Dos terapias permiten corregir una imagen corporal distorsionada




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Dos terapias permiten corregir una imagen corporal distorsionada

Un desorden que afecta a varones y mujeres - Afirman que tanto las cognitivas como las farmacológicas son útiles para el trastorno dismorfofóbico

La Nación - Sábado 10 de abril de 2010 - Suplemento Ciencia/Salud
Jane E. Brody - The New York Times
NUEVA YORK.- ¿Existe una parte de usted que odia mirar o trata de esconder ante los demás? Muchos estamos avergonzados o insatisfechos con alguna parte de nuestro cuerpo. Recuerdo que desde los 11 hasta los primeros años de mi adolescencia me sentaba en el colegio con una mano sobre lo que yo creía un bulto feo en mi nariz. Y conozco a una joven de peso normal que se niega a sentarse en el subte porque cree que eso hace que sus muslos parezcan enormes.

Pero ¿qué pasa cuando esta vergüenza por un defecto facial o corporal aparente se convierte en una obsesión o paranoia que inhibe a una persona de concentrarse en el estudio o el trabajo, de tener una vida social normal, o incluso de dejar la casa para ir de compras o al médico? ¿Y si desemboca en un intento de suicidio?
Estos son los desafíos de quienes sufren de trastorno dismorfofóbico corporal (BDD, por sus siglas en inglés), un síndrome conocido desde hace más de un siglo, pero sólo reconocido hace poco por el manual oficial de diagnóstico psiquiátrico. Más recientemente se han desarrollado tratamientos efectivos para combatirlo, y distintas investigaciones han comenzado a revelar sus raíces emocionales y neurológicas.

Un investigador pionero, el doctor Jamie D. Feusner, de la Universidad de California en Los Angeles, halló un patrón en la actividad cerebral de pacientes con BDD que parece ser diferente del de otras personas. Las diferencias se observaron en las áreas involucradas en el procesamiento visual. En la revista The Archives of General Psychiatry, Feusner publicó un trabajo que explica que cuanto más severos son los síntomas, más difiere la actividad cerebral de los niveles promedio normales.

Estos cambios cerebrales podrían ayudar a explicar cómo una persona puede volverse demasiado obsesionada por un aparente defecto en su cara, pelo, piel o forma facial o corporal que los demás tal vez ni siquiera noten, e incluso puede no existir.

Algunos se vuelcan al alcohol o las drogas para tratar de hacer frente a esta angustia extrema. Otros buscan una solución en las cirugías cosméticas, que no logran aliviar la ansiedad y que incluso pueden empeorar el problema, dejando cicatrices donde antes no había nada.

Incluso algunos hombres sufren una forma de BDD llamado trastorno dismorfofóbico muscular: piensan que se ven débiles cuando, en realidad, sus músculos están muy desarrollados gracias a un entrenamiento compulsivo de musculación.

La doctora Katharine Phillips, profesora de psiquiatría en la Escuela Médica de Brown, es quizá la mayor autoridad en BDD. En una entrevista, describió qué tan incapacitante puede volverse este desorden para aquellos que pasan horas frente al espejo tratando de "arreglar" su "pelo horroroso" o de disfrazar una mancha en su rostro que sólo ellos pueden ver. Hay quienes no saldrán de su casa a menos que puedan tapar completamente su cara y cabello. Y los que se aventuran a salir sin enmascarar el área afectada a veces huyen y se esconden cuando creen que alguien los está mirando fijo.

Sin trauma

Muchos relacionan su problema con algún trauma emocional de la infancia, como haber sido objeto de burla a causa de su apariencia, o a negligencia por parte de sus padres, angustia por su divorcio, o abuso físico, emocional o sexual. Pero Phillips dice que la mayoría sobrevive a estos traumas sin desarrollar BDD, especialmente si poseen otros factores en sus vidas que elevan su autoestima.

Más bien, explica Phillips, el trastorno parece ser una combinación de razones genéticas, emocionales y neurobiológicas. "Probablemente, los genes con que uno nace provean una base fundamental para el desarrollo más tarde del BDD", escribió Phillips. Además, llamó la atención acerca de que en el 20% de los casos un padre, hermano o hijo también sufre del desorden.

Extrañamente, el énfasis social en la apariencia es un factor mucho menos importante de lo que uno puede llegar a creer. Phillips sostuvo que la incidencia de BDD era casi la misma en todo el mundo, más allá de las influencias culturales. Además, a diferencia de los desórdenes alimentarios, que afectan mayoritariamente a mujeres, casi tantos hombres como mujeres sufren de BDD.

La buena noticia es que se han encontrado tratamientos que ayudan a la gran mayoría de los afectados, siempre y cuando reconozcan su problema y logren sobreponerse a la vergüenza el tiempo suficiente para encontrar un terapeuta calificado.

Los dos acercamientos más efectivos son, juntos o por separado, las terapias cognitivas-comportamentales y el tratamiento con drogas que aumentan la serotonina. En la terapia cognitiva, los pacientes aprenden gradualmente a reordenar sus pensamientos, exponer su "defecto" frente a otros y verse a sí mismos de manera más realista, como individuos enteros, más que ver sólo el supuesto defecto.

En estudios en los que se utilizaron drogas que aumentan la serotonina, entre la mitad y el 75% de los pacientes con BDD mejoraron, aunque Phillips advirtió que puede llevar hasta tres meses ver los resultados.

