Departamento de lengua castellana y literatura, ies faro de maspalomas




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SORPRESAS TE DA LA TOGA

Qué grata sorpresa nos ha dado el Consejo General del Poder Judicial con su súbito despertar a los problemas de discriminación sexual. Según su estrenado parecer, constituye una grave deficiencia del proyecto de ley contra la violencia sobre la mujer el que se excluya de su ámbito a los hombres, y el que se conceda a las mujeres que sufren amenazas mayor protección que a los varones. Parece ser que la consideran sexista.

Curiosa sensibilidad la de estos atildados varones. No recuerdo que bramaran y patalearan por el hecho de que hasta el año 1985 no entrara una mujer en su órgano de poder. Ni que hayan puesto el grito en el cielo por contar actualmente sólo con dos mujeres entre los 21 miembros que integran el CGPJ. Tampoco me viene a la memoria el caso de ninguno que haya sido apartado de la carrera por dictar una de esas atrabiliarias sentencias que ofenden a las mujeres, como la de la célebre minifalda.

De los magistrados dijo un informe del Senado en 1989: “La Administración de Justicia es aún poco permeable a la gravedad social de los malos tratos”. Las reformas legales, incluso las de gran enjundia, como la que ha planteado el Gobierno con su nueva ley, suelen quedar neutralizadas por la acción de quienes aplican la ley si no hay un cambio en su mentalidad. Esperemos que, en estos 15 años, la sensibilidad de los jueces haya evolucionado más que la de su órgano de poder.

Es verdad que la nueva norma beneficia a las mujeres, pero tal vez no hubiera sido necesario recurrir a ello si todos los estamentos, desde la judicatura hasta la policía, pasando por los medios de comunicación, no lleváramos tantos años fallándoles a las víctimas, restándole importancia a su situación, considerándolo un asunto que debe resolverse en casa, calificándolo de crimen pasional, como si tuviera alguna aureola de romanticismo…

Por eso tiene sentido que se constituyan juzgados específicos en los que se diriman los casos de violencia doméstica, porque en ellos será esperable una mayor preocupación por un problema que, desgraciadamente, no se va a resolver con esta ley.

Serán necesarios muchos años para erradicar el acendrado sentido de posesión que muchos hombres tienen respecto a su pareja, así como la idea de que la violencia es un recurso útil para coartar la libertad de las personas. Ambos principios dormitan en los agresores, que no suelen sentirse disuadidos por las consecuencias penales de sus actos. Son muchos los que se matan o se entregan tras haber asesinado a su pareja, así que no es de esperar que las amenazas a la esposa cejen por el hecho de que ahora están penadas con cárcel.

De ahí que el carácter preventivo y de protección a la víctima cobre enorme relevancia. Cada mujer que encuentre en esta ley un asidero para tomar con libertad la decisión de abandonar a su torturador, sin por ello quedar en la indigencia o la desprotección, será una vida salvada. Y esto es lo verdaderamente importante.

Las muertes de hombres a manos de sus mujeres son igualmente lamentables, pero no están regadas con la savia machista que alimenta la violencia de algunos hombres y las convierte en un problema social. Nada más razonable que abordar de forma específica un problema específico de las mujeres. Los jueces pueden consolarse sabiendo que las maltratadas desearían no necesitar nunca de los privilegios que les otorga la ley.

Irene Lozano, EL MUNDO

Junio de 2004

UN ESTERCOLERO QUE DEFORMA LAS MENTES

¿Suprimir la telebasura? ¿Sólo suprimirla? Eso es poco. Habría que extirparla, erradicarla, demolerla, fulminarla, destruirla, aniquilarla y arrasarla y, si me apuran, hasta regurgitarla y defecarla. Delenda est telebasura. Arranquémosla de cuajo hasta los cimientos, prendamos fuego a sus techos y paredes y, finalmente, arrojemos sal sobre sus humeantes y calcinados restos para que jamás vuelva a surgir vida de entre esos repugnantes despojos

Lamentablemente, estamos en una democracia (confío en que se capte la ironía de ese “lamentablemente”) y resulta imposible la adopción de medidas tan expeditivas como necesarias, cual pudiera ser el envío de la división acorazada de Brunete para que laminara algunos platós de televisión. Por la misma razón, tampoco el Gobierno tiene las herramientas apropiadas para acabar con este peligroso fenómeno. Las sociedades capitalistas no ven con buenos ojos que se coarte a golpe de decreto ley el inalienable derecho de una empresa a ofrecer porquería a sus clientes.

