La tesis tradicional de la “violencia de género” y sus alternativas




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IVº.- IIIº.- IIº.- IIº.- ASPECTOS CONCRETOS DE LA “VISIBILIZACIÓN”; SUS EFECTOS A NIVEL DEL CEREBRO.

El cerebro humano es la estructura física, que conozcamos, más compleja del universo y está formado por 10 a 12 mil millones de neuronas. Pero, pese a todo lo dicho, el cerebro135 no es un organismo autónomo y, en gran parte, puede, sólo funcionará si permanece interconectado con el medio ambiental en que se desenvuelve y, está demostrado, que el medio siempre influye en la estructura y función de las células cerebrales, dando, a su vez, forma a las habilidades y conductas del individuo.

El cometido de la Neurología y de la Neurociencia es la de comprender cómo se desarrollan los procesos mentales gracias a los cuales percibimos, actuamos, aprendemos y recordamos. Por ahora, sólo, sabemos, con alguna certeza, la conclusión de que la percepción y la respuesta de la mente tienen estructuras organizacionales en base a los datos sensoriales que se almacenan en los sistemas de la memoria, generándose, así, modelos o esquemas mentales, que interpretan las experiencias actuales y que influencian en las conductas futuras. El novedoso concepto de apego136 se ha de considerar como un proceso social que tiene igualmente bases neurobiológicas, y en ciertos condicionamientos sociológicos que pueden llegar a producir modificaciones tanto en las vías neuroquímicas como en las configuraciones anatómicas cerebrales (Thomas R. Insel137, 1997). Este complejo proceso del apego implica cambios en lo sensorial, cognitivo y motor. Para Insel la oxitocina y la vasopresina están relacionadas en la mediación con el apego social, que provocan la necesidad de una proximidad entre los humanos y las respuestas ante una “exclusión del grupo”.

Por otra parte, encontramos que la conducta por sí misma puede también modificar la expresión genética humana. El Premio Nobel de Fisiología y Medicina, Eric Kandel, en 1998, sostiene que la función modeladora del gen es trasmisible pero no es reguladora, al igual que estudios del aprendizaje en animales simples, han demostrado cómo las conexiones sinápticas pueden ser permanentemente alteradas y fortalecidas a través de la regulación de la expresión genética conectada con el aprendizaje ambiental. Dicha evidencia experimental parece confirmar la idea de que la estructura cerebral es voluble, cambiante y adaptable, y hace pensar, de nuevo, en cierta relación entre los procesos sociales y los biológicos para la formación de la conducta humana. Otro aspecto es que todos los estímulos, nocivos o placenteros, poseen efectos dobles;

  1. desencadenan respuestas autónomas y endocrinas, integradas por estructuras subcorticales que alteran de forma inmediata los estados internos preparando así al organismo para el ataque, la huida, el sexo u otras conductas adaptativas y

  2. entra en juego un segundo conjunto de mecanismos que afectan a la corteza cerebral.

Para nuestra finalidad, va a resultar mucho más práctico saber que en el denominado sistema límbico están relacionados con aspectos como la conducta, la emoción y la motivación. Todas las partes del sistema límbico están interconectadas, entre sí, por vías nerviosas que, a su vez, están también conectadas a las demás partes del sistema nervioso. No se conoce bien el papel de cada uno de los componentes, pero el sistema límbico, en su totalidad, está claramente relacionado con la expresión de estados emocionales; hay cierta unanimidad en que las conductas se originan en el sistema límbico. Repetimos que, por lo que a nosotros concierne es interesante, por ahora, destacar algo que la neurología ya ha demostrado de forma sobrada; que determinadas concepciones o conocimientos, provocan en el cerebro, la modificación de patrones de conducta previamente adquiridos o, dicho en otros términos, de adopción de un nuevo posicionamiento y una nueva conducta. De ello pasamos a tratar.

IVº.- IIIº.- IIº.- IIIº.- ASPECTOS CONCRETOS DE LA “VISIBILIZACIÓN”; EL APRENDIZAJE.