Lo que no funciona es la cirugía plástica y otros tratamientos cosméticos. Incluso si el tratamiento modifica el supuesto defecto, la persona seguramente va a encontrar otro y después otro y otro, y entrará en un círculo vicioso muy caro e inefectivo, que en general la dejará deforme.
Artículo Original
When Your Looks Take Over Your Life - - By JANE E. BRODY
PERSONAL HEALTH - Published: March 22, 2010
Is there a part of you that you hate to look at and perhaps try to hide from others? Do you glance at your image in distress whenever you pass a reflective surface?
Many of us are embarrassed by or dissatisfied with some body part or other. I recall that from about age 11 through my early teens I sat in class with my hand over what I thought was an ugly bump on my nose. And I know a young woman of normal weight who refuses to sit down in a subway car because she thinks it makes her thighs look huge.

But what if such self-consciousness about a perceived facial or body defect becomes all consuming, an obsession or paranoia that keeps the person from focusing on school or work, pursuing normal social activities, even leaving the house to shop or see a doctor? What if it leads to attempted suicide?

Such are the challenges facing tens of thousands of Americans who suffer from body dysmorphic disorder, or B.D.D., a syndrome known for more than a century but recognized only recently by the official psychiatric diagnostic manual. Even more recently, effective treatments have been developed for the disorder, and its emotional and neurological underpinnings have begun to yield to research.
New Findings
A pioneering researcher, Dr. Jamie D. Feusner, and his colleagues at the David Geffen School of Medicine at the University of California, Los Angeles, recently found patterns of brain activity in people with B.D.D. that appeared to differ from those of others. The differences showed up in areas involved in visual processing. The more severe the symptoms, the more the person’s brain activity on imaging scans differed, on average, from normal levels, the researchers reported in the February issue of The Archives of General Psychiatry.
These brain changes may help explain how people can become overly focused on a perceived defect of their face, hair, skin or facial or body shape that others may not notice — indeed, that may not even exist. Some turn to alcohol and drugs to try to cope with the extreme distress. Others seek cosmetic surgery — which fails to relieve anxiety and can even make the problem worse, leaving scars where nothing was apparent before.
Some men have a form of B.D.D. called muscular dysmorphic disorder, thinking they look puny and weak when in fact their muscles are highly developed through compulsive weight training.
Dr. Katharine A. Phillips, a professor of psychiatry at Brown Medical School, is perhaps the best known authority on B.D.D. and the author, most recently, of “Understanding Body Dysmorphic Disorder: An Essential Guide” (Oxford University Press, 2009).

In an interview, Dr. Phillips described how crippling the disorder can become for those who spend hours in front of a mirror trying to “fix” their “ugly hair” or disguise a facial blemish only they can see. Some pick at an unnoticeable mark on their skin until they do indeed have a visible lesion. Some won’t leave the house unless they can totally cover their face and hair. Those who do go out without masking the area of concern sometimes suddenly flee and hide when they think someone has noticed it or is staring at them.
Many trace their problem to a childhood emotional trauma, like being teased about their looks, parental neglect, distress over parents’ divorce, or emotional, sexual or physical abuse. But Dr. Phillips says most people survive such traumas without developing B.D.D., especially if other factors in their lives lift their self-esteem.
Rather, she explained, the disorder seems to have a combination of genetic, emotional and neurobiological underpinnings.
“It’s likely that the genes a person is born with provide an essential foundation for B.D.D. to develop,” Dr. Phillips wrote. She noted that in about 20 percent of cases, a parent, a sibling or a child also had the disorder. Imaging studies done by Dr. Feusner, Dr. Phillips and others suggest that some brain circuits may be overactive in people with the disorder.
One presumed factor — societal emphasis on looks — is far less important than you might think. Dr. Phillips said the incidence of B.D.D. was nearly the same all over the world, regardless of cultural influences. Also, unlike eating disorders, which mainly affect women seeking supermodel thinness, nearly as many men as women have body dysmorphic disorder.
Which Treatments Work?
The good news is that even though research into the causes of the disorder is in its relative infancy, treatments have been found to help a large percentage of those affected, as long as their problem is recognized and they manage to overcome their embarrassment long enough to get to a qualified therapist.
The two most effective approaches are cognitive behavioral therapy and treatment with serotonin-enhancing drugs, either alone or in combination. In cognitive therapy, patients gradually learn to reorder their thinking, expose their “defect” to others and view themselves more realistically as whole individuals rather than seeing only the presumed defect.
In studies using serotonin-enhancing drugs, half to three-quarters of people with B.D.D. have improved, although Dr. Phillips warned that it can take as long as three months to see the benefit of a proper dose. (Moreover, there is still controversy about how many people achieve long-lasting benefits from the serotonin drugs.)
What does not work is plastic surgery and other cosmetic treatments. Even if the treatments modify one presumed defect, the person is likely to come up with another, and another, and another, leading to a vicious cycle of costly and often deforming as well as ineffective remedies.
Most important, Dr. Phillips said, is not to give up. Effective treatment is out there and it can make a tremendous difference — even a lifesaving difference. Her new book lists centers around the country that specialize in treating B.D.D.
(A version of this article appeared in print on March 23, 2010, on page D7 of the New York edition.)

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