Hay, pues, que encontrar otros métodos para eliminar esta repugnante marea que surge de las pantallas. El primero, sin duda, es el de la educación. Una persona educada y con cierto criterio puede enredarse ocasionalmente en alguna de estas apestosas algas, pero jamás quedará atrapada por ellas. Por el contrario, hay que convenir que existen muchas posibilidades de que los jóvenes que hoy berrean en el estudio de Crónicas Marcianas, mañana sigan haciéndolo. Cuantas más personas inteligentes y rectamente formadas haya, menos telebasura habrá. Cuanta más telebasura haya, más pobres de espíritu surgirán. Existen otros mecanismos que pueden aplicarse con más prontitud para acabar con esta lacra o, al menos, evitar que rebose. Uno de ellos sería la creación -¡ya!- de un Consejo Audiovisual, que es un mecanismo de contro de que disponen todos los países occidentales a excepción de Luxemburgo y, obviamente, España. Es curioso que un Estado que se preocupa tanto por la salud física de sus ciudadanos, descuide de tal modo su salud mental, permitiendo alegremente que un medio tan poderoso e influyente campe a sus anchas, envenenando los cerebros de varias generaciones.

También sería conveniente que TODAS las televisiones autonómicas pudieran captarse en abierto en TODO el territorio nacional. Fragmentaría el mercado, aumentaría la oferta y fortalecería la cohesión del país. Asimismo, la iniciativa privada podría dar un paso al frente y crear un canal/estercolero donde se acumulasen todos estos productos. Canal Valdemingómez podría llamarse, por ejemplo. Esto limpiaría un tanto el paisaje y permitiría a los directivos de las televisiones perder el pánico que les embarga y apostar por proyectos más interesantes.

Por último, es fundamental quitar al índice de audiencias todo su poder. Al share de marras se le da excesiva importancia. Y no digo yo que GECA no haya hecho un buen muestreo con sus 3.000 seleccionados, pero es evidente que quienes más consumen telebasura son también los que menos poder adquisitivo tienen. Por eso se pasan el día frente al televisor. El día que los anunciantes comprendan esto, tal vez las cosas empiecen a cambiar.

Javier Lorenzo

Septiembre de 2003

NO ES OFENSA, ES DIGNA OPCIÓN

Hubo una exposición de arte contemporáneo en París en la que se mostraba una mujer sentada al lado de un cochecito de bebé. Un cartel rezaba: “Esta es mi obra de arte”. A aquella madre no le faltaba razón: cuando la naturaleza dota a una persona de un exceso de perfección, el físico pasa a ser belleza; el cuerpo se transfigura en escultura dinámica y las mujeres y los hombres reunidos en un concurso se convierten en objetos admirables, como si de las más selectas obras de arte se tratara. A nadie dañan, a nadie ofenden. Las misses son, simplemente, niñas que deslumbradas por el glamour, por la fama, por el rutilante mundo de la moda, ven en un certamen de belleza un puente de oro hacia la pasarela. No se exhiben más ni peor que cualquier top model, no se exponen a nada que no sea producto de su ilusión, sus fantasías o sus sueños.

Dicen que parecen ganado… ¿Alguien ha visto rebaño más embrutecido que los fanáticos del fútbol un domingo? ¿Se han levantado voces pidiendo que el deporte rey desaparezca? Pero hay que salir del error. Si de algo vale la experiencia, he de dar fe de que los años que he vivido los certámenes de cerca, las aspirantes que han pasado por ellos han sido tratadas con respeto, con cariño, con total atención desde una entidad que asume la responsabilidad sobre su seguridad e integridad. No dejo de asombrarme al escuchar a algunas profesionales del debate emitir tópicos contra los concursos de belleza. Para opinar hay que conocer y no recuerdo a ninguna de esas respetables tertulianas en los camerinos de Miss España. Hay quienes enarbolan la bandera del feminismo, se autodeterminan liberales o presumen de progresistas exigiendo, eso sí, que se impongan sólo sus criterios.

Tal vez lo que más irrita a los detractores es que las chicas luzcan el cuerpo. Y es verdad que las candidatas a misses aspiran a labrarse un futuro mostrando su físico; pero también lo es que, quienes hemos optado por otro tipo de profesiones desnudamos ante los demás, cada día, nuestro intelecto. Y al fin y al cabo los dos son partes sustanciales de un sujeto. Si exhibicionismo es aquello, exhibicionismo es esto.

Ser miss es una opción y quienes la eligen merecen un respeto. En cuanto a Miss España, es un concurso que conocí bien por dentro. Entrevisté a cientos de misses encantadas de serlo, consolé a decenas de desilusionadas perdedoras, me enfadé con algunas que convirtieron su mal perder en deshonra. Pero a ninguna hora entendí que pujar por un puesto diferente en la sociedad fuera una ofensa.