John Broadus Watson (1878-1958), a principios del siglo XX, mantiene la tesis que el organismo, sometido a una acción, tiende a neutralizar los efectos de ésta, ya actuando sobre el objeto que la produce, ya modificándose a sí mismo. Mediante esta aproximación a las conductas que responden a los estímulos, parece posible establecer leyes que permitan predecir la reacción de un individuo a una excitación conocida; en definitiva, todo es aprendizaje, incluso la expresión de las emociones. En su consecuencia, es posible modificar los comportamientos por la educación. En base a esta concepción, en el inicio de su vida, el ser humano responde a los estímulos de manera indiferenciada y, posteriormente, con el proceso de desarrollo de la persona, aparecen conductas como la cólera, el desagrado, el miedo, los celos, etc. Mucho más interesantes para nosotros son los descubrimientos de Burrhus Frederic Skinner (1904-1990), psicólogo norteamericano que definió “el conductismo”; teoría basada en que los ambientes de refuerzo modifican los comportamiento humanos. Escribió trabajos controvertidos en los cuales propuso el uso extendido de técnicas psicológicas de modificación del comportamiento, principalmente el condicionamiento operante, para mejorar la sociedad. Skinner ha sido el creador y el mejor representante de la teoría del conductismo que se basa en el análisis del comportamiento aplicado estímulos de reforzamiento negativo y positivo y llegó a demostrar como válida una técnica de modificación de conducta. A nosotros nos va a interesar mucho saber que su investigación descubrió que el castigo era una técnica nada eficaz para modificar una conducta, al tiempo que dedujo que ello implicaba que todo sujeto buscará cualquier estímulo positivo para actuar antes que efectuar un comportamiento que implique castigo. El reforzamiento, tanto positivo como negativo, se acredita como un medio efectivo para conseguir cambios en la conducta, indirectamente, a todo ello hemos hecho referencia en el Capítulo IIIº.- IIIº.- IIº.-. al hablar de las políticas criminales que implican la modificación de ciertas conductas.

IVº.- IIIº.- IIº.- IVº.- ASPECTOS CONCRETOS DE LA “VISIBILIZACIÓN”; SU REPERCUSIÓN SOCIAL.

En línea con lo anterior, recordemos que un incentivo es un estímulo exterior para actuar de una determinada manera. Hay dos tipos generales de incentivos:

  1. Los incentivos facilitadores, que son los que dirigen a una persona para satisfacer sus necesidades.

  2. Los incentivos coercitivos, son los que intentan imponerle conductas extrañas a sus necesidades.

El psicólogo, Matthew Lieberman138, junto con Naomi Eisenberger139 y otros investigadores de la Universidad de California, realizaron un estudio sobre las áreas cerebrales que se activan cuando se sufre un aislamiento social. El experimento se desarrollo de la siguiente manera140: “…un grupo de 13 voluntarios se sometieron a un estudio cerebral de resonancia magnética nuclear, el cual consiste en captar la actividad cerebral en respuesta a determinados estímulos. En el experimento se pedía a los voluntarios que participaran en un juego de ordenador, aparentemente en unión con otros dos jugadores, pero en realidad se interactuaba con un programa ya establecido. Se trataba de un juego muy simple en que cada jugador debía pasar una pelota al otro de manera alternada. Después de cierto tiempo, el jugador no recibía la pelota, aunque solicitaba que le lanzaran la misma. Una y otra vez veía en la pantalla cómo sólo se enviaban la pelota los otros jugadores… …este hecho, que tiene paralelismo con un aislamiento social, se registró en el cerebro de la misma manera en que lo hace un dolor físico: es decir, que el área del cerebro que se ilumina en la resonancia magnética nuclear es la misma que se activa cuando se tiene un dolor físico: la corteza anterior del cíngulo, concretamente, la que participa en la respuesta emocional al dolor físico…”. Lieberman publicó un artículo en la revista Nature, en el cual plantea que “…las relaciones sociales son cruciales para la supervivencia como especie…”, y considera que la reacción a la exclusión social (la activación del área del dolor) es una señal de alarma del organismo para que se busque la aceptación de la sociedad o se establezcan otras medidas que mitiguen ese dolor. Todo lo anterior nos va a servir para identificar la “convivencia social” como una necesidad y no como una “posibilidad” del género humano.

Volviendo a nuestro tema principal, resultará que si por ejecutar actos constitutivos de violencia contra las mujeres alguien pueda sentirse o, efectivamente sea rechazado por su entorno social evitará tal conducta. Pero este rechazo solo es posible y efectivo si se ha producido previamente el proceso de la “visibilización” de su conducta como antisocial, degenerada, regresiva en la evolución de la especie o perjudicial para una concreta sociedad, pues ello es lo que condiciona la conducta a seguir y, si se desvía, le provoca un dolor muy similar al dolor físico. Dicho dolor, claro está, no diferencia entre ideologías, culturas o factores educativos. Y también es esencial destacar que la “visibilización”, siempre produce un efecto colectivo, social, universal y no un efecto particular o individual, tal y como se deduce de todo lo que hemos expuesto en las anteriores líneas y que se confirma, definitivamente, con lo que se dirá a continuación.

