cuando descubrieron su felonía, el presidente del Tribunal de .Alcaldes de Madrid decretó que le diesen doscientos azotes y se le pasease en burro por las calles. El rey, burlado pero aún esperanzado en algún giro imprevisto de la patraña, le conmutó la pena por diez años de prisión. Luego otro felón americano, Pazos Kanki, se encargó de difundir la frustrada hazaña del español. Cuanto más idiotas, las historias son más creíbles. La leyenda del marqués de Guarany corrió por toda Europa. Pasó a América. Hay gente que todavía cree y escribe sobre ella. La idiotez no tiene límites, sobre todo cuando anda a trompicones por los angostos corredores de la mente humana.

(Circular perpetua)

Los pasquineros consideran indigno que yo vele incansablemente por la dignidad de la República contra los que ansian su ruina. Estados extranjeros. Gobiernos rapaces, insaciables agarradores de lo ajeno. Su perfidia y mala fe las tengo de antiguo bien conocidas. Llámese Imperio del Portugal o del Brasil; sus hordas depredadoras de mamelucos, de bandeirantes paulistas a los que contuve e impedí seguir bandereando bandidescamente en territorio patrio. Algunos de ustedes fueron testigos, se acordarán, habrán oído cómo las fulminantes invasiones incendiaban nuestros pueblos, mataban gentes, robaban ganado. Se llevaban cautivos por millares a los naturales. Sobre las relaciones de nuestra República con el Imperio; sobre sus tramposas maquinaciones, acechanzas, bellaquerías y perversiones, antes y después de nuestra Independencia, les instruiré más detalladamente en sucesivas vueltas de esta circular.

El pantagruélico imperio de voracidad insaciable sueña con tragarse al Paraguay igual que un manso cordero. Se tragará un día al Continente entero si se lo descuida. Ya nos ha robado miles de leguas cuadradas de territorio, las fuentes de nuestros ríos, los saltos de nuestras aguas, los altos de nuestras sierras aserradas con la sierra de los tratados de límites. Así fueron engañados reyes y virreyes de España por malos gobernadores tirados de las bragas por sus mujeres y de los bolsillos por sus negocios y quehaceres. El imperio de las bandeiras negreras inventó el sistema de linderos que se desplazan con los movimientos de una inmensa boa.

Otro chivo-emisario enemigo: La Banda Oriental. Sus bandas le forajidos fueron las que ayudaron a cerrar aún más el bloqueo de la navegación. Tengo aquí bien guardadito a uno de sus principales caporales. José Gervasio Artigas, que se hacía llamar Protector de los Pueblos Libres, amenazaba todos los días con invadir el Paraguay. Arrasarlo a sangre y fuego. Llevarse mi cabeza en una pica. Cuando a su vez fue traicionado por su lugarteniente Ramírez que se alzó con su tropa y su dinero, perdida hasta la ropa, Artigas vino a refugiarse en el Paraguay. Mi alternativo extorsionado mi jurado enemigo, el promotor de conjuras contra mi Gobierno, se avanzó a mendigarme asilo. Yo le conce trato humanitario. En una situación como la mía, el más magnánimo de los gobernantes no habría hecho caso de este bárbaro, que no era acreedor a la compasión sino al castigo. Yo reventé de generosidad. No solamente lo admití a él y al resto de su gente. También gasté liberalmente centenares de pesos en socorrerlo, mantenerlo, vestirlo, pues llegó desnudo, sin más vestuario ni equipo que una chaqueta colorada y una alforja vacía. Ninguno los ruines, aturdidos revoltosos que habían fundado en él las mayores esperanzas de ventajas y adelantamientos, le hizo la menor limosna. Yo le di lo que me pidió en la carta que me escribió desde la Tranquera de San Miguel, dentro ya de nuestras fronteras.

La carta de Artigas era sincera.
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