Pilar Bernat

Junio de 2003

VINO Y MUJERES

Las condiciones protocolarias impuestas por el presidente iraní, Mohamed Jatami, para la visita oficial a España que inicia el lunes contienen, en su origen, una falta de educación. Nadie va a casa ajena, invitado, exigiendo que se cambien las costumbres de aquel hogar, ni pidiendo que escondan el vino o que las mujeres se cubran con una reminiscencia del burka. Nadie en sus cabales accede a una sinagoga o a una mezquita saltándose las normas públicas de judíos y musulmanes, y no está bien visto entrar en bikini a una iglesia católica ni hacerlo en bicicleta hasta llegar al altar mayor.

Mohamed Jatami ha logrado que la diplomacia española trague sus caprichos, y se ha sustituido la tradicional cena de gala por una recepción en la que sólo se sirvan agua y zumos, y las infantas doña Elena y doña Cristina de Borbón no estarán presentes en la cena privada que los Reyes de España ofrecerán al santón persa. ¿Es que no podrían de abstenerse de beber vino Jatami y los suyos, y también de los alimentos prohibidos por sus leyes religiosas, pero sentarse en la mesa oficial para una ceremonia común con el recibimiento de los jefes de Gobierno? También pueden evitar el contacto físico con las mujeres, siquiera fuese estrechándoles la mano, y sustituirlo por una reverencia, pero sería lamentable la complicidad con el concepto de mujer como ser inferior, como infectada por la menstruación o como animal de carga.

La diplomacia española ha sido de una blandenguería evidente a la hora de aceptar las restricciones iraníes. Se han salido con la suya, y es un hecho indiscutible que nos han despreciado como anfitriones y que consideran la hospitalidad española como el tubo de la risa. No es cuestión de rasgarse las vestiduras ni de declarar otra guerra de Perejil por esta invasión de nuestras costumbres, pero hay que anotar a las negociaciones un cero. Y no sólo por el hecho de cambiar nuestras costumbres de acogida por el capricho ajeno sino porque las restricciones a las que se ha accedido simbolizan actitudes medievales que no estamos obligados a soportar.

Si nuestros responsables institucionales son recibidos en Teherán por el Gobierno de Jatami, jamás se les ocurrirá acudir a una cena mostrando una petaca de coñac ni arrancarles el velo a las señoras para darles un beso. Y, en las reuniones de intercambio comercial, nadie propondrá cambiar vino de Rioja por dátiles o pornografía por camellos. Malos tiempos en que las razones obvias deben ser no ya explicadas, sino en que hasta hay que colocar carteles en los restaurantes prohibiendo hurgar la nariz..

La visita de José Mª Aznar a Irán la esposa del presidente decidió no participar en el viaje y así evitó situaciones complicadas. Fue una decisión inteligente. Pero, en la agenda de Jatami para el próximo lunes, habría que subrayarle que quien acoge es quien manda, que las costumbres del orto han de ser respetadas, y que nadie impone el jamón de Jabugo salvo caso de voluntaria conversión a la secta de la pata negra.

Faustino F. Álvarez

Septiembre de 2002

LOS IRRESPONSABLES

He leído que algunos padres de los niños muertos tras consumir drogas de diseño en un macroconcierto de Canal Sur piensan querellarse contra la empresa organizadora. La televisión privada del PSOE-A dice que ella no ha sido, que la culpa es de la empresa organizadora, Eventos SA. Que a lo mejor me confundo pero me suena de cuando la Expo 92 y los contratos multimillonarios y archisospechosos de la Isla del Tesoro. En cualquier caso, lo que no puede confundirnos es que los padres, en la amarga oscuridad de su infortunio, se rasguen las vestiduras ante el cadáver de sus hijos. Porque son los padres -éstos y todos- los responsables primeros y últimos de lo que hacen o no hacen sus hijos, al menos mientras sean menores de edad. Y lo peor de la España actual es que los que han adoptado de forma voluntaria una especie de minoría de edad permanente, de absoluta irresponsabilidad, son precisamente los padres.

Para que un chico de 14 años o una chica de 12 mueran por consumo de éxtasis o anfetaminas de ese género hace falta que los padres les hayan dejado salir de casa y les hayan dado permiso para ir a ese concierto, que no será el primero en el que se reparten drogas de diseño mal diseñadas. Como “lo hacen todos”, que es el gran argumento de los niños, todos los padres también lo hacen y así vemos a los niños de 14 años llegando a casa de día cuando los padres ya (o sea, aún) están durmiendo. Y a esos padres que dejan llegar a las seis de la mañana a sus crías, sin saber si llegan sobrias, bebidas y colocadas, cuando de pronto les llama la policía y tienen que reconocerlas en un depósito lo único que se les ocurre es demandar a la empresa (Y ojo, no digo que sea el caso concreto de estos padres y estas muertes, aunque también lo parece, sino que es la situación general que vivimos en nuestro país de unos años acá).