Antes de ello, recordar que, por su parte y desde otra óptica, pero con similares conclusiones generales, Sigismund Schlomo Freud141 (1856 - 1939), más conocido como Sigmund Freud, fue un médico y neurólogo austríaco, creador del psicoanálisis, que mantenía que para que una persona esté satisfecha sólo necesita trabajo y amor. Multitud de psicólogos creen que el hombre sólo necesita autorrealización. Todos poseemos la necesidad imperiosa e inherente de desarrollar todos los aspectos de nuestro ser al máximo. Todo lo que se llama motivaciones, son meras manifestaciones separadas de la necesidad de realizarse a sí mismo. Ahora bien; ¿qué ocurre si a una mujer se la domina y controla continuadamente, impidiendo su autorrealización? Para nuestra óptica jurídica, una cosa está clara; ese dominio, ese control tiene que ser un delito.

IVº.- IIIº.- IIº.- Vº.- ASPECTOS CONCRETOS DE LA “VISIBILIZACIÓN”; EL INCONSCIENTE COLECTIVO.

Gracias a la “visibilización” creamos un nuevo marco de referencia, respecto a un hecho y a la reacción que nuestro entorno esperará que efectuemos ante el mismo. Con la “visibilización” vamos a captar una situación preexistente que, con su nuevo enunciado, ahora queremos cambiar y, en base a ello, procederemos a establecer nuevos comportamientos. Pero eso ocurre desde la imprescindible premisa de que no solamente modificamos nuestra particular conducta, sino que la “visibilización” implica, siempre una modificación de la conducta colectiva. Es decir, que nuestra conducta se modificará en base a la repercusión que sobre ella ejerza la modificación de la “conducta social” novedosa y aportada por la “visibilización” ya que, como acabamos de decir, una conducta desviada que provoque un aislamiento se traduce en un dolor para quien la ejecuta.

Según las dos teorías, que pasamos a examinar, toda sociedad constituye una entidad que se comporta como un “individuo global”;

  1. Primeramente, a este respecto el “inconsciente colectivo”142 es un concepto básico de la teoría desarrollada por el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung (1875-1961)143. Jung mantiene la existencia de un lenguaje común a todos los seres humanos, de todos los tiempos y lugares, basado en símbolos primitivos con los que se expresa un contenido de la psiquis que actúa y existe con independencia de la creencia individual, cabe destacar a este respecto, como nuestros ancestros hace 30.000 años decoraban las paredes de las cuevas con motivos similares no figurativos; “los ideomorfos” (pinturas a base de puntos y rayas), aparecidos en lugares muy distantes entre sí, pudiendo ser una explicación de tal similitud la de que podrían ser la plasmación de ideas abstractas comunes a todos los humanos, ya que coinciden en etnias, colectivos o tribus que nunca tuvieron contacto alguno, hecho que recalca lo universal en el ser humano. La “mente inconsciente” ya viene determinada desde el nacimiento y es idéntica en todo el género humano. Este inconsciente colectivo son ciertas predisposiciones innatas para reaccionar en un ambiente siempre con las mismas respuestas, que él llama “arquetipos”144.

  2. Este concepto está íntimamente ligado al de la “consciencia colectiva” que se basa en la existencia de múltiples actitudes éticas que generan un comportamiento unificado dentro del género humano.[ ] Este segundo concepto, paralelo al de Jung, fue investigado por el sociólogo Émile Durkheim (1858-1917)145 que mantiene que: “…el conjunto de creencias y sentimientos comunes al término medio de los miembros de una misma sociedad, forma un sistema determinado que tiene vida propia: podemos llamarlo conciencia colectiva o común. Es, pues, algo completamente distinto a las conciencias particulares aunque sólo se realice en los individuos…”. Durkheim afirma, en su libro “De la division du travail social”, que:

1º.- En las sociedades tradicionales, la religión desempeña la labor de unir a sus miembros por medio de la creación de una consciencia común, pero, sin embargo,

2º.- En una sociedad evolucionada la religión deja paso a la división del trabajo y la necesidad de que otros realicen ciertas funciones para que los componentes de dicha sociedad moderna se mantengan unidos mediante la conciencia colectiva.

Para acabar el presente epígrafe hemos de referirnos a William McDougall (1871-1938) que, haciendo uso de todos los conocimientos obtenidos por la fisiología, especialmente la fisiología del sistema nervioso, y la química del cuerpo dedujo: “…que las actividades mentales son funciones fisiológicas del organismo total, funciones de primera importancia para la adaptación al medio… … la naturaleza, pues, parece presentar a nuestra contemplación acontecimientos de dos clases diferentes: los físicos y los psicofísicos…”146. También sostiene que “…cabe considerar la mente como un sistema organizado de fuerzas mentales o intencionales, y, en el sentido así definido, puede decirse con propiedad que toda sociedad humana posee una mente colectiva… …la sociedad se halla más bien constituida por un sistema de relaciones entre las mentes individuales, que son las unidades que la componen… …dicho con otra palabras, en tanto piensa y obra como miembro de una sociedad, el pensamiento y la acción de cada hombre son muy distintos de su pensamiento y de su acción como individuo aislado…”.

En definitiva, la “psicología social” de cualquier sociedad indicará el camino a todos sus miembros para que modifiquen y adecúen sus pautas personales de pensar, hacer y comportarse, con la objetivo de resultar útil para desempeñar un determinado papel, como miembro de la misma. Basta ya de psicología y de neurología, pero, después de todo lo expuesto, queremos dejar pendiente de contestar –lo haremos más adelante—una pregunta; sí hay un “inconsciente colectivo” y la violencia contra la mujer se visibiliza como algo negativo ¿cómo reaccionará el género humano?...

IVº.- IVº.- EL PROCESO DE LA “NATURALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA” Y SU RESPUESTA: LA FIGURA DEL “ENCUBRIDOR” EN EL ÁMBITO DE LA VIOLENCIA CONTRA LAS MUJERES.147

Si la invisibilidad del problema la hemos relacionado con aspectos familiares de la estructura social, el proceso complementario de “naturalización de la violencia” tiene sus fundamentos en ciertos aspectos culturales que mediatizan, dificultan, distorsionan la percepción de la realidad relativa a la violencia contra las mujeres y podemos citar como alguno de estos fundamentos relevantes:

  1. los estereotipos de las actividades asignadas a cada sexo,

  2. las concepciones imperantes acerca del poder paterno y

  3. cierta connivencia en la infundada creencia de una carencia de algunas facultades en relación al sexo femenino.

La “normalidad”, en la cultura occidental, en particular, y en todas las demás culturas, con los correspondientes matices, se define en un varón adulto, de raza blanca y heterosexual. Ello propicia que, en mayor o menor medida, se justifique todo acto discriminatorio dirigido hacia minorías étnicas, mujeres, niños, diferenciadas preferencias sexuales y un largo etcétera. En realidad, resulta que también, deviene aceptable cualquier control que la persona “normal” ejerza sobre los que difieren de su patrón y, esto se hace, en el fondo, porque “esa diferencia” amenaza los cimientos que fundamentan su propio poder. Y, es que, todos parecemos coincidir en que una “sociedad normal” habrá de ser dirigida por “hombres normales”. Esto que, a primera vista, pudiera parecer lo lógico es una patente falsedad pues por un lado;

  1. estimamos como valiosas las aportaciones sociales de mujeres, homosexuales o personas pertenecientes a minorías étnicas, cuando el “hombre normal” es incapaz de superarlas y

  2. está acredita que el “hombre normal” bien puede ser un nazi, enfermo alcohólico o un degenerado por la ambición o la dependencia de cierta adulación.