Pero la empresa responsable de lo que pasa con los menores de edad es la familia. Y, si bien la familia española es maltratada sistemáticamente por los gobiernos de turno, vía Hacienda, lo que no puede hacer el Estado, ni en la escuela ni en los lugares de ocio, es asumir la responsabilidad de la que abdican todos los días millones de padres. Nada sustituye la responsabilidad paterna. Y nada puede subsanar su irresponsabilidad, su desidia, su cobardía y su comodidad. Es verdad que los niños, que para eso son niños, y los políticos demagogos que intentan sustituir familias y hogares por profesores y colegios (“desde los cero años”, dicen los cursis) compiten en buscar esa abdicación de los padres y en destruir su función de controlar y reprimir. Pero sin padres no hay hijos. Sólo jóvenes a la deriva, abandonados. A veces, en la morgue.

Federico Jiménez Losantos

Junio de 2002

CULTURA CON LOS ANIMALES

Suele decirse que el nivel cultural de una sociedad se mide por el trato que da a sus animales. Tal vez sea una afirmación demasiado tajante. Porque, por lo menos, para juzgar dicho nivel de cultura, también deberían tenerse muy en cuenta factores tales como la solidaridad con los sectores más desfavorecidos entre los seres humanos.

En cualquier caso, lo habitual es que la preocupación social por los colectivos más desafortunados coincida con los países que tienen los niveles más bajos de crueldad con los animales.

De hecho, estos parámetros van de la mano en las sociedades educadas y cultas del norte de Europa, Oceanía y Norteamérica. Con una matización: tal vez, el sistema ultraliberal de negar la asistencia a quien no pueda pagar que impera en Estados Unidos pondría un poco en solfa tal afirmación referida a esa nación.

No solamente estamos hablando de culturas materialmente ricas. Es curioso que lo que queda de las antiguas civilizaciones, basadas en pueblos que vivían en un contacto permanente con los nativos norteamericanos, los indios amazónicos, los esquimales o inuits, los mongoles, los aborígenes australianos o los maoríes, de Nueva Zelanda, combinan en su tradición una fuerte cohesión social, con un enorme respeto por bestias y vegetales, además de un trato digno a sus animales domésticos.

No se trata, por cierto, de sociedades que renuncien a la utilización, más o menos racional y respetuosa, de los recursos naturales. Todos esos pueblos son cazadores y pescadores. No estamos hablando de no matar animales ni de ser vegetarianos. Nos estamos refiriendo a evitar la crueldad gratuita, la maldad interna que suele acompañar a la necesidad incomprensible de causar daño, por el mero placer de hacerlo. Ese comportamiento impregna sociedades cutres, semidesarrolladas económica o culturalmente, que, además, han abandonado las raíces culturales de sus antepasados.

El Sur de Europa, el Mediterráneo y algunas zonas de Latinoamérica podrían ser ejemplos clásicos de prácticas brutales contra los seres antes llamados irracionales, sin otro motivo aparente que la diversión o la satisfacción de los más bajos instintos. En muchos casos, ni siquiera hay una motivación económica que pueda facilitar la comprensión de tanta crueldad.

Este mes se han presentado en el Congreso de los Diputados medio millón de firmas, que pretenden conseguir de nuestros legisladores una normativa que convierta en delito la tortura a los animales. La gota que ha colmado el vaso de los sectores de nuestra sociedad más sensibilizados por estos asuntos fue la escalofriante –y todavía impune- hazaña de unos canallas que serraron en vivo las patas de quince perros en un refugio para animales de Tarragona. Pero en la mente de cualquier lector estarán decenas de ejemplos de crueldad con los animales que se dan en nuestro país.

Organizaciones como ADDA (Asociación por la Defensa de los Derechos de los Animales), ANDA (Asociación Nacional para la Defensa de los Animales) y la que ostenta el polémico nombre de Amnistía Animal llevan a cabo una tarea menos visible que la de los grupos ecologistas, pero igualmente meritoria. Tampoco debemos olvidar el trabajo de las decenas de asociaciones ya veteranas, dedicadas a la protección de animales, distribuidas por todo el país desde hace más de medio siglo.

Las personas entregadas a estas causas son una gran esperanza de cultura. Los señores y señoras diputados deberán estar a su nivel. Incluso su señoría don Teófilo de Luis, diputado del PP que se mostró públicamente en contra de cualquier reforma del Código Penal.

Xavier Pastor

Septiembre de 2001
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