Pese a todo, sin embargo, la “naturalización de ciertas conductas discriminatorias o violentas” es un hecho incontestable. Y, dejando aparte la influencia de la concepción de la “familia” a la que antes nos referíamos, resulta patente que la inmensa mayoría de nosotros, si no estamos muy potentemente motivados, buscaremos la discordancia o el enfrentamiento respecto a otro conciudadano que, precisamente, se distinga por su actuar violento. Dicho en otros términos, la historia de la humanidad ha demostrado que la valentía no es una característica que, por motivo alguno, tengamos que suponer inherente a la especie humana. Podemos ser la especie animal más inteligente, hábil o evolucionada del planeta, pero no la más sincera, honrada o valiente148, que son conceptos perfectamente diferenciados. Y ello provoca que, frecuentemente, asumamos como útil una conducta que disminuya o anule el deber solidario de socorro o, lo que es más grave, el silencio y la aceptación, con el que actúa de modo agresivo, violento o injusto, argumenta, potencia y perpetúa su amoral conducta. No nos debe de parecer exagerado decir que ese silencio, esa tácita aprobación a los que nos acabamos de referir, constituye, al fin y al cabo, una conducta, que bien pudiera ser calificable como encubrimiento de un delito149. Si analizamos lo dicho resulta que, cuando una mujer es maltratada, el hecho socialmente se concibe, como una situación externa, ajena y básicamente familiar, doméstica o conyugal y que, excepto a esa mujer, a nadie afecta150. Pues bien, ese cruel silencio bien se podría colapsar con la adopción de determinadas normas legales: pensemos en qué pasaría si todos nos pudiéramos convertir, en un momento dado, en víctimas legales incidentales del tipo de violencia que examinamos. La vía sería la siguiente; imaginemos un Código Penal que incluyera un artículo con el siguiente enunciado:

“…el que tuviera conocimiento directo y cierto de un hecho que pudiera ser constitutivo de un delito del artículo XXX151 y no lo denunciara a la autoridad o a sus agentes será castigado con la pena XXX, sí, en su conducta, concurren los siguientes requisitos:

1º.- que efectivamente dejare de prestar cualquier otra asistencia o el auxilio que la víctima pudiera precisar.

2º.- que se acredite que su conocimiento de la inconsentida alteración de la personalidad está referida a una continuidad en dicha conducta y no a uno o varios actos relativos al dominio de la voluntad o capacidad de obrar de la mujer…”.

Con total seguridad, esta imaginaria norma penal trasladaría del ámbito estrictamente particular, familiar, doméstico, conyugal… al ámbito general o al entorno social el tan frecuente como ignorado “asunto” de las palizas a la mujer del piso de al lado… Y, en su consecuencia, ya sería la propia coerción, que supone la posibilidad de incurrir en ese imaginario delito de encubrimiento lo que impulsaría al vecino, al padre, al cuñado o a la compañera de trabajo, (ante la posibilidad de un engorroso juicio penal, más que por solidaridad) a frenar esa conducta violenta o lesiva, que, aparentemente, ni ven ni oyen, pero que la relatarán indecentemente, ante las cámaras del una televisión152 mientras el coche fúnebre traslada el cuerpo de otra mujer… Además, es que, por otro lado, nuestro imaginario artículo, tendría un carácter coactivo en la mente del agresor conyugal, ya que se configurará, también, un control de su impulso criminógeno, al advertir que su conducta le puede reportar un efectivo rechazo en su contexto vital –como hemos visto páginas atrás-- ya que, seguramente, un efecto colateral de este novedoso delito, imaginado, sería el de diluir cierto grado de connivencia social en que sus agresiones a una mujer están, en parte, asentadas, traduciéndose, en la práctica, en un mayor o menor aislamiento social del agresor. Pero dado que el Legislador Español no parece muy proclive a sancionar esta conducta, en definitiva nunca debemos olvidar que, en gran medida, el agresor doméstico vive del repugnante crédito que le estamos otorgando sus respetuosos vecinos.

Finalmente, puntualizar dos factores que influyen en todo lo dicho, de forma contundente;

1º.- la propia noción de “familia” hasta hace muy poco, era entendida como el espacio privado por excelencia, donde los cónyuges alcanzan su pleno desarrollo y obtienen el apoyo y la solidaridad de su pareja. Evidentemente, ha sido esta concepción sesgada de la realidad familiar la que ha limitado la posibilidad de que todos asumiéramos que existe otra cara de la familia; la de un entorno peligroso en el cual también se puede experimentar miedo, inseguridad, daños, lesiones y muerte.

2º.- para abordar este problema nos tenemos que enfrentar a un problema de educación social, o mejor dicho, de modificación de la conducta social153. Porque perseguir y sancionar actos o conductas individualizadas conlleva al inevitable fracaso (de ello hablaremos en el Capítulo VIº.- Iº.- Iº.-). Y no olvidemos que el Código Penal es la más rudimentaria, a la par que efectiva, herramienta que se conoce para ello, aparte de los Diez Mandamientos, que, por el grado evolutivo que se encontraba la sociedad, en la época de Moisés (año 1.200 antes de Jesucristo), no sancionaba muchas conductas que hoy son graves delitos, entre ellas, las que ahora examinaremos.
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